Texto aleatorio

EH, CUIDADO, apártese!

El repicar de cascos a su espalda la obligó a echarse al borde del camino mientras el turbulento grupo pasaba a su lado y, en medio de una anarquía de polvo y tumulto, se perdía tras la siguiente curva del camino. Pero le dio tiempo a fijarse en la belleza fiera y recia hombría de cada una de las figuras que la adelantaron. «Siempre igual, van como locos, como idiotas imprudentes», pensó mientras los oía girar a la izquierda en el cruce de caminos y tomar el vertiginoso sendero de los acantilados a un trote brutal. Luego se Recortaron claramente en la lejanía al ascender el peligroso promontorio de cabo Pedro y pudo contar seis jinetes antes de perderlos de vista por completo.

Sí, estaban todos y cada uno de los hijos fornidos y rebeldes del anciano Ralston que era tan afeminado como podía serlo un hombre. ¿De dónde saldría esa raza indómita? Y reflexiono sobre el enigma que preocupaba a la comarca desde hacía años. Cierto, la belleza la habían heredado de la madre, pero ella nunca había evidenciado ese anticonformismo salvaje que caracterizaba a los hijos desde la cuna. Helen estaba familiarizada con la historia de la familia. El anciano Ralston era un hombre hecho a sí mismo que, desde el trabajo duro y rutinario de chico de los recados y luego dependiente, llego a convertirse en un gran comerciante. Se retiró de los negocios a los cuarenta Y «neo años, se casó, adquirió una hermosa casa en el campo y allí se estableció para ser el progenitor de una estirpe tan especial. A menudo había ella especulado sobre los majes ancestrales e indómitos que habían renacido en aquella prole montaraz y sus pensamientos siempre vagaban hasta remontarse a un pintoresco bucanero del Caribe español. La fantasía era considerable, pero se trataba de la única que conseguía armonizar con aquel asunto.

Además, estaba la niñez de aquella prole incontrolable. La de los hijos mayores había transcurrido antes de que ella naciera, pero al igual que las leyendas la historia de sus actividades había pasado de boca en boca. Ella recordaba buena parte de la infancia de los hijos más jóvenes, sobre todo la del más pequeño, el séptimo hijo. En ese mismo instante, con una sonrisa alegre, rememoró un incidente de su propia niñez: cómo ella, a los seis años, había quedado expuesta a las artimañas de aquel chiquillo de ocho. Tras encontrarse sin querer por primera y última vez en los bosques del padre de él, en los que ella se había internado desobedeciendo, el niño tomó al asalto su corazón con tanto valor que ella se rindió al instante. Allí se dieron palabra de matrimonio y pasaron la tarde jugando. Cuando la familia de ella los descubrió, encontraron a una doncellita recatada y coronada con flores silvestres y madreselvas, como una diosa, sonriendo ante el homenaje que el joven Guilbert le rendía. Luego vino la escena, cuando él la rodeó con un brazo y con el otro amenazó con utilizar su puño para defenderla, seguida del ataque, cuando golpeó a John y le dio patadas en las espinillas, sin importarle que el otro lo rechazara, llegando a dejar a su captor con la manga de su chaqueta vacía en la mano, para atacar al padre de Helen con tanta fuerza por la espalda que le desgarró la prenda de paño fino que llevaba. Después, cuando el cochero volvió a retenerlo, consiguió librarse del resto de su chaqueta y le dio semejante puñetazo que le dejó un ojo morado. Luego emprendió la retirada, moviéndose con sigilo de árbol en árbol mientras bramaba como un macho joven en época de celo. Tras eso les lanzó una incesante lluvia de terrones y piedras y los salpicó con barro cuando cruzaron el arroyo. A medida que se acercaban a la casa, sus ataques se volvieron tan osados que les obligó a refugiarse en los invernaderos. Allí rompió los cristales y se comportó de forma tan atroz que no les quedó más remedio que buscar refugio en el tejado mientras el cochero se ocupaba de darle un buen repaso. Pero nada parecía acobardar al pequeño salvaje porque durante la hora de la merienda se dedicó a dar vueltas alrededor de la casa, aullando su furia insaciable. No se retiró hasta haber retado infructuosamente a todos los hombres de la casa, desde su padre al ayudante del jardinero, y si lo hizo fue para huir de los criados de su padre, que unieron fuerzas y salieron tras él.

