EL ASCENSORISTA SONRIÓ con complicidad. Al llevarla arriba se había fijado en cómo le brillaban los ojos y en el rubor de sus mejillas. Aquella pequeña cabina se había caldeado con el entusiasmo que ella intentaba reprimir. Pero ahora, en el descenso, parecía un glaciar. El brillo y el rubor habían desaparecido. Llevaba el ceño fruncido y lo poco que veía de sus ojos aparecía frío y gris como el acero. Él conocía bien los síntomas. Era un buen observador —también lo sabía— y cuando fuese mayor estaba seguro de que sería periodista. Mientras tanto estudiaba la procesión de la vida en sus subidas y bajadas por aquel rascacielos de dieciocho pisos en el interior de su ascensor. Le abrió la puerta con lástima y la observó salir a la calle con paso ligero y decidido.
En su porte había una robustez que procedía de la tierra, más que del pavimento urbano, pero era robustez en un sentido más delicado de lo acostumbrado —podría llamarse elegancia vigorosa—, que daba una impresión de virilidad que ni su femineidad conseguía eliminar. Hablaba de un legado de buscadores y luchadores, de gentes que trabajaban tenazmente con la cabeza y las manos, de fantasmas que surgían entre las nieblas del pasado para moldearla y convertirla en una mujer dinámica y emprendedora.
Pero se sentía un poco enfadada y muy herida.
—Imagino lo que va a decirme —el director había interrumpido, amable y firme a la vez, el largo preámbulo de la entrevista tanto tiempo esperada que acababa de terminar—, porque ya me ha dicho bastante —continuó (despiadadamente, estaba segura ella al repasar la conversación nada más salir de allí)—. No tiene experiencia periodística. No ha hecho prácticas, no ha aprendido disciplina ni se ha forjado a golpes. Ha ido al instituto y seguramente habrá completado su formación en una escuela normal o en la universidad. Sobresale en lengua y literatura. Todos sus amigos le han dicho que escribe muy bien, que sus textos son preciosos, etcétera, etcétera. Cree que puede trabajar de periodista y quiere que yo apueste por usted. Pues lo siento pero no hay vacantes. Si supiera usted la cantidad de…
—Pero, si no hay vacantes —había interrumpido ella a su vez—, ¿cómo entraron a trabajar los que ya trabajan aquí? ¿Cómo voy a demostrar que existen motivos para contratarme?
—Se convirtieron en indispensables —fue la seca respuesta—. Demuestre que resulta usted indispensable.
—Pero ¿cómo, si no se me ofrece la oportunidad?
—Créese su propia oportunidad.
—Pero ¿cómo? —había insistido ella, mientras pensaba que aquel hombre era muy poco razonable.
—¿Cómo? Eso es problema suyo, no mío —dijo de manera concluyente y se puso de pie para dejar claro que la entrevista había llegado a su fin—. Debo informarle, estimada señorita, que esta semana han pasado por aquí unas dieciocho jóvenes aspirantes más y yo no tengo tiempo para explicarles a todas y cada una de ustedes cómo se hace. Le aseguro que la función que realizo en este periódico no es la de profesor de una escuela de periodismo.
