Texto aleatorio

CUANDO CLAY DILHAM salió de la tienda de campaña para llenar un trineo de leña esperaba regresar en media hora. Eso le dijo a Swanson, quien se ocupaba de cocinar la cena. Swanson y él pertenecían a equipos distintos, situados a unos treinta kilómetros de distancia uno del otro en el río Stuart, pero se habían convertido en compañeros durante un viaje Yukón abajo hacia Dawson para recoger el correo.

Swanson se rio cuando Clay le dijo que volvería en media hora. Lo lógico sería, comentó Swanson, que no resultase fácil encontrar leña seca y de buena calidad tan cerca de Dawson; que la leña que pudiera haber en un principio se habría recogido y usado mucho tiempo atrás; y que la leña no se vendería a cuarenta dólares la cuerda si cualquiera pudiese salir, llenar un trineo y volver en el plazo de tiempo que esperaba hacerlo Clay.

Entonces le tocó reír a Clay, mientras saltaba al trineo y ordenaba a los perros seguir el camino del río. Y es que el día anterior, al subir desde la aldea india, se había fijado en un pequeño pino muerto en un punto apartado del camino, lo que había evitado que otros, carentes de una vista tan buena como la suya, lo hubiesen descubierto. Sus ojos eran jóvenes y muy agudos porque acababa de cumplir diecisiete años.

Una carrera de diez minutos sobre el hielo lo llevó al lugar exacto y, suponiendo que tardaría diez minutos en hacerse con el árbol y otros diez en regresar, se convenció a sí mismo de que la cena de Swanson no llegaría a enfriarse.

Pasado Dawson y surgiendo del propio Yukón se alzaba el enorme monte Moosehide, al que el teniente Schwatka puso nombre mucho antes de que el Klondike se hiciera famoso. A la orilla del río, la montaña aparecía marcada con barrancos y taludes. Precisamente sobre uno de esos taludes había divisado Clay el árbol.

Allí detuvo a los perros, sobre el hielo del río, miró hacia arriba y, tras buscarlo, volvió a descubrirlo. Al estar muerto, su tono gris se mezclaba con el gris de la pared de roca de tal forma que mil hombres podrían pasar por su lado sin llegar a verlo nunca. Había echado raíces en una rendija, en la que creció, agotó la poca tierra de la que disponía y se murió. Bajo el árbol la ladera caía, muy empinada, cien metros hacia el río. Bastaba con hundir el hacha en el tronco seco una docena de veces y seguramente se haría pedazos. Eso era lo que Clay esperaba cuando había limitado a media hora la duración de su viaje.

Estudió el precipicio con atención antes de intentar escalarlo. Por lo que a él le parecía, el camino más largo era la forma más rápida de llegar al árbol. Seis metros de una subida casi perpendicular lo llevarían a un talud en el que la inclinación de la pendiente era más suave. Si ascendía ese talud realizando un largo zigzag llegaría al pino.

Se cruzó el hacha sobre los hombros para que no le molestase al moverse y ascendió agarrándose a las grietas de la roca con manos y pies, como un gato, hasta superar los seis metros y recuperar el aliento sobre el borde del talud.

El talud era pronunciado y su superficie cubierta de nieve resultaba resbaladiza. Además, las suelas de cuero de morsa, sin talón, de sus muclucs estaban gastadas y pulidas de tanto viajar sobre el hielo, y al segundo paso comprendió que poco agarre le iban a ofrecer durante el ascenso. Un resbalón en aquel punto implicaba precipitarse por encima del borde y soportar una caída de seis metros hasta el hielo. Si avanzaba treinta metros más en zigzag, la caída sería de quince metros.

Introdujo la mano enguantada entre la nieve hasta alcanzar la tierra para afianzarse y continuó. Pero se veía obligado a hacerlo con tanto cuidado que tardó cinco minutos en recorrer el primer tramo del zigzag. Luego, al cruzar la superficie del talud en dirección contraria hacia el pino se encontró con una dificultad inesperada: la pendiente se empinaba considerablemente, lo que impedía que se acumulase mucha nieve y, bajo la fina capa, se aplastaban las hierbas secas del año anterior.

Formaban una superficie tan lisa como la de sus muclucs y, cuando ambas superficies entraron en contacto, resbaló y cayó de bruces, deslizándose hacia abajo mientras intentaba agarrarse a algo que le permitiera estabilizarse.

Consiguió hacerlo, aunque permaneció sin moverse un par de minutos para recuperar la sangre fría. Se habría quitado los muclucs a fin de continuar en calcetines, pero había -35 °C y a esa temperatura los pies se le congelarían enseguida. Por eso continuó avanzando y, tras diez minutos de mucho esfuerzo y peligros, llegó al tramo seguro de roca maciza donde se alzaba el pino.

