Texto aleatorio

CUANDO UN HOMBRE viaja a una región lejana debe estar dispuesto a olvidar muchas de las cosas que ha aprendido y a adquirir las costumbres inherentes a la existencia en esa nueva tierra, debe abandonar los viejos ideales y sus dioses, y a veces debe invertir los códigos por los que se ha regido hasta entonces. Para quienes tienen la facultad proteica de la adaptabilidad, la novedad de dichos cambios puede incluso constituir una fuente de placer, pero para los que se encuentran estancados en la rutina de siempre, la presión del entorno alterado resulta insoportable y sufren, en cuerpo y mente, bajo el peso de unas nuevas restricciones que no comprenden. Ese sufrimiento provoca reacciones que a su vez desencadenan males diversos y desgracias variadas. Mejor haría el hombre incapaz de adaptarse a las nuevas costumbres en regresar a su propio país. Si se demora demasiado, sin duda morirá.

Quien da la espalda a las comodidades de una civilización más antigua para enfrentarse a la juventud salvaje, a la simplicidad primordial del Norte, puede calcular el éxito en proporción inversa a la cantidad y calidad de sus costumbres fijas e inmutables. Pronto descubrirá —si se trata del candidato adecuado— que los hábitos materiales son los menos importantes. Al fin y al cabo, cambiar un suculento menú por la tosca comida sin elaborar, o un zapato de cuero bien hecho por el mocasín blando y sin forma, o un colchón de plumas por otro de ramas en la nieve resulta muy sencillo. Lo complicado será aprender a adecuar su actitud hacia todas las cosas, en especial hacia el prójimo. Debe sustituir las cortesías de la vida normal por generosidad, paciencia y tolerancia. Así y solo así podrá alcanzar el mejor de los premios: la verdadera camaradería. No debe decir «gracias», sino transmitirlo sin abrir la boca y demostrarlo respondiendo con la misma moneda. Es decir, que debe cambiar la palabra por el hecho, el significado literal por la intención.

Cuando en el mundo resonó la historia del oro del Ártico y el atractivo del Norte hizo presa en los corazones de los hombres, Carter Weatherbee renunció a su cómodo empleo de dependiente, entregó la mitad de sus ahorros a su esposa y con el resto adquirió el equipo necesario. No era de naturaleza romántica —la esclavitud del comercio se había ocupado de acallar cualquier rasgo de ese tipo—, pero estaba harto de aquel trabajo rutinario y constante y deseaba arriesgarse a correr grandes peligros para recibir la recompensa correspondiente. Como muchos otros necios, desdeñando los viejos caminos que los pioneros del Norte llevaban usando más de veinte años, se apresuró a llegar a Edmonton en primavera. Y allí, para desgracia de su alma, se alió con un grupo de hombres.

En aquel grupo no había nada raro, excepto sus planes. Su meta, como la de los demás, era el Klondike. Pero la ruta que habían proyectado para cumplir sus objetivos dejaba sin aliento al nativo más curtido, nacido y criado en las vicisitudes del Territorio Noroeste. Incluso Jacques Baptiste, hijo de una mujer chipewyan y un voyageur renegado (había nacido en una tienda de piel de ciervo al norte del paralelo 65 y para acallar su llanto le dieron de mamar un trozo de sebo crudo), se quedó sorprendido. A pesar de venderles sus servicios y aceptar viajar incluso hasta el hielo que nunca se abre, negaba con la cabeza de manera inquietante cada vez que le pedían consejo.

La mala estrella de Percy Cuthfert debía de estar en ascenso porque también se unió a ese grupo de argonautas. Se trataba de un hombre extraordinario, con una cuenta bancaria tan vasta como su cultura, que ya es decir. No tenía motivos para embarcarse en semejante aventura. No tenía motivo alguno, excepto que sufría un desarrollo excesivo del sentimentalismo y lo confundió con el verdadero espíritu romántico y de aventura. Muchos otros hombres han hecho lo mismo y cometieron un error igual de nefasto.

La primera ruptura de la primavera pilló al grupo siguiendo el deshielo del río Elk. Se trataba de una flota imponente porque llevaban mucho equipo e iban acompañados por un contingente poco respetable de voyageurs mestizos con sus hijos y mujeres. Día tras día se afanaban con los bateaux1 y las canoas, luchaban contra los mosquitos y plagas similares o sudaban y juraban en los trechos en que debían abandonar el río y continuar a pie con todo a cuestas. Tanto esfuerzo y trabajo desnuda por completo el alma de cualquier hombre, por lo que antes de que el lago Athabasca se hubiese perdido de vista al Sur cada miembro del grupo había dejado bien clara su verdadera personalidad.

Los dos holgazanes y gruñones crónicos eran Carter Weatherbee y Percy Cuthfert. El resto del grupo se quejaba menos de todos sus dolores y malestares que cada uno de1 ellos dos por separado. Ni una sola vez se ofrecían voluntarios para ocuparse de las mil y una tareas insignificantes del campamento. Si había que ir a buscar un cubo de agua, cortar una brazada extra de leña, fregar y secar los cacharros, buscar entre los bultos del equipo algún artículo que de repente resultaba indispensable, aquellos dos vástagos refinados de la civilización descubrían algún esguince o ampolla que requiriesen una atención inmediata. Eran los primeros en acostarse por la noche, dejando una buena cantidad de tareas sin hacer, y los últimos en levantarse por la mañana, cuando ya casi estaban listos para irse y justo antes de empezar a desayunar. Eran los primeros en aparecer a la hora de las comidas y los últimos en ayudar a cocinar; los primeros en lanzarse en picado a por una exquisitez, siempre escasas, y los últimos en darse cuenta de que se habían comido también la ración correspondiente a otro hombre. Si les tocaba remar, tenían la malicia de cortar el agua a cada golpe y permitir que el impulso del bote ayudase a flotar la pala del remo. Creían que nadie se daba cuenta, pero sus compañeros juraban para sus adentros y los odiaban cada vez más, mientras que Jacques Baptiste los miraba con desprecio y sin disimulo y los maldecía sin descanso desde la mañana hasta la noche. Pero Jacques Baptiste no era un caballero.

En el Gran Lago de los Esclavos compraron perros de la Bahía de Hudson y la flota se hundió hasta las defensas con el peso añadido del pescado seco y el pemmican2. Luego las canoas y los bateaux respondieron a la rápida corriente del Mackenzie y llegaron a las Grandes Llanuras heladas. Hicieron prospecciones en cada posible afluente, pero la búsqueda del filón escurridizo los llevaba cada vez más al Norte. En el Gran Lago del Oso, abrumados por el miedo común a las Tierras Desconocidas, sus voyageurs empezaron a desertar y Fort Good Hope vio el último y valiente intento de utilizar las cuerdas de remolque mientras se resistían a la corriente que los arrastraba con tanto peligro. Solo quedó Jacques Baptiste. ¿No había jurado viajar incluso hasta el hielo que nunca se abre?

Empezaron a consultar constantemente los mapas llenos de mentiras, en su mayoría elaborados basándose en rumores. Sentían que debían darse prisa, porque el sol ya había pasado su solsticio del Norte y volvía a llevar el invierno hacia el Sur. Bordeando las orillas de la bahía en la que el Mackenzie desemboca en el océano Ártico, se adentraron en la desembocadura del río Little Peel. Entonces empezó el arduo viaje cauce arriba y los dos inútiles se sintieron peor que nunca. Las cuerdas de remolque y las pértigas, los remos y mecapales, los rápidos y los tramos de acarreo…, semejantes torturas sirvieron para hacer que uno odiase los grandes peligros y al otro le diese la tempestuosa impresión de lo que era el verdadero encanto de la aventura. Un día se pusieron rebeldes y, tras ser terriblemente insultados por Jacques Baptiste, se revolvieron como hacen a veces los gusanos. Pero el mestizo les dio una paliza y los envió, heridos y sangrando, a hacer su trabajo. Era la primera vez que alguien los maltrataba.

Tras abandonar su embarcación en la cabecera del Little Peel, invirtieron el resto del verano en el largo tramo de acarreo que cruza la divisoria del Mackenzie hasta el West Rat. Aquel pequeño arroyo alimentaba el Porcupine, que a su vez se unía al Yukón donde esa poderosa ruta del norte contramarcha. Pero habían perdido la carrera contra el invierno y un día ataron sus balsas a un espeso disco de hielo y se apresuraron a llevar sus cosas a la orilla. Esa noche el río se atascó y se volvió a abrir varias veces. A la mañana siguiente se había dormido por completo.

NO PODEMOS ESTAR a más de seiscientos cincuenta kilómetros del Yukón —concluyó Sloper, mientras multiplicaba la uña del pulgar según la escala del mapa. La reunión, en la que los dos inútiles se habían quejado y puesto toda clase de impedimentos, llegaba a su fin.

—Hace mucho tiempo había una factoría de la Compañía de la Bahía de Hudson. Ya no la usan.

El padre de Jacques Baptiste había hecho el viaje para la compañía en los viejos tiempos, dejándose en el camino y por congelación un par de dedos de los pies.

—¡Vaya sufrimiento va a ser! —exclamó otro miembro del grupo—. ¿Y no hay blancos?

—Ni un solo blanco —afirmó Sloper en tono sentencioso—, pero luego solo quedan ochocientos kilómetros más Yukón arriba hasta Dawson. Redondeando, desde aquí nos faltan mil seiscientos kilómetros complicados.

Weatherbee y Cuthfert se quejaron a coro.

—¿Cuánto tardaremos, Baptiste?

El mestizo se lo pensó un momento.

—Trabajando como locos y todos colaborando, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta días. Si vienen los niños —dijo señalando a los inútiles—, imposible saberlo. Puede que cuando las ranas críen pelo o ni siquiera entonces.

Dejaron de fabricar raquetas y mocasines. Alguien llamó a uno de los miembros, que se había ausentado y que salió de una cabaña vieja situada al borde del campamento y se unió al grupo. Aquella cabaña era uno de los muchos misterios que se ocultan en los inmensos recovecos del Norte. Nadie sabía quién la había construido, ni cuándo. Posiblemente, dos tumbas al aire libre, cubiertas de piedras apiladas, contenían el secreto de aquellos primeros viajeros. Pero ¿quién había apilado las piedras?

