MALDITA SEA! ¡Qué extraordinarias estructuras son nuestras mentes!
Me desperté y al recordar mi sueño había exclamado la frase anterior. El sueño era de lo más curioso, en apariencia sin do pero sorprendente desde un punto de vista psicológico debido a la intensidad de su realismo y la absurda yuxtaposición de ideas y escenas que acababa de experimentar. La primera parte era una mezcla de incoherencia y difusa imprecisión, demasiado tenue para recordarla, pero la conclusión se dibujaba en mi mente tan bien que aún me parecía tener ante mí el original: una niñita vestida a la antigua como los cuáqueros que cantaba de forma pintoresca una cancioncilla que yo había oído años antes. Sí, porque varios años antes había visto a esa niña cantar esa misma canción sobre el escenario de un vodevil de la ciudad. Estas eran las palabras que me cantaba en el sueño y que en apariencia resultaban importantes:
Reuben, Reuben, he estado pensando en lo bueno que sería
que a las mujeres se las llevasen más allá del Mar del Norte.
La cantaba una y otra vez —más como una fuga vocal— y en cada ocasión le sacaba nuevos encantos a la melodía, la expresaba con más florituras. Mientras cantaba, yo percibía sensaciones extrañas que me llenaban de desasosiego y su rostro pícaro, que sugería que eran ciertas, me exasperaba.
«¡Fuera de aquí! —le había gritado—. ¡Vete más allá del Mar del Norte y déjame en paz!»
Al oírme abjurar así de ella, su rostro adoptó un gesto triste y compasivo, alargó los brazos con aire de súplica y desapareció de mi sueño. Pero en su lugar estaba —¡Dios mío!— la personificación de uno de mis sueños más deseados, la única mujer que me ha interesado a lo largo de la historia. Grandiosa, majestuosa, amante de reyes, amiga de la filosofía y el arte, allí la tenía de pie, frente a mí, tan cerca que podría tocarla y tal y como siempre la había imaginado. Me sonrió con un abandono natural, luego su hermoso rostro se tornó solemne y pensativo mientras murmuraba en tono extraordinariamente trágico, con infinita melancolía: «Después de mí, el diluvio».
Ella también desapareció y yo me desperté. Reflexioné sobre el incidente. Como miembro activo de nuestra sociedad psicológica, llevaba un escueto historial de mis sueños y los había estudiado hasta el punto de saber siempre qué los había provocado. Pero aquel me desconcertaba. Cierto, varios años antes había visto y oído a la cuáquera en un espectáculo de vodevil e igualmente, en mis tiempos de estudiante, había fantaseado con aquella maravillosa figura tan divinamente femenina cuya fuerte personalidad había dejado una huella tan profunda en las páginas de la historia. Pero no me había acordado de ninguna de las dos en muchos años, no me había desviado de mis hábitos habituales, me había acostado a la hora de siempre y no se me ocurría nada en lo que hubiese participado que se apartase de mi vida normal. Resumiendo: aquel suceso resultaba inexplicable.
Sin embargo, pronto otras sensaciones se apoderaron de mí mientras reconocía la futilidad de mis esfuerzos, apartaba las mantas y saltaba de la cama. Algo iba mal, estaba fuera de lugar; eso lo reconocía de forma inconsciente, pero ningún intento por razonarlo analíticamente podía confirmar el veredicto de mi intuición. Los alegres rayos del sol brillaban aquí y allá, el perfume de las flores me llegaba a través de la ventana entreabierta, el bullicio de la ciudad que se despertaba saludaba a mis oídos… «¡Ah! ¡Ya sé lo que es! ¿Dónde están los gorriones?», grité.
Guardaban silencio. No reñían en los paseos, no luchaban en el alféizar de mi ventaba, no se oían parloteos, regañinas ni ruidos incesantes, nada que me anunciase su presencia. Sin embargo, la primavera acababa de comenzar y la época de apareamiento se encontraba en pleno apogeo. ¡Cuán a menudo me habían despertado últimamente con sus guerras de imitación, sus contiendas marciales y su bulliciosa forma de cortejar a las hembras! Y cuán a menudo le había dedicado yo un cuarto de hora al estudio y observación de la etapa más importante de sus vidas. Pero ya no estaban. Aquella manida manifestación de las leyes de la selección natural y sexual al parecer había sido retirada de las vallas publicitarias de la naturaleza. Con una sensación de extrañeza a la que no estaba acostumbrado, terminé de vestirme pero solo para descubrir nuevas causas de reflexión, nuevas incógnitas. Había pedido que me despertaran a las seis y ya eran las seis y media. Resultaba evidente que había perdido el tren, por lo que la cita que tenía quedaba cancelada a pesar de lo mucho que me molestaba, así que utilicé el tubo acústico para pedir que me prepararan mi habitual tetera de agua caliente. Nadie contestó. Escuché: en la casa reinaba un silencio sepulcral, como si nadie se moviera. En mi mente se agolparon unas ideas muy extrañas. Imaginé los horrores más espantosos relacionados con ladrones, matones, misterios ocultos, asesinato y muchas cosas más. Aquello era algo muy raro y sin precedentes. Decidí investigar.
Pero antes debo presentarme. Soy un joven de veintiocho o treinta años, suficientemente dotado —pero no más— de bienes materiales y solo en la faz de la tierra, a excepción de algunos parientes lejanos, muy lejanos. A fin de satisfacer mis gustos —moderados aunque algo caros—, dedico algún que otro rato a un trabajo literario y pesado que me permite ser dueño de mí mismo sin preocuparme por nada. Ya hace más de dos años que resido en mi alojamiento actual, de lo más satisfactorio por diversos motivos. La casa, una residencia acogedora de las afueras, es propiedad de una encantadora viuda que, con la ayuda de sus tres hijas solteras, consigue reunir lo necesario para llevar una vida cómoda, gracias a una pequeña renta y lo que yo les pago cada trimestre. Soy su único huésped y a pensión completa, aunque muy a menudo ceno en la ciudad o en el club. Mis amigas del género femenino me llaman el Soltero Gruñón y mis camaradas joviales y bohemios el Misógino. Comprendo por qué me han adjudicado ambos apelativos, aunque no concibo cómo me los he ganado. No odio a las mujeres, como es posible que a estas alturas estén ustedes imaginando, nada de eso. Aunque debo confesar que tampoco las adoro. Sin embargo, en este caso no veo por qué la ausencia del rasgo positivo debe implicar la presencia del negativo. Nunca he amado ni tampoco en vano, nunca he experimentado algo que me condicione en ser como soy… Tal vez haya nacido así. En pocas palabras: aunque no me gustan las mujeres, tampoco me disgustan; pero ante tal objeto de tintes neutrales no abandono mi camino ni para cultivarlo ni para evitarlo. ¡Maldita sea! ¡Cómo resuena en mis oídos esa pintoresca cancioncilla!
