DECÍS QUE ME AMÁIS más que a vuestra vida. No os creo.
Resulta imposible reflejar en el papel el leve, muy leve, acento de las Tierras Altas de Escocia, un acento que me encantaba y que mucho tiempo después aún me empujaba a despertarme de repente, porque tocaba la fibra sensible de mis recuerdos como los compases apagados de una vieja canción.
—¿Más que a la vida? No, no. No puede ser.
—Ojalá hubiese una prueba que os lo demostrase —respondí, acercándola más a mí, hasta que, dejándose llevar por un impulso repentino, sus labios rozaron mi cuello—. Solo tendríais que pedírmelo y yo os complacería.
—Entonces suponed, solo suponedlo, que os pido que faltéis a vuestro deber.
—Eso sería pedir más que la vida, sería pedir el honor.
—Pero ¿lo haríais? —insistió. Su cálido aliento se apartó de mi cuello cuando alzó la cabeza para mirarme a los ojos.
—El amor no haría nunca semejante petición.
—¿Y si él fuese mi padre?
¡El príncipe Charley1, su padre! Sonreí ante semejante suposición mientras respondía:
—Pero vos no tenéis padre. Aun así, no lo haría, no podría. Ahora haré yo las suposiciones. Suponed que fueseis yo, yo fuese vos y él mi padre. (No me atrevía a mencionar el nombre del prisionero, porque ella seguía creyendo que se trataba de Rodenck Mackenzie, el desafortunado comerciante de Edimburgo). Suponed todo eso y que yo os solicitase el mismo favor.
—Os diría: «Vos pedís y yo os satisfago». ¡Hombres! ¡Derrochadores de promesas y dulces palabras! Ayer susurraríais las mismas frases bonitas al oído de otra joven y mañana, sí, mañana, seguramente las consideréis adecuadas para la primera doncella sin redecilla que os encontréis.
Tenía las mejillas rojas y los ojos encendidos cuando se alejó de mí y me miró fijamente. Los años pasados en Inglaterra y el Continente habían desaparecido de golpe y la sangre rebelde de sus antepasados de las Tierras Altas se lanzaba al ataque. Casi podía ver el destello de los letales claymores —esos mandobles de los escoceses— sobre los tartanes y oír las consignas de los clanes que gritaban los siervos al atacar junto a sus señores, como había visto y oído en la batalla de Prestonpans. Aline permaneció así un momento y luego su pasión se disipó hasta convertirse en una dulzura radiante. ¡Qué abandono tan seductor! Me dominó de tal manera que no temí adentrarme en el abismo del infierno. Había pasado tanto tiempo en el campo de batalla, entre camorristas borrachos, ajeno a las mejores facetas de hombres y mujeres que aquella joven pura y honesta estuvo a punto ele convencerme. Pero me habían adiestrado bien, era un hombre íntegro y, aunque la amaba con toda mi alma, no podía mancillar mi honor, ni siquiera en medio de una desenfrenada charla entre enamorados, porque no era más que eso.
—¡Hombres! —continuó diciendo—. Respetáis la pasión y el honor, pero el amor… ¡ah, el amor! El amor queda reservado para nosotras. La pasión y el honor, nuestras mayores esperanzas, nuestros sueños más prometedores, se pierden, se pierden por completo cuando amamos. No, no se pierden, se doblegan a las órdenes del amor. Cuando amamos lo damos todo, cuerpo y alma, todo cuanto poseemos o esperamos poseer. Como Raleigh extendió su capa sobre el fango al paso de la rema, así extendería yo mi cuerpo para que aquel por quien mi corazón late lo pisara sin mojarse los pies. ¡Oh, Griffith! Vos… yo…
Aquella criatura nerviosa se derrumbó y rompió a llorar sobre mi hombro. Así continuó sollozando hasta que un golpe en la puerta de la cámara interior nos interrumpió. Como había dado permiso a Jeannie para ausentarse durante la noche, debía ocuparme yo de atender al príncipe, así que me apresuré a secar sus lágrimas con mis besos y me acerqué a la puerta. Justo a tiempo, porque ya se oían las pisadas de mi teniente en las escaleras.
