A MÍ ME RESULTA EXTRAÑO que en esta era de la razón, cuando las mentes normales rechazan lo sobrenatural y la Iglesia se apresura a armonizar sus enseñanzas con las de la ciencia, una secta o camarilla de pensadores, brillantes además, intenten imponer al mundo unas infracciones tan fantásticas de la ley natural.
—Pero Charley, no lo hacen. Aunque los milagros de los expertos puedan parecer infracciones a ojos de los profanos, ellos no los promueven de esa forma. Al igual que las maravillas de hoy habrían sido milagros en una era del pasado, eso mismo parecen a la ciencia en su estado actual las maravillas que ellos producen. Se limitan a afirmar que sus supuestos milagros no son más que la manifestación de las leyes eternas, demasiado sutiles para que los físicos de hoy las comprendan, aunque gracias a la evolución algún día no solo las aceptarán, sino que también las demostrarán.
—Con el debido respeto a nuestro amigo, sigo manteniendo que sus propuestas resultan absurdas y que las posibilidades hipotéticas, como las tuyas, podrían llevarse más allá de los límites de la especulación científica legítima. Por ejemplo, tomemos el milagro del plato de Madame Blavatsky. La vajilla es especial y no hay forma de encontrar piezas iguales en toda la India. Se celebra una excursión y durante el almuerzo reciben una incorporación inesperada y les falta un plato. Ella pide la ayuda de los expertos, que en ese momento se encuentran en el Himalaya o el Tíbet. Proyectan una intensa tuerza paranormal que cruza mares y continentes hasta alcanzar Alemania, donde, en la fábrica, pueden encontrarse las únicas piezas iguales de la vajilla. Una vez allí, con un satisfactorio dominio de la mente sobre la materia, rompen la cohesión que mantiene unidas las moléculas de uno de los platos, desintegran las moléculas en átomos hasta que se convierte en una simple fuerza o en el perfeccionamiento más avanzado de la materia y envían esos elementos vaporosos del plato a la India. Durante todo ese tiempo, que no es más que un abrir y cenar de ojos, los manipuladores han permanecido en su fortaleza de la montaña. Cuando el plato inmaterial llega al punto donde se celebra la comida campestre se reintegra, cada una de sus moléculas recupera su situación anterior en relación a las moléculas que la acompañan, y se deposita bajo los arbustos, donde al instante lo descubre uno de los miembros del grupo. Si esto no es una verdadera majadería, cedo la palabra a nuestro amigo, quien sin duda está lo bastante versado en conocimientos teosóficos como para corregirme.
La persona a la que se refería, un caballero de mediana edad cuyo rostro combinaba la pensativa sabiduría de la Esfinge y la misteriosa solemnidad del conde de Monte-cristo, respondió:
—Tiene razón y se equivoca. Tiene razón según el cristal a través del que usted mira los fenómenos del universo y se equivoca debido a la estrechez de las limitaciones inherentes a dicho cristal. ¿Reconoce el axioma filosófico según el cual lo finito no puede entender lo infinito? Entonces, como lo finito evoluciona e incrementa sus poderes de recepción y concepción, el campo de su contemplación se amplía, de lo que es testigo la ciencia actual, como usted ha mencionado. Ya que este territorio contemplativo o de la concepción del que el mundo disfruta en la actualidad es mayor que el del siglo anterior, ¿no podríamos encontrar la misma diferencia entre los individuos que existen durante la misma época? De esa forma, hace cien años el telégrafo quedaba fuera de la concepción practica y así mismo hoy en día la desintegración y reintegración de un cuerpo mediante impulsos paranormales queda fuera de la concepción popular y de la suya. Usted opina que es hipotéticamente irrazonable. Pero ¿es absoluto su decreto? ¿Cree que posee la inteligencia infinita necesaria para afirmar que eso resulta infinitamente imposible? No creo que sea usted tan egoísta. Por lo tanto, en este punto la única actitud congruente que podría mantener sería la del agnosticismo: no sabe pero le gustaría saber. ¿Me comprende?
—Sí —respondió Charley—, aunque una postura tan pasiva, si se mantiene mucho tiempo, no resulta compatible con mi temperamento positivo e inevitablemente me veo inmerso en las raciocinaciones ilógicas del escepticismo. Si de vez en cuando recibiera alguna prueba o demostración, no me ocurriría eso. Pero ese es el problema, ¿Cómo obtenerlas?
—Tal vez yo pueda ayudarle —contestó el misterioso personaje—. He estudiado en profundidad los postulados y la filosofía natural del budismo esotérico. No, aunque esto sea un secreto, no solo he cumplido mi período de formación en esa extraña hermandad, sino que he llegado a ser un mahatma hecho y derecho. Tengo el poder necesario para convencerlo y lo haré si usted así lo desea. ¿Quiere que separe su cuerpo astral de su morada sublunar y lo envíe jadeante a través del empíreo? Aunque al fin y al cabo esas peregrinaciones celestiales no son más que sandeces aburridas, ¿no se le ocurre algo más original?
—Aunque debo confesar que nunca lo consideré un Heliobas1, aceptaré su palabra al respecto. Nada me gustaría más que abandonar este ámbito prosaico y cambiarlo por el espacio, observar desde lejos ésta mi morada arcillosa, poder… ¡Ya sé, se me ha ocurrido algo mejor! Jack, ¿recuerdas el deseo que pronunciaste ayer, mientras volvíamos a casa?
—¿Qué deseo? Ya sabes que son legión. ¿Te refieres al de poseer un castillo? ¿0 al relativo a la duquesa, esa criatura a la que mi imaginación siempre vuelve?
—No, no. Pon los pies en el suelo. ¿No te acuerdas? Haydee y Dora, tú y yo.
—¡Oh, qué buena idea! —dijo, luego se dirigió al mahatma y añadió—: Será mejor que le contemos nuestro secretillo, tal vez pueda ayudarnos. Charley tiene una hermana adorable, mucho más hermosa que su bonito nombre, Haydee, y tan buena como hermosa. Yo también tengo una hermana, Dora, a la que Charley venera. Charley y yo nos llevamos bien pero amamos a la hermana del otro. No somos tímidos… ah… El caso es que no sabemos bien cómo… No conocemos el uno a la hermana del otro lo suficiente. Las conocemos bastante, pero no sabemos cómo deberíamos intentar… ya me entiende. Aunque si yo fuese Charley, es decir, si Charley tuviese que declararse a su hermana, la comprendería tan bien que sabría qué hacer en cada momento. Lo mismo ocurre conmigo y mi hermana. De manera que si Charley y yo pudiésemos cambiar de lugar un rato seríamos capaces de solucionar el asunto sin problemas, intercambiarnos de nuevo y aguardar al día de la boda.
—Comprendo —respondió el mahatma—. Lo que desean es declararse por poderes a la hermana del otro, siendo el apoderado el hermano de cada una de las jóvenes. Creo que puedo solucionarlo. Basta con separar sus cuerpos astrales de sus cuerpos físicos y luego devolverlos intercambiados, de esa forma la personalidad espiritual de Jack habitará y actuará en la personalidad material de Charley y viceversa. ¿Están preparados?
—¿Para qué? —se oyó a coro.
—Para ser trasladados.
Los amigos se miraron sorprendidos e inquietos a la vez y luego rompieron a reír a carcajadas, mientras el mahatma los observaba imperturbable y expectante. La risa se fue desvaneciendo y la solemnidad del hombre acabó por contagiarlos. De nuevo es preguntó si estaban preparados y esa vez recibió como respuesta una afirmación escéptica.
El proceso era sencillo. Los situó uno al lado del otro en un diván. Los miró uno a uno hasta dejarlos literalmente desconcertados y luego inconscientes. Lo que hizo a continuación resulta demasiado esotérico para ser revelado a las mentes vulgares, pero evidentemente tuvo éxito poique, con una sonrisa de satisfacción en el rostro, se puso los guantes, cogió su sombrero y su bastón y se fue a pasear, dejándolos profundamente dormidos.
Las sombras se alargaron mientras cruzaban la sala y había transcurrido buena parte de la tarde antes de que cesara la respiración estentórea de los durmientes. Al despertar se miraron el uno al otro con asombro y fueron conscientes de que el cambio había tenido lugar.
—¡Quién iba a decir que podríamos intercambiar las almas con éxito! —exclamó Charley.
—Yo tengo una duda —contestó Jack, al sacar del bolsillo una cajetilla de cigarrillos y mirarla con inseguridad—. ¿Cuál es el factor dominante? ¿El cuerpo o el alma? Si es el alma, nos hemos limitado a cambiar los cuerpos y de paso las ropas. Por cierto, coge tus cigarrillos y registra mis bolsillos… Mejor dicho, los bolsillos de mi ropa, que cubre mi cuerpo pero que ahora habitas tú, y pásame mi purera. Jamás he soportado la porquería esa que fumas tú.
—Intercambiemos de inmediato el contenido de nuestros bolsillos.
—No. No lo había pensado, pero sería absurdo. Imagina que aparezco en mi casa, quiero decir en la tuya, donde todos me tomarán por ti, con todas mis cosas en tus bolsillos. Y viceversa: imagina que vas a mi casa, mi familia te toma por mí y tú tienes todas tus pertenencias en mis bolsillos. ¡Caramba! Esta mezcla de primera y segunda persona resulta demasiado desconcertante para lograr una dicción perspicua, pero espero que comprendas a qué me refiero.
—Oh, sí, como abstracción lo entiendo enseguida, pero me falta lucidez si intento realizar un análisis concreto. Es como el proceso de asignar las cantidades de X e Y al plantear una ecuación. A ver si conseguimos una fórmula que sea fácil de recordar:
| X es el alma de Jack | A es el cuerpo de Jack |
| Y es el alma de Charley | B es el cuerpo de Charley |
| Por lo tanto XA es Jack e YB es Charley. | |
Pero ahora Jack es XA, AB o XB. Y Charley es YB, BA o YA. ¿Comprendes quién y qué eres, Jack?
—Oh, sí y no lo olvidaré. Yo soy XABA y tú eres YBAB.
—Pues ya que hemos resuelto nuestras identidades, vámonos a casa. ¡Oye, que ese es mi sombrero!
—No, no lo es. ¿No recuerdas que yo soy YA y este es el sombrero de A, o el sombrero de tu cuerpo, pero no es tu sombrero porque tú eres XB y debes usar el sombrero de B?
—¡Ah! Comprendo.
Incómodos, se intercambiaron los sombreros y también incómodos bajaron las escaleras, porque a principio les costaba manejar el cuerpo del otro. Los conocidos que se cruzaron con ellos en la calle tacharon de extraño su comportamiento. Por ejemplo Careleton, un amigo de Charley que no conocía a Jack, se quedó muy sorprendido cuando Charley pasó a su lado y ni se inmutó mientras que Jack le dedicaba un amable saludo con la cabeza.
[1897]
- Personaje de la primera novela escrita por Marie Corelli (1855-1924), Romance de dos mundos (1886), basado según algunos en el conde de St. Germain personaje enigmático y relacionado con el ocultismo al que la propia Madame Blavatsky (1831-19891) afirmó haber conocido. ↩︎

Deja un comentario