Unos pocos golpes de hacha lo hicieron caer al abismo. Echó la cabeza por encima del borde y se rio del sobresalto de los perros. Estaban a punto de salir huyendo cuando los llamó en voz alta y logró tranquilizarlos.

Luego se dio la vuelta para emprender el regreso. Sabía que el descenso sería más peligroso que la subida, pero no comprendió cuánto hasta que hubo resbalado media docena de veces, en cada ocasión salvándose de milagro. Una y otra vez intentó avanzar talud abajo, pero siempre fracasaba al llegar a la hierba.

Se sentó y observó la pendiente traicionera y cubierta de nieve. Tenía muy claro que le resultaría imposible superarla de una pieza y no deseaba llegar al final en pedacitos, como el pino.

Pero mientras permanecía sentado e inmóvil, el frío empezó a invadirlo poco a poco y fue consciente de que no podía retrasarse más. Debía hacer algo para mantener activa la circulación de la sangre. Si no podía bajar descendiendo, solo le quedaba bajar ascendiendo. Sería una tarea hercúlea pero era la única forma de salir de aquel aprieto.

Desde donde estaba no veía la parte superior de la ladera, sin embargo imaginó que el barranco, en el que se encontraba el talud, avanzaría cada vez más hacia el interior a medida que se acercase a la parte alta. Por lo poco que veía, el barranco manifestaba esa tendencia. Además, también se fijó en que el talud se extendía más de cien metros hacia arriba y que, donde terminaba, la piedra se veía rota y discontinua, lo que le facilitaría la escalada. Aquí y allá, a intervalos amplios, pequeños grupos de rocas asomaban entre la nieve del talud, lo que prometía garantizar estabilidad suficiente como para atreverse a intentarlo.

Así que, en lugar de descender siguiendo el camino en zigzag por el que había subido, siguió uno nuevo que ascendía cruzando el talud en un ángulo de treinta grados. La hierba le daba muchos problemas y le hacía desear que la suela de sus mocasines fuese de piel poco curtida y blanda, lo que le permitiría agarrarse como si tuviese un segundo par de manos.

Pronto descubrió que meter la mano entre la nieve a fin de sujetarse a las raíces de la hierba no resultaba tan seguro como creía. Los guantes eran demasiado gruesos para garantizar el agarre y se los quitó. Pero eso supuso nuevos problemas: cada vez que se aferraba a un puñado de raíces la nieve se derretía al entrar en contacto con su mano desnuda, de manera que las manos y los puños de su camisa de lana goteaban. El frío enseguida atacaba esas gotas de agua por lo que los dedos se entumecían y resultaban inútiles.

Entonces se vio obligado a buscar un buen lugar donde apoyar los pies para mantenerse sobre ellos sin la ayuda de las manos, mientras se ponía los guantes y se las frotaba contra los costados a fin de recuperar el calor y la circulación.

Ese entumecimiento constante de los dedos lo obligaba a avanzar muy despacio, pero por fin llegó al final del primer tramo de zigzag, donde el borde del talud quedaba reforzado por una especie de muro de contención perpendicular formado por rocas, se dio la vuelta y atacó la segunda etapa del serpenteante ascenso. Al ir subiendo descubrió que el talud tenía forma de cuña y que, al acercarse al extremo más alto, los muros de contención lo estrechaban cada vez más. Cada paso que daba hacía aumentar el abismo que se abría a sus pies, a la espera de tragárselo.

Mientras golpeaba las manos contra los costados se giró para observar cómo descendía la prolongada y resbaladiza ladera e imaginó que, en caso de deslizarse hacia abajo, alcanzaría la velocidad de un tren expreso antes de zambullirse definitivamente en el lecho helado del Yukón.

Rebasó el primer afloramiento de rocas, luego el segundo y tras una hora se encontró por encima del tercero y a ciento cincuenta metros sobre el río. Allí, a sesenta metros del extremo superior, el grado de inclinación del talud aumentaba.

Cada paso se volvía más difícil y peligroso y empezaba a sentir el efecto del cansancio y la falta de la cena de Swanson. En tres o cuatro ocasiones resbaló ligeramente y se recuperó, pero, cada vez más descuidado debido al agotamiento y la prolongada tensión de los nervios, intentó continuar con demasiada prisa y se vio recompensado por un resbalón de los dos pies al mismo tiempo que lo llevó a soltarse y a deslizarse ladera abajo.