La niñez de cada uno de ellos había sido parecida. Tras aterrorizar a la comarca hasta los dieciséis o dieciocho años, cada uno había salido corriendo, siguiendo los pasos del anterior. Al principio esa característica había extrañado muchísimo al padre, pero pronto pasó a considerada un mal infantil, similar a las paperas o el sarampión y, cuando Guilbert, el último de sus hijos, llegó a los veinte años sin haber manifestado ninguno de sus síntomas, se sorprendió y se preocupó por el joven. Pero Guilbert cumplió con el rasgo familiar al desaparecer antes de alcanzar la mayoría de edad. Todos regresaron para refutar con su presencia las bromas e insinuaciones, y, salvo por el refinamiento mundano y la amplitud de miras, no habían cambiado en absoluto. Eran como siempre: generosos, valientes, impulsivos; indómitos, salvajes y de lo más inconformistas. Pero al hogar solo acudían en busca de asilo, en su calidad de refugio agradable en el que descansar un tiempo de sus muchas aventuras, por lo que resultaba extraño que coincidieran los seis juntos en la casa de su padre. Aquella familia parecía lo contrario a un círculo de trotamundos hartos de vagar que buscaban retirarse de un exceso de actividad. Se entregaban a cualquier deporte exterior y se les veía continuamente en el campo, pero jamás hacían vida social. Sus establos y perreras eran la envidia de cualquier deportista, su gimnasio y salas de adiestramiento un duplicado en miniatura de las de los colegios más destacados, su caseta del embarcadero la mejor de toda la bahía de Arunda y en la ensenada de Ralston, junto a otras embarcaciones más pequeñas, descansaban seis veleros bien cuidados, los mejores botados en el astillero más famoso. No se trataba de barcos que solo pueden costear, sino de goletas para salir a alta mar, la suma de cuyas travesías abarcaba todos los rincones del mundo.

Pero los chismorreos, al igual que toda la comarca, se habían olvidado de Guilbert, el último en abandonar el nido. Más bien parecía el vago recuerdo de una ensoñación perdida en la oscuridad del pasado. Tanto había retrasado su regreso que, aunque el instinto les llevaba a creer que se produciría, esperaban su aparición tanto como la del propio Cristo para anunciar los mil años de su reino sobre la tierra antes del juicio final. Al principio habían llegado noticias espantosas de su desenfreno, pero se había quedado tan fuera del alcance de los rumores que en los últimos años no se había sabido nada de él; mejor dicho, la comarca no había sabido nada de él, porque lo que los aislados Ralston sabían se lo guardaban para ellos. Pero predominaba la impresión de que Guilbert era el peor, el más salvaje de toda la camada, que en él alcanzaban la madurez todos los rasgos que habían servido para dar fama al apellido Ralston. La impresión era poco precisa, aunque tan fuerte que jamás se lo mencionaba sin cierto temor indefinible, como el que se demuestra inconscientemente cuando se habla de algo sagrado o terriblemente maligno.

Mientras continuaba paseando, Helen pensó en todas esas cosas. Y al detenerse en el cruce para empaparse de la belleza de la bahía rompió a reír alegremente porque en ese momento se imaginó adentrándose en aquella cañada mágica con el Guilbert de ocho años. Guilbert —y se imaginó al hombre en el que se habría convertido— y ella, Helen Garthwaithe, máster en humanidades y doctora en filosofía, la universitaria que había visto mundo y lo había comprendido. La idea de yuxtaponer al hombre que ahora sería con la clase de mujer por la que ella se tenía resultaba ridícula.

Sin embargo, dejó de pensar en la raza salvaje de los Ralston al concluir su paseo, cuando se vio en el concurrido muelle, disfrutando de la vida que bullía a su alrededor. Pero centró su interés en un velero que acababa de fondear en el extremo del canal. Ya habían bajado un bote y recorrido en él la mitad de la distancia, sin dejar de acercarse a cada golpe de los remos. Al llegar al embarcadero, dos hombres vestidos de franela saltan a tierra, la saludan y reciben su bienvenida. Uno de ellos, delgado e infantil, con el primer vello de la edad adulta asomando a sus sonrosadas mejillas, la estruja en un abrazo de oso: su hermano, que regresa de sus vacaciones de verano para pasar una semana en casa antes de comenzar el curso de nuevo. El otro, ancho de hombros, no excesivamente apuesto pero de rostro impactante, con la marca de un intelecto muy vivo y en cuyos ojos se apreciaba la mirada profunda de quien acostumbra a meditar, le estrechó la mano con una sutil expresión de admiración verdadera. Era amigo de su hermano; no compañero de juergas, sino más bien su ídolo, al que adoraba con el entusiasmo propio de la juventud. Se trataba de un gran erudito que tras su apellido podía enlazar una buena colección de siglas que indicaban títulos universitarios de los que cualquiera se enorgullecería, había sido primer remero en la universidad y batido más de un récord interuniversitario y, desde que empezara a ejercer, había sentado las bases de una brillante carrera literaria y científica. En resumen, era uno de esos hombres inteligentes y muy completos que las universidades norteamericanas se han especializado en producir. La mente analítica da cuenta sin problema de tales amistades, pero cuando el afecto infantil de uno es correspondido por el otro hasta el punto de que está dispuesto a desperdiciar sus vacaciones y tiempo libre para dedicárselos a él, e incluso visitar a su familia y soportar las imposiciones que semejante imprudencia suele llevar aparejadas, la mente analítica busca un motivo oculto, mientras que el animal lógico inconscientemente se pregunta: «¿Qué aspecto tendrá la hermana?».

