MALDITA SUERTE!
Gus Lafee terminó de limpiarse las manos y arrojó la toalla con resentimiento sobre las rocas. Se mostraba muy abatido. El día parecía haber perdido su luz y el sol dorado su esplendor. Ya ni el aire cortante de la montaña provocaba placer y el alba no contagiaba entusiasmo.
—¡Maldita suerte! —repitió Gus, esta vez para instruir a otro joven que se esmeraba en empaparse la cabeza con el agua del lago.
—¿Por qué te quejas ahora? —Hazard van Dorn levantó inquisitivamente un rostro cubierto de jabón. Tenía los ojos cerrados—. ¿Qué le pasa a nuestra suerte?
—¡Mira eso! —Gus lanzó una mirada enfadada hacia el cielo—. Algún zoquete se nos ha adelantado. Nos hemos quedado sin primicia.
Hazard abrió los ojos y captó el fugaz destello de una bandera blanca que ondeaba arrogante al borde de una pared de piedra, kilómetro y medio por encima de su cabeza. Luego sus ojos se cerraron de golpe y su rostro se arrugó espasmódicamente. Gus le arrojó la toalla y, sin compadecerse, lo observó quitarse el fastidioso jabón. Se sentía demasiado deprimido para ocuparse de trivialidades.
Hazard gruñó.
—¿Te duele mucho? —preguntó Gus con voz fría, sin interés, como si solo se preocupara por el bienestar de su compañero porque tenía el deber de hacerlo.
—Imagínatelo —respondió el dolorido.
—El jabón es muy fuerte, ¿no? Yo también lo he notado.
—No es el jabón. ¡Es por eso! —Abrió los ojos enrojecidos y señaló la banderita inocente—. Eso es lo que me duele.
Gus Lafee no respondió y se dio la vuelta para encender la hoguera y empezar a preparar el desayuno. Se sentía demasiado triste y decepcionado para hablar, prefería el silencio, y Hazard, que se sentía igual, tampoco abrió la boca mientras daba de comer a los caballos, sin apoyar ni una sola vez la cabeza contra sus cuellos arqueados ni introducir los dedos en sus crines, a modo de caricia. Asimismo, los dos chicos permanecían ciegos al esplendor del Mirror Lake, que reposaba a sus pies. Si hubiesen recorrido la breve distancia de cien metros siguiendo su orilla habrían visto al sol nacer dos veces además de contemplar el orbe grandioso elevar su cerco abrasador por detrás de muchos picos en sucesión y, si hubiesen mirado hacia las aguas del lago, habrían visto el fenómeno reflejado en ellas con la claridad de un espejo. Pero ellos no apreciaron la grandeza titánica de aquella imagen. Les habían robado el mayor placer que su viaje al valle de Yosemite les iba a proporcionar. Les habían echado a perder su plan, tanto tiempo albergado, sobre el Half Dome —la media cúpula de granito—, por eso se sentían desconsolados y ciegos a la belleza y las maravillas del lugar.
El Half Dome levanta su cabeza marcada por el hielo mil quinientos metros por encima del nivel del suelo del valle de Yosemite. El propio nombre que recibe esa enorme roca —media cúpula—, la describe con exactitud. Se trata, nada más y nada menos, de una cúpula redondeada y ciclópea, partida a la mitad tan limpiamente como una manzana dividida por un cuchillo. Quizá no sea necesario comentar que solo queda una parte, de ahí su nombre, ya que la otra mitad se la llevó el enorme río de hielo en la tempestuosa era del período glacial. En aquel remoto pasado, uno de esos ríos glaciales abrió un enorme canal en la roca maciza. Ese canal es hoy el valle de Yosemite. Pero volvamos al Half Dome. Por su cara noreste, siguiendo sinuosos senderos y tramos de escalada muy complicados, se puede llegar al Collado. Apoyado contra la ladera de la cúpula, el Collado se inclina como una losa gigantesca y, desde la parte más alta de dicha losa, empieza a curvarse el enorme círculo —trescientos metros de largo— que lleva a la cima de la cúpula. Esos trescientos metros —demasiado inclinados para escalarlos sin ayuda— desafiaron durante años a los espíritus aventureros que posaban sus anhelantes ojos sobre la cima que los coronaba.