Llegó el momento. Jacques Baptiste hizo una pausa en su lucha por adaptar un arnés e inmovilizó al perro en la nieve. El cocinero decidió no quejarse por el retraso, añadió un puñado de beicon en una cacerola en la que chisporroteaban las alubias y luego prestó atención. Sloper se puso de pie. Su cuerpo contrastaba de forma ridícula con los físicos saludables de los inútiles. Débil y amarillo, huyendo de un lugar azotado por la fiebre en Sudamérica, no se había detenido en ningún momento y aún era capaz de trabajar tanto y tan fuerte como cualquiera. Pesaría poco más de cuarenta kilos —incluyendo su pesado cuchillo de caza— y su cabello canoso indicaba que ya no estaba en la flor de la vida. Los músculos jóvenes y descansados de Weatherbee y Cuthfert podían esforzarse diez veces más que los de él, sin embargo era capaz de recorrer más del doble de camino que ellos en un día de viaje. Y durante toda aquella jornada había fustigado a sus compañeros más fuertes para que se aventuraran a recorrer mil seiscientos kilómetros de las más duras penalidades que el hombre pueda concebir. Era la personificación de la inquietud de su raza, y la testarudez teutónica, unida a la rapidez de pensamiento y acción del yanqui, mantenían a la carne esclava del espíritu.

—Todos los que estén de acuerdo en continuar con los perros tan pronto el hielo se asiente, que digan «sí».

—¡Sí! —respondieron ocho voces destinadas a jurar sin descanso durante muchos cientos de kilómetros de penuria.

—¿Alguien se opone?

—¡Yo!

Por primera vez los inútiles se mostraban unidos sin comprometer sus intereses personales.

—¿Y qué vas a hacer al respecto? —añadió Weatherbee en tono beligerante.

—Decide la mayoría. Decide la mayoría —exclamaron los demás miembros del grupo.

—Sé que la expedición podría fracasar si no venís —contestó Sloper de buenos modos—, pero supongo que si nos esforzamos de verdad podremos arreglárnoslas sin vosotros. ¿Qué decís, muchachos?

Los otros le dieron la razón.

—Pero, a ver —se arriesgó a decir Cuthfert con recelo—, ¿qué puede hacer alguien como yo?

—¿No vienes con nosotros?

—No.

—Entonces haz lo que te dé la gana. No tenemos nada más que decir.

—Imagino que podrías quedarte con tu querido compañero —sugirió un tipo muy pesado de Dakota mientras señalaba a Weatherbee—. Seguro que él te preguntará qué vas a hacer cuando llegue el momento de cocinar y de recoger leña.

—Entonces queda decidido —concluyó Sloper—. Saldremos mañana y acamparemos a menos de diez kilómetros de aquí para organizamos como es debido y por si se nos olvida algo.

LOS PATINES DE ACERO de los trineos crujían mientras los perros tiraban despacio de los arneses a los que estaban destinados de por vida. Jacques Baptiste se detuvo junto a Sloper para echarle una última ojeada a la cabaña. El humo salía en volutas del tubo de la cocina portátil. Los dos inútiles los observaban desde el umbral.

Sloper apoyó la mano en el hombro del otro.

—Jacques Baptiste, ¿has oído hablar de los gatos de Kilkenny?

El mestizo negó con la cabeza.

—Pues, amigo y buen compañero, los gatos de Kilkenny se pelearon hasta que no quedó ni la piel, ni el pelo ni los aullidos de ninguno de los dos. ¿Comprendes? Hasta que no quedó nada. Bien. A esos dos hombres no les gusta trabajar y no trabajarán. Eso lo sabemos. Estarán solos en esa cabaña todo el invierno, un invierno muy largo y muy oscuro. Acabarán como los gatos de Kilkenny.

La parte francesa de Baptiste se encogió de hombros, pero la parte india guardó silencio. Sin embargo, el gesto de los hombros resultó bastante elocuente y profético.

AL PRINCIPIO las cosas marcharon bien en la pequeña cabaña. Las chanzas de sus compañeros habían logrado que Weatherbee y Cuthfert fuesen conscientes de la responsabilidad mutua que recaía en ellos. Además, no había mucho trabajo que hacer para dos hombres saludables. Y el hecho de verse libres de aquel látigo cruel o, en otras palabras, del mestizo que los presionaba, provocó en ellos una reacción de alegría. Al principio cada uno se esforzaba por superar al otro y se ocupaban de las tareas con un celo fingido que habría dejado con la boca abierta a sus compañeros, afanados ahora en cuerpo y alma por recorrer el largo camino.

