PARA RALPH AINSLIE «chiquilla» siempre había sido una palabra cariñosa. Y debemos confesar que la había aplicado con gran sabiduría y discreción, desde la criaturita que dominaba su destino cuando era alumno de secundaria hasta Maud. La lista de favorecidas era larga, de eso no hay duda, pero los corazones jóvenes suelen albergar amores itinerantes. Así son las cosas y ¿quién va a cambiarlas? Sin embargo, cuando la dulce locura de cortejar a Maud se apoderó de él, la palabra había madurado y alcanzado un significado más completo y en ese momento él había pensado que ya nunca más se trasladaría. A su vez, Maud lo llamaba «niño». Nunca palabras tan dulces se emparejaron con mayor precisión. ¡Chiquilla y niño! Pues se habían casado y…
Ainslie desmenuzó su tostada, despreocupado, y miró a Maud, sentada frente a él en la mesa de desayuno, con sus ojos azules y su aspecto de matrona, pero el rostro de mujer grabado en aquel momento en la retina de su mente tenía los ojos negros y rebeldes. En él no se percibía el sosiego de la esposa, ni la calma del control firme, sino el capricho de los deseos mudables, un autoritarismo aplastante y extraños cambios de humor. Una criatura de corazón ligero para la lealtad, pero de alma generosa para el amor. Bien que la conocía él.
Tal vez fuese la irradiación inconsciente de la actitud mental de él en aquel momento —o de la suma de las actitudes de muchos días— lo que hacía que Maud se sintiera sola en su lado de la mesa. Al menos se sentía deprimida y aislada, como si los vínculos que tanto los habían unido de alguna forma empezaran a deshacerse. Ella había esperado que los fervientes besos que con tanta dulzura salpicaran el período de su compromiso terminarían por convertirse en el formal homenaje del afecto probado, pero no que acabaran por ser solo un deber sin sentido, el simple comportamiento mecánico de quien representa un papel. La conducta de su esposo carecía de esa sutil seriedad y entusiasmo cuya ausencia la mujer detecta enseguida.
—¿Qué ocurre, Maud? —preguntó él en un momento dado, al observar por primera vez lo mal que había transcurrido el desayuno, movido por el deseo de compensarla—. ¿Qué ocurre? —repitió, consciente de que ella conservaba su mirada soñadora— ¿Hay algún problema?
—Ralph —respondió ella con esa intrascendencia tan femenina—, ya no me llamas chiquilla—. Luego añadió quejumbrosa—: Ahora soy Maud a secas.
—Y hace siglos que tú no me llamas niño —replicó él.
No fue consciente del rubor dolido que tiñó sus mejillas. Tampoco sabía lo mucho que había luchado ella por abandonar su apelativo cariñoso después de que él dejara de llamarla chiquilla. Y es que la mitad de las tragedias del mundo se elaboran en el silencio de los corazones femeninos, tragedias que los hombres, con su torpeza, pueden no entender o llegar a conocer jamás.
A Maud se le empañaron los ojos y continuó callada. Ainslie se levantó y acudió a su lado.
—¡Oh, Ralph, no sé, pero todo va mal, muy mal! —sollozó ella en el hombro de él.
El aroma del cabello femenino era como una caricia, sin embargo no evocó los recuerdos agradables de otros tiempos que debería haber evocado, porque él frunció el ceño sin que ella se percatase y le dio una palmadita en el hombro para calmarla.
—Me he esforzado tanto por ser buena y leal, por ser la esposa de Ralph —dijo ella y levantó la cabeza con valentía para mirarlo a los ojos—, pero todo va mal. Nos ha ocurrido algo, algo se ha interpuesto entre nosotros. Imaginaba que las cosas serían muy distintas tras casarnos, pero ahora… no sé, no lo comprendo.
—Calma, tranquila —murmuró él, el rostro convertido en un ejemplo de amabilidad masculina superficial—. Me temo que estás enferma, un tanto pachucha. No eres la de siempre. Debes de tener algunas décimas, un resfriado o algo así. Cuando llegue al centro le diré al doctor Jermyn que venga a verte. Quizás —añadió con premeditación mientras le daba un beso de despedida en la puerta—, quizá necesites un cambio de aires o algo parecido. Creo que te vendría bien pasar una semanita con tu madre.
Pero ella negó con la cabeza.
«YA EMPIEZAN LAS ESCENITAS —pensó mientras subía al coche—. Hoy ha sido la primera, mañana habrá otra y continuarán aumentando, tanto en cantidad como en calidad, hasta que ni el hombre más paciente podrá soportarlas. Será mejor cortar el problema por lo sano ahora, en lugar de permitir que vaya a más. Le escribiré a Bertha de inmediato y resolveré el asunto de una vez».
Con esa loable intención se sentó ante su escritorio e invocó al demonio epistolar. Una perentoria llamada de teléfono lo interrumpió. Se trataba de una transacción importante y el amor ocupa un segundo plano cuando hay negocios.
—¡Pobre Maud! —murmuró mientras guardaba la carta sin terminar en un cajón—. No es más que una mezcla extraña de locura veraniega y de egoísmo inconsciente por mi parte. Y ha sido Bertha quien me ha contagiado.
Mientras bajaba en el ascensor decidió volver a subir para destruir la carta y acabar con aquello, pero al llegar abajo los negocios se antepusieron al amor y se apresuró a reunirse con los directivos de la compañía proyectada.
A LAS TRES, EL CONTABLE se extrañó debido a la prolongada ausencia de Ralph Ainslie. A las tres y media, la señora Ainslie se pasó por el despacho de su marido. Había estado meditando —de esa manera tan encantadora propia de las mujeres— y llegado a la conclusión de que sabía muy poco sobre los hombres y que, fuera lo que fuese lo ocurrido, se debía a su enfermiza costumbre de dar vueltas a las cosas, por eso estaba allí, para ser amable con su pobre esposo y recibir su perdón. Abrió la puerta de su despacho con suavidad, se enfrentó al rotundo vacío de la habitación y decidió esperar.
Recordó los maravillosos días de su primera época de casados, cuando ella acudía por las tardes a su despacho tan a menudo que Ralph decía que era una molestia deliciosa y ocultaba caramelos y bombones en su escritorio para animarla a volver de visita. Poseída por un afecto sentimental y una ligera sensación de dolor, cruzó la habitación de puntillas y abrió un cajón. La hoja vuelta hacia arriba y el encabezado «Querida chiquilla» llamaron su atención. Enseguida observó la esquina superior derecha, creyendo que se trataba de alguna carta para ella, escrita tiempo atrás, y al ver la fecha se sintió felizmente sorprendida. Estaba tan contenta que no se fijó en el sobre, con el destinatario, medio escondido bajo la carta. Empezó a leer:
Querida chiquilla:
A veces creo que últimamente no nos entendemos como deberíamos. Sé que yo, al menos, puedo haberte parecido frío en ocasiones cuando, en realidad, me encontraba confuso por otros motivos. He estado algo preocupado y no he sido el de siempre, por todo lo cual pienso compensarte como es debido. Muy pronto te lo explicaré todo.
Créeme, chiquilla, que el amor que te ofrezco es verdadero y conlleva todo mi corazón. Estoy haciendo planes para que podamos…
—¡Todo es por culpa de sus negocios! —exclamó Maud, con los ojos humedecidos brillando de alegría—. Seguro que dejó de escribir también por culpa de algún asunto profesional. ¡Y es una carta para mí, en la que me llama chiquilla!
Se llevó la hoja de papel perfumado a los labios en el momento en que Ralph Ainslie entraba en la habitación.
—¡Niño! —exclamó, mientras corría hacia él y lo abrazaba—. ¡Mi querido compañero! Y yo portándome como una caprichosa, mientras tú te preocupabas por los negocios sin quejarte ni una sola vez. No, no —protestó al ver que él hacía un gesto involuntario de queja—. Es verdad, niño, todo es verdad. Me he portado muy mal contigo.
Los ojos llorosos de ella y la pechera de la camisa de él habían alcanzado una proximidad tan peligrosa que Ralph pudo hacer un gesto de perplejidad por encima de la cabeza de ella sin ser visto. El aroma del cabello femenino se mezcló con sus pensamientos y lo llevó a recordar los buenos tiempos que casi había olvidado por completo. ¡Su querida, paciente y fiel Maud, tan confiada como la primera vez que se besaron! ¡Había creído que la carta sin terminar era para ella! Su error lo conmovió hasta el punto de ayudarlo a sepultar en el olvido a la otra mujer.
—Vamos, vamos, chiquilla. Nadie tiene la culpa de todo esto excepto yo. Me he volcado demasiado en el trabajo y…
—Es culpa mía. ¡Insisto! —protestó ella.
—Entonces debo castigarte con… ¡ejem!
—¿Algo bueno? —Recordó la carta y añadió—: ¿Qué íbamos a hacer cuando acabases con tus planes?
—Ir a Europa —mintió él sin inmutarse—. Oye, chiquilla —añadió apresurado al ver que el cajón continuaba abierto, encabezando la retirada hacia la puerta—, ¿qué te parece si en vez de ir a casa cenamos en el centro?
—¡Y luego vamos al teatro! —exclamó ella—. ¡Como hacíamos antes!
—Espera un momento, chiquilla —le dijo en la puerta del ascensor—. He olvidado una cosa.
Regresó corriendo al despacho y cerró la puerta con cuidado. Luego acercó una cerilla al sobre dirigido a una tal Bertha Noséquémás, arrojó las cenizas a la parrilla de la chimenea y juró varias veces en voz baja, pero mientras lo hacía quien ocupaba sus pensamientos era la mujer de ojos negros.
[1899]

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