LA CAMPANA SONÓ CUATRO VECES durante la guardia de la madrugada. Acabábamos de terminar el desayuno cuando llegó la orden de que la guardia debía permanecer preparada en cubierta para ponernos al pairo y toda la tripulación lista junto a los botes.
—¡A babor! ¡A babor todo! —gritó nuestro capitán—. ¡Cargad las gavias! ¡Arriad el petifoque! ¡Llevad el foque a barlovento y arriad el trinquete!
Así fue cómo nuestra goleta, la Sophie Sutherland, se puso al pairo frente a la costa de Japón, cerca del cabo Jerimo, el 10 de abril de 1893. Entonces se produjeron unos momentos de trajín y desconcierto. Había dieciocho hombres para tripular los seis botes. Algunos enganchaban los aparejos, otros soltaban amarras; los timoneles de los botes llevaban brújulas y barriles de agua, y los remeros tarteras. Los cazadores se tambaleaban bajo dos o tres escopetas, un rifle y una caja de munición pesada, todo lo cual se estibó enseguida en los botes, junto con sus trajes de aguas y sus guantes.
El capitán dio las últimas órdenes y allá zarpamos, manejando tres pares de remos para llegar a nuestros puestos. Nosotros íbamos en el bote de barlovento y por eso teníamos que remar más que los otros. Los tres primeros botes de sotavento enseguida desplegaron velas y pusieron rumbo al Sur y el Oeste con viento derrotero, mientras que la goleta permanecía a sotavento de ellos, de manera que en caso de accidente los botes tendrían viento favorable para volver.
Hacía una mañana espléndida, pero nuestro timonel movió la cabeza de una forma que no presagiaba nada bueno mientras observaba el sol naciente y, profético, murmuró: «Cuando el sol rojo despierta, el marino da la alerta». El sol parecía enfadado y las pocas nubes ligeras y aborregadas que había en esa cuarta parecían tímidas y asustadas, y pronto desaparecieron.
A lo lejos y hacia el norte el cabo Jerimo alzaba su cabeza negra y amenazadora como un monstruo enorme que surge de las profundidades. La nieve del invierno que el sol no había disipado del todo lo cubría con manchas de un blanco reluciente sobre las que soplaba el leve viento camino del mar. Unas gaviotas enormes alzaron el vuelo lentamente, batiendo las alas en medio de la brisa suave y golpeando con las patas palmeadas la superficie del agua durante más de media milla antes de abandonarla por completo. Aún no se había apagado del todo su correteo cuando una bandada de vuelvepiedras alzó el vuelo y, entre el silbido de sus alas, se alejó hacia barlovento, donde los miembros de un grupo enorme de ballenas se divertían y sus resoplidos parecían el escape de una máquina de vapor. Los chillidos ásperos y disonantes de un frailecillo hacían daño al oído y alertaron a media docena de un pequeño grupo de focas que se encontraba delante de nosotros. Se marcharon saltando con todo el cuerpo fuera del agua. Una gaviota, con su vuelo lento y deliberado de curvas prolongadas y majestuosas, planeaba en círculos por encima de nosotros y, como recordatorio del hogar, un gorrión se posaba con descaro en el extremo de la proa y trinaba alegremente con la cabeza inclinada. Al poco los botes se introdujeron entre las focas y las detonaciones de las armas se oyeron a favor y en contra del viento.
La brisa se iba levantando poco a poco y sobre las tres de la tarde, con una docena de focas en el bote, deliberábamos si continuar o dar la vuelta cuando izaron la bandera de retirada en el palo de mesana de la goleta, lo que significaba que, al levantarse el viento, el barómetro bajaba y nuestro capitán se preocupaba por el bienestar de los botes.