Tras asegurarse de que le servirían una merienda tardía y le enviarían el carruaje en el plazo de una hora, Albert divisó a un grupo de amigos al fondo del muelle y, con la falta de diplomacia de todos los hermanos, se alejó de allí. No era la primera vez que demostraba su falta de tacto, de tal calibre que la situación podría haber resultado violenta, si no fuese porque los otros dos se rieron alegremente de su comportamiento y lo aceptaron sin problemas.

Recorrieron el muelle enfrascados en su conversación. Al llegar al final, el relato que el hombre estaba haciendo de su viaje se vio interrumpido por la aparición de un velero enorme que se adentraba en la bahía y cuya belleza ambos quisieron admirar. Con qué elegancia surcaba veloz el oleaje del canal. Cuando estuvo de través, el spinaker, el foque y la vela de agua surtieron efecto, el velero orzó y navegó de ceñida, dirigiéndose directamente hacia el muelle. Desde el malecón se elevó un murmullo de admiración por la habilidad para la navegación demostrada en la maniobra. La imponente pirámide de velas blancas sobre un casco negro como el ébano continuó avanzando. Cada vez más cerca, los navegantes empezaron a sorprenderse y Stanton comentó que ya iba siendo hora de que virara. Pero el velero continuaba acercándose, devorando la distancia a la velocidad de un caballo de carreras. Los lobos de mar empezaron a murmurar y, abandonándose al pánico, la multitud se alejó de la punta del muelle, dejando tras de sí a Stanton y Helen. Cada uno de ellos había aguardado expectante a que el velero cambiara el curso, pero su proximidad actual lo desmentía. La colisión parecía inevitable. Stanton rodeó a Helen por la cintura con el brazo para obligada a retroceder. Pero en ese instante, perfectamente audible y con la rápida agudeza de quien está acostumbrado al mando, se oyó la orden: «Todo a sotavento».

Entre crujidos y sacudidas, soltaron las tres escotas del foque, las drizas de la gavia se aflojaron y se cargaron con las candalizas y llevaron la mayor a barlovento con su aparejo. Vieron la proa desviar el curso, pero tan cerca que se agacharon para esquivar el bauprés, que describió un círculo en el aire por encima de sus cabezas, obedeciendo al timón.

Blanco de todas las miradas, el velero se deslizó en paralelo al muelle, a unos tres metros de distancia. Lo temerario de la proeza y la excelencia de su ejecución provocó que Stanton la elogiase mientras observaban la amplia extensión de la cubierta. A pesar de la belleza de aquella imagen, solo servía como fondo a lo verdaderamente importante. girando ligeramente el timón y mirando al muelle asombrado con una sonrisa pícara y exasperante, se erguía un hombre tan atractivo que todo el mundo clavaba la vista en él. Sacaba partido a su físico admirable gracias al cómodo atuendo de navegante. Pero lo que más llamaba la atención era el rostro. Calificarlo de guapo no bastaba, tampoco resultaba apropiado describirlo como hermoso: la belleza parecía el único símbolo adecuado. Aunque tampoco se trataba de belleza exactamente, porque si bien los rasgos eran pronunciados y regulares, se tenía la sensación de que lo que más atraía era la expresión, el reflejo del hombre que llevaba dentro, el reflejo de una masculinidad tan intensa que casi resultaba animal. Pero eso a su vez quedaba compensado por algo indefinible, una especie de superioridad.

