ESTA ES LA HISTORIA de algo que ocurrió de verdad y que demuestra que en los corazones de todos los hombres existe un núcleo eterno de Bertram Cornell era un mal hombre y un fracasado. En una casucha inglesa allende los mares habían sufrido y derramado lágrimas en vano por su bienestar espiritual y terrenal. Era malo, malo de verdad. De eso no había duda. Desconsiderado, descuidado e insensible eran términos suaves con los que dar nombre a sus defectos.
Incluso en su juventud solo había tenido fuerzas para el mal. Las palabras amables y las súplicas no ejercían efecto sobre él y se había insensibilizado a las lágrimas de su madre y hermanas y a las advertencias más severas, aunque no menos amables, del padre. Así que no resulta de extrañar que —cuando aún era muy joven— huyese precipitadamente de su hogar en Inglaterra llevándose algo que, de haber tenido conciencia, habría pesado sobre ella, y dejando tras de sí su nombre mancillado y a su familia para soportar la situación. De esa forma quienes lo conocieron hablaron de él con amargura y tristeza hasta que el tiempo borró su recuerdo. Jamás oyeron hablar de otros males cometidos por él ni nadie tuvo noticias de su fin. En su hora final expió y limpió por completo la hoja mancillada de su vida. Pero eso lo hizo en un país lejano donde las noticias viajan despacio y se pierden por el camino y donde los hombres suelen morir antes de contar cómo murieron otros. Así eran las cosas. Físicamente fuerte e insensible, se había reído de la mano dura del mundo y siempre había hecho, no lo que él mundo exigía, sino lo que Bertram Cornell deseaba. Por eso a las palabras duras había respondido con otras más duras aún y a los golpes con otros más fuertes. Había trabajado de marinero en muchos mares, de pastor en los prados australianos, de vaquero entre los ganaderos de Dakota y de soldado raso alistado en la Policía Montada del Territorio Noroeste. De ese puesto había desertado al descubrirse oro en el Klondike y se había abierto camino hasta la costa de Alaska. Allí, debido a su experiencia en la frontera, enseguida encontró sitio en un grupo formado por otros tres hombres.
Ese grupo iba rumbo al Klondike, pero había planeado abandonar el camino conocido y adentrarse en la región siguiendo una ruta nueva y sin explorar. Con una reata de muchos caballos (mustangs de montaña del este de Oregón), los cuatro hombres partieron hacia el este y se internaron en el desolador desierto que se extiende más allá del monte San Elías y luego se dirigieron al norte, cruzando las tierras altas en las que fluyen las cabeceras de los ríos White y Tanana. Se trataba de una zona sin explorar, poco presente en los mapas y que ningún hombre blanco había pisado. Era tan grande y deprimente que incluso la vida animal escaseaba y las diminutas tribus indias eran pocas y estaban muy alejadas entre sí. A veces cabalgaban durante días cruzando el bosque silencioso o bordeando lagos solitarios sin ver nada vivo y sin oír más que los suspiros del viento y los sollozos del agua. Una gran solemnidad envolvía aquellas tierras y el silencio era tan profundo que acabaron por bajar el tono de sus voces y desperdiciar pocas palabras en charlas innecesarias.
Mientras viajaban buscaban oro, tanteando los charcos helados de los torrentes y lavando arena a la sombra de los impresionantes glaciares. Una vez se encontraron con una masa de cobre puro que parecía una montaña, pero solo pudieron encogerse de hombros y pasar de largo. La comida para los caballos escaseaba y a menudo era venenosa, y los pacientes animales fueron muriendo uno a uno en la extraña senda por la que sus amos los habían llevado. Al cruzar una divisoria muy elevada, el grupo se vio rodeado por una tormenta de aguanieve, común en esas alturas, y cuando por fin lograron descender a la calidez del valle habían dejado atrás al último de los caballos.
Pero allí, en el valle protegido, John Thornton arrancó el musgo y de entre sus raíces cayeron destellantes partículas de oro amarillo. Bertram Cornell estaba a su lado en ese momento y esa noche los dos volvieron al campamento con una cantidad de pepitas que, tras pesarlas en la balanza, valoraron en mil dólares. Decidieron hacer un alto y al cabo de un mes los cuatro habían reunido un tesoro mucho mayor del que podían transportar. Pero su provisión de alimentos había ido menguando sin descanso hasta que cupo en la espalda de un solo hombre.
Entre la desolación de la zona y que se acercaba el otoño empezaba a ser hora de continuar la marcha. Sabían que el Klondike y la región del Yukón estaban en algún punto hacia el Noreste. Lo que no sabían era a qué distancia, aunque pensaban que no sería más de ciento cincuenta kilómetros. Así que cada uno cogió cinco libras de oro —o mil dólares— y pusieron a salvo el resto del tesoro, bien oculto hasta su vuelta. Porque pensaban regresar en cuanto consiguieran más provisiones. Como ya se habían quedado sin munición dejaron los rifles con el oro y solo cargaron con el equipo de acampada y la escasa comida disponible.
