Texto aleatorio

DAVID RASMUNSEN era una persona dinámica y, al igual que muchos hombres singulares, era hombre de una sola idea. Por eso, cuando la llamada inequívoca del Norte llegó a sus oídos, imaginó la aventura de comerciar con huevos y dedicó toda su energía a sacarla adelante. En poco tiempo hizo cálculos y la empresa le pareció espléndida, iridiscente. Trabajó basándose en la premisa prudente de que los huevos se venderían a cinco dólares la docena en Dawson. Por lo que resultaba indiscutible que mil docenas le proporcionarían cinco mil dólares en la metrópoli del oro.

Por otro lado, debía tener en cuenta los gastos, cosa que hizo con atención porque era sensato, muy práctico, de cabeza dura y un corazón que la imaginación nunca lograba enardecer. A quince céntimos la docena, el coste inicial de las mil docenas sumaría ciento cincuenta dólares, una simple bagatela a la vista del enorme beneficio. Y suponiendo —solo suponiendo, para ser terriblemente extravagante por una vez— que su transporte y el de los huevos ascendiera a ochocientos cincuenta más, aún le quedarían cuatro mil dólares de beneficio neto cuando hubiese vendido el último huevo y guardado el oro en su saco.

—Ya lo ves, Alma —le dijo a su mujer, en el acogedor comedor sumergido en un mar de mapas, estudios topográficos, guías e itinerarios por Alaska—. Mira, los gastos no son gran cosa hasta llegar a Dyea: bastarán cincuenta dólares, incluido el pasaje en primera. Desde Dyea al lago Lindeman los porteadores indios llevan la carga por veinticuatro céntimos el kilo, veinticuatro dólares cien kilos o doscientos cuarenta, mil kilos. Digamos que yo llevo setecientos cincuenta kilos: me costará ciento ochenta dólares. Pongamos doscientos para estar seguros. Uno que acaba de volver del Klondike me ha dicho, y puedo fiarme de él, que podré comprar un barco por trescientos. Pero ese mismo hombre afirma que sin duda conseguiré un par de pasajeros y que cada uno pagará ciento cincuenta dólares, así que el barco me saldrá gratis y, además, me ayudarán a tripularlo y… Eso es todo. En Dawson bajaré los huevos a tierra. Veamos, ¿a cuánto asciende el total?

—Cincuenta dólares de San Francisco a Dyea, doscientos de Dyea a Lindeman, los pasajeros cubren el gasto del barco, así que todo suma doscientos cincuenta dólares —resumió ella enseguida.

—Y cien para mi ropa y equipo personal —continuó él, encantado—, lo que me deja un margen de quinientos dólares para emergencias. ¿Y qué emergencias podrían surgir?

Alma se encogió de hombros y elevó las cejas. Si la enorme región septentrional era capaz de tragarse a un hombre y mil docenas de huevos, sin duda quedaría espacio de sobra para cualquier otra cosa que él pudiera poseer. Eso pensó Alma, pero no dijo nada. Conocía demasiado bien a David Rasmunsen para llevarle la contraria.

—Aun doblando el tiempo por los posibles retrasos, haría el viaje en dos meses. ¡Piénsalo, Alma! ¡Cuatro mil dólares en dos meses! Mucho más que los miserables cien dólares que gano ahora. Podríamos construir en las afueras para tener más espacio, con gas en todas las habitaciones y con vistas, y el alquiler de la cabaña cubrirá los impuestos, el seguro, el agua y aún nos sobrará algo. Por si fuera poco, existe la posibilidad de que encuentre oro y regrese millonario. Dime, Alma, ¿no crees que estoy siendo muy moderado?

¡Cómo iba Alma a pensar lo contrario! Además, ¿acaso su propio primo —aunque primo lejano, la oveja negra, el alocado, el bueno para nada de la familia— no había vuelto del misterioso Norte con cien mil dólares en polvo de oro? Eso sin hablar de que era dueño de la mitad del agujero del que había salido el oro.

El tendero de David Rasmunsen se quedó muy sorprendido cuando lo vio pesar huevos en la balanza situada al extremo del mostrador, aunque Rasmunsen se quedó más sorprendido aún al descubrir que una docena de huevos pesaba setecientos cincuenta gramos, ¡así que sus mil docenas pesarían setecientos cincuenta kilos! El total del peso que había calculado, contando con la ropa, mantas y utensilios de cocina, sin hablar de la comida que debía consumir por el camino. Desestimó sus cálculos y se disponía a rehacerlos cuando se le ocurrió la idea de pesar huevos más pequeños. «Porque ya sean grandes o pequeños, una docena de huevos es una docena de huevos», pensó sabiamente. Descubrió que una docena de huevos pequeños pesaba seiscientos veinticinco gramos. Por eso la ciudad de San Francisco se vio infestada de emisarios ansiosos, y los comisionistas y asociaciones de granjeros se sobresaltaron por la repentina demanda de huevos que no pesaran más de seiscientos gramos por docena.

