HOOCKLA-HEEN se mantenía entre agachado y arrodillado en medio de la hierba alta y húmeda. No hacía ni el más mínimo movimiento, a pesar de que llevaba allí una hora, una hora muy larga. En las manos sostenía un arco ligero con una flecha de punta de hueso preparada para el disparo y habría parecido de piedra de no ser por el gesto alerta del rostro, como el de un águila. De hecho, nunca había estado más vivo que en aquel instante. Sus orificios nasales le ofrecían un informe completo de todas las hierbas y plantas que crecían, de los brotes en los sauces y álamos temblones de la orilla, de las enormes frambuesas que tachonaban los arbustos a su espalda y, a la derecha, a una docena de metros de distancia y bien oculto, tenía que haber un matojo de viborera, de colores vivos pero venenosa.
Sus sentidos le decían muchas cosas. Sentía la humedad de la hierba trepando lentamente y empapando sus pantalones de piel de alce, helándole las rodillas y, por el roce contra su frente, sabía que la leve brisa se arrastraba despacio tras la pálida estela de la luna. Del rumor sutil que ascendía de la tierra, sus oídos distinguían cada componente: el crujido de las hojas y la hierba, las llamadas de pájaros y ardillas y aves silvestres, y los infinitos ruidos de la gran cantidad de insectos.
Pero por encima de todos destacaba un sonido que le tensaba el rostro de expectación. Frente a él, una maraña de ramas y palos toscamente amontonados embalsaba el riachuelo pantanoso y formaba un charco profundo. El agua borboteaba a través de un hueco de la presa. Sin embargo, ese no era el ruido que le interesaba. Desde arriba oyó el golpe ligero y agudo de un objeto sobre la tierra, seguido por la zambullida de un cuerpo en el agua. Luego volvió el silencio y él se concentró en mirar fijamente el hueco por el que se escapaba el agua.
Pero mientras aguardaba, percibió un nuevo sonido inquietante. A lo lejos y desde abajo le llegó el gemido suave de un perro y el crujido de una ramita rota. Aunque eso lo enfadó, no dio muestras de ello y centró toda su concentración en el sentido del oído. Desde arriba percibió una salpicadura, más próxima que la de antes, y desde abajo el crujido de otra ramita al romperse, también más cercano. Era como si los sonidos que se acercaban participasen en una carrera y él deseaba que ganase el del agua. Así fue: una ondulación rompió la superficie del charco y un pequeño tronco flotó en el hueco de la presa. Empujándolo, distinguió una cabeza alargada, similar a la de una rata, con las pequeñas orejas redondeadas echadas hacia atrás y casi cubiertas de pelo.
Hoockla-Heen inclinó el arco sin hacer ruido y esperó. El animal impulsaba y empujaba el tronco en un intento por bloquear el hueco. Al no lograrlo, trepó con cuidado por encima de la presa, dejando al descubierto un metro de su cuerpo, cubierto de un espeso pelaje castaño oscuro. Desde abajo llegó un crujido de ramitas y el animal se incorporó sobre las patas traseras para escuchar, desconfiado. Entonces Hoockla-Heen sintió la emoción del éxito y fue consciente de haberlo hecho bien, mientras la flecha cruzaba veloz la luz de la luna, cantando su melodía sibilante, y atravesaba al animal, que en el sonido reconoció su fin.
El niño —porque Hoockla-Heen solo tenía doce años— se puso de pie de un salto y gritó alegre. Desde abajo se oyó como respuesta un estruendo de maleza pisoteada. Y mientras se agachaba y cogía al castor por la ancha cola aplastada otro niño salió de entre los arbustos y se abrió camino entre la hierba hacia él.
—¿Has cazado por fin al bueno de morro gris? —preguntó nervioso el recién llegado.
—Sí —respondió Hoockla-Heen con frialdad, ocultando su júbilo bajo una máscara impasible—. Sí, es morro gris. Aunque no ha sido gracias a ti, Klanik, que pisoteas la tierra como un alce ciego y haces mucho ruido.
—Pues he venido con cuidado —contestó el otro niño, un poco molesto por la crítica.
—Sí, con un perro que lloriquea.
—Diente Roto se empeñó en seguirme, pero le obligué a volver —dijo Klanik—. ¿Sabías que la tribu —continuó con ansia— ha decidido viajar río abajo para ver a los hombres blancos del Yukón?
