Texto aleatorio

QUIÉN ES?

—Pero, amigo, ¿dónde ha estado usted metido? Es O Haru, de todas las geishas la mejor, la más pura; de todas las bailarinas, la inigualable, la más elegante; de todas las mujeres la más sublime y hermosa, la más atractiva. Es O Haru, el sueño del loto, la que iguala a Fugi, la gloria del hombre. Sin duda ha desperdiciado usted sus últimos años en Estados Unidos, de lo contrario la habría conocido, la habría visto en las procesiones de nuestras festividades, llevada en alto sobre inmensos dashi y bailando ante la multitud que la admiraba. Considérese afortunado y acepte que este salón de té será el santuario en el que rendirá culto a la geisha. Agradezca a su padre que le dio la vida el hecho de estar aquí. Bendiga al insigne señor Sousouchi, que lo ha bendecido a usted tres veces al traernos aquí. Porque esta es O Haru, la primavera, la magnífica bailarina, la belleza celestial, sin par entre las demás geishas y bailarinas.

Esto dicho entre los murmullos de admiración y la salva de aplausos que siguieron al baile de O Haru. El insigne e ilustre señor Sousouchi había invitado al noble británico a una cena con música, cantantes y bailarinas a fin de que se hiciera una idea de los placeres japoneses. Habían contratado para la ocasión a las geishas, los cantantes y los músicos más famosos, sin escatimar en nada que aportase encanto y esplendor. Tal vez llegasen a la docena quienes participaban de la hospitalidad de Sousouchi y que ahora rivalizaban por aplaudir a O Haru.

Las geishas o bailarinas son las mujeres japonesas más despiertas, inteligentes y dotadas. Son elegidas por su belleza y educadas desde niñas. No solo se las instruye en la elegancia seductora de la danza y el atractivo personal, sino también del canto, la música y el intrincado protocolo de servir y entretener. Todo eso sin descuidar sus mentes, pues se distinguen por su ingenio, inteligencia y su agudeza en la conversación. Resumiendo: el fin de su educación es que resulten artísticamente fascinantes. En cuanto a clase social, ocupan más o menos la misma que nuestras actrices y, aunque muchas son las bellezas delicadas que adornan las fiestas de los salones de té, aquí y allá se encuentran joyas del lustre más puro.

O Haru, según la costumbre después de acabar su baile, se ocupaba de servir al señor Sousouchi, y su rápido ingenio, su belleza, su risa argentina y su fascinante personalidad tenían a los invitados encantados con el placer de su presencia. Atraía a los occidentales y para los japoneses representaba el ideal de belleza. Su figura esbelta de talle largo y caderas estrechas era una maravilla de elegancia y donaire que aún resultaba más cautivadora por la tranquilidad y el atractivo de su porte. Su busto era el de una joven doncella —nada sugería la presencia de encantos voluptuosos bajo el suave pliegue de su kimono—, con la casta delgadez de la virginidad. Alargado, esbelto, hermosamente curvado, el cuello resultaba el pedestal perfecto para la cabeza bien proporcionada que se apoyaba en él con delicadeza. El cabello largo, liso y de un negro lustroso iba peinado hacia atrás, dejando libre la frente despejada y amplia, cúpula exquisita para el óvalo del rostro. Por encima de los ojos estrechos y largos se arqueaban las cejas de líneas tan delicadas que parecían estarcidas. La nariz era aquilina, aunque no prominente, y la boca pequeña, de labios llenos y muy rojos. Tan blanca como el marfil, su tez se declaraba inocente del uso del colorete habitual, y en la mejilla solo se percibía la más ligera insinuación de color, un color que podía alcanzar el punto más alto de la pasión o descender a la imperceptibilidad de la placidez. La expresión —nunca la misma—, era el espejo cambiante de cada estado de ánimo, de cada pensamiento, a veces sensible a una alegría vivaz y desenfadada, otras a emociones más profundas y serias, y en ocasiones reflejo de la auténtica perspicacia femenina de su carácter. En verdad era «O Haru, el sueño del loto, la que iguala a Fugi, la gloria del hombre».

Los samisenes empiezan a sonar, los tambores callan. Un grupo de geishas vestidas con kimonos de color escarlata y amarillo bailan la hermosa danza de las hojas de arce que tiemblan y se agitan bajo el influjo de la brisa otoñal. Pero los ojos y las almas de los presentes se centran en O Haru, cuya belleza cautivadora e ingenio sin igual los esclaviza, e incluso la senilidad del insigne señor Sousouchi desaparece ante sus irresistibles encantos. Al poco los deja para que se explayen sobre su maravillosa persona mientras se retira a fin de vestirse para su siguiente baile, el último de la velada.

