Texto aleatorio

I

LOS TRINEOS CANTABAN su eterno lamento al son del crujido de los arneses y las campanillas de los perros, pero hombres y perros estaban cansados y no hacían ruido alguno. Resultaba difícil avanzar debido a la nieve recién caída, habían recorrido un gran trecho y los patines, cargados con pedazos como piedras de alce congelado, se agarraban tenazmente a la superficie virgen y se frenaban con una obstinación casi humana. Empezaba a oscurecer, sin embargo aquella noche no había que montar el campamento. La nieve caía despacio en un aire sin latido, pero no lo hacía en copos, sino en cristales helados y diminutos de diseños delicados. Se estaba bien, la temperatura solo rondaba los -20 °C y a los hombres no les molestaba. Meyers y Bettles se habían levantado las orejeras y Malamute Kid incluso se había quitado las manoplas.

Los perros estaban agotados desde primera hora de la tarde, pero ahora empezaban a mostrar nuevas fuerzas. Entre los más astutos se adivinaba cierta inquietud: una impaciencia ante la limitación de los tirantes, una rapidez de movimientos indecisa, los morros olfateando y las orejas levantadas. Se indignaron con sus hermanos más flemáticos y los obligaron a avanzar propinándoles mordiscos a hurtadillas en los cuartos traseros. Estos, al verse así reprendidos, también se tensaron y ayudaron a propagar el contagio. Por último, el guía del primer trineo soltó un agudo gemido de satisfacción, se agazapó más sobre la nieve y se lanzó hacia delante. Los demás lo siguieron. Las tiras traseras se recogieron, los tirantes se tensaron, los trineos avanzaron de un salto y los hombres se agarraron a las varas para levantar más rápido los pies y así evitar que acabasen bajo los patines. Se libraron del cansancio del día y gritaron para animar a los perros. Los animales respondieron con aullidos de alegría. Cantaban, en medio de la oscuridad creciente, a gran velocidad.

—¡Arre! ¡Arre! —gritaban por turnos los hombres mientras los trineos abandonaban de repente el camino principal y se escoraban sobre un patín como lugres al viento.

Enseguida recorrieron los cien metros hasta la ventana de pergamino iluminada de la cabaña que era su hogar, que les hizo pensar en la cocina portátil encendida y en humeantes tazones de té. Pero la cabaña había sido invadida. Unos sesenta huskies los desafiaron a coro y el mismo número de siluetas peludas se precipitaron sobre los perros que guiaban el primer trineo. La puerta se abrió de par en par y un hombre, con la guerrera escarlata de la Policía del Territorio Noroeste, se hundió en la nieve hasta la rodilla para adentrarse en aquella maraña de animales furiosos y, con calma y de manera imparcial, repartir una justicia tranquilizadora con el mango del látigo. Tras eso, los hombres se estrecharon las manos. De esa manera fue recibido Malamute Kid en su propia cabaña por un desconocido.

Stanley Prince, que debía haberlo recibido y era responsable de la cocina portátil y del té caliente antes mencionados, se afanaba en atender a sus invitados. Sumaban alrededor de una docena, un grupo tan anodino como los que suelen servir a la reina para hacer cumplir sus leyes o repartir su correo. Los había de muchas razas, pero la vida común que llevaban los convertía en un tipo concreto: eran delgados y fibrosos, de músculos endurecidos por el camino, rostros morenos por el sol y almas despreocupadas que miraban siempre adelante con franqueza y sinceridad, imperturbables. Guiaban a los perros de la reina, sembraban el miedo en los corazones de sus enemigos, subsistían gracias a sus magras raciones y eran felices. Tenían experiencia, realizaban hazañas y vivían verdaderas aventuras, pero no lo sabían.

Y estaban como en su casa. Dos se habían tumbado en el catre de Malamute Kid y entonaban las canciones que cantaban sus antepasados franceses cuando llegaron al Territorio Noroeste y se emparejaron con las indias. El catre de Bettles había sufrido una invasión similar y tres o cuatro voyageurs vigorosos se masajeaban los dedos de los pies entre sus mantas mientras escuchaban la historia de uno que había servido en la brigada de barcas con Wolseley cuando se abrió camino hacia Jartum. En cuanto se cansó, un vaquero habló de las cortes, reyes, lores y ladies que había visto cuando Buffalo Bill recorrió las capitales de Europa. En un rincón, dos mestizos, antiguos camaradas de alguna campaña perdida, arreglaban los arneses y charlaban de los tiempos en los que en el Noroeste prendía la sublevación y Louis Riel1 mandaba.

Aquí y allá se hacían bromas, se contaban chistes y se relataban grandes peligros vividos en el camino y los ríos como si fueran cosas normales, solo para hacer resaltar algún detalle gracioso o suceso ridículo. Prince se dejaba llevar por aquellos héroes sin corona que habían sido testigos de cómo se hacía la historia y que consideraban lo grandioso y la aventura como algo corriente e incidental de la rutina diaria. Les ofrecía su preciado tabaco con generosa indiferencia y ellos aflojaban las cadenas oxidadas que atenazaban sus recuerdos y recuperaban odiseas ya olvidadas en atención a él.

Cuando la conversación empezó a decaer y los viajeros llenaron por última vez sus pipas y desenrollaron sus mantas de dormir, Prince recurrió a su camarada en busca de más información.

—Bueno, ya sabes lo que es el vaquero —respondió Malamute Kid mientras empezaba a desatarse los mocasines—, y no resulta difícil detectar sangre inglesa en su compañero de cama. En cuanto al resto, todos son hijos de los coureurs des bois2, mezclados con sabe dios cuántas sangres más. Los dos que van a dormir junto a la puerta son indios reglamentarios o bois brûlés3. Ese muchacho de la bufanda de estambre, fíjate en cómo son sus cejas y en la forma de la mandíbula, es un escocés que lloró sus primeras lágrimas en el tipi lleno de humo de su madre. Y ese tipo apuesto que está colocando el capote bajo la cabeza es un mestizo francés, ya le has oído hablar. No le gusta que los dos indios se acuesten junto a él. Verás, cuando los indios se sublevaron con Riel, los de pura raza mantuvieron la paz y desde entonces no se tienen demasiado aprecio.

—Pero, dime, ¿y ese tipo que parece triste y está junto a la cocina, qué es? Juraría que no habla inglés. No ha abierto la boca en toda la noche.

—Te equivocas. Sabe inglés de sobra. ¿No te has fijado en sus ojos cuando escuchaba? Yo sí. Pero no tiene nada que ver con los otros. Cuando hablaron en su dialecto quedó claro que no lo entendía. Yo también me he preguntado qué será. Vamos a enterarnos. ¡Añade un par de leños a la cocina! —ordenó Malamute Kid, alzando la voz y mirando directamente al hombre en cuestión.

Obedeció de inmediato.

—En algún lugar le han enseñado disciplina —comentó Prince en voz baja.

Malamute Kid asintió, se quitó los calcetines y se abrió camino entre los hombres acostados hasta la cocina. Allí colgó sus calcetines húmedos entre otros veinte pares.

—¿Cuándo tenéis pensando llegar a Dawson? —preguntó para tantearlo.

El hombre lo observó durante un minuto antes de contestar.

—Dicen que hay ciento veinte kilómetros. ¿No? Puede que dos días.

Lo dijo con un acento muy leve, sin pararse en buscar las palabras adecuadas.

—¿Habías estado antes en la región?

—No.

—¿Y en el Territorio Noroeste?

—Sí.

—¿Naciste allí?

—No.

—¿Y dónde diablos naciste? No eres como ninguno de esos. —Malamute Kid hizo un gesto con la mano que abarcaba a los guías de perros, incluidos los dos policías que dormían en el catre de Prince—. ¿De dónde procedes? He visto rostros como el tuyo, pero no recuerdo dónde.

—Yo te conozco —respondió el otro sin venir al caso y desviando el rumbo de las preguntas de Malamute Kid.

—¿Nos hemos visto? ¿Dónde?

—No. Tu amigo, el sacerdote, en Pastilik, hace mucho, me preguntó si te había visto, Malamute Kid. Él me dio comida. No paré mucho. ¿No te habló de mí?

—¡Ah! ¿Eres el tipo que cambió las pieles de nutria por los perros?

El hombre asintió, vació su pipa e indicó su poca disposición a conversar arropándose en sus pieles. Malamute Kid apagó la lámpara de grasa y se metió bajo las mantas con Prince.

—Bueno, ¿qué es?

—No sé. Desvió mis preguntas y luego cerró el pico. Pero es de los que despiertan la curiosidad. He oído hablar de él. Hace ocho años todo el mundo en la costa andaba con la mosca detrás de la oreja. Es un tipo misterioso. Llegó del Norte en pleno invierno, tras recorrer muchos miles de kilómetros, bordeando el mar de Bering y viajando como si el diablo le pisara los talones. Nadie supo de dónde procedía, pero debe de ser de muy lejos. Estaba agotado de tanto viajar cuando el misionero sueco de la Bahía Golovin le dio de comer y le dijo cómo se iba al sur. De eso nos enteramos después. Luego abandonó la costa y cruzó el estrecho de Norton. Hacía muy mal tiempo, con terribles tormentas de nieve y viento, pero él salió adelante en una situación en la que cualquier otro hombre habría muerto, dejó atrás St. Michael sin darse cuenta y pisó tierra de nuevo en Pastilik. Solo le quedaban dos perros y estaba casi muerto de inanición.

