Texto aleatorio

EL DOCTOR BICKNELL se encontraba de un humor insólitamente magnánimo. Debido a un incidente menor —un ligero descuido, nada más—, la noche anterior había muerto un hombre que podría haberse salvado. Aunque no se trataba más que de un marinero, uno de los innumerables miembros del populacho, el farmacéutico del hospital llevaba preocupado toda la mañana. No lo incomodaba la muerte del hombre, sino el hecho de que la operación había salido muy bien. Se trataba de una cirugía muy delicada, realizada con grandes muestras de audacia e inteligencia, que había tenido éxito. Luego todo había dependido del tratamiento, las enfermeras y el farmacéutico. Y el hombre había muerto. No era gran cosa, un pequeño descuido, sin embargo bastaba para que la ira profesional del doctor Bicknell alcanzase niveles muy elevados y perturbara el trabajo de la plantilla y las enfermeras durante las siguientes cuarenta y ocho horas.

Pero, como ya hemos dicho, el médico se encontraba de un humor insólitamente magnánimo. Cuando el farmacéutico, temblando de miedo, le informó de la inesperada partida del hombre, sus labios no pronunciaron ni una sílaba de censura. No, de ellos solo salían retazos de una canción que únicamente interrumpió para preguntar, con amabilidad, por la salud del hijo mayor del farmacéutico. Este, convencido de que el médico no había captado la esencia del caso, se lo repitió.

—Sí, sí —dijo impaciente el doctor Bicknell—, lo comprendo. Y ¿qué hay de Semper Idem? ¿Está listo para marcharse?

—Sí. Lo están ayudando a vestirse —respondió el farmacéutico, concentrándose de nuevo en sus deberes, contento de que la paz aún reinase entre aquellas paredes saturadas de yodo.

La recuperación de Semper Idem era lo que compensaba por completo al doctor Bicknell de la pérdida del marinero. Para él las muertes no eran más que incidentes desagradables, a la vez que inevitables, de su profesión, pero los casos… los casos 10 eran todo. Sus conocidos eran propensos a calificarlo de carnicero, sin embargo sus colegas opinaban que no había cirujano más osado y capaz que él. No se trataba de un hombre imaginativo. No mostraba emociones, por lo que tampoco las toleraba. Era de naturaleza exacta, precisa, científica. Para él los hombres no eran más que peones, sin individualidad o valor personal. Pero cuando se trataba de casos todo cambiaba. Cuanto peor estaba un hombre, cuanto más precario era su agarre a la vida, mayor resultaba su importancia a ojos del doctor Bicknell. Era capaz de traicionar a un poeta laureado que hubiese sufrido un accidente normal, para ocuparse de un mendigo anónimo y mutilado que desafiase todas las leyes de la vida negándose a morir, igual que un niño preferiría ir al circo en lugar de ver una representación de títeres de la comedia del arte.

Eso ocurría con el caso de Semper Idem. No lo atraía el misterio del hombre, como tampoco su silencio ni el velado romance que los reporteros de la prensa amarilla habían explotado de forma sensacionalista e infructuosa en diversas ediciones dominicales. Pero Semper Idem se había cortado el cuello. De eso se trataba. Ahí se había centrado su interés. Se lo había cortado de oreja a oreja y ningún cirujano entre miles habría podido hacer nada por su recuperación. Sin embargo, gracias a la rapidez del servicio municipal de ambulancias y al doctor Bicknell, se encontraba de vuelta en el mundo que había querido abandonar. Cuando llegó el caso, los colegas del médico se mostraron escépticos. Dijeron que era imposible. Estaban afectados garganta, tráquea y yugular, y la pérdida de sangre resultaba aterradora. Como el resultado ya se conocía de antemano, el doctor Bicknell había empleado métodos y recurrido a soluciones estremecedoras incluso para ellos, profesionales de la medicina. Pero el hombre se recuperó.

Por eso, aquella mañana en la que Semper Idem iba a abandonar el hospital, sano y fuerte, el informe del farmacéutico no afectó a la cordialidad del doctor Bicknell, que procedió a poner orden en el caos que era el cuerpo de un niño al que las ruedas de un tranvía eléctrico habían derribado y aplastado.

Como muchos recordarán, el caso de Semper Idem provocó una buena cantidad de curiosidad inapropiada, aunque muy lógica. Lo habían encontrado en un tugurio, con la garganta cortada según lo dicho y la sangre goteando sobre los inquilinos del cuarto inferior, estropeándoles la fiesta. Resultaba evidente que había cometido su hazaña estando de pie, con la cabeza inclinada hacia delante para poder mirar hasta el final una foto dispuesta sobre la mesa, apoyada en una palmatoria. Eso fue lo que permitió que el doctor Bicknell lo salvase. La envergadura del corte había sido de tal calibre que, de haber echado la cabeza hacia atrás, como debería haber hecho para llevar a buen término sus intenciones, con el cuello estirado y las elásticas paredes vasculares distendidas, sin duda habría estado a punto de decapitarse.

