CUANDO MIRO ATRÁS, comprendo lo peculiar que era esa amistad. Por un lado, Lloyd Inwood, alto, esbelto y bien formado, inquieto y moreno. Por el otro, Paul Tichlome, alto, esbelto y bien formado, inquieto y rubio. El uno era la réplica del otro en todo menos en el color. Los ojos de Lloyd eran negros, los de Paul azules. Cuando se emocionaban, la sangre tornaba aceitunadas las mejillas de Lloyd y teñía de rojo las de Paul. Pero excepto en el color, en todo lo demás eran como dos gotas de agua. Ambos eran muy nerviosos, propensos a vivir al límite de la resistencia y la tensión y se encontraban en un momento excelente.
Pero implicado en esa amistad excepcional había un tercer elemento: bajo, gordo, pesado y vago que, aunque me cueste decirlo, era yo. Paul y Lloyd parecían haber nacido para rivalizar entre ellos y yo para intentar mantener la paz entre los dos. Los tres crecimos juntos y muchas veces recibí yo los golpes enfadados que uno dirigía al otro. Siempre competían, se esforzaban por superarse entre ellos y cuando se metían de lleno en una de sus luchas ni sus esfuerzos ni sus pasiones conocían límite.
Ese intenso ánimo de rivalidad prevalecía en sus estudios y en sus juegos. Si Paul memorizaba un canto de Marmion, el poema de Walter Scott, Lloyd aprendía dos, Paul atacaba con tres y Lloyd con cuatro, hasta que ambos se sabían de memoria el poema entero. Recuerdo un incidente que tuvo lugar en la charca donde nadábamos, un incidente trágicamente indicativo de hasta dónde llegaba la rivalidad entre ellos. Los chicos jugaban a bucear hasta el fondo de una charca de tres metros de profundidad para agarrarse a las raíces sumergidas a fin de ver quién aguantaba más sin salir. Paul y Lloyd permitieron que los otros se rieran de ellos por sumergirse juntos. Cuando vi sus caras, serias y decididas, desaparecer en el agua mientras descendían rápidamente tuve el presentimiento de que algo espantoso iba a ocurrir. Los minutos pasaron y las ondas desaparecieron, la superficie del agua se tornó tranquila y plácida, y ninguna cabeza morena o rubia salió a la superficie en busca de aire. Arriba empezamos a preocuparnos. Ya habían superado el récord del chico que más había aguantado y seguían sin dar señales. Las burbujas de aire ascendían despacio, indicando que el aire salía de sus pulmones, pero después dejaron de ascender. Cada segundo parecía interminable e, incapaz de soportar aquel suspense por más tiempo, me lancé al agua.
Los encontré en el fondo, fuertemente agarrados a las raíces, las cabezas a unos treinta centímetros de distancia, los ojos muy abiertos y mirándose fijamente el uno al otro. Sufrían un terrible tormento, encogidos y retorciéndose debido a los calambres de una asfixia voluntaria, porque ninguno quería ceder y darse por vencido. Intenté obligar a Paul a soltar las raíces, pero se resistió con fuerza. Entonces me quedé sin aire y salí a la superficie muy asustado. Rápidamente expliqué la situación y media docena de los presentes bajamos y logramos arrancarlos de allí a la fuerza. Para cuando conseguimos sacarlos, ambos estaban inconscientes y solo recuperaron el sentido después de muchos esfuerzos, friegas y vapuleo. Si nadie los hubiese rescatado se habrían ahogado allí mismo.
Cuando a Paul Tichlorne le llegó el momento de ir a la universidad dejó claro que pensaba estudiar Ciencias Sociales. Lloyd Inwood eligió el mismo curso. Pero Paul siempre había tenido en mente estudiar Ciencias Naturales y especializarse en Química, aunque lo mantenía en secreto, por eso cambió su matrícula en el último momento. A pesar de que Lloyd ya había organizado el trabajo a realizar durante todo el curso y asistido a las primeras clases, enseguida siguió el camino de Paul y se pasó a Ciencias Naturales con especialización en Química. El mundo universitario enseguida se hizo eco de la rivalidad existente entre ambos. Cada uno servía de estímulo al otro y ambos se volcaron de tal forma en la química —mucho más que cualquier otro alumno— que antes de conseguir sus diplomas podrían haber dejado perplejo a cualquier profesor de Química de la institución, excepto al viejo Moss, jefe del departamento, aunque a él lo habían asombrado e instruido en más de una ocasión. El descubrimiento, por parte de Lloyd, del «bacilo de la muerte» del pez sapo y sus experimentos al respecto con cianuro de potasio, hizo sonar su nombre y el de su universidad en todo el mundo. Paul no se quedó atrás en absoluto porque logró producir coloides de laboratorio que realizaban movimientos propios de las amebas y arrojó nuevas luces sobre los procesos de fertilización, gracias a sus asombrosos experimentos con soluciones de magnesio y cloruros de sodio simples sobre las formas de vida marina más pobres.
