Texto aleatorio

DESEMBOCADURA DEL RÍO STUART,

TERRITORIO NOROESTE,

25 DE DICIEMBRE DE 1897

QUERIDA MADRE:

Aquí estamos, sanos y salvos y cómodamente instalados para pasar el invierno. Aún no hemos recibido ninguna carta, así que imaginará lo mucho que deseamos tener noticias de casa. Estos son los días más cortos del año y el sol ya no sale, ni siquiera a las doce.

El tío Hiram y el señor Carter han ido a Dawson para registrar la concesión de varios placeres y recoger el correo, si hay. Se han llevado el trineo y los perros porque debían viajar sobre el hielo. Esperábamos que volvieran para la comida de Navidad, pero supongo que George y yo tendremos que comer solos.

Cocino yo, así que puede estar segura de que será un festín estupendo. Primero empezaremos por lo más básico. Tendremos panceta, porotos, pan de masa fermentada y…

PARECÍA PERPLEJO y, tras rascarse indeciso la cabeza un par de veces, dejó la pluma. Intentó continuar en una o dos ocasiones, pero acabó por abandonar con una expresión indignada en el rostro. Era un joven robusto de dieciocho o diecinueve años y el alegre brillo que acechaba en sus ojos desmentía su falso descontento.

Estaba sentado en una cabaña pequeña, calentita y confortable. Construida con troncos sin descortezar, cuyo interior no medía más de tres metros por tres y medio, y calentada por una crepitante cocina portátil del Yukón1, a él le parecía más acogedora que cualquiera de las casas en las que había vivido, excepto una, por supuesto: la que era su hogar de verdad.

Los dos catres, la mesa y la cocina ocupaban dos tercios de la habitación, pero se aprovechaba hasta el último centímetro del espacio. Los revólveres, rifles, cuchillos de caza, cinturones y ropas colgaban de tres de las paredes, en una mezcla confusa de lo más pintoresca, y la que quedaba estaba oculta por unas baldas que contenían todos sus utensilios de cocina. Aunque ya eran las once de la mañana, afuera predominaba una especie de crepúsculo y dentro la oscuridad habría sido total de no estar encendida la lámpara de grasa, que no era más que una taza de hojalata poco profunda llena de grasa de beicon. Un trozo de algodón para sellar hacía de mecha y el calor de la llama derretía la grasa a la velocidad necesaria.

Se acodó en la mesa y se dedicó a observar la lámpara. En realidad no le interesaba y ni siquiera era consciente de mirarla, tan concentrado estaba en intentar descubrir qué más podría añadir a la comida.

En ese momento alguien abrió la puerta y un joven fornido entro con una ráfaga de aire frío, quitándose las raquetas a patadas en el umbral.

—Ya va siendo hora de comer, ¿no? —preguntó en tono brusco al despojarse de las manoplas.

Pero su hermano Clarence acababa de descubrir que panceta, porotos y pan empezaban por «p» y no le contestó. George traía el rostro cubierto de hielo y se contentó con mantenerlo sobre la cocina para que se derritiera. El golpeteo de los pedacitos de hielo sobre la plancha de hierro empezaba a resultar monótono cuando Clarence decidió responder haciendo una pregunta.

—¿A qué representa la «p»?

—A porquería, por supuesto —fue la rápida respuesta que obtuvo.

—Estoy de acuerdo —dijo y suspiró con solemnidad.

—Pero ¿y la comida? Cocinas tú. Ya es hora de empezar. ¿Qué has estado haciendo? ¡Oh, estabas escribiendo! Déjame ver.

Se quedó boquiabierto al llegar a lo de «panceta, porotos y pan» y dijo:

—No es buena idea escribir a casa y decirles que solo comeremos eso en Navidad. Se preocuparían mucho. Oye, ¿no tenemos manzanas deshidratadas?

—Media taza. No basta para una tarta.

—Aumentarán, tonto. Siéntate y añade tarta de manzana a esa lista. Y ya de paso incorpora también unos bollos rellenos de manzana. Podemos intentarlo. metemos dos pedazos de manzana en dos trocitos de masa y los cocemos. No te des por vencido. Cuando lean esa carta creerán que vivimos como príncipes.

Clarence hizo lo que le decían y luego se sentó con semejante gesto de duda en el rostro que George se puso nervioso y se sintió indeciso.

—No es gran cosa, la verdad —murmuró—. A ver si encontramos algo más… pan, tortitas y… y… salsa espesa de harina, claro.

—Los porotos podemos hornearlos, cocerlos y freírlos —sugirió Clarence—, pero ¿qué se puede hacer con la panceta, si no es freiría?

Pues sancocharla y eso cuenta como otro plato. Ya van nueve. ¿Cuántos más quieres? —dijo su hermano y, para cambiar de tema, añadió—: ¿Cuánto frío crees que hará?

Clarence le echó una ojeada crítica al hielo que se había formado en las rendijas de la puerta y luego dio su veredicto:

—Menos de 35 °C bajo cero.

—El termómetro de alcohol marca 55 °C bajo cero y sigue bajando.

George no pudo evitar que a su voz asomase un tonillo exultante, aunque si le hubiesen preguntado a qué se debía no habría sabido responder.

—Y el agua se congela a 0 °C dijo Clarence y empezó a calcular—. Imagínate la cara de sorpresa que pondrían en casa si supieran que estamos a tantos grados bajo cero.

Y así, como en el fondo eran unos críos, olvidaron temporalmente su monótona dieta mientras discutían animados sobre el cómo y el porqué del frío. Pero cuando uno padece de un apetito saludable no puede huir de él durante mucho tiempo y a las doce empezaron a cocinar su frugal almuerzo.

George acudió a la despensa escondida en busca de la panceta y empezó a rebuscar en los sitios más raros para ver si encontraba algo. La despensa —el lugar donde almacenaban la comida para mantenerla apartada de los perros nativos, perpetuamente hambrientos— había sido construida sobre la parte de atrás de la cabaña. Clarence oyó el jaleo que estaba montando y cuando empezó a gritar: «¡Eureka! ¡Eureka!», salió corriendo para ver qué ocurría.

—¡Maná, hermano mío! ¡Es el maná que cayó del cielo para los hambrientos hijos de Israel! gritó al agitar una lata grande por encima de su cabeza—. Sopa de tortuga falsa. La encontré en la caja de herramientas —continuó diciendo mientras entraban en la cabaña.

Cierto, se trataba de una lata de un litro de una sopa de tortuga muy rica y especialmente preparada. Cantaron, bailaron y se mostraron tan alegres como si hubiesen encontrado una mina de oro. Clarence añadió el artículo al menú de su carta mientras George se esforzaba por convertirlo en dos platos distintos o incluso más. Parecía tener un don especial para esa clase de trabajo, pero nunca sabremos cuántos platos tentadores habría sido capaz de inventar con ella porque en ese momento oyeron que una traílla de perros ascendía la orilla del río frente a la cabaña.

Enseguida se abrió la puerta y entraron dos desconocidos. Ofrecían una imagen grotesca. Sus cabezas eran dos enormes bolas de hielo con pequeños agujeros donde deberían haber estado las bocas, a través de los que respiraban. Incapaces de abrir la boca o de hablar, estrecharon las manos de los chicos y se acercaron a la cocina. Clarence y George se miraron y observaron con curiosidad a sus extraños visitantes.

—Bueno, la cosa va como sigue —empezó a decir uno de ellos tras quitarse los últimos pedazos de hielo del bigote—: Mi amigo y yo hemos estado dos meses en el Mazy May sin nada que comer excepto carne. Ni harina, ni alubias, ni beicon. Llegó un momento en que nos sentamos para hablarlo y yo le dije: «Oye, Jim, ¿qué te parece si cruzamos la divisoria, nos acercamos a algún campamento del Yukón y volvemos a comer de forma civilizada? ¿No te apetece una comida de Navidad como es debido?», y él contestó: «Estoy de acuerdo, vámonos ahora mismo». Y aquí estamos. ¿Cómo andáis de carne? Afuera, en el trineo, tendremos entre cuarenta y cinco y cincuenta kilos.

En el momento en que Clarence y George le aseguraban que era muy bien recibido, el otro hombre se libró de la última traba para hablar y dijo:

—Eh, muchachos, ¿no tendréis por ahí un poco de pan que os sobre? No sabéis las ganas que tengo de comer pan.

—¡Oye, Jim, cállate! —exclamó indignado su amigo—. Estos chicos van a pensar que te mueres de hambre. ¿Acaso no has comido cuanto has querido?

—Sí —fue la triste respuesta—. Pero solo carne y nada más que carne.

Clarence acabó con la discusión poniendo la mesa con pan de masa fermentada y beicon frío, tras hacerles prometer que eso no les quitaría el apetito para la comida. Los pobres hombres trataron el pan con reverencia y se deshicieron en elogios a su calidad. Luego salieron, desengancharon a los perros y volvieron a entrar llevando consigo unas magníficas piezas de carne de alce. Al verlas, a los chicos se les hizo la boca agua, ya que echaban tanto de menos la carne como los otros el pan.

—Chuletón de alce —susurró George—, filete, solomillo y lomo. Hígado y beicon, asado de costilla, estofado de alce y mollejas fritas. Corre, Clarence, y añádelos al menú.

—No me vuelvas loco. Cocino yo y yo mando, así que tu obedeces. Coge un pedazo de esa carne y vete a la cabaña que hay en la otra isla. A cambio te darán de todo, así que ocúpate de hacer un buen negocio.

Los desconocidos hambrientos se sentaron en el catre y observaron los preparativos con gesto satisfecho, mientras Clarence mezclaba y amasaba la masa para hacer más pan. Al poco regresó George con una taza de manzanas deshidratadas y cinco de ciruelas pasas, aunque todos se sintieron decepcionados al ver que no había podido obtener azúcar. Pero la comida ya prometía ser tan especial que renunciaron encantados a algo tan insignificante como el dulce.

Cuando Clarence se dedicaba a agregar grasa de beicon a la masa de la tarta, un segundo trineo se detuvo ante la puerta y entró otro desconocido. Su figura se recortó vívida unos instantes en el umbral. Aunque llevaba las cejas y las pestañas apelmazadas por el hielo, tenía el rostro perfectamente afeitado y, por tanto, libre de él. Desde los mocasines adornados con abalorios a sus enormes manoplas y gorro de piel de lobo siberiano, todas las prendas que llevaba revelaban que era uno de los reyes de Eldorado, como se llamaba a los millonarios propietarios de minas de Dawson.

Aunque su mandíbula cuadrada y sus ojos de un azul acerado indicaban una fuerza de voluntad indomable y firme, era un hombre de aspecto agradable. Llevaba un cinturón de cuero en la cintura, del que colgaban dos enormes revólveres Colt y un cuchillo de cazador, y en la mano, además del látigo para guiar a los perros, portaba un rifle de pólvora sin humo, del calibre más grande y último modelo. Eso les llamó la atención porque los hombres del Klondike casi nunca van armados y cuando van es por pura necesidad.

Enseguida contó su historia. Su traílla de siete perros, la mejor de la región y por la que hacía poco tiempo había rechazado cinco mil dólares, había sido robada unos días antes. Encontró la pista y descubrió que los ladrones intentaban salir de la zona sobre el hielo, así que pidió prestada una traílla de perros y fue tras ellos.

Se quedaron asombrados por su velocidad, ya que había salido de Dawson a medianoche y recorrido los ciento veinte kilómetros de distancia en doce horas. Quería que los animales descansaran y dormir unas horas él también antes de continuar con la persecución. Dijo que estaba seguro de que los alcanzaría porque habían cometido la imprudencia de partir con un trineo de cuarenta y cinco centímetros de ancho, cuando los trineos normales para los caminos del Yukón solo median cuarenta centímetros, por eso se veían obligados a abrir camino constantemente para uno de los patines, mientras que él ya se lo encontraba abierto.

Reconocieron al grupo en cuya persecución iba y le aseguraron que sin duda los alcanzaría tras otras doce horas de camino. Luego le dieron la bienvenida y lo invitaron a comer. Para su sorpresa, cuando volvió a entrar tras desenganchar y dar de comer a los perros, trajo consigo varios kilos de azúcar y dos latas de leche condensada.

—Imagino que los que vivís río arriba no contaréis con demasiados lujos —dijo mientras lo depositaba todo sobre la mesa—, y como quería viajar ligero he traído estas cosas para cambiarlas por alubias y harina cuando me surgiera la oportunidad. No, no me deis las gracias. Voy a comer con vosotros. Avisadme cuando esté todo listo.

Se subió a uno de los catres y se durmió al instante.

—Oye, Jim, eso sí que es viajar, ¿no crees? —dijo el hombre del Mazy May con tanto orgullo en la voz como si se hubiese tratado de él mismo—. Ciento veinte kilómetros en doce horas y con tanto frío que no habrá podido viajar más de la mitad del tiempo. Si hubieses hecho una cosa así habrías desaparecido del mapa.

—A ver si te crees que no sé viajar —contestó su amigo.

Pero antes de que pudiera explicar lo buen viajero que era, sus perros y los del recién llegado empezaron a pelearse y hubo que separarlos.

Por fin estuvo lista la comida y en el momento en que despertaban al rey de Eldorado llegaron el tío Hiram y el señor Carter.

—En Dawson no había ni un kilo de azúcar ni una lata de leche a la venta —dijo y se quedó boquiabierto al ver el azúcar y la leche sobre la mesa. Luego, con timidez, contribuyó con un litro de miel espesa.

Ese añadido hizo necesario un cambio en el menú, de manera que, cuando por fin se sentaron a comer, al primer plato de sopa de tortuga falsa le siguieron tortitas calientes con miel. A medida que las exquisiteces de la comida civilizada —como ellos las llamaban— iban apareciendo una tras otra, los ojos de los hombres del Mazy May se fueron abriendo más y más y se quedaron sin habla.

Pero aún les esperaba una sorpresa más. Oyeron el tintineo de unos cascabeles y entró otro viajero cubierto de hielo que solicitaba su hospitalidad. El recién llegado era un periodista de Associated Press que iba camino de Dawson desde Estados Unidos. Lo primero que preguntó fue por el paradero de un tal don Hiram Donaldson, que al parecer acampaba en el Yukón, cerca de la desembocadura del río Stuart. Cuando le señalaron al tío Hiram, el periodista le entregó una carta de presentación del sindicato minero al que él, el señor Donaldson, representaba. Pero eso no fue todo. También le dio un espeso fajo de cartas: las ansiadas cartas de casa.

—¡Caramba! ¡Esto lo supera todo! —dijo el hombre del Mazy May después de haber hecho un hueco en la mesa para el último en llegar. Pero su compañero tenía la boca tan llena de bollo de manzana que solo pudo poner los ojos en blanco para mostrar su acuerdo.

—Ya sé qué significa la «p» —susurró George sobre la mesa en dirección a Clarence.

—Y yo. Significa portentoso. Con p mayúscula.

[1898]

  1. Cocina de chapa plegable, como una caja cuadrada, que los aventureros y exploradores se llevaban al Norte para usar como cocina y estufa. A pesar de su pequeño tamaño, permitía cocinar y hornear para un gran número de personas. ↩︎

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar