Texto aleatorio

EXTRAORDINARIAMENTE BUENA… para ser tuya. Pero yo sé una que supera…

—No, no, Damon. Ya sé que siempre tienes una historia mejor que la anterior, pero mi franqueza ha sido absoluta y si dudas de que la historia sea cierta, al menos acepta mi sinceridad al contarla.

—¡George, no pretenderás decirme que crees en los fantasmas! La idea en sí ya resulta absurda, pero relacionar la creencia en esas cosas contigo es… es… —Van Buster, también conocido como Damon, se detuvo a falta de un improperio y terminó por decir—: ¡ridículo!

—Pues creo en ellos y no soy el único. Entre los míos puedo contar a las mejores mentes de cada era, desde los tiempos de la nigromancia caldea hasta la actualidad fría y científica. Párate a pensar, Damon, y Pythias, tú también, que veo un brillo escéptico en tus ojos. Recordad que en todas las edades, en todos los mundos y en todos los pueblos ha habido y sigue habiendo muchos que creen en el regreso del alma después de la muerte. Ante semejante cantidad de pruebas, ¿podéis afirmar que no es más que el fruto de mentes enfermas o imaginaciones fuera de lo normal?

Al ver que Damon y Pythias contestaban de forma afirmativa a su pregunta, concluyó diciendo que guardaba la vana ilusión de que algún día se viesen obligados a cambiar de idea tras una demostración muy poco agradable.

—¡Venga, Pythias, vamos! ¿Qué puedes decir en nuestra mutua defensa? Muéstrale a nuestro crédulo amigo los firmes cimientos en los que nos apoyamos. Saca a la palestra toda la solidez de tu lógica y tu sofistería, pues el caso lo exige. Demuéstrale que esa fuerza paranormal solo es fruto de una imaginación humana fértil en exceso; pruébale que esos espíritus incapaces de abandonar la tierra, cuerpos astrales y entidades incorpóreas no son más que quimeras.

—Damon —respondió Pythias con voz cansina e indolente—, no me apetece desperdiciar mis extraordinarios conocimientos y arduas investigaciones en asuntos tan insignificantes. Si la polémica tuviese relación con las tierras, los aranceles o cuestiones financieras respondería de buen grado, pero esto me recuerda demasiado a los cuentos infantiles sobre el coco. ¡Espíritus incapaces de abandonar la tierra! ¡Sí, hombre! Al querido George solo puedo decirle que es tonto y que hasta que sea capaz de presentarme algún cuerpo astral, descarto el asunto.

En absoluto molesto por el sarcasmo de sus amigos, George dijo:

—Tengo ganas de cantar esa vieja cancioncilla que dice: «Acércate hasta Derby y allí verás lo que yo vi», porque he sido testigo de muchas pruebas, que a mí me parecen auténticas, de la existencia y actividad de dicha fuerza. Sé que cualquier tipo de argumentación resultará inútil si me enfrento a dos cerebros como los vuestros; aunque se han acomodado de tal forma en el anquilosamiento intelectual que no saben, y no saben que no saben. Todos miramos el mundo a través de cristales de colores, pero los vuestros son tan tan verdes que casi…

—Y debes aceptar que el cristal con el que tú miras está bastante empañado —interrumpió Damon—. Vamos, George, no discutamos por esto. Ya sabes la postura que asumo siempre cuando se trata de lo desconocido: ni afirmo ni niego y solo puedo decir que la credibilidad, ya que no la posibilidad, acompaña a tu convencimiento. Para ser justo contigo, conmigo y con el mundo, lo único que puedo decir es que no sé pero me gustaría saber. Y coincido con Pythias al pedirte que nos pongas en contacto con esas almas incorpóreas.

—¿Y la vieja mansión de los Birchall? —intervino Pythias—. Tal vez podamos conseguir que nos dejen entrar. Dicen que hay fantasmas.

—¡El lugar perfecto! —exclamó Damon—. ¿Crees que el fantasma que recorre esos oscuros pasillos en las noches aterradoras, etc., etc., tendría el detalle de hacerse visible para solaz espiritual de dos mortales incrédulos y desgraciados como nosotros? Es una gran oportunidad, solo son las diez y podríamos estar allí a las once. Pythias y yo nos armaremos con un par de docenas de velas, media docena de tragos de whisky de centeno y el Trilby de George du Maurier para leer en voz alta, esto último con el fin de afectar y preparar nuestra imaginación. ¿Qué dices, Pythias, te apuntas?

—Yo siempre me apunto —respondió—. Y ahora puedo robarle algo de tiempo a mis estudios, he terminado los ejercicios. Pero propongo retirar el Trilby e introducir el ajedrez. Y además, que llevemos un puñado de petardos para prenderles luego cuando aparezca el fantasma. Podría tratarse de un demonio chino. Por supuesto, nos acompañas, ¿verdad, George? ¿No? Pues entonces será mejor que te busques un compañero para hacer guardia en el exterior por si se produce algún accidente y para comprobar que no salgamos huyendo.