Helen lo observó con una sensación de familiaridad que la inquietó. Parecía el vago recuerdo de una ensoñación perdida en la oscuridad del pasado. Su situación destacada en el muelle desierto se hacía notar aún más por el hecho de que el brazo de Stanton continuaba rodeando su cintura. El navegante la miró a los ojos y nunca se había sentido tan afectada por la mirada de un hombre, ni tan consciente de la diferencia de sexos. Los audaces ojos de él se detuvieron en los de ella un minuto, luego se centraron en su cintura, volvieron a subir y, con un descaro travieso, se rio mirándola a la cara. Helen comprendió lo violento de su situación y apartó de sí el brazo de Stanton. Entre enfadada y herida, sintió que se ponía colorada y, al ver que él sacudía la cabeza simulando desaprobar lo ocurrido y le echaba una mirada interrogante y burlona, bajó los ojos sin darse cuenta. En un segundo él había pasado de largo, dejándola muy incómoda El velero continuó avanzando a lo largo del muelle, mientras el desconocido repasaba al público con su audaz mirada.

—¡Virad! —gritó mientras giraba el timón.

Cazaron el foque y las escotas de proa, y el velero cambió de bordada.

—Ahora sí que va a tener problemas ese desconocido tan teatral —comentó Stanton—. Dentro de un minuto encallará en el cieno. No creo que haya más de seis hombres capaces de adentrarse en las marismas con un velero de ese tamaño.

Helen no sintió lástima alguna al oír esa profecía: actuó como un bálsamo sobre su orgullo herido. Pero se quedó en nada. Un canal sinuoso cruzaba las marismas sin que lo indicasen boyas, delfines o señales de ningún tipo. Tres veces cambió de bordada para doblar los recodos más peligrosos. Luego continuó derecho hacia la caseta del embarcadero de los Ralston. Al acercarse, la caseta se convirtió en una fiesta de banderines y gritos de bienvenida, mientras que en el mástil del velero se izaba el gallardete de los Ralston.

«Es Guilbert. Por fin ha regresado Guilbert el Rebelde», era el murmullo de sorpresa que se extendía a lo largo y ancho del malecón.

HELEN SE HABÍA ALEJADO del ruidoso grupo que se apiñaba alrededor del fuego de campamento porque esa noche no tenía ganas de nada más que de encontrarse a solas. Estaba cansada de mostrarse sociable y sufría un exceso de diversión. Las vacaciones de su hermano llegaban a su fin y desde hacía tres días recaía sobre ella el peso de ser la anfitriona y ocuparse de buscar alojamiento y entretener a los amigos del joven. Formaban una veintena de universitarios vigorosos: el coro de su facultad. Aquella noche habían salido a navegar a la luz de la luna, y la tosca hilaridad de todos ellos la molestaba, por eso, cuando el viento amainó, aceptó encantada la propuesta de bajar a tierra y encender un fuego de campamento.

Paseaba sobre la arena iluminada por la luna, en comunión consigo misma, concentrada en sueños extraños y dando rienda suelta a su ambición. En los albores de su intelecto creativo, con el mundo por delante y su campo de acción casi sin hollar, ¿podía resultar extraño que el talento latiese en su interior al ritmo de fuerzas desconocidas, de la fermentación de los deseos que la empujaban a mezclarse con la humanidad apresurada e investir con su propia individualidad algunas de sus escenas cambiantes, o a conceder la permanencia del absoluto terrestre a algunas de sus fórmulas pasajeras.

En medio del caos de sus pensamientos y anhelos, oyó elevarse el tono de las voces fuertes y juveniles al cantar «El coro de los peregrinos» de Tannhaüser. Se detuvo para escuchar y perderse en el abraco de sus deseos. Llevaba mucho tiempo abandonada a sus pensamientos cuando la voz sonora y plena de Stanton, investida con la dulce tristeza del «Ah! Che la morte!», envolvió la apacible noche con su magia.

Mientras escuchaba, para su sorpresa oyó, muy cerca, que un tenor seguía los compases en voz baja. Sobresaltada e interesada, rodeó el pequeño risco y allí, recortándose contra la franja de arena amarilla y bañado en la plata de la luna, distinguió a Guilbert Ralston el Rebelde. Se detuvo desconcertada y lo observó. Mientras cantaba, su rostro elevado hacia la luna parecía iluminado por un resplandor de espiritualidad que ella quiso analizar: no se trataba del reflejo de una divinidad pura como la de un santo o la de Cristo la mortalidad, con toda su fuerza y su debilidad, resultaba demasiado patente—, más bien parecía un alma, heredera de intensas pasiones y las ataduras de la carne, que se empapaba del esplendor de una nobleza latente. Era como si dijera en mayúsculas: «Soy: podría ser». Semejaba un espíritu rebelde ligado a la tierra por su orgullo y debilidad, y la frase: «Lucifer, hijo luminoso de la mañana» se coló sin quererlo en los pensamientos de Helen.

