KEESH VIVIÓ hace mucho tiempo al borde del océano Ártico, fue el jefe de su tribu durante muchos y prósperos años, y murió entre honores, su nombre en boca de todos. Vivió hace tanto que ahora solo los ancianos recuerdan su nombre; su nombre y su historia, que oyeron contar a los ancianos que los precedieron y que los ancianos que vendrán contarán a sus hijos y a los hijos de sus hijos hasta el final de los tiempos. La oscuridad del invierno, cuando los vendavales del norte barren sin descanso la masa compacta de hielo, el aire se llena de copos voladores y ningún hombre puede partir, es el momento elegido para contar cómo Keesh pasó de vivir en el iglú más pobre de la aldea a ostentar el poder y situarse por encima de todos.
Era un chico inteligente —según cuenta la historia—, fuerte y saludable, y ya había visto trece soles, según la forma que ellos tienen de calcular el paso del tiempo; porque cada invierno el sol abandona la tierra, dejándola a oscuras, y al año siguiente un sol nuevo regresa para que puedan volver a entrar en calor y verse las caras. El padre de Keesh había sido un hombre muy valiente, pero murió en una época de hambruna al intentar salvar las vidas de los suyos matando un enorme oso polar. En su afán por lograrlo llegó a forcejear con el oso y así acabó con los huesos aplastados. Pero aquel oso tenía tanta carne que su tribu se salvó. Keesh era su único hijo, por lo que a partir de entonces vivió solo con su madre. Sin embargo, la gente tiende a olvidar y la tribu olvidó la hazaña de su padre; y como él no era más que un niño y su madre una mujer, enseguida se olvidaron también de ellos, de modo que acabaron viviendo en el más pobre y peor de los iglús.
Una noche, durante un consejo celebrado en el enorme iglú de Klosh-Kwan, el jefe, Keesh puso de manifiesto la sangre que corría por sus venas y la hombría que lo llevaba a andar erguido. Con la dignidad de un anciano, se puso en pie y esperó a que se hiciera el silencio.
—Es verdad que a mí y los míos se nos proporciona carne —dijo—. Pero a menudo es carne vieja y dura que, además, tiene una cantidad excesiva de huesos.
Los cazadores, tanto los veteranos y canosos como los vigorosos y jóvenes, se quedaron horrorizados. Jamás se había visto cosa igual. ¡Un niño que hablaba como un adulto y se dirigía a ellos en términos tan duros!
Pero, muy serio y decidido, Keesh continuó:
—Digo esto porque sé que Bok, mi padre, era un gran cazador. Se dice que Bok traía a casa más carne que los dos mejores cazadores juntos, que con sus propias manos se ocupaba de repartirla, que con sus propios ojos se preocupaba de que la más anciana de las mujeres y el más anciano de los hombres recibiesen una parte justa.
—¡No! ¡No! —gritaron los hombres—. ¡Que se calle el niño! ¡Que se vaya a dormir! ¡No es hombre para dirigirse de esa forma a los hombres y a los ancianos!
Keesh aguardó con calma hasta que remitió el alboroto.
—Tú tienes esposa, Ugh-Gluk —dijo—, y hablas por ella. Tú también, Massuk, y tienes madre, y hablas en nombre de las dos. Mi madre solo me tiene a mí, por eso hablo. Como decía, ya que Bok murió por cazar con demasiado empeño, es justo que yo, que soy su hijo, y que Ikeega, que es mi madre y fue su esposa, tengamos carne en cantidad siempre que haya carne en cantidad en la aldea. Yo, Keesh, hijo de Bok, he dicho.
Se sentó, muy atento a la avalancha de protestas e indignación que sus palabras provocaron.
—¡Que un niño hable en el consejo! —mascullaba el anciano Ugh-Gluk.
—¿Acaso los niños de pecho van a decirnos a nosotros, que somos hombres, lo que debemos hacer? —preguntó Massuk en voz alta—. Yo, un hombre adulto, ¿voy a permitir que cada niño que llora pidiendo carne se burle de mí?
Montaron en cólera. Lo mandaron a la cama, lo amenazaron con dejarlo sin carne y le prometieron terribles palizas por su osadía. Los ojos de Keesh llamearon y la sangre oscureció su piel. En medio de los insultos, se puso en pie de un salto.
