NO, LO DIGO EN SERIO, BOB, creo que nací demasiado tarde. El siglo XX no es lugar para mí. Si hubiese podido elegir…
—Habrías nacido en el XVI —interrumpí yo, riéndome—, con Drake, con Hawkins, con Raleigh y el resto de los reyes del mar.
—¡Eso es! —afirmó Paul. Se dio la vuelta y se quedó boca arriba sobre la pequeña cubierta de popa y dejó escapar un largo suspiro de insatisfacción.
Pasaba poco de la medianoche y, con el viento casi a popa, corríamos a lo largo de la parte interna de la bahía de San Francisco hacia la isla Bay Farm. Paul Fairfax y yo íbamos a la misma escuela, éramos vecinos y además amigos. Ahorrando dinero, ganando más y renunciando ambos a recibir una bicicleta por nuestros respectivos cumpleaños habíamos reunido lo que costaba el Mist, un balandro de veintiocho pies, con una gavia pequeña y orza de sable. El padre de Paul también era regatista y se había ocupado de gestionar la operación, rebuscando, revisando, clavando la navaja en las cuadernas y comprobando el estado de la tablazón con el mayor de los cuidados. De hecho, había sido en su goleta, la Whim, donde Paul y yo habíamos aprendido lo que sabíamos sobre navegación a vela y, ahora que el Mist era nuestro, nos esmerábamos en mejorar nuestros conocimientos.
El Mist, al ser ancho, resultaba cómodo y espacioso. Era posible estar de pie en la cabina y, como tenía cocina, utensilios de todo tipo y literas, podíamos navegar incluso durante una semana entera. En aquel momento zarpábamos para realizar la primera de esas travesías largas y, debido a que era la primera, navegábamos de noche. Habíamos salido de Oakland al atardecer y ahora pasábamos junto a la desembocadura del arroyo de la Alameda, un gran estuario de agua salada que llena y vacía la bahía de San Leandro.
—En esos tiempos sí que se vivía —dijo Paul, tan de repente que me sobresaltó al arrancarme de mis propios pensamientos—. Me refiero a los tiempos de los reyes del mar —explicó.
Yo dije «ya» con indulgencia y empecé a silbar La balada del capitán Kidd.
—Aunque yo tengo mis propias ideas —continuó Paul—. La gente habla de romances y aventuras, pero yo digo que el romance y la aventura están muertos. Somos demasiado civilizados. En el siglo XX ya no corremos aventuras. Vamos al circo…
—Pero… —quise interrumpir, aunque no me hizo caso.
—Oye, Bob —dijo—, desde que somos amigos, ¿cuántas aventuras hemos corrido? Sí, una vez salimos a la montaña y no volvimos hasta muy entrada la noche, volvimos bien y con hambre, pero ni siquiera nos perdimos. Todo el rato supimos dónde estábamos. Solo era cuestión de caminar. Lo que quiero decir es que nunca hemos tenido que luchar por nuestras vidas. ¿Me entiendes? Nunca nos han disparado con una pistola o con un cañón, ni han blandido una espada sobre nuestras cabezas ni… ni nada.
—Será mejor que aflojes un poco la mayor —añadió luego, sin esperanza, como si no importase demasiado—. El viento sigue cambiando de dirección.
—En los viejos tiempos, salir a navegar era una aventura constante, magnífica —continuó al rato—. Un chico dejaba la escuela, se hacía guardiamarina y a las pocas semanas ya perseguía galeones españoles o luchaba encarnizadamente con un corsario francés o… hacía montones de cosas.
—Bueno, hoy aún se pueden correr aventuras —objeté.
Pero Paul continuó como si yo no hubiese hablado:
—Hoy salimos de la escuela y pasamos a secundaria y luego a la universidad, para acabar trabajando en una oficina o ser médicos o cosas parecidas, y solo tenemos contacto con las aventuras que leemos en los libros. Mira, tan seguro como que ahora estoy sentado en la popa del balandro Mist, lo estoy de que no sabríamos qué hacer si se nos presentase una aventura de verdad. ¿Tú crees que sabríamos?
—No sé —respondí para no comprometerme.
—Pero no serías un cobarde, ¿verdad? —preguntó.
Yo estaba seguro de que no y se lo dije.
—Aunque no hay que ser un cobarde para perder la cabeza, ¿no?
Estuve de acuerdo en que a veces los valientes se alteran.
—Entonces —resumió Paul con un deje de tristeza en la voz—, es probable que desperdiciásemos la aventura. Es una pena, no puedo decir más.
