Texto aleatorio

EL AIRE VIBRABA con el confuso alboroto de muchos sonidos: animada música de vals, el golpeteo de las fichas, el nítido repiqueteo de la bola de la ruleta, las decisiones inequívocas de quienes vigilaban el juego, la alegría ruidosa y las risas y, por encima, por debajo y alrededor de todo eso, el intenso murmullo de las conversaciones. Las velas y las lámparas de queroseno observaban la escena desde arriba. El suelo parecía tener vida gracias al movimiento de los pies enfundados en mocasines de quienes bailaban, mientras que en las mesas se apiñaban los jugadores, concentrados en la persecución del oro. En grupos, los hombres de los arroyos, campamentos y caminos hablaban de hazañas pasadas y planeaban nuevas aventuras. De aspecto descuidado, envueltos en chaquetones, pieles y muclucs1, con los rostros cansados y acabados de quienes conocen el trabajo duro y el sufrimiento, relajaban sus lenguas rígidas y charlaban, reviviendo una y otra vez los viejos tiempos antes de que al día siguiente les tocase volver al camino con sus perros. La alargada barba estaba atestada de quienes querían aplacar la sed u olvidar temporalmente lo fatigoso de su esfuerzo para tanta precariedad.

La música atacó un baile alegre que muy pocos presentes conocían y solo una pareja se atrevió a bailar. Durante un minuto fueron el blanco de todas las miradas. Se produjo una pausa en las conversaciones y luego volvió a oírse un murmullo sordo. Los habían reconocido: eran Lucille y Jack Harrington, el rey de Mastadon. Hacían una pareja estupenda. En ningún campamento minero había mujer más hermosa y encantadora que Lucille, y Jack Harrington, fuerte y apuesto, poseía la concesión más rica de Mastadon. Ella… bueno, ella era Lucille, y en cuanto a su pasado, en Dawson esas cosas se olvidan y se perdonan. Él, como decía todo el mundo, era un muchacho excelente que tenía más suerte y tocaba el violín mejor que cualquier hombre del país.

Mientras bailaban hablaron de muchas cosas: de las regalías, los comisarios del oro2, el precio de los perros y la comida, de las minas y los mineros, porque no se conocían y eso era lo que tenían en común. Pero cuando dos seres saludables con tiempo libre para las relaciones sociales se encuentran, la casualidad hará que descubran algo que los una o mejor dicho algo que tengan en común y que no sea muy normal. Antes de que la música callara, ya estaba sembrada la semilla.

—Entonces, ¿toca usted el violín? —preguntó ella—. ¡Oh, enséñeme! Es lo que más me gusta. Prométame que me enseñará.

Y así empezó todo.

TRES SEMANAS DESPUÉS:

Pasada la medianoche, en el punto álgido del baile y los juegos, entran Lucille y Jack, terminando una conversación que había comenzado bajo la fría aurora boreal.

—¿Estás segura? —pregunta él.

—Oh, Jack, te quiero por ti mismo, y me da igual si estás arruinado o tienes miles de onzas de oro. Sé bien lo que siento.

—Eso es fácil decirlo, como es fácil confundir los sentimientos ¿Puedes demostrármelo?

—¿Demostrártelo? ¿Cómo? Ojalá pudiera, pero es imposible.

—No lo es.

—¿No?

—Ven.

En ese momento un cometa cruzó el cielo de Dawson. Se retiró el límite de las apuestas y los mineros abarrotaron las mesas para presenciar el juego. El último turno en la mesa de faro y él apuesta mil dólares a que gana la reina, otros mil por el dos como carta de la banca y mil más a la carta más alta. El dos sigue a la reina y él pierde las tres apuestas. Los testigos guardan un silencio de asombro. En quince minutos toda la ciudad sabe que Jack Harringtort, el Afortunado, la está armando y se acercan a ver. La prueba ha comenzado.

Cada vez que arriesga un pagaré, repite la pregunta y ella reitera su respuesta. Al cabo de una hora él pierde quince mil dólares, pero el juego no le parece lo bastante rápido. Manda llamar al presidente del comité formado por los mineros para ayudar a varias decenas de desafortunados que lo habían perdido todo en el gran incendio. La conversación resulta lacónica:

—Le doy diez mil bajo mano con una condición.

—¿Cuál?

—Que pese el oro y se lo lleve de inmediato.

—Hecho.

Llama al padre B. y repite la jugada, pero esta vez entrega veinticinco mil para el hospital. Y la ciudad entera llega a una conclusión: o Jack Harrington, el Afortunado, está borracho o se ha vuelto loco.

