Texto aleatorio

ASÍ ENTREGARÉ SEIS MANTAS, dobles y de abrigo; seis limas, duras y grandes; seis cuchillos de la bahía de Hudson, largos y de buen filo; dos canoas, obra de Mogum, el Hacedor de Cosas; diez perros, fuertes y buenos para el arnés; y tres rifles, uno de ellos con el gatillo roto, pero es un buen rifle y sin duda puede arreglarse.

Keesh se detuvo y paseó la mirada sobre el círculo de rostros concentrados. Era la temporada de la Gran Pesca y le estaba haciendo una oferta a Gnob por su hija Su-Su. Se encontraban en la misión de St. George, junto al Yukón y las tribus se habían reunido, algunas llegadas desde varios cientos de kilómetros de distancia. Venían del norte, del sur, este y oeste, incluso desde lugares tan alejados como los campamentos de Tozikakat y Tanana.

—Además, Gnob, tú eres el jefe de los tananas y yo, Keesh, hijo de Keesh, soy jefe de los thlungets. Por eso, cuando mi simiente brote de las entrañas de tu hija, habrá amistad entre las tribus, una gran amistad, y los tananas y los thlungets serán hermanos de sangre en tiempos venideros. Haré lo que he dicho, lo haré. ¿Qué dices tú, Gnob, de este asunto?

Gnob asintió con la cabeza, muy serio, su rostro nudoso y retorcido por la edad enmascaraba de forma inescrutable el alma que se ocultaba tras él. Sus ojos rasgados brillaban como carbones gemelos tras los párpados entrecerrados al decir en voz aflautada y cascada:

—Pero eso no es todo.

—¿Qué más? —quiso saber Keesh—. ¿Es que no he ofrecido el mayor precio? ¿Ha existido alguna joven tanana que alcanzase un precio tan alto? ¡Dime quién!

Los del círculo dejaron que se oyeran sus risitas burlonas y Keesh supo que se había puesto en ridículo delante de aquella gente.

—No, no, buen Keesh, no lo entiendes. —Gnob hizo un gesto suave, sosegado—. El precio es justo. Es un buen precio. Tampoco cuestiono el gatillo roto. Pero eso no es todo. ¿Qué pasa con el hombre?

—Eso, ¿qué pasa con el hombre? —gruñó el círculo.

—Se dice —continuó la voz estridente de Gnob—, se dice que Keesh no sigue la senda de sus antepasados. Se dice que se ha internado en la oscuridad, tras dioses desconocidos, y que tiene miedo.

El rostro de Keesh se oscureció.

—¡Es mentira! —atronó—. ¡Keesh no teme a ningún hombre!

—Se dice —se volvió a oír el tono agudo— que ha escuchado lo que dice el hombre blanco de la Casa Grande e inclina la cabeza ante el dios de los blancos y, por si fuera poco, que la sangre disgusta a ese dios.

Keesh bajó la mirada y apretó los puños con fuerza. El círculo de salvajes se rio con sorna y Madwan, el chamán, supremo sacerdote y hechicero de la tribu, habló al oído de Gnob.

El chamán tanteó entre las sombras que rodeaban la hoguera e hizo levantar a un niño delgado al que situó cara a cara con Keesh. En la mano de Keesh introdujo un cuchillo.

Gnob se inclinó hacia delante:

—¡Keesh! ¡Oh, Keesh! ¿Te atreves a matar a un hombre? ¡Mira! Éste es Kitz-noo, un esclavo. ¡Golpea, Keesh! ¡Golpea con toda la fuerza de tu brazo!

El niño tembló y esperó el golpe. Keesh lo miró y en su mente surgieron pensamientos cargados de la moralidad del señor Brown, mucho más elevada, y vio claramente las llamas saltarinas que constituían el infierno del señor Brown. El cuchillo cayó al suelo y el niño suspiró y se retiró más allá de la hoguera con las rodillas temblorosas. A los pies de Gnob descansaba un perro lobo que enseñó los dientes dispuesto a saltar sobre el niño. Pero el chamán le asestó una patada al animal y, al hacerlo, le dio una idea a Gnob.