Un día, un par de lúcidos montañeros habían empezado a insertar pernos de argolla hechos de hierro en los agujeros que iban perforando en la roca a varios metros de distancia. Pero cuando se encontraron a noventa metros por encima del Collado, agarrados como moscas a la precaria pared, con un abismo enorme a cada lado, los nervios les fallaron y abandonaron la aventura. Así permaneció hasta que un escocés indomable, un tal George Anderson, por fin completó la hazaña. A partir de donde ellos lo habían dejado, perforando y escalando durante una semana, al final logró pisar aquella cima espantosa y mirar hacia las profundidades donde descansaba el Mirror Lake, kilómetro y medio más abajo.
En años posteriores muchos hombres audaces aprovecharon la enorme escalera de cuerda que él había instalado, pero durante un invierno, la nieve y el hielo se llevaron por delante la escalera, los cables y toda la parafernalia. Cierto era que la mayoría de los pernos, retorcidos y doblados, permanecieron en su sitio. Pero desde entonces pocos hombres habían intentado la peligrosa empresa, de los que más de uno se había dejado la vida en aquellas traicioneras alturas y ninguno lo logró.
Sin embargo, Gus Lafee y Hazard van Dorn habían abandonado los sonrientes valles de California para adentrarse en las altas sierras, empeñados en correr tan gran aventura. Por eso su decepción era tan profunda y grave al levantarse aquella mañana y recibir el frustrante mensaje que les enviaba la banderita blanca.
—Anoche acampó al pie del Collado y subió al rayar el día —aventuró Hazard, mucho después de haber terminado el silencioso desayuno y lavado los platos.
Gus asintió. No era lo normal que el ánimo de un joven permaneciera mucho tiempo en horas bajas, por lo que su lengua empezaba a soltarse.
—Seguro que ya ha bajado y descansa en su campamento, sintiéndose más importante que Alejandro Magno —continuó el otro—. Y no lo culpo, aunque me gustaría que estuviésemos en su lugar.
—Y tanto que habrá bajado —dijo Gus por fin—. En esa roca desnuda hace mucho calor, con el sol cayendo a plomo en esta época del año. Ese era nuestro plan: subir temprano y bajar temprano. Cualquiera que sea lo bastante sensato para subir a la cima debe tener cabeza suficiente para hacerlo antes de que la piedra se caliente y le suden las manos.
—Además, no se habrá llevado los zapatos. —Hazard se dio la vuelta hasta quedar boca arriba y se entretuvo en observar el punto ondulante de la bandera sobre el borde del precipicio—. ¡Oye! —Se sentó sobresaltado—. ¿Qué es eso?
Un rayo de luz metálico destelló en la cima del Half Dome. Luego otro… y otro. Al instante, los chicos echaron las cabezas hacia atrás, impacientes y nerviosos.
—¡Vaya zoquete! —exclamó Gus—. ¿Por qué no bajó mientras hacía fresco?
Hazard negó despacio con la cabeza, como si la pregunta resultase demasiado profunda para responderla y lo adecuado fuese aplazar el veredicto.
Los destellos continuaron y, tal y como los chicos comprendieron enseguida, se producían a intervalos irregulares. En un momento dado eran largos y luego cortos, para después ir y venir a gran velocidad o detenerse por completo durante varios minutos.
—¡Ya sé! —El rostro de Hazard se iluminó al comprender—. ¡Ya sé! Ese tipo de ahí arriba intenta hablar con nosotros. Refleja los rayos de sol en un espejo de bolsillo. Punto, raya; punto, raya, ¿no lo ves?
El rostro de Gus también se iluminó.
—¡Ah, ya sé! Es lo que hacen en tiempos de guerra: señalizar. Se llama heliografiar, ¿no? Es como telegrafiar, pero sin cables. También usan los puntos y las rayas.
—Sí, el alfabeto Morse. Ojalá lo conociera.
—Lo mismo digo. Seguramente tendrá algo importante que decirnos, o no armaría semejante jaleo.
Los destellos continuaron yendo y viniendo con insistencia hasta que Gus exclamó:
—¡Ese tipo tiene problemas, eso es lo que le pasa! Seguro que se ha hecho daño o algo parecido.
—¡Venga, hombre! —dudó Hazard.
Gus sacó la escopeta y vació los dos cañones tres veces en rápida sucesión. Como respuesta obtuvo una serie perfecta de destellos antes de que el eco hubiese dejado de jugar. Tan inconfundible resultó el mensaje que incluso el incrédulo Hazard se convenció de que el hombre que se les había adelantado corría un grave peligro.