Tomó un autobús que salía del centro y antes de bajarse de él había repasado la conversación una y otra vez. «Pero ¿cómo?», se repetía a sí misma mientras subía los tres pisos de escaleras que llevaban a las habitaciones que su hermana y ella habían alquilado. «Pero ¿cómo?», continuaba preguntándose porque la testaruda sangre escocesa aún pujaba con fuerza en su interior, a pesar de llevar varias generaciones apartada de la tierra nativa. Además, la necesidad la obligaba a hacer lo que fuera por conseguirlo. Su hermana Letty y ella habían llegado a la ciudad desde una población del interior para abrirse camino en la vida. Las tierras de John Wyman no eran fértiles y varias iniciativas comerciales desastrosas habían cargado de deudas sus acres y obligado a sus dos hijas, Edna y Letty, a buscarse la vida por su cuenta. Un año de enseñanza y de estudiar taquigrafía y mecanografía por las noches les había permitido financiar su proyecto en la ciudad y equiparse para la aventura; aventura que resultaba de todo menos fructífera. Parecía que la ciudad estaba llena de mecanógrafas y taquígrafas sin experiencia, y ellas solo podían ofrecer su propia inexperiencia. La ambición secreta de Edna siempre había sido el periodismo, pero sus planes consistían en buscar antes un trabajo de oficina a fin de contar con tiempo y espacio suficientes para decidir dónde y en qué especialidad periodística deseaba embarcarse. Pero el trabajo de oficina no había aparecido, ni para Letty ni para ella, su pequeña reserva de provisiones disminuía día a día y la estufa consumía carbón con una voracidad implacable. Para entonces la reserva ya era mínima.
—Tienes a Max Irwin —dijo Letty cuando lo comentaron—. Es un periodista de fama nacional. Ve a verlo, Ed. Él sabrá cómo y podrá decírtelo.
—Pero no lo conozco —objetó Edna.
—Tampoco conocías al editor al que fuiste a ver hoy.
—Ya —dijo en tono lento y pensativo—. Pero eso es distinto.
—No será distinto a los hombres y mujeres desconocidos a los que entrevistarás cuando sepas cómo hacerlo —la animó Letty.
—No lo había pensado desde ese punto de vista —admitió Edna—. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay entre entrevistar al señor Irwin por cuenta de un periódico o hacerlo por mi propia cuenta? Así practicaré. Voy a buscar su dirección en la guía.
—Letty, sé que si me dan una oportunidad seré capaz de escribir bien —anunció muy decidida un minuto después—. Presiento que tengo un don, ya me entiendes.
Letty asintió con la cabeza.
—¿Cómo será el señor Irwin? —preguntó con dulzura.
—Me encargaré de averiguarlo —le aseguró Edna—, y te lo contaré en un plazo de cuarenta y ocho horas.
Letty aplaudió.
—¡Bien! ¡Ése es el espíritu del periodista! ¡Hazlo en veinticuatro horas y será perfecto!
—…Y LAMENTO MOLESTARLE —concluyó la exposición de su caso ante Max Irwin, famoso corresponsal de guerra y periodista veterano.
—En absoluto —respondió él con un gesto despectivo de la mano—. Si no habla usted por sí misma, ¿quién va a hacerlo? Comprendo muy bien el conflicto en el que se encuentra. Quiere entrar en el Intelligencer, quiere entrar ya y no ha tenido experiencia previa. Entonces, en primer lugar, ¿cuenta con alguna influencia? En la ciudad hay una docena de hombres que con unas líneas podrían abrir cualquier puerta. Después usted destacaría o se hundiría según su propia habilidad. Por ejemplo, el senador Longbridge y Claus Inskeep, el magnate de los tranvías, Lañe y McChesney… —se detuvo con la voz en suspenso.
—Le aseguro que no conozco a ninguno de ellos —respondió la joven con aire abatido.
—No es necesario. ¿Conoce a alguien que los conozca? ¿0 a alguien que conozca a alguien que los conozca?
Edna negó con la cabeza.
—Entonces debemos buscar otra salida —continuó él en tono alegre—. Tendrá que hacer algo por su cuenta. Veamos…
Se calló y se concentró en pensar con los ojos cerrados y la frente arrugada. Ella lo observaba fijamente cuando sus ojos azules se abrieron de repente y el rostro se le iluminó.
—¡Ya lo tengo! Pero, no, espere un momento.
Y durante un minuto le tocó a él observarla a ella. Lo hizo a fondo, hasta que la joven supo que se había ruborizado bajo su mirada.
—Creo que valdrá, aunque está por ver —dijo enigmáticamente—. Nos mostrará de qué material está usted hecha y será una forma de reivindicación ante la gente del Intelligencer superior a todas las cartas de recomendación de todos los magnates y senadores del mundo. Lo suyo es hacer la noche de aficionados del Loops.