Sin embargo, fue en sus días de estudiantes universitarios, en medio de sus inmersiones más profundas en los misterios de la química orgánica, cuando Doris van Benschoten apareció en sus vidas. Lloyd la conoció primero, pero en cuestión de veinticuatro horas Paul consiguió que también se la presentaran. Por supuesto, ambos se enamoraron de ella y la joven se convirtió en lo único por lo que merecía la pena vivir. La cortejaban con igual ardor y pasión, y la lucha por ella se intensificó de tal forma que la mitad del alumnado acabó apostando al respecto con la otra mitad. Incluso el viejo Moss, un día —tras la impresionante demostración que Paul le hizo en su laboratorio privado— acabó por jugarse el salario de un mes a favor de que el joven sería el novio de Doris van Benschoten.
Al final ella resolvió el problema a su manera, para satisfacción de todos menos de Paul y Lloyd. Los reunió y les dijo que no podía escoger entre los dos porque los quería igual y que, como por desgracia la poliandria no estaba permitida en Estados Unidos, se veía obligada a renunciar a la felicidad y el honor de casarse con uno de ellos. Cada uno culpó al otro de tan lamentable resultado y el rencor existente entre los dos se enconó aún más.
Pero las cosas pronto alcanzaron un punto crítico. Fue en mi casa, después de que ambos se licenciaran y se retiraran del mundo, cuando llegó el principio del fin. Los dos eran hombres acaudalados, poco propensos a llevar una vida profesional que no necesitaban en absoluto. Mi amistad y su animosidad mutua eran las dos cosas que los unían. Aunque venían a verme a menudo, tenían mucho cuidado de evitarse el uno al otro durante sus visitas. Sin embargo, dadas las circunstancias, resultaba inevitable que coincidieran en alguna ocasión.
Ese día Paul Tichlorne llevaba toda la mañana en mi estudio, concentrado en el último número de una revista científica. Eso me permitía ocuparme de mis propios asuntos y me encontraba en el jardín, entre mis rosas, cuando llegó Lloyd. Mientras podaba, recortaba y sujetaba las trepadoras del porche, con la boca llena de clavos y Lloyd siguiéndome y echándome una mano de vez en cuando, acabamos por hablar de la raza mítica de gente invisible, ese pueblo extraño y vagabundo cuyas tradiciones han llegado hasta nosotros. Lloyd hablaba cada vez con mayor vehemencia, a su manera nerviosa y entrecortada, y enseguida se puso a indagar las propiedades físicas y las posibilidades de la invisibilidad. Afirmó que un objeto perfectamente negro eludiría y desafiaría a la más aguda de las vistas.
—El color es una sensación —decía—. No tiene realidad objetiva. Sin la luz no vemos ni los colores ni los objetos en sí. Todos los objetos son negros en la oscuridad y en la oscuridad resulta imposible verlos. Si la luz no incide sobre ellos, no pueden hacerla rebotar y enviársela al ojo, por lo que no tenemos evidencia visual de su existencia.
—Pero vemos objetos negros a la luz del día —objeté.
—Cierto —dijo efusivamente—. Porque no son perfectamente negros. Si fuesen perfectamente negros, absolutamente negros, no podríamos verlos. No, ni a la luz de mil soles. Y yo afirmo que con los pigmentos adecuados y la composición oportuna podría producirse una pintura absolutamente negra que volvería invisible cualquier cosa sobre la que se aplicara.
—Sería un descubrimiento extraordinario —dije con evasivas, porque aquello me parecía tan fantástico que no le encontraba más finalidad que la puramente especulativa.
—¡Extraordinario! —Lloyd me dio una palmadita en el hombro—. Eso creo yo. Amigo mío, cubrirme con esa pintura implicaría tener el mundo a mis pies. Los secretos de los reyes y sus cortes serían míos, las maquinaciones de los diplomáticos y políticos, los manejos de los que juegan a la bolsa, los planes de las compañías y sociedades. Podría controlar el pulso interno de todas las cosas y convertirme en el poder supremo del mundo. Y… —se detuvo un momento y luego añadió—: Bueno, ya he comenzado los experimentos y no me importa decirte que voy camino de lograrlo.