—Pero aún no se nos ha presentado ninguna aventura —respondí, porque no me gustaba verlo deprimido por nada. Paul era un tipo peculiar para algunas cosas y yo lo conocía muy bien. Leía mucho, tenía mucha imaginación y de vez en cuando se ponía triste, como ahora. Por eso dije—: No se nos ha presentado la aventura y no tiene sentido preocuparse por si la desperdiciamos o no. También podría salir estupendamente.
Paul guardó silencio un rato y yo ya pensaba que se había olvidado del asunto cuando dijo de repente:
—Imagina, Bob Kellog, que ahora mientras navegamos, ahora mismo, y no te pares a buscarle un motivo, un barco se abalanza sobre nosotros, con hombres armados a bordo. ¿Qué harías para repeler el abordaje? ¿Crees que estarías a la altura?
—¿Qué harías tú? —pregunté con toda la intención—. No olvides que a bordo no llevamos armas de fuego.
—Entonces, ¿te rendirías? —quiso saber, enfadado—. ¿Y si fueran a matarte?
—No sé lo que haría —respondí con frialdad. Yo también empezaba a enfadarme—. Pero te he preguntado qué harías tú, sin armas.
—Buscaría alguna salida —contestó. Su respuesta me pareció brusca.
Me reí.
—En ese caso no desperdiciaríamos la aventura, ¿no crees? Y tú no has dicho más que bobadas.
Paul encendió una cerilla, miró su reloj y comentó que ya casi era la una. Esa era su forma de cambiar de tema cuando una discusión se le torcía. Aunque ahora nuestras peleas nunca llegaban a más: ya nos habíamos peleado bastante en los primeros tiempos de nuestra amistad. Acababa de ver una pequeña luz blanca por delante de nosotros cuando Paul volvió a hablar.
—Una luz de fondeo —dijo—. Vaya sitio más raro para fondear. Podría ser una gabarra, así que déjale margen.
Varié el rumbo del Mist, el viento hinchó las velas, nuestra velocidad aumentó y pasamos junto a la luz con tanto margen que no pudimos divisar la clase de embarcación que señalaba. De repente, el Mist aflojó y empezó a avanzar despacio, como si lo hiciera sobre barro blando. Los dos nos sobresaltamos. El viento soplaba con más fuerza que nunca y sin embargo casi nos habíamos detenido.
—¿Aquí hay marismas? ¡Nunca lo había oído!
Eso fue lo que dijo Paul, con un bufido escéptico. Luego cogió un remo, lo metió en el agua y empujó hacia abajo. Descendió hasta que el agua le mojó la mano. ¡No llegaba al fondo! Nos quedamos boquiabiertos. El viento silbaba con energía, pero el Mist continuaba avanzando a paso de caracol. Era como si algo se hubiese muerto en el interior de la embarcación y lo único que podía hacer yo, a la caña, era evitar que el viento jugase con ella.
—¡Escucha! —Apoyé la mano en el brazo de Paul. Se oía el ruido de los toletes y vimos que la luz blanca oscilaba arriba y abajo y se encontraba ya muy cerca de nosotros—. Ahí tienes tu barco armado —susurré, divertido—. ¡Toda la tripulación a sus puestos, preparada para repeler el abordaje!
Nos reímos y seguíamos riéndonos cuando un grito de ira salvaje rasgó la oscuridad y la otra embarcación golpeó nuestra popa. A la luz del farol que llevaba vimos claramente a los dos hombres que iban en ella. Tenían aspecto extranjero, el rostro moreno por el sol y llevaban boinas de lana al estilo pescador, bandas de punto de colores brillantes a la cintura y unas botas altas de marinero les cubrían las piernas. Aún recuerdo el escalofrío que me recorrió la espalda al ver los diminutos aros de oro que adornaban la oreja de uno de ellos. Eran como piratas salidos de las páginas de una novela. Y, para completar el cuadro, sus rostros estaban deformados por la ira y cada uno llevaba un cuchillo de hoja larga. Los dos gritaban, con voces agudas, en una jerga extraña que no comprendíamos.
Uno de ellos —el más pequeño de los dos y quizás el de aspecto más cruel— apoyó las manos en la barandilla del Mist y empezó a subir a bordo. Rápido como el rayo, Paul hincó el extremo del remo en el pecho del hombre y lo empujó de vuelta a su embarcación. Cayó al suelo, aunque enseguida se levantó, blandiendo el cuchillo y gritando:
—¡Rompisteis mi red! ¡Rompisteis mi red!
Luego volvió chillar en su jerga, su compañero se unió a él y ambos se prepararon para intentar subir de nuevo a bordo del Mist.