Dejaron a un lado las preocupaciones. El bosque, que los cercaba por tres lados, constituía un almacén de leña inagotable. A pocos metros de su puerta dormía el Porcupine y un agujero en su capa de invierno les proporcionaba un manantial de agua burbujeante, transparente y tremendamente fría. Pero pronto le pusieron pegas incluso a eso: el agujero no dejaba de congelarse y se veían obligados a afanarse en romper el hielo. Los desconocidos constructores de la cabaña habían ampliado los troncos laterales para que soportaran una despensa en la parte de atrás a fin de proteger los alimentos. Allí almacenaron la mayor parte de las provisiones del grupo. Tenían más del triple de la comida que necesitaban, pero la mayor parte era de la que aporta fuerza y resistencia sin resultar apetecible al paladar. Cierto, había azúcar de sobra para dos hombres normales, sin embargo aquellos dos eran como niños. No tardaron en descubrir las virtudes del agua caliente juiciosamente saturada con azúcar y se dedicaron a bañar las tortitas y a empapar el pan en aquel almíbar blanco y empalagoso. También atacaron con resultados desastrosos el café, el té y los frutos secos. La primera vez que discutieron fue por el azúcar. Cuando dos hombres que dependen por completo uno del otro empiezan a pelearse, la situación se complica mucho.

A Weatherbee le encantaba disertar abiertamente sobre política, mientras Cuthfert, que había sido propenso a recortar sus cupones y dejar que los demás se arreglaran como pudieran, o bien ignoraba el asunto o se dedicaba a declamar epigramas sorprendentes. Pero el dependiente era demasiado obtuso para apreciar el ingenio con el que estructuraba sus ideas y el desperdicio de tanta munición irritaba a Cuthfert. Estaba acostumbrado a deslumbrar a la gente con su genialidad y esa pérdida de audiencia le provocaba un sufrimiento enorme. Se sentía ofendido e inconscientemente consideraba responsable a su compañero, que era un pedazo de animal.

Salvo la existencia, nada tenían en común; no coincidían en nada. Weatherbee era un dependiente que no sabía de ninguna otra cosa y solo se había dedicado a eso. Cuthfert era experto en Humanidades, aficionado a la pintura y había escrito lo suyo. El primero era un hombre de clase baja que se tenía por un caballero y el segundo era un caballero que sabía que lo era. A esto debemos añadir que un hombre puede ser un caballero sin poseer el instinto primordial de la verdadera camaradería. El dependiente era tan sensual como el otro estético, y sus aventuras amorosas, contadas extensamente y en su mayoría fruto de su imaginación, afectaban al experto en Humanidades, sensible en exceso, como lo haría el tufo de una alcantarilla. Tenía al dependiente por una bestia inculta y asquerosa que debería vivir entre el estiércol, con los cerdos, y se lo dijo. A su vez fue informado de que era un blandengue insulso y un canalla. Weatherbee no habría sido capaz de definir «canalla» ni aunque le fuera la vida en ello, pero la palabra cumplió su propósito, que en definitiva parece ser lo más importante.

Weatherbee desafinaba como un serrucho y se pasaba horas enteras cantando El ladrón de Boston y El apuesto grumete, mientras Cuthfert lloraba de rabia hasta que no lo soportaba más y salía al exterior. Pero no había escapatoria. El frío era tan intenso que no podía aguantar fuera mucho tiempo y la pequeña cabaña los encerraba, junto con las camas, la cocina, la mesa y todo lo demás, en un espacio de tres metros por tres y medio. La presencia de uno se convirtió en una afrenta personal para el otro y ambos caían en períodos de un silencio amenazante que fueron aumentando en longitud e intensidad a medida que pasaban los días. A veces los delataba una mirada o un gesto de desprecio, aunque casi siempre conseguían ignorarse por completo durante esas etapas de mutismo. Ambos se preguntaban cómo era posible que Dios hubiese creado al otro.

Como tenían poco que hacer, el tiempo se convirtió en una carga intolerable para los dos. Lógicamente, eso los llevó a ser aún más vagos que antes. Se hundieron en un letargo físico del que no había escapatoria y que los llevaba a rebelarse ante la necesidad de realizar el más mínimo esfuerzo. Una mañana, cuando le tocaba preparar el desayuno de los dos, Weatherbee salió de entre las mantas y, al oír roncar a su compañero, encendió primero la lámpara de grasa y después el fuego. Los hervidores estaban congelados y no había agua en la cabaña para lavarse, pero no le importó. Mientras esperaba a que se derritiera, cortó el beicon y se concentró en la odiosa tarea de hacer el pan. Cuthfert lo había observado todo con los ojos medio cerrados, así que discutieron, se pusieron de vuelta y media y después acordaron que cada uno cocinaría sus propios alimentos. Una semana más tarde, fue Cuthfert quien incumplió con sus abluciones, pero no le importó comerse lo que él mismo había cocinado. Weatherbee sonrió. Después de eso, la ridícula costumbre de lavarse desapareció de sus vidas.

