ERA UNA CRIATURITA muy recatada. La seriedad se había adueñado de ella desde siempre y sus ojos, de un azul cristalino, eran fuentes gemelas de sinceridad. Parecía tan frágil. En la calle, quien se cruzaba con ella se giraba para mirarla otra vez y la comparaba con un angelito perdido o una santa Cecilia en estado embrionario, lo cual no resultaba extraño por lo evanescente que parecía, como una delicada gota de rocío a punto de desaparecer bajo el primer rayo de sol. En el colegio era un ejemplo para todos y asombraba a sus profesores con su insaciable sed de conocimiento. Sus compañeros la miraban un tanto sobrecogidos y suspendían los juegos más rudimentarios cuando ella se les acercaba e incluso el chico más alborotador, tras cinco minutos en presencia de ella, acababa por guardar silencio y casi parecía reducido a un estado de inmóvil idiotez.
Además, resultaba muy madura porque, años antes de lo que le correspondía, había abandonado el cuarto de juegos para ocupar un sitio en la mesa de té de su madre. Allí charlaba de convencionalidades estereotipadas y naderías empalagosas hasta que las visitas femeninas de su madre se quedaban petrificadas ante su precocidad. Los cotilleos normales y escándalos insignificantes que suelen tratarse en dichos círculos quedaban a un lado al aparecer ella, la conversación pasaba al otro extremo y la personalidad que irradiaba ejercía un efecto más llamativo sobre las posibles visitas del género masculino. El anciano general Wetherbee solía temblar visiblemente cada vez que cogía sus manos entre las suyas y se agachaba para mirar aquellos ojos angelicales. La gente malintencionada sugería que buscaba algo próximo a la intimidad, pero no debemos creerlo porque, ¿no se había rendido él a los discretos esfuerzos misioneros de ella, renunciando y abjurando para siempre del consuelo que le producían sus Habanos? ¿Y no mantenía su palabra aunque sufriera tanto como los condenados al infierno?
Resumiendo: todos los que conocían a Mabel Armitage, a pesar de sus doce años, la tomaban en serio y se sentían interesados por ella. Parecía demasiado delicada, buena y angelical para ser de este mundo. Constituía la apoteosis de todo lo mejor, una criatura radiante y celestial, tanto que de haber seguido los pasos de Elías y ocupado su legítimo lugar entre los elegidos, nadie se habría sorprendido. Incluso Cap Drake, que la conocía desde que la joven había nacido, lo creía así: eso ilustra el poco conocimiento del prójimo que puede penetrar nuestra comprensión.
Su padre poseía numerosas arrugas diminutas en el rabillo de cada ojo. Tal vez fuese p0r eso —o por la perversidad innata de las cosas—, pero el caso es que en el fondo del corazón de aquella niña inocente vivía un diablo. Un diablo que en ocasiones surgía y que, bajo diversas apariencias, perturbaba terriblemente las almas de los hombres.
Cap Drake era uno de sus súbditos más fervientes y, de forma extraoficial, hacía las veces de su primer ministro. Poseía una vasta erudición, por lo que ella también lo consideraba su tribunal de apelación inapelable y le remitía las miles de cuestiones susceptibles de debate que surgían constantemente en su búsqueda del conocimiento. Su hermano Bobbie, que había comparecido varias veces ante dicho tribunal, declaraba con rebeldía y abiertamente que entre la reina y su principal magistrado existía connivencia, otros sostenían que él se doblegaba al ucase imperial de ella por lealtad; pero, sea como fuere, una cosa era cierta: Cap Drake jamás había emitido un veredicto que no reforzase doblemente la posición de ella o no arrojase al más completo desconcierto a quienes la atacaban. Al contribuir de esa forma a las muchas victorias de ella, a menudo se veía en un aprieto y entonces recurría a los sofismas más asombrosos y tejía una red de audaces falacias que paralizaba de tal manera la capacidad de comprensión de los demás que siempre capitulaban de inmediato.
