AQUEL ERA EL FINAL de su arte! Ahora lo veía y le dolía el alma. La esperanza de toda su vida había muerto. Claramente, sin lugar a dudas, la vergüenza, la amargura de todo aquello se desplegó ante sus ojos. Había soñado su sueño y ahora llegaba el momento de despertar… ¡Y qué forma de despertar!
El telón del escenario sucio y mal iluminado se alzó de nuevo, y otra vez, con dedos temblorosos y cansados, pasó las páginas de la partitura y tocó el preludio de forma mecánica. El segundo violín era algo atroz, pero su maravillosa ejecución y su extraordinario compás le provocaron una sonrisa amarga. El trombón daba rienda suelta a una agonía intensa y el tambor insistía en reventar inesperadamente en los momentos más inoportunos, mientras el piano tocaba o no según le pareciese adecuado.
La música le ponía los nervios de punta, pero no menos que su entorno, ahora que el velo había caído. Terminó el preludio y tuvo tiempo de mirar a su alrededor. Era la última escena. Una mujer vestida de forma chabacana y nada comedida se había acercado a las candilejas y con voz cansada y quebrada intentaba cantar una canción popular que escapaba a su registro. La sala estaba llena de obreros, marineros, estibadores, tipos duros, la escoria de la metrópolis. Los camareros se apresuraban de mesa en mesa, repartiendo bebidas y abordando a la clientela. Las mujeres de los palcos miraban con osadía y sus rostros pintados a duras penas lograban ocultar la inquietud y preocupación que provocaba su dura lucha por la existencia. Los juramentos, las conversaciones y las risas cortaban el aire y a menudo ahogaban la voz de la cantante, lo que hacía asomar a su rostro una expresión de ansia porque de sobra sabía que, si no pedían un bis con bastante insistencia, prescindirían de sus servicios… no al final de la semana, sino de forma inmediata.
Un marinero borracho de la primera fila no paraba de despotricar y su parloteo ronco y sin sentido resultaba el acompañamiento perfecto a la estridente voz de tiple de la cantante. Un par de camareros fornidos lo echan a la calle, una pelea en la parte de atrás casi no llama la atención y la mujer termina de cantar, recibe los aplausos de una mesa —evidentemente amigos de ella— y sale del escenario para enfrentarse al director furioso.
La música vuelve a sonar y el entusiasmo despertado por última vez aquella noche dirige su grotesca orquesta. No era más que una obra ignorada de un compositor poco conocido —tal vez uno como él, que había soñado su sueño para despertarse a la realidad—, pero su belleza avivó su percepción latente sin darse cuenta. Los sonidos discordantes de sus compañeros se volvieron inaudibles, el miserable entorno desapareció y el músico regresó a su niñez y volvió a vivir su vida.
Otra vez recorría los senderos conocidos de su hogar en la montaña, sus hermanos y hermanas lo rodeaban: la familia al completo. Su padre, un hombre amable y muy querido, de rostro curtido y arrugado, contaba historias sobre los indios, las llanuras y las guerras con su lenguaje sencillo y su gramática rudimentaria. Su madre, con los lujos más pequeños apiñados a su alrededor, escuchaba con interés materna los incidentes del día, se alegraba cuando ellos se alegraban y se entristecía si ellos lo hacían. Pero ahora él observaba con dolor las marcadas líneas que se dibujaban alrededor de sus ojos y su boca y que descubrían penas ocultas. ¡Ay! en aquellos tiempos no había comprendido su significado. La madre no se olvidaba de él: lo miraba con orgullo y algo c e aprensión cuando él se sentaba con la silla muy pegada a la mesa de la cocina y di lujaba música en un papel, como antaño había hecho Signa1.
La escena cambió rápidamente. Ahora se acercaba con sigilo a la iglesia del pueblo y la hija del pastor, una mujer soltera y muy amable, tocaba el órgano cerca de él. A continuación se alejaba de allí y su corazón latía extasiado mientras se dirigía al arroyo, el pequeño arroyo que descendía turbulento desde los picos nevados que se alzaban a lo lejos. Allí escuchaba su canción, oía al viento suspirar entre los pinos y con la música de toda la naturaleza animada sonando en sus oídos regresaba a su humilde hogar y era feliz. Luego, otra vez inmerso en la lectura de Signa, que tanto le gustaba, levantaba los ojos llenos de lágrimas y la ambición avanzaba hacia la fama con paso victorioso, mientras el futuro, pintado pon trazos ligeros, se revelaba entre alegres imágenes de éxito, y ante su imaginación infantil todo parecía real.