«Que a las mujeres se las llevasen más allá del mar del norte».
Empecé a bajar las escaleras mientras maldecía al compositor para mis adentros. Ni rastro de vida: la cocina estaba tal y como había quedado la noche anterior. Resultaba evidente que seguían en la cama. Dominado por el desasosiego, primero llamé y luego fui abriendo una a una las puertas de los tres dormitorios. Estaban desiertos. Las camas se encontraban deshechas pero me fijé sorprendido en que allí continuaban las ropas, zapatos, etc. que el día anterior se habían quitado al desvestirse. Conocía tan bien todos los vestidos de aquel hogar que revolví en los armarios, cómodas y arcones. No faltaba nada y sonreí al imaginar la fuga, solo ataviadas con sus camisones. Imaginen mi consternación cuando descubrí en cada cama la ropa de dormir de sus respectivas ocupantes. «¡Qué vergüenza!», pensé, pero al mismo tiempo me di cuenta de que albergaba un deseo malicioso de haber sido testigo del acontecimiento, de haber visto a las tres solteronas delgadas y a su huesuda madre huyendo como auténticas Evas, aunque no imaginaba a dónde.
Se me ocurrieron miles de hipótesis pero no quise considerar ninguna de ellas. Jamás había sospechado que mi sosegada patrona o sus serias hijas fuesen capaces de locura alguna, por lo que aquel proceder tan poco convencional me tenía desconcertado. ¿Habría ocurrido algo grave? Lo mejor sería cerrar la casa e informar al jefe de Policía.
En los escalones de entrada encontré el periódico tal y como lo había dejado el repartidor. «¿Cómo? ¿Qué es esto?», pensé al ver los asombrosos titulares que ofrecía:
¡¡¡Catástrofe mundial!!!
¡¡¡El mundo científico atónito!!!
¡¡¡La femineidad desaparece del mundo!!!
¡¡¡Todos los pueblos han recibido tan espantoso golpe!!!
¡¡¡La refutación de todas las religiones, ciencia y filosofía!!!
¡¡¡Lamento universal!!!
¡¡¡Sesión especial en el Congreso!!!
Y más cosas que leí a toda prisa para llegar al meollo de la cuestión. Por muy imposible que parezca y muchas trazas de bulo que tenga, esto es en esencia lo que decía. En algún momento de la noche anterior —en general se creía que había sido a medianoche—, de alguna forma misteriosa e inexplicable, todas las mujeres del mundo habían desaparecido de repente. Sin advertencia previa, sin dejar rastro. La aniquilación o el traslado habían resultado completos. Muy gráfica era la descripción de un gran baile de Estado que se celebraba en Berlín. Mil parejas daban vueltas al son de un vals cuando dieron las doce. Se oyó una sacudida, como la de una vela de un navío glande al agitarse y mil hombres atónitos se quedaron clavados al suelo, sin habla, cada uno de ellos sujetando el vestido vacío de la que un instante antes había sido su pareja. Lo mismo había ocurrido en todas partes. Ninguna se había salvado, ni siquiera las bebés recién nacidas. Tampoco había sido menos severa la conmoción en el resto del reino animal. Quedaban los machos de todas las especies, pero las hembras habían desaparecido.
«Ah —cavilé—, eso explica lo de los gorriones».
Eché una ojeada rápida al resto del relato. Aquel pavoroso holocausto tenía pasmado al mundo. La ciencia y la filosofía se habían quedado sin habla. Aunque en general la religión estaba boquiabierta, algunas sectas murmuraban que se había cumplido una profecía. No había forma de explicarlo. La inmutabilidad del derecho natural, la imponente estructura de la especulación filosófica, la vertiginosa negación atea de todo lo sobrenatural, la división adamantina del agnosticismo entre lo conocible y lo incognoscible. Esto, todo esto, y cualquier otro sistema de pensamiento y modo de actuar habían sido derrocados, refutados por un único golpe. Un golpe tan ligero que quienes dormían no se habían despertado mientras se producía.
Casi no me fiaba de mis propios sentidos. ¿Estaría soñando? ¿Se habrían vuelto locos los redactores o los tipógrafos? ¿0 se trataría de un gigantesco camelo americano? Con la cabeza dándome vueltas sin parar, me preparaba para aceptar esa última opción cuando me detuve ante la verja, al recordar mi casa vacía y los gorriones. Corrí calle abajo sin atreverme a pensar. En la esquina me tropecé con un grupo muy nervioso que sin duda comentaba la situación.
Eran conocidos de la zona, así que no dude en unirme a ellos. Sin embargo, me hizo gracia su aspecto. Sus atuendos indicaban que se habían vestido con prisa y sin prestar atención. Los zapatos estaban sucios, los pañuelos o faltaban o se veían torcidos y nadie había cepillado la ropa. El rasgo más notable era un cierto aire desastrado. Y habría podido jurar que allí estaba el anciano Dottlyboy, el hombre más meticuloso y pulcro del barrio, sin la cara lavada.
—¡Esto es terrible! Incluso me cuesta concentrarme. ¿Qué va a ser de nosotros? La cocinera también se ha ido y no he desayunado. No veo por qué no podía quedarse. ¡Caramba! ¡Y a estas alturas de la vida! —se lamentaba el anciano caballero que vivía en la calle frente a la mía, entre dientes y mascando las palabras como si tuviese la boca llena de puré caliente: se había olvidado de ponerse la dentadura postiza.
—¿Es cierto que ya no hay mujeres? —pregunté.
—Es cierto —respondieron a coro.
—¡Hurra! ¡Hurra! —exclamé. Pero al no apreciar señales de júbilo, los miré y les pregunté—. ¿Por qué no se alegran? Vamos, únanse a mí y demos tres vivas a la situación. ¡Viva…!
Pero en ese momento recibí una patada tan violenta por detrás que otras emociones llamaron mi atención. Me giré con el propósito de plantar mi infalible derecha en la zona más vulnerable de la anatomía de mi agresor cuando ¡zas!, el bastón del anciano Dottlyboy cayó sobre mi pericráneo con peligrosa energía. Tuve la confusa impresión de ahogarme en una catarata de improperios, sacudidas, patadas y golpes; de ser zarandeado en las entrañas de un torbellino gregario para acabar vomitado como una masa deshecha y sometida al desprecio de los insultos.
—Resulta evidente —murmuré de camino hacia casa para cambiarme de ropa— que lamentan profundamente la pérdida de las mujeres. Me pregunto a qué me recuerda esto en mayor medida: ¿a la precipitación del novato, a la aglomeración de quienes buscan una ganga o el scrimmage en un campo de fútbol americano?