Nos sobresaltamos al oír una carcajada procedente del umbral. Allí estaba Paul Tichlorne, con una sonrisa de burla en los labios.
—Te olvidas de una cosa, mi querido Lloyd —dijo.
—¿De qué?
—Te olvidas —respondió Paul— de la sombra.
Vi cómo cambiaba la expresión de Lloyd, pero consiguió responder burlón:
—Siempre puedo llevar una sombrilla. —Luego se volvió hacia él de repente y le dijo con violencia—. Oye, Paul, si sabes lo que te conviene, no te metas en esto.
La ruptura parecía inminente, pero Paul se rio cordial:
—Jamás tocaría tus sucios pigmentos. Por más que logres superar tus expectativas más optimistas, siempre habrás de enfrentarte a la sombra. No podrás apartarte de ella. Yo probaré con el enfoque opuesto. Precisamente mi propuesta consiste en eliminar la sombra y…
—¡La transparencia! —exclamó Lloyd al instante—. Pero eso no puede lograrse.
—Oh, no. Por supuesto que no.
Paul se encogió de hombros y se alejó paseando por el sendero de los escaramujos.
Ése fue el principio. Ambos atacaron el problema con la tremenda energía por la que eran famosos y con un rencor y una amargura que me hacían temblar pensando en el éxito de cualquiera de ellos. Ambos confiaban en mí y, durante las muchas semanas de experimentos que siguieron a aquel encuentro, los dos contaron conmigo y escuché sus teorías y presencié sus demostraciones. Jamás, con gesto o palabra alguna, transmití a ninguno de ellos la más mínima pista del progreso del otro y ellos me respetaban por la forma en que guardaba el secreto.
Lloyd Inwood, tras una entrega prolongada y continua, cuando la tensión sobre cuerpo y mente se tornaba insoportable, desarrolló una curiosa forma de obtener alivio. Asistía a combates de boxeo. Fue durante una de esas exhibiciones brutales, a la que me había arrastrado para hablarme de los últimos resultados obtenidos, cuando su teoría quedó confirmada de una forma sorprendente.
—¿Ves ese hombre de patillas pelirrojas? —preguntó, señalando al otro extremo del ring, a la quinta fila de asientos frente a nosotros—. ¿Y ves al que está a su lado, el del sombrero blanco? Bien. Entre los dos hay un buen hueco, ¿no crees?
—Sin duda —respondí—. Están separados por un asiento. El hueco lo forma el asiento sin ocupar.
Se inclinó hacia raí y dijo, muy serio:
—Entre el hombre de las patillas pelirrojas y el del sombrero blanco se sienta Ben Wasson. Ya me has oído hablar de él. Es el púgil más hábil de su peso en el país. Además, es un negro del Caribe, de pura raza y el más negro de Estados Unidos. Lleva un abrigo negro abotonado hasta arriba. Yo lo vi entrar y sentarse ahí. Tan pronto se sentó, desapareció. Observa fijamente, es posible que sonría.
Yo quería acercarme hasta allí para comprobarlo, pero él me lo impidió.
—Espera —dijo.
Aguardé y observé hasta que el pelirrojo giró la cabeza como si le hablase al asiento desocupado. Luego, en ese espacio vacío, vi el blanco de un par de ojos y la doble medialuna blanca que formaban dos hileras de dientes, y a partir de ese momento pude distinguir el rostro de un negro. Pero al desvanecerse la sonrisa, dejó de ser visible y el asiento volvió a parecer vacío.
—Si fuese perfectamente negro, podrías sentarte a su lado y no verlo —dijo Lloyd. Confieso que el ejemplo era lo bastante bueno como para convencerme por completo.
Después de eso visité el laboratorio de Lloyd en varias ocasiones y siempre lo encontré concentrado en buscar el negro absoluto. Sus experimentos abarcaban toda clase de pigmentos, como negro de humo, alquitranes, materias vegetales carbonizadas, hollines de aceites y grasas y distintas sustancias animales carbonizadas.