—No… no comprendo —dijo Edna, porque la sugerencia no tenía significado alguno para ella—. ¿Qué es el Loops? ¿Y qué es la noche de aficionados?
—Olvidé que me había dicho que es del interior. Pero eso es aún mejor, si tiene usted garra periodística. Será una primera impresión y las primeras impresiones siempre resultan imparciales, sin prejuicios, frescas e intensas. El Loops está en las afueras de la ciudad, cerca del parque y es un lugar de diversión. Hay un tren turístico, un tobogán acuático, una banda sinfónica, un teatro, animales salvajes, películas, etcétera, etcétera. La gente corriente acude para ver a los animales y divertirse y el resto va para divertirse viendo cómo se divierte la gente corriente. El Loops es un lugar democrático para disfrutar y respirar aire fresco.
»Pero a usted lo que le importa es el teatro. Es vodevil. Se representa un número tras otro: malabaristas, acróbatas, prodigios de la flexibilidad, artistas del fuego, intérpretes de canciones de negros, cantantes, músicos, hombres que imitan a las mujeres, solistas románticos, etcétera, etcétera. Son profesionales del vodevil. Así se ganan la vida. Muchos están muy bien pagados. Algunos van por libre y hacen un número donde encuentran hueco, en el Obermann, el Orpheus, el Alcatraz, el Louvre, etcétera, etcétera. Otros siguen un circuito establecido por todo el país. Es una etapa de la vida interesante y pagan lo bastante bien como para atraer a muchos aspirantes.
»La dirección del Loops, en un intento de ganar popularidad, instituyó lo que se llama “noche de aficionados”, lo que equivale a decir que dos noches por semana, cuando los profesionales terminan sus números, el escenario se abre a los aspirantes aficionados. El público se queda para criticarlos. El pueblo se convierte en árbitro del arte —o eso cree, que es lo mismo—, paga su dinero, se siente satisfecho de sí mismo y la noche de aficionados resulta rentable.
»Pero la cuestión de la noche de aficionados, punto importante de este asunto, es que esos aficionados no lo son en realidad. Les pagan por hacer sus números. Lo cierto es que deberíamos llamarlos aficionados profesionales. Es lógico pensar que la dirección no sea capaz de conseguir que alguien se enfrente a una audiencia desenfrenada sin cobrar, porque en esas ocasiones la audiencia se vuelve loca. Les parece muy divertido. Pero lo que usted debe hacer, y le aseguro que se precisa mucho valor, es acercarse hasta allí, concertar dos números (según creo, miércoles y sábado por la noche), hacerlos y escribir su experiencia para el Sunday Intelligencer.
—Pero… pero… —tartamudeó la joven—, …yo… yo —y en su voz había un deje de decepción y llanto.
—Entiendo —dijo él con amabilidad—. Esperaba otra cosa, algo distinto, algo mejor. Como todos al principio. Pero recuerde al almirante de la ópera de Gilbert y Sullivan, que barrió el suelo y sacó brillo a la latonería antes de ascender. Debe enfrentarse al trabajo duro y rutinario del aprendizaje o renunciar ahora mismo a todo lo demás. ¿Qué me dice?
La brusquedad con la que quiso saber su decisión la sobresaltó. Mientras titubeaba se dio cuenta de que la decepción empezaba a oscurecer el rostro de Irwin.
—En cierto modo debe considerarlo como una prueba —añadió el periodista para animarla—. Una prueba dura, pero así es mejor. Éste es su momento. ¿Lo hará?
—Lo intentaré —respondió la joven con suavidad, mientras tomaba nota de la prisa, brusquedad y franqueza que caracterizaba a aquellos hombres de ciudad con los que empezaba a tener contacto.