Mientras me preparaba para volver a salir, reflexioné acerca de la perversidad de la naturaleza humana. Día tras día yo había acompañado en el viaje de ida o vuelta a la ciudad a uno o más de uno de aquel grupo que me había agredido con tanta saña; hora tías hora había escuchado las quejas de aquellos habitantes de las afueras contra las mujeres; y sin embargo aquí, aquí y aquí (me palpaba los golpes mientras pensaba) están las convincentes pruebas de su incongruencia. Decidido a ser más prudente en mi comportamiento y ocultar mi alegría tras una demostración de tristeza, enseguida me encontré a bordo de un tranvía en dirección al centro.
Tenía el hábito tan inculcado que cada vez que el tranvía se detenía para que subieran mujeres me descubría a mí mismo echando un vistazo con culpable aprensión. Luego volvía a mi periódico con un suspiro de alivio porque entre los pasajeros recién llegados no había señoras. Creo que era la primera vez que viajaba en un tranvía de horario tan tardío sin que mis sentimientos resultasen heridos al tener que ceder mi asiento para satisfacer la impersonal demanda que los convencionalismos me hacían y calificaban de cortesía. No había criaturas encantadoras conmovedoramente agarradas a las correas o mirándome suplicantes en un empeño, que solía tener éxito, por ablandar mi corazón de piedra.
Las calles estaban llenas de gente que hablaba de un único asunto y frente a las sedes de los periódicos más importantes se agolpaban miles de personas con el alma en vilo a la espera del siguiente boletín. Una cosa me sorprendió gratamente: sin excepción en todos los escaparates había carteles en los que se anunciaba la necesidad de contratar chicos u hombres. Por una vez se cotizaba al alza el trabajo y los puestos a la baja. Llamaba la atención los aires que se daban los obreros. No habían tardado en percatarse de lo que ocurría. Un desdén orgulloso y una fría indiferencia sustituían ahora a sus lamentos y peticiones. «¡Qué expansión de la moneda!», pensé.
Las agencias de empleo se encontraban especialmente abarrotadas y no por quienes buscaban trabajo sino por los potenciales patronos. La velocidad a la que aumentaban los salarios resultaba sorprendente, sobre todo en los tipos de trabajo que hasta entonces solo habían desempeñado las mujeres. A mediodía ya quedaba claro que era casi imposible conseguir hombres dispuestos a cocinar, hacer camas y fregar si no recibían a cambio magníficos salarios. Debido a ello, todo el mundo decidió recurrir a los restaurantes. La aglomeración general en los locales que servían comidas era de tal calibre que asustaba, por lo que decidí cocinar en casa. Aunque en cuestión de vanos días se recuperó el equilibrio porque muchos decidieron dedicarse a tan lucrativo negocio.
Enseguida transcurrió una semana durante la que los periódicos se llenaron de polémicas encarnizadas y el sistema industrial vibraba con una intensidad sin precedentes. Nunca se había producido un auge como aquel. La industria funcionaba a toda máquina. Que la población se redujese a la mitad equivalía a doblar la moneda. Sin embargo, en ese estímulo había una cuestión que el mundo parecía haber olvidado y era que, aunque las capacidades productivas se habían reactivado, las capacidades de consumo se reducían al cincuenta por ciento! De esa forma, el comercio experimentaría una actividad extraordinaria y, como la demanda de obreros era mayor que la oferta, los salarios subirían, aunque tras los salarios se produciría un aumento de los precios. Al principio los trabajadores, al comprobar su ascenso, comprarían sin escatimar todo cuanto necesitasen y una buena parte de los lujos que hasta entonces habían quedado lejos de su alcance, pero cuando los precios recuperasen la proporción con los salarios, los obreros no podrían adquirir más de lo que podían en los días previos a la gran catástrofe. El resultado era obvio para cualquier aficionado a la economía, aunque ni el mundo ni yo nos dábamos cuenta de las consecuencias que esto iba a acarrear.
Un día, alrededor de dos semanas después del asombroso acontecimiento, me acerqué a visitar a Charley Eggleston, un joven artista amigo mío. De camino me detuve en la barbería para afeitarme. ¡Imaginen mi sorpresa al encontrar el local lleno de clientes y una alarmante escasez de barberos! Mientras aguardaba a que llegasen, eché una ojeada a mis compañeros y me asombró el aspecto desgarbado que ofrecían en general. ¡Qué horror! Me miré al espejo y vi que tenía la camisa, el cuello y los puños sucios, que al chaleco le faltaban dos botones, llevaba la barba de cuatro días y un pañuelo sucio en la mano, los pantalones estaban cedidos en las rodillas y la raya brillaba por su ausencia, y el… pero ¿para qué entrar en tantos detalles? Mi aspecto era tan desgarbado como el de los demás. En ese momento llegó el barbero. Siempre lo había considerado un hombre formal, trabajador y volcado en procurar el bienestar de su familia. Pero entró borracho como una cuba y nos ordenó a todos que abandonásemos el local. Me quejé aunque no sirvió de nada porque nos dijo que iba a cerrar el negocio. Sus ayudantes estaban borrachos o desaparecidos y él no podía hacer todo el trabajo.
—Además —concluyó—, ¿qué sentido tiene trabajar? ¿Qué puedo hacer con el dinero tras ganarlo?
Así fue cómo nos echó con cajas destempladas, olvidó cerrar con llave y se fue otra vez de parranda.
Aunque Charley era un tipo muy pulcro, cuidadoso de su aspecto y mujeriego, lo conocía demasiado como para avergonzarme de visitarlo con la pinta que llevaba. Al mismo tiempo decidí posponer las visitas planificadas a mi abogado y mi editor, pero durante el trayecto pasé por delante de la editorial. Estaba cerrada y había un cartel que informaba al público de que Walker & Sons ya no continuaba en el negocio. Miré con curiosidad a mi alrededor y me sorprendió la cantidad de carteles de «Se alquila» que se veían. En la calle de enfrente dos hombres cerraban las persianas de sus tiendas y al mirar calle abajo observé que había varios más ocupados del mismo modo. En esa coyuntura y de la forma más inesperada me tropecé con mi abogado. Iba con prisa pero se detuvo el tiempo suficiente para decirme que había cerrado el bufete y se iba de la ciudad, por lo que había dejado todos los documentos relacionados conmigo en una caja de seguridad de mi banco. Explicó su decisión informándome de que contaba con dinero suficiente para vivir y no tenía sentido continuar ganando más. Seguí camino y por m llegué al alojamiento de Eggleston, sorprendido por la cantidad de borrachos que había visto en la calle.
Al entrar en el vestíbulo me encontré con Charley. Presentaba un aspecto tan descuidado que sentí alivio por mi propia apariencia.
—¡Hola, amigo! —exclamó—. Cuánto tiempo sin verte. Iba a salir, pero…
«¡Iba a salir!». Me quedé petrificado. Charley Eggleston, el impecable, el mujeriego, el más elegante de la ciudad ¡pensaba salir de semejante guisa! Al comprender mi sorpresa, dijo:
—¡Qué importa! Ya no hay nadie que me vea. Pero pasa y charlemos un rato, que no era nada importante.