A medida que la provisión de azúcar y otros pequeños lujos fueron disminuyendo, empezaron a temer quedarse sin su ración correspondiente y, para evitar robos, comenzaron a atiborrarse. Los artículos de lujo se vieron afectados por la contienda entre glotones, y los hombres también. Al faltarles las verduras frescas y el ejercicio, su sangre se empobreció y un sarpullido violáceo y repugnante se apoderó de sus cuerpos. Pero se negaron a hacer caso de la advertencia. Luego empezaron a hinchárseles los músculos y las articulaciones, la carne se ennegreció y las bocas, encías y labios adoptaron el color de una crema sustanciosa. Mientras el escorbuto seguía su curso, cada uno se regodeaba ante los síntomas del otro, en lugar de sentirse más unidos y compadecerse de los sufrimientos compartidos.

Dejaron de preocuparse por su aspecto personal y, de paso, por el más mínimo decoro. La cabaña se convirtió en una pocilga y nunca más volvieron a hacer las camas ni a cambiar las ramas de pino sobre las que yacían. Aunque no pudieron quedarse entre las mantas tanto como les hubiese gustado, porque el frío resultaba implacable y el quemador consumía mucha leña. Tenían el pelo y la barba largos y descuidados, mientras que las ropas habrían repugnado más pobre de los traperos. Pero no les importaba. Estaban enfermos y no había nadie que los viera. Además, moverse les resultaba demasiado doloroso.

A todo esto se añadió un nuevo problema: el Miedo al Norte. Este miedo era hijo compartido del Frío Profundo y el Silencio Impenetrable, y nacía en la oscuridad de diciembre, cuando el sol se oculta para siempre tras el horizonte del sur. Les afectó según sus formas de ser. Weatherbee cayó presa de las supersticiones más burdas e hizo lo posible por resucitar a los espíritus que dormían en las tumbas olvidadas. Lo tenían fascinando y, en sueños, acudían a él desde el frío, se acurrucaban entre sus mantas y le contaban los problemas y dificultades que habían sufrido antes de morir. Él se encogía de miedo e intentaba alejarse de la humedad y el frío que despedían al acercarse y rodearlo con sus extremidades heladas y, cuando le susurraban al oído las cosas que iban a pasar, la cabaña se llenaba con sus gritos de terror. Cuthfert no lo entendía, porque ya no se hablaban, y cuando lo despertaba de esa forma siempre echaba mano del revólver. Luego se sentaba en la cama, temblando nervioso, con el arma dirigida hacia el otro, que continuaba durmiendo y soñando. Cuthfert pensaba que se estaba volviendo loco y empezó a temer por su vida.

En él, el mal se manifestó de una forma menos concreta. El misterioso artesano que había construido la cabaña, tronco a tronco, había fijado una veleta a la cumbrera del tejado. Cuthfert reparó en que siempre señalaba al Sur y un día, irritado por su falta de movimiento, la giró hacia el Este. La observó con ansia pero no se levantó ni una brisa que la moviera. Luego giró la veleta hacia el Norte y juró que no volvería a tocarla hasta que soplase el viento. Pero la calma sobrenatural del aire lo asustaba y a menudo se levantaba en plena noche para ver si la veleta se había movido. Diez grados lo habrían dejado satisfecho. Pero no: se mantenía quieta por encima de él, tan inalterable como el destino. Su imaginación se desbocó y la veleta se convirtió en su obsesión. A veces seguía el camino que ella le marcaba entre sus deprimentes dominios y permitía que su alma se saturase de miedo. Deambulaba entre lo invisible y lo desconocido hasta que le parecía que el peso de la eternidad lo aplastaba. En la región septentrional todo tenía ese efecto demoledor: la ausencia de vida y movimiento, la oscuridad, la paz infinita de la tierra desasosegante, el silencio insoportable que convertía en sacrilegio el eco de cada latido, el bosque solemne que parecía ocultar algo espantoso e indescriptible, imposible de abarcar por la palabra o el pensamiento.

El mundo que acababa de abandonar, con sus ajetreadas naciones y grandes empresas, le parecía algo muy lejano. A veces se imponían los recuerdos —recuerdos de tiendas y galerías y vías públicas llenas de gente, de vestidos de gala y actos sociales, de hombres buenos y mujeres queridas a los que conocía—, pero solo eran recuerdos muy atenuados de una vida que había llevado siglos atrás, en otro planeta. Aquel espectro era la Realidad. De pie bajo la veleta, con la vista clavada en el cielo polar, no era capaz de comprender que el Sur existía de verdad, que en aquel mismo momento bullía de vida y acción. No había Sur, ni hombres que nacieran de mujeres, ni matrimonios capaces de compartir. Más allá de aquel horizonte desolado se extendía una soledad sin fin y, tras ella, más soledad. No había tierras en las que brillase el sol y se percibiese el aroma de las flores. Esas cosas no eran más que el paraíso soñado. Las tierras soleadas del Sur, las de las especias de Oriente, la sonriente Arcadia y las maravillosas Islas de los Bienaventurados. ¡Ja! ¡Ja! Su risa quebró el vacío y su inusitado sonido lo asustó. No había sol. Aquel era el Universo, muerto, frío y oscuro, y él era su único habitante. ¿Weatherbee? En momentos como aquel Weatherbee no contaba. Era un Calibán3, un fantasma monstruoso, encadenado a él eternamente como castigo de algún crimen olvidado.