Ahora conviene que ponga por escrito cómo yo, Griffith Risingham, capitán de nuestro buen rey Jorge II, llegué a protagonizar (como diría mi anciano tutor) la escena que acabo de describir, pasando del éxtasis amoroso al deber carcelario; cortejando primero a la hija de un señor de las Tierras Altas y atendiendo después a los deseos de mi noble prisionero.
DE 1742 A 1745 SERVÍ en el Continente, en los ejércitos aliados, ya fuesen los de Alemania e Inglaterra, o los de Holanda, Austria e Inglaterra. Nuestra campaña en Flandes terminó con la derrota en la batalla de Fontenoy, porque, debido a la amenaza de una invasión francesa y al levantamiento jacobita de Escocia, el rey Jorge ordenó que todos sus soldados volviesen a casa.
Sin duda, tres años de cruentas batallas me hacían merecedor de un buen descanso, pero enseguida se me envió a Escocia con mi escuadrón, porque los ánimos en las Tierras Altas estaban muy exaltados y el príncipe Charley marchaba sobre Edimburgo. El mismo día en que me uní a Sir John Cope, sufrimos la lamentable derrota de Prestonpans y mis fatigados soldados de caballería se dispersaron como la paja ante los cuatro vientos del cielo. Solo conseguí reunir a cien de ellos y no sé qué habrá sido del resto.
Luego llegó la retirada, seguida de otro avance y el sol brilló sobre nuestras armas en Culloden. Nuestros soldados lucharon como demonios y cuando la línea de batalla escocesa flaqueó y se rompió, no dieron cuartel y dejaron los caminos cubiertos de cadáveres hasta Inverness. Tras la masacre me enviaron en persecución del Pretendiente y demás residuos del territorio rebelde. Seguimos los pasos del príncipe Charley a fuego y espada, comprobando cualquier pista, incluso las falsas que nos daban los pérfidos habitantes de las montañas. Teniendo en cuenta la recompensa de treinta mil libras que pesaba sobre su cabeza, no era de extrañar que no perdiésemos el tiempo.
A mediados de julio, aunque mis hombres pedían a gritos un descanso, me apresuré a reunirme con Campbell y Scot, de quienes se rumoreaba que, junto con mil hombres, habían rodeado al príncipe. Al mismo tiempo se produjo un incidente sin importancia que enseguida se difundió fuera del país. Una decena de mis soldados de caballería, mientras batían la desolada extensión de tierra que recibe el nombre de Braes of Glenmoriston, se tropezaron con un acechador al que tomaron por el príncipe. En un santiamén corrían hacia Fort Augustus con su cabeza, dispuestos a recibir las treinta mil libras. La verdad es que el pobre diablo no era otro que Roderick Mackenzie, un jacobita importante que esperaba la oportunidad de escapar al extranjero. Debido a esa información, la búsqueda decayó y quienes creían tener rodeado al Pretendiente, al suponerlo ya detenido, omitieron perseguirlo. Debido a eso y a su buena suerte, consiguió dejar atrás los campamentos ingleses y dirigirse a Braes of Glenmoriston, con la esperanza de encontrarse con el Lochiel, el jefe del clan Cameron.
Así fue cómo me lo tropecé una tarde de llovizna. No resultaba un espectáculo grato teniendo en cuenta su soberbio linaje. Poco se parecía aquel renegado descalzo y sin afeitar, con la camisa sucia y la banda escocesa hecha jirones, a Carlos Eduardo, príncipe heredero de la corona sin valor alguno de Jacobo II. Iba fuertemente armado —un fusil en la mano y un puñal y una pistola al cinto—, pero los sufrimientos y las privaciones le habían quebrantado el espíritu y no nos dio problemas. Además, por motivos personales se comportó de tal forma que mis soldados no se enteraron de su verdadera identidad y creyeron que se trataba de Roderick Mackenzie. A mí no me interesaba que descubrieran la verdad, pues no había olvidado la traición de los villanos que en lugar de acudir a mí habían corrido hacia Fort Augustus con su trofeo infructuoso.
Permitiendo que la búsqueda continuase libremente, me retiré con mi real prisionero a Colin na Gaugh, una deprimente aldea de pescadores con unos pocos cientos de habitantes situada en el continente, frente a la isla de Skye. Tenía la intención de esperar allí la llegada del Balmoral, el barco del rey, que podría producirse en cualquier momento, porque en las Tierras Altas aún quedaban rescoldos de la rebelión y me parecía más sencillo llevar a mi prisionero a Inglaterra de aquella forma.