—La luz blanca se compone de los siete colores primarios —argumentaba—, pero en sí misma, por sí misma, es invisible. Solo al reflejarse en los objetos se vuelve visible y los hace visibles a ellos. Aunque únicamente resulta visible la parte sobre la que se refleja. Por ejemplo, aquí tenemos una tabaquera azul. La luz blanca incide sobre ella y, con una sola excepción, todos los colores que la componen, violeta, índigo, verde, amarillo, naranja y rojo, son absorbidos. La excepción es el azul. No se absorbe, sino que se refleja. Por lo que la tabaquera nos aporta una sensación azul. No vemos los demás colores porque son absorbidos. Solo vemos el azul. Por el mismo motivo la hierba es verde. Las ondas verdes de la luz blanca inciden en nuestros ojos.
—Cuando pintamos nuestras casas no les aplicamos color —dijo en otra ocasión—. Lo que hacemos es aplicar ciertas sustancias que tienen la propiedad de absorber todos los colores de la luz blanca excepto aquellos que queremos para nuestras casas. Cuando una sustancia refleja todos los colores hacia el ojo, nos parece blanca. Cuando absorbe todos los colores, es negra. Pero, como ya he dicho, aún no tenemos un negro perfecto. No se absorben todos los colores. El negro perfecto, el que resiste cualquier intensidad de luz, será total y absolutamente invisible. Mira eso, por ejemplo.
Señaló la paleta que reposaba sobre su mesa de trabajo. En ella se veían distintos tonos de pigmentos negros. Había uno en particular que casi no se veía. Me dio la sensación de que se difuminaba, me froté los ojos y volví a mirar.
—Ése —dijo de forma impactante— es el negro más negro que tú o cualquier mortal hayáis visto jamás. Pero dame tiempo y conseguiré un negro tan negro que ningún mortal podrá ver ¡aunque lo mire!
Por otro lado, a Paul Tichlorne solía encontrarlo igualmente concentrado en el estudio de la polarización, difracción e interferencia de la luz, refracción doble y sencilla y toda clase de extraños compuestos orgánicos.
—Transparencia: estado o cualidad del cuerpo que permite que todos los rayos de luz lo atraviesen —definía—. Eso es lo que busco. Lloyd, en su opacidad perfecta, tropieza con el problema de la sombra. Pero yo me libro de ella. Un cuerpo transparente no proyecta sombra, como tampoco refleja ondas de luz; bueno, no lo hace la transparencia perfecta. De manera que, evitando la mayor intensidad de luz, no solo ese cuerpo dejará de proyectar sombra sino que, debido a que no refleja la luz, también será invisible.
En otra ocasión nos encontrábamos de pie junto a la ventana. Paul se entretenía en pulir cierto número de lentes que había extendido sobre el alféizar. De repente, tras una pausa en la conversación, dijo:
—¡Oh! Se me ha caído una lente. Saca la cabeza, amigo, y mira a ver dónde ha ido a parar.
Empecé a sacar la cabeza, pero un fuerte golpe en la frente me hizo retroceder. Me froté la frente dolorida y le lancé a Paul una mirada de reproche y curiosidad.
—¿Y bien? —dijo.
—¿Y bien? —repetí yo.
—¿Por qué no investigas? —fue su respuesta.
Investigué. Antes de sacar la cabeza mis sentidos, automáticamente activos, me habían dicho que allí no había nada, que nada se interponía entre mi persona y el aire libre, que el hueco de la ventana se encontraba vacío. Alargué la mano y sentí un objeto duro, suave, frío y plano que mi sentido del tacto y mi experiencia calificaron de cristal. Volví a mirar pero no fui capaz de ver nada.
—Arena de cuarzo blanco, carbonato sódico, cal apagada, calcín, peróxido de manganeso —soltó del tirón Paul—. Ahí la tienes, la mejor hoja de vidrio francesa, fabricada por la gran compañía St. Gobain, que hace el mejor vidrio en planchas del mundo. Y éste es el mejor de todos los que han hecho. Cuesta un dineral, pero ¡míralo!, no puedes verlo. No sabes que está ahí hasta que te das con él.
»Amigo mío, esto no es más que una lección magistral: ciertos elementos son en sí opacos pero están compuestos de manera que el cuerpo resultante es transparente. Podrías decirme que eso es una cuestión de química inorgánica. Y tendrías razón. Pero me atrevo a afirmar, aquí mismo y ahora, que en la orgánica puedo duplicar todo lo que ocurre en la inorgánica. ¡Así!
Sujetó un tubo de ensayo entre la luz y yo y pude ver el líquido turbio o embarrado que contenía. Vació en su interior el contenido de otro tubo de ensayo y casi al instante el líquido se volvió transparente y brillante.
—¡O así!