La canción llegó a su fin. El resplandor se fue apagando poco a poco y el alma del hombre descendió a la tierra y la miró. La mortalidad usurpó su divinidad: el dios había volado y el ser humano estaba de vuelta. En sus ojos brillaba la admiración natural y manifiesta del hombre.

Se acercó a ella, se quitó el sombrero y con gran seguridad dijo:

—Como usted ha observado clandestinamente la belleza de mi abstracción, permita que ahora yo mire la suya sin ocultarme, a la vista.

Y bien que la miró, hasta que los ojos de ella se humedecieron como declaración muda de la indignación que sentía.

—Ya nos hemos visto antes —continuó él—. El otro día, en el muelle, ya sabe. Claro que nadie nos ha presentado, pero da gusto ese matiz informal.

Sonrió con tanta ingenuidad y tal aire de camaradería que el resentimiento de ella desapareció casi por completo.

—Y esa no fue la primera vez —le respondió enigmática.

—Ah, supongo que desde lejos, sin que yo la viera.

—No.

—Entonces, ¿quién es usted? Debe tratarse de alguna amiga olvidada de la niñez.

—Era muy pequeño. Recordará, o al menos debería recordar, un caso en el que se comportó deplorablemente.

—Me temo que recuerdo demasiados, ¿en cuál se vio usted involucrada?

—¿No recuerda aquella vez que destrozó el invernadero y nuestro cochero le dio una paliza?

—¡Ah! Entonces es Helen Garthwaithe, a quien cortejé, gané y perdí con tanta celeridad. Me dejó al día siguiente.

—Debe confesar que se lo merecía.

—Sí, supongo que sí. Pero piense en cómo arruinó mi incipiente genio. Había empezado a escribirle un poema de versificación impresionante y ya no volví a tocarlo. Ayer lo encontré mientras revisaba mis recuerdos de niño. ¡Cómo pasa el tiempo! Parece que fue ayer cuando me tropecé con aquella niñita deambulando por los bosques de mi padre y hoy… He disfrutado mucho leyendo su Como el corazón desea.

—¿Y qué le ha parecido? Supongo que habrá llegado a la generosa conclusión masculina, según la cual es una pena que las mujeres insistamos en recibir una educación superior.

—No, eso ya lo he aceptado. Y el libro me pareció muy ameno, aunque no esté de acuerdo con varias de las conclusiones.

—Así que el pequeño Guilbert nos ha salido crítico. La crítica resulta mucho más sencilla que escribir poemas de versificación impresionante, ¿no cree? Pero espero que sea tan indulgente conmigo como en su día lo fueron los críticos.

—¡Ése es el problema! La trataron con miramientos porque es mujer. O puede que, no sé, la perspectiva de ellos sea diferente a la mía. En general me pareció admirable y bien tratado, pero como ya he dicho antes algunas de las conclusiones están equivocadas. Apropiándome de una frase que me encanta, le diré que aún no ha resuelto el misterio de la mujer y en cuanto al del hombre, lamentablemente, lo ignora por completo.

—Por supuesto, esa afirmación indica que usted sí lo ha hecho. Me temo que el egoísmo… Mejor dejémoslo para no discutir. Espero, señor Ralston, que seamos buenos amigos, aunque supongo que nos veremos poco.

—He vuelto para quedarme.

—Pero…—¿Se marcha usted?

—No, pero…

—¿Pero qué?

—No sé cómo expresarlo…

—Ya entiendo a qué se refiere: a nuestro aislamiento. Supongo que mis hermanos jamás han intentado cambiarlo. Aunque no me molesta. Quien siembra vientos…, ya se sabe. Pero en nombre del deseo yo sería capaz de atacar el Monte Olimpo y como deseo conocerla mejor, me dejaré ver en sociedad. No tema, me abrirán las puertas.

—Entonces ya nos… ¡vaya! Me llaman y si no voy yo, vendrán ellos. Me alegro mucho de haberle visto, señor Ralston. Adiós.

Él estrechó la mano que ella le tendía y mientras la observaba alejarse por la playa murmuró:

—¡Caramba, esa es una parte del misterio que a mí me encantaría resolver!