Después, tras dar vueltas en su pequeña cama, se levantaba y, en medio del silencio de la noche, de pie a la sombra de las montañas, escuchando la canción nocturna y apagada de la naturaleza, sentía que su don latía febrilmente en su interior y lo invadían unos anhelos y deseos muy profundos.
¿Qué había sido de aquel don? Desde luego que ya no lo tenía. ¿Dónde y cómo lo había perdido? Pero no había respuesta.
Ahora veía cómo su padre, en un momento de descanso, le hacía una flauta de madera de sauce. ¡Qué buenos compañeros habían sido aquella flauta y él! ¡Qué armonías chirriantes producían cuando tenía el día libre y en vez de jugar con los otros niños se perdía en el oscuro laberinto del bosque! A continuación la hija del pastor le daba las primeras clases. Luego era él quien tocaba en la iglesia del pueblo.
¡Qué tiempos tan felices! Se pasaba el día pegado al arado o entre los árboles maderables, deseando que llegase la noche porque entonces corría a la iglesia y tocaba para sí mismo y para la oscuridad. Después empezaba a improvisar y los lugareños se maravillaban de que pudiese componer una música tan hermosa, y un día —lo recordaba bien—, el turista que le decía que tenía un don, pero que allí lo desperdiciaba. «Debes ir a la ciudad», habían sido sus palabras.
¡La ciudad! ¡La ciudad! ¡Cómo sonaba aquello a sus oídos y lo obsesionaba, tanto dormido como despierto! ¡La ciudad! ¡La ciudad! Sí, tenía que ir a la ciudad. Allí encontraría profesores, allí podría satisfacer sus deseos, allí lo esperaban fama y fortuna.
Su alma gritaba: «¡Música!, ¡música!», y el eco respondía: «¡La ciudad!, ¡la ciudad!».
Pero la ciudad quedaba lejos. El tiempo transcurría y él continuaba trabajando, atesorando una pequeña cantidad de dinero que crecía poco a poco. Trajinaba, paciente y sin quejarse, mirando al futuro y haciendo planes. Pero a veces el anhelo se apoderaba de él con tanta fuerza que casi no podía guiar el arado y la reja penetrante y resplandeciente daba vueltas y bailaba ante sus ojos, e incluso el canto de la alondra le resultaba monótono.
Las jóvenes lo miraban con timidez, pero él no pensaba en casarse: eso significaría despedirse de la música. Por eso no se casó y la comarca entera se extrañó hasta que se acostumbró a él y las jóvenes se casaron con otros mozos más afortunados.
Por fin llegó el día decisivo. Se despidió de su hogar entre montañas y lleno de esperanzas puso rumbo a la ciudad. Pero las puertas del éxito no se abrieron cuando él l amo. Desconocido, deambulando de un sitio a otro, acabó formando parte de las listas de quienes no tenían ni talento ni dones ni poder.
No se rindió. Encontró profesores, aunque no podía pagar a los mejores, y se dedicó a estudiar. Fue aprendiendo cosas relacionadas con el mundo que deseaba conquistar y descubrió que la escalera que llevaba a la fama resultaba colosal, que su sombra impresionaba y que contra su base se estrellaba el gentío que luchaba por ascenderla. La grandeza abrumaba a aquella alma sencilla y pueblerina, y la magnitud de la tarea a la que se enfrentaba le daba miedo. Pero sin desanimarse, se consagró a ella. Lo rechazaron muchas veces y eso le hizo daño, aunque continuó luchando, a pesar de que unos cuantos —bastantes— lo adelantasen en la carrera debido a su riqueza o a sus influencias y en ocasiones por mérito propio.
Sin embargo, su futuro mejoró. Se abrió camino entre los círculos más periféricos, donde su talento sin pretensiones pronto fue reconocido. Había tocado el violín en público en varias ocasiones y poco a poco empezaron a llamarlo para musicales y representaciones teatrales. Incluso lo había felicitado el gran Padronini.
Pero cada vez tenía menos dinero y empezó a economizar, por lo que no comía tanto como debiera. Luego, dedicado por completo a su música, se descuidó y no tomó suficientes precauciones contra el clima invernal. Un día se quedó en la cama. Le sobrevino una larga enfermedad, sele terminó el dinero y, cuando aún no se había recuperado por completo, se encontró en la calle. Era demasiado orgulloso para pedir ayuda a sus distinguidos amigos.
