Texto aleatorio

HAY RENUNCIAS Y RENUNCIAS. Aunque en esencia la renuncia siempre es lo mismo. La paradoja es que hombres y mujeres se privan de lo que más quieren en el mundo por algo aún más querido. Nunca ha sido de otra forma. Ocurrió así cuando Abel hizo ofrenda de los primogénitos de su ganado y de lo mejor de ellos. Los primogénitos y los mejores ejemplares de su ganado eran para él lo más querido del mundo, pero se desprendió de ellos para estar en buenos términos con Dios. Lo mismo ocurrió con Abraham cuando se dispuso a ofrecer a su hijo Isaac sobre una piedra. Quería mucho a Isaac, pero Dios, en sus caminos inescrutables, era incluso más preciado para él. Podría ser que Abraham temiese al Señor. Pero, ya sea eso verdad o no, varios miles de millones de personas han decidido desde entonces que amaba al Señor y deseaba servirlo.

Así, como se ha decidido que amar es servir y ya que renunciar es servir, Jees Uck, una simple mujer de una raza de piel morena, amaba con un amor enorme. No conocía la historia porque solo había aprendido a interpretar las señales del clima y de la caza, por lo que nunca había oído hablar de Abel o de Abraham; tampoco le habían contado —porque se había librado de las buenas hermanas de la Santa Cruz— la historia de Ruth la moabita, que renunció a su propio Dios por el bien de una mujer extraña de una tierra desconocida. Jees Uck solo había aprendido una forma de renunciar: con una maza como factor dinámico, de una forma muy similar a como se obliga a un perro a renunciar a un hueso de caña robado.

De manera que esta es la historia de Jees Uck, que también es la historia de Neil Bonner, de Kitty Bonner y de un par de descendientes de Neil. Jees Uck era de una raza de piel morena, eso es verdad, pero no era india; tampoco esquimal, ni siquiera inuit. Si retrocedemos siguiendo la tradición oral nos encontramos con la figura de un tal Skolkz, un indio toyaat del Yukón, que en su juventud llegó hasta el gran delta donde vivían los intuitos y donde se unió a una mujer recordada por el nombre de Olillie. Olillie era de madre esquimal y padre inuit. De la unión de Skolkz y Olillie nació Halie, que era medio india toyaat y tenía un cuarto inuit y otro cuarto esquimal. Halie era la abuela de Jees Uck.

Halie, en quien se habían degradado tres estirpes y que no albergaba prejuicio alguno a añadir más ingredientes a la mezcla, se emparejó con un comerciante de pieles ruso llamado Shpack, también conocido en su tiempo como el Gran Gordo. Decimos que Shpack es ruso a falta de un término más adecuado, porque el padre de Shpack, un convicto eslavo de las regiones bajas, había escapado de las minas de mercurio hacia el norte de Siberia, donde conoció a Zimba, una mujer del Pueblo del Ciervo que se convirtió en madre de Shpack, abuelo de Jees Uck.

Si el Pueblo del Mar —que vive marginado bordeando el océano Ártico con sus sufrimientos— no hubiese capturado a Shpack cuando no era más que un niño, Este no se habría convertido en el abuelo de Jees Uck y nos habríamos quedado sin historia. Pero el Pueblo del Mar lo capturó y de él huyó en dirección a Kamchatka y desde allí, en un ballenero noruego, hacia el Báltico. Poco después apareció en San Petersburgo y no tardó muchos años en derivar hacia el este siguiendo la misma agotadora senda que su padre había medido con sangre y gemidos medio siglo antes. Pero Shpack era un hombre libre y trabajaba para la gran Compañía de pieles rusa. Así viajó cada vez más hacia el este, hasta cruzar el mar de Bering y llegar a la América rusa; y en Pastolik, que está junto al Gran Delta del Yukón, se convirtió en el marido de Halie, abuela de Jees Uck. De esa unión nació una niña, Tukesan.

Shpack, cumpliendo órdenes de la compañía, realizó un viaje en canoa de varios cientos de kilómetros Yukón arriba hasta la factoría de Nulato. Llevó con él a Halie y a Tukesan, que era un bebé. Eso ocurrió en 1850 y en 1850 fue cuando los indios del río cayeron sobre Nulato y la borraron de la faz de la tierra. Ese fue el fin de Shpack y Halie. Esa noche terrible Tukesan desapareció. Hasta el día de hoy los toyaates aseveran que no tuvieron nada que ver con eso, pero, fuera como fuese, el caso es que Tukesan se crio entre ellos.

Tukesan se casó sucesivamente con dos hermanos toyaates, sin llegar a tener hijos de ninguno de ellos. Debido a eso las otras mujeres negaron con la cabeza y ningún otro hombre toyaat se atrevió a casarse con la viuda sin hijos. Pero por entonces, a muchos cientos de kilómetros cauce arriba, en Fort Yukón, había un hombre llamado Spike O’Brien. Fort Yukón era una factoría de la Compañía de la Bahía de Hudson y Spike O’Brien uno de los empleados de la compañía. Se trataba de un buen empleado, pero llegó a la conclusión de que servir a la compañía no le gustaba y con el tiempo justificó esa opinión desertando. Volver hasta la factoría de York en la bahía de Hudson siguiendo la serie de factorías suponía un viaje de un año de duración. Además, al tratarse de factorías de la compañía sabía que no iba a poder esquivar sus garras. Solo le quedaba la opción de viajar Yukón abajo. Cierto era que ningún hombre blanco había viajado nunca curso abajo del Yukón, como tampoco ninguno sabía si desembocaba en el océano Ártico o en el Mar de Bering. Pero Spike O’Brien era celta y la promesa de peligros, una tentación a la que nunca se resistía.

Pocas semanas después, un tanto maltratado, bastante hambriento y casi muerto debido a las fiebres del río, encajó el morro de su canoa en la ribera de tierra junto a la aldea de los toyaates y luego se desmayó. En las semanas que siguieron mientras recuperaba fuerzas se fijó en Tukesan y le gustó. Al igual que el padre de Shpack, que vivió hasta una edad muy avanzada entre el Pueblo del Ciervo siberiano, Spike O’Brien podría haber dejado sus ancianos huesos entre los toyaates. Pero la aventura había tocado a fondo su fibra sensible y no le permitió quedarse. Tal y como había viajado desde la factoría de York hasta Fort Yukón también viajaría, el primero entre los hombres, desde Fort Yukón hasta el mar y ganaría los honores de llegar por tierra, antes que nadie, al Paso del Noroeste. Así que partió cauce abajo y ganó unos honores que nadie reconoció ni añadió a las crónicas. En años posteriores regentó una pensión para marineros en San Francisco, donde lo consideraban un mentiroso de primera debido a las verdades como puños que contaba. Pero Tukesan, la estéril, había dado a luz una hija. Y esa hija era Jees Uck. Hemos trazado a fondo su linaje para demostrar que no era india ni esquimal ni inuit ni mucho de cualquier otra cosa, además de para mostrar que todos somos niños abandonados de las generaciones y las extrañas divagaciones de las semillas de las que provenimos.

Con la sangre errante que corría por sus venas y su herencia compuesta de tantas razas, Jees Uck se convirtió en una joven impresionantemente bella. Tal vez fuese una belleza extraña y lo bastante oriental como para desconcertar a cualquier etnólogo que estuviese de paso. Tenía una elegancia ágil y esbelta. Más allá de una forma de entonar que aceleraba la imaginación, la contribución del celta no resultaba visible. Es posible que fuese responsable de la sangre caliente que corría bajo su piel y que rebajaba el tono moreno del rostro y aclaraba el del cuerpo; aunque eso también podría deberse a Shpack, el Gran Gordo, que había heredado el color de su padre eslavo. Por último, tenía unos ojos negros enormes y de mirada intensa: los ojos del mestizo, redondos, esféricos y sensuales que indican el choque de las razas de piel oscura con la de piel clara. Además, esa sangre blanca y el hecho de saber que la llevaba le daban cierto grado de ambición. Aparte de eso, tanto por educación como por visión de la vida era total y completamente una india toyaat.

Un invierno, cuando ya era una mujer joven, llegó a su vida Neil Bonner. Pero lo hizo como había llegado a la región: de cierta mala gana. Incluso podemos decir que Bonner había llegado a la región muy en contra de su voluntad. Entre un padre que se dedicaba a cobrar réditos y a cultivar rosas y una madre a la que le encantaba la rutina social, Neil Bonner había salido bastante rebelde. No era cruel ni malintencionado, pero un hombre con la barriga llena y sin nada que hacer en el mundo necesita gastar sus energías de alguna forma, y Neil Bonner era de esos. Gastó sus energías de tal forma y hasta tal punto que cuando llegó el inevitable punto álgido su padre, también llamado Neil Bonner, abandonó sus rosas, presa del pánico, y le dedicó una mirada pensativa a su hijo. Luego se fue corriendo a ver a un amigo que era su alma gemela y con el que acostumbraba hablar de réditos y rosas, y entre los dos decidieron el destino de Neil Bonner hijo. Debía marcharse, a prueba, para olvidar sus locuras inocentes y así estar a la altura de sus propios y excelentes principios.

Una vez acordado esto y con el joven Neil algo arrepentido y muy avergonzado, el resto fue sencillo. Los dos amigos eran importantes accionistas de la compañía P.C. y la compañía P.C. no solo poseía flotas de vapores fluviales y embarcaciones marítimas, sino que, además de sacarle partido al mar, también explotaba cien mil kilómetros cuadrados de una tierra que en los mapas de los geógrafos suele ocupar los espacios en blanco. Así que la compañía P.C. envío al joven Neil Bonner al Norte, donde se encuentran los espacios en blanco, para que hiciera su trabajo y aprendiese a ser tan bueno como su padre. «Cinco años de sencillez dependiendo de la tierra y lejos de las tentaciones harán de él un hombre», dijo Neil Bonner padre y luego regresó a sus rosas. Neil hijo apretó los dientes, proyectó la mandíbula en el ángulo adecuado y se puso a trabajar. Cumplió bien como subordinado y se ganó una recomendación de sus superiores. Y no porque el trabajo le gustase, sino porque era lo único que evitaba que se volviese loco.

El primer año deseó morir. El segundo maldijo a Dios. El tercero se encontró dividido entre ambas emociones y, en medio de la confusión, discutió con un representante de la autoridad. Él ganó la pelea pero el representante de la autoridad dijo la última palabra y eso envió a Neil Bonner a un exilio que convertía su anterior acantonamiento en un paraíso. Sin embargo, se fue sin una queja porque el Norte había logrado hacer de él un hombre.

En los espacios en blanco del mapa aquí y allá aparecen unos circulitos como la letra «o» y, adjuntos a ellos, a un lado u otro, nombres como Fort Hamilton, Yanana Station o Twenty Mile que nos llevan a imaginar que los espacios en blanco se encuentran profusamente salpicados de poblaciones y aldeas. Pero de nada sirve imaginar. Twenty Mile, muy similar a las demás factorías, es una construcción hecha con troncos, del tamaño de cualquier tienda de la esquina, que en el piso de arriba tiene habitaciones para alquilar. En el patio trasero hay una despensa situada sobre altos pilotes y un par de anexos. El patio trasero no está vallado y se extiende hasta el horizonte e incluso un poco más allá. No hay más casas a la vista, aunque a veces los toyaates montan un campamento de invierno a un kilómetro o dos Yukón abajo. Eso es. Twenty Mile, uno de los tentáculos de la compañía P.C., que tantos tiene y a tantas partes llega. Aquí el factor y su ayudante practican el trueque con los indios para hacerse con sus pieles y mantienen un comercio irregular con los mineros errantes a cambio de polvo de oro. También aquí el factor y su ayudante se pasan el invierno anhelando la primavera y, cuando llega la primavera, acampan sobre el tejado echando pestes mientras las aguas del Yukón inundan el establecimiento. Para hacerse cargo de aquello llegó hasta allí Neil Bonner en el cuarto año de su estancia.

No desplazaba al factor anterior porque el hombre que dirigía aquello había acabado con su vida «debido a los rigores del lugar», según el ayudante, que permanecía allí; aunque los toyaates contaban otra versión junto a sus hogueras. El ayudante era un hombre de pecho cavernoso, hombros encogidos, rostro cadavérico y mejillas hundidas que la escasa barba negra no lograba ocultar. Tosía mucho, como si la tuberculosis se hubiese apoderado de sus pulmones, mientras que a sus ojos asomaba esa luz afiebrada y enloquecida común a los tísicos en la última etapa de la enfermedad. Se llamaba Pentley, Amos Pentley, y a Bonner no le gustaba, aunque aquel pobre diablo desdichado y sin esperanza le daba pena. No encajaban esos dos hombres que, más que ningún otro, deberían haberse llevado bien, en vista del frío, el silencio y la oscuridad del largo invierno.

Al final Bonner llegó a la conclusión de que Amos estaba loco y lo dejó en paz, por lo que se ocupaba de hacer él todo el trabajo excepto cocinar. Incluso así Amos solo le dedicaba miradas de desprecio y le demostraba un odio que no disimulaba. Eso supuso una gran pérdida para Bonner, porque el rostro sonriente de uno de los suyos, una palabra de ánimo, la simpatía de la camaradería compartida con las desgracias eran cosas que significaban mucho. El invierno estaba en pañales cuando empezó a comprender los motivos añadidos por los que, con semejante ayudante, el factor anterior había decidido quitarse la vida.