FIEL A SU PALABRA, Guilbert se dejó ver en sociedad. No es que fuera algo nuevo para él, pero allí tuvo que enfrentarse a unos prejuicios muy arraigados y consolidados desde hacía mucho tiempo. Se trataba de una sociedad que había presenciado el nacimiento, la niñez y madurez del joven y sus hermanos sin haberles abierto nunca las puertas. Es más, él y los suyos nunca habían intentado propiciar ser admitidos, sino que disfrutaban de la separación sin perder jamás la oportunidad de mostrar su indiferencia y menosprecio. Pero ahora las cosas habían cambiado y Guilbert se lanzó a la conquista con una sinceridad que no admitía la derrota. Gracias a su fuerte personalidad, su encanto y buenos modales, su refinamiento de persona viajada y su conocimiento de los hombres y las cosas, enseguida se hizo muy popular y al poco tiempo no había reunión social que no se considerase completa sin su presencia. A él le parecía un juego fascinante y la sociedad percibía el agradable escalofrío de peligro que provocaba el contacto con aquel paria social. De hecho, aunque las madres afectuosas lo miraban con recelo, se convirtió en una gran figura. Siendo un conversador tan ingenioso, instruido en temas muy diversos y poseedor de un conocimiento altamente intuitivo y bien cultivado de la naturaleza humana, no es de extrañar que agradase a todo el mundo y se convirtiera en uno de los preferidos.

Se encontraban a menudo y Helen observaba consternada el encanto cada vez mayor de su presencia. Se autoanalizó con severidad muchas veces, pero el problema continuaba resultando tan desconcertante como antes para ella. Al final desarrolló el viejo axioma según el que la naturaleza humana no es lógica, aunque no le proporcionó demasiada satisfacción. Pero un día se hizo la luz: reunió fuerzas para llevar su alma a juicio y confesó que era amor, un amor de los que no se encuentran dentro de los reducidos límites de la razón y —lo más extraño de todo— que quien sufría de aquel mal ilógico y absurdo era ella.

En vano intentó contener la oleada porque fue incapaz de lograr que su razón se impusiera otra vez. La audaz intrepidez de aquel hombre no admitía la defensa e insistió hasta haber asaltado su corazón con tanta valentía como en aquella hondonada mágica del pasado. La lucha fue breve pero intensa y, sobre las ruinas desmoronadas de su filosofía, Helen comprendió que le quedaba mucho por aprender del doble misterio de la mujer y el hombre.

Al rendirse, se deshizo su alianza de las emociones con las concisas partículas de la materia gris y, consciente de amar y ser amada, observó pensativa lo mucho que se ampliaba ante ella el alcance de la vida. Era como si la hubiesen trasladado a un nuevo ámbito, a un delicioso país de ensueño real. Se horrorizó ante lo absurdo, lo ridículo de los ideales que había construido o de los principios que había mantenido en su existencia previa. Jamás había idealizado una personalidad como la de Guilbert y siempre había fruncido el ceño al reconocer un criterio de doble moral. La lógica y la filosofía, tan áridas, se habían dado a la fuga ante el glorioso frente del amor: Helen ya no pensaba, ahora sentía.

EL LUMINOSO VERANO pasó y el otoño prolongado preparaba la severa llegada del invierno. Pero el sol latía cálido sobre el aire sin aliento y la tierra parecía olvidar que los días fríos y oscuros estaban ya muy cerca.

Helen puso a su caballo al paso y escuchó con distraído placer el leve susurro de las hojas caídas entre las que el animal pisaba al avanzar por el estrecho sendero. Se encontraba en buena forma física, y sesenta y cinco kilómetros a caballo no era nada para ella; además,’ aunque sabía apreciar las ventajas de los métodos de viaje modernos, disfrutaba muchísimo desplazándose así. El día anterior había seguido el camino que rodea las estribaciones de Delarado y pasado la noche en Irving, en casa de una compañera de colegio, pero al regresar había elegido el accidentado camino de herradura que cruza la montaña.

Concentrada en sus ensoñaciones, olvidó los kilómetros que tenía por delante y dejó caer las riendas sobre el cuello de Dick. Guilbert y ella habían decidido que esa noche lo anunciarían; esa noche la suerte estaría echada; esa noche el anuncio de su propia felicidad llevaría la decepción y el dolor a otros. Stanton había escrito para decirle que llegaba justo ese día y no se quedaría mucho tiempo, que quizás regresaría de inmediato. Y su corazón de mujer sabía por qué.

De repente oyó una risa infantil y Dick se detuvo a medio camino, en una curva estrecha, para contemplar con toda la calma a un niñito que bloqueaba el paso. Llevaba las manos en los bolsillos con gesto masculino y su rostro reflejaba el asombro alegre de la niñez.

«¡Qué guapo!», pensó, porque adoraba la vida que empieza, incólume y preñada de los secretos del porvenir.

