SE DICE QUE FUE P. T. BARNUM quien acuñó la expresión «perseverancia indomable» como sinónimo contundente de persistencia. Quien posee persistencia debe tener también valor, otro elemento importante para lograr el éxito. El hombre que carezca de él no puede ser persistente porque su determinación se diluye al enfrentarse a obstáculos cuya superación exija valor.
Este relato de férrea resolución, a pesar de los peligros y las durísimas condiciones en las que se desarrolló, es verdadero, porque algunos de los hechos presentados los presencié yo mismo. Sin embargo, otros me los contó un cirujano que viajó al interior de la región del Yukón con un destacamento de la Policía Montada del Territorio Noroeste, además de los que me relató el hombre blanco a cargo de la factoría de Sixty Mile. Se trata de la historia de un hombre que prácticamente logró lo imposible en su peligroso viaje sobre el hielo, en lo peor del invierno ártico. Por suerte, coronó su esfuerzo con éxito.
En otoño de 1897, la famélica ciudad de Dawson se rindió a la hambruna. Los apocados mineros dieron la espalda a la fiebre del oro. Los compañeros que solo tenían comida para uno se jugaron a suertes quién se quedaba y quién se iba. Los ciudadanos canadienses y los extranjeros norteamericanos solicitaron la ayuda de sus respectivos gobiernos.
En octubre, con las últimas aguas a punto ya de convertirse en hielo, un éxodo hambriento se lanzó río abajo hacia Fort Yukón. Entonces el precio de los perros alcanzó trescientos dólares y el kilo de comida para ellos, dos. No se obtenía harina por menos de ciento cincuenta dólares el quintal. En noviembre, con los primeros hielos, otra multitud salió en estampida, río arriba, en dirección a la civilización y la seguridad.
Esa alarma, que redujo enormemente el número de bocas vacías, fue lo que salvó a Dawson de un invierno muy duro. Gracias a ello, los buscadores de oro consiguieron apañárselas, pero los que salieron huyendo debido al pánico contaron una historia terrible al llegar a la costa. Después, el invierno se adueñó de la región y cesaron las comunicaciones.
Por los muchos rostros que miraban hacia el sur durante los ochocientos kilómetros de camino deprimente, uno se dirigía indefectiblemente al norte. Pertenecía a un alemán que sabía poco inglés y que hablaba incluso menos. Su equipo era más exiguo que los de aquellos con los que se cruzaba, a pesar de que él se dirigía al centro de la hambruna y los otros se alejaban. A duras penas tenía alimentos suficientes para llegar con su perro a Dawson. Tenía un solo perro, un bulldog, cuyo pelaje corto lo convertía en la peor elección para tirar de un trineo en aquella región helada.
Los refugiados miraban su equipo y se reían. Por medio de unas señas muy elocuentes —porque la miseria habla un idioma común— le explicaron que le faltaban provisiones. Al ver que eso no lo asustaba, le describieron un cuadro de hambruna y muerte. Pero él permaneció imperturbable, hasta que los otros dejaron a un lado las sonrisas y le rogaron y suplicaron que se diese la vuelta. Continuó adelante.
¿Por qué no? Se había puesto en marcha para ir al Klondike y allí pensaba llegar. Cierto era que ya lo había intentado por la ruta del Stikine, en cuyas aguas traicioneras había perdido su equipo y tres compañeros; cierto era que luego había ido a St. Michael y que llegó cuando el Yukón ya se había congelado y pudo escapar en el último navío antes de que el mar de Bering quedase cerrado a la navegación; cierto era que se había quedado sin dinero y solo tenía comida para unas pocas semanas más. Sí, todo eso era cierto, pero también que había dejado mujer e hijos en Estados Unidos y que debía enviarles polvo amarillo del norte antes de que transcurriese un año.
Además —y eso era lo que de verdad lo definía—, se había puesto en marcha para ir al Klondike y allí pensaba ir. Era la tercera vez que lo intentaba, en esta ocasión a través del temible paso Chilkoot en pleno invierno.
Después de sufrir las peores penalidades llegó al río Big Salmón, a cuatrocientos kilómetros del Chilkoot y a la misma distancia de Dawson. En ese lugar se encontró con una brigada de la Policía Montada del Territorio Noroeste. Tenían órdenes estrictas de no permitir el paso a quien no llevase quinientos kilos de provisiones. Como él no llevaba ni veinticinco, tuvo que dar la vuelta. Uno de los policías, que hablaba su idioma, le explicó lo mal que estaban las cosas.
Todos a los que habían ordenado volver sobre sus pasos habían obedecido encantados. Pero el temple de este» hombre era distinto. En dos ocasiones la naturaleza había conspirado para frustrar sus intentos y ahora, cuando ya casi estaba a mitad de camino, era el hombre quien se lo impedía. Sin embargo, obedeció y se dio la vuelta. Pero aquella noche se abrió camino entre la nieve sin apisonar, cruzó el río y salió al camino general, dejando atrás el campamento de la Policía.
Se volvió a saber de él en el río Little Salmón, donde otra brigada de la Policía divisó a un hombre agotado y un bulldog que cojeaba, avanzando a duras penas río abajo. Pensaron que los del otro campamento lo habían dejado pasar y, sin sospechar, lo invitaron amablemente a compartir su hoguera para que descansara y entrase en calor, pero él tuvo miedo y continuó adelante.
El termómetro había bajado y se mantenía entre 45 y 50 °C bajo cero. El alemán tenía un pie congelado, pero siguió avanzando. Se cruzó con muchos hombres que huían, hombres jóvenes con extremidades congeladas o la carne putrefacta por el escorbuto, verdaderos despojos de aquella región; pero día tras día, con una resolución férrea, continuó cojeando hacia el norte.
En Fort Selkirk se vio obligado a detenerse porque tenía el pie congelado tan mal que no le permitía seguir viaje. Solo llevaba allí dos días cuando llegó el cirujano desde el río Big Salmón. Había recorrido ciento sesenta kilómetros en trineo, río abajo, con una traílla de perros del Gobierno, para amputar los miembros congelados de un pobre joven que intentaba huir de la región. Después el cirujano continuó hasta Fort Selkirk, donde pensaba esperar hasta que la Policía fuese a recogerlo.
Reconoció al alemán y le vendó el pie, cuya carne había empezado a caerse, dejando un agujero infectado en la planta, casi del tamaño de un puño. Por casualidad, y por señas, le contó que esperaba la llegada de la Policía.
Al enfermo le bastó con eso. Llegaría la Policía y lo obligaría a regresar. Cortó en pedazos una manta y se hizo un mocasín gigantesco, doblando capa tras capa hasta que alcanzó el tamaño de un cubo de agua. Esa noche, su bulldog y él se marcharon río abajo en dirección a Dawson, que quedaba a doscientos ochenta kilómetros de distancia.
Solo podemos imaginar el terrible dolor que debió soportar aquel hombre, por el frío, el esfuerzo, la falta de alimentos y el pie herido. Además, no tenía compañeros y sufría en soledad, corriendo los peligros de viajar por el hielo sin esperanza de ayuda en caso de accidente.
En el lío Stuart estuvo a punto de morir, pero su persistencia y su negativa a rendirse parecían no tener límite. El miedo a que la Policía lo capturase y obligase a retroceder lo impulsaba a continuar. Era de esos hombres que no conocen el significado de la palabra «fracaso». De hecho, la Policía, bien equipada con trineos y perros, nunca consiguió darle alcance.
En Sixty Mile pareció que al fin había llegado su hora, porque el perro estaba completamente agotado, al igual que sus provisiones. Pero el factor le compró el perro por doscientos dólares y comida suficiente para llegar a Dawson, que ya solo quedaba a ochenta kilómetros.
Al poco de llegar a su meta ya estaba serrando madera por quince dólares al día, mientras dejaba que el pie se fuese curando despacio, hasta que le permitiera salir en busca de oro. No resulta sencillo trabajar todo el día al aire libre en un clima tan frío como aquel. Pero él lo hizo durante todo el invierno, mientras otros holgazaneaban en sus cabañas y maldecían su mala suerte y a la región en general. No solo logró ganarse el sustento, sino que reunió un equipo de minero y envió una parte de sus ganancias a la mujer y los hijos que lo aguardaban en Estados Unidos.
En primavera, mientras la mayoría de los buscadores de oro se preparaban para empezar a trabajar, él formó parte de la estampida hacia los aluviones del monte French. Poco después, quienes pasaron junto a su concesión debieron ver a un hombre satisfecho y ocupado en lavar una buena cantidad de oro al día.
No hay mejor forma de terminar este relato de férrea y pertinaz resolución que contando que una de las primeras cosas que hizo fue buscar al factor de Sixty Mile y comprarle otra vez el bulldog que había sido su compañero de penalidades y sufrimientos.
[1899]

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