Con movimientos rápidos y nerviosos entre su surtido de tubos de ensayo, convirtió una solución blanca en otra de color vino y otra de color amarillo claro en marrón oscuro. Sumergió un pedazo de papel de tornasol en un ácido, por lo que se volvió rojo al instante y, tras meterlo en una solución alcalina, se tornó azul a la misma velocidad.
—El papel de tornasol sigue siendo papel de tornasol —afirmó en el tono formal de quien imparte una conferencia—. No lo he convertido en otra cosa. Entonces, ¿qué he hecho? Solo he cambiado la disposición de sus moléculas. Mientras que al principio absorbía todos los colores de la luz excepto el rojo, su estructura molecular cambió hasta el punto de hacerle absorber el rojo y demás colores, excepto el azul. Y así podemos continuar ad infinitum. Lo que pretendo hacer es lo siguiente. —Guardó silencio un tiempo—. Pretendo buscar, sí y encontrar, los reactivos adecuados que, al actuar sobre el organismo vivo, produzcan unos cambios moleculares análogos a los que acabas de presenciar. Pero esos reactivos, que encontraré y de los que por cierto ya estoy muy cerca, no harán que el cuerpo vivo se vuelva azul o rojo o negro, sino que lo llevarán a la transparencia. Toda la luz pasará a través de él. Será invisible. No proyectará sombra.
Pocas semanas después fui a cazar con Paul. Llevaba un tiempo prometiéndome que tendría el placer de contar con la ayuda de un perro de caza maravilloso, el más impresionante de todos los perros de caza, o eso aseveraba él y continuó aseverándolo hasta que picó mi curiosidad. Pero la mañana en cuestión me sentí decepcionado porque no vi perro alguno.
—No lo veo por aquí —afirmo Paul sin preocuparse en absoluto y nos pusimos en marcha a campo través.
En ese momento no podía imaginar por qué me sentía molesto, pero me daba la sensación de que me rondaba una enfermedad inminente y letal. Tenía los nervios destrozados y, a juzgar por las asombrosas malas pasadas que me gastaban, mis sentidos parecían haberse amotinado. Me perturbaban unos ruidos muy raros. A veces oía el sonido del roce que un cuerpo hace al pasar entre la hierba y en una ocasión el correteo de unos pies en una zona de terreno pedregoso.
—¿Has oído algo, Paul? —pregunté una vez.
Pero él negó con la cabeza y continuó caminando.
Mientras trepaba una valla oí, aunque muy suave, el gemido ansioso de un perro que, según me pareció, debía encontrarse a no más de medio metro de mí. Pero al mirar a mi alrededor no vi nada.
Me dejé caer al suelo sin fuerzas y temblando.
—Paul —dije—, será mejor que volvamos a casa. Temo que voy a enfermar.
—Tonterías, muchacho —respondió—. El sol te ha afectado a la cabeza como si fuese vino. Te pondrás bien. ¡Dichoso tiempo!
Pero, al seguir un sendero estrecho que pasaba entre un bosquecillo de álamos de Virginia, algo rozó mis piernas, tropecé y estuve a punto de caer. Miré a Paul con ansiedad.
—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Tropiezas contigo mismo?
Me mordí la lengua y seguí adelante, aunque asaz perplejo y absolutamente seguro de que alguna enfermedad misteriosa y grave había atacado mis nervios. Hasta el momento mis ojos se habían librado, pero cuando volvimos a salir a campo abierto también me falló la visión. En el camino, por delante de mí, empezaron a aparecer y desaparecer extraños destellos de luces de muchos colores, como un arcoíris. Aun así, conseguí mantener la calma hasta que las luces multicolores persistieron durante más de veinte segundos, bailando y destellando en una especie de juego ilimitado. Entonces me senté, débil y tembloroso.
—No tengo remedio —jadeé mientras me cubría los ojos con las manos—. Me ha atacado a los ojos. Paul, llévame a casa.
Pero Paul se rio con ganas.
—¿Qué te había dicho? No hay perro más maravilloso. Dime, ¿qué te parece?
Se giró y empezó a silbar. Oí el correteo, el jadeo de un animal acalorado y el inconfundible aullido de un perro. Luego Paul se inclinó hacia delante y en apariencia acarició el aire.
—¡Trae! Dame la mano.
Y la pasó por el hocico húmedo y la quijada de un perro. No cabía duda de que se trataba de un perro, con la forma y la capa de pelo corto y suave de un perdiguero.
