Texto aleatorio

I

EN OTRO TIEMPO, cuando la región septentrional era muy joven, las virtudes sociales y cívicas sorprendían tanto por su escasez como por su simplicidad. Cuando la carga de las tareas domésticas se tornaba demasiado pesada y el estado de ánimo junto al fuego se convertía en una protesta constante por su deprimente soledad, los aventureros llegados del Sur, a falta de algo mejor, pagaban los precios estipulados y se hacían con una esposa india. Para la mujer era un anticipo del Paraíso, porque hemos de confesar que los viajeros blancos las cuidaban más y trataban mejor que sus compañeros indios. Tales tratos satisfacían a los hombres blancos tanto como a los indios. Tras vender a sus hijas y hermanas por mantas de algodón y rifles obsoletos, y cambiar sus cálidas pieles por percales ligeros y whisky del malo, los hijos de la tierra no tardaban en sucumbir, encantados, a la tisis y otras enfermedades relacionadas con las bondades de una civilización superior.

En esos tiempos de sencillez arcádica, Cal Galbraith viajaba por la región y cayó enfermo en el cauce bajo del río. Supuso una aparición reconfortante en las vidas de las bondadosas hermanas de la Santa Cruz, que le dieron cobijo y medicinas, aunque poco imaginaban el cálido elixir que el roce de sus manos suaves y sus amables atenciones hizo correr por las venas del joven. Cal Galbraith empezó a tener pensamientos extraños que lo volvían loco hasta que lograba ver a Madeline, una de las jóvenes de la misión. Sin embargo, no dio muestras de ello y esperó con paciencia el momento adecuado. Mejoró con la llegada de la primavera y, cuando el círculo dorado del sol ascendió a los cielos y la vida palpitaba alegre en toda la tierra, obligó a su cuerpo aún débil a ponerse en marcha y partió.

Madeline, la joven de la misión, era huérfana. Un día, su padre blanco se había tropezado con un grizzly osado, no le cedió el paso y murió enseguida. Su madre india, sin un hombre que llenase su despensa para el invierno, intentó el peligroso experimento de aguardar la subida del salmón con poco más de veinte kilos de harina y la mitad de beicon. Después de eso, el bebé, Chook-ra, se fue a vivir con las bondadosas hermanas y desde entonces recibió otro nombre.

Pero Madeline aún tenía familia y el pariente más cercano era un tío disoluto que ultrajaba su cuerpo con cantidades desmesuradas del whisky del hombre blanco. Todos los días se esforzaba por caminar con los dioses y de paso acortaba el camino hacia la tumba. Cuando estaba sobrio sufría una intensa tortura. No tenía conciencia. Ante ese anciano vagabundo se presentó Cal Galbraith, como corresponde, y en la conversación que mantuvieron intercambiaron muchas palabras y gran cantidad de tabaco. Se hicieron promesas y al final el viejo pagano cogió unos pocos kilos de salmón desecado y su canoa de corteza de abedul, y se fue remando hasta la misión de la Santa Cruz.

No podemos saber qué promesas hizo o qué mentiras contó —las hermanas nunca cotillean—, pero cuando regresó llevaba en el pecho moreno un crucifijo de latón y en la canoa a su sobrina Madeline. Esa noche se celebró una gran boda y un potlatch, y durante dos días nadie salió a pescar en la aldea. Pero a la mañana siguiente, Madeline se sacudió de los mocasines el polvo del cauce bajo del río, se subió a una barca con su esposo y se fue a vivir al cauce alto, a una zona conocida como regiones bajas. Durante los años siguientes fue una buena esposa, compartió penalidades con su marido y le hizo la comida. Además, lo mantuvo en el buen camino hasta que él aprendió a ahorrar el polvo de oro y a trabajar sin descanso. Al final se hizo rico y construyó una cabaña en Circle City. era tan feliz que quienes iban a visitarlo a su hogar se sentían inquietos al verlo y lo envidiaban.

Pero la región septentrional empezó a madurar y llegaron las complicaciones sociales. Hasta entonces, el Sur había enviado a sus hijos; sin embargo ahora escupía un nuevo éxodo, esta vez compuesto por sus hijas. No eran ni hermanas m esposas, aunque ‘ consiguieron meter nuevas ideas en las cabezas de los hombres y elevar el tono de las; cosas de esa forma suya tan peculiar. Las indias ya no acudían a los bailes m daban vueltas al son de las tonadas más alegres, ni cantaban canciones populares. Se refugiaron en su estoicismo nativo y, sin quejarse, vieron desde sus cabañas como sus hermanas blancas las superaban.