Nos desplazábamos con viento a favor y un rizo en la vela. El timonel iba con los dientes apretados, sujetando firmemente el remo de dirección con ambas manos, los ojos inquietos y siempre alerta, pendientes de la goleta que teníamos delante cada vez que ascendíamos una ola, sin perder de vista la escota de la mayor y mirando hacia atrás, donde la oscura ondulación del viento sobre el agua le advertía que se acercaba una ráfaga o una ola espumosa enorme que amenazaba con envolvernos. Las olas celebraban el carnaval, realizando las payasadas más curiosas, como si se persiguieran las unas a las otras mientras bailaban locas de contento, arriba, abajo, aquí, allá y en todas partes, hasta que alguna ola enorme de líquido verde con su cresta de espuma blanca como la leche se elevaba desde el seno palpitante del mar e impedía ver al resto. Pero solo durante un instante porque enseguida reaparecían bajo nuevas formas. Vagaban tras la trayectoria del sol, donde cada ondulación grande o pequeña, cada salpicadura o loción parecía plata fundida, donde el agua perdía su color verde oscuro y se convertía en un aluvión argénteo y deslumbrante para luego desaparecer y transformarse en una inmensidad baldía y violenta de turbulencias amenazadoras, en la que cada ola oscura y ominosa se alzaba y rompía para luego volver a formarse. El romper de las olas, el destello y la luz plateada pronto desaparecieron con el sol, al que oscurecieron las nubes negras que llegaban veloces desde el noroeste, acertados heraldos de la tormenta ya próxima.
Enseguida alcanzamos la goleta y vimos que éramos los últimos en subir a bordo. En pocos minutos las focas quedaron despellejadas, los botes y las cubiertas lavados y nosotros nos encontrábamos abajo, junto al fuego vivo que ardía en el castillo de proa, aseados, con ropa limpia y una cena caliente y abundante sobre la mesa. La goleta había desplegado velas, ya que nos quedaban setenta y cinco millas por recorrer rumbo al Sur antes de que amaneciera para volver a encontrarnos entre los grupos de focas, de los que nos habíamos apartado durante los dos últimos días de caza.
A nosotros nos tocó la primera guardia, desde las ocho de la tarde a la medianoche. Muy pronto el viento empezó a soplar con fuerza y nuestro capitán, mientras recorría la toldilla de un extremo al otro, supo que aquella noche no iba a dormir demasiado. Se cargaron las gavias y se hicieron firmes, luego se arrió el petifoque. Para entonces el mar estaba muy encrespado y a veces rompía en las cubiertas, inundándolas y amenazando con hacer pedazos los botes. Cuando la campana sonó seis veces recibimos la orden de dalles la vuelta y asegurarlos con cabos. Eso nos llevó hasta que la campana sonó ocho veces, momento en el que nos relevaron los de la guardia de la medianoche. Yo fui el último en bajar y lo hice en el momento justo en que los de cubierta arriaban la cangreja. Abajo todos dormían, excepto nuestro tripulante inexperto, el Albañil, que se moría de tisis. Los movimientos violentos y bamboleantes del farol proyectaban una luz pálida y parpadeante sobre el castillo de proa y convertían en miel dorada las gotas de agua sobre los trajes impermeables amarillos. Sombras oscuras iban y venían a todos los rincones y arriba, en los escobenes como ojos —tras las bitas con los cables del ancla, que descendían de cubierta en cubierta—, acechaban como un dragón en la entrada de una cueva y las tinieblas eran tan densas como Érebo. De vez en cuando la luz parecía infiltrarse un momento, cuando la goleta se balanceaba más de lo normal, pero solo para desvanecerse enseguida y dejar tras de sí una oscuridad más negra que antes. El rugido del viento entre las jarcias llegaba al oído amortiguado, como el estrépito lejano de un tren al cruzar un puente de caballete o los cachones al romper en la playa, mientras que el estruendo del mar contra la proa resonaba con tanta fuerza en el castillo que parecía partir en dos los baos y la tablazón. Los crujidos y chasquidos de las ligazones, puntales y mamparas, reveladores de la tensión que soportaba el buque, ahogaban los gemidos del moribundo que no paraba de dar vueltas en su litera. El esfuerzo del palo de trinquete contra los baos de cubierta hacía caer una lluvia de polvillo y añadía un sonido más a los muchos que provocaba el ruidoso temporal. Pequeños torrentes de agua caían desde las bitas del extremo de la proa, se enfrentaban a los que fluían de los trajes impermeables mojados, recorrían el suelo y desaparecían a popa, en la bodega.
Había sonado dos veces la campana en la guardia de la medianoche —es decir que para los de tierra era la una de la madrugada— cuando desde el castillo de proa nos llegó la orden: «¡Toda la tripulación a cubierta, a reducir velas!».
Los marineros adormilados se bajaron de sus literas dando tumbos, se pusieron la ropa, los trajes y las botas de agua y subieron a cubierta. Cuando esa orden se oye en las noches frías y de viento, siempre hay algún lobo de mar que masculla severo: «¿Quién no iba a vender la granja para hacerse a la mar?».
En cubierta se apreciaba de verdad la fuerza del viento, sobre todo tras abandonar el asfixiante castillo de proa. Parecía enfrentarse a nosotros como un muro y la furia de sus ráfagas casi nos impedía respirar o movernos en la cubierta, que no paraba de subir y bajar. Pusimos al pairo la goleta con el foque, el trinquete y la mayor. Luego arriamos el trinquete y lo hicimos firme. La noche era oscura, lo que dificultaba nuestra labor. Pero, aunque ni una estrella ni la luna conseguían atravesar las masas negras de nubes de tormenta que oscurecían el cielo al deslizarse por delante de la borrasca, la naturaleza nos ayudaba en cierta medida. Una suave luz emanaba del movimiento del mar. Cada ola grandiosa, fosforescente y brillante debido a las luces diminutas de miríadas de microorganismos amenazaba con envolvernos en un diluvio de fuego. La cresta ascendía cada vez más y perdía espesor al empezar a curvarse y descollar justo antes de romper, hasta que en medio de un rugido caía sobre la borda, convertida en una masa de luz suave y toneladas de agua, que desperdigaba a los marineros en todas las direcciones y dejaba en cada recoveco pequeñas motas de luz que brillaban y temblaban hasta que la ola siguiente se las llevaba por delante y depositaba otras nuevas en su lugar. A veces, varias olas se seguían unas a otras con gran rapidez y caían con estrépito sobre nuestra cubierta, llenándola hasta la borda, aunque enseguida se iban por los imbornales de sotavento.
Para tomar un rizo en la mayor nos vimos obligados a correr delante del vendaval con el foque arrizado. Cuando terminamos, el viento había levantado semejante oleaje que resultaba imposible ponerse al pairo. Volamos en las alas del temporal entre los rociones de espuma sucia. Una racha nos desviaba a estribor y luego otra a babor, mientras las olas gigantescas golpeaban la goleta en popa y casi la hacían zozobrar. Al despuntar el día amamos el foque y no dejamos ni una sola vela desplegada. Desde que habíamos empezado a deslizarnos rápidamente las olas ya no pasaban por encima de la proa, pero en medio del barco rompían a un ritmo vertiginoso. No llovía, era una tormenta seca, aunque la fuerza del viento llenaba el aire de un fino rocío de mar que llegaba hasta las crucetas, cortaba los rostros como un cuchillo e impedía ver más allá de cien metros. El mar era de un tono plomizo oscuro cuando el viento lo apilaba con balanceos lentos, prolongados y majestuosos para convertirlo en montañas líquidas de espuma. Mientras la goleta avanzaba, la violencia de sus cabriolas provocaba mareos. Casi se detenía, como si fuese a escalar una montaña, luego se balanceaba rápidamente a derecha e izquierda al llegar a la cima de una ola gigantesca, donde se estabilizaba y hacía una breve pausa, como si le diese miedo el precipicio que se abría ante ella. Cual avalancha, salía disparada hacia delante y hacia abajo mientras el mar la golpeaba en popa con la fuerza de mil arietes, enterrando la proa hasta las serviolas en la espuma lechosa del fondo que se extendía por cubierta en todas las direcciones: hacia delante. hacia atrás, derecha, izquierda, a través de los escobenes y sobre la barandilla.
El viento empezó a amainar y a las diez ya hablábamos de ponerla al pairo Pasamos junto a un navío, dos goletas y un bergantín-goleta de cuatro palos con el mínimo de vela y a las once izamos la cangreja y el foque, y viramos. Al cabo de otra hora volvíamos a enfrentarnos al mar de fondo a todo trapo para alcanzar de nuevo la zona donde se encontraban las focas, hacia el Oeste.
Abajo, un par de hombres cosían la lona en la que habían envuelto el cuerpo del Albañil antes de enterarlo en el mar. Así fue como al irse el temporal se llevó el alma del Albañil.
[1893]

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