Sus habitaciones estaban tan mal como él: la confusión y el desoí den resultaban indescriptibles. También parecía evidente que había desatendido su trabajo y, al reprenderlo por ello, me dijo:
—¿Y qué más da? No puedo seguir pintando. Primero me dejó mi modelo y luego mi musa. Además, ¿qué importa si…? Por cierto, ¿cómo te va con el poema que estabas escribiendo? Me leíste las cuatro primeras estrofas. ¿Ya lo has terminado?
—Yo… yo… es que… —Lo miré consternado. Esas cuatro estrofas continuaban sobre mi mesa sin más compañía y, como no eran capaces de reproducirse por sí solas, ni se habían multiplicado ni aportado ideas a mi cabeza—. Verás, Charley, debo reconocer que… que…
En ese punto los dos nos echamos a reír, confesamos nuestros pecados y admitimos que, por alguna razón inexplicable, habíamos perdido el estímulo. Tras reconocer nuestra situación se nos ocurrió la idea de visitar a nuestros amigos para comprobar cómo progresaban y eso nos llevó a pensar que nos esperaba una jornada de lo más agradable.
Al ver que resultaba imposible conseguir un taxi decidimos caminar. ¡Qué aspecto tan diferente tenían las calles al de unas pocas semanas atrás! Todo el mundo parecía desconsolado y decaído, casi todas las tiendas estaban cerradas y los teatros desiertos. Todo iba mal. Al observar los rostros de la gente me fijé en que todos sufrían de dispepsia. Empezaba a notarse la falta de una buena alimentación. No había ni risas m manifestaciones de bondad, aunque las disputas y las peleas estaban a la orden del día, debido al mal estado de los estómagos. Todas las clases sociales habían empezado a beber en exceso, pero el problema se hacía más evidente entre los obreros. Y eso no era todo, también había cambiado su conducta. La expresión que dominaba sus rostros era la insatisfacción y cada vez que se encontraban con miembros de clases más altas se daban aires de independencia y se comportaban de manera insolente e insultante. Tras pasear un lato me di cuenta de que la poca cortesía que antes encontrábamos en la vía pública había desaparecido por completo. La pasión que predominaba era el egoísmo. Al observar a fondo los rostros de aquellos con los que me cruzaba, me sorprendió la dureza y brutalidad de sus expresiones: los atributos más elevados y nobles parecían haber desaparee ido por completo. No solo los que vivían en la ciudad se aglomeraban en las aceras, sino que resultaba evidente que la población rural había abandonado el campo para ir a la urbe. Charlamos un rato con un granjero anciano que nos preguntó por dónde se iba a una dirección. Al parecer, por encima de todo lloraba la pérdida de María, que había trabajado hombro a hombro con él durante casi treinta años. Primero los hombres contratados dejaron de trabajar, luego sus hijos se fueron a la ciudad y, como no tenía a nadie a su cargo, no comprendía por qué no iba a merecer también él unas vacaciones. Y allí estaba, dispuesto a pasar un buen rato y a gastarse los ahorros conseguidos durante muchos años de esfuerzo. Pero sobre todo, entre las multitudes que se movían a mi alrededor, la característica más destacada era la deplorable ausencia de botones.
Una hora después estábamos sentados en la hospitalaria casa de Trombley, el Entendido (aunque no en arte, sino en gastronomía), como lo llamaban sus amigos. Su chef, al que pagaba un salario extravagante, lo había abandonado, pero él era un erudito de la cocina y dominaba todos los misterios del hornillo para mantener la comida caliente en la mesa. Mucho se lamentó mientras nos servía y mucho se disculpó también. Para satisfacer nuestra petición había hecho algunos de sus famosos bizcochos de mantequilla y cuando nos lanzamos al ataque, perseguidos por el recuerdo de nuestras propias cocinas, nos miró con preocupación.
—¡Oye, oye, con calma! —exclamó de repente.
Charley se quedó helado. Se encontraba en pleno proceso de servirse una buena ración de miel cuando el otro lo reprendió. Trombley comprendió que nuestra sorpresa exigía una explicación y nos la dio.
—¿Sabéis que muy probablemente esa sea la última miel que probéis? Me ha costado exactamente veinte dólares y era el último medio litro del mercado. ¿No habéis oído que las abejas han dejado de hacer miel?
—¿Que han dejado de hacer miel? —repetimos a coro.
—¡Sí, por desgracia! Es verdad. En las colmenas, al faltar la reina, se impusieron la confusión y la anarquía. Primero se comieron toda la miel y luego los enjambres se separaron y sus miembros quedaron desperdigados. A falta de autoridad y guía, cada abeja se las apaña como puede y dicen que el campo resulta casi inhabitable, debido a lo feroces que se han vuelto. Ninguna de ellas sobrevivirá al invierno.
Luego visitamos a Prescott, un amigo de la universidad con el que no habíamos perdido el contacto y que siempre se había caracterizado por su abstinencia del alcohol. Tras llamar varias veces sin obtener respuesta y al oír que alguien cantaba en el interior nos decidimos a entrar. Guiándonos por la voz, llegamos a la cocina. Allí, rodeado por un impresionante surtido de botellas, cubierto por una bata harapienta y cantando con lacrimosa seriedad un himno a la abstinencia, estaba Prescott, completamente bebido. Evidentemente no nos reconocía, aunque nos dispensó un recibimiento de lo más calentito, porque nos disparó con una Smith & Wesson mientras tropezábamos uno con el otro en medio de las prisas por salir de allí.
Tras recuperar la compostura, decidimos visitar a George Curtis, un joven brillante con un futuro envidiable por delante. Como vivía algo lejos atajábamos cuanto podíamos y, en el momento justo en que íbamos a salir de una calle muy oscura, oímos una voz, tenue pero con una gran intensidad dramática, que monologaba:
—Ser o no ser, esa es la cuestión. Si… —Pero en ese momento quien hablaba oyó nuestros pasos, se dio la vuelta, nos apuntó con una pistola y gritó—: ¡Manos arriba!
Obedecimos de inmediato. Cuando el hombre se acercó para robarnos, Charley exclamó:
—¡Santo cielo! ¡Pero si es Haskins!
Haskins era un actor conocido y de éxito que había sido un compinche en nuestra época bohemia. Él también nos reconoció y nos dio una explicación. Haskins siempre se había gastado hasta el último centavo de lo que ganaba y cuando se produjo la gran catástrofe estaba actuando, pero sin blanca. Era especialista en comedia y grandes espectáculos cuya mayor atracción constituía el despliegue de los encantos femeninos, así que se había quedado sin empleo. Desde entonces no había hecho nada y ahora se moría de hambre. Aquella noche había decidido llenarse el estómago aunque fuese a la tuerza.
—¿Por qué no buscaste trabajo de otra clase? —pregunté.
—¿Tengo aspecto de obrero? —fue su respuesta de norteño.