Rasmunsen hipotecó su pequeña cabaña por mil dólares, organizó una estancia prolongada de su mujer con su familia, abandonó su empleo y puso rumbo al Norte. Para mantenerse dentro del presupuesto se conformó con un pasaje de segunda que, debido a la avalancha de viajeros, era peor que ir en tercera. A finales de verano, pálido y tambaleante, desembarcó con sus huevos en la playa de Dyea. Pero no tardó en recuperar fuerzas y apetito. Su primer encuentro con los porteadores de Chilkoot le hizo cambiar de actitud y lo volvió aún más tenaz. Le pidieron ochenta centavos por kilo por un porteo de cuarenta y cinco kilómetros, y mientras recuperaba el aliento y tragaba, el precio subió a ochenta y seis. Quince indios musculosos se echaron sus bultos a la espalda por noventa centavos, pero los volvieron a dejar al recibir una oferta por noventa y cuatro de un Creso de Skagway —con la camisa rota y un peto andrajoso— que había perdido sus caballos en el paso White y ahora intentaba desesperadamente cruzar por Chilkoot.

Pero Rasmunsen era puro coraje y encontró porteadores a un dólar que dos días después dejaron sus mil docenas intactas en Lindeman. Sin embargo, un dólar por kilo era igual que mil dólares la tonelada y sus setecientos cincuenta kilos habían agotado su fondo para emergencias y lo dejaron atrapado en una situación como la de Tántalo, en la que todos los días veía botes recién construidos zarpar hacia Dawson. Además, en el campamento en el que se construían los botes reinaba la ansiedad. Los hombres trabajaban frenéticamente, desde muy temprano y hasta muy tarde, al límite de sus fuerzas, calafateando, clavando y embreando con una prisa que tenía su explicación. Cada día la cota de nieve se deslizaba hacia abajo con sigilo desde las cumbres desoladas y rocosas, y llegaba vendaval tras vendaval, con aguanieve, granizo y nieve, y en los remolinos y remansos se formaba hielo nuevo que se espesaba según transcurrían las horas. Cada mañana, los hombres agotados volvían sus rostros macilentos hacia el lago para ver si ya había empezado a congelarse. Porque ese hielo anunciaba la muerte de sus esperanzas: poder flotar río abajo antes de que la navegación quedase cerrada en la cadena de lagos.

Para mayor angustia de Rasmunsen, descubrió que tenía tres competidores en el negocio de los huevos. Cierto era que uno de ellos, un alemán bajito, se había arruinado y se ocupaba él mismo de transportar su carga yendo y viniendo; pero los otros dos tenían los botes casi acabados y a diario suplicaban al dios de los mercaderes y comerciantes que sujetase al invierno con mano de hierro una jomada más. Sin embargo, la mano de hierro se cerró sobre la tierra. Los hombres se helaban en la ventisca que azotaba Chilkoot y, cuando quiso darse cuenta, Rasmunsen tenía los dedos de los pies congelados. Le surgió la oportunidad de subir con su carga, como pasajero, a bordo de un bote que zarpaba de inmediato, pero necesitaba doscientos dólares en efectivo y no tenía dinero.

—Te agradecería que esperaras un poco más —dijo el carpintero de ribera sueco que había descubierto su mina de oro allí mismo y era lo bastante listo como para darse cuenta—. Dame un poco más de tiempo y te haré un esquife estupendo.

A Rasmunsen eso le pareció una promesa de que podría seguir adelante, así que regresó hasta el lago Cráter, donde se encontró con dos corresponsales de prensa cuyo equipaje estaba esparcido desde Stone House, más allá del paso, hasta Happy House.

—Sí —les dijo, dándose importancia—, tengo mil docenas de huevos en Lindeman y están acabando de calafatear la última juntura de mi bote. He tenido mucha suerte al conseguirlo. Los botes están muy cotizados y es casi imposible hacerse con uno.

Inmediatamente, y casi con violencia física, los corresponsales clamaron que les permitiera ir con él, mientras agitaban los billetes ante sus ojos y pasaban las monedas doradas de mano en mano. Él no quiso ni oír hablar del asunto, pero insistieron y acabaron por convencerlo. Al final, de mala gana aceptó llevarlos por trescientos dólares cada uno. Por si fuera poco, se empeñaron en pagarle por adelantado. Y mientras escribían a sus respectivos periódicos sobre el buen samaritano de las mil docenas de huevos, el buen samaritano corría de vuelta a Lindeman para ver al sueco.

—¡Oye! ¡Dame ese bote! —dijo a modo de saludo mientras hacía tintinear las monedas de oro de los corresponsales y miraba con avidez la embarcación ya terminada.

El sueco lo observó, imperturbable, y negó con la cabeza.

—¿Cuánto te paga el otro? ¿Trescientos? Pues yo te doy cuatrocientos. Toma.

Intentó obligarle a coger el dinero, pero el otro retrocedió.

—No. Le dije que tendría el bote. Tú espera un poco y…

—Te doy seiscientos. Última oportunidad. Lo tomas o lo dejas. Dile al otro que te entendió mal.

El sueco titubeó.

—Sí —dijo por fin, y la última vez que Rasmunsen lo vio intentaba en vano explicarle al otro hombre el error cometido.

El alemán resbaló y se rompió el tobillo en el escarpado risco que se asoma sobre Deep Lake, vendió sus existencias a un dólar la docena y con las ganancias contrató a unos porteadores indios para que lo llevasen a Dyea. Pero la misma mañana en la que Rasmunsen zarpó con sus corresponsales, sus dos rivales lo siguieron.