—Le deseo buenos días —dijo el crío, quitándose el sombrero con una elegancia singular y extraña—. ¿Le gusta montar a caballo? A mí, sí. Bueno, me gustaría montar, pero papá dice que no tengo edad. Aún no he cumplido seis años.

—Sí —respondió Helen distraída, mientras estudiaba su rostro y se esforzaba por encontrarle el parecido a esos rasgos levemente familiares.

—Sí y cuando cumpla seis me regalará un poni —dijo, irguiéndose al sentir el orgullo de su futura condición de propietario.

—Pero ¿no te da miedo adentrarte tanto en el bosque y además solo?

—Mi padre no le tiene miedo a nada y yo tampoco. Debería ver la de leones y tigres que ha matado… y elefantes. Dice que un hombre no puede tener miedo.

—Supongo que no eres de aquí, que eres un chico de ciudad.

—Oh, no, no soy un chico de ciudad —la corrigió—. Vivo en la ciudad pero voy mucho al campo. Nana me acompaña, aunque se ha quedado atrás. ¿Puedo montar con usted para ir a su encuentro?

Agarró los brazos que el niño le tendía y lo sentó a horcajadas sobre el cuello de Dick, de cara a ella. Le apartó de la frente el cabello ondulado, lo miró a los ojos negros y escrutó la belleza morena de su rostro. Mientras reflexionaba con una vaga sensación de desasosiego, él continuó parloteando, hablándole de sus juguetes y de sus mascotas, pero sobre todo de su padre, por el que sin duda sentía una gran admiración. No vivía con él, sino en la ciudad, y Nana a veces lo llevaba a verlo. Él aparecía a caballo, con su perro, que era muy grande.

—Mi padre es un hombre —terminó diciendo con orgullo—. El hombre que yo quiero ser.

«¡Pero que familiar me resulta esta cara!», pensó Helen. Parecía el vago recuerdo de una ensoñación perdida en la oscuridad del pasado.

—¡Guilbert! —se oyó gritar a una mujer—, ¡Guilbert! ¡Ven aquí, travieso! ¿Cómo quieres que Nana te encuentre?

¡Qué daño le hizo! ¡Una conjetura espantosa que se confirmaba! Pero se controló y dijo:

—¿Cómo te llamas, hombrecito?

—Guilbert. Guilbert Ralston.

Casi no era capaz de sostenerse en la silla, pero, al aparecer la madre, le entregó al niño, pronunció algunos convencionalismos y desapareció a galope tendido sendero abajo.

LLEGABA LA CRISIS. Su filosofía había desaparecido ante la magnitud de su amor y, ahora que lo perdía, solo le quedaba un enorme vacío. No era capaz de pensar, únicamente hacía conjeturas y se consumía de inquietud. Tras pasar el primer dolor, se había hundido en una indignación sin propósito, pasiva.

Su destino fue una noche de insomnio y dolor de cabeza, y ahora los acontecimientos del día anterior le parecían un sueño. Al regresar del paseo a caballo y entrar en su cuarto, un ruido de cascos en el camino de acceso le anunció la aparición de Guilbert. Había llegado tras irse ella, y la mujer y el niño le hablaron del encuentro, pero él no había podido alcanzarla a lo largo de los treinta kilómetros de viaje que quedaban, tanto había corrido ella. No quiso verlo.

Hoy él había vuelto, pero ella permaneció en su cuarto, alegando que estaba enferma. Además, segura de cuál era la intención de Stanton, tenía miedo de encontrarse con él. Como un animal herido, deseaba ocultarse y sufrir a solas.

Había transcurrido una buena parte de la tarde y la casa estaba tranquila: todo el mundo se había ido. En un intento por escapar de sí misma decidió acercarse a la caseta del embarcadero y salir un rato en su canoa. Cruzó la casa vacía en silencio, alcanzó su bicicleta y pedaleó por el camino de acceso, escapando por los pelos de un Stanton al acecho, tumbado en la hamaca con un libro. Recorrió el jardín, llegó a la carretera y corrió bajo las sombras cada vez más alargadas.

—¡Helen! —Guilbert surgió entre los arbustos del borde de la carretera—. ¡Helen! —suplicó, aunque ella ya se había alejado y no podía oírlo.

Pero aún no estaba a salvo. Transcurrieron pocos minutos antes de que llegase a sus oídos el inconfundible sonido del trote de un caballo. Al llegar a la cima de la colina y ver por primera vez a lo lejos la caseta del embarcadero, miró hacia la larga tira de carretera que había dejado atrás. Guilbert había montado uno de los caballos del potrero y, sin sombrero, sin bridas y sin silla, manejándolo con las rodillas, cabalgaba como un indio comanche.