—¡Oídme, hombres! —gritó—. No volveré a hablar en el consejo, nunca más hasta que los hombres acudan a mí y me digan: «Está bien que hables, Keesh; está bien y así lo deseamos». Así que escuchad mis últimas palabras. Bok, mi padre, fue un gran cazador. Yo, su hijo, saldré también a cazar la carne que coma. Y sabed desde ahora que la repartiré de forma justa. Ninguna viuda ni persona débil llorará de noche porque no tenga carne mientras los hombres fuertes se quejan de dolor por haber comido demasiado. En los días por venir, la vergüenza caerá sobre los hombres fuertes que comen de más. ¡Yo, Keesh, he dicho!
Salió del iglú perseguido por las burlas y las carcajadas despectivas, pero conservo el gesto decidido y continuó hacia delante, sin mirar a izquierda o derecha.
Al día siguiente siguió la línea de la costa, donde el hielo y la tierra se encuentran. Quienes lo vieron marchar se fijaron en que llevaba su arco, con una buena provisión de flechas, y que del hombro colgaba la enorme lanza de su padre. Aquello provocó muchas risas y comentarios. Era un suceso sin precedentes. Jamás un niño tan joven había salido a cazar y mucho menos solo. También hubo muchos que negaron con la cabeza y murmuraron profecías, mientras las mujeres miraban compasivas a Ikeega, de rostro serio y triste.
—Volverá muy pronto —le dijeron para animarla.
—Que se vaya, así aprenderá la lección —comentaron los cazadores—. Enseguida regresará y nos hablará con modestia y humildad.
Pero transcurrió un día, y otro, al tercero sopló un vendaval muy violento y Keesh no regresó. Ikeega se mesó los cabellos y se cubrió el rostro con hollín de aceite de foca para mostrar su dolor; las mujeres dirigieron palabras muy agrias a los hombres por haber maltratado al niño y enviarlo a morir; y los hombres no respondieron, pero se prepararon para salir en busca del cuerpo en cuanto amainase la tormenta.
Sin embargo, a la mañana siguiente, muy temprano, Keesh volvió a la aldea. Pero no llegó avergonzado. Sobre los hombros llevaba una carga de carne fresca. Se daba aires al andar y habló con arrogancia.
—Hombres, salid con los perros y los trineos y seguid mi rastro durante casi un día —dijo—. Hay mucha carne sobre el hielo: una osa y dos oseznos casi adultos.
Ikeega se dejó dominar por la emoción, pero él recibió sus muestras de cariño como un hombre y dijo:
—Ven, Ikeega, vamos a comer. Después dormiré porque estoy cansado.
Entró en su iglú y comió cuanto quiso. Luego durmió durante veinte horas seguidas.
Al principio hubo muchas dudas, muchas dudas y discusiones. Matar a un oso polar es algo muy peligroso, pero tres veces más peligroso, y tres veces tres, lo es matar a una osa con sus oseznos. Los hombres no lograban creer que Keesh, un niño, sin ayuda, hubiese conseguido realizar semejante maravilla. Pero las mujeres hablaron de la carne fresca que había traído a la espalda y eso constituyó un argumento irrefutable contra su escepticismo. Así que al final partieron, gruñendo porque, con toda probabilidad, si era cierto, sin duda el chico habría dejado los animales muertos sin despiezar. En el Norte es muy importante despiezar al animal tan pronto muere. De lo contrario la carne se congela de tal forma que ni el cuchillo más afilado la penetra y no resulta sencillo cargar en el trineo y arrastrar sobre el hielo accidentado a un oso de ciento cuarenta kilos, duro como una piedra. Pero al llegar al lugar indicado, no solo encontraron a los animales —cosa que habían dudado—, sino que descubrieron que Keesh los había despiezado como el más experto de los cazadores y había retirado las entrañas.
Así dio comienzo el misterio de Keesh, un misterio que fue intensificándose con el paso de los días. Cuando volvió a salir mató a un oso joven, casi adulto, y en el siguiente viaje se cobró un macho grande y su hembra. Solía ausentarse durante tres o cuatro días, aunque no era raro que pasara una semana perdido en la extensión helada. Nunca aceptaba que lo acompañasen durante sus expediciones y la gente se maravillaba. «¿Cómo lo hace?», se preguntaban los unos a los otros. «Nunca se lleva un solo perro, y los perros son de gran ayuda».
—¿Por qué solo cazas osos? —se atrevió a preguntarle un día Klosh-Kwan.
Keesh le dio una buena respuesta:
—Todo el mundo sabe que los osos tienen más carne.
Pero en la aldea también se hablaba de brujería.
—Caza con los espíritus malignos —afirmaban algunos—, por eso siempre se ve recompensado. ¿Cómo puede ser de otra forma, si no caza con los espíritus malignos?