—¿Qué harías tú, Keesh, si un hombre te hiciera esto? —Mientras hablaba, Gnob acercó una tira de salmón a Colmillo Blanco y, cuando el animal intentó cogerla, le pegó con fuerza en el morro con un palo—. Después, Keesh, ¿te comportarías así? Colmillo Blanco se rebajaba ante Gnob y lamía su mano, adulándolo.

—¡Escucha! —Apoyándose en el brazo de Madwan, Gnob se había puesto de pie—. Soy muy viejo y por eso te cuento esto: Tu padre, Keesh, era un hombre poderoso y amaba el sonido del arco en la batalla y estos ojos lo vieron atravesar el cuerpo de un hombre con una lanza hasta hacerla asomar por detrás. Pero tú no eres como él. Desde que abandonaste al Cuervo para adorar al Lobo la sangre te da miedo y haces que tu pueblo se asuste. Eso no es bueno. Porque cuando yo era niño, como lo es Kitz-noo, no había hombres blancos en la tierra. Pero llegaron, uno a uno, y ahora son muchos. Y son una raza inquieta: no se contentan con descansar junto al fuego con la barriga llena y dejar que el mañana traiga más carne. Parece que una maldición ha caído sobre ellos y por eso deben esforzarse duramente para obtenerla.

Keesh se sobresaltó. Recordó un relato confuso que el señor Brown había contado sobre un tal Adán, de antaño, y le pareció que el señor Brown había dicho la verdad.

—Por eso los hombres blancos se apoderan de todo lo que ven y van a todas partes y lo ven todo. Cada vez vienen más y, si no hacemos algo, se quedarán con toda la tierra y ya no habrá espacio para las tribus del Cuervo. Por eso debemos luchar contra ellos hasta que no quede ni uno, entonces poseeremos los pasos y la tierra y puede que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos crezcan con vigor y engorden. Cuando el Cuervo y el Lobo se enfrenten, la lucha será grande, pero Keesh no luchará, ni dejará luchar a su gente. Por eso no es bueno que se lleve a mi hija. Yo, Gnob, jefe de los tananas, he hablado.

—Pero los hombres blancos son buenos y fuertes —respondió Keesh—. Nos han enseñado muchas cosas. Nos han dado mantas y cuchillos y rifles que nosotros nunca hemos hecho y nunca podremos hacer. Recuerdo cómo vivíamos antes de que llegasen. No había nacido entonces, pero lo sé por mi padre. Cuando íbamos de caza debíamos acercarnos al alce hasta poder matarlo con una lanza. Ahora usamos los rifles de los blancos y matamos desde tan lejos que ni el grito de un niño podría oírse. Comíamos pescado, carne y bayas, no había nada más para comer, y lo hacíamos sin sal. ¿Cuántos, entre vosotros, estarían dispuestos a volver a comer pescado y carne sin sal?

Los habría convencido si Madwan no se hubiese puesto en pie de un salto antes de que se hiciera el silencio.

—Quiero hacerte una pregunta, Keesh. El blanco de la Casa Grande te dice que matar está mal. Pero ¿acaso no sabemos que los hombres blancos matan? ¿Hemos olvidado la gran batalla de Koyokuk? ¿0 la de Nuklukyeto, donde tres blancos mataron a veinte tozikakat? ¿Crees que ya no recordamos a los tres tananas a los que mató el blanco Macklewrath? Dime, Keesh, ¿por qué el chamán Brown te enseña que está mal luchar cuando sus hermanos lo hacen?

