JOCK, ¿DESEAR VER MI CASA? No lejos. Venir, ver mi mujer. Venir ñam, ñam. Muy buen comida.
¡Ah, la magia de esas palabras! («¡Ñam, ñam!»). ¡Comida! ¡Cena! Qué placer me produjeron, a mí, que estaba tan hambriento como cualquier turista que hubiese transitado los caminos secundarios y vías públicas de Yokohama. Me había pasado la mañana yendo de los salones de té a los templos, de los bazares a las tiendas de curiosidades, recorriéndolo todo, y ahora tenía tanta hambre como el más voraz de los tiburones que corta las aguas azules del mar tropical con su aleta siniestra mientras busca su desayuno. De hecho, me sentía como un auténtico devorador de hombres y aquella invitación inesperada del conductor de mi rickshaw me parecía de lo más oportuna. Por supuesto, acepté.
Aumentó la velocidad y fue dejando atrás las calles abarrotadas para adentrarse en la zona más pobre y sórdida del barrio nativo. Por fin, tras recorrer trescientos metros de un callejón estrecho, se detuvo frente a una casita insignificante que, según me dijo con un orgullo muy evidente, era su hogar.
La zona de la habitación principal que daba al callejón estaba abierta para que entrase el aire fresco del exterior. A mi ojo occidental le pareció pequeña y desnuda. Cubrían el suelo unas alfombrillas de paja de arroz, delgadas y sin acolchar sobre las que, junto a una mesita de veinte centímetros de altura, en la que se extendía un pañuelo de seda con vainicas, yacía una mujer profundamente dormida. Era su esposa.
Así dormida se apreciaba que no era bonita, ni siquiera desde un punto de vista japonés, aunque tampoco era fea. Pero las severas líneas de preocupación marcaban su rostro e incluso descansando parecía intranquila. Un espasmo de dolor o inquietud hizo que sus rasgos relajados se contrajesen un instante.
Sakaicho la despertó con una caricia leve y tierna. Al sentir su tacto, ella se despabiló y lo recibió con afecto, pero al verme se mostró avergonzada y se retiró al otro extremo de la habitación. Entonces se produjo una rápida conversación durante la que muy probablemente Sakaicho le contó que yo era el norteamericano que tan magnánimo había sido con él durante toda la semana anterior.
Consciente de sus deberes como anfitriona y agradecida al cliente de su esposo, hizo una reverencia ante mí con el rostro sonrojado y con un rápido movimiento de la mano me invitó a sentarme en el suelo. Me descalcé en el umbral —esa es una de las reglas más estrictas de la etiqueta japonesa— y me senté con las piernas cruzadas en medio de la habitación, frente a Sakaicho.
Mientras su mujer nos acercaba el hibachi y el tabako-bon y luego se retiraba con modestia a un segundo plano, él me reveló su nombre, que era Hona Asi. Dijo que solo tenía veintisiete años, pero como mínimo aparentaba cuarenta. El trabajo y las preocupaciones habían dejado huella en su rostro bonito por naturaleza, llenándolo de arrugas y dándole un tono amarillento.
Me fijé en eso y medité al respecto mientras con destreza enrollaba las finas hebras de tabaco nativo, las insertaba en el extremo curvado de la esbelta pipa y luego as encendía con un rápido soplo a la brasa de carbón del hibachi. Con un par de caladas de esa hierba suave y de sabor dulce, exhaladas por la nariz al estilo japonés, se vacía la cazoleta tan pequeña como un dedal. Luego, con un golpecito rápido y seco sobre el hibachi, se expulsan las cenizas y se repite la operación de llenar y encender la pipa.
Fumamos en silencio durante cinco minutos y después Hona Asi retiro el hibachi y el tabako-bon y depositó frente a nosotros dos tazas de té verde poco cargado. En cuanto las vaciamos, se las llevó y las sustituyó por una mesa que medía algo más de diez centímetros de alto y poco más de un metro cuadrado, magníficamente lacada enrojo y negro.
Según la costumbre japonesa, Hona Asi no comió con nosotros, sino que sirvió la mesa como debe hacer cualquier esposa que se precie. Retiró la tapa de una caja de madera redonda y con una pala de madera sirvió dos cuencos de arroz cocido a vapor mientras Sakaicho descubría los distintos cuencos que ocupaban la mesa y dejaba a la vista una colación digna del sibarita más exigente. Los sabrosos aromas que despedían los distintos platos me abrieron el apetito y deseé empezar de inmediato. Había sopa de judías, pescado hervido, guiso de puerros, encurtidos y soja, pescado crudo cortado muy fino y acompañado de rábanos, kurage, que es una especie de medusa y té. Nos bebimos la sopa como si fuese agua; nos atiborramos de arroz, llenando las bocas a paladas como se llena de carbón un barco carbonero; los demás platos los fuimos probando con la ayuda de los palillos, que para entonces manejaba con bastante habilidad. En vanas ocasiones durante la comida los dejamos a un lado el tiempo justo de beber a sorbos un sake caliente —o vino de arroz— servido en unos vasitos diminutos y lacados.