—¿Cuántos llevas? —preguntó a gritos uno de ellos, un nativo de Nueva Inglaterra delgado y pequeño.

—Mil docenas —contestó orgulloso Rasmunsen.

—¡Ja! Te apuesto lo que quieras a que llego yo antes con mis ochocientas docenas.

Los corresponsales se ofrecieron a prestarle el dinero, pero Rasmunsen rehusó y el yanqui cerró el trato con el otro rival, un hijo del mar musculoso y marino de navíos y hombres que prometió enseñarles a todos un truquillo o dos cuando llegase el momento de correr. Y vaya si corrió, con una vela cuadrada de lona impermeable que a cada salto hacía que la proa se hundiese casi por completo. Fue el primero en alejarse de Lindeman, pero no quiso recurrir al porteo y lanzó el bote y la carga entre las rocas de los rápidos. Rasmunsen y el yanqui, quien también llevaba dos pasajeros, transportaron la carga a sus espaldas y después, con las embarcaciones ya vacías, bordearon los rápidos hasta Bennett.

Bennett era un lago estrecho y profundo que medía veinticinco millas náuticas de largo: un embudo entre montañas en el que las tormentas siempre se entretenían. Rasmunsen acampó en la playa de arena de su cabecera, donde había muchos hombres y embarcaciones que se dirigían al norte a pesar del invierno ártico. Al despertarse por la mañana aullaba y silbaba un vendaval del sur que atrapaba el frío de los picos nevados y los valles glaciares y soplaba tan helado como el viento del norte. Pero estaba despejado y vio que el yanqui pasaba junto al primer promontorio con todo el trapo desplegado. Bote tras bote se ponían en marcha y los corresponsales se lanzaron manos a la obra con entusiasmo.

—Lo pillaremos antes de Caribou Crossing —le aseguraron a Rasmunsen mientras desplegaban la vela y el Alma recibía el primer roción helado en la proa.

Rasmunsen siempre había tendido a portarse con cobardía en el agua, pero ahora agarraba el enfurecido timón de espadilla con gesto decidido y la mandíbula apretada. Sus mil docenas estaban en el bote, a la vista, a salvo bajo el equipaje de los corresponsales y le parecía que al mirarlas veía también su pequeña cabaña y la hipoteca de mil dólares.

Hacía un frío terrible. De vez en cuando subía la pala del timón a bordo y metía una nueva en el agua, mientras sus compañeros troceaban el hielo que la cubría para dejarla limpia. Cuando saltaba algún roción enseguida se convertía en escarcha y el botalón de la cebadera, al hundirse, pronto quedó cubierto de carámbanos. El Alma cruzaba a todo trapo y con mucho esfuerzo las enormes olas hasta el punto de que las junturas empezaron a abrirse, pero en lugar de achicar lo que los corresponsales hacían era picar el hielo a hachazos y arrojarlo por la borda. No había tregua. La desesperada carrera contra el invierno había comenzado y los botes avanzaban rasgando el hielo en una hilera apremiante.

—Si queremos salvarnos no podemos detenernos —dijo uno de los corresponsales. Los dientes le castañeteaban de frío, no de miedo.

—¡Eso es! ¡Mantenlo en el centro del cauce, amigo! —animó el otro.

Rasmunsen respondió con una sonrisa idiota. Las rígidas orillas estaban recubiertas de una capa de hielo que parecía espuma e incluso en el centro la única salvación era continuar huyendo de las olas gigantescas. Arriar la vela significaría permitir que los alcanzaran e inundaran. De vez en cuando pasaban junto a otros botes destrozados entre las rocas e incluso vieron uno al borde de los cachones y a punto de estrellarse. Una embarcación pequeña que iba tras ellos con dos hombres a bordo volcó y se quedó dada la vuelta.

—¡Cuidado, amigo! —gritó el hombre al que le castañeteaban los dientes.

Rasmunsen sonrió y agarró con más fuerza el timón. Muchas veces la fuerza del agua golpeaba contra la gran popa cuadrada del Alma y lo desviaba hasta que el grátil de la cebadera flameaba y resonaba, y solo empleando todas sus fuerzas conseguía enderezar el rumbo. Para entonces su sonrisa ya era inmutable y los corresponsales se sentían inquietos al mirarlo.

Pasaron veloces junto a una roca aislada que emergía a cien metros de la orilla. En su cima inundada por las olas un hombre gritaba de tal forma que logró, durante un instante, atravesar la tormenta con su voz. Pero al minuto siguiente el Alma había pasado de largo y la roca se convertía en un punto negro en medio de la espuma.

—¡Ahí se queda el yanqui! ¿Dónde está el marino? —gritó uno de los pasajeros.

Rasmunsen echó una ojeada por encima del hombro a una vela negra y cuadrada. La había visto surgir a barlovento entre el gris del día y, desde hacía una hora, la veía crecer al acercarse. Sin duda, el marino había reparado los daños sufridos en los rápidos y quería recuperar el tiempo perdido.

—¡Ahí viene!

