ARRUGÓ CADA UNA de las delicadas notas con una rotundidad que lo sorprendió. No creyó que fuera a resultarle tan sencillo. Incluso sintió una especie de júbilo pasivo mientras las depositaba con cuidado en la chimenea. Empezó a dedicarse a la tarea con un placer de lo más curioso y su pulcritud habitual se impuso hasta que el montón asumió proporciones arquitectónicas. Pensó que parecía un pedestal. Lo miró con gesto serio. Una carta breve —la última que ella le había enviado— protestaba con el vigoroso ímpetu de la juventud ante una incineración tan prematura. Sobresalía dolorosamente y estropeaba las líneas del paralelogramo. Unos golpecitos suaves con el atizador y se sosegó entre sus compañeras.
Parecía un santuario, un altar; y él, apóstata de los dulces esponsales, oficiaba de sumo sacerdote. La fantasía le gustó, tenía un toque poético. Al fin y al cabo, aquello era lo mejor. Se alegraba de que ella hubiese sido tan sensata. ¡Qué horror sería tener que devolverse los regalos y baratijas! ¿Qué derecho tenía ella a recuperar sus cartas, o él las suyas? Era una costumbre sin sentido. ¡Con qué rapidez lo había aceptado ella cuando se lo propuso! Aunque debía confesar que su actitud le provocó una tristeza momentánea: había esperado que dejase entrever sus sentimientos, que le diera una muestra de debilidad femenina, pero no, se limitó a asentir con la cabeza y sonreír. Estaba claro que se había cansado de él. Aunque no le había dicho nada de eso, pero resultaba evidente, incluso más ahora que todo había terminado. Era justo admitir que él se había comportado magníficamente; incluso ella debía reconocerlo. Si alguien comentaba algo, debía ser él quien lo asumiese. ¡Cómo se iban a burlar de él sus amigos! Y en las reuniones femeninas habría murmullos maliciosos, risitas y gestos significativos… pero era un hombre y podría soportarlo.
Se alegraba de haberlo hecho porque nadie podría reprocharle nada, al contrario, su conducta era merecedora de admiración. Con el paso de los años ella lo apreciaría y 10 recordaría con cariño. Sin duda ella acabaría casándose y tal vez un día rememorase todo aquello y comprendería lo que había perdido. Él se entregaría a su trabajo con renovado vigor y en la madurez su nombre sería respetado, admirado y se hablaría de él a menudo; entonces volvería a acercarse a ella y serían amigos, solo amigos. Ella vería todo lo bueno que había en él —esas excelentes cualidades que ahora no apreciaba, como bien sabía él— y tal vez lamentaría que las cosas no hubiesen sido de otro modo. Imaginar la tristeza de ella al ver el hombre en el que se había convertido con el paso del tiempo y sus propios esfuerzos le produjo una dulce satisfacción. Pero al contemplarse a sí mismo en el futuro, cuando el tiempo hubiese blanqueado su cabello y le hubiera aportado fama, mirándola desde arriba y hablándole con calma, supo que así era como quería que fuese su vida. Con todo, le gustaba pensar que tal vez los años que a ella le darían otro marido también la llevarían a arrepentirse.
Hizo breves viajes entre la chimenea y distintas zonas de la habitación. ¡Qué vacía parecía la pared! Pensó que debía buscar algo que ocupase su sitio, mienta as se arrodillaba ante el altar que había levantado y colocaba encima una fotografía, la de ella. Delante puso un guante, que había sido blanco pero ahora estaba manchado de tanto llevarlo en el bolsillo del abrigo que quedaba sobre el corazón. ¡Qué necio había sido! Luego añadió al sacrificio un mechón de pelo castaño y ondulado, y a su lado un ramillete de violetas marchitas. En el pasado había depositado sus esperanzas de alcanzar el cielo en todos esos frágiles recuerdos, pero ahora… ahora acercó un fósforo a la base del altar, canturreando mientras lo hacía: «Un amor como el nuestro jamás morirá».
Acercó su butaca reclinable y se acomodó en ella. Sintió una curiosidad infantil por el comportamiento de los distintos artículos y por saber cuál sucumbiría antes al efecto del fuego destructor. La diminuta llama fue creciendo y extendiéndose hasta que a sus pies rugió un incendio en miniatura. Las violetas estallaron en una evanescencia radiante y los tallos resistieron como filamentos de acero, tensos y estremecidos por el calor. La oscura silueta del guante destacó con fuerza sobre el resplandeciente fondo de papeles en llamas y la fotografía, como la torre de un castillo señorial, dejó escapar columnas de humo negro y luego se tambaleó, se balanceó indecisa durante un momento y se derrumbó sobre las brasas-ardientes. Poco a poco el brillo de la vida fue abandonando la pira caída como la luz abandona al ojo que se seca. Pronto aquellas naderías que ayer lo habían sido todo, que para él eran promesas de una felicidad futura, no fueron más que un montón muerto de cenizas negras y grises que se estremecían en la chimenea.