Para cuando terminamos Hona Asi había traído de la tienda de la esquina dos copas de helado que situó frente a nosotros con un tarro de porcelana lleno de claudias cubiertas de sal. Tras hacerle honor a todo eso, recurrimos de nuevo al inevitable hibachi y tabako-bon, cabe suponer que para ayudar a la digestión.
Por regla general los japoneses me parecían astutos y siempre en busca de dinero, pero cuando de forma rutinaria saqué el monedero para pagar la cuenta, Sakaicho se sintió insultado mientras, en un segundo plano, Hona Asi levantaba las manos al cielo para mostrar su desaprobación, se ponía colorada y estaba a punto de desmayarse de vergüenza. Con gran énfasis me hicieron comprender que ellos me invitaban y que yo estaba obligado a aceptar la invitación, aunque sabía bien que no podían permitirse semejante despilfarro.
Sakaicho pronto recuperó el buen humor y conseguí que hablase de sí mismo. Con su curiosa forma de chapurrear inglés me contó cosas de su juventud, sus luchas, sus esperanzas y ambiciones. Había pasado la niñez trabajando de campesino en los campos de las soleadas laderas del Fujiyama, y la juventud y primeros años de madurez como mozo de equipaje y conductor de rickshaws de alquiler en Tokio. Viviendo con gran moderación había conseguido ahorrar de sus escasos ingresos lo bastante como para —ahora que se había mudado a Yokohama— ser el dueño de su casita y de dos rickshaws, uno de los cuales alquilaba por quince centavos al día. Su esposa, una magnífica compañera, trabajaba con gran diligencia en casa haciendo el remate de vainica a los pañuelos de seda. A veces llegaba a ganar dieciocho centavos al día. Y tanto esfuerzo se debía a su hijo, su único hijo. Ahora lo enviaba al colegio y pronto, cuando poseyera y alquilara varios rickshaws, el niño recibiría la mejor de las instrucciones y acaso un día podría mandarlo a los Estados Unidos de América para completar su educación. Tal vez.
Mientras me contaba todo eso le brillaban los ojos y se sonrojó debido a un orgullo fácil de comprender: todo su ser parecía ennoblecerse con lo elevado de sus aspiraciones y la intensidad de su amor y su sacrificio.
Harto ya de hacer turismo, me quedé a pasar la tarde y a esperar que el niño llegase del colegio. Por fin apareció. Era un chaval de diez años resuelto y divertido al que le gustaba, según su padre, pescar en el canal de al lado, aunque los peces nunca picaban y el agua no era lo bastante profunda como para que se ahogase. Al igual que su madre, el crío se mostró muy tímido en mi presencia pero, tras mucho insistir, accedió a estrecharme la mano. Mientras lo hacía, deslicé con disimulo un dólar mexicano de plata en su manita sudorosa. Se mostró encantado de poseerlo y me lo agradeció profusamente, sin dejar de hacer reverencias y de gritar «¡Arienti! ¡Arienti!» con la voz estridente y aguda propia de los niños.
Una semana después, al regresar de un viaje de placer a Tokio y el Fujiyama, me di cuenta de que Sakaicho no se encontraba en su puesto de siempre y contraté a un conductor de rickshaw al que no conocía. Era mi último día en tierra y decidí aprovecharlo al máximo para visitar los lugares que aún no había visto.
A media tarde me dirigía con prisa hacia las afueras para echarle un vistazo al cementerio local. Al tomar una curva del camino vi que por delante de nosotros avanzaba un cortejo fúnebre. Le pedí a mi jadeante conductor que se apresurase y pronto lo adelanté. Me di cuenta de que se trataba de un entierro doble porque había dos pesados ataúdes de madera blanca que varios nativos robustos llevaban a hombros. Tras ellos iba un único deudo y por su cuerpo delgado y la forma de inclinar la cabeza reconocí a Sakaicho. ¡Pero qué cambiado estaba! Al ser consciente de mi presencia, levantó poco a poco la lánguida cabeza y me devolvió el saludo con una mirada apática y apagada.
Mientras caminábamos con respeto al final de la cola, mi conductor de rickshaw desconocido me contó que un incendio devastador había destruido el barrio de Sakaicho, quemando su casa y asfixiando a su esposa e hijo.
Por fin llegamos a la tumba y los sacerdotes de un templo budista próximo salmodiaron la misa de difuntos con el mayor de los respetos mientras un grupo de nativos ociosos se acercaba a curiosear. Sakaicho seguía los movimientos de los sacerdotes con mirada vidriosa y, cuando terminaron de arrojar la tierra sobre la tumba, el pobre hombre erigió una lápida conmemorativa en honor de sus seres queridos. Luego se dio la vuelta para depositar entre los recuerdos ofrecidos a sus lares dos tablillas de madera con el nombre, la fecha de nacimiento y la de la muerte de su esposa e hijo, mientras yo regresaba aprisa a mi barco. Y aunque nos separan cinco mil millas náuticas, jamás olvidaré a Sakaicho ni a Hona Asi, como tampoco el amor que ambos sentían por su hijo, Hakadaki.
[1895]

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