—Rápido, Gus —exclamó—, recoge. Yo me ocupo de los caballos. Al final resulta que nuestro viaje va a servir para algo. Tenemos que ascender el Half Dome y rescatarlo. ¿Dónde está el mapa? ¿Cómo subimos el Collado?
—Siguiendo la senda para caballos que discurre bajo la cascada Vernal —leyó Gus en la guía—, un kilómetro y medio de brusco recorrido lleva al turista a la mundialmente famosa cascada Nevada. Cerca, en todo su esplendor, hace guardia el Liberty Cap…
—¡Sáltate eso! —interrumpió Hazard, impaciente—. Lo que nos importa es el camino.
—¡Aquí está! Siguiendo el sendero que asciende al costado de la cascada se llega a una bifurcación. El camino de la izquierda lleva al pequeño valle de Yosemite, el monte Clouds Rest y otros lugares.
—Espera. Ya lo tengo. Lo veo en el mapa —volvió a interrumpir Hazard—. Desde el sendero del monte Clouds Rest una línea de puntos lleva al Half Dome. Eso indica que la senda está abandonada. Nos va a costar encontrarla. Es un trayecto de un día.
—¡Tener que dar tanta vuelta, cuando ahora mismo nos encontramos al pie del Half Dome! —se quejó Gus mientras miraba con nostalgia hacia su meta.
—Eso es porque estamos en Yosemite. Razón de más para que nos demos prisa. ¡Venga! ¡En marcha!
Acostumbrados como estaban a esa clase de viajes, tardaron muy poco en acomodar los útiles de acampada a lomos de sus caballos de carga y ocupar ellos las sillas. Con la última luz de aquella tarde, dirigieron a sus agotadas monturas al interior de un pequeño prado de montaña y prepararon café y beicon al pie del Collado. Allí, antes de meterse entre sus mantas, descubrieron el campamento del infortunado desconocido que debía pasar la noche sobre la cima desnuda de la media cúpula.
El día empezaba a rayar cuando los jadeantes muchachos se dejaron caer al suelo en lo más alto del Collado para descalzarse. Al mirar hacia abajo desde semejante altura les pareció que estaban colgados sobre la cumbrera del mundo e incluso tuvieron la sensación de superar los picos cubiertos de nieve de la sierra. Justo por debajo de ellos se extendía, a un lado y a ochocientos metros de profundidad, el pequeño valle de Yosemite y, al otro y a kilómetro y medio, el gran Yosemite. Los rayos del sol ya caían con fuerza sobre los aventureros, pero la oscuridad de la noche continuaba envolviendo los dos abismos gigantescos hacia los que miraban. Por encima de ellos, a pleno día, solo se alzaba la majestuosa curva de la cúpula.
—¿Para qué es eso? —preguntó Gus, señalando una petaca forrada de cuero que Hazard se ocupaba de asegurar bien en el bolsillo de su camisa.
—Por si nos falta valor —fue la respuesta—. Esto nos va a exigir todo nuestro coraje y un poco más. Y —dio un golpecito lleno de significado a la petaca— aquí está esa dosis de más.
—Buena idea —comentó Gus.
Difícil será saber de dónde sacaron una idea tan equivocada, pero eran jóvenes y aún les quedaba mucho por aprender. Convencidos de la eficacia del whisky como remedio para la mordedura de serpiente, se habían llevado una buena provisión de aquella bebida alcohólica medicinal. Aún no la habían tocado.
—¿Le damos un sorbo antes de empezar? —preguntó Hazard.
Gus miró al abismo y negó con la cabeza.
—Será mejor esperar hasta que estemos más arriba y la escalada resulte más peliaguda.
A unos veinte metros por encima de ellos asomaba el primer perno de argolla. La acumulación de hielo de muchos inviernos lo había retorcido e inclinado hacia abajo, de manera que no sobresalía de la roca más de cinco centímetros: un objeto muy difícil de enlazar a semejante distancia. Una y otra vez Hazard enroscó su lazo al estilo vaquero y lo lanzó, y una y otra vez el escurridizo perno le dio calabazas. Gus no tuvo más éxito. Aprovechando las desigualdades de la superficie, se arrastraron seis metros cúpula arriba y descubrieron que podían descansar en una grieta poco profunda. Estaban tan cerca del lado hendido de la cúpula que, desde la grieta, podían mirar sobre el borde y apreciar la pared vertical y lisa que descendía durante seiscientos metros. Aún había demasiada oscuridad para ver más allá.