Todo había terminado. Era libre. Libre como el viento. Menos de un mes atrás le habría parecido imposible romper sus cadenas con tanta facilidad. Pero la emancipación —entonces la habría llamado destierro— había llegado sin esfuerzo, sin esa extraña revolución de la sangre, sin ese abrasador tumulto de los sentimientos que sería lógico esperar.
Podía sentarse junto a las cadenas carbonizadas y pensar en ella con calma, sin que su pulso se acelerase lo más mínimo. Se sentía perfectamente normal. Bueno, eso demostraba lo transitorio que había sido el capricho.
Porque se trataba de un capricho, un simple capricho. Ésa era la palabra. No podía haber sido amor verdadero porque el hecho de seguir caminos distintos le habría provocado una única emoción: el más atroz de los vacíos. Pero no se sentía vacío, ni tenía la sensación de haber perdido algo. Estaba tan tranquilo ahora que ella había desaparecido de su vida como antes de que hubiese llegado a ella. Y era libre. Libre de recuperar su vida de antes, sus viejas costumbres. Aún era temprano. Se había ocupado de los preparativos previos a la partida y el tren no salía hasta la medianoche. Cenaría en el centro y visitaría a alguno de sus amigos, para recordar los viejos tiempos.
Libre. ¡Libre como el viento! La frase transmitía euforia. Se imponía entre sus ideas como un refrán agradable. Nunca había sentido simpatía hacia esa palabra, pensó mientras bajaba las escaleras, nunca había comprendido la fuerza que encerraba. ¿Y ella? Sin duda estaría encantada con la ruptura y sería capaz de analizar aquel incidente de manera cordial. Porque no era más que eso, un simple incidente. No tardaría en casarse y ser feliz para siempre.
Se preguntó cómo sería el marido e intentó escogerlo entre los que, en su opinión, podían reunir los requisitos. Pero no consiguió evocar ninguna unión armoniosa. O fallaban los gustos o los temperamentos. Quizás el afortunado aún no había aparecido. Sí, ¡el afortunado! No podía negar que la joven era un encanto, aunque la palabra «encanto» no transmitía por completo su calidad. No contaba ni la mitad. Desde luego, la lengua de la calle tenía mucho que mejorar.
Continuó desarrollando su fantasía de múltiples facetas mientras caminaba sin percatarse de adónde iba y, cuando se quiso dar cuenta, se encontraba frente a la entrada del Grotto. Sacó el reloj. Resultaba absurdo cenar a semejante hora, pero tenía hambre y entró. Empezó a planificar su nueva vida, pero el camarero, al tomar nota de su pedido, le recordó aquella vez que habían comido allí juntos, el día en que los voluntarios marcharon por todas las calles y la ciudad entera se volvió loca de patriotismo y entusiasmo. Se sobresaltó al comprender por dónde iban sus ideas. Tenía que dejarla a un lado. Aquello formaba parte del pasado. Había terminado. No era más que un incidente. Debía limitarse a pensar en los días futuros y en esos ella no tenía cabida. Pero una risa femenina llegó hasta el desde el otro extremo y le recordó a la de ella. ¡Qué felices habían sido aquel día! No habían parado de hablar de tonterías con una seriedad paródica, ¡y cómo se habían reído de las cosas serias, de las austeridades de la vida! ¡Qué criatura tan sana y honesta, capaz de adaptarse al estado de ánimo ajeno de una forma que pocas mujeres dominaban!
Recordó mil y un incidentes sin importancia, cosas triviales que entonces habían sido insignificantes y ahora se convertían en acontecimientos agradables de rememorar, empezó a comprender que ella había ocupado mucho espacio en su vida. Hasta el momento había vivido sus días en los de ella, ¿y ahora? ¿Y mañana? El futuro se cernía sobre él como una pared en blanco y no deseaba contemplarla. Tenía a sus amigos, pero sus amigos no lo entenderían. Las cosas entre ellos nunca volverían a ser como antes. Se sentía mucho más abierto que todos ellos y con un criterio más sólido. Ella lo había guiado por caminos con los que sus amigos ni se atrevían a soñar y, a través de ella, la vida había alcanzado un significado que quizás ellos nunca conocerían. ¡El secreto de las mujeres! Lo había atisbado fugazmente y sabía que le quedaba mucho por aprender. Pero sus amigos… se encontraban en medio de las tinieblas más absolutas. ¿Podía volver con ellos y olvidarse de todo eso? ¿Qué iba a hacer mañana y pasado y al día siguiente? El vacío del futuro inmediato lo agobió. Tenía que remodelar su vida, mirar a su alrededor, encontrar nuevos intereses.