Estalla la música y ella aparece ataviada con la armadura completa del antiguo samurai, el samurai del Japón feudal, cuyo deber englobaba un solo término, el de lealtad. Una lealtad tan pura, tan verdadera, que la esposa, los hijos, la familia, cualquier vínculo humano e incluso sus dioses debían ser, en caso necesario, sacrificados ante su señor, el daimio. Era una de sus obras maestras: la interpretación de Oishi, el cabecilla de los ronins leales, tramando la venganza de la muerte de su señor. Oishi, que se divorcia de su esposa y se aleja de sus hijos para que nada lo distraiga de su venganza.

Ella entendía su pasado a la perfección. Era de sangre samurai, hija de la favorita de un daimio que había pasado por la terrible experiencia del shogunato; que había visto al hijo del cielo abandonar varios siglos de retiro para arrojar a la tierra la orgullosa nobleza feudal del antiguo Japón; la embargaba, por herencia y tradición, todo el orgullo de su raza. Impulsada por la fuerza salvaje de la sangre paterna, su cuerpo esbelto parecía vibrar con la intensidad de la emoción de Oishi, parecía ahogarse con el calor abrasador de su pasión. Un silencio que expresaba asombro se apoderó del grupo mientras ella, con paso y gesto marcial, personificaba al héroe de antaño. Con una veneración supersticiosa y el alma en vilo seguían los movimientos de su elegante pantomima. Las luces se apagaron, desaparecieron el alegre salón de té y las geishas sonrientes mientras el público se adentraba con ella en la realidad del Japón antiguo. Los llevó a lo más hondo de la melancolía, la pena y la angustia, y a lo más alto de las pasiones tormentosas y la sed de venganza más avasalladora, sin detenerse un instante hasta que, con un arrebato extremo de movimientos rítmicos, el daimio queda vengado y se alcanza la consumación. Luego llega la última escena, el clímax dramático, el haraquiri. Se olvidan todas las esperanzas, todas las alegrías de la vida y Oishi sigue a su señor al inframundo. Un destello de acero, la simulada cuchillada mortal en el abdomen y se acaba el baile. No hay aplausos, pero sí ojos que brillan y geishas que lloran, y O Haru, jadeante y con los ojos encendidos, abrumada por el exceso de sentimiento, olvida mostrar el respeto debido al señor Sousouchi, omite el acostumbrado sayonara y se retira hecha un mar de lágrimas.

POR FIN EN CASA. O Haru se sentaba bajo el tenue halo del andón, abstraída en sus ensoñaciones. Pero sus pensamientos se hallaban muy lejos de los placeres del salón de té y su alma vagabundeaba por tierras extrañas con la imagen de uno, de Toyotomi. Toyotomi el valiente, el audaz; el amor de su niñez, el deseo de su edad adulta.

Sus vidas se habían visto mezcladas de una forma muy extraña. Ambos pertenecían a la clase de los samurai, pero el padre de él había prosperado, mientras que el de ella había muerto, y ella, huérfana, había pasado a ser propiedad de Saisdashai, el dueño de un geisha ya. Allí pasó la niñez, dedicada a cultivar todas las artes y gracias de la geisha consumada; allí, en los primeros años de su madurez, se había encontrado con Toyotomi y allí, y en muchos de los salones de té que él solía frecuentar, había aprendido a amarlo.

Curioso había resultado su cortejo: contrario a todas las tradiciones y costumbres. Sin padres o madres que eligiesen en nombre de los hijos, pues el de él también había emprendido el viaje en busca del Nirvana silencioso. Saisdashai se opuso al matrimonio, según el derecho que la ley le otorgaba, pues ella era suya por contrato y podía alquilarla a los dueños de los salones de té, que le pagaban muy bien debido a sus maravillosos bailes. Pero Toyotomi estaba empeñado, y un día —qué bien lo recordaba ella— vendió todas sus posesiones y le pagó a Saisdashai hasta el último yen que pidió por ella y O Haru fue libre, libre para amar y casarse con su amor.