Vivía con la Muerte entre los muertos, emasculado por la sensación de su propia insignificancia, aplastado por el dominio pasivo de siglos de inactividad. La magnitud de todas las cosas lo consternaba. Todo participaba de lo superlativo, excepto él: el cese perfecto del viento y el movimiento, la inmensidad de aquellas tierras cubiertas de nieve, la altura del cielo y la profundidad del silencio. ¡Si al menos la veleta se moviera! Si cayese un rayo o el bosque estallara en llamas. Si el cielo se plegase como un pergamino, si llegase el Juicio Final… ¡Cualquier cosa! ¡Lo que fuera! Pero no, nada se movía. El Silencio se agolpaba a su alrededor y el Miedo le atenazaba el corazón con sus dedos de hielo.

En una ocasión, como un nuevo Crusoe, descubrió un rastro junto al borde del río: la leve filigrana de una liebre sobre la fina capa de nieve recién caída. Fue una revelación. Había vida en las tierras del Norte. La seguiría, la observaría, se recrearía. Olvidó sus músculos hinchados y se internó entre la nieve espesa, lleno de ilusión. El bosque se lo tragó y el breve crepúsculo de mediodía se apagó por completo, pero él continuó con su búsqueda hasta que el agotamiento se impuso y lo dejó tumbado en la nieve, impotente. Se quejó, maldijo su locura y supo que el rastro había sido un delirio de su imaginación. Llegó a la cabaña ya muy avanzada la noche, arrastrándose a cuatro patas, con las mejillas congeladas y los pies entumecidos. Weatherbee sonrió con malevolencia, pero no se ofreció a ayudarle. Cuthfert se pinchó los dedos de los pies con una aguja y los descongeló junto a la cocina. Una semana después apareció la gangrena.

Pero el dependiente tenía sus propios problemas. Los muertos salían de sus tumbas con mayor frecuencia y ya casi nunca se apartaban de él, ni en sueños ni despierto. Se acostumbró a esperar y temer su llegada, y nunca pasaba junto a los túmulos gemelos sin estremecerse. Una noche se le aparecieron en sueños y lo guiaron para que cumpliera con una tarea que le encomendaron. Asustado hasta el punto de no poder articular su miedo, se despertó entre los montones de piedras y corrió como un loco al interior de la cabaña. Pero había yacido fuera un buen rato, porque también tenía congelados los pies y las mejillas.

A veces, la insistente presencia de los muertos lo ponía frenético y bailaba por toda la cabaña, cortando el aire vacío con un hacha y destrozando todo lo que quedaba a su alcance. Durante esos encuentros fantasmales, Cuthfert se acurrucaba entre las mantas y seguía los movimientos del loco, apuntándolo con un revólver amartillado, dispuesto a disparar si se acercaba demasiado. Pero, al recuperarse de uno de esos episodios, el dependiente se fijó en el arma que lo encañonaba. Empezó a desconfiar y desde entonces él también temió por su vida. Después de aquello, se vigilaban el uno al otro constantemente y se miraban con miedo cuando uno de los dos pasaba por detrás del otro. Esa inquietud se convirtió en una manía que los dominaba incluso dormidos. Debido al miedo que ambos sentían, tácitamente dejaban la lámpara de grasa encendida toda la noche y, antes de acostarse, comprobaban que hubiese grasa de sobra para que no se apagara. El más ligero movimiento por parte de uno bastaba para que el otro se despertase y pasaban muchas horas observándose en silencio, mientras temblaban bajo las mantas con el dedo en el gatillo.

Entre el Miedo al Norte, la tensión mental y los estragos de la enfermedad perdieron toda apariencia humana y parecían bestias salvajes, angustiadas y desesperadas. Tenían la nariz y las mejillas negras como consecuencia de la congelación. Los dedos congelados habían empezado a caerse a la altura de la primera y segunda articulación. Cada movimiento les provocaba dolor, pero el quemador de la cocina era insaciable y exigía una elevada cuota de tortura a sus cuerpos destrozados. Día tras día reclamaba su alimento —una auténtica libra de carne— y ellos se arrastraban de rodillas hasta el bosque para cortar leña. En una ocasión, mientras buscaban ramas secas, ambos se adentraron en un matorral desde extremos opuestos y sin ser conscientes de ello. De repente, sin advertencia previa, dos calaveras se encontraron mirándose fijamente. El sufrimiento los había transformado de tal forma que les resultó imposible reconocerse. Se pusieron de pie de un salto, gritando de miedo, y salieron corriendo sobre sus muñones mutilados, se cayeron frente a la puerta de la cabaña y se arañaron e hirieron como demonios hasta que descubrieron su error.

De vez en cuando recuperaban la normalidad y durante uno de esos intervalos de cordura habían dividido a partes iguales la principal manzana de la discordia: el azúcar. Guardaban sus sacos por separado en la despensa protegida y los vigilaban con recelo porque solo quedaban unas pocas tazas y ninguno se fiaba del otro. Pero un día Cuthfert cometió un error. Casi sin poder moverse, enfermo de dolor, con la cabeza dándole vueltas y los ojos cegados, se adentró como pudo en la despensa con la lata del azúcar en la mano y confundió el saco de Weatherbee con el suyo.