Twenty Mile era un lugar muy solitario. Una inmensidad desoladora se extendía en cualquier dirección hasta el horizonte. La nieve, que ya era hielo, arrojaba su manto sobre la tierra y lo enterraba todo en el silencio de la muerte. Durante días el clima se mantuvo despejado y frío, con el termómetro oscilando entre los 40 y los 45 °C bajo cero. Entonces las cosas cambiaron. La poca humedad que había rezumado a la atmósfera creó unas nubes informes, grises y tristes; el frío atemperó y los termómetros subieron hasta marcar 30 °C bajo cero; y la humedad descendió del cielo en forma de un granizo que siseaba como el azúcar seco o la arena empujada por el viento cuando se pisaba. Después volvieron el frío y el cielo despejado hasta que se amontonó humedad suficiente para cubrir la tierra y protegerla del frío del espacio exterior. Eso fue todo. No ocurrió nada más. Ni tormentas ni lluvias intensas ni bosques destrozados, solo la precipitación mecánica de la humedad acumulada. Posiblemente lo más notable que aconteció durante esas aburridas semanas fue el aumento de las temperaturas hasta los 26 °C bajo cero, algo sin precedentes. Para subsanar ese error, el espacio exterior golpeó a la tierra con su frío hasta que el mercurio se congeló y el termómetro de alcohol permaneció en 57 °C bajo cero durante quince días y entonces estalló. Imposible saber cuánto frío hizo después de eso. Otro suceso, monótono por su regularidad, fue que las noches se hicieron más largas hasta que el día se convirtió en un mero parpadeo de luz entre tinieblas.

Neil Bonner era un animal social. Las locuras por las que hacía penitencia habían surgido de su excesiva sociabilidad. Y allí, en su cuarto año de exilio, se encontraba en compañía —algo que ya era mucho decir— de una criatura hosca y que no hablaba, en cuyos ojos sombríos brillaba un odio tan encarnizado como injustificado. Bonner, para quien la charla y la camaradería eran tan importantes como respirar, andaba de un lado a otro como un fantasma, atormentado por las reuniones sociales de una vida anterior. De día apretaba los labios y mantenía el rostro serio, pero de noche cerraba los puños, se envolvía en las mantas y lloraba como un niño. Se acordaba de cierto representante de la autoridad y lo maldecía. También maldecía a Dios. Pero Dios es comprensivo. No tiene corazón para culpar a los débiles mortales que blasfeman en Alaska.

Y a esa factoría de Twenty Mile acudía Jees Uck en busca de harina, beicon, abalorios y paños de color escarlata para sus labores. Además, y de forma involuntaria, acudía a la factoría de Twenty Mile para hacer que un hombre solitario se sintiera aún más solo y durante el sueño alargara unos brazos que solo abarcaban el vacío. Y es que Neil Bonner no era más que un hombre. La primera vez que ella fue a la factoría, él la miró largamente, como el sediento miraría un manantial. Y ella, con la herencia que Spike O’Brien le había legado, imaginó con audacia y sonrió mirándolo a los ojos, no como las gentes de piel morena deberían sonreír ante las razas regias, sino como una mujer le sonríe a un hombre. Fue inevitable. Aunque él no lo vio y quiso resistirse con tanta fuerza y pasión como en realidad se veía atraído por ella. ¿Y ella? Ella era Jees Uck, por educación una india toyaat, total y completamente.

Iba a menudo a la factoría para comerciar. Solía sentarse junto a la gran estufa y charlaba en su mal inglés con Neil Bonner. Él se acostumbró a aguardar su llegada y los días en que no aparecía, Bonner se sentía preocupado e inquieto. En ocasiones se paraba a pensar y entonces la recibía con frialdad, con una reserva que la dejaba perpleja y molesta y que —de eso estaba convencida— no era sincera. Pero la mayoría de las veces no se atrevía a pensar y entonces todo iba bien e intercambiaban sonrisas y risas. Amos Pentley, jadeando como un pez varado en la playa, su tos cavernosa apestando a tumba, lo observaba todo y sonreía de oreja a oreja. Él, que amaba la vida, no podía vivir y le dolía en el alma que otros sí pudiesen. Por eso odiaba a Bonner, que tan vivo estaba y cuyos ojos se llenaban de alegría al ver a Jees Uck. En cuanto a Amos, solo pensar en la joven bastaba para que su sangre se acelerase de tal forma que podría causarle una hemorragia.

Jees Uck, que tenía una mente sencilla, razonaba de forma elemental y no estaba acostumbrada a sopesar la vida en sus cantidades más sutiles, leía las reacciones de Amos Pentley como si de un libro se tratase. Advirtió a Bonner en pocas palabras, abiertamente y sin rodeos, pero las complicaciones de una existencia superior lo llevaron a percibir la situación de una manera confusa y se rio de la evidente ansiedad de la joven. Para él, Amos era un pobre y miserable diablo que se tambaleaba desesperado hacia la tumba. A Bonner, que tanto había sufrido, le resultaba fácil perdonar.

Pero una mañana, durante una ola de frío, se levantó de la mesa del desayuno y pasó al almacén. Jees Uck ya estaba allí, sonrosada del camino, para comprar un saco de harina. Unos minutos después, él salía entre la nieve para amarrar el saco al trineo de ella. Al inclinarse notó una rigidez en el cuello y sintió la premonición de una desgracia física inminente. Mientras ataba el último nudo e intentaba enderezarse, un veloz espasmo se apoderó de él y cayó sobre la nieve. Agarrotado y tembloroso, con la cabeza hacia atrás, las extremidades extendidas, la espalda arqueada y la boca torcida y deformada, parecía que lo torturaban miembro a miembro. Sin gritar ni emitir un solo ruido, Jees Uck acudió de inmediato a su lado, pero él agarraba sus muñecas con fuerza y de forma espasmódica, por lo que mientras duraron las convulsiones no pudo hacer nada. A los pocos minutos el espasmo se relajó y él se quedó debilitado y mareado, la frente perlada de sudor y los labios moteados de espuma.

—¡Rápido! —murmuró con voz extraña y ronca—. ¡Rápido! ¡Adentro!

Empezó a gatear, pero ella lo ayudó a levantarse y, apoyado en su brazo, consiguió avanzar más rápido. En el momento en que entró en el almacén el espasmo volvió a apoderarse de él y su cuerpo se retorció sin poder resistirse, alejándose de ella mientras rodaba por el suelo y se contraía. Amos Pentley apareció y se quedó mirando con curiosidad.

—¡Amos! —exclamó ella con la agonía de la aprensión y la impotencia— ¿Él morir? ¿Tú creer?

Pero Amos se encogió de hombros y continuó mirando.

El cuerpo de Bonner se relajó, los tensos músculos se distendieron y una expresión de alivio asomó a su rostro.

—¡Rápido! —dijo como pudo entre dientes, la boca torciéndose ya al acercarse el siguiente espasmo mientras se esforzaba por controlarlo—. ¡Rápido, Jees Uck! ¡Los remedios! ¡No te preocupes! ¡Arrástrame!

Ella sabía dónde estaba la caja de los remedios, al fondo de la habitación, más allá de la estufa y hacia allí arrastró por las piernas al hombre en apuros. Al desaparecer el espasmo, todavía mareado y muy enfermo, empezó a revisar la caja. Había visto morir perros que mostraban síntomas similares a los suyos y sabía lo que tenía que hacer. Alzó un vial de hidrato de doral, pero tenía los dedos demasiado débiles y flojos para destaparlo. Jees Uck lo hizo en su lugar mientras él sufría otra convulsión. Cuando la superó vio que le tendían el frasquito abierto, miró a los grandes ojos negros de la mujer y en ellos leyó lo que los hombres siempre han leído en los ojos de su pareja. Tomó la dosis entera del líquido y se abandonó hasta haber superado otro espasmo. Luego se incorporó débilmente apoyándose en el codo.

