LA HABÍA PERDIDO en algún punto de Theater Street. Recordaba que lo habían empujado con cierta brusquedad en el puente sobre uno de los canales que cruzaba esa vía tan transitada. Seguramente algún carterista de dedos ligeros y ojos rasgados estaría disfrutando en aquel mismo instante de los cincuenta y pico yenes que llevaba en la cartera. Aunque también podía haberla perdido él mismo por puro descuido.
Desesperado y por enésima vez registró todos sus bolsillos en busca del monedero perdido. No estaba. Su mano se entretuvo en el vacío bolsillo trasero y recordó con pesadumbre al locuaz y vociferante regente del restaurante, que exigía como loco:
—¡Veinticinco sen! ¡Pagar ahora! ¡Veinticinco sen!
—¡Pero ya le he dicho que no tengo la cartera! —se explicó el joven—. La he perdido.
Tras lo cual el del restaurante levantó los brazos indignado y gritó:
—¡Veinticinco sen! ¡Veinticinco sen! ¡Pagar ahora!
Se había juntado una buena multitud y Alf Davis empezaba a sentirse molesto.
Aquello era tan ridículo como insignificante, pensó Alf. ¡Semejante jaleo por nada! Tenía que hacer algo de inmediato. Se imaginó agachándose para huir entre el bosque de piernas, librándose a puñetazos de quien quisiera detenerlo; pero uno de los camareros, como si hubiese adivinado sus intenciones —un tipo bajo y fortachón, un bizco de aspecto siniestro—, lo agarró del brazo.
—¡Pagar ahora! ¡Pagar ahora! ¡Veinticinco sen! —gritó el propietario, ronco de ira.
Alf estaba colorado de vergüenza pero se dispuso a realizar otra exploración sin perder más tiempo. Renunció a encontrar la cartera y depositó toda su esperanza en las monedas sueltas. En el pequeño bolsillo de su chaqueta destinado a guardarlas encontró una de diez sen y otra de cinco y, al recordar que no hacía mucho había echado en falta otra moneda de diez sen, descosió la costura del bolsillo y rescató la moneda de las profundidades del forro. Tenía en la mano veinticinco sen, la suma que le pedían por la cena que había tomado. Se las entregó al propietario, que las contó, se tranquilizó de inmediato y se inclinó servilmente ante él. De hecho, la multitud entera se inclinó ante él servilmente y desapareció.
Alf Davis era un joven marinero que acababa de cumplir los dieciséis y estaba enrolado en la Annie Mine, una goleta estadounidense que había entrado en Yokohama para enviar a Londres las pieles reunidas en toda la temporada. Aquel era su segundo viaje a tierra y empezaba a adivinar, asombrado, los primeros atisbos de la mente oriental. Se rio cuando terminaron de inclinarse y postrarse y se dio la vuelta para enfrentarse a otro problema. ¿Cómo iba a llegar hasta su barco? Eran las once de la noche, por lo que los botes de a bordo ya no estarían en la orilla, y la posibilidad de contratar a un barquero nativo no resultaba demasiado alentadora, teniendo en cuenta que sus bolsillos estaban vacíos.
Empezó a caminar hacia el muelle sin dejar de buscar a alguno de sus compañeros de tripulación. En Yokohama no hay hileras de largos embarcaderos. Los barcos fondean a lo lejos y eso permite que unos cuantos cientos de personas paticortas se ganen la vida llevando pasajeros desde la orilla y viceversa.
Una docena de hombres y niños de los sampanes saludaron a Alf y le ofrecieron sus servicios. Escogió al que le pareció más favorable, un anciano de aspecto caritativo con una pierna atrofiada. Alf entró en su sampán y se sentó. Estaba muy oscuro y no veía lo que hacía el anciano, aunque evidentemente no intentaba alejarse de la orilla y ponerse en marcha. Por fin se acercó cojeando y miró a Alf a la cara.
—Diez sen —dijo.
—Sí, ya sé que son diez sen —respondió Alf con aire despreocupado—. Pero dese prisa. A la goleta norteamericana.
—Diez sen. Pagar ahora —insistió el anciano.
Alf sintió que le hervía la sangre al oír esas odiosas palabras, «pagar ahora».
—Lléveme a la goleta americana y le pagaré —dijo.
Pero el hombre permaneció de pie frente a él, sin perder la paciencia, extendió la mano y dijo:
—Diez sen. Pagar ahora.
Alf intentó explicar su situación. No tenía dinero. Había perdido la cartera. Pero pagaría. En cuanto subiese a bordo de la goleta americana, pagaría. No, no subiría a bordo de la goleta. Llamaría a sus compañeros de tripulación desde el sampán y pagaría los diez sen. Después subiría a bordo. Así que no había problema.
A todo eso el anciano de aspecto caritativo respondió:
—Pagar ahora. Diez sen.
Para empeorar las cosas, los de los otros sampanes se acomodaron de cuclillas en las escaleras del muelle a fin de oír mejor.
Alf, enfadado y muy molesto, se levantó para volver a tierra. Pero el anciano posó una mano en su manga, con intención de detenerlo.
—Darme camisa ahora. Yo llevar goleta mericana —propuso.
En ese momento, toda la independencia americana de Alf se encendió en su pecho. El anglosajón lleva en la sangre odiar que abusen de él y a Alf aquello le parecía un robo a mano armada. Diez sen equivalían a seis centavos de dólar americano, mientras que su camisa, que era nueva y de buena calidad, le había costado dos dólares.
Le dio la espalda al hombre sin dirigirle una sola palabra y llegó hasta el final del muelle mientras el gentío encantado, riéndose de él, lo seguía de cerca. En su mayoría estaba compuesto por tipos musculosos y fornidos que, como la noche de julio resultaba sofocante, llevaban encima la menor cantidad posible de ropa. Los marineros, pescadores y demás gentes relacionadas con el mar, sea cual sea su raza, son peleones y dados a los desórdenes, y Alf comprendió de repente que encontrarse a media noche en el extremo de un muelle entre semejante pandilla de barqueros, en una gran ciudad japonesa, no resultaba tan seguro como debería.
Un tipo corpulento de pelambrera negra y ojos feroces se acercó a él. Los demás lo siguieron para no perderse la conversación.
—Darme zapatos —dijo el hombre—. Darme zapatos ahora. Yo llevar goleta mericana.
Alf negó con la cabeza y la multitud le gritó que aceptase la propuesta. Sin embargo, el anglosajón está hecho de tal manera que intimidarlo o amenazarlo es la peor forma posible de lograr que haga algo en concreto. Lo hará si así lo desea, pero nunca permitirá que lo obliguen a hacerlo. De manera que aquella intentona de los barqueros por coaccionar a Alf solo logró despertar en él toda la perseverante terquedad de su raza. Él reunía las mismas cualidades de quienes albergan vanas esperanzas; y allí, bajo las estrellas, en aquel muelle solitario, rodeado de aquel grupo que lo empujaba y acorralaba, decidió que moriría antes de someterse a la indignidad de que le robasen una sola puntada de su ropa. Ya no era cuestión de dinero, sino de principios.
Entonces alguien lo empujó con fuerza por detrás. Se dio la vuelta como un rayo, con los ojos lanzando destellos de ira, y el círculo cedió terreno sin quererlo. Pero el gentío alborotaba cada vez más. Uno u otro le exigieron todas y cada una de las prendas que llevaba, gritando a voz en cuello de forma simultánea.
Alf había dejado de responder hacía ya rato, pero sabía que la situación se volvía peligrosa y que solo le quedaba escapar de allí. Firmeza y tenacidad asomaron a su rostro, los ojos brillaron como puntas de acero y el cuerpo reflejó confianza y entereza. Ese aire de determinación impresionó lo bastante a los barqueros como para que le abriesen camino y le cediesen el paso cuando echó a andar hacia el extremo del muelle próximo a la orilla. Pero lo acompañaron, flanqueándolo y siguiéndolo, mientras gritaban y se reían cada vez más alto. Uno de los más jóvenes, más o menos de la estatura y complexión de Alf, tuvo el descaro de arrancarle el gorro de la cabeza pero, antes de que lograra ponérselo, Alf le dio un puñetazo por encima del hombro y lo hizo rodar sobre las piedras.
El gorro salió despedido y desapareció entre la maraña de piernas. Alf pensó con rapidez: su orgullo de marinero no le permitía dejar su gorro en manos de aquellos tipos. Siguió la dirección que había tomado y lo encontró bajo el pie descalzo de un hombre robusto que mantenía todo su peso sobre él. Alf intentó recuperarlo tirando de él repentinamente, aunque fracasó. Empujó la pierna del hombre, pero el otro se limitó a gruñir. Aquello era un desafío en toda regla y Alf lo aceptó. Como el rayo, pasó una pierna por detrás del hombre y golpeó con fuerza su pecho con el hombro. Nada pudo librarlo de la rotunda fuerza de aquel truco y cayó hacia atrás sin remedio.
El gorro volvió de inmediato a la cabeza de Alf, que se protegía con los puños por delante. Se giró de repente para evitar que lo atacasen por detrás y todos los que allí se encontraban salieron huyendo. Eso era lo que quería. Ya no había obstáculos entre él y la orilla. El muelle era estrecho. Continuó la retirada de frente a ellos y amenazando con el puño a quienes intentaban adelantarlo por los flancos. Resultaba emocionante aquello de caminar de espaldas y controlar al mismo tiempo semejante masa de hombres que avanzaban en tropel. Pero en todo el mundo los pueblos de piel oscura han aprendido a respetar el puño del hombre blanco y, más que su propio aspecto belicoso, fueron las peleas sostenidas antes por muchos marineros lo que proporcionó la victoria a Alf.
En el punto donde el muelle se unía a la costa se encontraba la comisaría de la Policía portuaria y Alf entró de espaldas en la oficina iluminada por la luz eléctrica, para regocijo del pulcro teniente que estaba al mando. Los barqueros, de repente silenciosos y tranquilos, se apiñaron como moscas alrededor de la puerta abierta, a través de la que veían y oían todo lo que pasaba.
Alf explicó su situación en pocas palabras y exigió, como privilegio de un extranjero en tierra extraña, que el teniente lo llevase a bordo en la lancha de la Policía. A su vez el teniente, que se sabía de memoria todas las normas y regulaciones, le explicó que los policías portuarios no eran barqueros y que sus lanchas tenían otras funciones que cumplir, distintas a la de transportar hasta sus barcos a los marineros sin blanca y que llegaban tarde. También dijo que sabía que los hombres de los sampanes eran ladrones por naturaleza, pero que mientras robasen dentro de la ley él no podría hacer nada. Tenían derecho a cobrar por adelantado y, ¿quién era él para ordenarles que aceptasen un pasajero y le cobrasen al final del viaje? Alf reconoció que tenía razón en lo que decía y le sugirió que, aunque no podía dar esa orden, sí estaba en sus manos convencerlos. El teniente aceptó y se acercó a la puerta, desde donde pronunció un discurso a la multitud. Pero ellos también conocían sus derechos y, cuando el oficial terminó de hablar, gritaron a coro su abominable «¡Diez sen! ¡Pagar ahora! ¡Pagar ahora!».
—Ya ve. No puedo hacer nada —dijo el teniente, que por cierto hablaba un inglés impecable—. Pero les he advertido que no le hagan daño ni lo molesten, así que al menos estará a salvo. La noche es cálida y ya ha transcurrido la mitad. Túmbese en algún sitio y duerma. Le permitiría hacerlo aquí, en comisaría, si no fuese en contra de las normas y regulaciones.
Alf le agradeció su cortesía y amabilidad, pero los hombres de los sampanes habían despertado en él todo el orgullo y la tenacidad de su raza, por lo que no podía resolver el problema de esa forma. Quedarse a dormir sobre las piedras era reconocer su derrota.
—¿Los barqueros se niegan a llevarme?
El teniente afirmó con la cabeza.
—¿Y usted se niega a acercarme?
El teniente repitió el gesto.
—Pero no hay norma o regulación que diga que puede usted impedir que me acerque yo mismo, ¿verdad?
El teniente se quedó perplejo.
—No hay lancha —respondió.
—No se trata de eso —afirmó Alf en tono enérgico—. Si me acerco yo solo, ¿todos satisfechos y sin problemas?
—Sí. Lo que dice es verdad —perseveró el teniente asombrado—. Pero usted no puede acercarse a sí mismo.
—Ya verá como sí —fue la respuesta.
Alf dejó caer su gorro al suelo de la oficina. Se quitó un zapato y luego el otro, a los que siguieron los pantalones y la camisa.
—Recuerde que yo, ciudadano de Estados Unidos —dijo con voz altisonante—, hago responsables de estas ropas a usted, a la ciudad de Yokohama y al Gobierno de Japón. Buenas noches.
Cruzó el umbral, dispersando a ambos lados a los asombrados barqueros, y corrió por el muelle. Pero se recuperaron enseguida y corrieron tras él, gritando alegres ante aquella nueva fase de la situación. Fue una noche que aquellos boteros de la ciudad de Yokohama recordaron durante mucho tiempo. Alf corrió hasta el final del muelle y, sin detenerse, se zambulló limpiamente en el agua. Avanzó nadando a crol con fuerza hasta que la curiosidad lo llevo a detenerse un momento. En medio de la oscuridad, desde donde debería estar el muelle, le llegaron las voces que lo llamaban.
Se puso boca arriba, flotando, y oyó.
—¡Vale! ¡Vale! —distinguió en medio de la algarabía—. No pagar ahora. Pagar llegar. ¡Volver! ¡Volver ahora! ¡Pagar llegar!
—No, gracias —respondió—. No pienso pagar nada. Buenas noches.
Se dio la vuelta de nuevo para localizar a la Annie Mine. Se encontraba a una milla de distancia, si no era más, y en la oscuridad no resultaba fácil orientarse bien. Primero se fijó en un grupo de luces que solo podían pertenecer a un buque de guerra. Tenía que ser el Lancaster, de los Estados Unidos de América. Hacia la izquierda y más atrás estaría el Annie Mine. Pero a la izquierda divisó tres luces muy juntas. No podía tratarse de la goleta. Durante un instante se sintió confuso. Volvió a ponerse boca arriba y cerró los ojos para intentar formarse una imagen mental del puerto tal y como lo había visto de día. Recuperó su postura anterior mientras dejaba escapar un gruñido de satisfacción. Sin duda las tres luces pertenecían al enorme carguero inglés, por lo que la goleta tenía que estar en algún punto entre las tres luces y el Lancaster. Miró durante mucho tiempo, fijamente, y allí, muy tenue y casi invisible pero en el punto donde él esperaba verla, brillaba una única luz, la luz de fondeo de la Annie Mine.
Fue un baño muy agradable a la luz de las estrellas. La temperatura del aire era tan cálida como la del agua y el agua parecía leche templada. En la boca sentía su agradable sabor salado y en las extremidades su cosquilleo. El firme latido de su corazón, pesado y fuerte, le hizo apreciar la alegría de vivir.
Pero además de resultar espléndido, aquel baño transcurrió sin incidentes. Por la derecha dejó atrás al Lancaster y sus muchas luces y a la izquierda al carguero inglés; al poco el Annie Mine se erguía ante él. Agarró la escalera de cuerda y subió a bordo sin hacer ruido. No había nadie a la vista. Vio una luz en la cocina y supo que el hijo del capitán, que se ocupaba de la guardia de fondeo, estaba haciendo café. Alf siguió camino hasta el castillo de proa. Los hombres roncaban en sus literas y, en aquel espacio tan reducido, el aire le pareció irrespirable. Así que se puso una ligera camisa de algodón y un pantalón de peto vaquero, encajó bajo el brazo manta y almohada, y subió a cubierta, al extremo de la proa.
Acababa de dormirse cuando lo despertó el ruido de una lancha que se detuvo junto a la goleta y desde la que llamaron al guardia. Era la lancha de la Policía y Alf tuvo el placer de disfrutar de la alterada conversación que enseguida se produjo. Sí, el hijo del capitán reconocía aquellas ropas. Pertenecían a Alf Davis, uno de los marineros. ¿Qué había ocurrido? No, Alf Davis no había subido a bordo. Estaba en tierra. ¿Que no estaba en tierra? Pues entonces tenía que haberse ahogado. En ese momento el teniente y el hijo del capitán hablaron a la vez y Alf no entendió lo que dijeron. Luego los oyó acercarse y despertar a la tripulación. Los hombres gruñeron adormilados y dijeron que Alf Davis no estaba en el castillo de proa, tras lo que el hijo del capitán se indignó por la forma de comportarse de la Policía de Yokohama y el teniente citó normas y regulaciones en tono desesperado.
Alf salió del extremo de la proa, extendió la mano y dijo:
—Creo que esa ropa me pertenece. Gracias por traérmela a bordo tan pronto.
—No sé por qué no pudo traerla puesta —comentó el hijo del capitán.
El teniente de la Policía no dijo nada, aunque entregó las prendas a su propietario con gesto avergonzado.
Al día siguiente, cuando Alf se dispuso a volver a tierra, se encontró rodeado de barqueros gritando y gesticulando, aunque de forma respetuosa; todos extraordinariamente ansiosos por tenerlo de pasajero. El elegido tampoco le dijo «pagar ahora» cuando puso el pie en su sampán. Al llegar a puerto, justo antes de bajar al muelle, Alf ofreció al hombre los diez sen acostumbrados. Pero el barquero se detuvo y negó con la cabeza.
—Bien estar —le dijo—. No pagar. Nunca pagar. Chico valiente y estar bien.
Y durante el resto de la estancia en puerto de la Annie Mine, los hombres de los sampanes se negaron a aceptar el dinero de Alf Davis. Como muestra de admiración por su coraje e independencia le habían entregado la libertad del puerto.
[1902]

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