Debido a lo escarpado del talud había poca nieve, pero esa poca cantidad se vio desplazada por su cuerpo hasta convertirse en el centro de un principio de avalancha. Intentaba agarrarse a algo desesperadamente, pero no había mucho a lo que sujetarse y continuaba descendiendo a una velocidad cada vez mayor.

Por debajo de él quedaban los dos primeros afloramientos, pero sabía que el primero no estaba alineado del todo con la trayectoria que seguía y cifraba todas sus esperanzas en el segundo. Sin embargo, el primero se encontraba lo bastante cerca como para que el impacto al tropezar en él uno de sus pies le diese una vuelta y lo dejara boca arriba y con la cabeza por delante.

Por si el susto no había sido lo bastante grave, la nieve lo cubrió con una capa cegadora y exasperante que no le impidió concentrarse en pensar, sin perder un segundo, en lo que ocurriría si llegaba al segundo afloramiento con la cabeza por delante. Giró la cintura tanto como pudo, extendió ambas manos hacia el mismo lado y las apoyó con fuerza contra la superficie que pasaba volando a su lado.

La maniobra surtió el mismo efecto que un freno y arrastró cabeza y hombros a un lado. En esa posición dio un par de vueltas completas y después, con un rápido tirón en el momento adecuado, consiguió girar el resto del cuerpo.

Justo a tiempo, además, porque al instante siguiente sus pies chocaron contra el afloramiento, las piernas se flexionaron y se detuvo de una forma tan abrupta que se quedó sin respiración.

Le había entrado mucha nieve por el cuello y las mangas. Enseguida y sin agobios se la quitó de encima para descubrir, cuando levantó la mirada hacia el punto al que debía ascender de nuevo, que había perdido el valor. Temblaba paralizado y se sentía mareado, presa de una náusea interminable.

Transcurrieron diez minutos antes de que pudiera dominar esas sensaciones y reuniese fuerzas para enfrentarse de nuevo a la agotadora escalada. Le dolían las piernas, no le respondían como antes y era consciente de un dolor molesto en la espalda, donde había caído sobre el hacha.

Al cabo de una hora se encontraba otra vez en el lugar desde el que había resbalado y observaba el talud que se inclinaba de forma tan repentina. Tuvo claro que no podría ascender ayudándose solo de pies y manos y empezaba a perder otra vez el valor cuando se acordó del hacha.

A un paso hacia arriba de distancia apartó la nieve y, entre la gravilla helada y rocas desmenuzadas, preparó a hachazos un hueco poco profundo en el que apoyar el pie. Subió el pie, alargó el brazo hacia delante y repitió la maniobra. Así, paso a paso, punto de apoyo a punto de apoyo, una mota diminuta de vida que se afanaba como una mosca en la impresionante ladera del monte Moosehide fue ascendiendo sin rendirse.

El crepúsculo empezaba a caer cuando llegó a la parte superior del talud y se tumbó sobre el fondo rocoso del barranco. En aquel punto el lomo de la montaña retrocedía inclinándose hacia la cumbre y, además de ser menos escarpada, las rocas ofrecían mejores puntos de apoyo para manos y pies. ¡Había superado lo peor y tenía lo mejor por delante!

El barranco se abría a una cuenca en miniatura en la que se había depositado una capa de tierra de la que a su vez surgía un pinar diminuto. Todos los pinos estaban muertos y secos, ya que hacía mucho tiempo que habían consumido el poco alimento presente en aquella fina capa de tierra.

Clay observó con ojo experimentado aquellos árboles y calculó que de allí saldrían un mínimo de cincuenta cuerdas de leña. Más allá, el barranco volvía a cerrarse y a ser solo roca desnuda. A cada lado lo único que había era piedra estéril, por lo que no era de extrañar que los árboles hubiesen escapado a la vista del hombre. Solo era posible descubrirlos como lo había hecho él: escalando hasta allí.

Continuó ascendiendo y la luna lo saludó cuando llegó a la cima del monte Moosehide. A sus pies, a más de trescientos metros bajo él, destellaban las luces de Dawson.

Pero el descenso por aquella cara resultaba abrupto y peligroso a la incierta luz de la luna y prefirió bajar de la montaña por su cara norte, más suave. En un par de horas llegó al Yukón en la aldea india y siguió el camino del río para regresar al punto donde había dejado a los perros. Allí encontró a Swanson, que había encendido una hoguera y aguardaba a que él descendiese.

Aunque Swanson se rio con ganas de él, una semana más tarde en Dawson se vendieron cincuenta cuerdas de leña a cuarenta dólares la cuerda. Los vendedores fueron él y Swanson.

[1901]


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