FRANZI ha establecido un dominio absoluto sobre nuestra familia. Así que empieza a amanecer, salta a nuestro lecho de matrimonio, nos despierta lamiéndonos la cara y a continuación se dispone a mordisquear los objetos circundantes. Sus dientecillos menudos y agudos han dado ya cuenta de varias zapatillas y alfombras de cama, además de un transistor, un cable y algo de literatura. Cuando comenzó a mordisquear el lado norte de mi mesa escritorio, la hice salir enérgicamente del gabinete. Desde entonces, ya no se atreve a entrar más en él, salvo de día y de noche.
—Ephraim —me preguntó la mejor de todas las esposas—, ¿estás seguro de que amaestramos a nuestro perro como es debido?
También a mí me habían asaltado dudas al respecto. Franzi se pasa la mayor parte de su tiempo libre en nuestras butacas o en nuestras camas, recibe a cada extraño que aparece en el umbral con amistosos movimientos de cola, y solamente ladra cuando mi mujer se sienta al piano. Además, debido a que nuestros hijos la atiborran continuamente de pasteles y chocolate, cada vez se parece menos a un perro enano y cada vez más a un hipopótamo que quedó retrasado en su desarrollo. Se comprende que no quiera perder la costumbre de orinarse en las alfombras y en cualquier otra parte. Es que está un poco mimada.
—Quizá tendríamos que matricularla en un curso de adiestramiento —respondí a la pregunta anteriormente citada de mi mujer.
Debo esta idea al perro pastor alemán, Zulú, que vive en nuestra calle y cada día pasa dos veces por delante de nuestra casa con Dragomir, el conocido adiestrador de perros diplomado.
—¡De pie! —le grita Dragomir—. ¡Siéntate! ¡Échate! ¡Levántate!
Y aquel animal grande y estúpido obedece a la orden, se sienta, se acuesta y salta. Más de una vez hemos contemplado desde la ventana este denigrante espectáculo.
—Ese hombre convierte en una máquina a esa noble criatura.
La voz de mi mujer tiene un tono de profunda contrariedad.
—Es un robot sin alma —corroboro yo.
Y nuestras amorosas miradas se posaron en Franzi, que estaba destrozando un almohadón guarnecido con precioso encaje de Bruselas, antes de esparcir su contenido por la alfombra. Probablemente no quería orinarse siempre sobre la misma alfombra.
—Ve y habla con Dragomir —murmuró mi mujer bajando la cabeza.
Dragomir, un hombre regordete de edad madura, entiende el lenguaje de los animales como en otro tiempo el rey Salomón, cuando estaba en forma. En cambio, encuentra dificultades para entenderse con las personas. Hace treinta años que vive en nuestro país y solo sabe expresarse con soltura en su lengua materna, que es el croata.
—¿Qué es eso? —preguntó al ver a Franzi—. ¿De dónde lo han sacado?
—Esto no viene al caso —respondí yo con toda la discreción que exigían las circunstancias.
Dragomir levantó a Franzi y fijó sus ojos en los de ella.
—¿Qué le dan ustedes de comer a este perro?
Le informé de que Franzi recibía cuatro veces al día su sopa predilecta y una vez rosbif con fideos o bien estofado irlandés, amén de barquillos y miel turca.
—Malo y equivocado —declaró Dragomir—. Perro solo comer una vez al día y basta. ¿Dónde hace el perro?
De momento no le entendí lo que quería decir. Dragomir fue más claro:
—¿Dónde mea? ¿Dónde caga?
—Siempre en la casa —me lamenté yo—. Nunca en el jardín. De nada sirven los ruegos ni las súplicas.
—Perro siempre hace donde ha hecho la primera vez —explicó el amaestrador diplomado—. ¿Cuántas veces ha hecho hasta ahora en la casa?
Hice un precipitado cálculo mental:
—Unas quinientas veces —dije.
—Mati moye! ¡Tiene usted que vender su perro!
Y Dragomir me familiarizó con el hecho sobrecogedor de que gracias a nuestra negligencia pedagógica, Franzi se había acostumbrado a considerar el jardín como su vivienda y la casa como el retrete.
—¡Pero debe ser posible hacer algo contra eso, maestro! —le supliqué—. ¡Le pagaremos lo que haga falta!
El amaestrador diplomado reflexionó.
—Bien —decidió luego—. Lo primero de todo, tienen ustedes que atar al perro. Yo traigo la cadena.
La mañana siguiente Dragomir compareció con la cadena de un ancla, sujetó un extremo de ella en un mango de escoba que hincó en el suelo, en el rincón más apartado del jardín, y ató a Franzi al otro extremo de la cadena.
—Así. Aquí permanece perro todo tiempo. Una vez al día, se le lleva algo de comer. Fuera de esto, nadie se acerca al perro.
—Pero ¿cómo va a soportar esto la pobre Franzi? —protesté yo, vigorosamente respaldado por mi mujer y mi hijo—. Franzi necesita compañía… Franzi necesita amor… Franzi llorará…
—Que llore —insistió Dragomir, despiadado—. Yo digo lo que ustedes hacen, ustedes hacen lo que yo digo. Si no, no tiene objeto. Si no, mejor vendan ustedes perro enseguida.
—¡Todo menos eso! —gemí yo, en nombre de mi familia—. Seguiremos todas sus instrucciones. ¿Qué nos va a cobrar usted por el curso?
—Ciento cincuenta sin recibo —respondió Dragomir en asombrosamente buen hebreo.
Franzi comenzó a gimotear.
Por la tarde, la casa entera nadaba en lágrimas. Los niños miraban con ojos tristes, que partían el alma, a Franzi, a la solitaria, hambrienta y atada Franzi. Renana no pudo aguantar más y fue a acostarse junto a ella, sollozando. Amir, con sus manecitas levantadas en actitud suplicante, me rogó que desatase al pobre animal. Mi mujer se adhirió a este ruego.
—Por lo menos durante un cuarto de hora —me pidió—. Durante diez minutos. Durante cinco…
—Está bien. Cinco minutos…
Ladrando fuertemente entró Franzi como un rayo en la casa, saltó sobre todos nosotros, nos dio muestras sin fin de cariño, pasó la noche en la habitación de los niños, y después de atiborrarse de chocolate, pasteles y zapatillas, se durmió plácidamente en la cama de Amir.
Por la mañana sonó el teléfono. Era Dragomir.
—¿Cómo ha pasado perro noche?
—Perfectamente —respondí.
—¿Ladrado mucho?
—Sí, pero hay que hacerse cargo.
Y yo, con Franzi sentada en mis rodillas trataba de impedir que hiciese de las suyas con la montura de mis gafas.
Dragomir insistió en que, especialmente durante el primer periodo de adiestramiento, era preciso que nos atuviéramos estrictamente a sus instrucciones. Dijo que precisamente ahora era cuando se requería la más férrea disciplina.
—Opino exactamente como usted —corroboré—. Puede confiar en mí. Si gasto tanto dinero para el amaestramiento de nuestra perrita, quiero también ver los resultados. Después de todo, no soy idiota.
Dicho esto, colgué el auricular y aparté con cuidado el cable del hocico de Franziska.
Al mediodía, Amir entró corriendo en la habitación, pálido, aterrado.
—¡Que viene Dragomir! —gritó—. ¡Rápido!
Sacamos a Franzi de encima del piano, corrimos con ella al jardín y la atamos a la cadena de barco. Cuando llegó Dragomir, estábamos todos sentados muy modositos a la mesa, almorzando.
—¿Dónde está perro? —preguntó ásperamente el adiestrador diplomado.
—¿Dónde quiere que esté? Naturalmente, donde tiene que estar. En el jardín, atado a la cadena.
—Perfectamente —dijo Dragomir con un tono desabrido—. No soltar.
Efectivamente, Franzi permaneció en el jardín hasta que nosotros acabamos de comer. Hasta el momento de los postres no fue Amir a buscarla y a hacerla partícipe de pasteles y fruta. Franzi se sentía feliz, aunque un poco aturdida. Incluso durante las semanas siguientes solo con dificultad podía comprender por qué siempre se la ataba con tanta prisa a la cadena cuando aparecía aquel hombre desconocido cuya lengua nadie entendía y por qué, cuando él había desaparecido, la volvían a llevar a su retrete. Pero, en conjunto, la cosa no iba del todo mal.
De vez en cuando, dábamos a Dragomir un informe detallado de los progresos que estábamos haciendo con su programa de adiestramiento, le pedíamos toda clase de consejos: le preguntamos si quizá no deberíamos construir para Franzi una perrera («no hace falta, fuera hace suficiente calor») y el martes en que Franzi había roto nuestro mantel más hermoso, le dimos voluntariamente un suplemento de sus honorarios consistente en cincuenta libras.
El fin de semana siguiente, Dragomir cometió un grave error. Se presentó de improviso sin anunciar su visita.
Era que Zulú había mordido al cartero en una pierna y Dragomir había acudido a regañar al perro pastor. Dragomir aprovechó la situación geográfica y el hecho de que la puerta de nuestra casa estaba abierta y entró de repente en el cuarto de los niños, que estaba sin vigilancia y en el que Amir y Franzi se hallaban estrechamente abrazados delante de la pantalla del televisor, comiendo palomitas de maíz.
—¿Esto es jardín? —gritó—. ¿Esto es perro atado?
—No se enfade, señor —se disculpó Amir—. No sabíamos que usted hubiera de venir.
Renana se puso a llorar, Franzi se puso a ladrar, Dragomir continuó gritando, yo entré corriendo y comencé también a gritar. Mi mujer estaba allí de pie, con los labios siniestramente apretados y esperaba que se restableciese la calma.
—¿Qué desea usted? —preguntó como si viese a Dragomir por primera vez.
—¿Yo desear? ¡Ustedes desear! Ustedes quieren tener perro limpio. Así no. Así hará siempre en casa por todas partes.
—Está bien. Ya lo limpiaré. Yo, no usted.
—Pero… —dijo Dragomir.
—¡Fuera! —dijo la mejor de todas las esposas.
Desde entonces reina la paz en nuestra casa. Franzi devora zapatillas y alfombras, engorda cada vez más y mea donde quiere. Mi mujer corre en pos de ella con una bayeta, los niños aplauden contentos y todos estamos de acuerdo en que no hay nada como un perro de primera clase importado ex profeso de Europa.
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