Texto aleatorio

PUDO DEBERSE a una simple coincidencia, pudo haber sido porque existen vínculos inimaginables entre quienes obran con prontitud y los muertos, y pudo ocurrir que Bat Morganston sintiera una ciega percepción del futuro cuando se giró de repente hacia Frona Payne y le preguntó:

—¿Incluso hasta la muerte?

Frona Payne se sobresaltó. Su forma de ser superficial no le permitía comprender la solidez del amor de un hombre fuerte, esas cosas no tenían cabida en sus caprichosos principios. Sin embargo, conocía lo bastante a los hombres como para reprimir su tendencia a la sonrisa, así que lo miró con sus ojos de niña seria, apoyó las manos en cada uno de sus hombros musculosos y respondió:

—Hasta la muerte, querido Bat.

Mientras se dejaba abrazar, aún dudosa, él exclamó con voz apasionada:

—Si así ocurriera, incluso en la muerte te reclamaría, y ningún mortal se interpondrá entre nosotros.

«¡Qué cosa tan absurda!», pensó ella mientras se libraba de sus brazos y lo observaba desenredar a sus perros. Le pareció un joven apuesto, caminando entre los fieros animales, tirando aquí y soltando allá, golpeando a derecha e izquierda y arrastrándolos por encima y por debajo de los tirantes hasta que el equipo quedó libre. Su rostro afeitado, de un rosa suave debido al mordisco del intenso frío, transmitía una historia de fuerza y resistencia. El cabello, que caía sobre los hombros en mechones espesos de seda castaña probablemente era más responsable del afecto que le demostraban las mujeres que la suma del resto de su persona. Pero cuando los hombres observaban de un extremo al otro sus casi dos metros de músculo, afirmaban que ahí había un hombre de verdad, desde la gorra de piel de lobo a los mocasines adornados con abalorios. Aunque claro, eran hombres.

Ella lo besó una, dos y hasta tres veces, a su manera tímida y confiada. Luego él arrancó el trineo ayudándose de la vara, azuzó a los perros como solo sabe hacerlo un buen guía y se lanzó colina abajo hacia el camino principal del río. El sol meridiano, que asomaba sobre las cumbres nevadas del Sur, convertía las diminutas partículas de hielo en joyas centelleantes y Bat Morganston se alejó entre esa gasa deslumbrante camino de Forty Mile, Yukón abajo. Allí lo consideraban un rey debido a la cantidad de oro que poseía tras los deprimentes años que había pasado en la oscuridad del Círculo Ártico. Dawson no importaba para él. No poseía ni un metro de gravilla en la zona y tampoco le encantaban sus habitantes, esos chechaquos que habían llegado como chacales, acabando con los viejos tiempos en los que los hombres eran hombres y todos hermanos. En realidad el único motivo —un tanto voluble de su presencia allí era Frona. Había enganchado los perros y corrido sobre hielo para renovar el compromiso del verano anterior y solicitar un adelanto de la fecha. Así que iban a casarse en jumo y ahora él regresaba a ocuparse de sus minas con el corazón alegre. ¡Junio! La recogida de oro prometía ser de las buenas. Luego vendería la mina y se irían a Estados Unidos, París y el mundo. Claro que tenía sus dudas —como casi cualquier hombre cuando deja atrás a una mujer hermosa—, pero antes de llegar a Forty Mile ya no desconfiaba y un mes después, para cuando se le congelaron los pulmones mientras cazaba alces y se murió, había alcanzado un estado de feliz optimismo.

Frona se despidió de él con la mano y, también con el corazón alegre, regreso a la c abaña de su padre. Entonces no tenía dudas. Iban a casarse en jumo. Eso estaba decidido y no le parecía una perspectiva desagradable. Lo cierto es que creía que iba a estar encantada. Los hombres le tenían mucho aprecio a su futuro esposo y no estaba nada mal. Además, era rico. Los entendidos decían que amasaba ya medio millón y que, si los intereses que poseía en el arroyo American producían lo que se esperaba de ellos, se convertiría en un segundo MacDonald. Y eso era mucho decir porque MacDonald era el minero más rico del Norte y los más conservadores, al tasar su riqueza, diferían en varios millones.

Ha de saberse que el pecado que Frona cometió era de obra y no de omisión. No había traíllas de correo entre Forty Miles y Dawson y, como las minas de Bat Morganston quedaban a más de ciento sesenta kilómetros al interior de Forty Mile, las noticias de su muerte no llegaron al río. Y como él había acordado escribir solo si se daba la muy improbable coincidencia de que un viajero perdido pasara por su zona, ella no se alarmó ante su silencio. A todos los efectos, en lo que a ella concernía, él seguía vivo. Por eso su pecado fue, sin duda alguna, de obra.

No hay método que permita analizar el alma de una mujer ni balanza capaz de pesar sus motivos, por eso no sabemos qué razones tuvo Frona Payne para entregarle corazón y mano a Jack Crellin a los tres meses de haberse despedido de Bat Morganston. Cierto, Jack Crellin era un rey de Circle City que poseía algunas de las mejores concesiones del arroyo Birch, pero los hombres que conocían la región no le tenían demasiado aprecio y solo contaba admiradores entre los novatos cobistas que muy generosamente le ayudaban a dispersar su polvo de oro. Tal vez fuese por su forma de comportarse o por la afinidad impulsiva de dos almas superficiales, pero el caso es que acordaron casarse en junio, viajar hasta Circle City y establecer su hogar al estilo primitivo de la región septentrional.

El hielo del Yukón se abrió temprano y el vapor fluvial Cassiar, que capitaneaba el hermano de ella, debía zarpar poco después de tan importante acontecimiento. El Cassiar tenía el honor y la desgracia de ser a la vez el barco del tesoro y hospital flotante. En sus cajas fuertes transportaba cinco millones en oro y en sus camarotes unos doscientos enfermos e inválidos. También había comerciantes y reyes de las tierras bajas que regresaban tras dedicarse en Dawson a sus trabajos de invierno o al placer. Entre ellos —anticipándose un poco al acontecimiento— se encontraban don Jack Crellin y esposa. Pero cuando los enfermos y los descorazonados pusieron el grito en el cielo debido al cruel retraso y los que enviaban el oro protestaron a voz en cuello, el Cassiar se vio obligado a zarpar antes de tiempo y el señor y la señora Crellin aún no eran marido y mujer.

—No te preocupes, Frona dijo su hermano—, sube a bordo y yo me haré cargo de ti. El padre Mahan embarca en Forty Mile y todo estará solucionado antes de que nos despidamos en Circle City.

Como las líneas de máxima carga, los inspectores de calderas y las comisiones aseguradoras aún no se habían extendido por los deprimentes dominios del Norte, el Cassiar soltó amarras con los pasajeros, la carga y los enseres apretujados igual que sardinas en lata. Los perros lobo, cuyo trabajo comenzaba y terminaba con la nieve y a los que la ociosidad del verano volvía insoportables, se desmandaban de un extremo al otro del vapor o se mataban entre ellos a la mínima provocación. Los incondicionales indios sticks que habitan las regiones del cauce alto del río aligeraban sus pesadas faltriqueras en sus valientes esfuerzos por superar al hombre blanco en sus juegos de azar o ultrajaban sus cuerpos con el whisky que les vendían a treinta dólares la botella. Había trotamundos inuit y malamute de rasgos mongoles y achaparrados que procedían del Gran Delta, a más de tres mil doscientos kilómetros de distancia, pero entre los blancos no era menor la variedad de nacionalidades. Todas las naciones del mundo habían enviado a sus hijos hacia el Norte y las lenguas que hablaban eran diversas y muy distintas. Resumiendo, que el hermano de Frona Payne mandaba una Babel flotante. La mandaba y la guiaba de manera infalible a través de un territorio inexplorado sobre el seno de una crecida clamorosa, porque el grandioso Yukón había alzado su voz amenazadora y gritaba su ira de orilla en orilla. Nueve meses de nieve pasaban entre sus riberas en tan solo nueve días y el viaje hacia el mar era largo.

En Forty Mile subieron a bordo más pasajeros y más carga. Entre los peregrinos se encontraba el padre Mahan y entre el equipaje, una caja de pino sin pintar que en tamaño se correspondía con la última morada convencional del hombre. La prisa de la vida presta poca atención a la muerte, por lo que la caja había sido apilada en equilibrio precario sobre una pirámide de mercancías en la cubierta del Cassiar. Pero a Bat Morganston, que hasta el momento de embarcar había yacido en una cómoda cueva de hielo, no le importaba. A nadie le importaba. No había dolientes, a excepción de un perro lobo que echaba de menos los latigazos de su amo. Subió a bordo sin que se fijaran en él y antes de que soltaran amarras ocupaba su habitual puesto de vigía junto a su amo, sobre el montón de mercancías. Era una bestia tan feroz y tenía una manera tan aterradora de enseñar los dientes que los demás pasajeros caninos lo evitaron y prefirieron dejarlo a solas con su muerto.

Los camarotes estaban llenos de enfermos, así que la boda iba a celebrarse en la opresiva cubierta. Casi era medianoche pero el sol, un disco rojo y lúgubre, despedía sus rayos oblicuos por encima del horizonte del norte. Frona Payne y Jack Crellin aguardaban uno al lado del otro. El padre Mahan comenzó la misa. De popa llegaba el sonido de una reyerta entre media docena de jugadores borrachos, pero en su mayoría la carga humana se había reunido alrededor del centro de interés. También los perros.

Todo habría salido bien si un labrador no hubiese buscado una atalaya entre las mercancías. Había realizado incontables viajes, era veterano de una decena de hambrunas y mil peleas y no tenía miedo. El gesto agresivo del perro que guardaba la caja de pino le llamó la atención. Se acercó con los colmillos brillando como joyas de marfil. Se enzarzaron a mordiscos y gruñidos mientras la carga mal apilada se tambaleaba bajo su peso.

En ese momento el padre Mahan bendecía a la pareja a la que ya había unido y Jack Crellin añadía en tono solemne:

—Hasta que la muerte nos separe.

—Hasta que la muerte nos separe —repitió Frona Payne y recordó al otro hombre que había dicho esas mismas palabras. Durante un instante sintió verdadera pena y remordimientos por lo que había hecho. Y en ese mismo instante los perros cerraron las mandíbulas a muerte y la larga caja de pino se mantuvo en equilibrio al borde de la pirámide. Su marido la apartó de un tirón del lugar donde cayó de pie. La madera se hizo astillas y la tapa se soltó. Bat Morganston, de pie, erguido, como si estuviera vivo, con el sol haciendo brillar sus mechones de cabello sedoso y castaño, dio un paso al frente.

Todo ocurrió muy rápido. Algunos dicen que sus labios se abrieron para formar una sonrisa espeluznante, que rodeó a Frona Payne con sus brazos y la sostuvo hasta que ambos cayeron al suelo. Resulta imposible porque el hombre estaba muerto, pero hay quien jura que eso fue lo que ocurrió. Sin embargo, Frona Payne gritaba como una loca cuando la rescataron de debajo del cuerpo del novio al que había dejado plantado y no dejó de gritar hasta que llegó a tierra, a Circle City. Las palabras de Bat Morganston eran ciertas porque aun hoy, si alguien se molesta en cruzar las montañas que se alzan por detrás de Circle City verá una cabaña y una tumba, la una junto a la otra. En una vive Frona Payne y en la otra Bat Morganston. Aguardan el uno por el otro, hasta que se desprendan de sus cadenas y las trompetas del Juicio Final rompan el silencio del Norte.

[1899]


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