Al final no quiso cenar. Era demasiado temprano. Callejeó sin fijarse por dónde iba. Empezó a sentir aversión por sus amigos. No iría a verlos. Ojalá fuese ya la hora del tren para entregarse al embotamiento que la noche prometía. Se sintió terriblemente solo entre la gente que había salido de compras y volvía corriendo a casa. Cualquier otra tarde habría ido a verla. ¿Qué estaría haciendo? Vio con total claridad su mesita de té, y su dulce rostro, y el de su madre, y las rosas que colgaban, por encima de la cabeza de ella, frente al sitio que él solía ocupar. Recordaba hasta el más mínimo detalle. Incluso los servilleteros estaban grabados en su mente con tanta exactitud como si los hubiera diseñado él. ¡Y ya no habría más tardes como esa! Pero él era un hombre y le demostraría que podía soportarlo. Levantó la mirada hacia el reloj de la biblioteca. Si, era la hora del té. No, no era un sentimental. Dejó de pensar en esas tonterías y agradeció a sus dioses por haberse librado de semejante sensibilidad y exquisitez fingidas. Aquello le ocurría porque se marchaba y se dejó atraer por el ambiente familiar de los libros. Entró en la biblioteca. A aquella hora se encontraba desierta, excepto por los ruidosos encargados y algunas criaturas extrañas que infestan lugares como ese. Pasó junto a las estanterías, cuyos ocupantes transitorios iban y venían sin cesar. Los de las galenas superiores pocas veces abandonaban su pacífica morada porque los consultaba muy e tarde en tarde algún anticuario rancio o coleccionista entusiasta y ansioso de datos sin valor. En aquellos rincones solían cultivarse los pálidos estudiantes y, debemos confesarlo, a veces también se dormían sobre el texto.
Ascendió con calma la escalera de caracol finamente estriada, de acero, como un sacacorchos gigantesco. Por fin llegó a su rincón común, al que ambos compartían, y acercó un taburete al extremo más alejado. Aún no habían encendido las luces y el día empezaba a oscurecer. Sí, ¡aquél era su rincón común! Recordó los días en los que la había instruido en el período isabelino, allí mismo, y el tiempo que habían perdido entre las sutilezas metafísicas de Alastor. Su rincón. Sí, los habituales de la biblioteca reconocían que les pertenecía a ellos dos. Sonrió al recordar al joven estudiante que un día encontraron allí, lo abochornado que se sintió, consciente de haberse colado donde no debía, y su forma de disculparse al escabullirse. También era su oficina de correos especial. ¡El lugar donde intercambiaban las cartas! Dirigió una mirada cómplice a un tomo pequeño y grueso que se encontraba encajado entre dos volúmenes pesados en uno de los estantes superiores. Pensándolo bien, la carta, la última carta, aún debía de estar allí. Él la había dejado allí la mañana previa a… a que todo ocurriese. Claro que ella ahora ya no iría a buscarla. ¿Debería cogerla él? Tenía sus propias ideas al respecto de esa clase de cosas, pero se trataba de una contingencia imprevista. ¿La carta era de él o de ella? ¿Debería permanecer ahí hasta que la resucitase algún ayudante, un día de limpieza, que quizás recordaría el romanticismo que se respiraba en aquel rincón cuando era de ellos? Debatió el asunto muy serio. No, no era un sentimental.
Alguien se detuvo en la galería —una mujer— y luego entró. Se sintió irritado por la intrusión. A duras penas se fijó en ella. Esperaba que se fuera pronto y lo dejara solo. La mujer alargó la mano vacilante hacia el tomo pequeño y grueso. Aquello era una profanación, pensó él, y ¿cómo era posible que otros conociesen el secreto de su rincón? Ella se dio la vuelta hacia él mientras besaba la carta que había cogido. A pesar de la falta de luz, vio sus ojos húmedos como nunca antes los había visto. Dijo su nombre en voz alta, con voz suave, y dio un salto hacia ella.
El encargado, cuyas pisadas no oyeron, olvidó encender la luz de su rincón. Más tarde, cuando un anciano de cabello largo le pidió El espejo de la alquimia de Mechan, le dijo que estaba prestado. El espejo de la alquimia era el tomo pequeño y grueso.
[1899]

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