»Se mostraba tan ansioso por continuar que el padre Roubeau le proporcionó alimentos, pero no podía cederle los perros porque me esperaba a mí y, en cuanto yo llegase, él se iría. Nuestro Ulises, sabía de sobra que no podía partir sin animales y pasó varios días muy inquieto. En el trineo llevaba un fardo de pieles de nutria marina maravillosamente curtidas que valían su peso en oro. En Pastilik también había un comerciante ruso, con tan pocos escrúpulos como Shylock, que tenía perros para sacrificar. No regatearon mucho tiempo, pero cuando el Desconocido puso rumbo al sur lo hizo tirado por una traílla completa de perros. El señor Shylock se quedó con las pieles. Yo las vi y eran magníficas. Echamos cálculos y decidimos que, como poco, los perros le habían hecho ganar quinientos dólares por cabeza. Y no porque el Desconocido no conociera el valor de la nutria marina: pertenecía a alguna raza india y lo poco que había dicho demostraba que ya había estado antes entre hombres blancos.

»Cuando el hielo despejó el mar, desde la isla Nunivak nos llegó la noticia de que había ido hasta allí en busca de comida. Luego se perdió de vista y esta es la primera vez que se sabe de él en ocho años. ¿De dónde procede? ¿Qué hace aquí? ¿Por qué vino? Es indígena, ha estado sabe Dios dónde y ha aprendido disciplina, algo poco común en un indio. Otro misterio del Norte que deberás resolver, Prince.

—Muchas gracias, pero ya tengo demasiados entre manos —contestó su amigo.

La respiración de Malamute Kid se había vuelto pesada, sin embargo, el joven ingeniero de minas miraba hacia arriba, a la densa oscuridad, a la espera de que se desvaneciera la extraña sensación que lo mantenía despierto. Cuando por fin se durmió, su cerebro continuó trabajando y se encontró recorriendo las tierras blancas desconocidas, luchó con los perros en caminos interminables y vio a los hombres vivir, trabajar y morir como hombres.

A la mañana siguiente, varias horas antes del amanecer, los guías y los policías partieron hacia Dawson. Pero los poderes que se ocupaban de los intereses de Su Majestad y que gobernaban los destinos de sus criaturas más simples daban poco descanso a los encargados de repartir el correo, porque una semana más tarde aparecieron otra vez en el río Stuart, cargados con cartas para la costa. Sin embargo, habían renovado las traíllas de perros. Aunque los perros, perros son.

Los hombres contaban con poder hacer una especie de parada larga para descansar. Además, aquella zona del Klondike era una parte nueva de la región septentrional y les apetecía haber conocido con calma la ciudad dorada donde el polvo de oro fluía como el agua y en los salones de baile siempre había jolgorio. Pero pusieron a secar sus calcetines y fumaron en pipa con el mismo entusiasmo que en su visita anterior, aunque uno o dos espíritus osados especularon con desertar y cruzar las Rocosas, inexploradas, hacia el este y desde allí, por el valle del Mackenzie, llegar a sus viejos territorios del país chipewyan. Dos o tres incluso decidieron regresar a sus hogares siguiendo esa ruta cuando hubiesen cumplido con su período de servicio y empezaron a hacer planes, con la misma ilusión por lanzarse a tan peligrosa aventura como mostraría un hombre de ciudad ante la idea de pasar un día en el bosque.

El de las pieles de nutria parecía inquieto, aunque mostró poco interés en la conversación y al final se llevó a Malamute Kid a un lado y habló con él un buen rato en voz baja. Prince lanzaba miradas de curiosidad en su dirección y el misterio se hizo mayor cuando se ajustaron gorros y manoplas y salieron. Al volver, Malamute Kid puso sobre la mesa su balanza para pesar el oro, pesó el equivalente a sesenta onzas y las guardó en la bolsa del Desconocido. Luego el jefe de los guías de perros se unió al cónclave y trataron con él ciertos asuntos. Al día siguiente el grupo se fue río arriba, pero el de las pieles de nutria reunió varios kilos de comida y volvió sobre sus pasos rumbo a Dawson.

—NO SABÍA QUÉ PENSAR —dijo Malamute Kid en respuesta a las preguntas de Prince—, pero el pobre diablo quería dejar el servicio por algún motivo. Al menos a él le parecía muy importante, aunque no quiso decirme de qué se trataba. Verás, es como en el ejército; él firmó por dos años y la única forma de verse libre era pagando. No podía desertar y quedarse aquí, pero necesitaba permanecer en esta zona como fuese. Dijo que lo había decidido al llegar a Dawson, pero nadie lo conocía, no tenía un centavo y yo era el único con el que había intercambiado dos palabras. Así que lo habló con el vicegobernador en Dawson y lo preparó todo por si conseguía que yo le prestase el dinero. Dijo que me lo pagaría en el plazo de un año y que, si yo quería, me pondría en la pista de algo muy valioso. Que no lo ha visto pero sabe que hay mucho oro.

»¡En fin! Cuando me llevó afuera estaba a punto de llorar. Rogó y suplicó, se arrodilló ante mí en la nieve y tuve que obligarlo a levantarse. Hablaba como un loco. Me juró que llevaba muchos años trabajando para conseguir ese fin y que no soportaría perder la oportunidad. Le pregunté de qué fin hablaba, pero no me lo quiso contar. Dijo que lo mantendrían ocupado en el otro extremo de la región y podría tardar dos años en volver a Dawson, y que entonces ya sería demasiado tarde. Jamás en mi vida había visto a un hombre ponerse como él. Al decirle que le prestaba el dinero, tuve que volver a levantarlo de la nieve. Le dije que lo considerase como una participación en las ganancias. ¿Crees que lo aceptó? ¡No, señor! Juró que me daría todo lo que encontrase, que me haría rico de tal forma que superaría los sueños del más avaricioso y cosas por el estilo. Pero a cualquier hombre que invierte su vida y su tiempo y tiene que aceptar un adelanto como participación ya le resulta bastante duro entregar la mitad de lo que encuentra, así que creo que detrás de todo esto hay algo más, Prince. Tenlo en cuenta. Volveremos a saber de él si se queda en la región.

—¿Y si no se queda?

—Me llevaré una decepción y habré perdido sesenta onzas de oro.

EL FRÍO HABÍA LLEGADO acompañando a las noches más largas y el sol había empezado a jugar al «cucú» a lo largo del horizonte nevado del sur sin que hubiesen tenido noticias de la participación de Malamute Kid. Entonces, una mañana desapacible de principios de enero, una traílla de perros muy cargada se detuvo frente a su cabaña junto al río Stuart. Allí estaba el de las pieles de nutria y con él iba un hombre de esos que los dioses ya casi han olvidado moldear. Nadie hablaba de suerte, valor y vetas de quinientos dólares sin que saliera a relucir el nombre de Axel Gunderson; tampoco en los campamentos se contaban historias de sangre fría, fuerza y arrojo sin citarlo. Y cuando la conversación decaía, se recuperaba al mencionar a la mujer que compartía su fortuna.

Como ya se ha dicho, al moldear a Axel Gunderson los dioses habían recordado su arte de antaño y lo habían hecho a imagen de aquellos que nacían cuando el mundo era joven. Era una torre de dos metros y diez centímetros cubierta por el pintoresco atuendo propio de un rey de Eldorado. Su pecho, cuello y extremidades eran los de un gigante. Para soportar sus más de ciento treinta kilos de peso llevaba unas raquetas de nieve que medían un metro y pico más que las de los otros hombres. De rasgos toscos, con una frente muy ancha, una mandíbula enorme y unos ojos azul pálido de mirada inquebrantable, su rostro era el de quien solo conoce la ley de la fuerza. Su cabello del amarillo de las barbas del maíz maduro, incrustado de hielo, rozaba la noche como un rayo de día y caía sobre su abrigo de piel de oso. Su oscilación al caminar precediendo a los perros recordaba vagamente a la de los marineros; golpeó la puerta de Malamute Kid con el mango de su látigo como aporrearía un marino nórdico errante la puerta de un castillo para que le dejasen entrar.