Los dos pasajeros dejaron de picar el hielo para mirar. Habían recorrido ya veinte millas del lago Bennett y en ese espacio enorme las olas parecían montañas que ascendían hacia el cielo. Hundiéndose y alzándose otra vez entre ellas como un dios de la tormenta, el marino los adelantó. La enorme vela parecía agarrar con fuerza la embarcación para arrancarla de las crestas de las olas, sacarla en volandas del agua y arrojarla luego, ahogándola y estrellándola, a los profundos senos.

—¡Las olas nunca podrán con él!

—¡Pero será él quien sumerja la proa por completo!

En ese momento la negra lona impermeable quedó oculta tras una ola gigantesca. La siguiente rompió sobre aquel punto, y también la siguiente, pero la embarcación no reapareció. El Alma pasó veloz junto a la zona. Vieron un rifirrafe de remos y cajas. Un brazo se alzó y una cabeza peluda salió a la superficie a unos veinte metros de distancia.

Durante un rato reinó el silencio. Cuando por fin pudieron avistar el final del lago, las olas empezaron a saltar a bordo con tanta frecuencia que los corresponsales dejaron de picar hielo y se concentraron en achicar el agua con los cubos. Pero no bastaba y, tras consultarlo a gritos con Rasmunsen, atacaron el equipaje. Harina, beicon, alubias, mantas, cocina, cuerdas, esto y lo otro y todo cuanto encontraron se fue por la borda. El bote lo agradeció enseguida, entró menos agua y flotó mejor.

—¡Ya es suficiente! —gritó Rasmunsen, muy serio, al ver que habían llegado a las primeras cajas de huevos.

—¡De eso nada! —respondió furioso el que no paraba de temblar. A excepción de sus notas, carretes y cámaras, ellos habían sacrificado todas sus posesiones. Se agachó, cogió una caja de huevos y empezó a tirar de ella para librarla de las correas que la sujetaban.

—¡Déjala! ¡Te digo que la dejes!

Rasmunsen había conseguido desenfundar su revólver y, con el brazo doblado alrededor del timón, intentaba apuntar. El corresponsal se encontraba de pie sobre la bancada, balanceándose adelante y atrás, con el rostro retorcido de miedo e ira.

—¡Dios mío! —gritó el otro corresponsal y se arrojó, boca abajo, al fondo del bote.

El Alma, al no prestarle Rasmunsen toda su atención, había caído en las garras de una masa enorme de agua y giraba vertiginosamente. El grátil se ahuecó, la vela perdió el viento y el botalón barrió la cubierta con una fuerza aterradora, llevándose por delante al corresponsal enfadado, que cayó al agua con la espalda rota. El palo y la vela también desaparecieron por la borda. Una ola rompió sobre ellos, la embarcación dejó de avanzar y Rasmunsen corrió a ocuparse del cubo de achique.

Durante la siguiente media hora los adelantaron varios botes: embarcaciones pequeñas, como la de ellos, con miedo, incapaces de hacer otra cosa que no fuera correr hacia delante enloquecidamente. Entonces una barcaza de diez toneladas —en peligro inminente de acabar destruida— recogió velas a barlovento y avanzó pesadamente hacia ellos.

—¡Atrás! ¡Atrás! —gritó Rasmunsen.

Pero su borda baja rechinó al rozar la pesada embarcación y el corresponsal que quedaba trepó a bordo. Rasmunsen se lanzó a los huevos como un gato y en la proa del Alma luchó, con los dedos entumecidos por asegurar bien los cabos de transporte.

—¡Vamos! —le gritó un hombre de patillas rojas.

—Aquí tengo mil docenas de huevos —le devolvió el grito—. ¡Remólqueme! ¡Le pagaré!

—¡Vamos! —aullaron a coro todos los de arriba.

Una ola enorme rompió por detrás de ellos, atravesó la barcaza de extremo a extremo y casi se tragó al Alma. Los hombres soltaron amarras, maldiciéndolo mientras izaban la vela. Rasmunsen los maldijo a su vez y se puso a achicar. El mástil y la vela, como un ancla, aún sujetos por las drizas, mantenían la embarcación de frente al viento y a las olas y eso le daba una oportunidad de pelearse con el agua.

Tres horas después, entumecido, exhausto y parloteando como un lunático desembarcó en una playa cubierta de hielo cerca de Caribou Crossing. Dos hombres, un correo del gobierno y un voyageur mestizo, lo sacaron de las rompientes. Pusieron a salvo su carga y llevaron el Alma a la playa. Abandonaban la región en una canoa Peterborough y le permitieron pasar la noche en su campamento inmovilizado por el mal tiempo. Ellos partieron a la mañana siguiente, pero Rasmunsen prefirió quedarse allí con los huevos. A partir de entonces, el nombre y la fama del hombre de las mil docenas de huevos empezó a extenderse por la región. Los buscadores de oro que lograron entrar antes de la ola de frío llevaron la noticia de su llegada. Al oír mencionar su nombre, los canosos más traqueteados de Forty Mile y Circle City, los veteranos de mandíbula curtida y estómagos encallecidos por las alubias, visualizaban sus lejanos recuerdos de gallinas y productos verdes. Dyea y Skagway empezaron a interesarse por su estado y preguntaban por sus progresos a cada hombre que cruzaba los pasos, mientras que Dawson —la Dawson color de oro pero en la que no había tortillas— se ponía nerviosa y se preocupaba, y abordaba a cualquiera que llegase para interesarse por él.