Los pescadores observaron imperturbables nuestra llegada y nos recibieron entre gestos hoscos y maldiciones en voz baja. Aunque no conocían al príncipe, imaginaron que se trataría de algún refugiado jacobita y se pusieron de su lado. Pero al mirar a mis fornidos muchachos, bien curtidos y marcados por unas cuantas campañas continentales, supe que pocos problemas podían causarnos. Además, perdonaba en parte a aquellos pobres diablos, porque nuestra bandera nunca había aparecido entre ellos si no era seguida de armas de fuego, espadas y el saqueo de una soldadesca licenciosa. En verdad tenían motivos para el rencor.
A pesar de sus míseras casuchas, la aldea comerciaba regularmente a lo largo de la costa y, según supe más tarde, también en el extranjero. Como resultado de ello contaba con un mesón que no estaba nada mal, y donde yo pretendía alojarme tras distribuir a mis hombres entre los aldeanos.
Allí conocí a Aline. Al acercarnos, la multitud que se agolpaba a la puerta de la posada y el griterío que producía nos dejó claro que ocurría algo fuera de lo normal. El rostro del posadero estaba rojo de ira y la voz aguda de su esposa subía de tono cada vez más, pero no eran capaces de acallar la intensa voz de una mujer de las Tierras Bajas, que devolvía sin demora cualquier ataque recibido. Luchaban con la lengua sin descanso, lanzando estocadas y clavando su filo con un vigor pocas veces visto. Roja de vergüenza, Aline intentaba en vano apartar de allí a su aya, aquella mujer de las Tierras Bajas y lengua mordaz. Comprendí que eran forasteras y tenían problemas, así que hice señas a un lugareño para que se acercara a mi estribo y me contase qué ocurría. Con la ayuda del príncipe, más versado en aquella jerga estrafalaria, supe que habían llegado a la zona poco tiempo antes, que no tenían dinero, nadie las conocía y el posadero las estaba echando a la calle.
Salté del caballo. Aline era una dama —eso podía verlo hasta el más zopenco— y tenía problemas. Mis soldados despejaron la calle mientras yo negociaba de tal forma con el bribón del posadero que, cuando por fin lo dejé marchar, las rodillas le temblaban con fuerza. Aline y su aya, una tal señora Saunders, volvieron a instalarse de inmediato y yo tuve el privilegio de contar con la presencia de la muchacha en mi mesa. Se trataba de una joven franca y encantadora que se entregó por completo a mi honor y me contó las circunstancias en las que se hallaba y los problemas que la acuciaban.
Su padre era un tal Lord Kilmarnock, muerto al otro lado del mar, en el exilio, debido al papel que su clan había jugado en un levantamiento anterior. Ella había pasado los últimos años de su niñez en Inglaterra para luego reunirse con su padre. Resultaba evidente que sus peregrinaciones a diferentes cortes extranjeras habían completado su formación y pulido sus modales, lo que le proporcionaba un aire anticuado y encantador: yo nunca había visto una joven como ella.
Su hermano, un niño criado por completo en el extranjero, había desenvainado la espada a favor de los Estuardo y cruzado junto al príncipe Chai-ley al principio de la rebelión. Desgarrada por la incertidumbre de su estado y la seguridad de que debía encontrarse huyendo para salvar la vida en algún punto de aquellas tierras desoladas, la joven se decidió a buscarlo y así dieron comienzo sus aventuras. Primero había recorrido todos los presidios militares, luego, convencida de que continuaba en libertad y probablemente cerca de donde se hallase el príncipe, había cruzado a la costa este de la isla de Skye en un lugre. Sin haberlo encontrado, volvió a cruzar en un barco de pesca para adentrarse en lo más intricado del territorio del Lochiel. Se había encontrado con el jefe del clan, quien la trató con la mayor de las cortesías y le aconsejó que probase en la zona de Colin na Gaugh. Él también se ocultaba y no podía hacer nada más por ayudarla.