Huelga decir que enseguida recuperé el ánimo y el control. Paul le puso un collar al animal y le ató un pañuelo al rabo y así se nos concedió la insólita visión de un collar vacío y un pañuelo ondulante retozando en los campos. Impresionante cuando el collar y el pañuelo detectaron una familia de codornices entre un grupo de falsas acacias y permanecieron rígidos e inamovibles hasta que levantamos las aves.
De vez en cuando el perro emitía los destellos de luz multicolor que ya he mencionado. Según me explicó Paul, era lo único que no había previsto y que dudaba poder superar.
—Forman una gran familia —dijo—, los parhelios, los círculos parhélicos, los arcoíris, los halos y las coronas. Se producen por la refracción de la luz en cristales minerales y de hielo, en la niebla, la lluvia, el rocío y muchas otras cosas; y me temo que son el castigo que debo aceptar por la transparencia. Me libré de la sombra de Lloyd para acabar enfrentándome al destello multicolor.
Un par de días después me tropecé con un hedor insoportable ante la puerta del laboratorio de Paul. Tan desmesurado resultaba que fue sencillo descubrir la causa: una masa de materia putrefacta situada en el umbral y que, en líneas generales, recordaba a un perro.
Paul se quedó asombrado cuando examinó mi hallazgo. Era su perro invisible o, mejor dicho, lo que había sido su perro invisible porque ahora resultaba perfectamente visible. Unos minutos antes había estado jugueteando, tan fuerte y saludable como siempre. Al examinarlo con más detalle vimos que había recibido un fuerte golpe en el cráneo. Aunque resultaba extraño que el animal hubiese muerto, más inexplicable era que se hubiese descompuesto tan rápidamente.
—Los reactivos que inyecté en su sistema eran inofensivos —explicó Paul—. Sin embargo, también eran muy fuertes y parece que, cuando llega la muerte, provocan una desintegración casi instantánea. ¡Extraordinario! Bueno, pues entonces habrá que evitar morirse. No resultan perjudiciales mientras haya vida. Pero me pregunto quién habrá golpeado de esa forma la cabeza del perro.
No tardó en llegar la respuesta, cuando una doncella asustada nos informó de que Gaffer Bedshaw se había vuelto loco de repente aquella misma mañana —no haría más de una hora— y lo mantenían sujeto con correas en casa, la cabaña del cazador, donde desvariaba sobre la batalla mantenida contra una bestia gigantesca y feroz con la que se había tropezado en los pastos de Tichlorne. Afirmaba que aquella cosa, fuera lo que fuese, era invisible, que con sus propios ojos había visto que era invisible, ante lo que su esposa y sus hijas negaban con la cabeza y lloraban, logrando que él se pusiera más violento y que el jardinero y el cochero le apretaran las correas un poco más.
Pero mientras Paul Tichlorne dominaba con éxito el problema de la invisibilidad, Lloyd Inwood no se quedaba atrás en absoluto. Fui a visitarlo tras recibir un mensaje en el que me pedía que acudiese a ver cómo le iba. Su laboratorio ocupaba un lugar aislado en medio de su inmensa propiedad. Se levantaba en un pequeño claro, muy agradable, estaba rodeado por una densa vegetación y a él se llegaba siguiendo un sendero serpenteante y errático. Pero yo lo había recorrido tantas veces que me lo sabía de memoria. Por eso, imaginen mi sorpresa cuando llegué al claro y no encontré el laboratorio. La singular estructura, con su chimenea de arenisca roja, ya no estaba. Además, era como si nunca hubiese estado allí: no había ni rastro de ruinas o escombros, nada.
Eché a andar en dirección al lugar que había ocupado. «Aquí —me dije a mí mismo— es donde debía estar el escalón que llevaba a la puerta». No bien acababa de decirlo cuando mi pie tropezó con un obstáculo, caí hacia delante y me golpeé la cabeza contra algo que parecía una puerta. Alargué la mano. Era una puerta. Encontré el pomo y lo giré. Enseguida, al abrirse la puerta hacia dentro, el interior del laboratorio surgió ante mí. Saludé a Lloyd, cerré otra vez y retrocedí varios pasos por el camino de acceso. No se veía el edificio. Al regresar y abrir de nuevo la puerta, los muebles y todos los detalles del interior se hicieron visibles. La repentina transición del vacío a la luz, la forma y el color resultaba asombrosa.