—No, no, no es necesario responder —dijo la voz aflautada de Gnob mientras Keesh se esforzaba por desentrañar la paradoja—. Es muy sencillo: el buen hombre Brown quiere sujetar al Cuervo para que sus hermanos lo desplumen. —Elevó la voz—. Pero mientras quede un tanana capaz de pelear, o una doncella que dé hijos a un hombre, ¡nadie desplumará al Cuervo!

Gnob se dirigió a un joven fornido, situado al otro lado de la hoguera:

—¿Qué dices tú, Makamuk, hermano de Su-Su?

Makamuk se puso en pie. Una cicatriz le cruzaba el rostro y convertía su labio superior en una sonrisa perpetua que contradecía el brillo feroz de sus ojos.

—Hace unos días —empezó a decir como si no fuera al caso—, pasé junto a la cabaña del tratante Macklewrath. En la puerta vi a un niño que se reía bajo el sol. El niño me miró con los ojos del tratante Macklewrath y tuvo miedo. La madre corrió hacia él y lo calmó. La madre era Ziska, la mujer thlunget.

Un gruñido de ira se alzó y ahogó su voz, pero él lo acalló al volverse hacia Keesh con el brazo estirado y un dedo acusador.

—Así que, ¿los thlungets dejáis marchar a vuestras mujeres y luego venís a buscar a las de los tananas? Pero nosotros necesitamos a nuestras mujeres, Keesh, porque debemos criar hombres, muchos hombres, para el día en que el Cuervo se enfrente con el Lobo.

A pesar de los aplausos, se oyó la voz aguda de Gnob:

—¿Y tú, Nossabok, que eres su hermano preferido?

El joven era delgado y grácil, con la fuerte nariz aquilina y las cejas altas de los suyos, pero debido a algún padecimiento nervioso un párpado se le cerraba de vez en cuando como si lo guiñase. Mientras se levantaba, el párpado cayó un instante sobre su mejilla. Sin embargo, en esta ocasión no lo acompañaron las risas que solía provocar. Todos estaban muy serios.

—Yo también pasé junto a la cabaña del tratante Macklewrath —murmuró con voz suave y tonos femeninos, que indicaban su juventud y su parecido con la hermana—. Y vi indios con la frente llena de sudor que les entraba en los ojos y a los que les temblaban las rodillas de cansancio. Vi indios gemir bajo el peso de los troncos para el almacén que el tratante Macklewrath va a construir. Con mis propios ojos los vi cortar madera para mantener caliente la Casa Grande del chamán Brown durante la helada de las noches largas. Ese es trabajo de mujer. Los tananas nunca lo haremos. Seremos hermanos de sangre de los hombres, no de las mujeres. Y los thlungets sois mujeres.

Se hizo un silencio profundo y todas las miradas cayeron sobre Keesh. Miró a su alrededor despacio, deliberadamente, deteniéndose en los rostros de cada hombre adulto.

—Sea —dijo sin pasión. Y repitió—: Sea.

Luego, sin más palabras se dio la vuelta y se perdió en la oscuridad.

Abriéndose camino entre bebés acostados y perros lobo enfurecidos, cruzó el enorme campamento y en sus afueras se encontró con una mujer que trabajaba a la luz de una hoguera. Con tiras de corteza arrancadas a las largas raíces de las plantas trepadoras, trenzaba cuerdas para la pesca. Durante un rato, sin hablar, observó cómo sus manos hábiles ponían orden en la maraña de fibras enroscadas. Daba gusto mirarla, concentrada en su tarea, con sus extremidades fuertes, ancha de pecho y unas caderas hechas para ser madre. El bronce de su rostro se volvía dorado al resplandor oscilante del fuego, el cabello negro azulado y los ojos como el azabache.

—Su-Su —dijo por fin—, tú has sido amable conmigo en los días pasados y hasta ahora…

—He sido amable contigo porque eras el jefe de los thlungets —respondió ella enseguida—, y porque eras grande y fuerte.

—Sí.

—Pero eso fue en los días pasados de la pesca —añadió con prisa—, antes de que el chamán Brown llegara y te enseñara cosas malas y te guiara por sendas desconocidas.