Pero Toyotomi era ambicioso. Sin un centavo, no quería vivir en la pobreza, así que se dieron palabra de matrimonio y ella continuó bailando mientras él cruzaba los mares para vivir entre los bárbaros blancos, tras prometer volver rico y poderoso y desposarla. Lila no sabía cómo lo había tratado la fortuna y, excepto por lo que contaba en sus cartas breves y muy poco frecuentes, no conocía sus andanzas. Ya hacía una década que lo esperaba, ahorrando todo cuanto ganaba y le daba igual que regresase rico o pobre. Ella era rica, no más que rica, porque, ¿acaso no se trataba de la geisha más popular, el ídolo de todos, la locura de los nobles? Y gracias a su amor no debía entregar sus ganancias al propietario de ningún geisha ya, pues era libre, independiente. Aunque su camino había resultado peligroso. ¿no lo había recorrido con una lealtad inquebrantable? Las tentaciones de su posición habían sido abundantes y a menudo muy fuertes; sí, y muchos eran honorables y rodeados de los mejores incentivos. Estaba Hakachio, el acaudalado comerciante de sedas, que le había rogado e implorado que se casara con él; y Honondo, el teniente; y Ueuado, el lujo del daimio; e incluso Ogushi, el formal profesor del Royal College al que había cautivado con sus encantos. Sin embargo, ella se había conservado para Toyotomi, su amor de niña, su pasión de mujer. Su emblema siempre había sido el loto, símbolo de pureza. Y, ¿qué más podía pedir?, por fin regresaba. Su vapor llegaba a puerto al día siguiente. Al día siguiente O Haru tomaría el tren y viajaría hasta Yokohama para recibirlo.

Mientras las lágrimas de alegría nublaban su vista y humedecían sus mejillas, abrió el cofre de madera de alcanfor que estaba a su lado y sacó un paquete envuelto en vanas capas de algodón. Al abrirlo encontró un obi, un cinturón de la mejor seda. El símbolo del compromiso de la mujer; el símbolo que Toyotomi le había dado por su compromiso. Volvió a abrir el cofre y en esta ocasión retiró dos espadas: las espadas de su padre, el samurai. Con el intenso orgullo de su raza y el amor reverencial hacia los suyos, las miró con fervor durante un buen rato. ¡Cómo la acercaban a su padre, a quien a veces olvidaba por pensar en Toyotomi! Su padre, el adusto guerrero, el caballeroso capitán que tanto tiempo había defendido la casa de su daimio con su espada larga y que, cuando todo estaba perdido, había salvado la situación con la corta, para buscar luego el olvido a través de la muerte honorable del haraquiri. En el calor de la noche del tiempo del loto, se durmió frente a ellas, sus más preciadas reliquias, y por la mañana Hohna Asi, su peluquera, la encontró sonriendo de alegría en sueños.

¡AY, TOYOTOMI! ¡Toyotomi el desenfrenado! ¡Toyotomi el cruel! Un año había transcurrido desde su regreso, desde su matrimonio, ¡y qué año! ¡Qué matrimonio! ¡Qué recompensa por tantos años de espera, por tantos años de aferrarse al emblema de la flor del loto!

Qué apuesto y noble parecía, ataviado con sus prendas bárbaras, cuando lo recibió en el muelle de Yokohama. O Haru creyó sin lugar a dudas que sus sueños más preciados se hacían realidad, que el mundo lo había convertido en un hombre, en el sentido más elevado de la palabra. ¡Pero, ay! ¡Cómo había cambiado! Entonces no había comprendido, no había entendido las costumbres de los «diablos extranjeros» entre los que él había vagado. Y había regresado con muchos de esos hábitos engendrados por el demonio aferrados a él.

¡Qué extravagancia! La espantaba tanta fastuosidad, tanta prodigalidad inusitada. Sabía que en aquellas tierras lejanas el dinero se ganaba con facilidad, pero hasta entonces no había comprendido la desenvoltura con la que se gastaba. Y Toyotomi había aprendido a gastarlo. Para el alma austera de ella, investida con todas las cualidades ahorradoras orientales que eran su legado, semejante extravagancia resultaba repulsiva, humillante. Con la lealtad confiada y la obediencia propia de la esposa, O Haru le había entregado su fortuna. ¡La materialización de tantos años de trabajo! Y él la había malgastado permitiendo que se escurriese entre sus dedos como si fuese agua. Tras un año ya no quedaba nada.

Él había aprendido muchas artimañas en el país del «diablo blanco» y ahora era luchador profesional. Un luchador del que enorgullecerse y que a menudo ganaba mucho dinero, pero que se hacía acompañar de matones y joros que frecuentaba salones de té de la peor clase y que había renegado de su sake materno para darse a la bebida de esos caros licores extranjeros. Y ella debía volver a salir a bailar porque él no llevaba a casa ni un solo sen.

¡Ay, Toyotomi! Tanto lo amaba ella que le perdonó todo eso. Pero aún fue peor. Él había traído consigo el patrón de belleza extranjero y ella ya no le parecía hermosa. Ella, a más hermosa de las geishas, la más hermosa de todas las mujeres japonesas, el ideal personificado del patrón japonés, ya no era hermosa a ojos de Toyotomi, su amor de antaño. Llegaba a casa borracho y de mal humor, y criticaba su forma de andar, su porte, sus caderas estrechas, su pecho raso, su rostro delgado y sus ojos rasgados. Luego se deshacía en elogios sobre los encantos de las bellezas occidentales. ¡Buda! ¡Llegar a eso! Que su Toyotomi pudiese admirar a esas criaturas feroces y masculinas que andaban a zancadas, como los hombres, y que tenían unas caderas enormes y unas protuberancias que parecían malformaciones. Esas criaturas repulsivas de bocas grandes, narices grandes y ojos hundidos en unas cuencas espantosas, bajo unas cejas pobladas y de aspecto fiero. Esas criaturas tan terribles que cuando miraban a un niñito japonés lo hacían llorar de miedo. Esos animales tan detestables que se mordisqueaban asquerosamente a sí mismos y a sus hombres. Toyotomi lo llamaba besar y había intentado enseñarla. ¡Ay! ¿Cómo era posible?

Pero aún era peor: a veces le pegaba. Y todavía más: amaba a esa joro mestiza del Yoshiwara, el barrio del placer. Esa joven de madre japonesa y padre inglés que le resultaba tan cautivadora y a la que amaba por su parecido con la belleza del «diablo blanco».

Lo peor de todo era que ese mismo día le había dicho: «O Haru, sal a bailar esta noche o no solo te pegaré, sino que me divorciaré de ti».

«¡Oh, Jizo! ¡Jizo! —se quejaba ella—. ¡Verse en ese estado! ¡Tener que verse así!».

LA PLACENTERA CALMA de la tarde del tiempo del loto oprimía a O Haru mientras rezaba a sus dioses sintoístas. Pero los dioses no daban muestras de oírla. No encontraba la paz. El joven sacerdote, casi un niño, la observaba con curiosidad mientras ella se postraba en medio de sus oraciones. La conocía (¿quién no?), era la magnífica bailarina cuya vida parecía tan jubilosa. Aunque últimamente acudía mucho al templo y él se preguntaba qué podría preocuparla. Se acercó y cuando ella terminó de rezar, la bendijo y le ofreció palabras tranquilizadoras. ¿Estaba casada? Sí. ¿Y rezaba para pedir hijos? No. ¿Por sus antepasados? Sí, como siempre había hecho. Entonces, ¿por qué más rezaba? Pero ella rompió a llorar y no contestó.

El sacerdote se detuvo y su rostro sensible y sabio se entristeció mientras meditaba. Ella era más inteligente que la mayoría de los que rezaban allí con sus penas infantiles. Ella tenía problemas, sufría. ¿Por qué no? Sin duda sería capaz de comprender un tenue vislumbre de su conocimiento esotérico. El rostro del sacerdote se ilumino con la compasión divina de Sidarta Gautama. La ayudó a levantarse y la condujo ante la estatua del Buda sentado. Allí, con un lenguaje sencillo, le habló del nacimiento, la niñez y la madurez de Gautama, que luego sería Buda; de su dolor por las penas del mundo; de su descubrimiento de la gran verdad. El yo, el mero aferrarse a la vida, era el mal; el yo era la ilusión por la que el alma soportaba el dolor de innumerables encarnaciones; el yo debía ser aniquilado y, al quedar destruido, el alma pasaba al Nirvana. El Nirvana, la esfera más alta alcanzable, donde una paz, descanso y dicha indescriptibles calmaban el alma, cansada de sus muchas migraciones. Eso había hecho el divino Buda, eso podría hacer ella: aniquilar el yo y ganar el Nirvana. Luego la bendijo y la dejo confortada; confortada pero con un vislumbre demasiado tenue de su sabiduría secreta.

O Haru observó el rostro amable y misterioso de Buda, que se cernía sobre ella en medio de una calma indescriptible. ¡Qué paz, descanso y placidez transmitía su cara! Mientras lo miraba, repitió las palabras del sacerdote: «El yo, el mero aferrarse a la vida, era el mal. El Nirvana era la esfera más alta, donde solo había descanso y dicha indescriptibles».

Tres veces pasó a su lado el sacerdote y la vio aún arrodillada, aún contemplando el maravilloso rostro del Sagrado. Más de un devoto curioso la miraba y se emocionaba al ver la pacífica expresión de inocente alegría que iluminaba su rostro.

La fuente del patio salpicaba de una forma ensoñadora, las sombras se alargaron, el silencio sombrío del templo se hizo más profundo; O Haru se postró ante el valiente Buda y se levantó tranquila y en calma consigo misma y con el mundo. Se detuvo en los escalones del templo y con las últimas monedas que le quedaban compró todos los gorriones enjaulados que vendía una anciana. Fue dándoles la libertad uno a uno, diciendo una oración en voz baja; una oración para alcanzar el Nirvana.

¡ACLAMAD TODOS a O Haru, la hija pródiga a la que habíamos perdido, porque ha regresado a los salones de té y vuelve a bailar! ¡Aclamad todos a O Haru, la belleza de la flor del loto la cautivadora elegante, el ideal de perfección! ¡Dichosos somos sus esclavos por poder verla! ¡Dichosos los que bebemos de su dulzura, de su belleza! ¡Dichosos nosotros, los más felices entre los mortales! ¡Pues O Haru, la bailarina maravillosa vuelve a estar entre nosotros, sus siervos! ¡Esta es O Haru, la alegría y el orgullo de la humanidad, la soberana de las bestias, la conquistadora de los hombres! ¡O Haru, el sueño de la belleza rítmica, del sentimiento ardiente, de la pasión desesperada! ¡O Haru, la fascinante, la regia, la resplandeciente, la más elegante, pura y dulce de las bailarinas. ¡Alegraos, amigos, porque ha regresado, vuelve a estar entre nosotros! ¡Regocijaos! ¡Regocijaos, porque esta es O Haru, la primavera, la espléndida bailarina, sin igual en el mundo de las geishas!

El entusiasmo no tenía límites. Se había extendido la noticia de que aquella noche iba a bailar y sus admiradores habían acudido a verla en mayor número que nunca. Su regreso era triunfal, pero ella recibía el homenaje con la dulce modestia que la caracterizaba, aunque impregnada de un leve orgullo triste. Para acomodar a la multitud habían convertido el salón de té en una única sala, como un pabellón, y aun así la aglomeración era tal que resultaba asfixiante. La actuación de O Haru era sencillamente soberbia y eclipsaba por completo sus funciones anteriores. Nunca había aparecido tan hermosa, tan feliz, tan graciosa. En los momentos de descanso los mantenía a todos desternillándose de risa con sus comentarios ingeniosos y chanzas simpáticas. Según avanzaba la velada, ella descubría nuevas gracias, encantos y esplendores. Y ahora, en el éxtasis de la adoración, un silencio expectante y sobrecogido se apoderó de la audiencia. Iba a cerrar el espectáculo con su preferido, Oishi, el ronin leal.

Los samisenes suenan y los gons retumban para recibirla. Comienza el baile. Otra vez la sangre samurai, feroz y altiva, corre por sus venas como el fuego; otra vez los retiene a todos con el mágico dominio de su personalidad; otra vez los conduce a las realidades ilusorias del antiguo Japón. Se superó a sí misma en la fuerza, la intensidad y la emoción de su interpretación. Con una confianza audaz puso en práctica movimientos inimaginables, haciéndoles recorrer toda la gama de sus sentimientos con la intrepidez de su inspiración. Nunca antes la sensibilidad y la parte dramática de su personalidad se habían mostrado tan unidas, habían sido un todo tan armonioso.

Continuó adentrándolos en un caos de emociones contradictorias, aunque dibujando claramente la imagen de la verdadera caballerosidad antigua. Más que nunca veían a Oishi viviendo el momento culminante de su hombría, dejando a un lado cualquier duda o temor y todo vínculo humano, caminando de verdad con los dioses. Olvidaron sus seres vulgares y se vieron elevados hasta lo sublime de los ideales hechos realidad. Se acerca el momento culminante, pero ¡silencio! Un zumbido de emoción, intuitivo, anticipatorio recorre con un sollozo audible a los angustiados observadores.

O Haru se transforma antes del haraquiri. Su rostro se ilumina con una belleza angelical, con una luminosidad casi demasiado resplandeciente para mirarla: parece un ser de otro mundo. Los samisenes gimen con un dolor desgarrador, el grave crescendo da paso al final: ella besa la espada de su padre y el público se estremece con expectación. Va a seguir a su señor al inframundo, al silencioso Nirvana. Su cuerpo se balancea en rítmicas ondulaciones, el gozo celestial ilumina su rostro. Se prepara para el golpe. Ahora. La música retumba y redobla. La diestra y veloz cuchillada hacia arriba. El rápido y potente chorro de sangre.

El dulce silencio de la noche del tiempo del loto se ve desganado por la sollozante angustia de muchas voces:

—¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡O Haru, la divina O Haru ya no está!

[1897]


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