Al oírlo, Hoockla-Heen se puso a bailar de contento. Klanik lo agarró de las manos y empezaron a dar vueltas hasta que el exceso de alegría convirtió la danza en un combate que ambos querían ganar, jadeantes por el esfuerzo. En un momento dado, Klanik resbaló al pisar la cola del castor y Hoockla-Heen, aprovechando la ventaja, lo hizo caer hacia atrás y le apretó los hombros contra el suelo mojado. Luego se levantaron, riéndose, y pusieron rumbo al campamento, llevando al castor entre los dos.
Por el camino Klanik contó lo que había ocurrido durante el consejo. Kootznaloo, uno de sus cazadores más valientes, se había marchado el otoño anterior y, tras una larga ausencia, había regresado contando historias increíbles sobre los hombres blancos. Había descendido el cauce del río White y llegado a lugares donde la tribu nunca había estado. Había ido al gran Yukón y a la prodigiosa ciudad de Dawson. Ante el consejo habló de las muchas pieles que la tribu poseía y de lo mucho que las valoraban los hombres blancos y de su plan para que la tribu viajase hasta Dawson y cambiase las pieles por un tesoro enorme de armas, mantas y paños escarlata.
Pero Ya-Koo, el hechicero, se oponía. Como todos sabían, él también había estado entre los blancos hacía ya mucho tiempo y podía asegurarles que los blancos eran muy malos. Kootznaloo lo negó: los blancos eran muy buenos, ¿acaso no lo demostraba el hecho de que él hubiese vuelto con un arma nueva?
Así continuó la discusión. Muchos de los que nunca habían visto a los blancos estaban de acuerdo con Kootznaloo y todos deseaban poseer armas nuevas como la suya. El padre de Hoockla-Heen, Kow-Whi, que era el jefe, también apoyó el proyecto de Kootznaloo, y Ya-Koo, a pesar de ser el hechicero de la tribu, se vio obligado a ceder. Habían decidido que en el plazo de dos días, ahora que llegaba el verano y los ríos fluían en libertad, toda la tribu —hombres, mujeres y niños— cargarían las canoas y partirían hacia la ciudad prodigiosa.
Cuando Klanik acabó de contar lo ocurrido durante el consejo, los niños permanecieron un rato en silencio. Luego Klanik volvió a hablar y dijo, muy serio:
—Parece increíble que esos hombres sean blancos por todas partes, la cara, las manos, todo.
—Sí —respondió Hoockla-Heen en tono ausente—. Y tienen los ojos del color del cielo en verano, cuando no hay nubes.
Klanik lo miró con curiosidad, porque Klanik sabía muchas cosas extrañas relacionadas con Hoockla-Heen que el propio Hoockla-Heen ignoraba. Cosas de las que Kow-Whi y Ya-Koo le habían ordenado no hablar jamás.
Pero Hoockla-Heen continuó:
—Y sus mujeres son hermosas y dulces y tienen el pelo amarillo, muy amarillo, y a menudo recuerdo…
Se calló de repente y miró a los ojos curiosos de su amigo.
—¿Qué recuerdas? —preguntó Klanik con cuidado—. Tú nunca has visto a los hombres blancos o a sus mujeres.
—Recuerdo…
—En verdad eres Hoockla-Heen, el Soñador.
—Sí, sueño. —Hoockla-Heen hizo un gesto triste con la cabeza—. Sin duda son sueños.
Alargó la mano como si buscase disipar alguna visión y después ya no volvieron a hablar hasta que llegaron al campamento. Pero cuando Hoockla-Heen se acostó sobre sus pieles y se tapó con la de oso, no pudo cerrar los ojos y fue incapaz de dormir. Su vieja enfermedad, com-ta-nitch-i-wyan, volvía a apoderarse de él: la enfermedad del sueño que creía haber superado. Cuando era pequeño, esa enfermedad hacía que los niños se apartaran de él con miedo y las lágrimas asomasen a los ojos de las mujeres. ¡La enfermedad del sueño le había amargado la infancia!
Claro que todos los hombres soñaban, e incluso los perros lobo, pero lo hacían con los ojos cerrados, cuando dormían, y él soñaba con los ojos abiertos y totalmente despierto. Además, los otros soñaban con lo que conocían, con la caza y la pesca, pero él soñaba con lo que no conocía y de lo que nadie más sabía. Lo asaltaban recuerdos de cosas que no podía expresar y le parecía que todo se aclararía si conseguía hacer memoria, pero no lo lograba por mucho que se esforzase.
En esos momentos se sentía como cuando tuvo la fiebre del río y sufría vértigos, los ojos le lloraban y temblaban, se le hinchaban los dedos y todo se volvía borroso. Ah, eso era, esa era la palabra: borroso. Cuando intentaba hacer memoria todo se volvía borroso.