Estaban tan seguros de que llegarían enseguida a la zona de prospecciones que comieron sin escatimar recursos y al décimo día solo contaban con unos pocos kilos. Pero frente a ellos, como un oleaje de altura, cordillera tras cordillera, se alzaban las montañas enormes y sombrías. Entonces llegaron las dudas, el miedo se apoderó de ellos y Bill Hines empezó a racionar las provisiones.
Dejaron de comer a mediodía y por la mañana y por la noche dividía en cuatro míseras raciones lo correspondiente al día. Lo repartía equitativamente pero era muy poco, lo justo para mantener cuerpo y alma unidos, aunque no bastaba para aportar la energía que necesitaban unos hombres saludables obligados a realizar enormes esfuerzos. Los rostros se volvieron macilentos y demacrados, y cada día recorrían menos camino. A menudo les sobrevenía la náusea del estómago vacío, las rodillas les temblaban de debilidad, se tambaleaban y caían. Y siempre, tras arrastrarse jadeando hasta la cima de un escarpado paso de montaña y mirar a lo lejos, les aguardaba otra montaña más. La misma calma desasosegante cubría la tierra y únicamente había soledad y silencio infinitos.
Uno a uno fueron dejando atrás mantas y ropas de repuesto. Abandonaron las hachas en el camino y los utensilios de cocina que no necesitaban. Incluso los sacos de polvo de oro, hasta que al final caminaron medio desnudos y llevando solo la escasa comida que les quedaba. Jan Jensen, el danés, la había dividido en cuatro raciones iguales para distribuir la carga con justicia. Cada hombre, cumpliendo con los compromisos sagrados —aunque no escritos ni mencionados— del compañerismo, respetaba la parte que llevaba a la espalda. Los pequeños paquetes de comida no se abrían jamás si no era junto a la hoguera, donde todos podían ver cómo se repartían justamente.
Tenían un pedazo de beicon de kilo y medio que llevaba John Thornton, junto con unas pocas tazas de harina. Ese pedazo lo guardaban para el final, cuando la necesidad apretase más, y evitaban tocarlo con resolución. Pero Bertram Cornell le lanzaba miradas hambrientas y le dedicaba pensamientos famélicos. Una noche, mientras sus compañeros dormían exhaustos, abrió la mochila de John Thornton y robó el beicon, y durante las horas que restaban hasta el amanecer, con cuidado de que su estómago no rechazase el alimento por falta de costumbre, lo mordió, lo masticó y se lo tragó hasta no dejar ni rastro.
Al día siguiente tuvo cuidado de ocultar la nueva fuerza que había acumulado durante la noche e incluso simuló estar más débil que los demás. Lúe un día muy duro. John Thornton se quedó atrás varias veces para descansar, pero cuando llegó la noche habían pasado otra montaña y vieron que ante ellos se abría un valle con un pequeño torrente que fluía hacia el este. ¡Hacia el este, donde se encontraba el Klondike y la salvación! En unos pocos días más, si lograban sobrevivir, estarían entre hombres blancos con provisiones de sobra.
Los hombres hambrientos se acurrucaron junto al fuego y observaron con ansia mientras Bill Hines abría la mochila de Thornton para sacar la harina. Al instante todos se dieron cuenta de que faltaba el beicon. Thornton se quedó horrorizado y Hines dejó caer la mochila entre sollozos. Pero Jan Jensen sacó el cuchillo de caza y habló en voz baja y áspera que casi era un susurro, aunque cada palabra que salió despacio de sus labios se entendió perfectamente.
—Compañeros, esto es asesinato. Este hombre ha dormido entre nosotros y compartido con justicia. Cuando dividimos las provisiones según el peso, cada uno llevábamos a nuestra espalda la vida de los demás. El también llevaba a la espalda nuestras vidas. Era una responsabilidad, una gran responsabilidad, una responsabilidad sagrada que él no ha respetado. Hoy, cuando se quedaba atrás, pensábamos que estaba cansado. Nos equivocábamos. ¡Mirad! Se ha comido lo que era de todos, aquello de lo que dependían nuestras vidas. No podemos llamarlo de otra forma: es asesinato. Y el asesinato solo merece un castigo, no existe otro. ¿Tengo razón, compañeros?
—¡Sí! —gritó Bill Hines. Sin embargo, Bertram Cornell guardó silencio. No se esperaba aquello.
Jan Jensen levantó el cuchillo para asestar el golpe mortal pero Cornell lo agarró por la muñeca.
—Déjame hablar —exigió.
Thornton se puso en pie como pudo y dijo:
—No es justo que deba morir. Yo no me comí el beicon. Tampoco he podido perderlo. No sé lo que ha pasado. Pero juro solemnemente por el Dios que está en las alturas que ni he tocado ni he probado el beicon.
—Si has sido capaz de traicionarnos y comértelo, sin duda también serás capaz de mentir al respecto —acusó Jensen, toqueteando el cuchillo con impaciencia.
—Os digo que lo dejéis en paz —amenazó Cornell—. No sabemos si se lo comió él. No sabemos nada de lo que ocurrió. Y os lo advierto, no me cruzaré de brazos para ver cómo lo asesináis. Existe la posibilidad de que no sea culpable. No la echéis en saco roto. No lo castiguéis sin estar totalmente seguros.