—¡Oye, Jees Uck! —dijo despacio, consciente de la necesidad de darse prisa y a la vez con miedo a precipitarse—. Haz lo que te diga. Quédate a mi lado pero no me toques. Aunque me quede muy quieto tú no debes marcharte. —Empezó a notar la rigidez de la mandíbula y su rostro tembló y se deformó debido a los espasmos, pero tragó saliva y luchó por controlarlos—. No te vayas. Y no dejes que Amos se vaya. ¿Entiendes? Amos debe quedarse aquí.

Ella asintió con la cabeza y él se dejó dominar por la primera de muchas convulsiones, cuya fuerza y frecuencia fueron disminuyendo poco a poco. Jees Uck permaneció a su lado, sin olvidar sus órdenes y sin atreverse a tocarlo. Hubo un momento en el que Amos se mostró inquieto e hizo ademán de entrar en la cocina, pero una rápida mirada ardiente de sus ojos lo llevó a detenerse y después de eso, excepto por su respiración agitada y su tos moribunda, se quedó muy quieto.

Bonner se durmió. La poca luz que indicaba el día desapareció. Amos encendió las lámparas de keroseno mientras los ojos de la mujer vigilaban todos sus movimientos. La tarde siguió su curso. Tras las ventanas que daban al norte, la aurora boreal engalanó el cielo, brillando y destellando hasta fundirse con las tinieblas. Poco después Bonner se despertó. Primero se aseguró de que Amos siguiese allí, luego le dedicó una sonrisa a Jees Uck y se levantó. Tenía los músculos tensos y doloridos y sonrió con tristeza mientras se palpaba para comprobar los estragos sufridos. Después su rostro asumió un gesto serio y eficiente.

—Jees Uck —dijo—, coge una vela. Vete a la cocina. Hay comida sobre la mesa, galletas, alubias y beicon; también hay café en el cazo que está en el fogón. Tráelo todo al mostrador. Trae también vasos, agua y whisky, que encontrarás en el estante de arriba del armario. No te olvides del whisky.

Después de vaciar un vaso de whisky de un solo trago, repasó con calma el contenido de la caja de los remedios, separando de vez en cuando y con decisión determinados frascos y viales. Luego se ocupó de la comida en un intento por analizarla. En sus años de estudiante solía trabajar en el laboratorio y poseía imaginación suficiente para alcanzar resultados a pesar de lo limitado del material con que contaba. Sabía que el tétanos era lo que había provocado sus ataques y eso simplificaba las cosas, por lo que solo tenía que hacer una prueba. En el café no encontró nada, tampoco en las alubias. Dedicó la mayor atención a las galletas. Amos, que no sabía nada de química, observaba sus movimientos con curiosidad. Pero Jees Uck, que tenía una fe ilimitada en la sabiduría del hombre blanco —en especial en la sabiduría de Neil Bonner— y que solo sabía que no sabía nada, miraba su rostro en lugar de sus manos.

Bonner fue eliminando posibilidades paso a paso hasta que llegó a la última prueba. Utilizaba un vial estrecho a modo de tubo de ensayo y lo sostuvo entre él y la luz para observar la lenta precipitación de una sal a través de la solución que contenía el tubo. No dijo nada pero vio lo que esperaba ver. Jees Uck, que no había apartado los ojos de su rostro, también vio algo que la hizo saltar como una tigresa sobre Amos e inmovilizarlo con una agilidad y una fuerza impresionantes. Sacó el cuchillo de la funda y lo alzó, brillante a la luz de las lámparas. Amos gruñó, pero Bonner intervino antes de que la hoja cayese sobre el otro.

—Has hecho bien, Jees Uck, pero no te molestes. ¡Suéltalo!

La joven obedeció y soltó al hombre, aunque con un claro gesto de protesta en el rostro. Cuando el cuerpo de Amos cayó al suelo, Bonner le dio un empujón con el pie.

—¡Levántate, Amos! —ordenó—. Tienes que preparar tu equipo y echarte al camino.

—¿No querrás decir…? —soltó Amos con violencia.

—Quiero decir que has intentado matarme —continuó Neil en un tono de voz frío y mesurado—. Digo que mataste a Birdsall, aunque en la compañía crean que se suicidó. En mi caso utilizaste estricnina. Sabe Dios con qué te lo cargaste a él. No puedo colgarte y además ya estás casi muerto. Pero Twenty Mile es demasiado pequeño para los dos y debes irte. Tienes trescientos veinte kilómetros hasta la misión de la Santa Cruz. Llegarás si no te fatigas demasiado. Te daré comida, un trineo y tres perros. Estarás tan a salvo como en la cárcel, porque no podrás salir del país. Y te daré una oportunidad. Estás a las puertas de la muerte. Muy bien, esperaré a la primavera para avisar a la compañía. Mientras, lo que tienes que hacer es morirte. ¡Lárgate ya!

—¡Tú ir a la cama! —insistió Jees Uck cuando Amos se perdió en la noche camino de la misión de la Santa Cruz—. Estar enfermo aún, Neil.

—Eres buena, Jees Uck —respondió él—. Eres muy buena. Pero debes irte a casa.

—Yo no gustar a ti —se limitó a decir ella.

Neil sonrió, la ayudó a ponerse la parka y la acompañó a la puerta.

—Demasiado, Jees Uck —susurró—. Me gustas demasiado.

Después de eso, el manto de la noche polar cubrió la tierra con la oscuridad más profunda. Neil Bonner descubrió que había infravalorado incluso la presencia de Amos, con su rostro huraño de asesino golpeado por la muerte. Estaba muy solo en Twenty Mile. «Por el amor de Dios, Prentiss, envíame a un hombre», escribió al factor de Fort Hamilton, a cuatrocientos ochenta kilómetros río arriba. Seis semanas después el mensajero indio le llevó la respuesta. Muy propia: «Demonios. Tengo los dos pies congelados. Lo necesito aquí. Prentiss».

Para empeorar las cosas, la mayoría de los toyaates se habían retirado al interior, siguiendo un rebaño de caribúes, y Jees Uck iba con ellos. Saberla a distancia la acercaba a él más que nunca y Neil Bonner se pasaba el día imaginando qué haría ella en el campamento y en el camino. No es bueno estar solo. A menudo salía del silencioso almacén sin cubrirse la cabeza, frenético, y alzaba un puño amenazante contra el breve día que asomaba sobre el horizonte del sur. Durante las noches frías y serenas abandonaba el lecho y salía tambaleante al exterior, donde agredía al silencio con toda la fuerza de sus pulmones, como si fuese algo tangible, capaz de sentir, a lo que él pudiese despertar. O gritaba a los perros que dormían hasta hacerlos aullar sin descanso. Se llevó a uno de ellos al interior de la factoría, como si fuese el hombre que Prentiss debía enviarle. Se esforzó por lograr que durmiese bajo las mantas y que se sentara a la mesa para comer como un hombre, pero el animal —un simple lobo domesticado— se rebeló y buscaba los rincones oscuros, gruñía y llegó a morderle una pierna, por lo que acabó pegándole y echándolo de allí.

Entonces el engaño de la personificación se apoderó de Neil Bonner y lo dominó. Todas las fuerzas que lo rodeaban se metamorfosearon en entidades vivas que respiraban y empezaron a vivir con él. Recreó el panteón primitivo: levantó un altar al sol en el que quemaba velas de sebo y grasa de beicon, y en el patio trasero, junto a la despensa, levantó un demonio de hielo del que solía burlarse cuando el mercurio descendía y volvía al bulbo del termómetro. Por supuesto, todo eso era un juego. A sí mismo se decía que era un juego y se lo repetía una y otra vez para asegurarse, sin darse cuenta de que la locura es propensa a expresarse por medio de juegos y fantasías.

Un día, a mediados de invierno, el padre Champreau, misionero jesuita, llegó a Twenty Mile. Bonner se lanzó sobre él, lo arrastró al interior de la factoría, se agarró a él y lloró, hasta que el sacerdote lloró con él por compasión. Luego Bonner se mostró exageradamente alegre y se volcó en atender a su visitante, mientras juraba que no lo dejaría partir. Pero el padre Champreau tenía prisa por llegar a la costa y ocuparse de un asunto relacionado con su orden, por lo que se marchó a la mañana siguiente con la amenaza de ser el responsable de que Bonner perdiese la vida.

Dicha amenaza estaba muy cerca de hacerse real cuando los toyaates regresaron de su larga cacería a su campamento de invierno. Traían muchas pieles y el comercio y la vida regresaron a Twenty Mile. También volvió Jees Uck a comprar abalorios, paño escarlata y otras cosas, y Bonner empezó a recuperarse. Durante varias semanas luchó por resistirse a la atracción que la joven ejercía sobre él. El final llegó una noche cuando ella se puso en pie para irse. No había olvidado que había sido rechazada y el orgullo que llevó a Spike O’Brien a completar el Paso del Noroeste por tierra era el mismo que albergaba en su interior.

—Irme ahora —dijo—. Buenas noches, Neil.

Pero él fue tras ella.

—No, no está bien —dijo.

Y mientras ella giraba el rostro hacia él con un destello de alegría repentina, Neil se inclinó, despacio y con solemnidad, como si fuera algo sagrado, y la besó en los labios. Los toyaates nunca le habían enseñado el significado de un beso en los labios, pero ella lo entendió y fue feliz.

Con la llegada de Jees Uck todo se animó. La felicidad de la joven era completa y fuente de placeres sin fin. El simple mecanismo de su mente y sus ingenuas costumbres proporcionaban una cantidad inmensa de sorpresas agradables al hombre civilizado en exceso que se había rebajado para aceptarla. No solo constituía el consuelo a su soledad, sino que su primitivismo rejuveneció la mente hastiada de él. Era como si, tras vagar durante mucho tiempo, hubiese regresado para apoyar su cabeza sobre el regazo de la Madre Tierra. Resumiendo: en Jees Uck encontró la juventud del mundo; la juventud, la fuerza y la alegría.

Además, para colmar todas sus necesidades y evitar que pudiesen cansarse uno del otro por verse demasiado, llegó a Twenty Mile un tal Sandy MacPherson, uno de los hombres más sociables que han silbado nunca a lo largo del camino o entonado una balada junto a una hoguera. Un sacerdote jesuita había llegado a su campamento, situado a más de trescientos kilómetros Yukón arriba, a tiempo de decir unas palabras sobre el cuerpo del socio de Sandy. Al marcharse, el sacerdote le había dicho: «Hijo, ahora te sentirás muy solo». Sandy había asentido, muy triste. «En Twenty Mile —añadió el sacerdote— hay un hombre solitario. Os necesitáis el uno al otro, hijo mío».

Así fue como Sandy se convirtió en el tercer habitante de la factoría, hermano del hombre y la mujer que ya residían en ella. Liberó a Bonner del trabajo de cazar alces y de poner las trampas para los lobos y, a cambio, Bonner recuperó un volumen deteriorado y estropeado de tantos viajes y le dio a conocer a Shakespeare, hasta el punto de que Sandy declamaba pentámetros yámbicos a sus perros cuando se amotinaban. En las interminables tardes jugaban a las cartas y hablaban y discutían sobre el universo, mientras Jees Uck se reclinaba con aires de matrona en una butaca y zurcía sus calcetines y mocasines.

Llegó la primavera. El sol se elevó por el sur. La tierra cambió su manto austero por un atuendo de desenfrenado optimismo. Por todas partes la luz se reía y todo invitaba a vivir. Los días crecieron y se hicieron más cálidos, mientras las noches pasaron de ser un destello de oscuridad a no ser nada. El río desnudó su lecho y los vapores desafiaron a la naturaleza con sus resoplidos. Llegó el bullicio, el movimiento, nuevas caras y noticias frescas. Twenty Mile dio la bienvenida al esperado ayudante y Sandy MacPherson se marchó con un grupo de buscadores de oro para invadir la región del río Koyokuk. También llegaron periódicos, revistas y cartas para Neil Bonner. Jees Uck lo observaba preocupada, porque sabía que los suyos le hablaban desde el otro extremo del mundo.

Sin conmoverse en exceso, se enteró de que su padre había fallecido. Había una cariñosa carta de perdón dictada durante sus últimas horas de vida. También había cartas oficiales de la compañía en las que se le ordenaba con magnanimidad que entregase el mando de la factoría al ayudante y se le permitía partir tan pronto quisiera. Una misiva larga y llena de términos legales enviada por los abogados lo ponía al tanto de una lista interminable de acciones y bonos, bienes inmuebles, rentas y bienes muebles que le pertenecían según el testamento de su padre. Y una delicada epístola, con monograma y sello personal, imploraba el regreso del querido Neil junto a su destrozada y afectuosa madre.

Neil Bonner pensó con rapidez y, cuando el Yukon Belle se acercó tosiendo a la orilla camino del mar de Bering, partió. Partió con la vieja mentira, dicha con alegría y despreocupación, de un pronto regreso en los labios.

—Volveré, querida Jees Uck, antes de que caiga la primera nieve —prometió entre los últimos besos, sobre la pasarela.

No solo lo prometió, sino que, como la mayoría de los hombres en las mismas circunstancias, lo creía de verdad. Dio órdenes a John Thompson, el nuevo factor, para que concediese crédito ilimitado a su mujer, Jees Uck. Además, al mirar por última vez desde la cubierta del Yukon Belle vio a una docena de hombres trabajando para levantar los troncos que compondrían la casa más confortable en más de mil quinientos kilómetros de ribera: la casa de Jees Uck, que también sería la de Neil Bonner antes de que cayesen las primeras nieves. Porque de verdad y de corazón pensaba volver. Quería a Jees Uck y el Norte prometía un futuro dorado. Con el dinero de su padre tenía la intención de hacer realidad ese futuro. Un sueño ambicioso lo perseguía. Gracias a sus cuatro años de experiencia y ayudado por la amistosa cooperación de la compañía P.C. regresaría para convertirse en el Cecil Rhodes de Alaska. Volvería, tan rápido como el vapor pudiese llevarlo, en cuanto se ocupase de los asuntos de su padre, al que nunca había conocido bien, y consolase a su madre, a la que había olvidado.

Cuando Neil Bonner regresó del Ártico se armó un buen alboroto. Encendieron las chimeneas y le ofrecieron toda clase de lujos. Él lo aceptó todo y lo agradeció. No solo tenía la piel morena y arrugada, sino que bajo esa piel había un hombre nuevo, capaz de dominar las situaciones y de mostrarse serio y controlado. Sus viejos camaradas se quedaron asombrados cuando rehusó volver a las andadas con ellos, mientras que el amigo de su padre se frotaba las manos con regocijo y se convirtió en una autoridad en el enderezamiento de jóvenes holgazanes y rebeldes.

Durante cuatro años la mente de Neil Bonner había permanecido en barbecho. Pocas cosas nuevas se sumaron a ella, pero había experimentado un proceso de selección. Por decirlo de algún modo, se libró de todo lo que fuera trivial y superfluo. Había vivido con rapidez en el mundo del Sur y en el Norte, en medio de la nada, tuvo tiempo de organizar la confusa masa que formaban sus experiencias. El viento se había llevado por delante sus principios superficiales y otros surgieron sobre unas generalizaciones más amplias y profundas. En cuanto a la civilización, se había marchado defendiendo unos valores y regresó con otros muy distintos. Además, ayudado por las imágenes y los olores de la tierra, había captado el sentido interno de la civilización, lo que le permitía contemplar con claridad sus frivolidades y lo que la movía. Desarrolló una filosofía muy sencilla. La vida sana conducía a la redención. El deber cumplido a la santificación. Era necesario llevar una vida sana y cumplir con el deber para trabajar. El trabajo era la salvación. Y trabajar en defensa de la vida sin descanso era respetar el diseño divino y la voluntad de Dios.

Ante todo, era hombre de ciudad. Su contacto reciente con la tierra y su viril concepción de la humanidad le permitían comprender mejor la civilización y ganarse su favor. Día a día la gente de la ciudad se acercaba más a él y el mundo parecía mucho más grande. Y día a día Alaska se volvía más remota y menos real. Entonces conoció a Kitty Sharon, una mujer de su misma sangre y clase; una mujer que le dio la mano y lo atrajo hacia ella hasta hacerle olvidar el día, la hora y la época de año en que las primeras nieves caen sobre el Yukón.

Jees Uck se mudó a su magnífica cabaña de troncos y pasó soñando los tres meses de verano. Luego llegó el otoño, precediendo a toda prisa la caída del invierno. El aire se volvió ligero y frío, los días más oscuros y cortos. El río corría despacio y la capa de hielo se iba formando en los remolinos ya sin fuerza. Todas las criaturas migratorias partieron hacia el sur y el silencio se apoderó de la tierra. Llegaron las primeras neviscas y el último vapor que regresaba al hogar se abrió camino desesperado entre el hielo escarchado y blando. Luego llegó el hielo sólido, en bloques y capas, hasta que el Yukón ascendió y quedó al mismo nivel que sus orillas. Terminada esa fase, el río se detuvo y los días cortos se perdieron en las tinieblas.

John Thompson, el nuevo factor, se rio; pero Jees Uck tenía fe en los contratiempos que juegan el mar y el río. Neil Bonner podía encontrarse detenido por el hielo en cualquier punto entre el paso Chilkoot y St. Michael, porque los últimos viajeros del año siempre se quedan atrapados en el hielo y entonces deben cambiar el barco por el trineo y avanzar durante muchas horas tras los perros.

Pero a Twenty Mile no llegaron trineos, ni desde el cauce alto del río ni desde el bajo. John Thompson le dijo a Jees Uck, con cierta alegría mal contenida, que Bonner no volvería jamás. Y no solo eso, sino que crudamente le propuso ocupar su lugar. Jees Uck se rio en su cara y regresó a su gran casa de troncos. Pero a mediados de invierno, cuando la esperanza se va apagando y la vida está en horas bajas, Jees Uck se encontró con que no tenía crédito en el almacén. Era la artimaña de Thompson, que se frotaba las manos, caminaba de un lado a otro, se asomaba a su puerta para mirar en dirección a la casa de Jees Uck y esperaba. Continuó esperando. Ella vendió sus perros a un grupo de mineros y pagó las provisiones en efectivo. Cuando Thompson se negó a aceptar su dinero, los indios toyaates compraban para ella y le llevaban la comida a escondidas, de noche.

En febrero llegó la primera remesa de correo y John Thompson leyó en la columna de sociedad de un periódico publicado cinco meses antes que Neil Bonner se había casado con Kitty Sharon. Jees Uck mantuvo la puerta abierta y a él en el exterior mientras compartía con ella la información. Cuando terminó, se rio con orgullo y no lo creyó. En marzo, parió un niño a solas, una nueva vida que la dejó asombrada. Un año después, en esas fechas, Neil Bonner se sentaba junto a otra cama, asombrado ante otra nueva vida que había llegado al mundo.

La nieve desapareció y el hielo del Yukón se fragmentó. El sol avanzó hacia el norte y luego otra vez hacia el sur. Como ya no le quedaba dinero de la venta de los perros, Jees Uck regresó con su gente. Oche Ish, un astuto cazador, le propuso matar la caza y pescar salmones para ella y su bebé si se casaba con él. Imego, Hah Yo y Wy Nooch, todos ellos jóvenes y fornidos cazadores, le hicieron la misma propuesta. Pero ella prefirió vivir sola y procurar sus propios alimentos. Cosía mocasines, parkas y manoplas, prendas útiles, de abrigo y bonitas porque las adornaba con abalorios y piel de pelo. Se las vendía a los mineros que cada año llegaban en mayor cantidad a la región. No solo ganaba para pagar alimentos buenos y abundantes, sino que también ahorraba y un día se embarcó río abajo en el Yukon Belle.

En St. Michael trabajó fregando platos en la cocina de la factoría. Los empleados de la compañía sentían curiosidad por aquella mujer excepcional y su hijo, pero no hicieron preguntas y ella no contó nada. Justo antes de que el mar de Bering se cerrase para el resto del año, compró un pasaje en una goleta que se dedicaba a la caza de focas y que se había desviado momentáneamente de su ruta hacia el sur. Ese invierno cocinó para la familia del capitán Markheim en Unalaska y en primavera continuó rumbo Sur hacia Sitka en un balandro que transportaba whisky. Después apareció en Metlakahtla, cerca de St. Mary’s, al final de la estrecha península del Sureste de Alaska, donde trabajó haciendo conservas durante la temporada del salmón. Cuando llegó el otoño y los pescadores siwashs se prepararon para regresar al estrecho de Puget, se embarcó con un par de familias en una gran canoa de cedro y junto a ellos sorteó el peligroso caos que son las costas de Alaska y Canadá, hasta pasar el estrecho de Juan de Fuca y recorrer las calles adoquinadas de Seattle con su hijo de la mano.

Allí, en una esquina expuesta al viento, se encontró con Sandy MacPherson, quien se sorprendió mucho y, tras oír su historia, se enfureció, aunque no tanto como de haber sabido lo de Kitty Sharon; pero Jees Uck no dijo ni una palabra sobre ella porque nunca había creído que fuese verdad. Sandy, que interpretó lo ocurrido como un abandono despreciable y habitual, quiso disuadirla de continuar viaje a San Francisco, donde se suponía que vivía Neil Bonner cuando estaba en casa. Tras esforzarse, se ocupó de que estuviese cómoda, le compró los billetes y fue a despedirla, siempre sonriéndole, aunque murmurando para sí «maldita sea».

Entre estruendos y fragores de día y de noche, cabeceando y dando bandazos de amanecer en amanecer, ascendiendo hacia las nieves del invernó y bajando hasta valles veraniegos, bordeando barrancos, saltando abismos, cruzando montañas, Jees Uck y su hijo continuaron rumbo al sur. No sintió miedo al ver el caballo de hierro ni se quedó de piedra ante la imponente civilización del pueblo de Neil Bonner. Más bien pareció valorar con claridad el milagro de que un hombre perteneciente a una raza divina la hubiese estrechado en sus brazos. No se sentía confusa ante la mezcla continua de ruidos de San Francisco, la agitación de sus barcos, los movimientos de las fábricas y el tráfico interminable; al contrario, enseguida comprendió la miserable sordidez de Twenty Mile y la aldea toyaat con sus tiendas de piel. Observó al niño que se agarraba a su mano y se maravilló por haberlo parido de semejante padre.

Pagó el precio que le pidió el cochero y subió los escalones de piedra que llevaban a la puerta principal de Neil Bonner. Un japonés de ojos rasgados negoció con ella durante un tiempo infructuoso, luego la dejó entrar y desapareció. Jees Uck permaneció en el vestíbulo, que a su sencilla imaginación le parecía la habitación de invitados, la sala donde se exponían todos los tesoros de la casa con el claro propósito de ostentar y deslumbrar. Las paredes y el techo estaban recubiertos de madera de secuoya tratada con aceite. El suelo brillaba más que el hielo reflectante y decidió permanecer de pie sobre una de las enormes pieles que daban sensación de seguridad a aquella superficie tan bruñida. Una chimenea gigantesca —a ella le pareció extravagante— abría sus fauces en la pared de enfrente. La luz, suavizada por una vidriera de colores, inundaba y cruzaba la habitación y en el extremo más apartado relucía una figura de mármol blanco.

Vio todo eso y más cuando el criado de ojos rasgados la guio a través de otra estancia, que solo pudo observar por encima, para llegar a una tercera; ambas dejaban en nada el espectáculo del vestíbulo. A sus ojos aquella casa impresionante parecía prometer albergar habitaciones similares en número infinito. ¡Eran tan anchas y largas y el techo quedaba tan lejos! Por primera vez desde su llegada a la civilización del hombre blanco se dejó invadir por una sensación de asombro. ¡Neil, su Neil, vivía en esa casa, respiraba el aire que contenía y por las noches se acostaba allí y dormía! Todo lo que veía era hermoso y le agradaba; pero también presintió los conocimientos y el dominio que se ocultaban detrás. Se trataba de la expresión concreta del poder en términos de belleza y era el poder lo que ella intuía de forma infalible.

Entonces apareció una mujer alta y majestuosa, coronada con una mata de pelo como un sol dorado. Se acercaba a Jees Uck igual que una onda de música sobre las aguas de un río en calma; el vestido era en sí una canción y el cuerpo que cubría se movía al ritmo que le marcaba. Jees Uck era de las que atraía a los hombres. Lo demostraban Oche Ish, Imego, Hah Yo y Wy Nooch, por no hablar de Neil Bonner, John Thompson y otros hombres blancos que la miraron y sintieron su atractivo. Pero observó los grandes ojos azules y la piel blanca y rosada de aquella mujer que avanzaba para recibirla y se midió con ella mirando a través de los ojos de un hombre; aun sabiendo que atraía a los hombres sintió que perdía fuerza y pasaba a ser insignificante frente a aquella criatura radiante y llamativa.

—¿Desea ver a mi marido? —preguntó la mujer y Jees Uck se quedó boquiabierta ante la plata líquida de una voz que nunca había gritado áspera para hacerse oír entre los gruñidos de los perros lobo, ni se había amoldado a una lengua gutural, ni endurecido bajo las tormentas, el frío y el humo de las hogueras.

—No —Jees Uck respondió despacio y buscando las palabras torpemente para hacerle justicia al inglés de la otra—. Vengo a ver a Neil Bonner.

—Que es mi marido —se rio la mujer.

¡Entonces era verdad! John Thompson no había mentido aquel horrible día de febrero, cuando ella se rio con orgullo y le cerró la puerta en las narices. Igual que había saltado sobre Amos, inmovilizándolo para amenazarlo con el cuchillo, también ahora se sintió impulsada a atacar a aquella mujer, dominarla y arrancar la vida que ocupaba tan bello cuerpo. Pero Jees Uck pensó con rapidez y no dio muestras de sus impulsos, y Kitty Bonner nunca imaginó lo cerca que había estado de encontrar una muerte repentina.

Jees Uck asintió con la cabeza para indicar que había entendido y Kitty Bonner le dijo que Neil llegaría en cualquier momento. Luego se sentaron en unas sillas ridículamente cómodas y Kitty intentó entretener a su extraña visitante, mientras Jees Uck se esforzaba por ayudarla.

—¿Conoció a mi esposo en el Norte? —preguntó Kitty en un momento dado.

—Sí. Yo lavar ropa él —respondió Jees Uck en un inglés que de repente se había vuelto espantoso.

—¿Y éste es su hijo? Yo tengo una niña.

Kitty pidió que les llevasen a su hija y mientras los niños se hacían amigos a su manera, las madres charlaron como suelen hacerlo las madres y tomaron té en unas tazas tan frágiles que Jees Uck temía que la suya acabase haciéndose pedazos entre sus dedos. Jamás había visto tazas tan delicadas y exquisitas como aquellas. En su mente las comparó con la mujer que servía el té y como contraste surgieron las calabazas y los cazos pequeños de la aldea toyaat y las toscas tazas altas de Twenty Mile, con las que se equiparaba. De esa forma y en esos términos se le presentó el problema. La habían vencido. Había otra mujer mejor preparada y más adecuada para parir y educar los hijos de Neil Bonner. Como el pueblo de él superaba al de ella, así eran también mejores sus mujeres. Atraían a los hombres, como sus hombres atraían al resto del mundo. Observó la ternura rosada de la piel de Kitty Bonner y recordó el tono moreno que el sol había dado a la suya. También comparó su mano oscura con la blanca; una marcada por el trabajo y encallecida por el mango del látigo y de la pala para remar, la otra tan libre de esfuerzos y suave como un recién nacido. Pero, a pesar de la suavidad obvia y de la aparente debilidad, Jees Uck miró aquellos ojos azules y vio el dominio que había visto en los de Neil Bonner y en los de su pueblo.

—¡Pero si es Jees Uck! —exclamó Neil Bonner en cuanto entró. Lo dijo con calma e incluso con un tono de cordial alegría, mientras se acercaba a ella y le estrechaba ambas manos, pero mirándola a los ojos con una preocupación en los suyos que ella comprendió.

—Hola, Neil —respondió—. Tú tener buen aspecto.

—Sí, sí, Jees Uck —dijo él de corazón, mientras en secreto observaba a Kitty en busca de una señal que le indicase lo que había ocurrido entre las dos. Sin embargo, conocía demasiado bien a su esposa como para esperar semejante indicio, aunque entre ellas hubiese ocurrido lo peor.

—No te imaginas cuánto me alegro de verte —continuó—. ¿Qué ha pasado? ¿Has encontrado una mina? ¿Y cuándo has llegado?

—Oh, llegar hoy —contestó ella, su voz buscando instintivamente sus notas guturales—. No encontrar mina, Neil. ¿Saber capitán Markheim, Unalaska? Yo cocinar su casa tiempo mucho. No gastar. Con tiempo, mucho dinero. Pensar bueno ir ver tierra hombre blanco. Muy buena, tierra hombre blanco, muy buena —añadió.

Lo desconcertaba oírla hablar tan mal porque Sandy y él habían luchado sin descanso por mejorar su dominio del inglés y ella había demostrado ser una alumna muy lista. Era como si hubiese retrocedido a lo más profundo de su raza. El gesto de su rostro resultaba ingenuo, imperturbablemente ingenuo, y no daba pistas. También lo desconcertaba la expresión tranquila de Kitty. ¿Qué había pasado? ¿Cuánto se habían dicho? ¿Y cuánto imaginado?

Mientras él luchaba contra esas preguntas y Jees Uck se enfrentaba a su problema —nunca lo había visto con tan buen aspecto y tan animado— se hizo el silencio.

—¡Y pensar que conoció a mi esposo en Alaska! —dijo Kitty con voz suave.

¡Conocerlo! Jees Uck no pudo evitar mirar al hijo que le había dado y los ojos de Neil siguieron los suyos, en un gesto mecánico, hasta la ventana donde jugaban los críos. Fue como si una banda de hierro le atenazara la cabeza. Sintió que las rodillas perdían fuerza, el corazón le dio un vuelco y la sorpresa lo dejó sin respiración. ¡Tenía un hijo! ¡Ni siquiera lo había imaginado!

La pequeña Kitty Bonner, como un hada en un césped de gasa con las mejillas más sonrosadas y los ojos más azules y danzarines, los brazos estirados y los labios fruncidos en un gesto suplicante, se esforzaba por besar al niño. Y el niño, delgado y ágil, moreno por el sol, vestido con prendas de piel en las que se apreciaba el desgaste del mar y el duro trabajo, como en los muclucs de pelo largo que calzaba, resistía sus insinuaciones con frialdad, el cuerpo erguido y recto con esa capacidad que tienen los niños de los pueblos salvajes para mantenerse derechos. Extraño en una tierra desconocida, impasible y sin miedo, más parecía un animal sin domesticar, silencioso y vigilante, los ojos negros pasando veloces de rostro en rostro, tranquilo mientras durase la calma, pero listo para saltar y luchar, despedazar y arañar a fin de defender su vida tan pronto detectase la primera señal de peligro.

El contraste entre el niño y la niña resultaba sorprendente, pero no lamentable. En el niño había demasiada fuerza como para eso: era el descendiente abandonado de Shpack, Spike O’Brien y Bonner. En sus rasgos, limpiamente trazados como en un camafeo y casi clásicos en su gravedad, se apreciaban el poder y los logros de su padre, de su abuelo y de aquél al que llamaban el Gran Gordo, al que capturó el Pueblo del Mar y huyó a Kamchatka.

Neil Bonner luchó contra su emoción, consiguió tragársela y estuvo a punto de atragantarse, aunque su rostro sonrió de buen humor, mostrando la alegría propia de quien se encuentra con un amigo.

—Ése será tu hijo, ¿no, Jees Uck? —comentó. Luego añadió dirigiéndose a Kitty—: ¡Un chico muy guapo! Podría llegar lejos en nuestro mundo con esas manos que tiene.

Kitty asintió con la cabeza.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

El joven salvaje de inmediato enfocó su veloz mirada sobre ella y se quedó observándola un rato, como si buscase el motivo oculto tras la pregunta.

—Neil —respondió con calma cuando dio por terminado el examen.

—Ser lengua india —exclamó Jees Uck, improvisando con labia una explicación—. Ser nombre indio nee-al, significar galleta. El pequeño gustar galleta. Él llorar por galleta. Él decir «nee-al, nee-al». Todo tiempo él decir «nee-al». Y yo decir que ése ser nombre él. Por eso llamar a él siempre Nee-al.

Los oídos de Neil Bonner no oyeron jamás sonido más maravilloso que aquella mentira contada por Jees Uck. Ahora sabía que la expresión tranquila de Kitty era auténtica.

—¿Y su padre? —preguntó Kitty—. Debe de ser bien parecido.

—Oh, sí —fue la respuesta—. Padre ser buen parecido. ¡Sí!

—¿Lo conociste, Neil? —quiso saber Kitty.

—¿Que si lo conocí? A fondo —respondió Neil y recordó el horror de Twenty Mile, al hombre solo en medio del silencio y sus pensamientos.

Aquí podría muy bien terminar la historia de Jees Uck, si no fuese por lo que logró con su renuncia. Cuando volvió al Norte para vivir en su enorme casa de troncos, John Thompson descubrió que la compañía P.C. había decidido apañárselas para continuar haciendo sus negocios sin la ayuda de él. Además, el nuevo factor —y los que llegaron después— recibió instrucciones para que Jees Uck percibiera cualquier tipo de bienes o alimentos que deseara, en la cantidad que ordenase, sin que se le cobrase nada. Por si fuera poco, la compañía le pagaba una pensión anual de cinco mil dólares.

Cuando el niño llegó a la edad adecuada, el padre Champreau se hizo cargo de él y Jees Uck no tardó en recibir cartas con regularidad desde el colegio jesuita de Maryland. Más adelante esas cartas llegaron de Italia y luego de Francia. Al final a Alaska regresó un tal padre Neil, hombre volcado en hacer el bien en la tierra, que amaba a su madre y que acabaría ampliando sus intereses y convirtiéndose en una importante autoridad dentro de la orden.

Jees Uck era joven cuando regresó al Norte y los hombres aún la miraban y la deseaban. Pero ella no cedió y su comportamiento nunca recibió más que elogios. Permaneció una temporada con las buenas hermanas de la Santa Cruz, donde aprendió a leer y a escribir y se hizo experta en enfermería y medicina básica. Después regresó a su enorme casa de troncos y reunió a su alrededor a las niñas de la tribu toyaat, para enseñarlas a manejarse sin problemas en el mundo. No es ni protestante ni católica esa escuela en la casa que Neil Bonner construyó para Jees Uck, su mujer, pero los misioneros de todas las creencias la aceptan del mismo buen grado. La puerta siempre está abierta y los cansados buscadores de oro y otros hombres a los que el camino agota se desvían temporalmente del cauce del río o del sendero helado para descansar allí y entrar en calor frente a su fuego. Mientras, en Estados Unidos, Kitty Bonner se siente satisfecha por el interés que su esposo muestra hacia la educación en Alaska y las enormes sumas que dedica a dicho propósito; y, aunque a menudo sonríe y le toma el pelo, en el fondo y en secreto se siente aún más orgullosa de él.

[1902]


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