Pero ese abandono perdonable del camino recto y estrecho acabó por provocar debilidad en Cap Drake. Se volvió capaz de contar las trolas más impresionantes sin que le temblase la voz, con una mirada que irradiaba la sinceridad más cordial. Todo iba bien hasta que un día, cediendo a un impulso traidor, le confió a la reina ciertas maravillas zoológicas, aún desconocidas para la ciencia, que tenían por hábitat las selvas inexploradas de África. Y todo continuaría yendo bien si la confiada Mabel no hubiese procedido a electrizar tanto a su clase como a su profesora con el escabroso cuento. Su sinceridad y simplicidad, propias del barón de Munchausen, los dejó desconcertados e imploraron más información. Mabel presintió que dudaban de lo que les decía y dio fe de su autoridad, aunque ocultó por lealtad el nombre de su experto, pues empezaba a temer que su fiel primer ministro había abusado de ella. Esa tarde volvió a casa más triste y prudente, con la loable intención de provocar, en cierto modo, el desconcierto de su desleal servidor.
Cap Drake llegó temprano para tomar el té, sintiéndose en paz consigo mismo y con el mundo en general. Al echar una ojeada en la biblioteca, encontró a Mabel concentrada en su cuaderno de redacciones y se abstuvo de interrogarla, como siempre hacía, sobre los sucesos del día. Más tarde, ya en la mesa, la conversación giró en torno a las banderas nacionales y acabó, para variar, ejerciendo el papel de tribunal de apelación inapelable.
—Pero Mabel —soltó Bobbie—, te equivocas. Estás muy equivocada. Solo existe una Unión, la Unión Americana, por eso la Union Jack es la bandera americana.
—¿No es la Union Jack la bandera de los ingleses, Cappy? —apeló Mabel.
—Pues sí, Mabel, así es. Representa al Reino Unido, que es la Unión, como dice Bobbie, de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Sí, Mabel, tienes razón.
—¿Y qué significan las barras? —preguntó Mabel.
—¿Las barras? Vamos a ver… Las estrellas representan el número de Estados, ¿no es así?
Era su maniobra en busca de tiempo, mientras se preguntaba a sí mismo qué representaban las barras. Mabel asintió en silencio.
—Y por cada Estado que se suma, se añade otra estrella sobre el fondo azul.
Mabel volvió a asentir
—¿Cuántos estados hay?
—Cuarenta y cuatro —respondió ella.
—No. Cuarenta y cinco —afirmó Bobbie—. Mira, hermanita, están Maine, New Hampshire, Vermont…
Cap Drake se apartó apresurado de la controversia, felicitándose a sí mismo por la inteligencia de su maniobra y durante el resto de la tarde habló de política diligentemente con el señor Armitage. Por supuesto, resultaba imposible interrumpirlos, pero Mabel sabía lo que debía hacer y, una hora más tarde, lo capturó en la galería, donde él estaba fumando.
—¿Qué significan las barras, Cappy?
—¿Las barras? Oh, sí, estábamos hablando de las banderas, ¿no es verdad? Lo que me recuerda a la bandera que capturamos en la batalla de Little Round Top. Fue muy gracioso y…
Continuó contando sus recuerdos de la guerra hasta que se puso el sol y ambos entraron en la casa. Sin embargo, Mabel no tenía prisa, mientras que él se olvidó de todo aquello jugando varias partidas de cartas. Pero las arrugas en el rabillo de los ojos del señor Armitage se habían hecho más profundas y, aunque Mabel no lo sabía, se sentía muy interesado por aquel pleito. Además, no podían jugar eternamente a las cartas.
—Cappy, ¿qué significan las barras?
¡Qué diantre, otra vez la preguntita! Semejante nadería… sin duda la había aprendido y olvidado varios años atrás. ¡Qué fastidio! Mabel era una criatura tan sensible, con un apetito tan insaciable por los hechos que incluso podría enfermar de preocupación. Sin embargo, debía librarse de aquello de alguna forma. Lanzó una mirada de impotencia en dirección al señor Armitage, pero el caballero se mostraba profundamente concentrado en lo que sin duda era un artículo de revista muy divertido. La señora Armitage estaba ocupada en resucitar sus viejas melodías preferidas entre un montón de partituras.
—¿Las barras?
Cap Drake la miró de forma tan distraída y durante tanto tiempo que Mabel se vio obligada a repetir la pregunta.
—¡Oh, ya lo recuerdo! —exclamó, con el rostro hipócritamente animado—. Hablábamos de banderas, ¿no? Siéntate conmigo en el sofá y te lo contaré todo. Es un tema muy serio, un tema muy profundo —dijo y movió la cabeza con gravedad—. En la antigua república romana, antes de Cristo, los soldados solían llevar un puñado de heno sujeto al extremo de un palo. Antes de eso, el soldado que dio muerte a Ciro II el Grande, rey de Persia, recibió el gran honor de que sus camaradas le permitieran llevar un gallo de oro a la cabeza del ejército. Así que ya ves, en esos tiempos no existían las banderas como tal, pero…
Y Cap Drake continuó hablando de esa forma mientras se enjugaba el sudor de la frente y se estrujaba el cerebro en busca de más datos sobre aquel odioso tema. Mabel no lo interrumpía, pero él veía sus ojos azul celeste clavados en él, transmitiendo un reproche mudo, y podría haber jurado que se encontraba al borde de las lágrimas.