—He vendido la mina y esto es lo último que me queda —le dice a Lucille mientras esparce un último puñado de polvo de oro bajo los pies de los bailarines—. ¿Qué opinas ahora de mí?

—¡Jack! ¡Jack! ¡Qué prueba tan dura! Había pensando que haríamos tantas cosas, que nos marcharíamos de aquí y nos olvidaríamos de todo esto, ¡que odio con todo mi corazón! Pero deberías saber que yo no cambio. Que haría cualquier cosa y soportaría lo que fuera por ti. ¡Gracias a Dios! Porque peor no te podría ir y yo ni me he alterado.

—¿Te unirás a mí y me seguirás a los confines de la tierra en medio de la pobreza, el trabajo duro y las privaciones?

—¿Para qué jugar con las palabras? ¿Puede hacer algo más una mujer? Ya te lo he dicho: me has puesto a prueba. ¿Hay algo bajo el sol que una mujer se niegue a hacer cuando ama de verdad?

—Pero ¿lo harías tú?

—Si tú lo quieres, sí. Como las indias, tengo el deber de seguir a mi amo y señor. Sí, y también el placer.

EL VIEJO SOL, acompañado de dos parhelios, acaba de levantarse sobre el horizonte del sur al mediodía y se detiene para observar Eldorado de la región septentrional. Antes de que pueda ocultarse tras la montaña sobre la que se alzó, consigue vislumbrar una escena que todo Dawson se ha detenido para contemplar. Dos trineos muy cargados y un guía de perros indio esperan donde el gentío es más denso, ante el salón de baile. Se abre un camino a la fuerza entre los curiosos y hasta él llegan Jack y Lucille.

La mañana es fría, la escena inhóspita, el entorno duro; sin embargo, la imagen resulta magnífica. Cargado de chispeantes partículas de escarcha, el aire tiene un lustre plateado y centelleante, como la gasa del vestido de un hada. El poderoso Yukón, las impresionantes cumbres y el bosque interminable, monótonamente blancos y transmitiendo la calma inquietante de una esfinge, duermen en el seno del imponente silencio ártico. Arropados con resistentes prendas de cuero y piel gastadas por el uso, los ojos soñolientos de acción y fuerza latente, los buscadores de oro se agrupan como héroes de otros tiempos. Y en medio de todos ellos se encuentra el verdadero rey de las tierras del Norte, Jack Harrington, el Afortunado. Desde su gorro de piel de glotón hasta sus muclucs inuits, era el hombre entre los hombres. Y ella, cubierta de piel de ciervo, pieles y mocasines adornados con abalorios, con las mejillas sonrosadas y los ojos sonrientes, era una delicia, una auténtica princesa del Ártico.

El aire se llena de adioses y buenos deseos. Los látigos restallan con rencor, los perros lobo embisten el camino con el gemido rápido e impaciente de sus progenitores salvajes y los trineos de acerados patines se dirigen al cauce del río. Entre la multitud alguien canta:

Pero Rut se abrazó a ella3

Todo Dawson se asombró ante la última locura de Jack Harrington, el Afortunado, y seguiría asombrándose si esa misma noche no se hubiese olvidado de lo ocurrido, al salir de estampida hacia el arroyo Swede.

YA LLEVABAN UN MES viviendo totalmente aislados en la cabecera del Klondike, en una tosca cabaña levantada por Jack. Exigua había sido su ración de alimentos: beicon, alubias y harina, con algún que otro filete de alce. Para una mujer inteligente, con talento y que ha conocido situaciones mucho mejores, adaptarse a la rutina inhóspita y tosca del ama de casa en semejante hogar, sin ventanas, triste, con su cama de hojalata y ramas de pino y su parpadeante lámpara de grasa, resultaba terriblemente duro. Sin embargo, Lucille lo soportó porque estaba con el hombre al que había elegido, aunque lo veía poco, ya que él se pasaba el día entero en los bosques o al otro lado de las montañas.

Pero era de esas mujeres para las que las emociones constituyen un factor importante de su existencia y cuando subían al trono de su razón, gobernaban con mano de hierro. Equilibrada, sensible, delicada, con el alma sensual del artista, admiradora de rítmico latir de la armonía y capaz de responder a sus deseos más elevados, no es de extrañar que disfrutara del violín durante las repetidas ausencias del marido. Menos aún que, durante los prolongados anocheceres en los que lo convencía para que tocara, ella se mostrara cautivada. ^ lo que la hacía disfrutar no era el placer instintivo del animal ignorante, porque en el mundo feliz al que renunció había conocido lo mejor de lo mejor. Más bien era como un alma sedienta que se ha internado en el desierto y recuerda las fuentes y manantiales de su niñez.