La enfermedad del sueño lo había abandonado al ir creciendo y olvidándose de ella. Ya-Koo, el hechicero, había conjurado en público a los malos espíritus para que lo abandonasen y en privado le dijo que dejase de hacer memoria, de lo contrario la desgracia podría caer sobre él. Obedeció y la enfermedad se había ido. Pero ahora volvía. ¿Podía haber un niño más infeliz que él? Cerró los puños con fuerza y durante horas permaneció mirando fijamente la negra oscuridad que lo envolvía.
LA CANOA DEL JEFE Kow-Whi abría la procesión de la tribu y con él iban Hoockla-Heen y Klanik. Llevaban todo el día descendiendo el Yukón, tomando una enorme curva tras otra, pero sin bajar a tierra. Por la mañana, temprano, habían pasado por un desembarcadero donde unos hombres exaltados —hombres blancos— disparaban sus rifles. Kootznaloo remó hasta situarse al costado de la canoa de Kow-Whi y le explicó que aquello podía ser una costumbre de los blancos, aunque él nunca había visto algo así durante el tiempo que pasó entre ellos. Tras deliberarlo, al no estar seguros de que solo fuese una costumbre, decidieron no arriesgarse y continuar camino a Dawson.
Hoockla-Heen había padecido la enfermedad del sueño durante todo el día, pero cuando observó desde lejos a los hombres blancos disparando sufrió un ataque especialmente grave. Las imágenes borrosas lo abrumaron. También tuvo la sensación de que iba a ocurrir algo, aunque no sabía qué podía ser.
Quiso contárselo a Klanik, pero el otro le había respondido: «No seas niño, no te pasará nada». Después de eso guardó silencio, aunque estaba seguro de que no tenía miedo. Todo lo contrario: estaba deseando que ocurriera lo que tuviese que ocurrir.
A mediodía la flotilla atravesó una serie de riscos muy grandes y rodeó una curva abrupta y pronunciada. Allí el Klondike vaciaba su crecido caudal en el Yukón y allí, de repente y sin previo aviso, Dawson apareció ante sus asombrados ojos.
Hasta donde alcazaba la vista, desde la orilla del río hasta la ladera de la montaña, se extendía un mar de cabañas y tiendas. Y ese mar de viviendas se derramaba sobre la ribera y llegaba al agua, donde una hilera de embarcaciones ocupaba más de dos kilómetros de orilla. Descansaban en filas de a tres y a cuatro y había barcazas, lanchas, canoas y balsas enormes, todas cargadas con las provisiones y los bienes de los hombres. Lo repentino de aquella aparición y su inmensidad dejaron al jefe Kow-Whi sin aliento y solo fue capaz de mirar asombrado, sin habla.
Los sueños borrosos atacaron a Hoockla-Heen de tal forma que el niño sintió que se ahogaba. Se puso de pie de repente y se agarró la cabeza con las manos. ¡Si pudiese entenderlo! ¿Qué significaba?
Klanik le gritó porque había dejado de usar el remo y, haciendo un esfuerzo enorme, Hoockla-Heen logró controlarse. Se acercaron a la orilla junto al Cuartel de la Policía Montada del Territorio Noroeste, donde ondeaba la bandera británica.
Hoockla-Heen la señaló y dijo:
—Eso es una bandera.
—¿Cómo lo sabes, Soñador? —quiso saber Klanik.
Pero Hoockla-Heen no lo oyó. En ese momento pasaban al lado de una barcaza cargada con unos animales muy grandes, tanto como los alces. Las mujeres se asustaron y varias canoas se desviaron hacia el canal central para evitarla.
—¿Y qué clase de animal es ese? —pregunto Klanik en tono travieso.
—Eso es… —Hoockla-Heen dudó un momento y luego continuó, ya seguro—: Eso es un caballo.
—Cierto —convino Kootznaloo—, esos son caballos. Ya los había visto antes y sé que son inofensivos. ¿Pero cómo lo sabías tú, Hoockla-Heen?
Hoockla-Heen negó con la cabeza y se concentró en remar porque las canoas viraban para desembarcar. Tras amarrarlas bien, subieron la empinada orilla y salieron a un espacio abierto entre las casas. Por todas partes había banderas, pero eran distintas a la que ondeaba en el Cuartel, y todo estaba lleno de hombres que disparaban rifles y revólveres al aire como locos.