«No hay duda de que en nombre de su deseo sería capaz de atacar el Monte Olimpo», pensó ella mientras descendía la pendiente a gran velocidad. Aunque no podía negar cierta sensación de placer ante semejante muestra de su ardor. Pero llegó al embarcadero y lo vio continuar hasta la playa.

El viento había empezado a soplar con mucha fuerza, como si se acercara una tempestad. Pronto llegó a los límites de la barra, enfrentándose a las tremendas olas y olvidándose de sí misma en medio de la intensa lucha. Durante una hora anduvo de un lado para otro en su frágil embarcación, rozando apenas las olas espumosas que se habrían tragado más de un barco de mayor tamaño que el suyo.

—¡Helen!

El tono ahora era perentorio, en vez de suplicante. Había cogido la barca de algún pescador en la playa para continuar la persecución.

La barca pasó rauda a su lado, tan cerca que Guilbert soltó la caña del timón en un esfuerzo vano por agarrar la canoa. Como su cascarón necesitaba menos espacio para manejarse, Helen aflojó las dos velas diminutas y puso rumbo a la caseta del embarcadero. Pero él viró, se puso a la capa y le cortó la retirada.

Los dos pelearon con gran habilidad. Él le robó el viento dos veces y en la calma del momento le pidió que lo escuchara. Pero ella se negó. De nuevo dejó sin viento sus dos velas diminutas e intentó atrapar la canoa con un gancho, pero ella se libró gracias al remo y se alejó de él, esta vez a barlovento para evitar que él repitiera la maniobra. Con la certeza del destino, barloventeó tras ella, empujándola hacia la barra donde rompían las olas. Sin piedad, la obligó a acercarse más al peligro.

Entonces, el espíritu indomable de su linaje teutón se despertó dentro de ella, la persistencia tenaz, la valentía, la locura del amor al peligro. La barra era un tramo letal, pero ella pensaba jugársela. Tensó la funda de lona alrededor de su cuerpo para que el agua no entrase en la canoa, movió las velas a fin de aprovechar mejor el viento y se dispuso a cruzar. Quizás su antepasado bucanero, con su pasión por quemar buques y saquear ciudades en busca de oro y doncellas, animó a Guilbert, porque él también se lanzó hacia la destrucción que lo amenazaba.

Tres olas gigantes la adelantaron antes de romper, pero no logró escapar a la cuarta. Su cresta la envolvió y la lanzó dando vueltas como un corcho al gran vacío, bajo una capa asfixiante de espuma. Sin embargo, la canoa aguantó y se recuperó sin dificultad. La barca se encontró con una ola parecida y emergió con problemas para mantenerse a flote. Por fin los dos salieron de la última gran ola al oleaje más distendido del mar abierto.

Pero ella oía el batir de la zapata de proa, las quejas del grátil y las sacudidas de la escota del ruidoso viajero a medida que la barca se acercaba. Ya tenía la proa a su altura y tan cerca que podría tocarla con el remo. Salió disparada aprovechando el viento, pero la barca orzó, la siguió y le robó el viento en la siguiente bordada. Se situó por encima de ella sobre una gran ola porque había maniobrado con la intención de arrollarla. Se oyó el estruendo de la madera al astillarse y del agua al entrar a raudales, luego un fuerte brazo la agarró y la depositó en la bañera de la barca.

¡CÓMO HABÍAN PASADO volando los años entre tanta felicidad! Helen miró al fuego como si estuviera soñando y sus pensamientos regresaron a aquella noche de locura en el mar. A cómo, entre el aullido de los elementos, él la había abrazado con fuerza y la había obligado a escuchar, desnudando toda su vida ante ella, contándoselo todo, cada contratiempo, cada uno de sus errores. La madre del niño, su esposa, había muerto. Y el niño había encontrado una segunda madre en la hermana de ella, en su tía. Así disipó la oscuridad y por tercera vez, más tempestuosamente que nunca, la cortejó y la ganó para sí.

A pesar de que la comarca movió la cabeza con preocupación y murmuró profecías aterradoras, se casaron y, aunque pudiese parecer extraño, ella siempre había sido feliz. En cuanto a Guilbert, el «soy» se convirtió en «fui» y el «podría ser» en «soy».

—¡Helen!

Despertó de su fantasía para recibirlo y la ensoñación perdida en la oscuridad del pasado se esfumó y lo que quedó fue la materialización, la realidad.

[1898]


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