—¿Qué te parece? —preguntó Lloyd mientras me estrujaba la mano—. Ayer por la tarde le apliqué un par de manos de negro absoluto para ver cómo funcionaba. ¿Y la cabeza? Te has dado un buen golpe.
—Deja eso —dijo luego, interrumpiendo mis frases de felicitación—. Quiero que hagas algo mucho mejor.
Mientras hablaba, empezó a quitarse la ropa y, tras desnudarse por completo, me puso un cubo y un pincel en las manos y me dijo:
—Toma, dame una mano de esto.
Era una especie de laca aceitosa que se extendía con rapidez y facilidad sobre la piel y se secaba de inmediato.
—Es una capa preliminar y por precaución —me explicó cuando hube terminado—. Ahora vamos a lo que importa.
Cogí otro cubo que él me indicó y miré dentro pero no vi nada.
—Está vacío —dije.
—Mete el dedo.
Obedecí y sentí algo húmedo y frío. Al retirar la mano miré el dedo índice —el que había metido—, pero había desaparecido. Lo moví y por la oscilación entre tensión y relajación de los músculos supe que lo movía, pero continuaba desafiando a mi sentido de la vista. Parecía que me lo habían cortado. No pude recibir ninguna impresión visual hasta que lo extendí bajo la claraboya y vi su sombra perfectamente dibujada sobre el suelo.
Lloyd se rio.
—Ahora aplícame una capa y mantón los ojos bien abiertos.
Mojé el pincel en el cubo que parecía vacío y le di una buena pincelada sobre el pecho. Al pasar el pincel, la carne viva iba desapareciendo. Cubrí su pierna derecha y se convirtió en un hombre con una sola pierna que desafiaba todas las leyes de la gravedad. Y así, pincelada a pincelada, miembro a miembro, llevé a Lloyd Inwood a formar parte de la nada. Fue una experiencia espeluznante y me alegré cuando solo quedaron a la vista sus ojos negros y apremiantes, que parecían mantenerse en equilibrio en medio del aire, sin apoyo alguno.
—Tengo una solución inocua y sofisticada para ellos —dijo—. Una breve rociada con un aerógrafo y ¡abracadabra!, ya no estoy.
Tras llevarlo a cabo con destreza, dijo:
—Ahora me moveré por ahí y tú me dirás qué sensaciones experimentas.
—En primer lugar, no te veo —respondí mientras oía su risita alegre que salía del centro de la nada—. Por supuesto —continué—, no puedes librarte de tu sombra, aunque eso ya lo esperábamos. Cuando pasas entre mis ojos y un objeto, el objeto desaparece, pero la desaparición resulta tan inusual e incomprensible que tengo la sensación de que se me ha nublado la vista. Cuando te mueves con rapidez, experimento una desconcertante sucesión de imágenes borrosas que hacen que me duelan los ojos y el cerebro se canse.
—¿Alguna otra cosa te advierte de mi presencia? —preguntó.
—No y sí —respondí—. Cuando te acercas a mí tengo una sensación similar a la que producen las bodegas frías y húmedas, las criptas oscuras y las minas profundas. Creo que siento la proximidad de tu cuerpo como los marineros presienten la proximidad a tierra en medio de la noche más oscura. Pero se trata de algo impreciso e intangible.
Mucho hablamos esa última mañana en su laboratorio y, cuando me dispuse a irme, estrechó mi mano con la suya invisible y nerviosa, y dijo:
—¡Ahora conquistaré el mundo!
Fui incapaz de hablarle del éxito de Paul Tichlorne, tan similar al suyo.
Al llegar a casa encontré una nota de Paul en la que me pedía que fuese de inmediato y ya era mediodía cuando accedí a su camino de entrada en mi bici. Paul me llamó desde la pista de tenis, desmonté y me acerqué hasta allí. Sin embargo, la pista estaba vacía. Mientras permanecía asombrado, con la boca abierta, una pelota de tenis me dio en el brazo y, al girarme, otra pasó rozándome la oreja. No veía a mi agresor y era como si las pelotas se lanzaran contra mí desde la nada, acribillándome. Pero cuando las que ya me habían atacado comenzaron a intentar golpearme de nuevo, comprendí la situación. Cogí una raqueta y presté mucha atención. Enseguida vi un destello multicolor que aparecía y desaparecía mientras corría veloz de un lado a otro. Corrí tras él y, cuando le había propinado media docena de golpes con la raqueta, se oyó la voz de Paul decir:
—¡Basta! ¡Basta! ¡Eh! ¡Para ya! ¡Me estás dando sobre la piel desnuda, sin protección! ¡Ay, ay! ¡Me portaré bien, lo prometo! Solo quería que vieses mi metamorfosis —afirmó con tono arrepentido e imaginé que estaría masajeándose las heridas.