—Puede que los espíritus no sean malignos, sino buenos —decían otros—. Todos sabemos que su padre fue un cazador muy poderoso. ¿No es posible que su padre cace con él para que alcance experiencia, paciencia y comprensión? ¿Quién sabe?
De todas maneras, Keesh siguió teniendo éxito y los cazadores menos experimentados tuvieron que dedicarse a acarrear la carne que él conseguía. Fue justo al repartirla. Tal y como había hecho su padre, se ocupó de que la más anciana de las mujeres y el más anciano de los hombres recibiesen una parte justa y solo guardaba para él la cantidad que sus necesidades requerían. Debido a eso y a su mérito como cazador empezaron a mirarlo con respeto e incluso con temor reverencial. Llegó a hablarse de nombrarlo jefe tras el anciano Klosh-Kwan. Debido a todo lo que había hecho, esperaban que volviese a aparecer en el consejo, pero él nunca iba y a ellos les daba vergüenza pedírselo.
—Estoy pensando en construirme un iglú —dijo un día ante Klosh-Kwan y cierto número de cazadores—. Será un iglú grande, en el que Ikeega y yo podamos vivir cómodamente.
—Sí —asintieron todos, muy serios.
—Pero no tengo tiempo. Lo mío es la caza y a ella dedico todo mi tiempo. Por eso me parece justo que los hombres y mujeres de la aldea que comen mi carne construyan mi iglú.
Y le construyeron el iglú, tan amplio que su tamaño excedía incluso al de Klosh-Kwan. Keesh y su madre se mudaron. Era la primera vez que Ikeega disfrutaba de comodidades desde que Bok había muerto. Pero su mejora no fue solo en lo material porque, debido a su maravilloso hijo y la posición que este le había procurado, empezaron a tratarla como si fuese la primera mujer de la aldea: las demás la visitaban, le pedían consejo y citaban sus sensatos comentarios cuando surgían discusiones entre ellas mismas o con los hombres.
Sin embargo, el misterio que rodeaba la sorprendente forma de cazar de Keesh continuaba preocupándolos a todos. Y un día Ugh-Gluk lo acusó directamente de brujería.
—Se te acusa —dijo Ugh-Gluk, amenazador— de tratar con espíritus malignos. Por eso tu caza se ve recompensada.
—¿No es buena la carne? —respondió Keesh—. ¿Ha enfermado algún miembro de la tribu por comerla? ¿Cómo sabes que es cosa de brujería? ¿O solo lo supones debido a la envidia que te corroe?
Ugh-Gluk se retiró incómodo mientras las mujeres se reían de él al pasar. Pero una noche de consejo, tras una larga deliberación, se decidió ponerle espías cuando saliese a cazar para conocer sus métodos. Así, en su siguiente viaje, Bim y Bawn, dos jóvenes y muy buenos cazadores, lo siguieron con cuidado de no ser vistos. Regresaron a los cinco días, los ojos desorbitados y las lenguas temblorosas por contar lo que habían visto. Enseguida se reunió el consejo en el iglú de Klosh-Kwan y Bim empezó a narrar.
—¡Hermanos! Como ordenasteis, seguimos el rastro de Keesh con gran cuidado para que no nos descubriese. Hacia la mitad del primer día se encontró con un oso grande. Era enorme.
—No lo hay mayor —corroboró Bawn, que continuó el relato—. Pero el oso no tenía ganas de luchar, porque se dio la vuelta y se marchó despacio, cruzando la extensión de hielo. Eso lo vimos desde las rocas de la orilla. El oso venía hacia nosotros y Keesh iba tras él, sin miedo. Le gritó palabras muy duras al oso mientras movía los brazos y hacía mucho ruido. Entonces el animal se enfadó, se irguió sobre los cuartos traseros y gruñó. Pero Keesh continuó andando hacia él.
—Sí —intervino Bim—. Keesh caminaba en dirección al oso. Entonces el animal se lanzó hacia él y Keesh huyó. Pero mientras corría, dejó caer sobre el hielo una bolita pequeña. El oso se detuvo, la olió y se la tragó. Keesh siguió corriendo y dejando caer bolitas que el oso se iba tragando.
Empezaron a oírse exclamaciones y gritos de duda, y Ugh-Gluk expresó su escepticismo abiertamente.
—Lo vimos con nuestros propios ojos —afirmó Bim.
Y Bawn:
—Sí, con nuestros propios ojos. Así siguió la cosa hasta que el oso se irguió de repente y gritó de dolor mientras agitaba con violencia las garras delanteras. Keesh continuó alejándose sobre el hielo hasta situarse a una distancia segura. Pero el oso no le hacía caso, ocupado por la desgracia que las bolitas habían provocado en su interior.
—Sí, en su interior —interrumpió Bim—. Porque se daba zarpazos a sí mismo y saltaba sobre el hielo como un cachorro juguetón, aunque por cómo gruñía y se quejaba estaba claro que no lo hacía por jugar, sino porque le dolía. ¡Jamás he visto cosa igual!
—No, nunca se ha visto cosa igual —tomó la palabra Bawn—. Sobre todo porque era un oso enorme.
—Brujería —sugirió Ugh-Gluk.
—No sé —respondió Bawn—. Yo solo cuento lo que vieron mis ojos. Al cabo de un tiempo el oso estaba débil y cansado, porque pesaba mucho y había saltado sin parar, y se alejó siguiendo el hielo de la orilla mientras meneaba la cabeza despacio, de un lado al otro, y de vez en cuando se sentaba para quejarse y llorar. Keesh lo seguía y nosotros seguíamos a Keesh. Lo seguimos durante ese día y tres días más. El oso estaba cada vez más débil y nunca dejó de llorar por el dolor.
—¡Fue un hechizo! —exclamó Ugh-Gluk—. ¡Seguro que usó un hechizo!
—Puede ser.
Y Bim relevó a Bawn.
—El oso andaba sin rumbo, ahora hacia allí y luego hacia allá, retrocedía, avanzaba y se movía en círculos, de manera que al final acabó cerca del lugar donde se había encontrado con Keesh la primera vez. Para entonces ya estaba muy enfermo y no podía moverse, así que Keesh se acercó y lo alanceó hasta matarlo.
—¿Y luego? —quiso saber Klosh-Kwan.
—Dejamos a Keesh desollando al oso y vinimos corriendo para contar lo ocurrido.
La tarde de aquel mismo día, las mujeres acarrearon la carne del oso mientras los hombres permanecían sentados en consejo. Cuando llegó Keesh le enviaron un mensajero, invitándolo a presentarse ante ellos. Pero respondió diciendo que tenía hambre y estaba cansado; además dijo que su iglú era grande y cómodo y podía albergar a muchos hombres.
La curiosidad que sentían era tal que el consejo en pleno, con Klosh-Kwan al frente, se dirigió al iglú de Keesh. Lo encontraron comiendo, pero los recibió con respeto y los sentó de acuerdo con su rango. Ikeega se sentía orgullosa y azorada por turnos, sin embargo Keesh se mostraba sereno.
Klosh-Kwan recitó la información ofrecida por Bim y Bawn, y al terminar dijo en tono severo:
—Necesitamos que expliques, Keesh, tu modo de cazar. ¿Tiene que ver con la brujería?
Keesh levantó la mirada y sonrió.
—No, Klosh-Kwan. Los niños no saben de brujerías, y yo tampoco. Pero he encontrado la forma de matar al oso de los hielos con facilidad. No es más que eso. Es cuestión de usar la cabeza, no la brujería.
—¿Y puede hacerlo cualquiera?
—Cualquiera.
Se hizo un silencio prolongado. Los hombres se miraban y Keesh continuaba comiendo.
—Y… y… ¿nos lo contarás, Keesh? —preguntó al fin Klosh-Kwan con voz trémula.
—Sí, os lo contaré. —Keesh terminó de succionar un hueso de caña y se puso en pie—. Es muy sencillo. ¡Mirad!
Cogió una tira muy fina de barba de ballena y la mostró. Los extremos eran penetrantes como agujas. Enrolló con cuidado la tira hasta hacerla desaparecer en su mano. Luego abrió la mano de repente, la tira saltó como un resorte y recuperó su forma original. A continuación cogió un pedazo de grasa de ballena.
—Se trata de coger un trozo pequeño de grasa de ballena —dijo—, y así, de esta forma, hacer un hueco en su interior, en el que se mete la barba bien enrollada. Luego se cubre el hueco con otro pedazo de grasa. Después se deja a la intemperie para que se congele. El oso se come la bolita, la grasa se derrite, la barba afilada se estira y sobresale, el oso enferma y, cuando está muy mal, se le mata con la lanza. Es muy sencillo.
Ugh-Gluk dijo: «¡Oh!», Klosh-Kwan dijo: «¡Ah!». Todos dijeron algo a su manera y todos comprendieron.
Ésta es la historia de Keesh, que vivió hace mucho tiempo al borde del océano Ártico. Como usó la cabeza en vez de la brujería, pasó de vivir en el iglú más pobre a ser el jefe de la aldea y se cuenta que durante los muchos años que vivió su tribu prosperó y no hubo viuda ni persona débil que llorase de noche por falta de carne.
[1901]

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