—Son pescadores italianos —grité, al comprender de repente lo que ocurría—. Hemos pasado sobre su red para pescar eperlanos, que se ha deslizado por la quilla y se ha enredado en nuestro timón. Nos tiene anclados.
—Sí y además tienen pinta de asesinos —dijo Paul, pendiente del remo para mantenerlos a distancia.
—¡Oíd, amigos! —les gritó de inmediato—. Dadnos unos minutos y liberaremos la red. No sabíamos que estaba ahí. No lo hemos hecho a propósito.
—No perderéis nada —añadí yo—. Os pagaremos los daños.
Pero o no entendían lo que les decíamos o no querían entender.
—¡Rompisteis mi red! ¡Rompisteis mi red! —volvió a gritar, furioso, el hombre más pequeño, el de los pendientes—. ¡Me vengaré! ¡Ya lo veréis! ¡Me vengaré!
Esta vez, cuando Paul lo empujó hacia atrás, agarró el remo y su compañero saltó a bordo. Yo apoyé la espalda contra la caña del timón y, tan pronto puso los pies en cubierta, antes de que recuperase el equilibrio, me enfrenté a él con otro remo y cayó de espaldas a su embarcación. La cosa se ponía seria y, cuando se levantó y agarró mi remo y me di cuenta de la fuerza que tenía, confieso que sentí miedo. Pero, aunque era más fuerte que yo, en lugar de intentar arrastrarme a su barco al tirar del remo, se limitó a usarlo para acercar más su embarcación a la nuestra. Volví a empujar el remo y el barco se alejó. Además, el cuchillo, que continuaba en su mano derecha, le impedía moverse mejor y eso equilibraba la ventaja que su fuerza superior le concedía. Paul y su enemigo se encontraban en la misma situación, una especie de punto muerto que se prolongó durante varios segundos más, pero que no podía durar siempre. Grité varias veces que pagaríamos los daños causados a su red, aunque mis palabras no surtieron efecto.
Entonces mi hombre sujetó el extremo del remo bajo el brazo y empezó a acortar distancias poco a poco, tirando de él con ambas manos. El hombre pequeño hizo lo mismo con Paul. A cada momento los teníamos más cerca y supimos que el final solo era cuestión de tiempo.
—Todo a barlovento, Bob —me dijo Paul en voz baja.
Le eché una rápida mirada y me pareció ver un rostro muy pálido y unos dientes muy apretados.
—¡Bob, todo a barlovento! —suplicó—. ¡Todo a barlovento, Bob!
Entonces comprendí. Sin soltar el remo, moví la caña del timón con la espalda y doblé el cuerpo para mantenerla donde quería. A pesar de tener el viento a favor, el Mist no se movía, y esa maniobra lo obligaría a bandear la mayor. Percibí el momento en el que el viento abandonaba la vela y la botavara basculaba hacia arriba. El hombre de Paul había logrado poner un pie en la cubierta, por fuera de la barandilla, y el mío empezaba a subir gateando.
—¡Cuidado! —avisé a Paul—. ¡Ahí viene!
Los dos soltamos los remos y nos lanzamos al interior de la bañera. En ese instante, la enorme botavara y las pesadas pastecas pasaron veloces por encima de nuestras cabezas, la mayor moviéndose como una gran serpiente enroscada, y el Mist se escoró con una violenta sacudida. Los otros dieron un salto para protegerse pero, de alguna forma, al pequeño se le enredó el cuchillo o cayó sobre él, porque cuando volvimos a verlo estaba de pie en su embarcación, con los dedos ensangrentados entre las rodillas y el rostro deformado por el dolor y una ira impotente.
—¡Ésta es la nuestra! —susurró Paul—. ¡Por encima de la barandilla!
A ambos lados de la caña, nos dejamos caer al agua agarrados a la barandilla mientras presionábamos la red hacia abajo con los pies hasta que se soltó con un fuerte tirón. Enseguida saltamos de nuevo a bordo, Paul se ocupó de la mayor, yo de la caña, y el Mist cabeceó hacia delante, libre por fin, mientras la luz blanca quedaba a popa y se hacía cada vez más pequeña.
—Ahora que ya has corrido una aventura, ¿te sientes mejor? —recuerdo que le pregunté después de habernos cambiado de ropa, cuando volvíamos estar sentados en la bañera, secos y muy cómodos.
—Bueno, si no tengo pesadillas durante una semana —se detuvo y frunció el ceño, sensato—, será porque no consigo dormir, ¡no te quepa duda!
[1901]

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