Después, otro éxodo cruzó las montañas desde el prolífico Sur. Esta vez se componía de mujeres que alcanzaron poder en la nueva tierra. Su palabra era ley y su ley era de acero. Miraron con malos ojos a las esposas indias y las otras mujeres bajaron los humos y se volvieron humildes. Hubo cobardes que se avergonzaron de sus pactos con las hijas de la tierra y mostraron un desagrado nuevo hacia sus hijos de piel oscura, pero también hubo hombres que mantuvieron su palabra y defendieron sus votos indígenas con orgullo. Cuando se puso de moda divorciarse de las esposas nativas, Cal Galbraith demostró su hombría y por ello cayó sobre él la pesada mano de las mujeres que habían llegado en último lugar y sabían menos que nadie, pero gobernaban aquella región.

Un día se extendió la noticia de que en las regiones altas, que quedaban muy por encima de Circle City, había oro. Las traíllas de perros llevaron la información hasta la c0Sta, los mercantes cruzaron con ella el Pacífico Norte, los telégrafos cantaron la buena nueva y el mundo oyó hablar por primera vez del río Klondike y de la región del Yukón.

Cal Galbraith había vivido tranquilo muchos años. Había sido un buen esposo y Madeline le correspondía. Pero por algún motivo, el descontento se apoderó de él. Echaba de menos a los suyos, la vida de la que se había visto excluido y sentía una especie de deseo —algo que a veces les ocurre a los hombres— de romper con todo y probar lo mejor de la vida. Además, el río traía rumores de la maravilla de Eldorado: descripciones de la ciudad de cabañas y tiendas y de los ridículos comportamientos de los chechaquos que habían corrido a la zona y se dedicaban a provocar estampidas por toda la región. Circle City era una ciudad muerta. El mundo se había mudado río arriba para convertirse en algo nuevo y fascinante.

Cal Galbraith se sentía inquieto y quería verlo con sus propios ojos. Así que, cuando terminó de lavar el oro, peso doscientas libras de polvo de oro en las enormes balanzas de la Compañía y aceptó una letra de cambio por la misma cantidad para cobrar en Dawson. Luego puso a Tom Dixon al frente de sus minas, se despidió de Madeline con un beso, prometió regresar antes de que el hielo blando volviese al río y compró un pasaje en un vapor que zarpaba río arriba.

Madeline esperó y esperó durante los tres meses de luz. Daba de comer a los perros, le dedicaba buena parte de su tiempo al pequeño Cal y así vio cómo el breve verano se desvanecía y el sol daba comienzo a su largo viaje hacia el sur. Y rezaba mucho, como le habían enseñado las hermanas de la Santa Cruz. Llegó el otoño y con él volvió el hielo blando al Yukón y los reyes de Circle City a trabajar en sus minas durante el invierno, pero Cal Galbraith no regresó. Sin embargo, Tom Dixon recibió una carta para que sus hombres se encargasen de facilitar a Madeline madera de pino seco para el invierno. La Compañía recibió otra carta para que llenasen su despensa con las mejores provisiones y Je dijeran que contaba con crédito ilimitado.

Desde siempre, el hombre ha sido el mayor instigador de las desdichas femeninas, pero en este caso los hombres mantuvieron la boca cerrada y solo la abrieron para maleen con dureza al que se había ido; las mujeres no supieron emularlos. Así, sin más dilación, Madeline oyó contar relatos extraños sobre las actividades de Cal Galbraith y e cierta bailarina griega que jugaba con los hombres como juegan los niños con las pompas de jabón. Madeline era india y no tenía amigas a las que pedir consejo. Rezó mientras hacía planes y esa misma noche se decidió, enganchó los perros y, con el pequeño Cal bien atado al trineo, se marchó en silencio.

Aunque el Yukón aún fluía en parte, los discos de hielo que iban apareciendo eran cada vez mayores y cada día que pasaba el caudal disminuía. Excepto quien haya hecho lo mismo, nadie sabe lo que ella tuvo que soportar en su recorrido de ciento sesenta kilómetros sobre hielo escarchado, ni puede entender el trabajo y esfuerzo que supuso para ella abrirse camino durante trescientos veinte kilómetros entre la masa compacta de hielo que quedó al congelarse el río por completo. Pero Madeline era india y, por 10 tanto, capaz de hacer esas cosas, así que una noche llamó a la puerta de la cabaña de Malamute Kid, quien dio de comer a un puñado de perros hambrientos, acostó a un niño saludable y bien cuidado, y prestó atención a una mujer agotada. Le quitó los mocasines envueltos en hielo mientras escuchaba su relato y clavó la punta de su cuchillo en los pies de la mujer para ver hasta qué punto se habían congelado.

A pesar de su virilidad extraordinaria, Malamute Kid poseía un componente femenino y tierno que le permitía ganarse la confianza del perro lobo más fiero o provocar la confesión de quienes más valoraban su intimidad. Aunque no fuese su intención, los demás le abrían sus corazones de forma tan espontánea como se abren las flores al sol. Se sabía que incluso el padre Roubeau le hacía confidencias y los hombres y mujeres de la región septentrional no paraban de llamar a su puerta, que siempre estaba abierta. Para Madeline, él era incapaz de hacer daño o cometer errores. Lo conocía desde que se había establecido entre los hombres de la raza de su padre y, en su opinión de india a medio civilizar, aquel hombre encerraba en su interior toda la sabiduría del mundo, por lo que estaba capacitado para interpretar el futuro.

En aquella tierra existían ideales falsos. Las restricciones sociales de Dawson no eran análogas de las de la época anterior y la rápida madurez de la región septentrional llevaba incorporado mucho mal. Malamute Kid era consciente de ello y tenía bien calado a Cal Galbraith. Sabía que la precipitación al hablar podía ser la fuente de muchos males. Además, estaba decidido a darle una buena lección al hombre, a avergonzarlo. Así que, la noche siguiente invitó a Stanley Prince, el joven experto en minas, a una reunión para tratar el asunto, a la que también se sumó Jack Harrington, el Afortunado, con su violín. Esa misma noche Bettles, que tenía una gran deuda pendiente con Malamute Kid, enganchó los perros de Cal Galbraith, ató a Cal Galbraith hijo al trineo y se alejó en la oscuridad hacía el río Stuart.

II

—VALE. UN, DOS, TRES. Un, dos, tres. ¡Vuelta! ¡No! ¡No! Empieza otra vez, Jack. Mira, así. —Prince ejecutó el movimiento con la seguridad del encargado de abrir el cotillón—. A ver. Un, dos, tres. Un, dos, tres. ¡Vuelta! Mucho mejor. Otra vez. Oye, una cosa, no te mires a los pies. Un, dos, tres. Un, dos, tres. ¡Pasos más cortos, que no estás manejando la vara del trineo! Prueba otra vez. ¡Eso es! ¡Así! Un, dos, tres. Un, dos tres.

Prince y Madeline daban vueltas sin parar en un vals interminable. Habían pegado la mesa y las banquetas a la pared para hacer más sitio. Malamute Kid se sentaba en el catre, con la barbilla apoyada en las rodillas, muy interesado. Jack Harrington tocaba el violín junto a él, siguiendo a los bailarines.

El compromiso de aquellos tres hombres con la mujer componía una situación única. Quizá la parte más conmovedora fuese el tono formal que empleaban. Ningún atleta fue entrenado de forma más inflexible para una competición, ni un perro lobo para llevar un trineo, que ella. Pero contaban con buen material porque Madeline, a diferencia de la mayoría de las mujeres de su raza, de niña se había librado de llevar cargas pesadas y de bregar en el camino. Además, era una criatura alta y esbelta con una elegancia natural a la que nunca nadie le había sacado partido. Esa elegancia era lo que los hombres querían realzar y moldear.

—El problema es que aprendió a bailar mal —comentó Prince a los del catre, después de depositar a su alumna, agotada, sobre la mesa—. Aprende con rapidez, pero me sería más fácil si nunca hubiese bailado. Por cierto, Kid, hay una cosa que no entiendo.

Prince imitó un movimiento peculiar de los hombros y la cabeza, una debilidad que Madeline sufría al caminar.

—Por suerte la criaron en la misión —respondió Malamute Kid—. Es de cargar pesos, de la faja que sujeta el mecapal a la cabeza. Otras mujeres indias lo tienen mucho más exagerado, pero ella no cargó pesos de esa forma hasta que se casó y aun así solo al principio. Las ha pasado moradas con su marido. Sobrevivieron juntos a la hambruna de Forty Mile.

—Pero ¿podremos conseguir que deje de hacerlo?

—No lo sé. Quizás seamos capaces de lograrlo si la obligamos a dar largos paseos mientras controlamos su forma de andar. En cualquier caso, algo se disimulará, ¿verdad, Madeline?

—La mujer asintió con la cabeza. Si lo decía Malamute Kid, que lo sabía todo, así sería. No había más que hablar.

Se había acercado a ellos, ansiosa por volver a empezar. Harrington la observó en busca de sus puntos buenos, de forma parecida a como se hace con los caballos. No debió de parecerle mal porque de repente preguntó con interés:

—Por cierto, ¿qué fue lo que recibió el granuja de tu tío?

—Un rifle, una manta y veinte botellas de alcohol casero. El rifle, roto. —La última frase la dijo en tono de desprecio, como si la molestase que se hubiese pagado tan poco por ella.

Hablaba bien en inglés, con muchas peculiaridades de la forma de expresarse de su mando, pero aún persistía un leve acento indio: la tradicional búsqueda de extraños sonidos guturales. Sin embargo, sus preparadores también se estaban ocupando de eso, con muy buenos resultados.

Durante el siguiente descanso, Prince descubrió que tenían un nuevo problema.

—Oye, Kid dijo—, lo estamos haciendo mal. Muy mal. No puede aprender calzada con mocasines. Cuando le pongamos unas chinelas y la hagamos moverse sobre un suelo encerado… ¡Uf!

Madeline levantó un pie y echó una mirada dubitativa a sus informes mocasines de interior. Durante otros inviernos, tanto en Circle City como en Forty Mile, había bailado muchas noches con un calzado similar y nunca había ocurrido nada. Pero ahora… bueno, si algo iba mal, Malamute Kid era quien podría saberlo, no ella.

Malamute Kid supo lo que debía hacer. Tenía buen ojo para calcular las medidas, así que se puso el gorro y las manoplas y se fue a visitar a la señora Eppingwell. Su marido Clove Eppingwell, destacaba en la comunidad por ser uno de los representantes del Gobierno más importantes. Una noche, en el baile del gobernador, Kid se había fijado en el pie pequeño y fino de ella. Como también sabía que su sensatez igualaba su belleza, no le costó ir a pedirle un pequeño favor.

Al volver, Madeline se retiró un momento a la habitación interior. Cuando reapareció, Prince se quedó maravillado.

—¡Demonios! —exclamó—. ¡¿Quién lo iba a pensar?! ¡Caramba con la jovencita!

—Pero si mi hermana…

—Tu hermana es inglesa —interrumpió Malamute Kid— y tiene un pie inglés. Esta mujer proviene de una raza de pies pequeños. Los mocasines se han limitado a darle una anchura saludable a sus pies y, al no verse obligada a correr con los perros durante su infancia, no se los ha deformado.

Pero esa explicación no consiguió hacer disminuir el asombro de Prince. El instinto comercial de Harrington se despertó y, mientras miraba aquellos pies y tobillos exquisitamente moldeados, no dejaba de pensar en la despreciable lista: «Un rifle, una manta y veinte botellas de alcohol casero».

Madeline era la esposa de un rey, de un rey cuyo tesoro amarillo podía comprar una buena cantidad de accesorios y caprichos, pero en toda su vida sus pies no habían conocido más calzado que el hecho con cuero de alce curtido. Al principio miro con asombro aquellas chinelas diminutas de raso blanco, pero enseguida comprendió la admiración que brillaba en los ojos de los hombres. Se sonrojó de orgullo. Durante un momento, su encanto femenino la embriagó, pero luego, aún con más desprecio, murmuró: «¡un rifle roto!».

Continuaron adiestrándola. Todos los días, Malamute Kid la acompañaba a dar largos paseos destinados a corregir su porte y a reducir su zancada. No era probable que nadie la reconociera, porque Cal Galbraith y los demás veteranos eran como niños perdidos entre la enorme cantidad de desconocidos que habían llegado a la región. Además, la escarcha del Norte hacía estragos y las delicadas mujeres del Sur utilizaban máscaras de lona para proteger las mejillas de su penetrante caricia. Con los rostros tapados y los cuerpos cubiertos con parkas de piel de ardilla, una madre y una hija podían cruzarse en el camino sin reconocerse.

El entrenamiento progresaba con rapidez. Al principio había sido más lento, pero luego empezó a aumentar el ritmo de las mejoras. Eso ocurrió después de que Madeline se probase las chinelas de raso, porque al hacerlo se descubrió a sí misma. En ese instante se manifestó en ella el orgullo de su padre renegado, además de su propia autoestima. Hasta entonces se había tenido por una mujer de una raza diferente, inferior, a la que su dueño y señor le había hecho el favor de comprarla. Para ella, su marido era un dios que la había ascendido a su nivel divino sin que ella contase con las virtudes esenciales necesarias. Pero nunca había olvidado, incluso cuando nació el pequeño Cal que no pertenecía a su misma raza. Y del mismo modo que él era un dios, las mujeres de su raza eran diosas. Puede que hubiese sido consciente del contraste que existía pero jamás se había comparado con ellas. Tal vez la familiaridad llevase al menosprecio. Sin embargo, fuera como fuese, últimamente había aprendido a comprender a esos viajeros blancos y a sopesarlos. Cierto, su mente no sabía lo que era un análisis deliberado, pero poseía la claridad de la visión femenina para esos asuntos. La noche de las chinelas ella había evaluado la admiración manifiesta y marcada de sus tres amigos, y por primera vez había surgido la comparación. Solo se trataba de un pie y un tobillo sí, pero la comparación nunca se detiene en ese punto. Se juzgó a sí misma según el criterio de ellos y la divinidad de sus hermanas blancas se hizo añicos. Al fin y al cabo, solo eran mujeres, ¿por qué no podía ella ascender por méritos propios y ocupar su lugar? Al hacerlo fue consciente de sus carencias y, al reconocer dichas carencias, se hizo más fuerte. Empezó a esforzarse de tal manera que sus tres profesores solían tardar en dormirse por las noches, concentrados en meditar sobre el eterno misterio femenino.

Así se fue acercando la noche de Acción de Gracias. A intervalos irregulares Bettles enviaba recado desde el río Stuart sobre el estado de salud del joven Cal. Se acercaba el momento de desquitarse. En más de una ocasión, alguien que pasaba, al oír música de baile y la rítmica vibración de los pies, entraba pero solo veía a Harrington arañando el violín y a los otros dos llevando el compás o discutiendo sobre algún paso determinado. Nunca se veía a Madeline porque había entrado corriendo a la habitación interior.

Una de esas noches fue Cal Galbraith quien entró. Acababan de recibir buenas noticias desde el río Stuart y Madeline se había superado a sí misma, no solo por su forma de caminar, por su porte y su elegancia, sino por su picardía femenina. Se habían dedicado a intercambiar comentarios ingeniosos y ella se defendió con un talento sorprendente. Después, cediendo a la ebriedad del momento y por iniciativa propia, los había manejado, dominado, adulado y tratado con condescendencia de la forma más impresionante. Por instinto, sin ser conscientes de ello, los tres se habían rendido, no ante su belleza, sabiduría e ingenio, sino ante ese algo indefinible que posee la mujer y que el hombre es incapaz de nombrar. En el cuarto se respiraba alegría y satisfacción mientras ella y Prince giraban al ritmo del último baile de la tarde. Harrington se entregaba a florituras inconcebibles y Malamute Kid, desenfrenado, se había apoderado de la escoba y ejecutaba por su cuenta unos giros de lo más vertiginosos.

En ese momento sonó un fuerte golpe en la puerta y vieron que enseguida empezaba a abrirse. Pero ya antes habían salido airosos de circunstancias similares. Harrington ni se inmutó y continuó tocando. Madeline se escondió a la carrera en la habitación interior, cuya puerta siempre dejaban abierta por si acaso. La escoba pasó zumbando y acabó bajo el catre y, para cuando Cal Galbraith y Louis Savoy metieron dentro la cabeza, Malamute Kid y Prince estaban uno en brazos del otro, bailando como locos por toda la habitación.

Por regla general, las indias no tienen costumbre de desmayarse, pero Madeline estuvo a punto de hacerlo por primera vez en su vida. Permaneció una hora encogida sobre el suelo, escuchando el tronar de las graves voces masculinas. Como los acordes familiares de las melodías de la infancia, cada entonación, cada matiz de la voz de su marido inundó su alma e hizo aletear su corazón y que le fallasen las piernas hasta que acabó medio desmayada junto a la puerta. Por suerte, no lo pudo ver ni oír en el momento de la partida.

—¿Cuándo tienes pensando volver a Circle City? —se limitó a preguntar Malamute Kid.

—No lo he pensado demasiado —contestó él—. No creo que vuelva hasta que se rompa el hielo.

—¿Y Madeline?

Se puso colorado al oír la pregunta y a sus ojos asomó el desánimo. Malamute Kid podría haberlo despreciado solo por eso, si no hubiese conocido mejor a los hombres. Debido a eso, lo que le revolvía el estómago eran las esposas y las hijas que habían llegado a aquella región y, no satisfechas con usurpar el lugar de las nativas, les habían metido ideas impuras a los hombres en la cabeza y habían logrado que se sintieran avergonzados.

—Supongo que estará bien —se apresuró a responder el rey de Circle City, en un tono de disculpa—. Tom Dixon se ha quedado al cargo de mis intereses y también se ocupa de que ella tenga todo cuanto quiera.

Malamute Kid apoyó la mano en su brazo y lo hizo callar. Habían salido al exterior. Por encima de sus cabezas la aurora, en un desenfreno magnífico, hacía ostentación de unos colores milagrosos; por debajo se extendía la ciudad dormida. Más abajo aun, se oyó la voz de un perro solitario. El rey empezó a hablar de nuevo, pero Kid le apretó el brazo para que guardara silencio. El sonido se multiplicó. Perro tras perro siguieron los compases hasta que el coro dominó la noche a pleno pulmón. Quien oye por primera vez tan extraña canción, escucha el mayor secreto de la región septentrional; para quien la oye a menudo, es el toque de difuntos de un esfuerzo inútil. Se trata del plañido de las almas atormentadas, porque encierra la herencia del Norte, el sufrimiento de incontables generaciones, la advertencia y el réquiem de los solitarios y perdidos de este mundo.

Cal Galbraith se estremeció ligeramente mientras el sonido se desvanecía en sollozos casi contenidos. Kid supo lo que estaba pensando y también recordó los días agotadores de hambruna y enfermedad. A su lado se encontraba la paciente Madeline, compartiendo dolores y peligros, sin dudar jamás, sin quejarse. La retina de su mente vibró ante varias imágenes duras, inequívocas, y la mano del Pasado apretó su corazón con fuerza. Era un momento psicológico. Malamute Kid sintió la tentación de jugar la carta que guardaba en la manga y ganar la partida, pero entonces la lección no sería la adecuada, por lo que se contuvo. Luego se estrecharon la mano y los mocasines adornados con abalorios del rey hicieron protestar a la nieve ultrajada mientras descendía la colina.

La Madeline víctima del colapso era una mujer distinta a la criatura traviesa de una hora antes, la de la risa contagiosa y cuyos colores intensificados y ojos brillantes habían hecho que sus profesores se olvidasen de todo durante un rato. Débil, sin ánimo, se sentaba en la silla como si Prince y Harrington la hubiesen dejado caer allí de cualquier modo. Malamute Kid frunció el ceño. Eso no era bueno. Cuando llegase el momento de encontrarse con su marido, ella debía comportarse con autoridad despótica. Resultaba necesario que procediese como las mujeres blancas, de lo contrario la victoria se esfumaría. Habló con ella muy serio, con palabras sencillas y la inició en la debilidad de su propio sexo, hasta que ella comprendió lo simplones que eran los hombres y por qué la palabra de sus mujeres era ley para ellos.

Unos días antes de la noche de Acción de Gracias, Malamute Kid visitó de nuevo a la señora Eppingwell. Ella realizó un repaso exhaustivo de sus aderezos femeninos, hizo una visita prolongada al departamento de tejidos de la compañía P. C. y regresó junto a Kid para conocer a Madeline. Tras eso la cabaña vivió una nueva etapa y, entre cortar, probar, hilvanar, coser y muchas otras cosas asombrosas y desconocidas, los hombres debían abandonar la casa cada dos por tres. En esas ocasiones se refugiaban en el salón de baile. Tan a menudo juntaban las cabezas para hablar y con tanta intensidad brindaban por cosas desconocidas que los parroquianos intuían el descubrimiento de algún arroyo de riqueza incalculable y se sabe que varios chechaquos y al menos un veterano guardaron sus equipos de estampida tras la barra, listos para echarse al camino en cualquier momento.

La señora Eppingwell era una mujer muy capaz, de manera que cuando la noche de Acción de Gracias entregó a Madeline a sus adiestradores, la india estaba tan cambiada que casi les dio miedo. Prince la envolvió con una manta de la bahía de Hudson y le hizo una reverencia más real que fingida y a Malamute Kid, a cuyo brazo ella se agarraba, le costó lo suyo asumir de nuevo su papel de mentor. Harrington, que aún le daba vueltas a la lista de cosas con la que su marido la había comprado, cerraba la comitiva y no abrió la boca ni una sola vez en el camino a la ciudad. Cuando llegaron a la puerta trasera de la sala de baile, retiraron la manta de los hombros de Madeline y la tendieron sobre la nieve. Ella se quitó los mocasines de Prince y caminó sobre la manta con sus chinelas nuevas de raso. El baile de máscaras alcanzaba su momento álgido. Ella dudó, pero los otros abrieron la puerta y la obligaron a entrar. Luego dieron la vuelta corriendo para acceder por la puerta principal.

III

«¿DÓNDE ESTÁ FREDA?», preguntaban los veteranos, mientras los chechaquos insistían con igual empeño en inquirir quién era Freda. Su nombre no dejaba de sonar en la sala de baile. Estaba en todas las bocas. Los sourdoughs entrecanos, trabajadores de las minas pero orgullosos de su rango, se dedicaban a tratar con condescendencia a los novatos de aspecto elegante y a mentirles de manera elocuente —los sourdoughs eran expertos en jugar con la verdad— o a lanzarles miradas de indignación por su ignorancia. En la sala podría haber unos cuarenta reyes de las regiones altas y bajas, y cada uno se consideraba a sí mismo el mejor y más resistente al camino, y reforzaba su idea de forma categórica con el polvo de oro de su reino. Fue necesario adjudicarle un ayudante al hombre que se ocupaba de la balanza, sobre el que recaía la misión de pesar los saquitos, mientras varios jugadores, creyendo dominar las reglas del azar, realizaban seductoras apuestas sobre las favoritas.

¿Cuál era Freda? Una y otra vez creían haber descubierto a la bailarina griega, perol cada descubrimiento hacía nacer el pánico entre el grupo de apostadores y quienes deseaban compensar riesgos aumentaban el número de apuestas. Malamute Kid mostró interés por la caza y los juerguistas lo recibieron a carcajadas porque lo conocían bien. Tenía buen ojo para los andares y buen oído para la entonación de las voces y eligió a una criatura maravillosa que centelleaba en su papel de Aurora Boreal. Pero ni siquiera él era capaz de descubrir a la bailarina griega. La mayoría de los apostadores parecía haber concentrado su veredicto en la Princesa Rusa, que resultaba la más elegante de la sala, por lo que no podía ser más que Freda Moloof.

Durante uno de los bailes se oyó un rugido de satisfacción. La habían descubierto. En una de las reuniones anteriores y al realizar una de las figuras, Freda había demostrado un estilo inimitable y utilizado una variación que solo ella usaba. Cuando liego e turno de dicha figura, la Princesa Rusa imprimió ese ritmo único a su cuerpo y extremidades. Un coro de «te lo dije» hacía temblar las vigas del techo cuando, de repente, la Aurora Boreal y otra máscara, el Espíritu del Polo, realizaron el mismo truco con la misma habilidad. Cuando dos Parhelios y una Reina del Hielo hicieron lo mismo, al hombre de la balanza se le asignó un segundo ayudante.

Bettles llegó de viaje en medio del revuelo y se les unió como un huracán helado. Sus cejas escarchadas se convirtieron en cataratas mientras se movía de un lado a otro y el bigote, aún congelado, parecía cubierto de diamantes y reflejaba la luz en rayos de colores, mientras los pies de los bailarines resbalaban sobre los pedazos de hielo que desprendían sus mocasines y calcetines de lana gruesa. Un baile de las tierras del Norte es un acontecimiento informal —los hombres que frecuentan arroyos y caminos pierden cualquier tipo de exigencia que pudieran haber albergado— y solo en los círculos oficiales se respetan los convencionalismos. En el norte la casta no tiene importancia. Pobres y millonarios, guías de perros y policías montados se daban la mano y bailaban en círculo, con las damas en el centro, sin parar de brincar. De placeres primitivos, alborotadores y brutos, no mostraban ordinariez alguna, sino una tosca caballerosidad tan legítima como la cortesía más refinada.

En su búsqueda de la bailarina griega, Cal Galbraith se unió al grupo de los de la Princesa Rusa, de la que todos sospechaban. Pero para cuando pudo bailar con ella, no solo estaba dispuesto a jugarse sus millones apostando a que no era Freda sino también a que su brazo ya había rodeado antes la cintura de aquella mujer. No sabía cuándo o dónde, pero la desconcertante sensación de familiaridad se apoderó de él de tal forma que centró su atención en descubrir quién era. Malamute Kid podía haberlo ayudado, en lugar de llevarse a la Princesa unas cuantas veces y hablar muy seriamente con ella en voz baja. Sin embargo, era Jack Harrington quien más insistía en hacerle la corte a la Princesa Rusa. Hubo un momento en el que se llevó a Cal Galbraith a un lado, aventuró toda clase de conjeturas sobre la identidad de la dama y le aseguró que él iba a ganar. Eso irritó al rey de Circle City, porque el hombre no es monógamo por naturaleza, y lo llevó a olvidarse de Madeline y de Freda, concentrado en su nueva presa.

Pronto todo el mundo comentaba que la Princesa Rusa no era Freda Moloof. El interés aumentó. Un nuevo enigma se presentaba ante ellos. Conocían a Freda pero no la encontraban y allí tenían a alguien a quien sí habían encontrado pero no conocían. Ni siquiera las mujeres lograban situarla, a pesar de distinguir a todas las buenas bailarinas del campamento. Muchos la tomaron por un miembro del círculo oficial que disfrutaba de una escapada. Unos cuantos afirmaron que desaparecería antes de que llegase el momento de quitarse la máscara. Otros estaban seguros de que se trataba de la reportera del Star de Kansas City, que había ido a escribir sobre ellos a noventa dólares la columna. Y los hombres de la báscula no paraban de trabajar.

A la una de la madrugada todas las parejas salieron a la pista de baile. Comenzó la retirada de las máscaras entre risas y bromas casi infantiles. A medida que se iban levantando las máscaras, se oían exclamaciones sin fin. La Aurora Boreal centelleante se convirtió en la negra musculosa que ganaba unos quinientos dólares al mes lavando la ropa de la comunidad. Los Parhelios gemelos tenían bigote y resultaron ser unos hermanos de Eldorado que aún no habían alcanzado la categoría de reyes. Una de las parejas más destacadas la formaban Cal Galbraith con el Espíritu del Polo. Enfrente estaban Jack Harrington y la Princesa Rusa. Las demás ya se habían descubierto, pero la bailarina griega seguía sin aparecer. Todos miraban a aquel grupo. Cal Galbraith, en respuesta a los gritos, levantó la máscara de su pareja. El hermoso rostro de Freda y sus ojos llenos de luz relampaguearon sobre ellos. Se oyó un clamor que se desvaneció enseguida, a la espera de resolver el interesante misterio de la Princesa Rusa. Su rostro continuaba oculto y Jack Harrington luchaba con ella. La expectación provocó la risa nerviosa de los bailarines. Jack le arrancó la delicada máscara y entonces… los juerguistas estallaron. Se habían reído de ellos. Habían bailado toda la noche con una india.

Pero los que sabían —y eran muchos— guardaron silencio de repente e hicieron callar a los demás. Cal Galbraith, enfadado, se acercó a grandes zancadas y se dirigió a Madeline en la jerga de los indios. Sin embargo, ella conservó la compostura, en apariencia ajena al hecho de que todas las miradas se centraban en ella, y le respondió en un inglés perfecto. No mostró ni miedo ni ira, y Malamute Kid sonrió ante la serenidad y la clase que demostraba. El rey se quedó atónito. Se sentía vencido, su esposa india, tan normal y corriente, lo había superado.

—¡Venga, vamos! —exclamó por fin—. ¡Vamos a casa!

—Deberás disculparme —respondió ella—, pero he aceptado cenar con el señor Harrington. Además, aún quedan muchos bailes por delante.

Harrington le ofreció el brazo para llevársela. No evidenció el más mínimo rechazo a darle la espalda al marido porque Malamute Kid ya se encontraba a su lado. El rey de Circle City se había quedado de piedra. Dos veces se llevó la mano al cinto y dos veces se dispuso Malamute Kid a intervenir, pero la pareja logró cruzar sin problemas la puerta del comedor, donde se vendían ostras enlatadas a cinco dólares el plato. La multitud dejó escapar un suspiro bien audible, se disolvió en parejas y fue tras ellos. Freda frunció los labios con aire seductor y entró con Cal Galbraith, pero la joven tenía buen corazón y hablaba con seguridad, por lo que no le dejó disfrutar de las ostras. Lo que le dijo no tiene importancia, pero él se sonrojaba y palidecía a intervalos regulares, mientras juraba y se insultaba a sí mismo.

Un caos de voces llenaba el comedor, aunque se hizo el silencio de inmediato cuando Cal Galbraith se acercó a la mesa de su esposa. Desde la retirada de las máscaras se habían apostado grandes cantidades de oro en relación a cómo acabaría aquel asunto. Todos miraban con un interés emocionado. Los ojos azules de Harrington reflejaban calma, pero bajo el mantel y sobre la rodilla tenía preparado su Smith & Wesson. Madeline levantó la mirada sin demostrar interés, despreocupada.

—¿Me… me concedes el próximo baile? —balbuceó el rey.

La esposa del rey miró su carné de baile e inclinó la cabeza.

[1899]


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar