Texto aleatorio

QUE QUIÉN SOY? Pues soy Frisco Kid. ¿Y qué hago? Ando de viaje. Oiga, no tendrá usted nada en mi contra, ¿verdad, amigo? Porque si lo tiene, desaparezco, que lo mío es moverme a buen paso. No tiene nada en mi contra, ¿no? Entonces estamos en paz. Mire, creí que era un poli de paisano y a mí se me llevan los demonios cuando tropiezo con esa gente.

¡Cómo! ¿Un cuarto de dólar? ¡Anda que no es amable usted, amigo! Ahora ya tengo para la cama y un café por la mañana. ¿Que quiere hacerme unas preguntas? Pues adelante, que parece de los que acribillan.

¿Un crío de pelo rubio y rizado, piel clara y de mi altura? Creo que he visto de esos a patadas, aunque no me fijo en ellos, pero si veo alguno más, ya le aviso. ¿Cuándo se largó y cuál es su apodo? No, que cuál es su nombre. Verá, es que los ambulantes siempre tenemos apodos. Así que se llama Charley. ¡Alto ahí! ¿Llevaba el pelo largo como las niñas y tenía acento de San Francisco? Entonces creo que lo conocí. Oiga, si le cuento lo que sé no me la jugará, ¿verdad? ¿No usaba aro? Un aro pequeño. No, si ya veo que es usted un caballero y no habla como yo y la gente con la que ando. Digo un anillo… de oro y pequeños rubíes rojos, creo que se llaman así. Y un guardapelo. Sí, también conozco el guardapelo. Se abre y se cierra, y en un lado hay un retrato de una señora y en el otro hay pelo, rubio como el de él pero distinto. ¿Que si sé dónde están? ¡Ja que no! Aquí están. Los llevo al pescuezo desde que… ¡Eh! ¡Suelte! No me despachurre el brazo, que duele, ¡hombre! ¿Qué se cree que soy, un desgraciado?

¿Quiere saber dónde está? Pues calma y no se mosquee ni me agarre otra vez y se lo contaré todo.

Verá, las cosas pasaron así. El año pasado por estas épocas, yo y mi colega, Joe el Cauteloso, nos acercamos a Sacramento para trabajarnos la feria. Un día de calor, era un horno, Joe el Cauteloso se tomó lo que no debía y se quedó fuera de juego. Lo metí en la cama y como no sabía qué hacer me fui a dar una vuelta. Iba como alma en pena por la pista, digo por la calle mayor, cuando me di de morros con el chico del pelo amarillo. Iba con cuatro o cinco ambulantes y cuando vi los buenos trapos que llevaba, el aro y el guardapelo de oro, me pregunté en qué andaría la pandilla esa. Decidí cazarlo yo y me acerqué y le dije, como si fuésemos viejos amigos: «¡Eh, chico!, ¿dónde te habías metido? Venga, vamos a bañarnos». Verá, yo también quería mi parte del pastel.

Creo que no le gustaban mucho las pintas de los otros y lo de bañarnos le privó, así que les dio esquinazo y se vino conmigo. Tenía que haber visto a los tipos. Tenían ganas de machacarme y marcarme la cara, pero no se atrevieron por miedo a mi colega, Joe el Cauteloso, que era el más peleón de las calles.

Así que fuimos a bañarnos. De camino me enteré de que el chico se había escapado de casa para echarse al camino y le pregunté si quería viajar conmigo y mi colega, Joe el Cauteloso, porque si quería, nosotros también, y dijo que sí. No sé por qué pero le cogí cariño al chico. Era tan guapo e inocente como una niña. Si yo maldecía, él se ponía rojo y no me miraba durante un rato. Entonces me di cuenta de que tenía buena familia y no estaba acostumbrado a las palabrotas. Me interrumpía porque no entendía todo lo que yo decía, como usted, y yo cortaba el rollo y se lo explicaba. Pero era listo, sí, con explicárselo una vez ya bastaba.

Pues cruzamos el puente del ferrocarril y nos desnudamos en un bajío donde se bañaban otros chicos vagabundos a los que yo conocía. ¡Anda! ¡Había que ver la ropa de aquel chico del pelo amarillo! Era fina hasta la que iba pegada a la piel y mucho mejor que cualquiera de las cosas que yo he llevado.

Al principio los chicos de la calle empezaron a reírse de él pero me puse chulo y entonces ellos pararon y fueron amables. Era divertido ver a aquel chaval. ¡Era tan gracioso y tan distinto a los demás! Tan inocente y confiado. ¡Si hasta me pidió que me pusiera yo el aro porque tenía miedo de que se le escurriera del dedo y perderlo en el agua! Cuando se quitó el guardapelo del cuello y lo guardó en el bolsillo, sentí curiosidad y lo cogí para verlo y comprobar si era falso. Pero era de dieciocho quilates y por eso me lo quedé yo, para que los otros no pudieran mangarlo.

Nos lo pasamos genial y el chico también, aunque no sabía nadar. Poco a poco fuimos saliendo y nos tumbamos al sol sobre la arena, menos él, que se quedó haciendo el tonto en las zonas menos profundas. Empecé a bromear con él y aún lo veo ahora, con las manos juntas detrás de la cabeza, la cara sonriente y alegre y el pelo amarillo flotando al aire como el de una chica. Caminaba de espaldas, alejándose del bajío.

De repente pisó un hoyo y se hundió. Todos nos echamos al agua corriendo, pero él ya no volvió a salir. Verá, la resaca se lo tragó. Los demás fuimos saliendo del agua y nos quedamos un rato en la arena, muy serios. Fue muy duro ver ahogarse a un pobre chico inocente como aquel, aunque no hacía mucho que lo conocía.

Después de un rato el Matón se levantó y cogió la máquina, digo el reloj, poniendo como excusa que el suyo no funcionaba. Pero no hacía falta porque el Enano cogió la chaqueta, el Duro la camisa y así todos hasta que solo quedaron los chanclos, digo las botas, que cogí yo porque las mías estaban mal. Dejamos nuestras ropas viejas en lugar de las suyas.

El Orador avisó al juez de instrucción y salió pitando de su oficina para que no lo pillaran. Cuando el juez llegó, tan bien vestido, y vio aquellos míseros harapos, dijo sin darle importancia: «No es más que un vagabundo».

Pasaron tres días y encontraron al pobre chico río abajo y cuando estaba en el depósito fui a verlo.

¿Qué? ¿Pregunta por qué no lo identifiqué? Pues verá, el caso es que yo y Joe el Cauteloso nos íbamos al día siguiente y no quería que me obligasen a quedarme para declarar mientras investigaban la causa de la muerte. Además, ¿y si me hacían preguntas raras, como donde estaban sus ropas buenas y sus joyas?

¿Qué? No estará llorando, ¿verdad, amigo? Es el tipo más raro que he visto. ¡Anda ya entiendo! Usted era el viejo del chico. Lo siento por usted. Deme la mano.

¿Qué? ¡Vaya que es usted generoso! Se lo agradezco mucho, amigo, y creo que debería quedarse con el aro y el guardapelo, total son suyos. Bueno, yo ahora me despido porque ahí viene mi colega Joe el Cauteloso y nos largamos en ese mercancías de ahí que ya está pitando y tengo que irme. Venga, Joe, coge el segundo vagón que está limpio y así podremos echar una cabezada.

[1895]


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