El danés, muy enfadado, guardó el cuchillo en la funda, pero una hora después, cuando Thornton le habló, le dio la espalda. Bill Hines también se negó a hablar con el hombre abatido. Cornell, avergonzado por el bien que se agitaba en su interior (el primero en muchos años) tampoco quiso relacionarse con él.
Por la mañana, Bill Hines juntó el resto de las escasas provisiones y lo volvió a dividir en cuatro partes. De la ración de Thornton restó el equivalente al beicon y lo repartió entre los otros tres montones. Lo hizo sin decir una palabra: el acto en sí era lo bastante significativo y no necesitaba explicación.
—Que lleve únicamente sus propias provisiones —gruñó Jensen—. Si quiere comérselas de una vez, allá él.
Lo que John Thornton sufrió en los días que siguieron solo él lo sabe. Sus compañeros no se limitaron a alejarse de él con cara de aborrecerlo, sino que lo juzgaron culpable del crimen más cobarde y deplorable: la traición. Además, aunque comía menos que los otros se veía obligado a mantener su ritmo para no perecer. Cuando se le acabaron las provisiones, a los demás les quedaban para dos días. Entonces cortó el cuero de la parte de arriba de sus mocasines, lo hirvió y se lo comió. De día masticaba la corteza de los pequeños sauces que encontraba hasta que el dolor de la boca hinchada e inflamada lo hacía enloquecer. Pero continuó adelante, tambaleándose, cayendo y arrastrándose, a menudo entre delirios.
Llegó el día en que los otros tres tuvieron que recurrir también a los mocasines y a los brotes tiernos de los árboles jóvenes. Para entonces habían seguido el cauce del torrente hasta que se había convertido en un río pequeño y discutían desesperados si deberían intentar reunir los troncos que pasaban a la deriva para hacer una balsa. De repente, sin esperarlo, se encontraron con una aldea india formada por una docena de tiendas. Pero los indios nunca habían visto hombres blancos y los recibieron con una lluvia de flechas.
—¡Mirad! ¡En el río hay canoas! —gritó Jensen—. ¡Si las alcanzamos estaremos salvados! ¡Tenemos que llegar a ellas!
Corrieron hacia la orilla tambaleándose, mientras los indios los perseguían y ganaban terreno. En ese momento, un guerrero cubierto de pieles salió de detrás de un árbol que se alzaba a un lado. Se detuvo un instante para apuntar con su enorme lanza de punta de marfil y la arrojó con fuerza. Cortó el aire zumbando y se clavó en la cadera de Thornton. Hines y Jensen, que corrían tras él, se desviaron a derecha e izquierda y lo rebasaron, cada uno por un lado.
Entonces se produjo el milagro. El espíritu de la Bondad se agitó con fuerza en el pecho de Bertram Cornell. Sin pensarlo, obedeciendo al instinto que lo dominaba, dio un salto adelante y agarró a los que huían por los brazos.
—¡Volved! —gritó con la voz ronca—. ¡Llevad a Thornton a las canoas! ¡Yo retendré a los indios hasta que podáis zarpar!
—¡Suéltame! —gritó el danés mientras intentaba sacar el cuchillo—. ¡No tocaría a ese perro ni aunque así me salvara!
—Yo robé el beicon. Yo me lo comí. Volved atrás. —Cornell vio que dudaban—. Por la misericordia que espero recibir el día del Juicio Final, os juro que yo lo robé. —Una lluvia de flechas cayó a su alrededor—. ¡Daos prisa! ¡Yo los retendré!
Enseguida corrían hacia las canoas con el herido entre los dos, pero Bertram Cornell se dio la vuelta y permaneció inmóvil. Sorprendidos al verlo, los indios dudaron y se detuvieron. Cornell, comprendiendo que así ganaba tiempo, continuó sin moverse. Entonces volvieron a disparar y las flechas lo rodearon como el granizo.
Media docena de ellas le atravesaron el pecho y las piernas, y una se clavó en su cuello. Pero él permaneció inmóvil, como una estatua. El guerrero que le había arrojado la lanza a Thornton se acercó a él por el costado y los demás formaron una piña. De inmediato se lanzaron sobre él como un río desbordado.
Mientras lo atacaban con las hachas oyó que Jan Jensen gritaba desde el agua y supo que sus compañeros estaban a salvo. Entonces luchó como un poseso: era la primera vez que defendía una buena causa… y la última. Cuando todo acabó, los indios retrocedieron dominados por un asombro supersticioso. Con él habían caído su jefe y seis de sus guerreros.
Aunque había vivido sin honor, moría como un hombre valiente y arrepentido, rectificando el mal que había hecho. Los indios no deshonraron su cuerpo. Sentían respeto por aquel que había luchado con tanta fuerza y había matado a su jefe, por eso le concedieron los honores de un guerrero. Como eran gentes sencillas que nunca habían visto al hombre blanco, a medida que pasó el tiempo acabaron por referirse a él como «el dios desconocido que bajó del cielo para morir».
[1900]

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