Al cruzar el paso de Glen Moidart, una banda de villanos cuya descripción parecía concordar con la de mis soldados huidos con la cabeza de Roderick Mackenzie mataron a su criado y a ella se lo robaron todo, incluso el broche de su padre. Había logrado llegar a Colin na Gaugh y yo mismo había sido testigo de sus problemas con el posadero. La fiel señora Saunders la acompañó durante todas esas vicisitudes y aquella locuaz mujer la había protegido en más de una ocasión. Aline decía tener parientes en Inglaterra que la ayudarían y yo prometí llevarla junto a ellos, mientras agradecía a los dioses semejante privilegio. La joven se había resignado a no encontrar a su hermano, quien sin duda ya había cruzado los mares o se hallaba escondido con el príncipe. Resultaba evidente que nunca había visto al príncipe durante sus años en el extranjero o, si lo había visto, desde luego había olvidado su rostro.
Así fue cómo el príncipe Charley, Aline, la señora Saunders, mi teniente y yo llegamos a alojarnos en la misma posada, circunstancia que estaba destinada a causar curiosas complicaciones.
Pero ahora debo hablar de Julián Ramsay, mi teniente. Llevábamos ya casi un año trabajando hombro con hombro, pero no había llegado a conocerlo bien. Era de buena familia, un caballero, buen soldado y valiente, aunque… bueno, parecía haberse equivocado de profesión. Resultaba demasiado estirado, bondadoso y pesimista para la vida de campamento. La Iglesia habría encontrado en él un magnífico servidor. Sin embargo, se trataba de un espadachín extraordinario y apuesto, de los que suelen romper los corazones femeninos, a pesar de que en su caso su taciturnidad y frialdad habituales parecían desmentirlo. Resumiendo: que mientras hacíamos planes y discutíamos los pasos a seguir no éramos lo que suele llamarse compañeros de armas.
Al principio sentí miedo de Aline y no supe cómo tratarla. Su actitud se componía de una mezcla extraña y pintoresca de inocencia infantil y el dominio propio de la mujer que conoce mundo. Pero pronto nos habituamos el uno al otro y nuestra relación se vio caracterizada por una ternura encantadora. Nos apreciábamos mucho, vivíamos el presente y rehuíamos cualquier pensamiento de futuro.
Los dioses nos fueron propicios. De forma inesperada, la señora Saunders no nos causó problemas, dedicada al estudio reflexivo del Nuevo Testamento, del que pocas veces prescindía, excepto para estremecer nuestra sangre con sus diatribas calvinistas sobre los pecados de la carne y las aflicciones del alma. En cuanto al príncipe, era un tipo estupendo que simpatizaba con nosotros de manera paternal y representaba a la perfección su papel de mercader con mala suerte. Solo en una ocasión nos enfrentamos, cuando me habló de su buen amigo Luis XIV2, de las ventajas que un soldado tan capaz como yo obtendría a su servicio y la posibilidad de recibir cincuenta mil libras si actuaba con discreción. Me temo que lo hice callar con brusquedad, aunque a la mañana siguiente se comportó de forma más afable que nunca y no dio muestras de guardarme rencor.
Pero Julián Ramsay me preocupaba bastante. Se volvió huraño, incrementó su austeridad y su mirada destilaba furia cada vez que nos veía a Aline y a mí juntos. En una ocasión lo vi, por casualidad, luchando consigo mismo, y la imagen de aquel soldado tan fuerte, en el suelo, gimiendo, lamentándose y elevando sus quejas al cielo provocó en mí un miedo distinto a todo lo que hasta entonces había sentido. No es bueno que un caballero y soldado del rey se arrogue el trabajo del sacerdote. En otro momento discutimos porqué él llevaba muy mal nuestra falta de acción y estaba a favor de guiar las tropas a través de las Tierras Altas hasta Inglaterra en lugar de aguardar la llegada del Balmoral.
Aún debo mencionar otro asunto que aconteció antes de la primera escena que he descrito. Una noche, al regresar tras realizar una visita al lugar donde, según los rumores, se ocultaba el Lochiel —el jefe del clan—, encontré a Aline conversando con un montañés con aspecto de jacobita. Logré vislumbrar un rostro barbudo de ojos negros y feroces. Antes de que pudiera ponerle las manos encima se escabulló en la oscuridad y, aunque mis soldados batieron el páramo con gran cuidado, no encontraron ni rastro del villano.