Cuando eso ocurrió enero solo tenía unos días de vida. Ya hacía un tiempo que el sol había pasado su declinación más baja en el Sur y en el meridiano lanzaba algún que otro rayo de luz amarilla sobre el cielo del Norte. Al día siguiente de su error con el saco del azúcar, Cuthfert se encontró mejor, tanto física como anímicamente. Ya cerca del mediodía, con aquel asomo de luz, se arrastró al exterior para recrearse con el resplandor evanescente que para él era una garantía de las futuras intenciones del sol. Weatherbee también se encontraba algo mejor y salió. Se apuntalaron en la nieve bajo la veleta inmóvil y esperaron.

Los rodeaba la quietud de la muerte. En otros climas, cuando la naturaleza entra en esa fase, se respira una expectación reprimida, una sensación de espera a que se recupere el ritmo de vida anterior. No ocurre así en el Norte. A los dos les parecía que llevaban siglos viviendo en medio de aquella paz fantasmal y no recordaban canción alguna del pasado ni podían conjurar una canción del futuro. Aquella calma sobrenatural siempre había sido el silencio tranquilo de la eternidad.

Miraban fijamente hacia el Norte. Invisible, a sus espaldas, tras las altísimas montañas del Sur, el sol se desplazaba hacia el cénit de otro cielo que no era el suyo. Únicos espectadores de aquel lienzo grandioso, vieron crecer poco a poco aquel falso albor. Una llama sin fuerza empezó a brillar y arder con rescoldo. Aumentó en intensidad desde un rojo amarillento, al púrpura y al azafrán. Tanto brilló que Cuthfert creyó que el sol estaba sin duda detrás: ¡Un milagro, que el sol saliese por el Norte! De repente, sin advertencia alguna y sin desvanecerse poco a poco, el lienzo se quedó en blanco. No había color en el cielo. La luz había abandonado el día. Les costó un gran esfuerzo no sollozar. Pero en el aire destellaban las partículas de hielo relumbrante y allí, al Norte, la veleta se perfilaba vagamente sobre la nieve. ¡Una sombra! ¡Una sombra! Era exactamente mediodía. Se dieron prisa en volver la cabeza al Sur: un borde dorado asomó por encima del lomo nevado de la montaña, les sonrió un instante y se ocultó de nuevo.

Al mirarse, se dieron cuenta de que ambos tenían lágrimas en los ojos. Se sintieron más relajados y atraídos el uno por el otro. El sol regresaba. Mañana volvería a acompañarlos, y al día siguiente y al otro. Y en cada visita se quedaría más tiempo. Incluso llegaría un momento en el que recorrería su cielo día y noche, sin ponerse ni una vez tras el horizonte. No habría noche. El invierno encerrado en hielo llegaría a su fin, soplaría el viento y los bosques responderían, la tierra se dejaría inundar por el bendito sol y la vida surgiría de nuevo. Juntos dejarían atrás aquella espantosa pesadilla y regresarían al Sur. Avanzaron a ciegas y sus manos se tocaron, aquellas pobres manos lisiadas, hinchadas y deformadas bajo las manoplas.

Pero la promesa quedaría sin cumplir. El Norte es el Norte y los hombres se guían por extrañas reglas que jamás podrán entender quienes no se han adentrado en las regiones lejanas.

Una hora más tarde Cuthfert metió en el horno un molde con pan y empezó a especular sobre lo que podrían hacer los cirujanos con sus pies tras el regreso. Ahora el hogar ya no le parecía tan lejano. Weatherbee estaba rebuscando en la despensa. De repente empezó a blasfemar como un poseso y, con la misma brusquedad, guardó silencio. El otro hombre le había robado el azúcar. Aun así, las cosas podrían haber sido de otra manera si los dos muertos no hubiesen salido de sus tumbas para obligarle a decir lo que dijo. Lo guiaron con cuidado para que saliera de la despensa, que se olvidó de cerrar. Había llegado el momento de consumar aquello que le habían estado susurrando en sueños desde hacía mucho tiempo. Por fin iba a ocurrir. Lo guiaron con cuidado, con mucho cuidado, hasta el montón de leña, donde le pusieron el hacha en las manos. Luego le ayudaron a abrir la puerta de la cabaña y creyó que la habían cerrado tras él, al menos oyó el portazo y el mido del cerrojo al caer y encajar en su sitio. Sabía que aguardaban fuera, muy cerca, a que él cumpliera con la tarea encomendada.

—¡Carter! ¡Oye, Carter!

Percy Cuthfert se asustó al ver la mirada del dependiente y se apresuró a situarse tras la mesa, de manera que quedara en medio de los dos.

Carter Weatherbee continuó avanzado, sin prisa y sin entusiasmo. En su rostro no había ni piedad ni pasión, sino el gesto paciente e imperturbable de quien tiene un trabajo que hacer y se pone a ello de forma metódica.

—Oye, ¿qué ocurre?

El dependiente se apartó bruscamente hacia atrás, cortándole la retirada hacia la puerta, pero sin abrir la boca.

—Oye, Carter, mira, vamos a hablar. Sé bueno, anda.

El experto en Humanidades pensaba con rapidez y realizó un hábil movimiento de costado sobre la cama donde yacía su Smith & Wesson. Sin apartar la mirada del loco, rodó sobre el catre al tiempo que agarraba la pistola.

—¡Carter!

La pólvora provocó un fogonazo que dio de lleno en el rostro de Weatherbee, pero éste balanceó su arma y saltó hacia delante. El hacha se clavó con fuerza en la base de la columna vertebral y Percy Cuthfert dejó de sentir las extremidades inferiores. Luego el dependiente cayó sobre él con todo su peso y lo agarró por el cuello con unos dedos ya sin vigor. La mordedura afilada del hacha había hecho que Cuthfert soltara la pistola y, mientras resollaba intentando respirar, la buscaba tanteando entre las mantas. Entonces lo pensó mejor. Deslizó una mano por el cinturón del dependiente hasta la funda del cuchillo y en ese último abrazo se acercaron más que nunca.

Percy Cuthfert sentía que las fuerzas lo abandonaban. La parte inferior de su cuerpo no respondía. El peso inerte de Weatherbee lo aplastaba: lo aplastaba y le impedía moverse, como un oso que ha caído en una trampa. La cabaña se llenó de un olor familiar y supo que el pan se quemaba. Sin embargo, ¿qué más daba eso? Ya no iba a necesitarlo. Y aún quedaban seis tazas completas de azúcar en la despensa: de haberlo previsto, no se habría contenido tanto aquellos últimos días. ¿Se movería alguna vez la veleta? ¿Por qué no? ¿Acaso no acababa de ver el sol? Iría a mirar. No. Imposible moverse. Quién iba a imaginar que el dependiente pesaba tanto.

¡Con qué rapidez se enfriaba la cabaña! Se habría apagado el fuego. El frío se imponía. El termómetro ya debía marcar varias decenas de grados bajo cero y el hielo empezaría a ascender por el interior de la puerta. No lo veía, pero la experiencia le permitía calcular su avance por la temperatura de la cabaña. En poco tiempo la bisagra inferior estaría blanca. ¿Se enteraría el mundo alguna vez de lo ocurrido? ¿Cómo se lo tomarían sus amigos? Seguramente lo leerían en la prensa mientras bebían café y lo comentarían en sus clubes. Los veía con total claridad. «¡Pobre Cuthfert!», murmurarían, «al fin y al cabo no era tan mal tipo». Sonrió al pensar en sus panegíricos y continuó adelante en dirección a los baños turcos. La misma gente de siempre llenaba las calles. ¡Qué curioso que no se fijaran en sus mocasines de piel de alce y los andrajosos calcetines de lana! Tomaría un taxi. Tras el baño no le vendría mal afeitarse. No, primero comería algo. Un filete, patatas y verduras, ¡qué aspecto tan fresco tenía todo! ¿Y eso qué era? ¡Litros de miel, de ese líquido ambarino! Pero ¿por qué le llevaban tanta cantidad? ¡Ja! ¡Ja! Jamás podría comérsela toda. Un limpiabotas. Sí, desde luego. Apoyó el pie en la caja. El hombre lo miró con curiosidad, él recordó que iba calzado con mocasines y se alejó de allí con prisa.

¡Atención! La veleta estaba girando. No, era que le pitaban los oídos. Solo eso: un simple zumbido. El hielo ya habría llegado a la altura del cerrojo. Seguramente la bisagra de arriba ya estaría congelada. Entre los troncos de rendijas cubiertas por el musgo empezaron a aparecer puntos de hielo. ¡Qué despacio aumentaban! No, no tan despacio. Ahí había uno nuevo. Y otro ahí. Dos, tres, cuatro. Ya no le daba tiempo a contarlos y empezaban a unirse entre ellos. Ahora no quedaban más puntos: se habían fusionado para formar una capa de hielo.

Bueno, iba a tener compañía. Si Gabriel era capaz de romper el silencio del Norte, comparecerían, cogidos de la mano, ante el Trono Blanco. Y Dios los juzgaría. ¡Dios los juzgaría!

Luego Percy Cuthfert cerró los ojos y se quedó dormido.

[1899]

  1. Eran embarcaciones pequeñas y de poco calado y fondo plano que se usaron en Estados Unidos, sobre todo en la época colonial y para el comercio de pieles. Tanto la popa como la proa solían acabar en punta, pero había gran variedad de tamaños. ↩︎
  2. Se trata de una mezcla concentrada de carne desecada en polvo, grase derretida y bayas secas que los indios norteamericanos utilizaban como alimento de supervivencia por su alta capacidad energética y proteínica. Los europeos que luego se dedicaron al comercio de pieles y a las exploraciones en los polos también adoptaron su uso. ↩︎
  3. Personaje de La tempestad, de Shakespeare. Es un esclavo deforme de rasgos animales, un espíritu poco sofisticado o inacabado que representa los aspectos más primarios e instintivos del ser humano. ↩︎

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