Unos minutos después jugábamos al tenis, lo que suponía una desventaja para mí porque no podía conocer su posición excepto cuando todos los ángulos entre él, el sol y yo se encontraban en la conjunción adecuada. Entonces destellaba, pero solo entonces. Aunque los destellos eran más brillantes que el arcoíris, del azul más puro, el violeta más delicado, el amarillo más vivo y todos los tonos intermedios con el fulgor reluciente de los diamantes, deslumbrante, cegador, irisado.
Pero en medio del partido sentí un escalofrío repentino que me hizo pensar en minas profundas y criptas oscuras, un escalofrío como el que había experimentado aquella misma mañana. De inmediato, junto a la red, vi que una pelota rebotaba en medio del aire y de la nada y, casi al mismo tiempo, a unos seis metros de distancia, Paul Tichlorne emitió un destello multicolor. La pelota no podía haber rebotado en él y con una sensación de pánico atenazadora comprendí que Lloyd Inwood había entrado en escena. Para asegurarme, busqué su sombra. Allí estaba, una mancha informe del contorno de su cuerpo (el sol se encontraba sobre nuestras cabezas) que se movía sobre la pista. Recordé su amenaza y supe que tantos años de rivalidad estaban a punto de culminar en una lucha sorprendente.
Grité para advertir a Paul y oí un gruñido como el de una bestia salvaje que recibió otro gruñido como respuesta. Vi que la mancha oscura cruzaba veloz la pista y un destello de luz multicolor avanzaba con igual rapidez a su encuentro. Entonces sombra y destello se unieron y se oyó el ruido de unos golpes invisibles. La red cayó ante mis ojos asustados. Corrí hacia los contendientes mientras gritaba:
—¡Por el amor de Dios!
Pero sus cuerpos entrelazados me golpearon a la altura de las rodillas y caí al suelo.
—¡No te metas en esto, amigo! —oí decir a la voz de Lloyd Inwood desde el vacío.
Luego fue la voz de Paul la que dijo:
—¡Sí, ya estamos hartos de que siempre intentes mantener la paz entre nosotros!
Por el sonido de sus voces supe que se habían separado. No situaba a Paul, así que me acerqué a la sombra que traicionaba a Lloyd. Pero desde el otro lado recibí un puñetazo en la mandíbula y oí a Paul gritar enfadado:
—¿Ahora te mantendrás alejado por fin?
Volvieron a enzarzarse y por el impacto de los golpes, los gruñidos y jadeos, y los rápidos destellos y el movimiento de la sombra supe que aquella lucha era letal.
Grité pidiendo ayuda y Gaffer Bedshaw llegó corriendo. Al acercarse me di cuenta de que me miraba de forma extraña, pero colisionó con los combatientes y cayó al suelo de cabeza. Con un alarido de desesperación y un grito de: «¡Dios, estoy enfermo!», se puso de pie de un salto y abandonó la pista como un loco.
No podía hacer nada, así que me senté, fascinado e impotente, y observé la pelea. La luz viva y resplandeciente del sol de mediodía caía sobre la pista de tenis vacía. Estaba vacía. Solo veía la mancha de la sombra y los destellos multicolores, el polvo que levantaban los pies invisibles, las huellas que dejaban sobre la tierra al pisar y la malla metálica abombarse en una o dos ocasiones cuando los cuerpos salieron despedidos contra ella. Eso era todo y, al cabo de un tiempo, ya ni eso. Se acabaron los destellos y la sombra se volvió alargada y permaneció inmóvil. Recordé sus rostros infantiles mientras se agarraban con fuerza a las raíces, en la fría profundidad de aquella charca.
Me encontraron una hora después. Los criados se hicieron una vaga idea de lo ocurrido y abandonaron en masa el servicio de los Tichlorne. Gaffer Bedshaw nunca se recuperó de esa segunda conmoción y está internado en un manicomio, sin esperanza alguna de recuperarse. Los secretos de sus maravillosos descubrimientos murieron con Paul y Lloyd, ya que sus parientes, destrozados por el dolor, destruyeron ambos laboratorios. En cuanto a mí, ya no me interesa la investigación química y la ciencia es tema tabú en mi casa. He vuelto a mis rosas. Me basta con los colores de la naturaleza.
[1902]

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