—Pero, Cappy, ¿y las barras?
Solo una vez lo interrumpió con suavidad y él se lanzó a describir las banderas que portaban los caballeros de Guillermo el Conquistador, según refleja el tapiz de Bayeux. Tras agotar el tema, se ocupó de la oriflama de Francia, luego pasó a la flor de lis y recuperó su ingenio disperso relatando la larga leyenda de los tiempos de caballería. Mientras describía el estandarte imperial azul, con su águila amarilla y sus abejas de oro, consiguió ponerse en pie y, ya con la tricolor de la Revolución, alcanzó la puerta.
—¿Tan temprano? —preguntó la señora Armitage—. Si se queda cantaré El jardín del sueño, y sabe que renunciaría a cualquier cosa por oírlo.
—No, hoy no, gracias. Esta noche tengo un ligero dolor de cabeza y…
Se detuvo, casi aterrado, al mirar a Mabel y ver que sus labios empezaban a articular: «¿Las barras, Cappy?». Se despidió bruscamente y se apresuró a salir al pasillo. En lugar de irse a su cuarto, se coló en la biblioteca sin que lo vieran, donde pasó una hora rebuscando a escondidas y logró que la cabeza le doliese de verdad. Descubrió dos atlas que contenían la sinfonía de Colores de las banderas de todos los países, pero no halló ni una sola línea sobre el asunto que lo ocupaba. Una referencia a la enciclopedia lo llevó a descubrir que el único volumen que sin duda contenía el secreto —Apa-Bra—, no estaba allí. Entonces se fue a la cama.
—¡CAPPY! ¡CAPPY!
Mabel se arrodillaba ante su puerta, tras haber recorrido el pasillo como si flotase, parecía más que nunca un ángel con su camisón blanco y su rostro delicado enmarcado por la aureola del cabello dorado y sin recoger. El señor Armitage se había acomodado en el mirador con cortinas de la parte superior de la escalera.
Llamó a la puerta con timidez y en su voz había un temblor lastimoso. Cap Drake dejó escapar un gemido y se sentó en la cama.
—¿No vas a decirme lo que significan las barras, Cappy? ¿No vas a decírmelo, Cappy? Lo he intentado, pero no seré capaz de dormirme hasta que lo sepa.
—¿Las barras? —Las silabas apagadas llegaron a sus oídos desde el otro lado de la puerta—. ¿No sería mejor que volvieras a acostarte?
—Dímelo, Cappy, y me dormiré. Me intriga tanto que no podré dormirme hasta que me lo digas.
—Pues… la verdad, Mabel, no lo sé.
Tras haber agarrado, por fin, el toro por los cuernos, se sentía aliviado. Por lo menos ya no necesitaba echar mano de más circunloquios.
—No me lo creo, Cappy. ¡No, imposible!
—Tal vez no signifiquen nada.
—Significan algo. Yo lo sé y tú también. Pero no quieres decírmelo y creo que eres malo. ¡Queda dicho!
—Pero, Mabel, te aseguro que no lo sé. Si lo supiera te lo diría. Lo haría, pero de verdad que no lo sé. Mañana me entero y te lo cuento. Ahora baja a tu cuarto, sé buena.
—Cappy, no seas cruel. Voy a llorar.
Cap Drake reveló su agonía con varios adjetivos intensos, inmencionables y escandalosos, excepto pronunciados por algún teólogo piadoso. Pero los ahogó en lo más hondo de su laringe y cerró los labios con decisión. El denso silencio de la noche cayó sobre ellos, roto por los sollozos desconsolados y entrecortados del lado de la puerta en el que se encontraba Mabel. También por las risas reprimidas en el mirador, aunque Cap Drake no las oyó.
Silencio.
Cap Drake se pregunta si la niña se habrá ido y se arriesga a decir:
—Buenas noches, Mabel.
Ella responde con un lamento quejumbroso.
Él recurre a más adjetivos intensos, enciende la luz y empieza a vestirse.