—¡Pero, hombre! ¡Piensa en la deshonra!
—¿Ante quién? —contestó—. Mi padre ha muerto. Mi madre, hermanas y esposa han desaparecido. No me veré deshonrado a ojos de nadie que me importe. En cuanto a vosotros, estaréis tan mal como yo antes de que acabe el mes. Pero el negocio es el negocio y yo he decidido convertirme en un ejemplo señero dentro mi nueva profesión, así que manos arriba. Al principio es mejor practicar con los amigos.
Y lo hizo con tanto vigor que cuando se despidió de nosotros todo cuanto de valor teníamos había pasado a sus manos. Nos asaltaron varias veces antes de Ilegal a casa de Curtís. Era como si todo el mundo se dedicase a atracar para ganarse el sustento con facilidad. Como siguiésemos a ese ritmo pronto nos veríamos reducidos a las condiciones de vida de los habitantes de las Sorlingas, que vivían holgadamente haciéndose la colada los unos a los otros.
Si Curtis se encontraba en casa, debía de estar inconsciente por culpa de la bebida o de lo que fuese porque llamamos varias veces y no obtuvimos respuesta. Después de nuestra experiencia con Prescott, en esta ocasión tuvimos mucho cuidado, atentos a cualquier indicio de la existencia de trampas para cazar hombres con armas de fuego. Revolvimos la planta baja y ya casi habíamos terminado con la de arriba cuando lo descubrimos. Sin que nos viera, a través de una puerta abierta observamos la peculiar escena que se desarrollaba ante nosotros. Impecablemente vestido de etiqueta, zapatos de charol, guantes, etc., ataviado como para asistir a una boda, permanecía de pie ante una mesa grande, mirando pensativo una curiosa variedad de objetos. Había una caja de champán, otra de oporto, una de bourbon, varias botellas de absenta, una jeringuilla hipodérmica, todo lo necesario para fumar opio y muchas otras drogas con la parafernalia imprescindible. George estaba muy cambiado. Su rostro, delgado y elegante por naturaleza, se veía escuálido y terriblemente pálido, tenía los ojos dilatados y muy brillantes, y bajo ellos se apreciaban unas enormes ojeras negras y moradas. Parecía perdido en unos pensamientos relacionados con los artículos que tenía frente a él. Nos alejamos en silencio y bajamos las escaleras, luego regresamos tropezando cada dos por tres, jurando como carreteros y haciendo el mayor ruido posible. Se volvió hacia nosotros para recibirnos, nos estrechó la mano cordialmente y con alegría se lanzó a la idea que ocupaba su cabeza.
—¡Justo a tiempo para mi boda! No —continuó al ver cómo mirábamos aquella miscelánea—, no penséis que voy a fundar un harén, me limito a deliberar sobre cuál será mi elección. Ya sabéis que soy monógamo. Pero ya que estáis aquí quiero que me acompañéis. Aunque había olvidado que debo indicar mi preferencia. Vamos, ayudadme a elegir. ¿Qué os parece esto? alzó una botella de bourbon y empezó a cantar—:
«¡Por el whisky brindo, bébetelo de un trago!
¡Por el whisky brindo, bébetelo de un trago!
Por el whisky quiero brindar,
te da ganas de cantar,
¡de un trago, de un trago, de un trago!».
—¡Un espanto! —exclamé.
—Es posible que no os guste. Pasaremos a la siguiente. Aquí tenemos absenta, el extrait d’absinthe original de la alegre Francia. Me han dicho que se compone de la flor del ajenjo, angélica, raíz de cálamo aromático, hojas de orégano de Creta, anís estrellado y otras plantas aromáticas maceradas en el alcohol más puro. ¡Qué encanto de novia! ¡Qué exquisitos destellos esmeralda surgen de sus profundidades traslúcidas! ¡Qué alegrías indescriptibles para el devoto novio que satisface el deseo y descubre la dicha al frecuentar a su querida! Imaginad el placer que…
—¡George! ¡Déjalo ya! ¡Inmediatamente! ¡Pórtate como un hombre! —ordené.
Pero él continuó parloteando.
—De verdad, compañero, estoy de acuerdo contigo. No se adapta por completo a mi gusto. Sin duda me aguarda una novia más encantadora. Tal vez sea esta: el hachís, la más sencilla y tentadora de las doncellas. Las hojas y las flores del cáñamo, mezcladas en la proporción adecuada con la grasa de la leche. ¡Qué simple y fascinante a la vez! Aunque se trata de una niña inmadura, si la comparamos con esta magnífica mujer. Un solo beso y llena tus venas de fuego líquido que hierve, bulle, crepita, espuma y burbujea a través de todo tu cuerpo, que entra en efervescencia con impresionantes latidos de un placer enloquecedor. Un beso, y te toma de la mano para llevarte a alturas inaccesibles, lejos del mundo y sus tristezas, arriba, más arriba, hasta que caminas entre los inmortales, hasta que bebes el néctar dorado de los cálices divinos, hasta que te hallas en los brazos de Morfeo, dulce hijo de Somnus, y sueñas, sueñas sin fin, ¡un éxtasis indescriptible! Sin embargo —se detuvo para reflexionar—, esos encantos me resultan demasiado intensos. Mi dueña ha de ser más pacífica y calmada, capaz de conducirme hasta las aguas del Leteo entre placeres sosegados, debilitantes y apacibles; capaz de arrebatarme los sentidos con pérfido sigilo; capaz de amarme hasta que pierda el conocimiento sin darme cuenta, de hacerme pasar con sus besos de un estado de inquietud deprimente y melancólico al más dulce olvido. Y aquí la veo: el alma de la amapola, el radiante espíritu de la compasión, el ángel al servicio del hombre. ¡Qué dulce tu suave abrazo! Dulce… ¡mucho más que dulce! ¡Divino resulta el inmenso placer de comulgar contigo! He cortejado a dos novias, las he ganado y las he perdido. Cortejando y ganando, sobre tu pecho acogedor dormitaré durante siglos, durante infinitos ciclos temporales, durante toda la eternidad. A pesar de ser virgen, ya tienes tres hijas, fruto divino de la inmaculada concepción. Así, mientras duermo olvidado de todo sobre tu casto pecho, esas tres gracias —Morfina, Codeína y Narcotina— nos vigilan; así, en la más profunda languidez somnolienta, guardarán nuestros sueños y nos sosegarán hasta llevarnos a una tenue melancolía; así, mientras descendemos las sombrías laderas del tiempo nos amortajarán en la sinuosa capa del olvido. Ven, querida doncella de Oriente, olvida tu hogar montañoso de Akhisar y, al hacerlo, contágiame tu capacidad de olvido. Una caricia y mis problemas desaparecen; un beso de tus labios rojo pálido, y mis sentidos se tambalean y me abandonan; una bendición, y gracias a ti dejo de existir; antes era yo, ahora ya no lo soy. ¡Oh, dioses! Ya no soy, no soy, no soy…
Su voz se fue desvaneciendo poco a poco. Guardamos silencio. ¿Qué podíamos hacer? Mientras permanecíamos impotentes a su lado, su humor cambió y volvió a ser el de siempre.
—Queridos amigos, tened paciencia conmigo. Como sabéis, mi aflicción es enorme. Lo que puede parecer el desvarío de un loco no es más que la triste monodia de un a nía que llora entre las cenizas de la alegría marchita, las esperanzas perdidas, los ideales consumidos. Como bien sabéis, he cortejado, ganado y perdido a dos mujeres, ¿por qué no a una tercera? La primera fue la hermosa hija de Mnemosina; mi éxito, aún imperfecto, alcanzó un amanecer glorioso con la segunda; la tercera, a la que desposare esta noche se convierte en el requiescat in pace de las otras dos. Recordaréis mi música, cómo me consagré a ella, lo bien que la dominé; mis éxitos, aunque fueran pequeños; los primeros reconocimientos y homenajes. Pero también recordaréis que faltaba algo; algo que conmoviese los corazones inflexibles, que despertase las emociones, que tocase la fibra sensible, que arrancase al alma agonizante de su morada de arcilla, que a hiciese atravesar la gloria de la dicha empírea. Mi técnica era soberbia, igualaba a la de los grandes maestros, pero no incluía la facultad de conmover las almas, de trasladarlas. De una forma vagamente consciente yo entendía ese vacío, esa ausencia de inspiración, y la esperaba, confiando en mi intuitiva previsión. Llegó la ocasión, era el momento adecuado: lo dominaba todo excepto eso y yo esperaba que eso me dominase a mí Se produjo el despertar; la mano de un ángel rozó con un toque de sensibilidad la armonía de mi don. Hasta entonces desconocidos, mi talento y mi don se encontraron Rompí a cantar y, ¿por qué no?, el vació se llenó. Yo amaba, ante lo más alto del cielo y lo más profundo del infierno, sí, amaba. El mundo me rodeaba con su abrazo y sus riquezas, su gloria y todos sus tesoros quedaron a mis pies. Pero aún más sublime, lo más sublime de todo, era que me amaban a mí. Entonces me elevé más que nunca mi poder se volvió absoluto y mi don extraordinario. Pero entre el vertiginoso estrépito del aplauso mundial, intenté volar cada vez más alto, con mayor ambición, siempre mirando con el alma en vilo a la luz que me guiaba, a mi estrella polar, a mi Alice. ¡Oh, Alice! ¡Todo era para ti, gracias a ti, por ti! Luego llegó el matrimonio, pero una noche se interpuso en mi camino, unas pocas horas antes de la gran consumación de mi vida. ¡Dios mío! ¡Ya nunca amaneció el día! ¡La noche fue infinita en un valle de lágrimas! Como un meteoro ardiente que cruza el cielo apresurado, hechizando durante un momento al durmiente antes de desaparecer, así cruzó ella por mi vida y al pasar arrancó a mi alma las sinfonías más grandiosas. Pero la mano no da la talla, el cantante enmudece y las cuerdas se rompen. Pensadlo, conjuradlo, dad rienda suelta a la imaginación más fantasiosa: del erial más desconocido y espantoso del espacio, del universo, una fuerza suprema, una energía deliberada y en dirección al infierno se apoderó de mi Alice y la apartó de mí, ¡en verdad!, para saciar el capricho frívolo o el vano antojo de algún monstruo celestial. Dicen que así se perdieron todas las mujeres. Yo solo perdí a Alice, pero el mundo se ha quedado sin su incentivo. Ha desaparecido la mujer, la gran fuerza instigadora del hombre. Se ha ido la garantía de la moralidad del hombre, de su idealismo de su nobleza. ¡Llorad su pérdida, hijos de la tierra! ¡Gritad dominados por la desesperación más absoluta! El pasado ha muerto, no existe el futuro. Hundíos sin remedio en la bestialidad, la corrupción y la muerte; rendíos a vuestros lascivos deseos; saciad vuestras pasiones en la depravación más desenfrenada; olvidad que sois hombres. Esa es la única panacea que os librará de vuestros sufrimientos. ¡Pecad! ¡Pecad! ¡Pecad! ¡Pecad y que ni el mismo infierno os supere! ¡Prestadme atención, hijos de la mujer! La inspiración divina recae sobre mí. Impregnaos de la efímera somnolencia del vicio. Mañana ya no existiréis. No hay futuro: la mujer se ha ido. Vuestra tremenda civilización vuestro conocimiento, vuestra cultura de diez veces diez mil años se desmorona al borde de la desintegración, el caos primigenio la aguarda, como a vosotros, como a todos. Veo a una bestia luchando con otra y esas bestias son hombres. En lo más profundo del olvido de la noche contemplo cómo naufragan en un mar de sangre la imponente estructura de los logros humanos, las elevadas cumbres de su creación, las milagrosas obras de su voluntad finita. Efímero es el prestigio de su iniciativa. ¡Soltad a los perros de la guerra! ¡Desgarrad gargantas y despedazad la carne! ¡Matad! ¡Lisiad! ¡Destruid! Remarán el tumulto, la anarquía y el caos, y entre los horrores de dicho reinado desaparecerá la poca nobleza humana que quedaba, los restos de lo que se perdió al desvanecerse la mujer. Una época de conflictos intestinos, y todo se habrá terminado. La tierra cruzará los cielos como antaño; el sol, la luna, las estrellas y las constelaciones harán su recorrido habitual; el universo no parecerá sensible al cambio, ¡pero en la tierra, el hombre, el ave, la bestia y el insecto, toda vida sensible e insensible, toda superestructura y estructura orgánica dejará de existir!
Estábamos boquiabiertos, tan sobrecogidos que éramos incapaces de actuar. Sin ser consciente de nuestra presencia, encendió un mechero de alcohol diminuto y preparó el opio y la pipa. Cuando el humo repugnante hubo llenado la habitación salimos en silencio, invitados inoportunos al banquete nupcial. Nos sentíamos malhumorados y abrumados no solo por el horror de lo que habíamos presenciado, sino también debido a lo que estaba por venir. Habíamos visto más que suficiente y nos despedimos al llegar a la esquina. Ya no había tranvías y me vi obligado a volver a casa andando, agotado y cruzando la ciudad silenciosa… silenciosa excepto por los muchos actos violentos que alcanzaban mis ojos y la cantidad de gritos de socorro que llegaban a mis oídos. El asesinato y el robo acechaban en las calles y me sentí agradecido cuando conseguí llegar a casa. Pero no fui capaz de dormirme: una extraña fantasmagoría de sucesos anticipatorios me asaltaba mientras daba vueltas en la cama. No era fácil olvidar la impresión que Curtis me había causado. Ya cerca del amanecer los ladrones invadieron la casa, pero yo me mostré indiferente y les dije que se llevaran cuanto quisieran. Empecé a sentir, aunque no claramente, que en cierto modo mi situación y la de todos los hombres era análoga a la de Curtis.
EL SOL SE ESCONDÍA por el Oeste, el aire era templado y agradable, la naturaleza parecía en paz; pero en silencio, agotados y casi agonizando de hambre, mi compañero y yo recorríamos fatigosamente la carretera desierta.
¡Alto! Oímos un ruido de pezuñas y corrimos a ocultarnos entre los arbustos. Agarrando con fuerza nuestros garrotes, mientras la desesperación nos templaba los nervios para actuar, aguardamos a que el viajero se acercara. Se dejó ver tras dar una curva, guiando un caballo que iba muy cargado. Se trataba de un hombre mayor, con un flequillo canoso que coronaba el rostro antes ovalado y ahora esquelético, cuya nariz proclamaba su pertenencia a la estirpe semítica. Cada vez estaba más cerca, pero yo no sentía ni respeto ni compasión por sus canas.
Cuando llegó al lugar en el que nos escondíamos, saltamos sobre él de repente. Hizo ademán de desenfundar una pistola, pero le di un golpe en la cabeza y cayó cuan largo era. Descargamos el caballo. La carga pesaba y nuestros corazones se alegraron mientras sacamos las navajas y con dedos temblorosos cortamos las múltiples envolturas. Pero ¡qué gran decepción! Allá cayeron rubíes, perlas, diamantes, las gemas de mejor calidad y oro sin fin. La ira nos hizo patear a la figura postrada y pisotear el tesoro en el polvo del camino. Cuando recuperó la conciencia, el anciano se puso en pie como pudo y al ver el derroche injustificado de su riqueza estalló en lamentos, invitando al padre de Israel a aniquilar a los gentiles y devolverle sus bienes. Al principio, con una jocosidad que tenía algo de enfermiza, me uní a él y recité a gritos esa parte de El mercader de Venecia en la que Shylock lamenta la pérdida de su dinero y de su hija. Pero los alaridos del viejo canalla superaban a los míos, así que le di un buen golpe en la boca y lo obligué a dejar de armar jaleo.
Le preguntamos si tenía algo de comer pero, tras jurar por todos los profetas que no, reanudó la (para él) grata tarea de mesarse los cabellos y desgarrarse el alma en medio de su angustia. Aun así teníamos hambre y no le hicimos caso. Tardamos unos minutos en encender una hoguera, matar al animal y disfrutar de una suculenta colación de asado de caballo. El judío, con el corazón destrozado, se negó a acompañarnos y se dedicó a rescatar sus tesoros desperdigados. Anochecía cuando profirió una exclamación de alegría y se acercó al fuego para examinar mejor un puñado de gemas que acababa de recuperar. Al inclinarse sobre la lumbre con los ojos brillantes debido a la feroz pasión de la avaricia, dirigí la vista hacia su mano y contemplé la causa de su regocijo. Entre unas veinte joyas de un valor muy superior a lo normal, descansaba un diamante de un brillo magnífico. ¡Agh! ¡Qué asco! Le di un golpe en la mano con torpeza y desperdigué los diamantes a los cuatro vientos. El resultado fue inesperado y sanguinario: prorrumpió en un grito espantoso que contenía indignación y pena, y se abalanzó sobre mí como dotado de una fuerza sobrenatural, pero lo contuve antes de que pudiera utilizar el revólver. Mi compañero acudió en mi ayuda y, mientras luchábamos los tres, una bala le atravesó el cerebro. Un minuto después, sin embargo, todo había terminado y, a pesar de que el judío también estaba muerto, continué pegándole con un placer de lo más inhumano. Pero en pleno regodeo sobre el cadáver se apoderó de mí un cambio repentino de sentimientos: me tambaleé, caí junto al fuego y me puse a pensar en las últimas semanas transcurridas.
¡Y qué semanas! Sin duda alguna se habían cumplido los vaticinios de Curtis. ¿Y por qué no? Aunque yo lo había descubierto demasiado tarde, ¡ay!, la mujer, que era el único incentivo, ya no estaba. Al principio el mundo no se había dado cuenta, pero ahora, agonizante, en las últimas fases de la extinción, la verdad resultaba evidente.
Tal y como he dicho, al principio el interés disminuyó y el hombre empezó a despertar su deseo con el alcohol, pero el ambiente se caldeó y todo fue de mal en peor. Tras una primera etapa de prosperidad, los obreros se rebelaron al verse reducidos a su estado previo de supervivencia diaria. Ya no los ataban ni las mujeres ni los hijos, así que recurrieron a los insultos y al desenfreno para exigir mejores salarios y menos horas de trabajo. Los capitalistas que se esforzaban en trabajar, al darse cuenta de que tampoco tenían familias por las que desvivirse, se entregaron a la indiferencia y respondieron a las huelgas de sus empleados con cierres patronales. La vida y la propiedad dejaron de ser sagradas por lo que reinaron el pillaje y las matanzas. Para intensificar el horror de semejantes condiciones, los delincuentes degradados salieron de sus barrios bajos, cuevas y agújelos y se lanzaron al cuello de la sociedad que tan a menudo y de forma encarnizada se había cebado con ellos. Incluso se sublevaron los convictos en las cárceles y en muchas ocasiones lograron la libertad. La Policía primero se paralizó y luego fue disuelta. Sin embargo, durante una temporada, el ejército regular (hacía tiempo que la Guardia Nacional se había disuelto) contuvo el rumbo inevitable de los acontecimientos. Tras degenerar hasta volver a la brutalidad del hombre primitivo, la gente bebía y peleaba con el mismo encarnizamiento. Como consecuencia de ello los grandes centros comerciales e incluso las ciudades grandes y pequeñas se estancaron y el resto del país dejó de enviarles sus productos.
La inanición en las metrópolis provocó una desbandada general y el campo se vio inundado por hordas famélicas y desesperadas que saquearon y destruyeron a los agricultores. La producción cesó y llegó la anarquía. La compleja superestructura del gobierno se hizo pedazos y la manifestación gregaria del género humano se redujo a la unidad tribal, unidad en la que los lazos familiares no jugaban papel alguno. Los hombres elegían a sus compañeros más valientes, cuya gran brutalidad física y mental les permitía predominar. Esas bandas asolaron, desvalijaron y destruyeron el mundo. El arte, la ciencia, la cultura y la religión se tambalearon para acabar disolviéndose por completo. En resumen, quedó instituido el reinado del infierno en la tierra.
La marea humana me había arrastrado a los barrios periféricos, donde a duras penas llevaba una existencia miserable y peligrosa. Mis miedos y sufrimientos habían resultado espantosos: me daba cuenta de la rapidez con la que me animalizaba, pero en el entorno caótico en el que me hallaba no podía hacer nada por evitarlo. Mi forma de tratar al judío esa misma noche ilustra con claridad la plenitud con la que habían sido aniquilados mis atributos más nobles. No existía matiz alguno que me diferenciase de un león hambriento en la sabana africana: ese era el inevitable resultado de haber perdido a las mujeres.
La muerte en sus formas más espantosas se había convertido en mi leal compañera y ¡qué extrañas eran las luchas de los espíritus que pasaban a mejor vida! Agotados por los sufrimientos y las penalidades, los hombres veían espejismos, pero no de banquetes, sino de mujeres. Recuerdo a un salvaje con el que me peleé por media medida de maíz y al que me vi obligado a matar. Mientras yo comía apresurado por miedo a ser descubierto y perder mi botín, se puso en pie gritando el nombre de su esposa. Con el sudor de la muerte en la frente y el estertor en la garganta creyó que la veía. Intentó asir al fantasma de su visión distorsionada, que lo esquivaba y se alejaba mientras él lo perseguía. Aunque ya agonizaba, aquella visión le dio fuerzas para ir detrás de ella entre los rastrojos, alzar los brazos y caer muerto en medio del campo.
Últimamente una alucinación parecida hacía flaquear mi cordura. Me asaltaba en los momentos y lugares más inesperados. Cruzaba mi línea de visión, bailaba en el camino delante de mí y en sueños me llenaba de caricias y aliviaba mi alma agotada con la calma indescriptible de una presencia femenina. En la batalla de Norfolk, donde diez mil Hombres hambrientos capturaron las ultimas provisiones del gobierno que ya expiraba, estuvo a punto de provocarme la muerte. La victoria era prácticamente nuestra poique los asediados, en su esfuerzo por salvarse, habían empezado a lanzar las provisiones entre los que atacábamos. En medio de una lucha salvaje me hice con un jamón grande y me interné en los bosques cercanos, donde me alcanzó un merodeador que quiso arrebatarme el botín y provocó una pelea a muerte. Cuando lo tenía a mi merced y estaba a punto de darle el golpe de gracia, intervino la aparición. Me detuve hechizado, desconcertado. Lo siguiente que recuerdo es que recobré la conciencia malherido para descubrir que habían desaparecido tanto el jamón como mi antagonista. Esa fue la primera vez que se manifestó, pero desde entonces se dejó ver con mayor frecuencia. ¡Ah, ahí está ahora! ¡Laura! ¡Mi Laura perdida! Ha vuelto a irse como un rayo. ¡Qué extraña resulta esta obsesión en mí, el Soltero Gruñón, el Misógino! En cuanto a Laura: antes de abandonar la tierra no significaba para mí más que mis compinches o amigos íntimos. Nos apreciábamos mutuamente, lo nuestro era una especie de amor platónico o eso pensaba yo. Pero ahora, demasiado tarde, descubro que la amaba. ¡Laura, deseo de mi corazón, llena este vacío que tanto duele! ¡Llámame, oblígame a ir contigo! ¡Libérame de estas ataduras de arcilla para que pueda escapar a mi degradación y encontrar paz y alegría a tu lado! ¡Mata…!
¡Atención! Voces. Pisadas humanas. Una banda de bestias de presa hambrientas se acerca. Debo huir. Me hago con una pata del caballo sacrificado, el mayor tesoro posible, me interno entre los arbustos y huyo en medio de la oscuridad de la noche, seguido por los frenéticos gritos de alegría que anuncian el descubrimiento de mis provisiones.
¡EN QUÉ DEPRIMENTE SOLEDAD me había internado! Hasta hace poco bullía con el barullo de la vida metropolitana y ahora estaba desierta. Dejando a un lado la ausencia de sus habitantes, la ciudad no era más que la sombra de lo que había sido. Los incendios la habían arrasado de tal manera que a veces durante varias manzanas lo único que veía eran chimeneas que surgían entre las ruinas ennegrecidas y se elevaban hacia el cielo como espantosos índices de la ira de Dios. Las calles estaban llenas de carretillas, carros, carruajes, equipajes, todos ellos restos de una huida universal provocada por el pánico. Por todas partes los cadáveres pútridos obstruían el camino, llenando el aire de un hedor nocivo y haciendo que mi avance resultara casi insoportable. Pero seguí adelante a pesar de encontrarme en la última fase del agotamiento físico y mental. Era tal mi debilidad que debía detenerme con frecuencia a descansar mientras mi mente se tambaleaba y lo percibía todo como si formase parte de un sueño. A veces hablaba entre dientes en voz alta como un loco y otras me daba cuenta del estado en que me encontraba y me esforzaba por controlar mis fugaces sentidos. No podía decir cómo o por qué había vagado hasta allí porque los últimos días no eran más que algo borroso y confuso, más similar a una pesadilla que a la realidad.
Por fin llegué a mi casa y, para mi sorpresa, se mantenía en pie y no había sufrido el azote del fuego. En la galería me encontré con un perro grande, el primer ser vivo que veía desde que entrara en la ciudad. ¡Cómo me sonaron las tripas al verlo! Mi instinto de cazador se despertó: había hallado mi cena. La tarea me pareció más sencilla porque evidentemente el animal había escapado por los pelos de convertirse en la cena de otro. Cuando me miró con el pelaje erizado y mostrando los dientes, me di cuenta de que tenía el lomo roto y arrastraba los cuartos traseros. Saqué la navaja y ataqué. Pero en el momento justo de acercarme, mi debilidad se impuso y, a punto de desmayarme, me agarré a las columnas en busca de apoyo y en ese momento el perro retrocedió. Al realizar un vano esfuerzo por interceptarlo, caí escaleras abajo. Llorando mi decepción mientras veía mi cena desaparecer al doblar la esquina, entré en la casa y subí como pude a mi habitación. Me dejé caer en un sillón junto a la ventana y me dormí, acompañado por la beatífica visión de Laura.
¡SILENCIO! ¿Qué era eso? Mientras abrazaba a mi ángel resplandeciente, me despertó un ruido frenético en la ventana. ¡Los gorriones! ¡Imposible! Miré a mi alrededor: ya no era de noche y allí, en el alféizar de mi ventana, se desarrollaba una batalla en miniatura por hacerse con una hembra que no paraba de piar. Excepto por el desconcierto que sentía, volvía a ser el de siempre. Tras un segundo de meditación comprendí toda la verdad. Decidido como nunca, cogí el sombrero, el bastón y los guantes y bajé las escaleras de tres en tres. En el vestíbulo inferior me tropecé con mi patrona. Una conducta tan inusitada en alguien tan solemne como yo la asombró de tal forma que hizo algo que nunca había hecho: preguntarme qué ocurría y a dónde iba.
—¿Que a dónde voy? —exclamé—. Voy a pedirle a Laura que se case conmigo.
Luego abracé a aquella buena mujer y le planté un beso en los labios.
[1897]

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