Texto aleatorio

TE HAS PORTADO FATAL. No te has interesado por nada, no has ido a ninguna parte ni has hecho nada, como un ermitaño. ¿Qué es lo que te pasa? La reclusión, amigo, es sinónimo de infierno.

—¿Por qué te complicas tanto? —Jack Lennon dirigió una mirada apática a su interlocutor—. El mundo cumple mejor con los requisitos. El mundo, querido joven, es el único sinónimo auténtico para «infierno».

—No si contiene un solo hombre honrado, o una mujer.

—Continúa hablando —lo animó Lennon—. Escucharte resulta de lo más estimulante. El entusiasmo de la juventud, su ideal inmaculado, siempre me han proporcionado placer. Son como la brisa fresca del mar que se difunde con el viento general de la sabiduría ingenua.

—Y que con su sal mata el hongo sombrío que pudre la sabiduría mundana.

—¡Cierto! Es un hongo sombrío, podrido, nocivo. Conserva tus vigorosas ilusiones. Al igual que la castidad de la mujer, o como la juventud de sus mejillas, no pueden renovarse. Cuando las dejas de lado, te amargan con los recuerdos: la memoria se convierte en una lápida pesada y maldita de las propias iniquidades. Ah, Joven de Oro, tres veces de oro, sigue la pista de tu excelencia en otro lugar. Yo me voy a casa.

—Oye, no tengas prisa. Démonos una vuelta por la ciudad y pasemos un buen rato. Venga, ya verás cómo te animas.

—Evita el camino del flirteo, Joven de Oro, porque con cada flor que recojas, una a una, así mismo, una a una, se esfumarán tus prometedoras ilusiones. No puedes estar en misa y repicando a la vez. Me voy a casa. Buenas noches.

«Está deprimido. Lo ve todo negro como la boca del infierno —pensó el Joven de Oro mientras veía la espalda de Jack Lennon desaparecer tras las puertas de vaivén—. Diez mil al año y sin interés alguno en la vida. Y no le pasa nada, sin motivos. —Se sintió un poco ofendido al pensarlo—. Cuando quiera darme cuenta, me levantarán de la cama para ir a identificar un cadáver espantoso al depósito. Seguro. Titulares sensacionales en los periódicos. Acontecimiento impactante. Socio prominente de un club de caballeros. El bohemio feliz de otros tiempos. ¡Caramba!».

Joven de Oro se estremeció y buscó refugio de su imaginación en el ruido y repiqueteo de la sala de billar.

¡EL HOGAR! Jack Lennon pronunció la palabra con gran resentimiento y aversión. ¡El hogar! Aquella especie de hotel, aquel llamativo palacio…, su hogar. Se abrió paso entre su gregaria especie y tomó el ascensor para cruzar aquella colmena llena de pisos y habitaciones hasta sus aposentos.

—Pídame un whisky con soda —le dijo a su criado, tieso como una figura de metal—. Luego puede irse.

—¿Irme?

—¡Sí, váyase! A la cama, adonde quiera. No lo voy a necesitar. Por la mañana, antes de hacer cualquier otra cosa, encontrará un par de cartas sobre mi escritorio. Envíelas. ¿Entendido? Antes de hacer cualquier otra cosa.

—Sí, señor.

Cuando se quedó a solas permaneció un rato de pie, ausente, frente a la ventana, mirando las luces de la calle. Luego, como si hubiese recordado una cita, procedió a asearse y vestirse de forma impecable, con más cuidado del normal. Al afeitarse, pasó la navaja por segunda vez con la mayor circunspección. «Incluso en la corrupción de la muerte hay intensidad», pensó y la imagen de la mujer de cabello cobrizo en su sepulcro secreto, descrita por Hawthorne, lo asaltó con una intensidad desagradable.

Tras hacerse la manicura con un detenimiento meticuloso y prender una flor en la solapa de la chaqueta, escribió un par de notas breves en su escritorio, les puso la dirección, las lacró y selló con la precisión profesional de un oficinista. Muchos detalles pequeños parecían reclamar su atención y se ocupó de todos con un cuidado exquisito. Interrumpió el momento de sacar un estuche de cuero negro del cajón de su escritorio para encender un puro. Lo anodino del tabaco dibujó un gesto de placer en sus ojos. Luego cogió el último número de una revista que descansaba sobre el atril de lectura y, en compañía de la purera de cuero negro, se tumbó en el sofá, dejando escapar un suspiro de satisfacción.

Leyó durante un rato, concentrado y receptivo, tanto que permitió que el puro se apagase. Dejó a un lado la revista para encenderlo de nuevo.

—Final de capítulo —murmuró mientras observaba las inmensas espirales de humo ascender hacia el techo cubierto de frescos.

¿Y por qué no? ¿No se trataba de la única prerrogativa que se le concedía a él y se ¡e negaba a Dios? Ya que se le concedía, ¿por qué no iba a ejercerla? Había llegado sin quererlo él y se iría sin que nadie lo emplazase. ¿Quién se lo iba a negar? Recordó que alguien había dicho que era un experimento, una pregunta que el hombre hace a la naturaleza, el intento de arrancarle el fecundo misterio o la yerma falsedad de la existencia. En cualquier caso, él pensaba que había poco que perder y mucho que ganar.

Sus sutilezas dialécticas lo hicieron sonreír y se dedicó a observar la ceniza, cada vez mayor, de su habano. Luego sus pensamientos volaron al terror y pánico de Claudio1 y a sus espantosas especulaciones sobre el período posterior a la muerte: «0 peor aún que aquellos a quienes el pensamiento rebelde e inseguro imagina aullando».

Se rio suavemente ante los caprichos sin sentido de su mente y volvió a concentrarse en las espirales de humo. El estado de ánimo de su imaginación se apoderó de él y se dejó llevar, siguiendo sus fantasías a través de las cortinas arremolinadas como un niño que hace pompas. Jugar tan al límite le daba emoción al juego. Le agradaba esa sensación.

Pero de repente, tan rápido que no logró seguir el paso de sus abigarradas fantasías, el humo se convirtió en la espuma blanca de las olas que rompían contra la costa. El sofá se transformó en una playa de arena dorada. El círculo amarillo del sol conservaba el equilibrio en su cénit y a lo lejos, entre la neblina de un mar en calma, fundiéndose en la bruma del horizonte, pudo distinguir el velamen atenuado de un mercante.

Sintió interés. Su curiosidad se despertó. Abandonó su yo subjetivo durante un momento para intentar identificar la escena. En algún lugar, en algún momento, se había grabado en su cerebro, convirtiéndose en uno de los innumerables factores que habían acentuado las circunvoluciones de su accidentada materia gris. ¿Cuándo? ¿Dónde? ¡Ah, el día en que había retado a Kitty a volver a portarse como una niña y caminar por el agua! ¿Lo había hecho ella? Sí, porque recordaba sus apuros después y cómo la arena mojada se pegaba a sus pies cuando volvieron a los bártulos de lana y cuero de la civilización; cómo enterraron los pies en la arena caliente hasta que las diminutas partículas se secaron y pudieron limpiarlas; cómo se reían, carentes de malicia o convencionalismos. ¡Caramba! ¡Qué día para los dioses!

¿Dónde estaba Kitty? Regresó al estruendo de las olas al romper y a la playa amarilla. Conteniendo el aliento, sacudió la arena en busca de un pie rosado. ¡Qué pequeño era! ¡Y qué suave! Cuando quiso darse cuenta, lo comparaba a escondidas con el suyo. Sonrió al ver el serio engaño con el que sin necesidad prolongó la tarea. Y la inspección final —por si quedase algún granito brillante— del esbelto tobillo, discretamente velado por la falda de pana, pasando por el empeine arqueado y blanco hasta el último dedito rosado. ¡Caramba!

El puro se había apagado. Muy afectado aún por la visión, abrió el estuche de cuero negro y sacó el áspid del mundo moderno, el que iba a poner punto final al capítulo. Extrajo el cilindro con un diestro giro de muñeca, se aseguró de que el contenido estaba bien y volvió a ponerlo en su sitio. Pero allí arriba, entre las nubes de humo que desaparecía, palpitaba un pie rosado, con el arco muy blanco. Depositó el revólver sobre su pecho y cerró los ojos. Allí seguía, brillando trémulo a través de sus párpados, como si fueran de gasa. Un pie lleno de recuerdos tiernos y cautivadores. Un pie que había cruzado con sus leves pisadas el pergamino de su vida sin dejar rastro. Sí, pero ¡qué bonito era el condenado! Esperaría a que desapareciera. Su sentido de la estética se rebelaba contra hacer lo que pensaba hacer en presencia de algo tan hermoso. Sí, esperaría hasta que la imagen del pie se dignase desaparecer.

Una hora más tarde se puso de pie muy decidido y se miró en el espejo. Una sonrisa guasona jugueteaba en sus labios.

—Jack Lennon —dijo—, has sido un necio, un auténtico idiota, y ahora te irás a la cama para evitar convertirte en un imbécil aún mayor.

Una mano retiró la flor de la solapa de la chaqueta y la otra ayudó a las dos notas a efectuar un precipitado descenso desde el escritorio a la papelera.

Al taparse hasta la barbilla y sentir el frío contacto de las sábanas, musitó:

—¿El mundo? No mientras un solo pie de mujer centellee sobre la tierra. Pues cada pie merece un capítulo y pies como esos puede haber muchos.

[1899]

  1. Personaje de Medida por medida, obra de William Shakespeare. ↩︎

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