—Eso es sencillo —contestó George—. Se lo diré a Fred. Seguramente tendrá que salir a cazar gatos.

—¡A cazar gatos! —exclamaron a coro Damon y Pythias.

—Sí, a cazar gatos. Está en pleno estudio de la Anatomía de Gray y le cuesta mucho encontrar ejemplares. Incluso eliminó al gato de su hermana y se sintió tan orgulloso tras montar el esqueleto que tuvo el valor de mostrárselo diciéndole que se trataba de un conejo.

—¡Qué animal!

—¿El gato?

—No, Fred. ¡Cómo ha debido de llorar Dora la desaparición de su atigrado!

—Habría que matarlo.

—Sí, para luego diseccionarlo, montar su esqueleto y mostrárselo a sus allegados y parientes como el eslabón perdido. Serían tan incapaces de reconocerlo como Dora a su gato.

—Si los gatos tuviesen alma y yo fuese Fred, me daría miedo salir de noche. ¿Tienen alma, George?

—No lo sé, pero si de verdad queremos llevar a cabo el proyecto, no perdamos más tiempo. Reunámonos a las once en punto delante de la casa.

Todos estuvieron de acuerdo, así que pagaron la cuenta y abandonaron el restaurante, George para buscar a Fred, y Damon y Pythias para invertir el dinero que les quedaba en velas, petardos y whisky.

A las once, los cuatro amigos se encontraban frente a la mansión Birchall. Todos estaban muy animados y, al separarse, George se dirigió a ellos de la siguiente manera:

—Damon, el agnóstico, y Pythias, el escéptico, prestad atención a mis últimas palabras. Os aventuráis al interior de un edificio en el que, según el vulgo, hay fantasmas, aunque nadie ha demostrado con pruebas la verdad de dicha afirmación. Pero recordad que no será tan fácil resistiros ante esa fuerza a la que vais a enfrentaros como lo es oponerse a cualquier fuerza terrenal de las que conocéis. Es misteriosa, muy poderosa e imponderable; es invisible y, sin embargo, con frecuencia se puede ver; también es capaz de imponerse de múltiples maneras. Las manifestaciones más corrientes de dicho fenómeno son la posibilidad de abrir puertas cerradas con llave, apagar luces, dejar caer piedras, producir sonidos extraños, gritos, maldiciones y gemidos. Además, igual que en esta vida existen hombres con tendencia al bien o al mal, en la otra vida también hay espíritus buenos o malos. Pobre de vosotros si entráis en contacto con algún espíritu maligno. Podrían elevaros en el aire y dejaros caer con fuerza contra el suelo o las paredes, cual pelota de fútbol; podríais presenciar imágenes horripilantes que incluso superen la idea de lo mortal; y podríais sentir tanto miedo que vuestras mentes llegasen a perder el equilibrio, convirtiéndoos en perfectos idiotas o locos violentos. Por si fuera poco, esos espíritus malignos tienen el poder de privaros de uno, dos o todos vuestros sentidos, si así lo desean. Pueden romperos los tímpanos, abrasaros los ojos, destruir vuestra voz; dañar por completo vuestros sentidos del tacto y el olfato y paralizar todos o cualquiera de los nervios de vuestro cuerpo. Incluso, como en la época de Cristo, los espíritus malignos podrían habitar vuestros cuerpos y atormentaros hasta acabar en el manicomio, en una celda con las paredes acolchadas. No puedo daros consejo alguno para enfrentaros a este asunto misterioso porque soy un ignorante al respecto, pero mis palabras de despedida son: «No perdáis la calma. Os deseo suerte en vuestra misión y ¡tened mucho cuidado!».

Así se separaron, Damon y Pythias a la caza del fantasma y George y Fred a la caza del gato.

La primera pareja llegó a la puerta principal pero, al encontrarla cerrada con llave y descubrir que los espíritus no la abrían por mucho que utilizaron la enorme aldaba, probaron con las ventanas del porche. También estaban cerradas. Después de muchos esfuerzos, escalaron el porche y encontraron abierta una ventana del primer piso. Tan pronto entraron, encendieron un par de velas y se dispusieron a explorar.

Todo era anticuado, estaba lleno de polvo y olía a cerrado. Eso ya se lo espetaban. Empezaron por la segunda planta y revisaron la casa entera a conciencia, abriendo armarios, apartando las colgaduras deterioradas, buscando trampillas e incluso sondeando las paredes. Ese comportamiento se explica por el hecho de que los dos habían leído recientemente a Emile Gaboriau. Emulando a Monsieur Lecoq —su detective protagonista— llegaron a descender al sótano, pero registrarlo les pareció algo tan complejo que renunciaron a ello presos de la desesperación.

Volvieron a la primera planta con dos taburetes y una caja que habían encontrado, e intentaron ponerse cómodos en la habitación que les pareció más limpia. Aunque la estancia estaba iluminada por media docena de velas, parecía tan sombría y desolada que se les enfrió el entusiasmo hasta hallarse, tal y como dijo Damon, en el estado perfecto para jugar al ajedrez.

A la hora y media de estar en la casa habían terminado ya la primera partida, que además, había sido magnífica. Pythias consultó su reloj de bolsillo y comentó:

—Las doce y media y ni rastro del fantasma.

—Eso es porque en este cuarto hay tanto humo que los pobres fantasmas no pueden hacerse visibles —contestó Damon—. Abre la ventana y que se ventile un poco.

Tras cumplir esa tarea, prepararon el tablero para jugar otra partida. En el momento justo en que Damon alargaba, la mano para adelantar el peón situado delante del rey blanco, se detuvo de repente con una expresión de sobresalto en el rostro, igual que Pythias. En silencio, con mirada inquisitiva, se observaron el uno al otro y se hizo evidente su mutua, aunque incomprensible, consternación.

Una vez más intentó mover el peón y una vez más se detuvo. Volvieron a mirarse asustados. El silencio resultaba tan palpable que les pesaba como si fuera de plomo. La tensión ejercida sobre sus nervios era terrible y cada uno de ellos luchaba por librarse, pero en vano. Entonces recordaron la advertencia que George les había hecho. ¿Sería posible? ¿Les habría privado de su capacidad de hablar esa fuerza paranormal en la que ninguno de los dos creía? Como en una pesadilla, deseaban gritar, librarse de aquella influencia espantosa y paralizante. Pythias estaba pálido como un muerto y Damon tenía la frente cubierta de gotas de sudor que corrían por el puente de la nariz y caían sobre la corbata, de un blanco impecable, y la pechera satinada de la camisa.

Durante lo que a ellos les parecieron siglos, pero no fueron más que un par de minutos, permanecieron sentados y mirándose angustiados. Al fin, su intuición les advirtió de que el asunto iba a llegar a un punto crítico. Supieron que la tensión no duraría mucho más.

De pronto, fantasmagórico y estridente, en medio de la calma nocturna entró por la ventana abierta el maullido de un gato. Después se produjo un ruido como si alguien trepase por encima de una cerca, el sonido que hacen las piedras al caer sobre madera y el maullido triunfante del gato se convirtió en un aullido de dolor y pánico que enseguida se transformó en el borboteo de quien se ahoga; y oyeron la voz entusiasta de Fred gritar: «¡Va el primero!».

Como el buceador que asciende desde las profundidades del mar siente un placer indescriptible al expulsar el aire viciado de sus pulmones y volver a respirar la esencia de la vida, así se sintieron los dos, aunque solo un instante. No se había roto el hechizo. La consternación se apoderó de ellos otra vez, pero multiplicada por mil. Ambos sentían un deseo histérico de reír, tan ridícula les parecía la situación. Pero aquella fuerza misteriosa incluso les negaba eso y sus rostros se distorsionaron en un galimatías incomprensible. Se sintieron tan horrorizados que enseguida recobraron el control y sus caras recuperaron la expresión de desconcierto.

Vieron la luz al mismo tiempo: les quedaba la capacidad de moverse, como demostraba la actividad de sus labios. Casi se habían levantado por completo —como dispuestos a huir—, cuando la cobardía del gesto les hizo avergonzarse y se sentaron otra vez. Pythias acercó un puñado de petardos a una de las velas y los lanzó al centro de la estancia.

Los petardos crepitaron y silbaron, restallaron y explotaron, llenando la habitación de una densa nube de humo que los rodeó como un paño mortuorio, extrañamente agobiante en el silencio aterrador que se hizo después.

Una curiosa sensación se apoderó de Damon. Le pareció que el miedo a lo sobrenatural lo abandonaba y era reemplazado por el deseo descontrolado, feroz y absorbente de comenzar la partida. De una manera imprecisa fue consciente de que experimentaba una reencarnación. Sintió que se convertía rápidamente en otra persona o que otro se convertía en él. Su personalidad desapareció y como en un sueño descubrió que otra personalidad más fuerte se había colado en su interior, venciendo a la suya… o tragándosela. lenta la sensación de haberse transformado en alguien viejo y débil, mientras se inclinaba bajo el peso de los años, aunque la carga le resultaba curiosamente ligera, como si la sostuviera la emoción entusiasta e irrefrenable que bullía, rebosaba y se agitaba en su interior. Le pareció que su destino se encontraba en el tablero que tenía delante, que su vida, su alma, todo su ser dependía de la partida que iba a jugar.

Luego un odio implacable y un horrible deseo de venganza empezaron a crecer dentro de él. Miles de agravios surgían ante sus ojos con intensa claridad, miles de demonios lo animaban a consumar su deseo. ¡Cómo odiaba a esa cosa, a ese hombre que era la reencarnación de Satán y se sentaba al otro lado del tablero de ajedrez! Lo miró desafiante y, con la rapidez con la que planea el águila, su odio aumentó al observar aquel rostro sonriente y traicionero y aquellos ojos medio velados y engañosos. No era Pythias. Él ya no estaba. Ni quiera se preguntó por qué ni cuándo había desaparecido.

Mientras a Damon le ocurrían esas cosas tan extrañas, a Pythias lo mismo le pasaba. Despreciaba a su oponente. Se sentía dotado de toda la astucia y las malas artes del mundo. El otro estaba en sus manos. Lo sabía y se alegraba, mientras le sonreía con un entusiasmo exasperante. El júbilo por derrocarlo, por abatirlo lo dominaba. Él también deseaba empezar a jugar.

Dio comienzo la partida. Damon la abrió audazmente con un gambito. Pythias respondió pero jugó a la defensiva. El ataque de Damon resulto brillante y rápido, sin embargo, se vio enfrentado a combinaciones tan osadas y novedosas que en la jugada veintisiete se veía perdido y Pythias aún conservaba el peón del gambito.

Esforzándose como nunca, Damon, con un método de ataque más seguro y resistente, puso a Pythias en una situación en la que o perdía la reina o sufría jaque mate en cuatro jugadas. Pero con una impresionante serie de audaces movimientos Pythias se libró sacrificando dos peones y un caballo.

Eufórico por el éxito, Damon atacó con saña pero fue rechazado por el juego más cauto de su oponente, quien, creando una distracción en el flanco derecho y maniobrando con delicadeza, consiguió recuperarse y volvió a enfrentarse a su adversario en igualdad de condiciones. Así continuó la partida, una de las mejores jamás jugadas. Se trataba de un duelo grandioso cuyos participantes habían olvidado que el mundo aún giraba a su alrededor, y cuando el gris del amanecer asomó a la ventana encontró a Damon en un grave aprieto.

Comprendió que se vería obligado a doblar las torres para evitar el jaque mate. Entonces su oponente daría jaque a su reina a cubierto y capturaría a su alfil. No podría evitar el jaque mate. Sin embargo, inesperadamente se hizo la luz: se le ocurrió una jugada brillante. Gracias a una serie de movimientos que ejecutaría él por primera vez, podría forzar a la reina de su adversario y cambiar las tornas.

Intervino el destino. De repente se oyó el grito agudo de un gato que lo distrajo y desconcentró. Perdió el hilo de la jugada que estaba imaginando y el mate que lo amenazaba veló de tal forma su capacidad de razonar que dobló las torres y se enfrentó a un jaque mate inevitable en seis movimientos.

Le daba vueltas la cabeza. Todas las injusticias sufridas en su vida pedían venganza a gritos. Todos los engaños, las mentiras, las traiciones de su oponente se abrieron paso en su mente con una claridad asombrosa. Maldijo al demonio sonriente que se sentaba frente a él y se puso en pie tambaleándose. La idea del asesinato cruzó su cerebro como un diablo apremiante, se lanzó sobre Pythias con un grito espantoso y le agarró el cuello con ambas manos. Lo derribó sobre el tablero de ajedrez y, no con la ira de un demonio sino con una alegría sublime y prodigiosa, lo estranguló hasta que se puso morado y empezó a agonizar.

Pythias lo habría pasado muy mal si no se hubiesen oído unos pasos apresurados en la escalera y no hubieran entrado un par de policías que, junto con Frecl y George, lograron separarlos.

Luego Damon recobró el sentido, totalmente desconcertado, y ayudó a su amigo a recuperar las fuerzas.

—HA SIDO EL VIEJO asesinato Birchall-Duinsmore casi representado de nuevo —dijo el sargento mientras comentaban el caso, de pie en una esquina—. Duinsmore, el sobrino, había sido la pesadilla de su vida. Desde la niñez no dio más que problemas. Ya de adulto, le rompió el corazón a Birchall de mil formas diferentes y al final, con un uso astuto y furtivo de las finanzas, le robó todo lo que poseía, excepto esta mansión. Una noche convenció al anciano para que se la jugase a una partida de ajedrez. Era lo único que lo separaba de ser enterrado en la fosa común de los indigentes y cuando la perdió se volvió loco y estranguló al sobrino sobre el tablero de ajedrez en el que habían jugado la partida definitiva.

—¿Eran buenos jugadores?

—Dicen que el mundo no los ha visto mejores.

[1895]


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