Pero Rasmunsen no sabía nada de eso. Al día siguiente del naufragio, reparó el Alma y zarpó. Un viento del este cruel le soplaba en la cara desde Tagish, sin embargo sacó los remos y se enfrentó a él con valentía, aunque a veces se veía impulsado hacia atrás y tenía que pararse a picar el hielo de las palas. Según la costumbre de la zona se vio empujado a tierra en Windy Arm; en Tagish vieron tres veces cómo se lo tragaban las olas y luego llegaba a la playa; y el lago Marsh lo retuvo al congelarse por completo. El Alma se vio estrujado entre el atasco de témpanos, pero los huevos estaban intactos. Se los llevó haciendo varios viajes a lo largo de los más de tres kilómetros de hielo que lo separaban de la orilla, donde construyó una despensa que se mantuvo en pie muchos años después y sobre la que los hombres que sabían la historia llamaban la atención a los demás.

Entre Dawson y él se extendían más de ochocientos kilómetros y la vía fluvial estaba cerrada. Pero Rasmunsen, con un gesto tenso y peculiar en el rostro, emprendió el camino de regreso por los lagos a pie. Lo que sufrió en su viaje solitario, con solo una manta, un hacha y un puñado de alubias, jamás podrán saberlo los mortales corrientes y molientes. Eso únicamente puede comprenderlo el aventurero del ártico. Baste decir que una ventisca lo sorprendió en Chilkoot y tuvo que dejarle dos dedos del pie al cirujano de Sheep Camp. Pero se puso en pie de nuevo y fregó platos y cazuelas en la trascocina del Pawona, rumbo al estrecho de Puget y desde allí se encargó de alimentar con carbón las calderas de un vapor que se dirigía a San Francisco.

El hombre que entró cojeando y cruzó el suelo brillante del banco para solicitar una segunda hipoteca era un hombre descuidado y demacrado. Los huecos de las mejillas se percibían tras la barba desaseada y los ojos parecían haberse ocultado en las profundas cavernas, donde ardían con un fuego frío. Tenía las manos granulosas y cortadas por el frío y el trabajo duro, y las uñas ribeteadas de suciedad y polvo de carbón. Habló vagamente de huevos y témpanos de hielo, vientos y mareas; pero cuando aceptaron concederle solo otros mil dólares más, su conversación se tornó incoherente y se centró en el precio de los perros, la comida para perros y cosas como raquetas de nieve, mocasines y caminos en invierno. Le prestaron mil quinientos, que era más de lo que garantizaba la cabaña, y respiraron tranquilos cuando garabateó su firma y salió del banco.

Dos semanas después pasó Chilkoot con tres trineos, cada uno tirado por cinco perros. Él guiaba uno de los equipos y los dos indios que lo acompañaban se ocupaban de los otros. En el lago Marsh abrieron la despensa y cargaron los trineos. Pero no había camino. Él era el primero en cruzar el hielo y le tocó el esfuerzo de aplastar la nieve y abrirse camino entre las duras barreras de hielo del río. A menudo observaba, por detrás de él, el humo de una hoguera de campamento ascender en medio de la calma, y se preguntaba por qué aquella gente no lo adelantaba. Porque no tenía experiencia en aquellas regiones y no comprendía a qué se debía aquello. Tampoco entendía a sus indios cuando intentaban explicárselo. A ellos les parecía un sufrimiento innecesario, pero cuando se echaban atrás y se negaban a levantar el campamento por las mañanas él los obligaba a punta de pistola.

Cuando un puente de hielo se abrió cerca de White Horse y se le congeló el pie, aún delicado y sensible tras la anterior congelación, los indios esperaron que descansara unos días. Pero sacrificó una manta y, con el pie encerrado en un mocasín enorme, tanto como un cubo de agua, continuó cumpliendo con sus turnos en el trineo que iba en cabeza. Ése era el trabajo más cruel y los indios lo respetaban, aunque a sus espaldas se golpeaban la frente con los nudillos y negaban con la cabeza. Una noche intentaron huir pero el silbido de las balas en la nieve los obligó a regresar y lo hicieron convencidos, aunque gruñendo. Después, como no eran más que salvajes chilkats, decidieron concentrarse en matarlo; pero Rasmunsen dormía como un gato y no se les presentó la oportunidad, ni dormido ni despierto. A menudo intentaban explicarle el significado del rastro de humo que los seguía, pero no lograba entenderlos y empezó a sospechar de ellos. Cuando holgazaneaban o se mostraban hoscos, hacía el gesto de dispararles entre los ojos, y calmaba sus ánimos con solo mostrarles el revólver.

Y así continuó, entre hombres rebeldes, perros salvajes y un camino descorazonador. Luchaba con los hombres para que no lo abandonasen, luchaba con los perros para mantenerlos alejados de los huevos, luchaba con el hielo, el frío y el dolor del pie, que no se curaba. En cuanto el tejido se renovaba, la helada lo quemaba y penetraba en él, de manera que se convirtió en una llaga supurante en la que casi cabía un puño. Por las mañanas, la primera vez que lo apoyaba, la cabeza le daba vueltas y estaba a punto de desmayarse de dolor; pero a medida que el día avanzaba se le entumecía, aunque volvía a doler cuando se metía entre las mantas e intentaba dormir. Sin embargo él, que había sido oficinista y se pasaba los días sentado ante un escritorio, trabajaba arduamente hasta que los indios acababan exhaustos e incluso superaba en esfuerzo a los perros. No era capaz de ponderar la dureza de su esfuerzo y lo mucho que sufría. Al ser hombre de una sola idea, ahora que la tenía, esta lo dominaba. En primer plano para él siempre estaba Dawson y en segundo plano, sus mil docenas de huevos; y a medio camino, entre los dos, oscilaba su ego, siempre luchando por unirlos en un punto lleno de oro resplandeciente. Ese punto eran los cinco mil dólares, la consumación de su idea y punto de partida de cualquier otra idea nueva que pudiera ocurrírsele. Para todo lo demás, era un simple autómata. No se percataba de ninguna otra cosa, las veía como a través de un cristal opaco y no se paraba a pensar en ellas. Trabajaba con las manos de forma mecánica y lo mismo hacía con la mente. Así, el gesto de su rostro llegó a expresar tanta tensión que hasta los indios le tenían miedo y se asombraban ante aquel hombre blanco que los había esclavizado y les obligaba a trabajar de aquella forma.

En el lago Le Barge sufrieron una ola de frío, de esas en las que el frío del espacio exterior azota la cima del planeta y la temperatura llega a alcanzar -55 °C. Allí, mientras trabajaba con la boca abierta para poder respirar mejor, se congeló los pulmones y, durante el resto del viaje sufrió una tos seca, perruna, que lo atacaba sobre todo junto al humo de la hoguera, cuando la presión era mayor o cuando se esforzaba en exceso. En el río Thirty Mile encontró un buen tramo de aguas abiertas, cruzadas por puentes de hielo precarios y bordeadas por un estrecho cerco de hielo, tramposo e inestable. Resultaba imposible fiarse de aquel cerco de hielo, pero se lanzó sin pensarlo, echando mano del revólver cuando los indios pusieron reparos. Sin embargo, al llegar a los puentes de hielo, aunque estaban cubiertos de nieve, decidió tomar precauciones. Los cruzaron calzados con las raquetas de nieve y unas varas largas sujetas transversalmente a las que agarrarse en caso de accidente. En uno de esos puentes, donde la ausencia de hielo en el centro quedaba oculta bajo la nieve, uno de los indios encontró su final. Cayó tan limpia y rápidamente como un cuchillo atraviesa una capa de nata, y la corriente se lo llevó enseguida bajo la capa de hielo del resto del río.

Esa noche su compañero huyó a la pálida luz de la luna mientras Rasmunsen perforaba el silencio con su revólver, que utilizaba con más prisa que inteligencia. Treinta y seis horas después el indio llegó a un campamento de la Policía en el río Big Salmón.

—Ah, ah, hombre raro, ¿cómo llamar? Con la cabeza perdida —explicó un intérprete a un capitán perplejo—. ¿Eh? Sí, loco. Hombre loco. Huevos, huevos, solo huevos, ¿entender? Solo avanzar.

Rasmunsen tardó varios días en llegar, con los tres trineos unidos por correas y todos los perros en la misma traílla. Resultaba muy incómodo, y donde el camino era más difícil se veía obligado a desandarlo y recorrerlo trineo a trineo, aunque la mayor parte del tiempo conseguía, gracias a un esfuerzo hercúleo, hacerlos avanzar a la vez. Ni se inmutó cuando el capitán de la Policía le dijo que su indio ya iba hacia Dawson y que, para entonces, probablemente estaría a mitad de camino, entre Selkirk y Stewart. Tampoco pareció interesado cuando le informó de que la Policía había abierto el camino hasta Pelly, porque había alcanzado un punto en el que aceptaba con fatalismo cualquier designio de la naturaleza, ya fuese bueno o malo. Pero cuando le contaron que Dawson estaba dominada por una hambruna feroz, sonrió, enganchó los perros y partió.

En la siguiente parada comprendió el misterio del humo que lo seguía. Al conocer en Big Salmón la noticia de que el camino estaba abierto hasta Pelly, los demás ya no necesitaron seguir su estela y Rasmunsen, agazapado sobre su hoguera solitaria, presenció cómo lo adelantaba una abigarrada hilera de trineos. Primero pasaron el correo y el mestizo que lo habían sacado del lago Bennett, luego los correos que iban a Circle City —dos trineos—, y un grupo heterogéneo de hombres que iban al Klondike. Los perros y los hombres estaban descansados y gordos, mientras que el esfuerzo y el agotamiento habían dejado a Rasmunsen y sus animales en los huesos. Los de la columna de humo habían viajado un día de cada tres, descansando y reservando fuerzas para avanzar con prisa cuando llegasen a la zona donde el camino estaba abierto, mientras él caía y progresaba con dificultad, desmoralizando a sus perros y dejándolos sin energías.

Pero él era inquebrantable. Aquellos hombres gordos y descansados le agradecieron amablemente sus esfuerzos en favor de ellos, le dieron las gracias con enormes sonrisas y carcajadas procaces; entonces, aunque ya lo comprendía, no respondió. Tampoco se encerró en un silencio resentido. Era algo inmaterial. La idea —el hecho oculto tras la idea— no había cambiado. Él estaba allí con sus mil docenas y Dawson estaba allá: el problema permanecía igual.