—Pero yo te digo que…

La joven alzó una mano en un gesto que le recordó a su padre.

—No. Ya conozco las palabras que salen de tu garganta, Keesh, y te daré mi respuesta. Los peces del agua y las bestias del bosque engendran a los suyos. Eso es bueno. Lo mismo ocurre con las mujeres. Ellas deben dar a luz a los suyos e incluso las doncellas, mientras lo son, sienten la llamada del parto, el dolor en el pecho y las manitas al cuello. Cuando esa sensación es más fuerte, cada doncella mira a su alrededor en busca de un hombre, del hombre adecuado para darle hijos. Eso es lo que yo he sentido. Eso sentí al mirarte y verte grande y fuerte, luchador y cazador de bestias y hombres, capaz de conseguir carne cuando yo tuviese que comer por dos, capaz de mantener alejado el peligro cuando me encontrase indefensa. Pero eso fue antes de que el chamán Brown llegara y te enseñara…

—Pero eso no es bueno, Su-Su. Yo sé muy bien que…

—Que no es bueno matar. Ya sé lo que vas a decir. Pues vive tú como los tuyos, como los que no matan. Pero no busques eso en los tananas. Porque se dice que llegará el momento en que el Cuervo se enfrentará al Lobo. Eso no lo sé porque es cosa de los hombres, pero sí sé que yo debo parir hombres para cuando llegue ese momento.

—Su-Su —interrumpió Keesh—, tienes que escucharme…

—Un hombre me golpearía con un palo para obligarme a escuchar —se burló ella—, pero tú… ¡Toma! —Le entregó un puñado de corteza—. No puedo entregarme a ti, pero esto sí puedo dártelo. Es lo que mereces. Es trabajo de mujer, así que ponte a trenzar.

Él arrojó las cortezas y la ira hizo que la sangre oscureciera su piel de bronce.

—Una cosa más —dijo la joven—. Hay una vieja costumbre que tu padre y el mío no desconocen: cuando un hombre cae en la batalla, se le arranca la cabellera como prueba. Muy bien. Pero tú, que has renunciado al Cuervo, debes hacer más. Debes traerme no las cabelleras, sino las cabezas, dos cabezas; entonces no te daré cortezas: te daré un cinturón adornado con abalorios, una funda de cuchillo y un cuchillo ruso. Entonces volveré a ser amable contigo y todo será como debe ser.

—Sea —reflexionó el hombre—. Sea.

Luego se dio la vuelta, cruzó la zona iluminada y desapareció.

—No, Keesh —gritó ella—. Dos cabezas no, que sean al menos tres.

PERO KEESH permaneció fiel a su conversión, vivió rectamente e hizo que su tribu obedeciera el Evangelio según lo expuesto por el reverendo Jackson Brown. Durante toda la temporada de pesca no hizo caso de los tananas ni escuchó las maldades que decían ni prestó atención a las risas de las mujeres de todas las tribus. Tras la pesca, Gnob y los suyos —con una buena reserva de salmón, secado al sol y ahumado, partieron para cazar en los promontorios de la cabecera del Tanana. Keesh los vio marchar, pero no dejó de asistir a los oficios de la misión, donde rezaba y encabezaba los cánticos con su profunda voz de bajo.

El reverendo Jackson Brown disfrutaba con aquella voz grave y, debido a sus excelentes cualidades, tenía a Keesh por el converso más prometedor. Macklewrath lo dudaba. No creía en la eficacia de convertir a los paganos y no dejaba nunca de expresar su opinión. Pero el señor Brown era un gran hombre —a su manera— y una larga noche de otoño argumentó de forma tan convincente que el tratante, harto de tanta discusión, acabó por decir:

—Me convertiré yo mismo, Brown, o podrás colgarme de los pulgares, si Keesh logra mantenerse en sus trece durante dos años.

El señor Brown nunca perdía una oportunidad, así que zanjó el asunto con un apretón de manos viril y a partir de ese momento la conducta de Keesh pasó a determinar cuál sería la última morada del alma de Macklewrath.

Pero un día, después de que la escarcha del invierno se hubiese endurecido lo bastante para permitir viajar, llegaron noticias. Un tanana se presentó en la misión de St. George en busca de munición y contó que Su-Su se había fijado en Nee-Koo, un joven y valiente cazador que había realizado una magnífica oferta por ella ante la hoguera del anciano Gnob. Más o menos por entonces el reverendo Jackson Brown se encontró a Keesh en el sendero del bosque que lleva al río. Keesh había enganchado a sus mejores perros y bajo las correas del trineo asomaba su mejor par de raquetas, las más grandes.

—¿A dónde vas, Keesh? ¿De caza? —preguntó el señor Brown.

Keesh lo miró fijamente a los ojos durante un minuto entero y luego ordenó marchar a sus perros. Después, dirigiendo otra vez su reflexiva mirada hacia el misionero, respondió:

—No. Me voy al infierno.

EN UN ESPACIO ABIERTO, esforzándose por acurrucarse entre la nieve como buscando refugio de un entorno tan inhóspito, se apiñaban tres tiendas deprimentes. A una docena de pasos las rodeaba el sombrío bosque. Por encima de ellas no se abría un cielo azul y despejado porque una cortina neblinosa e imprecisa, preñada de nieve, se interponía. No soplaba la brisa ni se oía sonido alguno: todo era nieve y silencio. En el campamento no se percibía el más mínimo rastro de vida porque los cazadores habían corrido flanqueando la manada de caribúes y habían matado a muchos. Así, tras el período de ayuno llegó la plenitud del festín y por eso, a plena luz del día, dormían profundamente bajo sus techos de piel de alce.

Cerca de una hoguera situada frente a una de las tiendas, cinco pares de raquetas descansaban clavadas en la nieve y junto al fuego se sentaba Su-Su. La capucha de su parka de piel de ardilla le cubría el cabello y le protegía el cuello, pero se había quitado las manoplas y trabajaba concentrada con la aguja y los tendones, completando un motivo impresionante sobre un cinturón de cuero forrado de paño escarlata. Un perro, desde la parte de atrás de una de las tiendas, soltó un ladrido breve y agudo que cesó tan repentinamente como había comenzado. Una vez su padre, en la tienda gruñó a su espalda y se quejó en sueños. «Tiene una pesadilla —pensó ella y sonrió—. Se hace viejo y este último esfuerzo ha sido demasiado para él».

Puso en su sitio el último abalorio, hizo un nudo en el tendón y echó más leña al fuego. Luego, tras permanecer un buen rato con la mirada perdida en las llamas, alzó la vista cuando oyó el crujido de un pie calzado con mocasines al pisar los duros gránulos de nieve. Keesh apareció junto a ella, ligeramente inclinado por el peso de la carga que llevaba a la espalda. Iba envuelta sin apretar en una piel de alce poco curtida, la dejó caer sin miramientos sobre la nieve y se sentó. Se miraron durante mucho tiempo, sin hablar.

—Hay mucha distancia, Keesh, hay mucha distancia desde la misión de St. George junto al Yukón.

—Sí —respondió él como ausente, con la mirada fija en el cinto y calculando su contorno—. Pero ¿dónde está el cuchillo? —quiso saber.

—Aquí. —Lo extrajo del interior de su parka y su hoja desnuda brilló a la luz de la hoguera—. Es un buen cuchillo.

—Dámelo —ordenó él.

—No, Keesh —se rio ella—. Es posible que no hayas nacido para llevarlo.

—Dámelo —insistió él sin cambiar de tono—. Sí nací para eso.

Pero los ojos de ella, al mirar con coquetería hacia la piel de alce, vieron que la nieve que la rodeaba se enrojecía poco a poco.

—¿Es sangre, Keesh? —preguntó.

—Sí. Es sangre. Pero dame el cinturón y el cuchillo ruso.

Ella sintió miedo de repente, aunque se emocionó cuando él le quitó el cinturón a la fuerza. La emocionó su brusquedad. Lo miró con ternura y le pareció sentir un dolor en el pecho y que unas manitas se agarraban a su cuello.

—Lo has hecho para un hombre más pequeño —se quejó, ceñudo, inspirando y abrochando la hebilla en el primer agujero.

Su-Su sonrió y sus ojos reflejaron mayor ternura. Volvió a sentir las manitas agarradas a su cuello. Daba gusto mirarlo; sí, sin duda el cinturón le quedaba pequeño; lo había hecho para un hombre más pequeño, aunque ¿qué importaba eso? Ya le haría más cinturones.

—Pero ¿y la sangre? —preguntó empujada por una esperanza nueva y cada vez mayor—. ¿La sangre, Keesh? ¿Es… son… son cabezas?

—Sí.

—Pues deben de ser muy recientes o la sangre se habría congelado.

—Sí, aún no están frías. Son recientes, muy recientes.

—¡Oh, Keesh! —El afecto iluminó el rostro de ella—. ¿Son para mí?

—Sí, son para ti.

Keesh agarró una esquina de la piel, tiró de ella para levantarla y dejó que las cabezas rodaran ante ella.

—Tres —susurró él con crueldad—. No, al menos cuatro.

Pero ella permanecía paralizada. Allí estaban los rasgos suaves de Nee-Koo; el rostro viejo y nudoso de Gnob; Makamuk, sonriendo con su labio superior levantado; y por último Nossabok, con el párpado haciendo de las suyas, caído sobre su mejilla de niña como si le guiñase el ojo. Allí yacían mientras las llamas jugaban a iluminar sus cabezas y un círculo escarlata cada vez mayor se formaba alrededor de ellas.

Derretida por el fuego, la capa de escarcha bajo la cabeza de Gnob cedió y la envió rodando, como si estuviese viva, hasta los pies de Su-Su. Pero ella no se movió. Keesh también permanecía inmóvil, sin pestañear y sin dejar de mirarla.

En un momento dado, un pino sobrecargado de nieve se liberó del exceso y el eco del estruendo reverberó forzado por todo el desfiladero. Pero no se inmutaron.

EL BREVE DÍA declinaba rápidamente y la oscuridad empezaba a envolver el campamento cuando Colmillo Blanco se acercó trotando en dirección a la hoguera. Se detuvo para hacer un reconocimiento, pero al ver que nadie lo obligaba a retroceder se acercó más. Al instante, su morro se desvió hacia un lado —los orificios nasales temblando y el pelo del lomo erizado— y sin dudar lo más mínimo siguió el rastro de la cabeza de su amo. Al principio la olisqueó con cautela y lamió su frente con la lengua roja y colgante. Luego se sentó sobre los cuartos traseros, alzó el morro a la primera estrella desdibujada aún y aulló prolongadamente, como hacen los lobos.

Eso hizo volver en sí a Su-Su. Miró a Keesh, que había sacado el cuchillo ruso de su funda y la observaba fijamente. Su rostro reflejaba firmeza y determinación y en él la joven leyó la ley. Echó hacia atrás la capucha de su parka, dejó el cuello al descubierto y se puso de pie. Se detuvo un momento, miró con calma a su alrededor —al bosque que la rodeaba, a las remotas estrellas, al campamento, a las raquetas clavadas en la nieve—: una última mirada, prolongada y completa, a la vida. Una brisa ligera agitó su cabello desde un lateral y, mientras inspiraba profundamente, giró la cabeza y la siguió hasta que le dio de lleno en el rostro.

Luego pensó en sus hijos aún por nacer, se acercó a Keesh y le dijo:

—Ya estoy preparada.

[1901]


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