Una gran multitud ocupó el espacio abierto y mientras los indios, con los ojos como platos, se detenían, cesó el ruido en los alrededores y en el centro un hombre se subió a una pila de madera y empezó a hablarles. A menudo señalaba una bandera que ondeaba sobre su cabeza y a cada poco lo interrumpían con aplausos, gritos y disparos. Entonces se detenía y bebía agua de un vaso que estaba sobre una caja, a su lado.
—¡Oh! ¡Oh! —gritó Hoockla-Heen mientras intentaba atrapar a los fantasmas que se agitaban en su cabeza.
—Curioso aspecto el de ese niño, para ser indio —comentó un hombre que llevaba un chaquetón sucio y mojado y que de vez en cuando sacaba un bloc y tomaba notas.
Hoockla-Heen le dirigió una rápida mirada, aunque no entendía lo que había dicho, pero al mirarlo la enfermedad del sueño se apoderó de él con fuerza.
El compañero de aquel hombre, ataviado con el uniforme de teniente de la Policía Montada, se sacó el cigarro de la boca y exclamó:
—¡Por Dios! No es…
Pero en ese momento, un chaval pelirrojo acercó una yesca encendida a un cordel que unía cientos de pequeños tubos rojos y los tiró al suelo. De inmediato se produjeron destellos, chisporroteos y explosiones, y los indios, con Ya-Koo a la cabeza, retrocedieron asustados.
Solo Hoockla-Heen permaneció donde estaba. Sintió una claridad repentina, como cuando la niebla se levanta y todo brilla y refulge a la luz del sol. Dejó de ver las cosas borrosas.
—¡Petardos! —gritó, bailando entre los estallidos—. ¡Petardos! ¡Es 4 de julio! ¡Hurra! ¡Hurra!
Cuando el último petardo se apagó, recuperó el control, asombrado y sonrojándose bajo la piel bronceada. Miró tímidamente a su alrededor. Los miembros de su tribu se habían vuelto a acercar y lo miraban con curiosidad. Sin embargo, Kow-Whi tenía la mirada perdida en la distancia y una expresión triste en el rostro. Pero el teniente y el hombre que tomaba notas se habían acercado a él.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el teniente mientras lo agarraba por el brazo.
—Jimmy —respondió él como si fuese lo más normal del mundo. Pero la sensación de ver borroso volvió a él y se preguntó por qué había pronunciado esa palabra desconocida. No sabía qué había dicho el hombre. ¿Y qué significaba eso de Jimmy? ¿Por qué lo había dicho?
—¿Jimmy qué? —inquirió el teniente.
Hoockla-Heen negó con la cabeza. No entendía la lengua del hombre blanco. Además, los de su tribu se apelotonaban nerviosos a su alrededor y Ya-Koo le tiraba de la manga para indicarle que debían irse.
—¿Cuántos años tienes?
Volvió a negar con la cabeza, pero esta vez añadió: «Río White», como si sirviera de algo.
—Sí, río White —intervino Kootznaloo, contento de poder hacer de intérprete—. Río White, mucho arriba.
—Así que del río White —repitió el teniente, sorprendido. Luego le dijo a su compañero—. ¿Cuántos años crees que tendrá, Dawes?
Dawes se lo pensó.
—Yo diría que doce o trece.
El teniente reflexionó en voz alta:
—Verano del 91, invierno del 92, verano del 92… Cuatro años más ocho suman doce… —Se interrumpió de repente y luego exclamo—: ¡Dawes! ¡Dawes! ¡Es el chico! ¡Estoy seguro! ¡Sujétalo! ¡Te pido por favor que no lo sueltes!
Antes de que Hoockla-Heen pudiera darse cuenta de lo que ocurría, el teniente había abierto de un tirón su camisa de piel de ardilla y el suave cuero se había desgarrado. Ya-Koo quiso interponerse, pero el teniente lo apartó de un empujón. Los de la tribu murmuraban y gruñían, los cuchillos brillaron al abandonar sus fundas y los rifles oxidados chasquearon. Pero Kow-Whi, con una sola palabra, les ordenó calmarse.
—¡Míralo! Es blanco. —El teniente señalaba el pecho desnudo de Hoockla-Heen.
Dawes miró con atención y negó con la cabeza.
—Yo lo veo muy oscuro.
—¡Pero eso es por el sol! —exclamó el teniente con impaciencia mientras continuaba desgarrando la camisa— ¡Mira bajo los brazos! Bajo los brazos, donde no le ha dado el sol.
—¡Sí que es blanco! —gritó Dawes, ya sin ninguna duda—. ¿Y ahora qué hacemos?