Prince se remangó y se dispuso a amasar el pan mientras lanzaba una mirada tras otra a los tres invitados; tres invitados que la mayor parte de la gente no llega a albergar nunca bajo su techo. El Desconocido, al que Malamute Kid había bautizado como Ulises, aún lo fascinaba, pero su interés gravitaba sobre todo entre Axel Gunderson y su mujer. Ella acusaba el día de viaje, porque se había acostumbrado a las cómodas cabañas que habitaba desde que su esposo dominaba la riqueza de sus muchos yacimientos, y estaba cansada. Se apoyaba en el enorme pecho de él como una flor esbelta contra una pared, mientras contestaba despacio a los amables comentarios de Malamute Kid, conmoviendo de una forma extraña a Prince cuando recorría la estancia con sus ojos negros y de mirada profunda. Porque Prince era un hombre, un hombre sano, que había visto muy pocas mujeres en muchos meses. Era mayor que él y, además, india, pero también diferente a las otras esposas nativas que había conocido. De la conversación dedujo que la mujer había viajado, había estado en el país de él entre los suyos, sabía la mayor parte de las cosas que sabían las mujeres de su propia raza y muchas más a las que ellas jamás tendrían acceso. Era capaz de hacer una comida con pescado secado al sol y de preparar una cama en la nieve, sin embargo los hacía rabiar contando sugerentes detalles de cenas compuestas por muchos platos diferentes y hacía surgir desavenencias internas al mencionar viandas que habían olvidado mucho tiempo atrás. Conocía las costumbres del alce, el oso, el zorro polar y los anfibios salvajes del Mar del Norte. Dominaba las leyendas del bosque y los arroyos, y las historias que los hombres, las aves y las bestias escribían sobre la delicada corteza de nieve eran para ella como un libro abierto. Sin embargo, Prince se fijó en el parpadeo de comprensión de sus ojos al leer las Normas del Campamento. Esas normas las había escrito Bettles, el Insaciable en un momento en el que andaba desbocado y se caracterizaban por la brusca simplicidad de su humor. Prince siempre les daba la vuelta antes de que llegase alguna señora, pero ¿quién iba a imaginar que aquella mujer nativa…? Bueno, ahora ya era demasiado tarde.

Pues así era la esposa de Axel Gunderson, una mujer cuyo nombre y fama habían viajado con los de su marido, mano a mano, por toda la región septentrional. Ya en la mesa, Malamute Kid la provocó con la soltura de un viejo amigo y Prince acabó por librarse de la timidez del primer encuentro y unirse a él. Pero ella se defendió perfectamente en la desigual contienda mientras que su marido, más falto de ingenio, solo se atrevía a aplaudir. Estaba muy orgulloso de ella: todas sus miradas y gestos revelaban la magnitud del lugar que la mujer ocupaba en su vida. El de las pieles de nutria comía en silencio, olvidado en medio de tan alegre batalla y, mucho antes de que los demás acabasen, se levantó de la mesa y salió a ocuparse de los perros. Aunque sus compañeros de viaje no tardaron en ponerse manoplas y parkas y salir tras él.

Hacía días que no nevaba y los trineos se deslizaban sobre la nieve dura del camino del Yukón tan fácilmente como si fuese hielo. Ulises guiaba el primer trineo, con el segundo iban Prince y la mujer de Axel Gunderson, mientras que Malamute Kid y el gigante de pelo amarillo se ocupaban del tercero.

—No es más que una corazonada, Kid —le dijo—, aunque creo que es buena. Nunca ha estado allí, pero la historia que cuenta convence y tiene un mapa del que oí hablar hace años, cuando estuve en la región de Kootenay. Me gustaría que nos acompañaras, pero es un tipo raro y ha jurado que se echaría atrás si se nos unía más gente. Aunque cuando volvamos, tú serás el primero en saberlo todo, delimitaré una concesión para ti al lado de la mía y además te daré la mitad de la ciudad que levantemos.

»¡No! ¡No! —exclamó al ver que el otro intentaba interrumpir—. Yo estoy al frente de esto y antes de que termine voy a necesitar ayuda. Si sale bien, será un segundo Cripple Creek, ¿me oyes? ¡Un segundo Cripple Creek! Es una veta de cuarzo, no un depósito aluvial, y si lo hacemos bien nos forraremos. Ganaremos millones, muchos millones. Yo ya había oído hablar del sitio, y tú también. Levantaremos una ciudad con miles de obreros, buenas vías fluviales, compañías navieras, transporte de mercancías, vapores de poco calado para acceder a las cabeceras de los ríos, quizás un estudio topográfico para el ferrocarril, aserraderos, una central de energía eléctrica, banco propio, compañías comerciales, sindicatos… ¡Lo dicho! ¡Guarda el secreto hasta que yo vuelva!

Los trineos se detuvieron donde el camino cruzaba la desembocadura del Stuart. Su amplia extensión —como un mar de hielo sin fisuras— se alejaba hacia el este desconocido. Sacaron las raquetas de nieve de las ataduras de los trineos. Axel Gunderson se despidió con un apretón de manos y se situó al frente. Sus enormes raquetas se hundían medio metro en la vaporosa superficie y apisonaban la nieve para que los perros no holgazanearan. Su mujer iba tras el último trineo y en sus movimientos se apreciaba su larga práctica en el arte de manejar un calzado tan incómodo. Las alegres frases de despedida rompieron la calma, los perros aullaron y el de las pieles de nutria utilizó el látigo para hablar con un perro rueda terco.

Una hora después, la caravana parecía un lápiz negro que se arrastraba sobre una línea larga y recta intentando cruzar un folio interminable.

II

UNA NOCHE, muchas semanas después, Malamute Kid y Prince se dedicaban a resolver problemas de ajedrez que aparecían en la página arrancada de una revista. Kid acababa de regresar de sus propiedades en Bonanza y descansaba unos días antes de embarcarse en una larga cacería de alces. Prince también había pasado buena parte del invierno entre el camino y los arroyos, y estaba deseando disfrutar de una semana de vida en la cabaña.

—Interponer el caballo negro y obligar al rey. No, no servirá de nada. Porque el siguiente movimiento…

—¿Por qué avanzar el peón dos escaques? Seguro que lo captura de camino y con el alfil fuera de juego…

—¡Pero espera! Eso deja un hueco y…

—No. Está protegido. ¡Vamos! Ya verás cómo funciona.

Resultaba muy interesante. Alguien tuvo que llamar a la puerta por segunda vez antes de que Malamute Kid dijera: «¡Adelante!». La puerta se abrió. Algo entró tambaleándose. Prince lo tenía de frente y se puso en pie de un salto. El horror que asomó a sus ojos hizo que Malamute Kid se diese la vuelta. Él también se quedó conmocionado, a pesar de que había visto muchas cosas horribles. Aquello avanzó a ciegas hacia ellos, con pasos vacilantes. Prince se escabulló hasta el clavo del que colgaba su Smith & Wesson.

—¡Dios mío! ¿Qué es? —le susurró a Malamute Kid.

—No lo sé. Parece un caso de congelación e inanición extremas —contestó Kid, mientras se movía en la dirección opuesta—. ¡Cuidado! ¡Puede estar loco! —advirtió tras cerrar la puerta.

La cosa se acercó a la mesa. La luminosa llama de la lámpara de grasa llamó su atención. Le hizo gracia y dejó escapar una risa espeluznante que pretendía indicar su regocijo. De repente el hombre —porque era un hombre— se balanceó hacia atrás, mientras se subía de un tirón los pantalones de piel, y empezó a cantar una saloma como las que entonan los marineros cuando hacen girar el cabrestante y el mar resopla en sus oídos:

Un barco yanqui viene río abajo,

¡tirad, muchachos, tirad!

¿Queréis saber quién es su capitán?

¡Tirad, muchachos, tirad!

Es Jonathan Jones de Carolina del Sur.

¡Tirad, muchachos…!

Se interrumpió de repente, se acercó tambaleante y gruñendo como un lobo al estante de la carne y, antes de que pudieran interceptarlo, desgarraba con los dientes un pedazo de beicon crudo. La lucha entre Malamute Kid y él fue feroz, pero su fuerza de loco lo abandonó tan de repente como había llegado y enseguida renunció al botín. Entre los dos lo sentaron en una banqueta, desde la que despatarró medio cuerpo sobre la mesa. Una pequeña dosis de whisky le dio fuerzas suficientes para poder meter la cuchara en el azucarero que Malamute Kid le puso delante. Tras haber saciado un poco su apetito de esa forma, Prince, sin poder evitar temblar mientras lo hacía, le pasó una taza de consomé.

Los ojos de la criatura se iluminaron con un lúgubre delirio que se encendía y apagaba a cada sorbo. En el rostro casi no quedaba piel y por eso la cara, hundida y esquelética, se parecía muy poco a un semblante humano. Congelación tías congelación, el hielo había penetrado mucho y cada helamiento había dejado su estrato de costras sobre la cicatriz a medio curar del anterior. Esa superficie dura y reseca era de un color negro sanguinolento, en la que se abrían grietas que parecían muy graves y por las que asomaba la carne roja y viva. Su ropa estaba sucia y en jirones, y la piel de uno de los lados aparecía quemada y chamuscada, lo que indicaba que se había tumbado sobre una hoguera.

Malamute Kid señaló la zona en la que el cuero bronceado había ido desapareciendo tira a tira: la macabra firma de la hambruna.

—¿Quién eres? —preguntó despacio y muy claramente.

El hombre no hizo caso.

—¿De dónde vienes?

—Un barco yanqui viene río abajo… —fue la trémula respuesta.

—No dudo de que viniera río abajo —dijo Kid mientras lo sacudía en un intento por provocar una conversación más fluida y lúcida.

Pero el hombre chilló al sentir el contacto y se llevó una mano al costado presa del dolor. Se puso de pie despacio, apoyándose en la mesa.

—Ella se rio de mí, sí, con odio en la mirada. Y ella… no quiso… venir.