Ahora se encontraban a catorce metros del perno, pero el camino hasta él era demasiado liso y tenía una inclinación de casi cincuenta grados. Además, parecía imposible encontrar un solo lugar de descanso. El alpinista debía continuar subiendo o deslizarse hacia abajo: detenerse resultaba imposible. Precisamente ahí estaba el peligro. La cúpula era esférica y, si quien la subía empezaba a deslizarse hacia abajo, su curso no lo llevaría al punto del que había partido y donde el Collado lo recogería, sino que lo desviaría al Sur, hacia el pequeño Yosemite. Lo cual implicaba una caída de ochocientos metros.
—Lo intentaré —dijo Gus, sin más.
Unieron dos lazos con un nudo para contar con más de treinta metros de cuerda entre los dos y cada muchacho ató uno de los extremos a su cintura.
—Si me resbalo —advirtió Gus—, suelta la cuerda de golpe y agárrate bien. De lo contrario, caerás conmigo.
—¡Sí, sí! —fue la respuesta llena de seguridad—. ¿Quieres un sorbito antes de empezar?
Gus observó la petaca que el otro le brindaba. Se conocía bien y sabía de lo que era capaz.
—Espera a que llegue al perno y tú te reúnas conmigo. ¿Listo?
—Sí.
Partió como un gato, a cuatro patas, agarrándose con fuerza mientras ascendía y su compañero iba soltando la cuerda poco a poco. Al principio avanzaba a buen ritmo, pero se fue ralentizando. Ya se encontraba a cuatro metros del perno, luego a tres, después a dos… ¡pero se movía tan despacio! Hazard, mirando hacia arriba desde la grieta, sintió decepción y desprecio por él. Parecía sencillo. Gus ya estaba a metro y medio y, tras un terrible esfuerzo, a un metro diez centímetros. Pero cuando solo quedaba un metro, se paralizó. No permaneció exactamente paralizado porque, igual que una ardilla en una rueda, mantenía su posición sobre la superficie de la cúpula arañándola y agarrándose como un desesperado.
Había fracasado, eso era evidente. La cuestión ahora era cómo salvarse. Con un movimiento repentino, gatuno, se giró para ponerse de espaldas, encajó el talón en un hueco diminuto, con forma de plato, y se incorporó. Entonces perdió el valor. El día había llegado por fin a lo más hondo del valle y la impresionante distancia lo dejó horrorizado.
—¡Continúa! ¡Vamos! —ordenó Hazard. Pero Gus negó con la cabeza.
—Pues entonces, baja.
Gus volvió a negar con la cabeza. Aquel era su calvario: permanecer sentado, sin fuerzas e inseguro, al borde del precipicio. Pero ahora le tocaba a Hazard, tumbado y a salvo en la grieta, enfrentarse a su propio calvario, aunque fuese de distinto tipo. Cuando Gus empezara a resbalar —pronto lo haría—, ¿sería él, Hazard, capaz de soportar el tirón de la cuerda y la caída del otro? Lo dudaba. Allí tumbado parecía encontrarse a salvo, cuando en realidad se hallaba atado a la muerte. Entonces surgió la tentación. ¿Por qué no soltar la cuerda que le rodeaba la cintura? Así se salvaría. Parecía una forma sencilla de resolver el problema. No era necesario que muriesen los dos. Pero resultaba imposible que semejante tentación superase el orgullo de su raza, el que sentía por sí mismo y por su honor. Por eso la cuerda permaneció atada a él.
—¡Baja! —ordenó. Pero Gus parecía petrificado—. ¡Baja o te arrastro! —amenazó y tiró ligeramente de la cuerda para demostrar que hablaba en serio.
—¡Ni se te ocurra! —consiguió articular Gus con los dientes apretados.
—¡Te digo que lo haré si no bajas!
Volvió a tirar de la cuerda. Gus se puso en marcha con un murmullo de desesperación, haciendo lo posible por apartarse del abismo. Hazard, en estado de máxima alerta, casi exultante en su serenidad, soltó cuerda con destreza y rapidez. Luego, cuando el lazo empezó a tensarse, se agarró con fuerza. El tirón lo sacó a medias de la grieta, pero se mantuvo firme e hizo las veces de centro del círculo, mientras Gus, con la cuerda como radio, describía la circunferencia y terminaba en el saliente sur del Collado. Unos minutos después, Hazard le ofrecía la petaca.