¡Cómo pasaban ante sus ojos escena tras escena! Extrañas pesadillas, horrendas visiones de frío, carencias y enfermedad. ¡Qué tristeza! Aquel vagabundeo por las calles frías e interminables, sin una mirada amiga o un saludo amable, con la ropa andrajosa y hecha jirones, siempre atormentado por su don febril y roto de añoranza por la música perdida. Aunque lo peor era que, como la madre impotente que acerca al hijo moribundo a su pecho ya seco, sentía que su arte se enfriaba en su interior. «¿Habría muerto entonces?», pensó mientras recordaba la terrible apatía en la que se había hundido.
Por fin, tras una temporada agotadora, la situación mejoró. Una noche en la que temblaba a la puerta de un teatro de variedades, al que se había acercado atraído por las luces, un empleado de la sala se dirigió a él. El segundo violín había enfermado de repente, ¿sabía tocar? ¡Aquello era como llegar a un puerto seguro! ¡Con qué ansia había aceptado! ¡Con qué alegría volvió a sentir el temblor del violín como respuesta a su roce! ¿Habría revivido entonces su arte? Se lo preguntó y se respondió que no. No. Era algo maquinal y no su alma lo que había tocado cada noche en aquel agujero mal iluminado, año tras año.
Y aquellos años no habían sido felices. Al principio, el anhelo de los viejos tiempos se apoderaba de él a menudo, pero con la misma frecuencia contestaba: «Algún día». Aunque aquel día nunca llegó. Su meta bailaba ante sus ojos cada vez más tenue y se iba quedando a un lado del camino hasta que al fin la perdió de vista. Pero aquella noche se había despertado: ahora lo veía y comprendía todo. Era viejo. Había perdido la esperanza. El dolor y los remordimientos dominaban su corazón.
El segundo violín llegó al final de la partitura y se detuvo. El primero continuo. El tambor se despertó y golpeó intermitentemente en busca de su espacio. El piano añadió varios acordes y pasajes apresurados, para luego rendirse a la desesperación. Pero el primer violín continuó tocando. Tenía los ojos cerrados. El violín expresaba su angustia.
El murmullo de las conversaciones se desvaneció y se hizo el silencio. El director parecía sorprendido. Los camareros se detuvieron. Las mujeres estiraban el cuello hacia delante para ver mejor. Las copas permanecían intactas y llenas en las mesas y las pipas y los cigarrillos se extinguieron.
Las notas tristes y temblorosas se afligían, sollozaban y lloraban; los compases de agonía trémulos y eternos se lamentaban, suspiraban y gemían. El músico continuó tocando su elegía, su pena, su duelo, su tormento, y la sala guardó silencio como si el frío aliento de la muerte hubiese caído sobre ella.
Lágrimas de angustia y aflicción, suspiros de remordimiento, de arrepentimiento, sollozos de dolor y desesperación temblaban en el aire palpitante. Un mundo de sentimientos indescriptibles. Toda la amargura de las esperanzas socavadas y las alegrías marchitas. La desdicha de un don que expira. Violín y maestro en una sola persona. La tragedia y la desgracia de una vida desperdiciada que lloraba en voz alta su sufrimiento.
La música cambió y se hizo extraña y amarga: los compases trémulos se volvieron horribles y espantosos; las notas apasionantes, sonidos estridentes y gritos penetrantes. Agitándose, estremeciéndose, temblando, vibrando, el violín chillaba su miedo y consternación. Quejidos, gemidos, lamentos —un torbellino de emociones— espeluznantes, aterradores, sobrecogedores, asombrosos.
Se rompió una cuerda y la música cesó con una disonancia tintineante. El violín cayó de la mano sin fuerza del músico. En uno de los palcos, una mujer chilló y se desmayó, otras lloraban. Todo lo demás era silencio: un reconocimiento más elocuente que una salva de aplausos.
El músico salió tambaleándose, sin ver.
«Está viejo y se le va la cabeza», dijeron los camareros.
EN EL MUELLE, poco antes de amanecer. Una silueta rodeada de penumbra permanece de pie sobre la turbia marea y murmura:
El mar profundo está en calma,
todo duerme en su seno;
un solo paso y todo habrá acabado;
una zambullida, un borboteo y adiós2.
[1895]

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