Su voz se desvaneció y ya volvía a acomodarse cuando Malamute Kid lo agarró por la muñeca y le gritó:

—¿Quién? ¿Quién no quiso venir?

—Ella, Unga. Se rio y me atacó. Luego…

—¿Sí?

—Luego…

—¿Luego, qué?

—Él se quedó muy quieto en la nieve, mucho tiempo. Él… aún está… en la nieve.

Los otros dos se miraron impotentes.

—¿Quién está en la nieve?

—Ella, Unga. Ella me miró con odio en los ojos y luego…

—Sí, sí.

—Y luego sacó el cuchillo. Y una, dos… estaba débil. Yo viajé muy despacio. Y hay mucho oro en ese sitio, mucho, mucho oro.

—¿Dónde está Unga?

Por lo que Malamute Kid sabía, podría estar agonizando a un kilómetro de distancia. Sacudió al hombre una y otra vez sin dejar de repetir:

—¿Dónde está Unga? ¿Quién es Unga?

—Ella… está… en la nieve.

—¡Sigue! —Kid le retorcía la muñeca con crueldad.

—Yo… también… estaría… en la nieve. Pero… tenía… una deuda… por pagar. Muy… grande. Tenía… una deuda… por pagar. Una deuda… por pagar. Tenía… —El discurso entrecortado cesó mientras revolvía en su morral y sacaba una bolsa de piel—. …una deuda… por pagar. Cinco libras… de oro… Participación… Malamute… Kid Yo…

La cabeza, agotada, cayó sobre la mesa y Malamute Kid ya no logró que la levantara otra vez.

—Es Ulises —dijo con calma mientras dejaba la bolsa del oro sobre la mesa—. Supongo que se acabó la historia para Axel Gunderson y la mujer. Vamos, ayúdame a meterlo entre las mantas. Es indio. Se recuperará y además nos contará un buen relato.

III

—CONTARÉ A MI MANERA lo que pasó, pero entenderás. Empezaré por el principio y hablaré de mí, de la mujer y luego del hombre.

El de las pieles de nutria se acercó a la cocina como hacen los hombres que se han visto privados del fuego y temen que el regalo de Prometeo se desvanezca en cualquier momento. Malamute Kid elevó la lámpara de grasa y la situó de manera que la luz iluminase el rostro del narrador. Prince se bajó del catre y se unió a ellos.

—Soy Naas, jefe e hijo de jefe, nacido entre el ocaso y el alba, en el mar oscuro, en el umiak4 de mi padre. Durante toda la noche los hombres se esforzaron a los remos y las mujeres expulsaban las olas que se arrojaban sobre nosotros al luchar con la tormenta. El agua salada se congeló sobre el pecho de mi madre hasta que su aliento se fue con la marea. Pero yo, yo uní mi voz a la del viento y la tormenta y viví. Vivíamos en Akutan…

—¿Dónde? —preguntó Malamute Kid.

—En Akutan, que está en las Aleutianas. Akutan, más allá de Chignik, más allá de Kardalak, más allá de Unimak. Como decía, vivíamos en Akutan, que se encuentra en medio del mar, al borde del mundo. El agua salada nos daba peces, focas y nutrias, y nuestras casas se apiñaban en la franja rocosa entre el límite del bosque y la playa amarilla donde dejábamos los kayaks. No éramos muchos y el mundo era muy pequeño. Al Este había tierras desconocidas, islas como Akutan, por eso pensábamos que todo el mundo estaba formado por islas y no nos preocupaba.

»Yo era distinto a mi gente. En la arena de la playa se encontraban las maderas torcidas y los tablones combados por el mar de una barca diferente a las que construían los míos. Y recuerdo que en el cabo de la isla que dominaba tres caras del mar se alzaba un pino que no crecía allí, era el único, alto, delgado y liso. Se contaba que dos hombres llegaron a ese punto, dieron la vuelta a la isla, que les llevó muchos días, y observaron hasta que desapareció la luz. Esos dos hombres vinieron de más allá del mar en la barca de la que quedaban restos en la playa. Y eran blancos como vosotros y débiles como los niños cuando las focas se marchan y los cazadores vuelven a casa con las manos vacías. Esas cosas las sé por los ancianos, que las oyeron de sus padres. Esos hombres blancos y extraños no se adaptaron bien a nuestras costumbres, al principio, pero recuperaron las fuerzas con el pescado y el aceite. Cada uno se construyó su casa y eligió una de nuestras mujeres y, con el tiempo, llegaron los hijos. Así nació quien iba a ser el padre del padre de mi padre.

»Como dije, yo era distinto a los míos, porque llevaba la sangre fuerte y extraña de uno de aquellos hombres blancos que vinieron del mar. Se dice que teníamos otras leyes en los tiempos anteriores a que llegaran, pero eran fieros y peleones y lucharon con los nuestros hasta que no quedó nadie dispuesto a luchar. Entonces ellos fueron los jefes, nos quitaron nuestras leyes y nos dieron otras nuevas, como que el hombre era hijo de su padre y no de su madre, según nosotros creíamos. También decidieron que el primer hijo nacido tendría todas las cosas que eran de su padre y que los hermanos y hermanas se arreglasen como pudieran. Nos dieron más leyes. Nos enseñaron nuevas formas de pescar y a matar osos, que abundaban en los bosques, y a guardar reservas más grandes de alimento para las hambrunas. Esas cosas fueron buenas.

»Pero cuando fueron jefes y no había hombres que se enfrentaran a su ira, esos hombres blancos y extraños empezaron a luchar el uno con el otro. El que me dio su sangre hundió su arpón para cazar focas en el cuerpo del otro. Sus hijos heredaron la pelea. Y los hijos de sus hijos. El odio y la maldad entre ellos llegaron hasta mi tiempo, de manera que en cada familia solo sobrevivía uno para transmitir la sangre de sus antepasados. Yo era el único de mi sangre. De la del otro hombre quedaba una niña, Unga, que vivía con su madre. Su padre y el mío no regresaron de pescar una noche, pero después las mareas los llevaron a la playa y estaban uno agarrado al otro.

»La gente se asombró de que el odio entre las dos casas fuese tanto y los ancianos dijeron que la pelea continuaría cuando ella tuviese hijos y yo también. Eso me lo dijeron de niño, tantas veces que acabé por mirar a Unga como la enemiga que iba a ser la madre de unos hijos que lucharían con los míos. Día a día pensaba en esas cosas y, cuando crecí y ya era un jovencito, empecé a preguntar por qué tenía que ser así. Me contestaron: «No lo sabemos, pero eso hicieron tus antepasados». Me asombró que quienes iban a nacer tuvieran que luchar las guerras de quienes ya no estaban y no me pareció bien. Pero la gente decía que así debía ser y yo solo era un muchacho.

»También me decían que me diese prisa, para que mis hijos naciesen y fueran fuertes antes que los suyos. Eso era fácil, porque yo era el jefe y los demás me admiraban por las hazañas y las leyes de mis antepasados y por la riqueza que era mía. Cualquier mujer vendría conmigo, pero yo no encontraba ninguna de mi gusto. Los ancianos y las madres de las jóvenes insistían porque ya había cazadores que hacían buenas ofertas a la madre de Unga. Si sus hijos crecían antes que los míos, los míos morirían.

»No encontré una joven para mí hasta una noche al volver de pescar. El sol se ponía y nos daba en los ojos, el viento soplaba y los kayaks competían con las olas. De repente, el kayak de Unga me adelantó y ella me miró, con el cabello negro al viento como una nube de tinieblas y las mejillas húmedas de rocío de mar. Ya dije que el sol me daba en los ojos y yo era un jovencito, pero lo vi muy claro y supe que era la llamada de mi igual. Mientras avanzaba veloz, echo la vista atrás entre palada y palada, me miró como solo Unga podía mirar, y supe otra vez que era la llamada de mi igual. La gente gritó cuando adelantamos a los lentos umiaks y los dejamos muy atrás. Pero ella era rápida con el remo, mi corazón se hinchaba como el seno de una vela y no la alcanzaba. El viento se enfrió, el mar blanqueó y, saltando como las focas con el viento a favor, continuamos avanzando tras la estela dorada del sol.

Naas se había adelantado encogido en la banqueta, como si manejase un remo, reviviendo de nuevo la carrera. En algún punto, más allá de la cocina, divisaba el kayak sacudido por las olas y el cabello ondeante de Unga. La voz del viento resonaba en sus oídos y a su nariz llegaba el aroma a sal.

—Pero ella alcanzó la orilla y corrió por la arena, riéndose, hasta la casa de su madre. Esa noche se apoderó de mí una idea: una idea digna de quien era el jefe de todas las gentes de Akutan. Así, cuando salió la luna, fui a casa de su madre a ver los bienes de Yash-Noosh, que estaban apilados junto a la puerta, los bienes de Yash-Noosh, un cazador fuerte que quería ser el padre de los hijos de Unga. Otros jóvenes habían apilado sus bienes junto a esa casa y los habían retirado después. Y cada montón era más grande que el anterior.

»Me reí bajo la luna y las estrellas y volví a mi casa, donde se apilaba mi riqueza. Hice muchos viajes, hasta que mi montón sobrepasaba en una mano al de Yash-Noosh. Había pescado, secado al sol y ahumado; cuarenta cueros de foca entera y veinte pieles con pelo, cada cuero con la boca atada y lleno de aceite; diez pieles de oso que había matado en los bosques, cuando salían en primavera. También tenía abalorios, mantas y paños escarlata que había intercambiado con las gentes que vivían al este y que habían comerciado con quienes vivían aún más al este. Miré el montón de Yash-Noosh y me reí, porque yo era el jefe de Akutan y mi riqueza era mayor que la de cualquier otro joven, mis antepasados habían acometido hazañas y creado leyes, y sus nombres siempre estarían en boca de la gente.

»Cuando llegó la mañana bajé a la playa, mirando por el rabillo del ojo hacia la casa de la madre de Unga. Mi ofrenda continuaba intacta. Las mujeres sonreían y comentaban entre ellas. Me quedé sorprendido porque nunca nadie había ofrecido un precio así y esa noche añadí más cosas al montón y junto a él dejé un kayak de pieles bien curtidas que nunca había salido al mar. Pero al día siguiente continuaba allí, para que todos los hombres pudieran reírse. La madre de Unga era astuta y yo me enfadé porque eso me avergonzaba ante mi gente. Por la noche llevé más cosas hasta que el montón fue enorme y añadí mi propio umiak, que valía como veinte kayaks. Por la mañana ya no había montón.

»Entonces preparé la boda y vinieron incluso las gentes del este, por la comida, la 1 fiesta y los regalos del potlatch. Unga era cuatro soles mayor que yo, según contamos nosotros los años. Yo solo era un muchacho, aunque también era el jefe, e hijo de jefe, así que no importaba.

»Pero sobre la superficie del mar aparecieron las velas de un barco que crecieron con el empuje del viento. Por los imbornales salía mucha agua y los hombres se esforzaban por achicarla. En la proa se erguía un hombre muy fuerte, que observaba la profundidad del agua y daba órdenes con voz de trueno. Tenía los ojos del azul pálido de 1 las aguas profundas y una melena como la del león marino. Su cabello era amarillo, como la paja de una cosecha del sur o el cáñamo que tejen los marineros para hacer maromas.

»Desde hacía varios años veíamos barcos a lo lejos, pero aquel fue el primero que llegó a la playa de Akutan. La fiesta se acabó y las mujeres y los niños corrieron a las casas, mientras los hombres preparábamos los arcos y esperábamos con los arpones a mano. Peí o cuando el barco encallo en la arena, los hombres no nos hicieron caso y continuaron con su labor. Al bajar la marea escoraron la goleta y repararon un agujero enorme en el casco. Así que las mujeres regresaron y continuó la fiesta.

»Cuando subió la marea, los viajeros del mar fondearon la goleta en aguas profundas y regresaron entre nosotros. Trajeron regalos y fueron amables, así que les hice sitio y con generosidad les entregué los mismos presentes que a los demás invitados, porque era el día de mi boda y yo era el jefe de Akutan. El de la melena de león marino se encontraba entre ellos, tan alto y fuerte que casi esperábamos que la tierra temblase con cada una de sus pisadas. Miraba mucho y fijamente a Unga, con los brazos cruzados, y se quedó hasta que se puso el sol y salieron las estrellas. Luego se fue a su barco. Después tomé a Unga de la mano y la llevé a mi casa. Los demás cantaron, se rieron y las mujeres dijeron cosas picantes, como suelen hacer en tales ocasiones. Pero no nos importó. Luego nos dejaron en paz y se fueron a sus casas.

»Aún no reinaba el silencio cuando el jefe de los viajeros del mar apareció en mi puerta. Traía con él unas botellas negras, de las que bebimos y festejamos. Yo solo era un muchacho y había pasado todos mis días en el borde del mundo. Mi sangre se volvió fuego y mi corazón tan ligero como la espuma que vuela de las olas al acantilado. Unga guardaba silencio entre las mantas, en un rincón, con los ojos muy abiertos porque parecía asustada. Y el de la melena como el león marino la miraba fijamente, sin descanso. Luego entraron sus hombres con montones de bienes y apiló frente a mí una riqueza nunca vista en Akutan. Había armas de fuego, grandes y pequeñas, pólvora, balas y cartuchos, hachas brillantes y cuchillos de acero, herramientas curiosas y cosas extrañas que yo nunca había visto. Cuando por señas me indicó que todo era mío, lo consideré un gran hombre por ser tan generoso, pero también me indicó que Unga debía irse con él, en su barco. ¿Comprendes? Que Unga debía irse con él en su barco. La sangre de mis padres se encendió de repente e intenté echarlo con mi arpón. Pero el espíritu de las botellas había robado la vida de mi brazo y él me agarró por el cuello y golpeó mi cabeza contra la pared de la casa. Me sentía débil como un recién nacido y las piernas no me sostenían. Unga gritó y se agarró con fuerza a las cosas de mi casa, pero ellos cayeron sobre nosotros y la arrastraron hasta la puerta. Entonces él la cogió en sus enormes brazos y, cuando ella tiro con fuerza de su pelo amarillo, se rio como un enorme elefante marino en celo.

»Me arrastré hasta la playa y llamé a mi gente, pero tuvieron miedo. Solo Yash-Noosh se portó como un hombre y ellos le golpearon la cabeza con un remo hasta que cayó boca abajo en la arena y ya no se movió. Izaron las velas al ritmo de sus canciones y el barco se alejó empujado por el viento.

»Todos dijeron que era algo bueno, porque ya no habría más guerras de sangre en Akutan. Pero yo no dije una palabra y esperé hasta la luna llena. Entonces cargué mi kayak con pescado y aceite y puse rumbo al este. Vi muchas islas y muchos pueblos y yo, que había vivido en el borde, vi que el mundo era muy grande. Hablaba por señas, pero no habían visto una goleta, ni un hombre con la melena de un león marino y siempre señalaban al este. Dormí en sitios muy raros, comí cosas extrañas y conocí rostros muy distintos. Muchos se rieron porque creían que había perdido la cabeza, pero a veces los ancianos me observaban y me bendecían, y los ojos de las jóvenes se ablandaban cuando me preguntaban por el barco desconocido, por Unga y los hombres del mar.

»De esta forma, entre olas enormes y grandes tormentas, llegué a Unalaska. Allí había dos goletas, pero ninguna era la que yo buscaba. Continué rumbo al Este, mientras el mundo se hacía cada vez más grande, y en la isla de Unimak nadie sabía del barco, ni en Kadiak, ni en Afognak. Un día llegué a una tierra rocosa donde los hombres hacían grandes agujeros en la montaña. Había una goleta, pero no era la mía, y los hombres cargaban en ella las piedras que excavaban. Me pareció una tontería porque el mundo estaba hecho de piedras, pero ellos me dieron comida y me pusieron a trabajar. Cuando la goleta estuvo llena, el capitán me dio dinero y se despidió de mí, pero le pregunté a dónde iba y me señaló al sur. Por señas le dije que iba con él y al principio se rio, pero luego, como le faltaban hombres, me aceptó para que ayudase en el barco. Aprendí a hablar como ellos, a tirar de los cabos, a arrizar las velas en medio de las borrascas repentinas y a manejar el timón. Pero no era raro porque la sangre de mis antepasados era la de los hombres del mar.

»Creí que sería fácil dar con el hombre al que buscaba cuando me encontrase entre su gente y un día, tras volver a ver tierra y poner rumbo a un puerto que estaba junto a una entrada del mar, yo esperaba descubrir quizás tantas goletas como dedos tengo en las manos, pero allí había miles de barcos, todos juntos, como bancos de peces. Cuando empecé a preguntar por el hombre con la melena de león marino, se rieron y me contestaron en las lenguas de muchos pueblos. Así supe que venían de los lugares más apartados de la tierra.

»Fui a la ciudad para mirar las caras de todos los hombres. Pero eran tantos como el bacalao cuando se mueve en bancos y no podía contarlos. El ruido me aplastaba y dejé de oír, y la cabeza me daba vueltas con tanto movimiento. Continué viajando y cruzando tierras bañadas por el sol, donde las cosechas abundaban en los valles y donde las ciudades estaban llenas de hombres que vivían como mujeres, con palabras falsas en la boca y los corazones negros por el ansia del oro. Todo ese tiempo, mis gentes de Akutan cazaban, pescaban y vivían felices creyendo que el mundo era pequeño.

»Pero la mirada de Unga al volver a casa de la pesca me acompañaba siempre y sabía que la encontraría cuando llegase el momento. La veía recorrer caminos tranquilos a la luz del anochecer o me llevaba a buscarla cruzando campos húmedos de rocío, y sus ojos prometían lo que solo Unga podía darme.

»Así atravesé mil ciudades. En algunas eran amables y me daban comida, en otras se reían e incluso en otras me maldecían, pero yo me mordía la lengua y continuaba recorriendo caminos desconocidos y viendo paisajes extraños. A veces, yo que era jefe e hijo de jefe, trabajaba para otros hombres, hombres de palabras bruscas y duros como el hierro que sacaban oro del sudor y el dolor de sus iguales. Pero sin avanzar en mi búsqueda hasta que volví al mar, como vuelve la foca a su colonia. Aunque fue en otro puerto, de otro país que quedaba al norte. Allí oí algunas historias del viajero del mar, el del pelo amarillo, y supe que era cazador de focas y que estaba navegando.

»Así que me embarqué en una goleta llena de indios perezosos y seguí su rastro invisible hacia el norte, donde se cazaba en aquel momento. Estuvimos fuera varios meses y hablé con muchos de los barcos de la flota. Oí contar las hazañas de aquel a quien buscaba, pero ni una sola vez lo divisamos. Fuimos al norte, llegamos incluso a las islas Pribilof y matamos manadas de focas en la playa, luego llevamos a bordo sus cuerpos aún calientes hasta que la grasa y la sangre fluyeron por los imbornales y nadie se mantenía de pie en la cubierta. Después nos persiguió un barco de vapor, aunque lento, que nos disparó con cañones. Pero soltamos trapo hasta que el mar barrió nuestras cubiertas y las dejó limpias, y nos perdimos en la niebla.

»Cuentan que entonces, mientras nosotros huíamos con el miedo en el corazón, el viajero del pelo amarillo desembarcó en las Pribilof, llegó hasta la factoría y, mientras una parte de sus hombres retenía a los empleados de la compañía, el resto se llevó diez mil pieles recién desolladas de los saladeros. Digo que se cuenta, pero yo lo creo, porque en las travesías que hice a la costa sin encontrarme con él, en los mares del norte se hacían eco de su desenfreno y su osadía, hasta el punto de que las tres naciones que ciaban allí lo buscaban con sus barcos. Y oí hablar de Unga, porque los capitanes la alababan y siempre iba con él. Decían que había aprendido las costumbres de ellos y era feliz. Pero yo sabía que no era así. Sabía que su corazón recordaba a su gente y quería volver a la playa amarilla de Akutan.

»Después de mucho tiempo regresé al puerto que está junto a una entrada del mar y allí supe que había costeado hasta salir al océano grande para cazar focas al este de las tierras templadas que se extienden hacia el sur desde los mares de Rusia. Y yo, que ya era un buen marinero, me embarqué con hombres de su propia raza y fui tras él a cazar focas. En las aguas de esa tierra nueva había pocos barcos, pero nos mantuvimos a un costado de la manada de focas y las hostigamos hacia el norte durante toda la primavera. Cuando las hembras estaban preñadas y cruzaron la frontera rusa, nuestros hombres se quejaron y tuvieron miedo. Porque había mucha niebla y todos los días se perdía alguien en los botes. Se negaron a trabajar y el capitán mandó virar para volver por donde habíamos ido. Pero yo sabía que el viajero del pelo amarillo no tenía miedo y continuaría pegado a la manada, incluso hasta llegar a las islas rusas, a donde muy pocos hombres van. Así que, en plena noche, cuando el centinela dormitaba en el castillo de proa, cogí un bote y me fui solo hasta esa tierra cálida y alargada. Viajé hacia el sur y me encontré con los hombres de la bahía de Edo, que son rebeldes y no tienen miedo. Las jóvenes del barrio de Yoshiwara eran pequeñas, muy alegres y me gustaba mirarlas, pero no pude pararme allí porque sabía que Unga surcaba el mar junto a las colonias de focas del norte.

»Los hombres de la bahía de Edo habían llegado de todos los rincones de la tierra, no tenían ni dioses ni hogar y navegaban bajo bandera japonesa. Con ellos fui a las ricas playas de la isla Medni o isla del Cobre, donde nuestros saladeros se llenaron de pieles. En aquel mar silencioso no vimos a nadie hasta que estuvimos listos para marcharnos. Entonces sopló un fuerte viento que levantó la niebla y sobre nosotros se abalanzó una goleta, perseguida por las chimeneas de un buque de guerra ruso. Huimos aprovechando el viento, con la goleta cada vez más cerca y a más velocidad que nosotros. En la toldilla iba el hombre con la melena de león marino, dando órdenes y riéndose con su voz de trueno. También estaba Unga, la reconocí de inmediato, pero la envió abajo cuando los cañones empezaron a hablar. Como dije, iban a más velocidad que nosotros y estaban a punto de adelantarnos, yo iba al timón virando y maldiciendo, de espaldas a los disparos de los rusos. Porque sabíamos que tenía en mente correr por delante de nosotros y cortarnos el paso, para huir mientras nos apresaban. Nos robó el viento y nos dejó como una gaviota herida, mientras él se alejaba hacia el horizonte… Él y Unga.

»¿Qué podíamos hacer? Las pieles recién desolladas hablaban por sí mismas. Nos llevaron a un puerto ruso y después a una región solitaria, donde nos pusieron a trabajar en las minas de sal. Algunos murieron y… y otros no murieron.

Naas se apartó la manta de los hombros y dejó a la vista la carne nudosa y retorcida, con las marcas y estrías inconfundibles del knut, ese látigo que los rusos utilizan para torturar al hombre. Prince se apresuró a taparlo porque la imagen no resultaba nada agradable.

Fue una época horrible. A veces algunos hombres se escapaban hacia el sur, pero siempre volvían. Por eso, cuando los que procedíamos de la bahía de Edo nos rebelamos y les quitamos las armas a los guardias, nos dirigimos hacia el norte. La región era enorme, con llanuras empapadas de agua y bosques gigantescos. Llegó el frío, el suelo se cubrió de nieve y nadie sabía el camino. Vagamos por los bosques infinitos durante varios meses agotadores, no recuerdo cuántos porque teníamos poca comida y a menudo nos tumbábamos para dejarnos morir. Pero por fin llegamos al mar helado. Solo quedábamos tres. Uno de ellos había salido de Edo en el puesto de capitán y llevaba en la cabeza el mapa de aquellas tierras interminables y del lugar por el que los hombres pueden cruzar de un extremo al otro sobre el hielo. Nos guio, no sé durante cuánto tiempo pero fue mucho, hasta que solo quedamos dos. Cuando llegamos allí, encontramos a cinco miembros de ese pueblo tan raro que habita la región. Ellos tenían perros y pieles y nosotros éramos muy pobres. Luchamos en la nieve hasta que murieron. El capitán también murió. Los perros y las pieles eran míos. Crucé sobre el hielo, que estaba roto, y fui a la deriva hasta que un vendaval que soplaba desde el oeste me llevo a la orilla. Después la Bahía Golovin, Pastilik, y el cura. Luego al sur y más al sur, a las tierras cálidas por las que viajé al principio.

»Pero el mar ya no era rentable y los que zarpaban tras las focas obtenían pocos beneficios y corrían muchos riesgos. Las flotas se dispersaron y los capitanes y marineas no tenían noticias de aquellos a los que yo buscaba. Así que me alejé del mar que nunca descansa y me interné en tierra, donde los árboles, las casas y las montañas ocupan siempre el mismo sitio y no se mueven. Viajé hasta muy lejos y aprendí muchas cosas, incluso a leer y a escribir. Me parecía que debía hacerlo porque se me ocurrió que Unga habría aprendido y que algún día, cuando llegase el momento… nosotros…, ¿comprendes? Cuando llegase el momento.

»Fui de un lado a otro, como esos pececillos que izan una vela al viento pero no pueden manejada y elegir rumbo. Siempre con los ojos y los oídos bien abiertos, me mezclaba con los viajeros porque sabía que, si habían visto a los que yo buscaba, se acordarían. Por fin encontré un hombre, recién llegado de las montañas, con trozos de piedra en los que el oro alcanzaba el tamaño de un guisante. Él había oído hablar de ellos, los había visto y los conocía. Dijo que eran ricos y vivían en el lugar en el que sacaban el oro de la tierra.

»Se encontraba en una región sin explorar y muy lejos, pero con el tiempo llegué a su campamento, oculto entre las montañas y en el que los hombres trabajaban noche y día sin ver el sol. Pero no había llegado el momento. Escuché lo que decía la gente. Decían que él se había ido a Inglaterra para reunir hombres con mucho dinero y formar compañías. Vi la casa en la que habían vivido. Parecía un palacio, como los que se ven en las regiones antiguas. De noche me colé por una ventana para ver cómo la trataba. Fui de habitación en habitación y pensé que así debían de vivir los reyes, de lo bueno que era todo. La gente me dijo que él la trataba como una reina y muchos se preguntaban qué clase de mujer era, porque por sus venas corría una sangre diferente y era distinta a las otras mujeres de Akutan, pero nadie sabía de qué raza era. Sí, ella era una reina, pero yo era jefe e hijo de jefe y había pagado por ella un precio incalculable en pieles, barcas y abalorios.

»Pero ¿para qué seguir hablando de eso? Yo era marinero y sabía cómo se desplazan los barcos por los mares. Los seguí a Inglaterra y luego a otros países. A veces oía hablar de ellos directamente, otras leía lo que decían los periódicos, aunque nunca los a caneé, porque tenían mucho dinero y viajaban veloces, mientras que yo era pobre. Pero un día tuvieron problemas y su riqueza se esfumó de repente, como una voluta de humo. Todos los periódicos hablaron de ello en el momento, pero después ya no dijeron más y supe que habían vuelto a donde podían sacar más oro de la tierra.

»Como eran pobres, habían desaparecido del mundo y tuve que ir de campamento en campamento, hasta llegar al Norte, a la región de Kootenay, donde de nuevo encontré su rastro. Iban y venían, algunos decían que hacia un lado y otros al contrario, incluso algunos afirmaban que habían ido a la región del Yukón. Yo fui aquí y allá, siempre de un lado a otro, hasta que me pareció que el mundo era tan grande que podía cansarme de él. Pero en Kootenay seguí un camino muy largo y muy malo con un indio del Territorio Noroeste que se murió cuando apretó la hambruna. Había ido a la región del Yukón por un camino desconocido que cruzaba las montañas y cuando supo que iba a morir me dio el mapa y me contó el secreto de un lugar en el que me juró por sus dioses que había mucho oro.

»Después de eso todo el mundo empezó a llegar al norte. Yo era pobre y me vendí para ser guía de perros. El resto ya lo sabéis. Los encontré en Dawson. Ella no me conoció porque yo solo era un muchacho, su vida había sido larga y no tuvo tiempo de acordarse de quien había pagado un precio incalculable por ella.

»Tú me diste el dinero para librarme del servicio. Volví para hacer las cosas a mi manera porque había esperado mucho y ahora que le había echado mano a ese hombre ya no tenía prisa. Repito que quería hacerlo a mi manera, porque recordé mi vida, todo lo que había visto y sufrido, el frío y el hambre de los bosques infinitos junto a los mares de Rusia. Como sabes, lo guié hacia el este. A él y a Unga. Al este, al que muchos han ido y muy pocos regresado. Los llevé al lugar donde los huesos y las maldiciones de los hombres yacen junto al oro que no tendrán.

»Quedaba muy lejos y el camino estaba sin apisonar. Llevábamos muchos perros que comían demasiado y no podrían tirar de los trineos hasta la llegada de la primavera. Debíamos regresar antes de que el río volviese a correr en libertad. Así que fuimos ocultando provisiones aquí y allá, para aligerar los trineos y para no pasar hambre en el viaje de vuelta. En el río McQuesten había tres hombres y construimos una despensa cerca de ellos. Lo mismo hicimos en el río Mayo, donde había un campamento de caza formado por una docena de indios pelly que habían cruzado la divisoria desde el Sur. Después de eso, al continuar viaje hacia el este, no vimos más hombres; solo el río dormido, el bosque inmóvil y el Silencio Blanco del Norte. Como dije, quedaba muy lejos y el camino estaba sin apisonar. A veces, en todo un día de trabajo, no recorríamos más de doce o quince kilómetros y por la noche dormíamos como muertos. Ni una sola vez imaginaron que yo fuese Naas, jefe de Akutan, reparador de agravios.

»Ahora hacíamos despensas más pequeñas y por la noche no era difícil volver al camino que habíamos abierto y cambiarlas de sitio de tal forma que los glotones pareciesen culpables de su desaparición. Encontrábamos sitios con cataratas, de aguas rebeldes, donde el hielo se forma arriba y abajo se corroe. En un lugar así el trineo que yo llevaba se hundió junto con los perros. El hombre y Unga dijeron que era mala suerte, pero nada más. En ese trineo había mucha comida y los perros eran los más fuertes. Pero él se rio porque estaba lleno de vida y a los perros que quedaban les recorto raciones hasta que fuimos liberándolos de la traílla uno a uno y dándoselos a sus compañeros como alimento. Dijo que volveríamos a casa más rápido, viajando ligeros y alimentándonos con lo de las despensas en las que habíamos escondido las provisiones, sin perros ni trineos. En eso tenía razón, porque nos quedaba muy poca comida y el último perro murió aún sujeto a los tirantes la noche que llegamos al oro, los huesos y las maldiciones de los hombres.

»Para llegar a ese lugar, sobre el que el mapa decía la verdad y que estaba situado en el centro de las gigantescas montañas, excavamos escalones de hielo contra la pared de una divisoria. Buscamos un valle a lo lejos, pero no lo había. La nieve se extendía a la misma altura, como en las grandes llanuras y, aquí y allá, a nuestro alrededor, las enormes montañas dejaban ver sus blancas cabezas entre las estrellas. En el medio de una llanura tan extraña que debía haber sido un valle, descendían la tierra y la nieve hacia el centro del mundo. De no haber sido marinos, la cabeza nos habría dado vueltas al ver aquello, pero conseguimos permanecer en el borde buscando la forma de poder bajar. A un lado, y solo allí, la pared se había derrumbado hasta formar una especie de rampa como la inclinación de una cubierta cuando hay viento fuerte. No sé por qué era así, pero así era. “Es la boca del infierno —dijo él—. Vamos a bajar”. Y bajamos.

»En el fondo había una cabaña de troncos que algún hombre construiría tirándolos desde arriba. Era vieja. En ella y en épocas diferentes habían muerto varios hombres solitarios. En unas cortezas de abedul que habían dejado pudimos leer sus últimas palabras y maldiciones. Uno murió de escorbuto; a otro su compañero le robó lo que quedaba de comida y de pólvora y lo abandonó allí; un oso hirió gravemente a otro; el cuarto intentó cazar pero acabó muriéndose de hambre… y así alguno más. Todos se negaron a dejar el oro y murieron junto a él de una forma u otra. Y el oro que recogieron y que no les sirvió de nada volvía amarillo el suelo de la cabaña como en un sueño.

»Pero el hombre al que yo había llevado hasta tan lejos tenía la cabeza despejada y el alma tranquila. “No tenemos nada que comer —dijo—, así que nos limitaremos a examinar el oro, ver de dónde proviene y cuánto puede haber. Luego nos iremos enseguida, antes de que se nos meta en la cabeza y nos haga perder la razón. De ese modo podremos volver con muchas más provisiones y quedarnos con todo”. Así que estudiamos la enorme veta, que cortaba la pared del pozo como un nervio, la medimos y delineamos desde arriba y desde abajo, delimitamos con estacas las concesiones y marcamos los árboles como señal de nuestros derechos. Luego, con las rodillas temblando por la falta de alimentos, el estómago mareado y los corazones casi en la boca, escalamos aquella pared impresionante por última vez y emprendimos el viaje de vuelta.

»Durante el último trecho tuvimos que arrastrar a Unga entre los dos y nos caíamos a menudo, pero al final llegamos a la despensa escondida. Sin embargo, no quedaba ni rastro de las provisiones. Lo había hecho bien, porque el hombre creyó que era obra de los glotones, a los que maldijo, junto con sus dioses, aunque casi no le quedaba aliento. Pero Unga era valiente. Sonrió, lo tomó de la mano de una forma que me obligó a mirar hacia otro lado para contenerme, y le dijo: “Descansaremos junto al fuego hasta la mañana y reuniremos fuerzas gracias a los mocasines”. Así que cortamos en tiras la parte superior de los mocasines y las dejamos hervir durante casi toda la noche para poder masticarlas y tragarlas. Por la mañana hablamos de las posibilidades que teníamos: la siguiente despensa oculta se encontraba a cinco días de distancia. No llegaríamos. Debíamos intentar cazar algo.

»—Iremos de caza —dijo él.

»—Sí —estuve de acuerdo—, iremos de caza.

»Él decidió que Unga se quedase junto a la hoguera para recuperar fuerzas. Nosotros partimos: él en busca de un alce y yo hacía la despensa que había cambiado de sitio. Pero no comí demasiado para que no notasen en mí un exceso de fuerza. Por la noche, al volver al campamento, él se cayó varias veces. Yo hice como que estaba muy débil, tropezando con las raquetas de nieve como si cada paso pudiese ser el último. Sacamos fuerzas de los mocasines.

»Era un gran hombre. Conservó el ánimo hasta el final y no se quejó jamás, excepto por Unga. El segundo día fui tras él para no perderme su fin. A menudo se veía obligado a tumbarse para descansar. Esa noche estuvo a punto de morir, pero por la mañana lanzó un débil juramento y salió a cazar otra vez. Caminaba como un borracho e imaginé que se rendiría, pero tenía la resistencia de los fuertes y el alma de los gigantes, porque arrastró su cuerpo durante todo el día agotador. Mató dos perdices nivales, aunque no se las comió. No necesitaba hoguera y le darían la vida, pero él pensaba en Unga y puso rumbo al campamento. Ya no caminaba, se arrastraba a cuatro patas entre la nieve. Me acerqué a él y a sus ojos asomaba la muerte. Aún podría haberse salvado comiéndose las perdices, pero abandonó su rifle y llevó las perdices en la boca, como un perro. Yo caminaba a su lado, erguido. Durante los momentos en que se detenía a descansar me miraba y se asombraba de que fuese tan fuerte. Yo me daba cuenta, aunque él ya no hablaba. Si sus labios se movían no salían sonidos. Como dije, era un gran hombre y mi corazón se compadecía de él. Pero eché la vista atrás y recordé el frío y el hambre que había pasado en los bosques infinitos junto a los mares de Rusia. Además, Unga era mía y había pagado por ella un precio incalculable en pieles, barcas y abalorios.

»De esta forma cruzamos el bosque blanco, envueltos en un silencio denso como la bruma, rodeados de los fantasmas del pasado. Vi la playa amarilla de Akutan, os kayaks compitiendo por llegar a casa después de pescar y las casas al borde del bosque. Allí estaban los hombres que habían sido jefes, los que nos dieron leyes nuevas, los que tenían la sangre que yo llevaba y que llevaba Unga, con quien me había casado, Sí, y Yash-Noosh caminaba también conmigo, con arena húmeda en el pelo y el arpón, que se había roto al caer sobre él, aún en la mano. Supe qué había llegado el momento y vi promesa en los ojos de Unga.

»Como digo, cruzamos el bosque hasta que llegó a nosotros el olor de la hoguera campamento. Me incliné sobre él y le arranqué las perdices que llevaba entre los dientes. Él se tumbó de lado, con la sorpresa en los ojos y la mano que quedaba debajo moviéndose despacio hacia el cuchillo que llevaba en la cadera. Pero se lo arrebaté mientras sonreía muy cerca de su rostro, para que me viera bien. Ni aun así comprendió. Por señas hice como que bebía de las botellas negras y que levantaba un buen montón de objetos sobre la nieve; representé todas las cosas que ocurrieron la noche de mi boda. No pronuncié ni una palabra, pero él me entendió por fin. Sin embargo, no tuvo miedo. En sus labios se dibujó una sonrisa de desprecio e ira, y sacó fuerzas de flaqueza. No estábamos lejos, pero la capa de nieve era profunda y se arrastraba muy despacio. En una ocasión se quedó tumbado tanto tiempo que le di la vuelta y lo miré a los ojos. A veces continuaba y otras parecía muerto. Cada vez que lo soltaba, él volvía a luchar. Así llegamos hasta la hoguera. Unga se acercó a él de inmediato. Sus labios se movieron pero no se oyó nada. Luego me señaló para que Unga comprendiera. Después se quedó muy quieto en la nieve, durante mucho tiempo. Ahora sigue allí, en la nieve.

»No dije una palabra hasta que terminé de cocinar las perdices. Luego le hablé en su propia lengua, que no oía desde hacía muchos años. Se puso rígida, abrió mucho los ojos, sorprendida, y me preguntó quién era y dónde había aprendido aquel idioma.

»—Soy Naas —dije.

»—¿Tú? —preguntó—. ¿Tú? —Y se acercó más para examinarme.

»—Sí —respondí—. Soy Naas, jefe de Akutan, el último de mi sangre. Y tú la última de la tuya.

»Se rio. A pesar de todo lo que he visto y todo lo que he hecho, espero no volver a oír nunca una risa como esa. Se me heló hasta el alma, allí sentado, en medio del Silencio Blanco, a solas con la muerte y aquella mujer que se reía.

»—¡Vamos! —dije, porque creí que desvariaba—. Come y nos iremos. Queda mucho camino hasta Akutan.

»Pero ella hundió el rostro en la melena amarilla del hombre y se rio hasta que me pareció que el cielo se hundiría sobre nuestras cabezas. Había creído que se alegraría al verme y estaría encantada de volver a los recuerdos de los viejos tiempos, aunque aquella forma de reaccionar me parecía muy extraña.

»—¡Vamos! —grité mientras la agarraba con fuerza de la mano—. Queda mucho camino y mucha oscuridad por recorrer hasta llegar. ¡Date prisa!

»—¿A dónde? —preguntó, tras enderezarse y dejar de reírse.

»—A Akutan —respondí, convencido de que la idea devolvería la luz a su rostro. Pero a sus labios asomó una sonrisa de desprecio y de ira.

»—Sí —dijo—. Volveremos cogidos de la mano, tú y yo, a Akutan. Y viviremos en aquellas cabañas sucias, comeremos pescado y aceite y tendremos hijos. Unos hijos que se sentirán orgullosos de todos los días de nuestras vidas. Olvidaremos el mundo y seremos felices, muy felices. Es bueno, muy bueno. ¡Vamos! Démonos prisa. Volvamos a Akutan.

»Acarició la melena amarilla de él y sonrió de una forma que no me gustó. En sus ojos no había promesa alguna.

»Permanecí sentado, en silencio, asombrado por la rareza de aquella mujer. Recordé la noche en que él la había apartado de mí y ella gritó y le tiró del pelo, ese pelo que ahora acariciaba y no quería abandonar. Luego recordé el precio pagado y los muchos años de espera. La acerqué a mí y quise llevármela como había hecho él. Ella se resistió, igual que aquella noche, y luchó como una gata que defiende a su cachorro. Cuando la hoguera quedó por fin entre nosotros y el hombre, la solté y ella se sentó para escucharme. Le conté todo lo que había ocurrido, lo que había pasado en mares desconocidos, lo que había hecho en tierras extrañas. Le relaté mi búsqueda agotadora, los años de hambre y la promesa que me pertenecía desde el principio. Sí, se lo conté todo, incluso lo ocurrido aquel día entre el hombre y yo, todo, desde el principio. Mientras hablaba vi que la promesa crecía en sus ojos, llenos y enormes como el alba. En ellos leí compasión, ternura de mujer, el amor, el corazón y el alma de Unga. Volví a ser un muchacho, porque me miraba como cuando corría por la playa, riéndose, hacia la casa de su madre. Desaparecieron el malestar, el hambre y la agotadora espera. Había llegado el momento. Sentí la llamada de su pecho y me pareció que allí debía descansar mi cabeza y olvidarme de todo. Ella me abrió los brazos y yo me entregué. De repente, el odio brilló en sus ojos, llevó la mano a mi cadera, cogió mi cuchillo y me lo clavó una, dos veces.

»—¡Perro! —dijo con desprecio mientras me dejaba caer en la nieve—. ¡Canalla!

»Luego se rio hasta hacer añicos el silencio y regresó junto a su muerto.

»Me clavó el cuchillo dos veces, pero estaba débil por el hambre y no me mató. Sin embargo, decidí quedarme allí con los ojos cerrados para dormir el último sueño de aquellos cuyas vidas se habían cruzado conmigo y recorrer caminos desconocidos. Pero tenía una deuda pendiente que no me permitía descansar.

»El regreso fue largo, el frío muy intenso y casi no tenía provisiones. Los indios pellys no habían encontrado alces y robaron mi despensa. Lo mismo habían hecho los tres hombres blancos, pero al pasar junto a su cabaña los encontré muertos en el interior. Después ya no recuerdo nada, hasta llegar aquí, donde había comida y fuego, mucho fuego.

Al terminar se acercó mucho a la cocina, casi como si quisiera el calor solo para él. Durante un buen rato, las sombras de la lámpara de sebo representaron tragedias en la pared.

—¡Pero Unga! —gritó Prince, con la imagen de ella grabada en la mente.

—¿Unga? No quiso comer las perdices. Se tumbó junto a él, le rodeó el cuello con los brazos y hundió el rostro en su pelo amarillo. Desplacé la hoguera hacia ella, para que no tuviera frío, pero se cambió de lado. Encendí otra hoguera de ese lado, pero de poco sirvió porque no quiso comer. Así siguen los dos, allí tumbados sobre la nieve.

—¿Y tú? —preguntó Malamute Kid.

—No sé. Pero Akutan es pequeño y ya no deseo volver para vivir en el borde del mundo. Sin embargo, ¿de qué me sirve vivir? Puedo entregarme al capitán Constantine. Él me encerrará y un día me hará colgar de una soga, así podré dormir por fin. Aunque… no. No sé.

—¡Pero, Kid! —protestó Prince-, ¡Es un asesino!

—¡Calla! —ordenó Malamute Kid—. Hay cosas que superan nuestro saber, que van más allá de nuestra justicia. No podemos decir si esto está bien o mal y no somos quiénes para juzgarlo.

Naas se acercó más al fuego. Se hizo el silencio y a los ojos de cada hombre asomaron imágenes que iban y venían sin cesar.

[1899]

  1. Louis Riel (1844-1885) fue un político canadiense y líder del pueblo métis que encabezó dos rebeliones contra el gobierno canadiense., con las que pretendía defender los derechos y la cultura de los métis. .La primera tuvo lugar en 1869-1870 y la segunda en 1885, por la que fue detenido, acusado de alta traición y ejecutado. El cine le puso cara en la película Nortwest Mounted Police [La Policía Montada del Canadá] (1940), el primer filme en technicolor dirigido por Cecil B. DeMille, donde Riel era interpretado por Francis McDonald (1891-1968). ↩︎
  2. En francés, corredores de los bosques. Nombre que recibieron los primeros tramperos y comerciantes de pieles que actuaban por su cuenta en los territorios de la Nueva Francia y que, en su mayoría, descendían de los franceses. ↩︎
  3. Así se llamaba también a los indios métis que participaron en las revueltas junto a Louis Riel. ↩︎
  4. Embarcación abierta propia de los inuit, compuesta por una estructura de madera cubierta de pieles y con varias bancadas, similar al kayak pero mucho más grande, que se usa para el transporte de bienes o pasajeros y que puede albergar hasta treinta personas. ↩︎

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