Abrió la puerta con cuidado y a sus pies encontró a la desconsolada criaturita, echa un bulto blanco y arrugado, sollozando de forma convulsiva. Cap Drake guardaba en su interior cierta sensibilidad hacia lo femenino y, aunque había dejado transcurrir la vida soltero y feliz, la madurez no la había contenido ni anulado, como ocurre con la mayoría de los hombres en iguales circunstancias. Así que la cogió en brazos, del mismo modo que un día memorable doce años atrás, y se la llevó abajo, al cuarto de los niños. Allí la consoló y retuvo sus manos en las de él hasta que el reloj dio las doce y el sueño veló sus sinceros ojos azules. Luego rozó con un beso la frente angelical y volvió arriba, sintiéndose aliviado y a la vez pensando de sí mismo que era un animal.
Al día siguiente, cuando el señor Lennon, el contable jefe, entró en la oficina interior en respuesta a la llamada de Cap Drake, esperaba como mínimo que la consulta a realizar tratase sobre un importante negocio del que se estaban ocupando.
—Señor Lennon, por casualidad sabrá usted…
El señor Lennon revistió sus austeros rasgos con la mejor expresión crítica posible. Aquello debía de ser muy importante.
—Señor Lennon, usted sabe… Dígame, ¿qué significan las barras?
A favor del contable debemos decir que no movió ni un músculo de la cara, aunque como luego le confiaría a su copista: «Me quedé de piedra».
—¿Las barras, señor? No comprendo.
Al mismo tiempo empezó a sospechar que podría tratarse de una de esas ideas de las modernas escuelas de comercio que quería introducir el más joven de sus ayudantes.
—Las barras de la bandera norteamericana.
—¡Ah! Pues las estrellas…
—¡Olvídese de las estrellas! ¡Las barras, hombre, las barras!
Pero cualquier recuerdo que pudiese haber tenido, si llegó a tener alguno, se perdió ante el tono morado que había adquirido la frente de su patrono, y el hombre respiró aliviado cuando se encontró de nuevo en el ambiente más relajado de la sala de contabilidad. Luego entró el primer ayudante, y al final, cuando todos los empleados habían pasado ya por el despacho del jefe, enviaron al botones a las oficinas del juez Parker y al copista se le encargó que invirtiera la mañana —o todo el día, si era necesario— en la sala de consultas de la biblioteca más próxima.
Cap Drake tomó el tren de vuelta a casa mucho antes de lo que solía hacerlo los sábados por la tarde, cargado con un ramo enorme de violetas y la solución a aquel problema tan trascendental: el significado de las barras en la bandera norteamericana. No vio a Mabel, pero al parecer acababa de llegar porque sus libros del colegio descansaban sobre el atril de la biblioteca. Entre otras cosas, había decidido por su cuenta ser su mentor literario, por eso se detuvo ante su cuaderno de redacciones y se sobresaltó al ver el escrito más reciente. Era muy interesante. Le echó un vistazo a la página sin percatarse de que la niña había entrado y, cuando el ramo de violetas cayó al suelo, continuó leyendo sin siquiera darse cuenta.
Dejó escapar un grito de furia al pasar la página y leer: «La bandera de Estados Unidos tiene estrellas plateadas sobre campo azul y bandas rojas sobre campo blanco. Se añade una estrella por cada Estado. El número de barras no varía nunca. Hay trece barras, contando también las blancas, como trece fueron los Estados originales…».
Alzó la mirada y la vio.
—¿Cuándo lo escribiste? —preguntó.
Los ojos azules, con su habitual expresión de inocencia sorprendida, no flaquearon.
—Ayer. ¿Recuerdas cuando entraste en la biblioteca y viste que estaba tan ocupada? A la señorita Storrs le ha parecido excelente. Me pidió que la leyera ante toda la clase y…
Pero Cap Drake ya no la oía. Estaba al teléfono intentando contactar con el teatro.
—¿Pensabas ir a algún sitio esta noche? —le preguntó a ella mientras esperaba a que la centralita se dignase funcionar.
Mabel negó con la cabeza, cada vez más sorprendida y con los ojos más abiertos.
—Pues vas a venir conmigo. No te preocupes —añadió—. Yo me ocuparé de tu madre.
—Sí, oiga. Sí. ¿Quedan butacas libres en los palcos? Sí. Dos. Sí. D-o-s, dos. De acuerdo. Gracias.
[1899]

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