En el hospital, durante todo el tiempo que le llevó recorrer el repugnante camino de vuelta a la vida, no había pronunciado ni una sola palabra. Los detectives que el jefe de la policía puso a investigar tampoco encontraron información alguna sobre él. Nadie lo conocía ni lo había visto u oído hablar de él. Pertenecía, estricta y exclusivamente, al presente. Su ropa y pertenencias eran las del más inferior de los obreros, pero tenía manos de caballero. Sin embargo, no descubrieron ni un solo documento, nada, que pudiese indicar su pasado o la posición que ocupaba en la vida, excepto una cosa.

Y esa cosa era la fotografía. Si se trataba de un retrato, la mujer que miraba con franqueza al espectador tenía que ser una criatura fuera de lo común. Sin duda era obra de un aficionado, porque los detectives no encontraron en ella la firma del fotógrafo ni el sello del estudio. En una esquina de la misma, con delicada caligrafía femenina, alguien había escrito: «Semper Idem; Semper fidelis». Y lo parecía. Como muchos recuerdan, era un rostro imposible de olvidar. En los periódicos más importantes se publicaron copias de la foto, pero dicho procedimiento solo sirvió para alimentar la curiosidad del público y ofrecer material de trabajo a los gacetilleros.

A falta de otro nombre, el personal del hospital —y el resto del mundo— se refería al suicida rescatado como Semper Idem. Y así se quedó. Los periodistas, los detectives y las enfermeras se rindieron: nadie lograba que emitiera ni una sola palabra, aunque la luz consciente que aleteaba en sus ojos demostraba que era capaz de oír y que su cerebro comprendía todas las preguntas que se le hacían.

Pero tanto misterio y el posible romance que lo envolvían no afectaban para nada al doctor Bicknell cuando se detuvo en su consulta para despedirse de su paciente. El médico había realizado un prodigio con aquel hombre: su obra no tenía precedentes en los anales de la cirugía. No le importaba quién o qué fuera su paciente y resultaba muy poco probable que volviera a verlo, pero, como el artista que observa su creación terminada, deseaba mirar por última vez la obra realizada por sus manos y su cerebro.

Semper Idem guardaba silencio. Parecía ansioso por irse. El médico no logró arrancarle ni una sola palabra, aunque le daba igual. Examinó con atención la garganta del convaleciente, deteniéndose en la horrenda cicatriz con el afecto entregado de un padre. Una línea inflamada rodeaba la garganta —como si el hombre se hubiese librado por los pelos de morir en la horca— y desaparecía a cada lado detrás de las orejas, insinuando que el círculo enrojecido se completaba en la nuca.

Manteniendo su tenaz silencio y prestándose al examen del otro como un león encadenado, Semper Idem solo dejaba entrever su deseo de librarse de la mirada del ojo público.

—Bueno, no lo entretendré más —dijo por fin el doctor Bicknell, posando una mano en el hombro de su paciente y dirigiendo una última mirada furtiva a su obra—. Pero permita que le dé un consejo: la próxima vez que lo intente, levante la barbilla. Así. No baje la cabeza y se sacrifique como si fuera una vaca. Se necesita habilidad y celeridad. Habilidad y celeridad.

Los ojos de Semper Idem destellaron, indicando que lo había oído. Unos minutos después, las puertas del hospital se cerraron a su espalda.

El doctor Bicknell estuvo muy ocupado durante toda la mañana y había trascurrido una buena parte de la tarde cuando encendió un puro, antes de apartarse de la mesa de operaciones que los enfermos casi parecía que clamaban por ocupar. Pero ya había terminado con el último, un viejo trapero con el omóplato roto, y las primeras columnas de humo fragante empezaban a envolverlo cuando, desde la calle y a través de la ventana abierta, oyó la sirena apresurada de una ambulancia, seguida de la inevitable entrada de la camilla con su funesta carga.

—Déjenlo sobre la mesa de operaciones —dijo el médico, dándose la vuelta para poner su puro a buen recaudo—. ¿De qué se trata?

—Suicidio. Se ha cortado la garganta —respondió uno de los camilleros—. En Morgan Alley. Creo que no hay mucho que hacer, señor. Ya está casi muerto.

—¿Eh? Bueno, le echaré un vistazo.

Se inclinó sobre el hombre en el momento en que este se agitó levemente por última vez y falleció.

—Es Semper Idem, que ha regresado —dijo el farmacéutico.

—Sí —respondió el médico—, y se ha ido de nuevo. Esta vez sin chapuzas. Lo ha hecho bien, no hay duda alguna, lo ha hecho muy bien. Siguió mi consejo al pie de la letra. Aquí ya no tengo nada que hacer. Llévenselo al depósito.

El doctor Bicknell recuperó su puro y volvió a encenderlo.

—Éste —dijo entre caladas, mirando al farmacéutico— …este equilibra las cuentas por el que usted perdió ayer. Estamos igualados.

[1899]


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