—Bebe tú —dijo Gus.
—No, tú. Yo no lo necesito.
—Yo ya he superado esa fase.
Evidentemente Gus dudaba de la petaca y su contenido. Hazard se la guardó en el bolsillo.
—¿Te animas o piensas rendirte? —preguntó.
—¡Eso jamás! —protestó Gus—. Claro que me animo. Nunca ha habido un Lafee cobarde. Y si perdí el valor ahí arriba, solo fue algo momentáneo, como una especie de mareo. Pero ya estoy bien y pienso llegar a la cima.
—¡Bien! —lo animó Hazard—. Pues esta vez quédate tú en la grieta, que voy a demostrarte lo sencillo que es.
Pero Gus se negó. Mantuvo que resultaría más seguro y sencillo si él lo intentaba de nuevo, porque sus cincuenta y dos kilos y medio se agarrarían mejor a la piedra lisa que los setenta y cinco kilos de Hazard, y que setenta y cinco kilos soportarían mejor el resbalón de cincuenta y dos kilos y medio que al revés. Además, él podía beneficiarse de su experiencia anterior. Hazard comprendió que tenía razón y por eso cedió, aunque a disgusto.
El éxito justificó los argumentos de Gus. La segunda vez, en el momento en que parecía que iba a volver a resbalar, realizó un último esfuerzo y agarró el codiciado perno. Gracias a la cuerda, Hazard se reunió con él enseguida. El siguiente perno se encontraba a dieciocho metros, pero durante casi la mitad de esa distancia la base de un glaciar del pasado más lejano había abierto un surco poco profundo. Aprovechando esa ventaja, Gus no tuvo problemas para lazar el perno de argolla. Parecía —y así era en realidad— que habían superado lo peor. Cierto, la curva se empinaba hasta los casi sesenta grados por encima de ellos, pero una hilera relativamente intacta de pernos, separados unos de otros por solo dos metros, esperaba a los chavales. Ni siquiera tuvieron que volver a usar el lazo. De pie en uno de los pernos era casi un juego de niños enganchar el siguiente con la cuerda y ascender.
Un hombre bronceado y con barba los esperaba en la cima y les estrechó la mano con efusividad y camaradería.
—¡Ya pueden hablar cuanto quieran del Mont Blanc! —exclamó, deteniéndose en pleno recibimiento para contemplar el impresionante panorama—. Pero no hay nada en la tierra, ni encima o debajo de ella, que pueda compararse a esto.
Luego recobró la compostura y les dio las gracias por acudir en su ayuda. No, no estaba herido ni se había hecho daño. Pero debido a su negligencia, al llegar a la cima el día anterior, había dejado caer la cuerda de escalada. Desde luego que resultaba imposible descender sin ella. ¿Entendían la heliografía? ¿No? ¡Qué curioso! ¿Y cómo supieron…?
—Oh, supimos que ocurría algo —interrumpió Gus— por la forma en que utilizó los destellos cuando disparamos la escopeta.
—¿Pasó mucho frío anoche sin mantas? —preguntó Hazard.
—Desde luego. Aún no he entrado en calor.
—Beba un poco. —Hazard le pasó la petaca.
El desconocido lo miró muy serio durante un minuto y luego dijo:
—Mi querido amigo, ¿ves esa hilera de pernos? Como tengo la más sincera intención de descender por ella dentro de muy poco, me veo obligado a rehusar. No, creo que prefiero no beber, aunque te lo agradezco.
Hazard miró a Gus y luego se guardó la petaca en el bolsillo. Pero cuando pasaron la cuerda doble por el último perno y volvieron a pisar el Collado, él sacó de nuevo la petaca.
—Ahora que ya estamos abajo, no nos hace falta —comentó con pena—. Y he llegado a la conclusión de que la valentía que da el alcohol no sirve para gran cosa. —Levantó la vista hacia la enorme curva de la cúpula—. ¡Mirad todo lo que hemos hecho sin ella!
Varios segundos después, un grupo de turistas, que se encontraban en la orilla del Mirror Lake, se quedaron con la boca abierta al presenciar el inusitado fenómeno de ver caer del cielo una petaca de whisky como si fuera un cometa. Durante todo el camino de vuelta al hotel comentaron sorprendidos las maravillas de la naturaleza, sobre todo los meteoritos.
[1900]

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