No sabía qué pensar. Al principio creí que era traición, pero Aline confesó con total franqueza y me contó que a aquel hombre lo había enviado el Lochiel para darle noticias de su hermano y que nuestra aparición lo había asustado. Al oírlo, le prometí que, si podía ponerse en contacto con su hermano y lograba que se uniese a ella, yo haría lo posible por conseguir su perdón. No me jugaba nada con la promesa porque sabía que uno de mis parientes estaría al mando y me concedería lo que le pidiese en cuanto entregara a mi real prisionero en Inglaterra.
A mediados de septiembre un pescador trajo la noticia de que se habían avistado dos buques franceses en la costa de Moidart, sin duda a la espera de embarcar al príncipe. Pero habíamos ocultado tan bien su identidad que yo no temía problemas y unos días después el Balmoral llegó a puerto.
Desde su arrebato, Aline se había vuelto más cariñosa. Creo que también estaba más triste, aunque para mí siempre tenía una sonrisa dulce y una palabra tierna. En una ocasión la encontré llorando y otra vez lloró sobre mi hombro como si tuviese roto el corazón. Sin embargo, yo lo atribuí a un sentimiento algo infantil, lo cual resultaba lógico porque su aspecto pensativo me parecía de lo más encantador.
El día en que debíamos embarcar llegó la noticia de que el Lochiel se acercaba a la costa en un intento por huir a bordo de uno de los buques franceses. Se decía que llevaba muchos seguidores con él, por lo que envié a Ramsay con casi todo el escuadrón para que lo interceptase y reservé solo media docena de hombres para la guardia del príncipe.
Entonces Aline empezó a rogarme que aguardase a la mañana siguiente para subir a bordo y resultó tan convincente en su petición de unas pocas horas más juntos y tranquilos que consentí, tras haber recibido el informe del capitán del Balmoral, según el cual la marea no nos resultaría favorable hasta el mediodía.
A última hora de la tarde el posadero me entregó un mensaje verbal que acababa de darle un sirviente del clan del Lochiel. Dijo que el mensajero era un joven ignorante e imprudente, tan temeroso de que se lo llevaran en el barco del rey que había salido huyendo. El mensaje decía que el hermano de Aline, tras recibir las palabras de su hermana y tomar la decisión de unirse a ella, había caído enfermo a unos doce kilómetros de distancia y se encontraba en la cabaña de un tal Dougald, pescador. Se puso contentísima con la noticia y yo envíe a cuatro de mis hombres a buscarlo.
Tras unas partidas de whist, el príncipe se retiró y nos dejó solos. Durante un buen rato permanecimos sentados en silencio, disfrutando del simple contacto de nuestras manos. Nunca antes había experimentado la dulce dicha que proporciona un silencio así y creo que nunca volveré a disfrutarlo. Oímos sonar las campanas del barco una y otra vez, pero al poco de sonar seis veces, uno de los hombres que se habían quedado conmigo subió las escaleras trastabillando y llamó a la puerta. Habían encendido una hoguera en el gran acantilado de Colin na Gaugh y venía a llamar mi atención al respecto. Se trataba de algún tipo de señal. Como aquellos tiempos revueltos favorecían que los contrabandistas dominasen la costa, no era necesario preocuparse.
Más o menos media hora después oí pasos en las escaleras. Pensé que no podían haber regresado tan pronto, pero antes de que me diese tiempo a levantarme, Aline se arrojó a mis brazos asustada, casi como si adivinara lo que iba a ocurrir. Intenté apartarla de mí, sin embargo ella continuó agarrada a mi cuello. Ni siquiera entonces comprendí. Se oían las pisadas de muchos hombres. La puerta se abrió en el momento en que conseguía levantarme y vislumbré al montañés de la barba morena, uniformes franceses y el brillo de la luz de las velas al incidir en los claymores y alfanjes. Intenté apartar a Aline de mí, pero ella se agarraba con más fuerza, pegando sus extremidades a las mías e impidiendo que desenvainara la pistola.
—¡No le hagáis daño! —gritó—. ¡Por favor, no le hagáis daño!
Pero yo lancé un juramento, la arrojé contra la mesa mientras continuaba pidiendo que no me hicieran daño y me situé de espaldas a la puerta del príncipe, para protegerla. El círculo de acero se acercaba y, a pesar de no tener escapatoria, rechazaba con valor las estocadas. Sin duda habría dejado mi cuerpo en aquel umbral si el príncipe no hubiese abierto la puerta para hacerme caer desde atrás. Luego todos pasaron por encima de mí.
—¡Por favor, no! ¡No le hagáis daño! —volvió a gritar Aline.
Entonces alguien me dio un golpe en la cabeza con la parte plana de un alfanje y me arrastraron a un lado.
No debí perder del todo el sentido porque cuando abrí los ojos el príncipe se marchaba, flanqueado por un oficial francés y un jefe de clan. Yo estaba tan mareado que no podía ponerme de pie. Motivos para estarlo tenía porque Aline se acurrucaba en los brazos del tipo de la barba morena y lo besaba. Fue solo un segundo, luego él la dejó en el suelo otra vez. Ella hizo ademán de acercarse a mí, pero él la sujetó por la cintura y se la llevó de allí.
La aldea estaba alborotada y oí que a bordo del Balmoral se llamaba a todo el mundo a sus puestos de combate. A continuación llegó el mido de los cascos de los caballos al recorrer la calle pedregosa, el tintineo de las armas pequeñas y el entrechocar de los aceros. Julián Ramsay había regresado.
Bajé como pude las escaleras hasta el patio interior. A la luz de la luna vi cómo zarpaba de la playa el último de los botes mientras los que estaban en la orilla disparaban sin cesar. El Balmoral empezó a descargar sus cañones de seis libras y a arriar los botes, pero en lo que a nosotros respectaba, la batalla había terminado. ¡Había terminado y estaba perdida!
—¡Por todos los santos, sí que la habéis hecho buena! ¿Dónde está Aline?
Ramsay se había acercado a mí y los soldados empezaban a rodearnos. Me limpié la sangre que se empeñaba en nublarme la visión y me reí. Sí, me reí con fuerza, con ganas y con mucha rabia. En otro momento le habría golpeado esa cara de cura que tenía con la parte plana de mi espada por su insolencia hacia ella, pero ahora bien podría él haberse limpiado la sangre de las manos en las enaguas de ella que yo continuaría riéndome.
Trajeron ante mí a unos diez prisioneros, marineros franceses y soldados del Lochiel.
—Soltadlos —ordené.
—Pero… —protestó Ramsay.
—Soltadlos —repetí.
—Os arrepentiréis de esto si…
—¡Santo Dios! ¿Tendré que recordaros que yo soy el capitán? —estallé y luego dije—; ¡Pamplinas! —y me eché a reír.
Los soldados estaban perplejos y algunos de las filas posteriores empezaron a hacer coro a mis risas. Luego dos de ellos trajeron a Aline. Evidentemente, su amante la había perdido en medio de la pelea.
—¡Soltadla! —ordené.
Me saludaron y retrocedieron, dejándola sola en medio del círculo, junto a Ramsay y a mí. Recuerdo la escena a la perfección: ella pálida, Ramsay rojo de ira, el círculo de soldados y en especial uno de ellos, que se ocupaba en hacerse un torniquete por encima de un buen tajo que tenía en la muñeca. Se había detenido con el nudo a medio apretar, con un extremo del pañuelo entre los dientes y los ojos clavados en mí con una mirada divertida y expectante. La sangre caía sobre su silla de montar y goteaba encima de la tierra empapada entre los cascos de su caballo.
Yo estaba tranquilo. Ahora ya veía clara toda la historia, desde que el posadero la había echado de su casa, pasando por el montañés barbudo y la huida del príncipe Charley. ¿Qué iba a decir mi pariente al mando? Treinta mil libras, una oportunidad única para ascender, mi amada, honores… ¡Me lo habían arrebatado todo! Sin embargo, conservaba la calma e incluso sentía curiosidad por ver cómo acababa aquello.
Ella dio un paso hacia mí, pero le hice un gesto para que se apartara.
—Griffith… yo… si permitís que os lo explique…
—¡Si permito que me lo expliquéis! —grité—. Llegará el día en el que Judas Iscariote explique lo de sus treinta monedas de plata. Ese mismo día podréis explicar vos lo de vuestros besos. En una ocasión me contasteis lo que seríais capaz de hacer por un hombre. Fui un necio. Creí que yo era ese hombre porque os entregabais a mis abrazos y me colmabais de atenciones y mentiras. ¡Pero no! ¡Sois una libertina!
Se lo tomó con calma, pero cuando mis dientes rasgaron esa última palabra, tan severa, exclamó:
—¡No! ¡No! ¡Eso no! —y se tambaleó ligeramente, como si estuviera a punto de caer.
Sin darme cuenta, alargué el brazo para sujetarla, pero Ramsay me dio un golpe en el pecho y me hizo retroceder.
—¡Canalla! —dijo mientras la atraía hacia él—. Como le pongáis la mano encima, lo olvidaré todo, excepto que vos…
—Soy vuestro capitán y un canalla. —Estaba decidido a hacérselas pagar, pero antes quería decir lo que tenía que decir—. Calma, calmaos, por favor. ¿Así que, otro enamorado? No creo que os dedicara demasiadas horas. Aunque quizás también se esmerase con mis soldados. ¡Hildgart! Venid aquí.
El gigantón bajó del caballo, caminó hacia nosotros y saludó con una sonrisa tonta en la cara.
—¿Conocéis a esta mujer? ¿Habéis escuchado sus cantos de sirena? ¿Habéis recibido los besos ligeros de sus labios? ¿O despeinado su hermosa cabellera con esa zarpa de oso que tenéis por mano? Mirad con atención, es posible que lo recordéis. ¿No? Qué extraño, resulta muy extraño. Tal vez os haya pasado por alto entre tantos muchachos buenos. ¡Podéis marchaos, ya que no la conocéis!
Yo tenía en mente decir muchas cosas desagradables para herirla porque me dolía el alma, pero Ramsay se abalanzó sobre mí y me obligó a desenvainar.
—Como que hay un Dios en los cielos, voy a mataros, Griffith Risingham.
Eso dijo Ramsay y eso creía. Yo también. Luché con cuidado, disfrutando al prolongar el final. Ya no me quedaba nada por lo que vivir. La muerte parecía lo mejor. Y él era un buen espadachín, formado en la escuela italiana. No tenía esperanzas, sabía que no podría ni tocarlo.
El círculo se amplió. Por más que lo intenté, no logré romperle la guardia. Entonces fui obligándolo a girar poco a poco hasta que la luz de la luna le dio de lleno en los ojos, pero no pareció importarle, como si estuviese seguro de cuál sería el resultado. Yo observa sus ojos con gran atención porque temía que utilizase alguno de sus trucos italianos y, de repente, ¡zas!, su mano no siguió al ojo y yo, engañado, sentí que mis costillas desviaban el acero. Supe que me había llegado la hora. Solo el demonio puede disociar la mano del ojo.
Dos veces me hirió y empecé a debilitarme debido a la sangre que perdía. Luego me llevó de cara a la luz de la luna. Mi final se acercaba: una finta, un cruce rápido, un giro y la hoja cayó de mi mano. Alzó la espada para el último pase. Vislumbré a Aline por encima de su hombro. Rezaba. Me fijé en el soldado, que continuaba con el nudo a medio apretar y el pañuelo entre los dientes.
Pero los dioses me apreciaban. Su brazo cayó a un lado sin soltar el golpe, un chorro de sangre manó de su boca y él se fue derrumbando despacio, muy despacio. Luego el círculo empezó a desvanecerse, a hacerse borroso. El soldado apretó el nudo y lo hizo doble. Se había acabado el espectáculo y los actores abandonaron el escenario.
UN AÑO DESPUÉS me encontraba en Francia realizando una misión secreta. La verdadera historia de la huida del príncipe Charley no se había hecho pública y todos suponían que los días que pasó retenido por mí en Colin na Gaugh en realidad estuvo refugiado en una cueva natural de la montaña. Me han contado que incluso hoy en día los guías escoceses la muestran como tal. Que así sea. Mi pariente al mando nunca se enteró y una vez más la historia fue responsable del error. Cuando regresé, el rey decidió recompensarme por mis servicios.
Julián Ramsay continúa enterrado en la deprimente aldea de pescadores. Como supe más adelante, su muerte se debió a una bala que se le había alojado en los pulmones, recibida durante la lucha en la playa previa a nuestro duelo. ¡Pobre hombre! Aquella noche fui muy duro e injusto con él y con ella. Si él la amaba, había guardado muy bien el secreto. Pero un corazón resentido dice cosas terribles. En cuanto a ella, no había vuelto a verla. Mi cirujano la apartó de mí y los soldados se la llevaron de la posada.
¡Ay, si pudiera olvidarla! ¿Y perdonarla? Se lo había perdonado todo, excepto una cosa. Como yo anteponía mi lealtad hacia el rey Jorge al amor y a cualquier otra cosa, de la misma forma había sido ella leal a su padre, a la causa por la que el hombre había muerto y al príncipe Charley. Eso podía comprenderlo y perdonarlo, pero ¡ese amante montañés de la barba morena! Ah, ¿por qué no la olvidaba? ¿Por qué continuaba soñando con ella, oía su voz y la veía como en los viejos tiempos?
Así me abría paso por la calle oscura, olvidado de mi misión, meditando sobre el pasado. Empezaba a anochecer y París aún bullía de actividad.
Por delante de mí avanzaba otro peatón, caballero y soldado, si su porte no me engañaba. Caminaba sin prisa y pronto lo alcancé. Una mirada bastó para reconocernos. Era el montañés, aunque sin barba.
—¡Hola, camarada! —exclamó con alegría en inglés mientras alargaba su mano para estrechar la mía.
—¿Camarada? No, os debo demasiado —respondí acaloradamente, porque estaba furioso con aquel hombre por haber permitido que Aline, siendo su prometida, se tomase tantas libertades conmigo, aunque fuese por su príncipe.
—No es cierto —respondió—. Yo os debo a vos la cantidad de treinta mil libras. Es lo que perdisteis, ¿no? Pero así es la guerra. Aunque habrías ganado el deseo de vuestro corazón, de haberlo querido.
—¡Qué valor! ¡Vuestro juguete de oropel abandonado! —exclamé—. ¡El deseo de vuestro corazón! En mi país no nos los pasamos de hombre en hombre. (Como pretendía, eso le hizo daño porque se sobresaltó y me miró muy serio). En mi país tratamos mejor a nuestros juguetes, pero vos…. ¡Si sois un hombre, desenvainad!
—Es curioso, sí. Eso no se me había ocurrido —reflexionó en voz alta.
—Vamos —me burlé—, ¿o acaso debo consideraros un cobarde?
—Calma, calma. Existe un nuevo edicto tocante a los duelos y el rey no es partidario de los aventureros extranjeros. Sin embargo, os daré satisfacción, aunque antes he de ocuparme de un asunto. Por mi honor os aseguro que no busco haceros mal. Venid conmigo para que pueda despedirme de un familiar muy querido. Luego os guiaré a un lugar tranquilo donde podremos resolver nuestras diferencias.
Asentí con la cabeza y emprendimos la marcha. Aquel montañés que no tenía acento de montañés no era un cobarde. Y Aline… ¿me estaría conduciendo hasta ella para poder decirle adiós? Por fin llegamos a una zona de calles más anchas y entramos en un edificio antiguo, de piedra.
Tras detenernos ante una puerta en el descansillo de la segunda planta, me dijo:
—Debo hablar con mi criado. Mi hermana se ocupará de usted mientras tanto.
Me empujó al interior de una sala y cerró la puerta. Allí estaba Aline, inclinada sobre un bastidor de bordar, con el rostro algo más delgado y triste. Miré a mi alrededor en busca de otra persona, pero no había nadie.
¡Qué idiota había sido! ¿Podría perdonarme ella alguna vez?
El hermano regresó una hora después.
—Disculpad el retraso —dijo, mientras se acercaba a mí—. Ahora ya podemos pasar al patio de atrás. Os aseguro que se trata de un lugar muy tranquilo y…
Pero la desavenencia entre la Casa de Estuardo y la Casa de Hanover quedó olvidada en un abrazo, como el que a veces resulta apropiado entre hombres.
[1899]
- Carlos Eduardo Estuardo (1720-1788), último de los Estuardo en reclamar su derecho al trono inglés. Después del levantamiento jacobita de 1745, que obtuvo rápidas e importantes victorias, sus fuerzas acabaron vencidas y dispersas tras la batalla de Culloden (1746). ↩︎
- En realidad fue Luis XV el rey francés quien ayudó a Carlos Eduardo en su levantamiento jacobita de 1745. Luis XIV ayudó a Jacobo Estuardo, padre de Carlos, en su intento por recuperar el trono inglés en los dos primeros levantamientos jacobitas. ↩︎

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