—¡Bien! Mire, cuando yo empecé me tocaron los trabajos más deprimentes y aburridos imaginables. Después, durante un buen tiempo, me ocupé de la Policía y los tribunales especializados en divorcios. Pero al final todo salió bien y me benefició. Usted tiene más suerte si empieza con un artículo para el dominical. No es gran cosa, pero ¿y qué? Hágalo. Demuéstreles su capacidad y la llamarán para trabajos mejores, con más clase y mejor pagados. Vaya esta tarde al Loops y comprométase a hacer dos números.
—¿Y qué clase de números puedo hacer? —preguntó Edna sin tenerlas todas consigo.
—¿Hacer? No hay problema. ¿Sabe cantar? No importa, no es necesario que sepa. Chille, haga lo que sea, para eso le pagarán, para proporcionar diversión, para actuar mal y permitir que el pueblo la abuchee. Cuando vaya a hacer su número, llévese a alguien de acompañante. No tenga miedo de nadie. Hable con todos. Muévase entre los aficionados que esperan para hacer su número, sonsáqueles, estúdielos, fotografíelos en su mente. Capte el ambiente, el colorido, la idiosincrasia, a montones. Hurgue con las dos manos y saque a la luz la esencia, el espíritu, el significado. ¿Qué evidencia todo eso? Descubra lo que quiere decir. Para eso estará allí. Eso es lo que quieren saber los lectores del Sunday Intelligencer.
»Sea concisa al escribir, con frases categóricas, acertadas; sea concreta y atinada en las similitudes. Evite los tópicos y los lugares comunes. Seleccione. Aproveche lo relevante y elimine el resto y tendrá imágenes. Convierta esas imágenes en palabras y los del Intelligencer querrán contratarla. Hágase con algunos ejemplares atrasados y estudie los artículos del Sunday Intelligencer. Cuéntelo todo en el primer párrafo para anunciar los contenidos y luego desarróllelos. Incluya un resumen al final, de manera que si tienen poco espacio puedan cortar su artículo por donde lo necesiten y adjuntar el resumen sin que el texto pierda sentido. Bueno, ya basta. El resto investíguelo usted.
Ambos se pusieron en pie, Edna contagiada por el entusiasmo de él y sus frases rápidas y bruscas, llenas de cosas que ella quería saber.
—Y recuerde, señorita Wyman, si es usted ambiciosa, que la meta final del periodismo no es el artículo de fondo. Evite estancarse. El artículo de fondo tiene trampa. Domínelo pero no permita que la domine a usted. Aunque debe dominarlo, eso sí, porque si no aprende a escribir bien un artículo, no podrá pretender hacer mejor ninguna otra cosa. En resumen, esfuércese al máximo pero al mismo tiempo siga siendo usted; espero que me comprenda. Buena suerte.
Ya habían llegado a la puerta y se despidieron con un apretón de manos.
—Una cosa más —interrumpió él las frases de agradecimiento de la joven—. Déjeme ver lo que escriba antes de entregarlo. Podría serle de ayuda.
EDNA ENCONTRÓ AL DIRECTOR del Loops —un hombre entrado en carnes, con papada, cejas pobladas y aspecto agresivo—, con el ceño fruncido, gesto distraído y un puro en la boca. Sabía que se llamaba Symes, Ernst Symes.
—¿Qué número me trae? —preguntó antes de escuchar por completo la breve explicación de la joven.
—Solista romántica, soprano —respondió enseguida, al recordar que Irwin le había aconsejado exagerar.
—¿Cómo se llama? —inquirió el señor Symes sin casi dignarse a mirarla.
Ella dudó. Se había precipitado a la aventura con tal rapidez que no había pensado en la cuestión del nombre.
—¿Tiene nombre?, ¿nombre artístico? —vociferó impaciente.
—Nan Bellayne —dijo sin pararse a pensar—. B-e-l-l-a-y-n-e. Sí, eso es.
Él lo apuntó en una libreta.
—Bien. Actuará el miércoles y el sábado.
—¿Cuánto me pagará? —quiso saber Edna.
—Dos y medio por actuación. Dos actuaciones, cinco dólares. Cobrará el lunes siguiente a la segunda actuación.
Y sin la gentileza de un simple adiós, le dio la espalda y se concentró en el periódico que leía cuando ella llegó.
EL MIÉRCOLES EDNA llegó temprano, al atardecer, con Letty de acompañante y su sencillo vestuario en una cesta. Componían su disfraz un chal de cuadros escoceses prestado por la lavandera, una falda de fregar raída prestada por la mujer de la limpieza y una peluca gris alquilada por veinticinco centavos la noche; porque Edna había decidido presentarse como una anciana irlandesa que cantaba con el corazón roto por la distancia que la separaba de su hijo errante.
A pesar de haber llegado pronto, el jaleo era enorme. La representación principal estaba en marcha, la orquesta tocaba y la audiencia aplaudía de vez en cuando. La gran cantidad de aficionados bloqueaba el trabajo entre bambalinas, atestaba los pasillos, los camerinos y los bastidores y obligaba a todo el mundo a tropezar con los demás. Eso molestaba especialmente a los profesionales, que se comportaban como si pertenecieran a una casta superior y cuyos modales con los parias aficionados resultaban altivos e incluso crueles. Edna, intimidada, atropellada y empujada de un lado a otro, agarrando su cesta desesperada y buscando un camerino, tomaba nota de todo.
Por fin encontró un camerino en el que se apiñaban otras tres aficionadas que se maquillaban entre alborotos, exclamaciones agudas y peleas por el único espejo. El maquillaje de Edna era tan sencillo que enseguida terminó y dejó al trío de damas en plena tregua para poder criticarla mejor. Letty no se apartaba de ella y, con mucha paciencia y empeño, consiguieron hacerse un hueco en uno de los bastidores que disponía de vistas al escenario.
Un hombre pequeño y moreno, pulcro y gallardo, con levita y sombrero de copa, bailaba en el escenario con pasos gráciles y afectados mientras cantaba algo sobre alguien, sin duda triste, con una voz pobre y apagada. Cuando llegaba al final de la canción, una mujer grande, coronada con una impresionante mata de cabello rubio, pasó bruscamente junto a Edna, la pisó sin inmutarse y la empujó a un lado con desprecio. «¡Malditos aficionados!», graznó al alejarse y al instante siguiente estaba sobre el escenario, saludando al público con elegancia mientras el hombrecillo moreno revoloteaba de puntillas.
—¡Hola, chicas!
El saludo, pronunciado con una caricia vocal inimitable en cada sílaba y pegado a su oído, hizo que Edna saltase sobresaltada. Un joven lampiño de cara redonda le dedicaba una sonrisa bondadosa. Su maquillaje era el del típico vagabundo, aunque le faltaban las inevitables patillas.
—Oh, no tardaré ni un minuto en ponérmelas —explicó, adivinando lo que ella buscaba con los ojos y agitando en la mano el adorno en cuestión—. Es que me hacen sudar —continuó. Luego añadió—: ¿Cuál es su número?
—Soprano romántica —respondió ella, intentando parecer natural y tranquila.
—¿Por qué lo hace? —preguntó él sin andarse con rodeos.
—Para divertirme. ¿Para qué, si no? —replicó Edna.
—Eso me pareció nada más verla. No trabajará para un periódico, ¿verdad?
—Solo he conocido a un director de periódico en mi vida —contestó con evasivas—, y yo… él… bueno, no nos llevamos bien.
—¿Fue a pedirle empleo?
Edna asintió con la cabeza sin darle importancia, aunque empezaba a ponerse nerviosa y se devanaba los sesos para encontrar la forma de cambiar de tema.
—¿Y qué le dijo?
—Que esa semana ya habían ido otras dieciocho chicas.
—La echó con cajas destempladas, ¿eh? —El joven de cara redonda se rio y se dio una palmada en los muslos—. Verá, es que no nos fiamos. A los dominicales les encantaría contar la noche de aficionados con pelos y señales, pero el director no está de acuerdo. Se le salen los ojos de las órbitas solo de pensarlo.
—¿Y cuál es su número? —preguntó ella.
—¿Cuál? ¿El mío? Esta noche hago el del vagabundo. Verá, es que soy Charley Welsh.
Le pareció que con solo mencionar su nombre el joven pensaba que todo estaba aclarado, pero ella solo pudo comentar con educación:
—¡Oh! ¡No me diga!
Le entraron ganas de reírse al ver el gesto de decepción que asomó a su rostro, pero consiguió dominarse.
—Vamos —dijo él con brusquedad—, no puede decirme en serio que nunca ha oído hablar de Charley Welsh. Debe de ser usted muy joven. Porque soy un Único, un aficionado Único. Tiene que haberme visto. Estoy en todas partes. Podría ser profesional, pero gano más pasta actuando como aficionado.
—¿Y qué es un único? —preguntó ella—. Quiero aprender.
—Claro —respondió galante Charley Welsh—, yo la pongo al corriente. Un único es alguien sin igual, el que hace un tipo de número mejor que los demás. Ése es un único, ¿entiende?
Edna entendió.
—Si quiere saber cómo es este mundo, fíjese en mí —continuó—. Soy un aficionado único en todos los aspectos. Hoy me toca destrozar el número del vagabundo. Es más difícil destrozarlo que hacerlo bien, pero también es actuar, es de aficionados, es arte. ¿Entiende? Yo lo hago todo, desde monólogos judíos, pasando por canciones deportivas, hasta comedia holandesa. Claro, soy Charley Welsh, Charley Welsh, el Único.
Y de esa forma, mientras el hombrecito moreno y la mujerona rubia trinaban melodiosamente en el escenario y los demás profesionales los seguían en la representación de sus números, Charley Welsh puso a Edna al corriente, aportando mucha información superflua y variada y otras cosas que ella almacenó para el Sunday Intelligencer.
—Bueno, ya estamos —dijo de repente—. Ahí viene su alteza a buscarla. Es usted la primera de la lista. No se preocupe por el jaleo que se armará cuando salga. Usted termine su número como una señora.
En ese momento Edna sintió que su ambición periodística la abandonaba y fue consciente de que por encima de todo deseaba estar en cualquier otro sitio. Pero el director, como un ogro, le cortó la retirada. Oía los primeros compases de su canción interpretados por la orquesta y los ruidos del público desvanecerse en un silencio expectante.
—Adelante —susurró Letty, apretándole la mano.
Y desde el otro costado le llegó la voz imperiosa de Charley Welsh:
—¡No meta la pata!
Sin embargo, le pareció que sus pies habían echado raíces allí mismo y se apoyó sin fuerzas en uno de los decorados. La orquesta empezaba de nuevo y una voz aflautada sonó solitaria desde el público, con una claridad asombrosa:
—¡Vaya misterio! ¡Que alguien encuentre a Nannie!
La salida fue recibida a carcajadas y Edna retrocedió aún más, pero la mano fuerte del director descendió sobre su hombro y con un movimiento rápido y enérgico la lanzó al escenario. La mano y el brazo habían quedado a la vista y el público, comprendiendo la situación, vociferó y se rio en consecuencia. La orquesta quedó ahogada por el impresionante alboroto y Edna veía los arcos moverse sobre los violines sin, en apariencia, arrancarles sonido alguno. Así no podía empezar ni seguir el ritmo de la orquesta y, mientras esperaba con los brazos en jarras, esforzándose por oír la música, el público recrudeció el jaleo (uno de sus trucos preferidos —supo ella más tarde— para desconcertar al aficionado: evitar que oyese a la orquesta).
Pero Edna empezaba a recuperar su presencia de ánimo. Fue consciente de que, desde el foso al gallinero, se extendía un amplio mar de rostros sonrientes y distorsionados por la risa, de oleadas de carcajadas que llegaban una tras otra, y entonces su sangre escocesa se enfrió y se enfadó. La orquesta afanada, aunque silenciosa, le dio la entrada y, sin emitir un solo sonido, Edna empezó a mover los labios, a extender los brazos hacia delante y a balancear el cuerpo como si de verdad estuviese cantando. El público redobló sus esfuerzos por ahogar la voz de la joven, pero ella, muy serena, continuó representando su pantomima. La situación parecía eternizarse cuando la audiencia, cansada de su broma y con ganas de escuchar, se calló de repente y descubrió el número mudo que Edna había estado representando. Durante un minuto todo fue silencio, excepto la orquesta, mientras los labios de ella se movían sin emitir sonido alguno. Entonces los asistentes comprendieron que habían sido engañados y volvieron a armar jaleo, aunque esta vez con aplausos que reconocían la victoria de la joven. Edna eligió ese momento para irse y, con una reverencia y caminando de espaldas, salió del escenario y se dejó caer en brazos de Letty.
Lo peor había pasado y aprovechó el resto de la velada para deambular entre los aficionados y los profesionales, hablando, escuchando, observando, descubriendo lo que significaba cada cosa y tomando nota mental de todo ello. Charley Welsh se nombró a sí mismo su tutor y ángel de la guarda, y representó tan bien la tarea autoasignada que, al terminar, Edna se sintió perfectamente preparada para escribir su artículo. Pero la propuesta consistía en realizar dos números y su valor la empujaba a cumplir con lo pactado. Además, durante los días intermedios, descubrió algunas impresiones fugaces que debía verificar; por eso el sábado regresó al teatro con su cesta y con Letty.
Al parecer el director la estaba buscando y Edna sorprendió una expresión de alivio en sus ojos cuando la vio. Se acercó corriendo, la saludó y se inclinó ante ella con un respeto ridículamente opuesto a su comportamiento anterior, propio de un ogro. Mientras se inclinaba, por encima de sus hombros vio que Charley Welsh le guiñaba un ojo.
Pero las sorpresas no habían hecho más que empezar. El director le pidió que le presentara a su hermana, charló animadamente con las dos y se esforzó por resultar agradable. Incluso llegó al extremo de darle a Edna un camerino para ella sola, ante la tremenda envidia de las otras tres damas aficionadas que había conocido en la ocasión anterior. Edna estaba perpleja y hasta que no se tropezó con Charley Welsh en el pasillo no logró arrojar luz sobre aquel misterio.
—¡Hola! —saludó él—. Todo va bien, ¿eh? No tendrá queja.
Ella sonrió con alegría.
—Seguro que cree que es usted periodista. Casi me parto cuando lo vi deshaciéndose en saludos y zalamerías. Pero, sea sincera conmigo, usted no es periodista, ¿verdad?
—Ya le conté mi única experiencia con el director de un periódico —se protegió ella—. Fui sincera entonces y lo sigo siendo ahora.
Pero Charley Welsh, el Único, negó con la cabeza como si no las tuviese todas consigo.
—No es que a mí me importe —afirmó—. Si lo es, concédame un par de líneas y hágame publicidad, pero de la buena, ya me entiende. Si no lo es, no pasa nada. Lo que está claro es que no es como nosotros.
Después de su número, que esta vez representó con la sangre fría de una vieja veterana, el director volvió a la carga y, tras decir algunas cosas agradables y mostrarse complaciente, fue directo al grano.
—Espero que nos trate bien —dijo en tono insinuante—. Que sea justa y todo eso.
—Oh —respondió ella, de lo más inocente—, jamás conseguirá convencerme para que haga otro número. Sé que al parecer he gustado y que a usted le encantaría que me quedase, pero de verdad que no puedo.
—Ya sabe a qué me refiero —afirmó él, recuperando en parte su actitud intimidante.
—No. Le aseguro que no lo sé —insistió ella—. El vodevil agota los nervios de cualquiera o al menos los míos.
Entonces el hombre pareció desconcertado, como si dudase, y prefirió no continuar con el tema.
Pero el lunes por la mañana, cuando Edna entró en su despecho para cobrar sus dos números, fue él quien la desconcertó a ella.
—Sin duda me ha entendido mal —mintió con facilidad—. Recuerdo que hablé de pagarle los desplazamientos. Eso siempre lo hacemos, claro está, pero nunca pagamos a los aficionados. Eso le quitaría toda la chispa y la gracia. No, Charley Welsh le tomó el pelo. No cobra nada por sus actuaciones. Ningún aficionado cobra. Es una idea ridícula. Pero aquí tiene cincuenta centavos, que cubrirán también los desplazamientos de su hermana. Y —añadió con zalamería— en nombre del Loops, permita que le agradezca la amable y exitosa contribución de sus servicios.
Esa tarde, según la promesa realizada a Max Irwin, dejó en sus manos el artículo mecanografiado. Mientras lo leía, el periodista asentía de vez en cuando con la cabeza y hacía algún que otro comentario elogioso: «¡Bien! ¡Eso es! ¡Bien escrito! ¡Ha captado el matiz psicológico! ¡De eso se trata! ¡Lo ha captado! ¡Excelente! Aquí flojea un poco, pero tiene arreglo. ¡Tiene fuerza! ¡Energía! ¡Intensidad! ¡Las imágenes son muy buenas! ¡Excelente, sí, señor!».
Cuando llegó al final de la última página, le tendió la mano y le dijo:
—Mi querida señorita Wyman, la felicito. Debo decir que ha superado mis expectativas, a pesar de que eran muchas. Es usted una periodista nata. Tiene garra y sin duda podrá dedicarse a esto. El Intelligencer lo publicará, de eso estoy seguro y la contratarán. Tienen que contratarla. Y si no lo hacen ellos, lo hará cualquier otro periódico.
—Pero hay un problema —añadió un minuto después, con el rostro serio—. No dice nada sobre lo que cobró por representar sus números y ese es uno de los puntos fuertes del artículo. Recordará que se lo dije expresamente.
—No nos vale —afirmó mientras sacudía la cabeza, preocupado, tras oír las explicaciones de ella—. Tiene que cobrar ese dinero como sea. Veamos. Déjeme que lo piense.
—No se preocupe, señor Irwin —dijo ella—. Ya le he molestado bastante. Pero si me permite usar su teléfono, intentaré hablar otra vez con el señor Symes.
Irwin se levantó de la silla que ocupaba junto al escritorio y Edna cogió el auricular.
—Charley Welsh está enfermo —dijo cuando contestaron—. ¿Cómo? ¡No! No soy Charley Welsh. Charley Welsh está enfermo y su hermana desea saber si puede ir ella esta tarde a cobrar su paga.
—Dígale a la hermana de Charley Welsh que Charley Welsh ha venido esta mañana y ha cobrado su paga en persona —fue la respuesta del director, en su tono seco y grosero de siempre.
—Muy bien —continuó Edna—. Y ahora Nan Bellayne desea saber si ella y su hermana pueden ir esta tarde a cobrar la paga de Nan Bellayne.
—¿Qué ha dicho? ¿Qué le ha dicho? —preguntó Max Irwin, entusiasmado, al ver que la joven colgaba el teléfono.
—Que Nan Bellayne era demasiado para él y que ella y su hermana pueden ir esta tarde a llevarse su paga y, de propina, las llaves del Loops.
—Una cosa más —Irwin la interrumpió cuando le daba las gracias en la puerta, como la vez anterior—. Ahora que ha demostrado lo mucho que vale usted, consideraría un privilegio que me permitiera escribirle una carta de recomendación para los del Intelligencer.
[1901]

Deja un comentario