—¿Qué hacemos? Ya verás. —El teniente le hizo un gesto al pelirrojo, que miraba muy interesado—. ¡Eh, tú, chico! Ve corriendo a avisar a Jim McDermott. Está ahí, entre ese grupo de hombres. No hace ni cinco minutos que lo vi.
El pelirrojo salió pitando y Hoockla-Heen lo observó, preguntándose a qué vendría todo aquello y, al mismo tiempo, consciente, aunque como en una nube, de que lo que iba a ocurrir estaba ocurriendo.
Kootznaloo parloteaba nervioso con el teniente, quien asentía a lo que el otro decía e intercalaba preguntas breves en tono seco.
—Pero, oye, amigo, dime, ¿qué ocurre? —interrumpió Dawes, sacando el bloc de notas y preparando el lápiz.
—¡McDermott! ¡Jim McDermott! —respondió con prisa el teniente—. Un veterano de la región. Un rey del Bonanza que vale como poco dos millones. Antes era factor de la compañía P. P. C. Llegó en el 94 con su hijo y un grupo procedente de la costa oeste de Alaska. Su mujer llegaría al año siguiente por el camino habitual. Era una región desconocida. Fueron los primeros blancos que la cruzaron, y los últimos. Lo pasaron muy mal. Estuvieron a punto de morir de hambre. De hecho, dos de ellos murieron. Como eran los más débiles, los dejaron a cargo del niño de McDermott mientras McDermott y los otros intentaban cazar algo. Le oí contar una sola vez cómo, después de tres días, cuando consiguió cazar un alce, regresó al campamento y encontró muertos a los dos hombres. El niño no estaba.
—¿El niño no estaba? —El lápiz de Dawes quedó suspendido en el aire.
—Sí. No estaba. No encontraron ni rastro de él. El campamento se encontraba a la ribera del río y McDermott pensó que el niño debió acercarse a la orilla y caerse al agua. Pero parece que algún indio debió llegar en canoa y, al ver a los dos hombres muertos, se llevó con él al niño superviviente. Claro que a McDermott ni se le ocurrió soñar con semejante posibilidad… pero aquí está ya.
Hoockla-Heen miró hacia donde miraba el teniente y vio a un hombre alto de barba oscura. ¡Maravilla de maravillas! ¡Uno de los fantasmas de sus sueños, que ahora era de carne y hueso! Otra vez volvió a sentirse despejado y la sensación de verlo todo borroso se alejó de él.
—¡Papá! —exclamó—. ¡Oh, papá! —Y se arrojó a los brazos del hombre.
Siguieron diez minutos de confusión durante los que todos hablaban al mismo tiempo. Hoockla-Heen solo recordaba que el hombre al que había llamado papá se había inclinado en una o dos ocasiones para besarlo y que le agarraba la mano con más fuerza cada vez. Luego el hombre le dijo algo y empezó a llevárselo de allí, sin soltarle la mano. Pero Hoockla-Heen no entendía y se detuvo.
El hombre habló con Kootznaloo, quien le dijo a Hoockla-Heen:
—Ese hombre te lleva a ver a una mujer. Una mujer blanca.
—Pregúntale si tiene el pelo amarillo —ordenó Hoockla-Heen.
Cuando Kootznaloo tradujo la pregunta, el rostro del hombre se iluminó de alegría y volvió a inclinarse para besar a Hoockla-Heen una y otra vez.
Kow-Whi se mantenía apartado, en silencio, con los ojos fijos al frente, como si no viese nada de lo que ocurría. Su porte indicaba nobleza y dignidad, pero también una tristeza que hasta el más lento podía reconocer sin esfuerzo.
Hoockla-Heen volvió la cabeza y retrocedió corriendo hacia él, con los ojos llenos de lágrimas. Allí se detuvo, sin saber qué hacer, mirando primero a un hombre y luego al otro.
—Dile a él y a toda la tribu que volverán a ver al chico —le ordenó McDermott a Kootznaloo—. Diles que el chico siempre los recordará y que siempre habrá un sitio para ellos junto a mi hoguera y a la de mi hijo. Además, que recibirán la recompensa que merecen, una gran recompensa.
Lo que iba a ocurrir había ocurrido. A Hoockla-Heen le pareció muy bien ascender la colina de la mano de aquel hombre alto y de barba oscura. Porque sabía que iba a ver a esa mujer hermosa y dulce, la mujer a la que a menudo recordaba y que tenía el pelo amarillo.
[1901]

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