En el río Little Salmón, al escasear la comida de los perros, los bichos se apropiaron de la suya y desde allí hasta Selkirk sobrevivió a base de alubias: alubias marrones y ásperas, enormes, muy nutritivas, que le machacaban el estómago y lo obligaban a detenerse cada dos horas. Pero el factor de Selkirk había colgado una nota en la puerta de su puesto en la que advertía que ningún vapor había circulado Yukón arriba desde hacía dos años y que por lo tanto el precio de la comida estaba por las nubes. Sin embargo, se ofreció a hacer un intercambio: una taza de harina por un huevo, pero Rasmunsen negó con la cabeza y siguió adelante. Pasado el puesto consiguió comprar piel de caballo congelada para los perros, procedente de los caballos que los chilkats habían matado y cuyos restos los indios solían conservar. Él también probó la piel, pero el pelo se metía en las llagas que tenía en la boca, provocadas por las alubias, y el dolor resultaba insoportable.

Allí, en Selkirk, se encontró con la avanzadilla del éxodo de hambrientos que huía de Dawson y desde entonces se los fue cruzando por el camino, todos en muy mal estado. «¡No hay comida!», era lo que repetían. «No hay comida y tuve que irme». «Todos hacen acopio porque en primavera subirá más el precio». «La harina está a tres dólares el kilo y nadie vende».

—¿Los huevos? —respondió uno de ellos—. A dólar la pieza, pero ya no hay.

Rasmunsen hizo un cálculo rápido.

—Doce mil dólares —dijo en voz alta.

—¿Qué? —preguntó el hombre.

—Nada —contestó y azuzó a los perros para que avanzasen más rápido.

Cuando llegó al río Stewart, a ciento doce kilómetros de Dawson, había perdido cinco de los perros y los demás caían bajo los tirantes del arnés. Él también se había puesto el arnés y tiraba con la poca fuerza que aún tenía. Aun así conseguía avanzar quince kilómetros diarios. Los pómulos y la nariz, congelados una y otra vez, tenían un aspecto horrible, negros y sanguinolentos. El pulgar, separado del resto de los dedos por la vara para impulsar el trineo también se había helado y lo atormentaba. El mocasín gigantesco aún le envolvía el pie y unos dolores muy raros empezaban a torturarle la pierna. En Sixty Miles se le terminaron las alubias, que ya llevaba tiempo racionando, pero se negó rotundamente a comer ni un solo huevo. No lograba convencerse de que tenía derecho a hacerlo y continuó tambaleándose y cayéndose hasta llegar al río Indian. Allí, un alce recién cazado y un veterano generoso dieron nuevas fuerzas a él y a sus perros y, en el arroyo de Ainslie, se sintió recompensado por todo lo sufrido cuando los miembros de una estampida que había salido de Dawson cinco horas antes le dijeron que sin duda conseguiría un dólar y cuarto por cada uno de los huevos que llevaba.

Ascendió el empinado terraplén junto al cuartel de Dawson con el corazón palpitante y las rodillas temblorosas. Los perros estaban tan débiles que se vio obligado a dejarlos descansar y, mientras esperaba, se apoyó sin fuerzas en la vara. Un hombre de aspecto muy decoroso se acercó con aire despreocupado, envuelto en un enorme abrigo de piel de oso. Miró a Rasmunsen con curiosidad, se detuvo y observó especulativamente los perros y los tres trineos cargados.

—¿Qué trae? —preguntó.

—Huevos —respondió Rasmunsen con voz ronca que se quedó en un susurro.

—¡Huevos! ¡Viva! ¡Viva! —Dio un salto en el aire, seguido de una vuelta sobre sí mismo y terminó con una docena de zancadas que lo acercaron más—. ¿De verdad? ¿Todo eso?

—Todo.

—Entonces debe de ser el huevero. —Lo rodeó y miró a Rasmunsen desde el otro lado—. Venga, dígame, ¿es el huevero?

Rasmunsen no lo sabía, pero imaginó que sí y el hombre se tranquilizó un poco.

—¿A cuánto piensa venderlos? —preguntó con cautela.

Rasmunsen se dejó llevar por la audacia.

—Un dólar y medio —dijo.

—¡Hecho! —El hombre se marchó y regresó enseguida—. Deme una docena.

—Me refería a dólar y medio la pieza —Rasmunsen explicó con vacilación.

—Claro. Ya le oí antes. Que sean dos docenas. Aquí tengo el oro.

El hombre le mostró un saco de oro rebosante, del tamaño de una salchicha pequeña, y lo golpeó despreocupadamente contra la vara del trineo. Rasmunsen sintió un extraño temblor en la boca del estómago, un cosquilleo en la nariz y un deseo casi insoportable de sentarse y echarse a llorar. Pero empezó a llegar una multitud curiosa, asombrada, y hombre tras hombre quería comprar huevos. Como Rasmunsen no tenía balanza, el hombre del abrigo de piel de oso fue a buscar una y se ocupó de pesar el polvo de oro mientras él repartía los huevos. Enseguida hubo empujones, golpes, codazos y un clamor enorme. Todos querían comprar y ser atendidos antes que el resto. A medida que aumentaba el revuelo, Rasmunsen se iba calmando. Aquello no iba bien. Tenía que haber un motivo por el que todos compraban con tanta ansia. Sería más sensato descansar primero y tantear el mercado. Tal vez los huevos costasen dos dólares cada uno. Pero, en cualquier caso, cuando desease vender, tenía asegurado hacerlo a un dólar y medio.

—¡Alto! —gritó cuando ya había vendido un par de cientos—. Se acabó. Estoy agotado. Primero he de encontrar una cabaña y luego podréis venir a verme.

Recibieron sus palabras con un gemido, pero el del abrigo de piel de oso estuvo de acuerdo. En sus amplios bolsillos tintineaban veinticuatro de los huevos congelados y le daba igual si el resto de la ciudad comía o no. Además, no le quedaba duda de que Rasmunsen estaba en las últimas.

—Hay una cabaña al pasar la segunda esquina desde el Monte Cario —le dijo—, la que tiene la ventana hecha con botellas de soda. No es mía, pero estoy encargado de ella. Se alquila por diez al día y es barata. Instálese allí y yo iré a verle más tarde. No se olvide del detalle de la ventana.

—¡Tra la la! —gritó un minuto después—. Me voy colina arriba a comer huevos y soñar con mi hogar.

Camino de la cabaña, Rasmunsen se dio cuenta de que tenía hambre y compró una pequeña cantidad de provisiones en el almacén de la N.A.T & T., además de un filete en la carnicería y salmón seco para los perros. Encontró la cabaña sin problemas y dejó los perros con el arnés puesto mientras encendía el fuego y empezaba a hacer café.

—Un dólar y medio cada uno, mil docenas, ¡dieciocho mil dólares! —murmuraba una y otra vez mientras iba trabajando.

En el momento en que dejaba caer el filete en la sartén se abrió la puerta. Se giró. Era el hombre del abrigo de piel de oso. Parecía venir muy decidido, como si lo llevase hasta allí algo muy concreto, pero al mirar a Rasmunsen a su rostro asomó una expresión de perplejidad.

—Oiga… verá… —empezó a decir y se detuvo.

Rasmunsen se preguntó si querría cobrar el alquiler.

—Oiga, maldita sea, verá, los huevos están podridos.

Rasmunsen se tambaleó. Se sentía como si le hubiesen asestado un golpe demoledor entre los ojos. Las paredes de la cabaña empezaron a dar vueltas y a inclinarse. Extendió la mano para recuperar el equilibrio y la apoyó en la cocina. El dolor agudo y el olor a carne quemada le hicieron recuperar el sentido.

—Entiendo —dijo despacio mientras metía la mano en el bolsillo en busca del saco—. Quiere recuperar su dinero.

—No se trata del dinero —dijo el hombre—. ¿No tiene algún huevo que esté bien?

Rasmunsen negó con la cabeza.

—Será mejor que coja el dinero.

Pero el hombre se negó y retrocedió.

—Volveré —dijo—, cuando haya comprobado sus reservas, a ver si hay suerte.

Rasmunsen llevó el tajo al interior de la cabaña y luego metió dentro todos los huevos. Lo hizo sin perder la calma. Cogió el hacha de mano y, uno a uno, partió los huevos por la mitad. Examinaba con cuidado cada parte y luego las arrojaba al suelo. Al principio tomó muestras de cada caja, pero después se dedicó a vaciar caja por caja. El montón del suelo crecía. El café rebosó y el humo del filete quemado llenaba la cabaña. Él siguió partiendo con firmeza y regularidad monótona hasta que vació la última caja.

Alguien llamó a la puerta, volvió a llamar y luego entró.

—¡Qué desastre! —comentó mientras observaba la escena.

Los huevos partidos empezaban a derretirse con el calor de la cocina y el tufo irrespirable era cada vez más fuerte.

—Debieron estropearse durante el viaje en el vapor —sugirió.

Rasmunsen lo miró un buen rato, sin comprender.

—Soy Murray, Jim Murray, el Grande. Todo el mundo me conoce —se presentó el hombre—. Me he enterado de que sus huevos se han podrido y le ofrezco doscientos dólares por todo el lote. No son tan buenos como el salmón, pero no están mal para los perros.

Rasmunsen parecía haberse convertido en piedra. No se movía.

—Váyase al infierno —dijo sin pasión alguna.

—Piénselo. Creo que es un buen precio por semejante desastre. Y, desde luego, es menos que nada. Doscientos dólares. ¿Qué me dice?

—Váyase al infierno —repitió Rasmunsen con voz suave—, y salga de aquí.

Murray se quedó con la boca abierta, muy asombrado, y luego salió con cuidado, de espaldas y sin dejar de mirar al rostro del otro.

Rasmunsen salió tras él y soltó a los perros. Les lanzó todo el salmón que había comprado y enroscó en su mano una de las correas de sujeción del trineo. Luego entró otra vez en la cabaña y echó el pestillo. El humo del filete carbonizado hizo que le picaran los ojos. Se puso de pie sobre el catre, pasó la correa por encima de la cumbrera y calculó a ojo el balanceo. No debió de convencerlo porque puso el taburete sobre el catre. Hizo un nudo corredizo en el extremo de la correa y metió la cabeza. Aseguró con fuerza el otro extremo. Luego le dio una patada al taburete.

[1901]


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar