Texto aleatorio

(Incidente real, ocurrido en tiempos del abuelo del autor)

AQUELLOS ERAN TIEMPOS curiosos y no solo se corrían aventuras en el frente. Alguno de los acontecimientos más emocionantes en los que tomé parte durante la guerra tuvieron lugar en casa. ¿Veis ese viejo Colt que cuelga junto a mi espada? Lo llevé durante los cinco años que pasé en e l Ejército y más de una vez me sacó de un buen lío.

En el 63 volví a casa con un permiso de treinta días para ver a los míos y reunir más reclutas. Tuve suerte y, para cuando mi permiso terminó, había encontrado entre veinticinco y treinta hombres dispuestos a alistarse. Hubo un joven que me interesaba mucho convencer, pero, aunque él quería acompañarme, su padre se negaba a dejarlo venir. El único motivo por el que se oponía era que la temporada de deshojar el maíz no había terminado y necesitaba la ayuda de su hijo Hiram. El único motivo por el que al final dio su consentimiento fue la recompensa. Ofrecían mil dólares por cada hombre que se uniera al Ejército y Hiram prometió entregar a su padre hasta el último centavo de dicha cifra. Así que el viejo Zack dijo que daría su permiso si yo accedía a ayudar con el deshojado.

Mi permiso de treinta días había terminado, pero entonces yo era joven e inconsciente y no lo tuve en cuenta. Sabía que los demás reclutas deseaban quedarse hasta terminar de deshojar el maíz y, además, creí que nadie me haría nada cuando llegase de vuelta a mi regimiento con treinta jóvenes robustos. Así que eché una mano y en dos semanas todo el maíz del viejo Zack estaba deshojado y yo listo para partir.

Compramos los billetes para, a la mañana siguiente, tomar el tren en Rock Island hacia Quincy. Allí los hombres jurarían su lealtad y recibirían la recompensa, mientras que nuestro municipio se enorgullecería de aportar tantos reclutas. Pero al quedarme más tiempo del permitido había olvidado un detalle: el capitán preboste. A esos capitanes se los despreciaba y ninguneaba más que a los laceros. Tenían el deber de arrestar a los desertores y, como cobraban veinticinco dólares por cada uno de los que capturaban, nunca dejaban escapar una oportunidad. Si se hubiesen limitado a arrestar a los verdaderos desertores, la gente no les habría odiado tanto, pero no hacían más que crear problemas a los soldados honrados y buenos, cuyo único defecto consistía en haberse descuidado y permanecido demasiado tiempo en casa. El capitán preboste de nuestro condado era astuto y valiente como un león y el hombre más mezquino que uno podía encontrarse en todo un día de viaje. Poco tiempo antes, Tommy Jingles, de mi regimiento, había vuelto a casa y sobrepasado sus días de permiso sin darse ni cuenta. Al tercer día, en el momento justo en que subía al tren en Rock Island para regresar al Ejército, Davy McGregor lo capturó y lo envió de vuelta arrestado. Los veinticinco dólares de recompensa y los gastos se descontaron de la paga de Tommy, y eso que al pobre chico ni se le había ocurrido desertar. Y ese no fue el único ejemplo del mezquino comportamiento de Davy McGregor.

Pero volvamos a mi historia. Era la última noche que pasaba en casa y me encontraba soñando con la guerra y las batallas. Me habían enviado en vanguardia con un grupo de soldados avanzados. Los mosquetes disparaban sin descanso y nosotros asaltábamos el primer puesto cuando oí que alguien llamaba a la puerta con fuerza y me desperté de inmediato.

«Sal, Simón, quiero hablar contigo». Era la voz de Davy y yo sabía de sobra para qué quería hablar conmigo, pero no contesté y empecé a vestirme en silencio. Su forma de llamar enseguida despertó a toda la casa, y cuando terminé de vestirme mi hermana se coló sin hacer ruido en mi habitación. En susurros le expliqué lo que debía hacer.

Fue a la puerta y habló con Davy, pero sin abrirla. Él sospechó y le oí rodear la casa sigilosamente para vigilar la puerta de la cocina. Estaba seguro de que me encontraba en la casa y pensó que intentaría huir por detrás. Besé a mi padre, a mi madre y a mi hermana, les pedí que me despidieran de los chicos y abrí con cuidado la puerta principal. Brillaba la luna y Davy se encontraba, como yo había sospechado, vigilando la puerta de atrás. Con las botas en la mano, aprovechando las sombras y sin casi atreverme a respirar llegué hasta el establo. Ensillé el gran semental negro de mi padre y al acabar salí disparado del establo.

Davy corrió hasta el camino y me dio el alto cuando aparecí al galope, con el Colt amartillado en la mano. Me bloqueó el camino, ordenándome que me detuviera y blandiendo sus pistolas. Continué avanzando hacia él y seguramente lo habría arrollado si no se hubiese apartado, disparándome ininterrumpidamente mientras me alejaba. Sabía que lo iba a hacer, así que me oculté agachándome hacia el lado contrario del caballo, aunque no fui lo bastante rápido porque una quemazón terrible me indicó el lugar del cuero cabelludo donde me había rozado la primera de sus balas.

Continué camino sin aflojar el paso porque aún me quedaban cuarenta y cinco kilómetros por delante hasta llegar a Rock Island. Davy, que siempre llevaba buenas monturas, me seguía de cerca. Sin embargo, nuestros caballos estaban muy igualados. Al principio me disparaba de vez en cuando al tomar las curvas, pero enseguida se cansó. Íbamos dejando atrás kilómetro tras kilómetro y, cuando empezaba a creer que me escaparía, sufrí un accidente. Amanecía en el momento en que me interné en una arboleda en la que aún reinaba la noche. El camino estaba embarrado y los cascos del caballo no hacían ruido. De repente, de la oscuridad y en dirección contraria surgió un caballo con su jinete. Demasiado tarde para evitar el impacto, nuestros caballos chocaron de frente. El corcel y su jinete desconocido cayeron al suelo y yo estuve a punto de verme derribado. Luego supe que era el sheriff y que no había resultado malherido. Pero el semental de mi padre era fuerte. Se sacudió entero, gimió y salió al galope.

Aunque estaba herido y me di cuenta de que perdía velocidad. Davy iba ganando terreno poco a poco. Pronto lo tuve a mi altura, intentado agarrar mis riendas. Había vaciado sus pistolas y no podía dispararme. Una y otra vez le apunté con mi Colt, que sí estaba cargado, pero era un hombre valiente y no se dejó asustar. Yo no quería dispararle, aunque creo que lo habría hecho antes de sufrir la deshonra de verme acusado de desertor. Porque lo cierto era que, en lugar de huir, lo que yo estaba haciendo era intentar regresar lo antes posible al ejército, una actitud de lo más curiosa para un desertor. Pero no disparé, solo usaría el revólver si no me quedaba más remedio.

Galopamos uno al lado del otro durante quince o veinte kilómetros. Poco a poco mi caballo se fue agotando y durante el último kilómetro que aguantó, Davy tuvo que frenar al suyo para que no me dejase atrás. Cada vez que intentaba hacerse con mi brida le golpeaba en la mano con el revólver y no tardó en desistir. Comprendí que el semental no aguantaría mucho más y que debía hacer algo para evitar aquella inmerecida deshonra. Soy y siempre seré un hombre afable, respetuoso con los animales indefensos, pero la necesidad me obligó a hacer lo que hice. Utilicé un truco que había aprendido en el Oeste. Se llama raspado y suele utilizarse con los caballos salvajes. Les disparan de manera que la bala roce levemente la parte superior del cuello. El caballo no resulta herido, solo se queda aturdido, como de piedra, y a los pocos minutos se encuentra tan bien como siempre.

Rápido como el rayo, me estiré por encima de la silla, situé la boca del revólver sobre la nuca del caballo de Davy y apreté el gatillo. Cayó con gran estrépito y lanzó a Davy por encima de su cabeza. Pero Davy se puso en pie de inmediato y mi pobre caballo casi no era capaz de dejarlo atrás mientras me perseguía corriendo a pie.

Miré el reloj. Estaba a tiempo de tomar el primer tren y solo quedaban ocho kilómetros para llegar a Rock Island, pero mi caballo no aguantaría y yo no sabía qué hacer. Sin embargo, fue Davy quien me dio la idea. Al tomar una curva del camino, evité por los pelos tropezarme con el carromato de un granjero que iba a la ciudad. A unos seis metros de distancia había otro que llevaba la misma dirección. Davy detuvo al primero y empezó a acortar los tirantes del caballo: de eso se trataba. Detuve al segundo, que iba conducido por una mujer, y le expliqué la situación mientras hacía lo mismo que él. Ella me dio su permiso porque conocía de sobra los métodos del capitán preboste. Terminamos y montamos al mismo tiempo, yo seis metros por delante de él. Sin embargo, la fortuna parecía favorecerlo porque su caballo era un poco mejor que el mío. Pero no había acortado los tirantes lo suficiente y el animal los pisó y se cayó.

Eso me proporcionó varias decenas de metros de ventaja y cuando entramos en Rock Island aún le llevaba varios cuerpos. ¡Cómo sobresaltamos a la ciudad! Cruzamos la calle principal a la velocidad del rayo mientras la gente, que odiaba al capitán preboste, me aclamaba. Evitamos colisionar por los pelos en una docena de ocasiones y galopamos hasta llegar a la estación de ferrocarril, donde el tren estaba a punto de emprender viaje. Cabalgué entre la multitud tan rápido como me atreví, luego desmonté y me precipité hacia las escaleras. Ya podéis imaginar de qué manera la gente le iba abriendo camino a un soldado descontrolado, sin sombrero y con un revólver enorme en la mano.

Davy el Perseverante me pisaba los talones y tuve que darme la vuelta y mantenerlo a raya con mi arma. No estaba cargada, pero él no lo sabía. Me aparté de él caminando de espaldas y amenazando con apretar el gatillo si me ponía las manos encima. La multitud empezó a ponerse de mi parte y a abuchear al capitán preboste y burlarse de él. «¡Viva el soldado!», gritaban, «¡Muera el capitán preboste!», «¡Dispárale, soldado, dispárale!», «¿Quién arrestó al pobre Tommy Jingles?», «Davy McGregor, el preboste sin corazón», «¡Viva el joven del uniforme azul!».

No paraban de gritar cosas por el estilo, al tiempo que le impedían el paso y lo empujaban. Se pusieron duros de verdad y, mientras yo subía de espaldas las escaleras que llevaban al andén, se dedicaron a pisotearlo, tirarle de los faldones de la levita y empujarlo de un lado a otro como si fuese una pelota. El revisor dio la señal y el tren arrancó hacia Quincy, entre los gritos de entusiasmo de la gente. Más tarde, aquel mismo día, me reuní allí con mis reclutas. Y cuando conduje a mis robustos compañeros hasta el regimiento y conté la historia, el coronel me dijo: «Buen trabajo, Simón. Creo que bien te has ganado disfrutar de otro permiso».

[1898]


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