Sin embargo, Jack empezó a pensar cosas raras del amor que ella mostraba por la música y una especie de celos inconscientes distorsionaron y tergiversaron sus conclusiones. De manera que una noche tocó como si estuviese poseído. Se superó a sí mismo, atreviéndose con los pasajes más difíciles, entre la amargura y el placer nacido de la seguridad de que pronto lo sabría. Ingenioso en las improvisaciones, por fin se atrevió con una que se remontó a lo más alto y descendió a lo más profundo, hasta la fecha inalcanzable. Con aquella armonía voluptuosa la sedujo y la perdió no solo a ella, sino también a sí mismo.

Los compases trémulos y sostenidos se entristecían ante un menor armónico de sutiles carrerillas y acordes melancólicos, dulces. Durante un tiempo, el aire se estremeció con el dramatismo del tema. Luego dio comienzo el finale. El adagio pasó a allegretto, expresando un reproche apasionado y una recriminación airada, adoptó los primeros indicios del crescendo al hacerse más fuerte y luego pasó apresuradamente de allegretto a allegro y de allegro a velocissimo. Agitándose, estremeciéndose, temblando y vibrando el violín aullaba su pasión, reventando en un torbellino final de emociones.

Se rompió una cuerda. Se desvaneció el tintineo de un sonido discordante. Se miraron por encima del instrumento amado. En el exterior un perro lobo aullaba desconsolado. La lámpara de grasa parpadeaba triste. El resto era silencio. Él la miró a los ojos como si quisiera desnudarle el alma.

—¿Por mí mismo o por la música? —preguntó.

Con un golpe devastador hizo pedazos el violín.

UNA MAÑANA de principios de abril. En el aire se siente el leve zumbido de la vida, el murmullo apagado del agua que corre, la imprecisa sensación de que comienzan los preparativos. La primavera, que estalla en el milagro instantáneo de las flores, la vida y el movimiento, se ha presentado de manera larvada y sin avisar. Ayer nos dominaba el horrible silencio del invierno, hoy tenemos una extraña sensación de inquietud, de expectación inconsciente, y mañana se oirá el crujir de las ataduras al romperse y la primavera en todo su esplendor nos rodeará como una visión maravillosa.

Todo Dawson se despertó y bebió el tónico vivificante del aire, sintió la premonición de lo que estaba por venir y paseó de un lado al otro de la calle principal para disfrutar de la alegría de vivir. No menos importante era su interés en las traíllas de perros, dispuestas a comenzar su largo viaje al «agua salada», al Exterior. De nuevo los cordiales abrazos, las bendiciones y deseos de buena suerte, de nuevo el restallar de los látigos, el aullido de los perros y el ruido de los trineos al adentrarse en el camino del río. Por última vez, Jack y Lucille le dieron a la espalda a la ciudad dorada.

Como siempre, todo Dawson se emocionó y varios de sus ciudadanos más respetados se dejaron llevar hasta el extremo de bautizar a los viajeros que partían con arroz, un arroz que costaba dos dólares el kilo y solo podía adquirirse en pequeñas cantidades.

Se hicieron varios comentarios.

—Jack Harrington, el Afortunado, no necesita cambiar cartas —comentó uno de la fraternidad de los jugadores.

—¿Y por qué iba a necesitarlo? —dijo otro—. Siempre ha tenido buena mano en el juego. ¿Quién iba a pensar que todo este tiempo había poseído más de un kilómetro y medio de concesión en Dominion, tan rica como Eldorado?

—Y dicen que la compró por nada cuando no valía ni la tasa de registro.

—Pues mirad lo que os digo, quizás tenga un Eldorado en Dominion, pero lo que sí tiene es un Bonanza en Lucille.

—¡Os apuesto a que se rompe el hielo antes de que lleguen a Chilkoot!

—¡Yo apuesto a que no!

—¿Quién más se apunta?

—¡Dos contra uno a que se rompe!

Y así, todo Dawson se dispuso a jugársela en la carrera que Jack Harrington, el Afortunado, corría con la primavera.

[1898]

  1. Bota de piel que usan los esquimales y que suele hacerse de piel de foca o reno. ↩︎
  2. Representante del gobierno y principal autoridad judicial y administrativa en cualquier región minera del Canadá de la época. ↩︎
  3. Ruth, I: 14 ↩︎

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