Texto aleatorio

CARMEN NO DURARA más de un par de días.

Mason escupió un pedazo de hielo y miró apesadumbrado al pobre animal, luego se llevó su pata a la boca y se dedicó a arrancar a mordiscos el hielo que se apiñaba cruelmente entre los dedos.

—Nunca he visto un perro de nombre pretencioso que valiese para algo —dijo mientras concluía su tarea y echaba a un lado al bicho—. Se debilitan y mueren bajo la responsabilidad del nombre. ¿Alguna vez viste malograrse alguno de nombre normal, como Cassiar, Siwash o Husky? ¡No, señor! Mira, por ejemplo, a Shookum. Es…

¡Un mordisco al aire! El delgado animal dio un salto y sus dientes estuvieron a punto de clavarse en el cuello de Mason.

—Así que esas tenemos, ¿no?

Un astuto golpe detrás de la oreja con la empuñadura del látigo dejó al animal tumbado en la nieve, temblando suavemente, con una baba amarillenta goteando de los colmillos.

—Como iba diciendo, mira, por ejemplo, a Shookum. Tiene lo que hay que tener. Te apuesto a que se come a Carmen antes de que termine la semana.

—Pues yo te apuesto otra cosa —contestó Malamute Kid, mientras le daba la vuelta al pan situado frente al fuego para derretirlo—. Nosotros nos comeremos a Shookum antes de que acabe el viaje. ¿Tú qué dices, Ruth?

La india aclaró el café con un trozo de hielo, pasó la mirada de Malamute Kid a su marido y luego a los perros, pero no se dignó a contestar. Se trataba de algo tan evidente que no era necesario. La perspectiva de los más de trescientos kilómetros abriendo camino que les quedaban, con comida para seis días escasos para ellos y ninguna para los perros, no admitía otra alternativa. Los dos hombres y la mujer se agruparon alrededor del fuego y empezaron a dar cuenta de su exiguo almuerzo. Los perros continuaban enganchados —solo era una parada de mediodía— y observaban cada bocado con envidia.

—A partir de hoy ya no pararemos a almorzar —dijo Malamute Kid—. Tendremos que vigilar de cerca a los perros. Empiezan a volverse agresivos. Si tienen la oportunidad, no dudarán en matar a un hombre.

—Y yo que fui presidente de un hogar infantil y di clases de catequesis. —Tras haber compartido esa información irrelevante, Mason se dedicó a contemplar ensimismado sus mocasines humeantes, pero Ruth lo despertó al llenarle la taza—. ¡Gracias a dios que tenemos té de sobra! Lo he visto crecer, en Tennessee. ¡Lo que daría por tener ahora mismo un pan de maíz caliente! No te preocupes, Ruth, no pasarás hambre mucho tiempo más, ni llevarás mocasines.

Al oírlo, la mujer se libró de su tristeza y a su mirada asomó el amor que sentía por su amo blanco, el primer hombre blanco que había visto, el primer hombre que ella había visto tratar a una mujer como si fuera algo mejor que un simple animal o una bestia de carga.

—Sí, Ruth —continuó su esposo, recurriendo a la jerga macarrónica gracias a la que se comprendían—, espera a que nos forremos y vayamos al Exterior. Tomaremos la canoa del hombre blanco e iremos al agua salada. Sí, son malas aguas, bravas, con montañas enormes que no paran de subir y bajar. Y es tan grande, todo está tan lejos…, viajas diez sueños, veinte sueños, cuarenta sueños (iba enumerando los días con los dedos) y siempre ves agua, agua mala. Luego llegas a una aldea grande, mucha gente, como los mosquitos del próximo verano. Con tipis muy altos, como diez, veinte pinos. ¡Sí, es verdad!

Se detuvo impotente, miró suplicante a Malamute Kid y luego, con gran esfuerzo, situó los veinte pinos, uno sobre el otro, por medio del lenguaje de signos. Malamute Kid sonreía con alegre cinismo, pero los ojos de Ruth se abrían asombrados y felices, porque en el fondo creía que él bromeaba y semejante condescendencia complacía su pobre corazón de mujer.

—Luego entras en un… una caja y ¡puf! Subes. —Lanzó su taza vacía al aire a modo de ejemplo y, al cogerla, exclamó—: Y ¡pumba! bajas. ¡Oh, y hay grandes hechiceros! Tú vas a Lort Yukón, yo voy a Arctic City, a veinticinco sueños de distancia, y hay una cuerda muy larga. Yo cojo la cuerda y digo: «¡Hola, Ruth! ¿Cómo estás?» y tú dices: «¿Este ser mi buen esposo?», Yo digo: «Sí», y tú: «No poder hacer buen pan. No tener más bicarbonato», y yo: «Mira en la despensa escondida, bajo la harina. Adiós». Tú miras y coges el bicarbonato. Todo el tiempo has estado en Fort Yukón y yo en Arctic City. ¡Muy buenos hechiceros!

Ruth sonrió de forma tan ingenua al oír ese cuento de hadas que los dos hombres se rieron. Una pelea entre los perros puso fin a las maravillas del Exterior y para cuando lograron separar a los combatientes, que no paraban de gruñir, ella ya había cargado los trineos y estaba lista para salir al camino.

—¡ANDANDO! ¡Vamos! ¡Adelante!

Masón sabía utilizar el látigo y, mientras los perros gemían en voz baja, sujetos a los tirantes, ayudó a arrancar el trineo impulsándolo con la vara. Ruth lo seguía con la segunda ti afila, dejando a Malamute Kid, que la había ayudado a arrancar, en la retaguardia. Era un hombre fuerte y muy bruto, capaz de cargarse un buey de un solo golpe, pero no soportaba golpear a los pobres animales y los consentía como pocos guías de perros hacen. Es más, casi lloraba sus sufrimientos con ellos.

—¡Vamos, adelante, mis pobres animales de patas doloridas! —murmuró tras varios intentos infructuosos para que arrancasen.

Al final su paciencia se vio recompensada y, aunque gimoteaban de dolor, se dieron prisa por alcanzar a sus compañeros.

De momento se acababan las conversaciones: el terrible esfuerzo que exige el camino no permite semejante extravagancia. Entre todos los trabajos de mala muerte, el del camino de las tierras del Norte es el peor. Afortunado quien puede capear un día de viaje al único precio de guardar silencio, y eso cuando el camino ya está abierto.

Entre todos los desoladores esfuerzos, el peor es el de abrir camino. A cada paso la raqueta se hunde y el nivel de nieve llega hasta la rodilla. Luego hay que levantarla, pero sin desviarse ni un milímetro porque la más mínima desviación suele llevar aparejado el desastre. Se levanta la raqueta hasta que la superficie queda despejada y luego se lleva adelante y se baja, mientras el otro pie se eleva perpendicularmente cosa de medio metro. Quien lo intenta por primera vez, si tiene la suerte de evitar acercar peligrosamente las raquetas y consigue no perder el equilibrio, acabará por rendirse exhausto al cabo de cien metros. Quien consigue que los perros no le alcancen durante un día entero puede arrastrarse al interior de su saco de dormir con la conciencia tranquila y más orgulloso que nadie. Y quien viaja veinte sueños en el camino largo es un hombre al que los dioses podrían envidiar.

La tarde avanzaba y, sobrecogidos por el Silencio Blanco, los callados viajeros se concentraban en el trabajo. La naturaleza tiene muchos trucos con los que convence al hombre de su carácter finito —el flujo incesante de las mareas, la furia de las tormentas, el temblor de los terremotos, el prolongado retumbar de la artillería celeste—, pero el más impresionante, el más asombroso de todos es la fase pasiva del Silencio Blanco. Todo movimiento cesa, el cielo clarea y parece de metal, el más ligero susurro semeja un sacrilegio y el hombre se vuelve tímido y se asusta del sonido de su propia voz. Única mota de vida que viaja a través de las vastas y fantasmales extensiones de terreno nevado de un mundo muerto, su propia audacia le hace temblar y comprende que su vida es como la de un gusano, nada más. Cuando menos lo espera, surgen pensamientos extraños y el misterio de todas las cosas lucha por manifestarse. Se apodera de él el miedo a la muerte, a Dios, al universo, la esperanza de la Resurrección y la Vida, la necesidad de ser inmortal, la lucha vana de la esencia aprisionada. Es entonces, o nunca, cuando el hombre camina a solas con Dios.

Así transcurrió el día. El río describía una curva enorme y Mason dirigió su traílla hacia el atajo que cruzaba el estrecho istmo. Pero los perros retrocedían ante el elevado terraplén de la orilla. Una y otra vez, aunque Ruth y Malamute Kid empujaban el trineo, acababan resbalando hacia abajo. Luego se produjo el esfuerzo conjunto. Las pobres criaturas, debilitadas por el hambre, tomaron impulso por última vez. Arriba, arriba, el trineo se acomodó en la cima del terraplén, pero el perro guía Hizo girar hacia la derecha a la traílla que lo seguía, enredando las raquetas de Mason. El resultado fue terrible: Mason perdió el equilibrio, uno de los perros cayó sobre los tirantes y el trineo se vino abajo, arrastrándolo todo al fondo otra vez.

Se oyó el ruido del látigo al golpear violentamente a los perros, en especial al que se había caído.

—No, Mason —suplicó Malamute Kid—. El pobre bicho está en las últimas. Espera, engancharemos a mi traílla.

Mason retuvo deliberadamente el látigo hasta que se oyó la última palabra y entonces lanzó un latigazo prolongado que se enroscó alrededor del cuerpo de la criatura causante del conflicto. Carmen —porque era Carmen— se encogió sobre la nieve, lloró lastimera y luego se dejó caer de lado.

Se trataba de un momento trágico, de un incidente deplorable en pleno camino: un perro moribundo y dos amigos enfadados. Ruth los miraba con interés, pero Malamute Kid se dominó a pesar del reproche que había en su mirada, se agachó sobre el perro y cortó los tirantes. Nadie dijo una palabra. Doblaron las traíllas y superaron el problema, los trineos avanzaron otra vez al tiempo que la perra moribunda se arrastraba como podía en la retaguardia. Mientras un animal es capaz de viajar no se le sacrifica y esa última oportunidad se le concede —si es capaz de llegar arrastrándose al campamento— con la esperanza de matar ese día algún alce.

Arrepentido de su comportamiento pero demasiado cabezota para pedir disculpas, Mason avanzaba con dificultad al frente de la cabalgata sin imaginar que el peligro se cernía sobre ellos. Los árboles se apiñaban en la resguardada vega y ellos avanzaban sorteándolos. A unos cincuenta metros del camino se alzaba un pino altísimo. Llevaba allí muchas generaciones, durante las que el destino le había preparado aquel fin; quizás quiso lo mismo para Mason.

Se detuvo para atarse la correa del mocasín que se le había soltado. Los trineos pararon también y los perros se tumbaron en la nieve sin rechistar. La quietud resultaba extraña: ni la más mínima brisa rozaba aquel bosque cubierto de escarcha; el frío y el silencio del espacio exterior habían congelado el corazón y golpeado los labios temblorosos de la naturaleza. Un suspiro vibró en el aire; en realidad ellos no lo oyeron, sino que lo sintieron como se siente la premonición del movimiento en un mundo inmóvil. Entonces el árbol gigante, superado por el peso de los años y la nieve, represento su último papel en la tragedia de la vida. Mason oyó el crujido de advertencia e intentó incorporarse de un salto, pero, ya casi erguido, recibió el golpe directamente en el hombro.

El peligro repentino, la muerte inmediata, ¡cuántas veces lo había presenciado Malamute Kid! Las agujas del pino aún temblaban cuando él ya daba órdenes y actuaba. La joven india tampoco dio muestras de debilidad ni alzó la voz para lamentarse en vano como harían muchas de sus hermanas blancas. A la orden de Malamute Kid, dejó caer todo su peso sobre el extremo de una palanca rápidamente improvisada para aliviar la presión, mientras oía gemir a su marido y Malamute Kid atacaba el árbol con el hacha. El acero sonaba alegre al adentrarse en el tronco congelado, cada golpe acompañado de la respiración audible y forzada del leñador.

Por fin Malamute depositó sobre la nieve esa cosa miserable que había sido un hombre. Pero peor que el dolor de su amigo era la angustia muda que reflejaba el rostro de la mujer, ese gesto de duda lleno de esperanza y desesperanza a la vez. Casi no hablaron; los de la región septentrional enseguida aprenden la futilidad de las palabras y el valor incalculable de los hechos. Cuando el termómetro ronda los 55 °C bajo cero, el hombre no puede yacer muchos minutos sobre la nieve sin morir. Así que desataron los trineos, envolvieron en pieles al herido y lo tumbaron sobre un lecho de ramas. Ante él crepitaba una hoguera para la que habían utilizado la madera causante del contratiempo. Por detrás y en parte sobre él habían situado un rudimentario toldo. Se trataba de un trozo de lona que atrapaba el calor irradiado y lo hacía volver a caer sobre Mason, truco que conocen quienes han estudiado física en su propia fuente.

Y quienes han compartido lecho con la muerte saben cuándo la llamada va en serio. Mason estaba muy malherido, bastaba con un examen superficial para comprenderlo. Tenía lotos el brazo, la pierna y la parte derecha de la espalda, las piernas paralizadas y muy probablemente también habría heridas internas. No daba más señales de vida que los quejidos que dejaba escapar de vez en cuando.

No había esperanzas, nada que hacer. La despiadada noche fue cayendo lentamente sobre el destino de Ruth y el estoicismo desesperado de su raza, añadiendo más líneas de expresión al rostro color bronce de Malamute Kid. En realidad, quien menos sufría era Mason, porque él se encontraba en el Este de Tennessee, en las Grandes Montañas Humeantes, reviviendo escenas de su niñez. Dramática resultaba la melodía de su jerga sureña, tanto tiempo olvidada, mientras desvariaba y hablaba de charcas en las que nadar, la caza del mapache y el robo de sandías. Para Ruth era chino, pero Malamute Kid entendía y sentía lo que solo puede sentir quien lleva años apartado de todo lo que significa la civilización.

Con la mañana, el herido recuperó la consciencia y Malamute se inclinó sobre él para escuchar sus susurros.

—¿Recuerdas cuándo nos encontramos con los tanana, hará cuatro años en el próximo deshielo? Entonces ella no me importaba tanto. Aunque era bonita y creo que la situación me resultaba emocionante. Pero no he parado de pensar en ella. Ha sido una buena esposa, siempre a mi lado y ayudando en los peores momentos Y ya sabes que a la hora de comerciar no hay quien la supere. ¿Recuerdas cuando salvó los Rápidos de Moosehorn para sacarnos a ti y a mí de aquella roca, mientras las balas rompían el agua como granizos?; Y cuando hubo hambruna en Nuklukyeto? ¿0 cuando como contra el deshielo para avisarnos? Sí, ha sido una buena esposa, mejor que la otra. ¿No lo sabías? Nunca te lo conté, ¿eh? Pues hice la prueba, sí, en Estados Unidos, por eso estoy aquí. Nos habíamos criado juntos. Me vine para darle a ella la oportunidad de divorciarse. Y la aprovechó.

»Pero eso no tiene nada que ver con Ruth. Había pensado recoger beneficios y dirigirnos al Exterior el año que viene, ella y yo, pero ya es tarde. No la envíes de vuelta con los suyos, Kid. Para una mujer eso es algo terrible. ¡Piénsalo! Casi cuatro años viviendo de nuestro beicon, alubias, harina y frutos secos para tener que volver al pescado y el caribú de ellos. Para ella no es bueno haber probado nuestras costumbres, reconocer que son mejores que las de su gente y luego verse obligada a volver a ellas. Cuida de ella, Kid ¿Por qué no…? No, siempre has huido de ellas y nunca me has contado por qué viniste a este país. Sé amable con ella y envíala a Estados Unidos en cuanto puedas, pero de forma que pueda regresar si quiere, porque podría echar de menos todo esto.

»Y el cachorro nos ha unido aún más, Kid. Solo espero que sea niño. ¡Imagínatelo! Carne de mi carne, Kid. No debe quedarse aquí. Y si es niña… no puede quedarse, imposible. Vende mis pieles, como poco te darán cinco mil dólares y con la compañía tengo otro tanto o incluso más. Ocúpate de mis intereses junto con los tuyos. Creo que nuestra concesión dará resultados. Ocúpate de que reciba una buena formación. Y Kid, por encima de todo, no permitas que vuelva aquí. Este país no es para el hombre blanco.

»Me muero, Kid. Como mucho duraré tres o cuatro sueños. Tenéis que seguir adelante. ¡Tenéis que seguir! No olvides que son mi mujer y mi hijo. ¡Dios mío, espero que sea niño! No podéis quedaros conmigo. Yo, un hombre moribundo, te pido que sigáis camino.

—Dame tres días —rogó Malamute Kid—. Podrías mejorar. Quizás surja algo.

—No.

—Solo tres días.

—Debéis seguir camino.

—Dos días.

—Son mi mujer y mi hijo, Kid. No me lo pidas.

—Un día.

—¡No, no! Te encargo que…

—Solo un día. Nos las apañaremos con la comida y tal vez mate un alce.

—No. De acuerdo, un día, pero ni un minuto más. Oye, Kid, no me dejes pasarlo solo. Un disparo, basta con apretar el gatillo una vez. Me entiendes. ¡Piénsalo! ¡Piénsalo! ¡Es carne de mi carne y nunca lo veré!

»Dile a Ruth que venga. Quiero despedirme y decirle que debe pensar en el niño y no esperar hasta que yo muera. Si no lo hago, podría negarse a ir contigo. Adiós, amigo. Adiós.

»Kid, oye, cava un agujero por encima de la tienda pequeña, junto al terraplén. Allí extraje una buena muestra con la pala.

»—¡Kid! —Tuvo que inclinarse aún más para oír las últimas palabras, con las que el moribundo rendía su orgullo—. Siento mucho lo de… ya sabes, lo de Carmen.

Malamute Kid dejó a la joven llorando en silencio sobre su hombre, se puso la parka y las raquetas de nieve, se encajó el rifle bajo el brazo y se internó en el bosque. No era un principiante en lo relativo a la severidad de las penas que se viven en las tierras del Norte, pero nunca se había enfrentado a un problema tan terrible como aquel. En términos abstractos se trataba de un asunto matemático muy claro: tres vidas que podían salvarse contra una que ya estaba condenada. Pero ahora las dudas lo atenazaban. Durante cinco años los dos habían labrado los lazos de su amistad hombro con hombro, en los ríos y caminos, en los campamentos y las minas, enfrentándose a la muerte en el hielo las riadas y las hambrunas. Tan unidos estaban que, desde que Ruth se había inmiscuido entre ellos, se daba cuenta de que a veces sentía por ella algo parecido a los celos, aunque era un sentimiento muy leve. Y ahora tenía que encargarse él de romper aquellos lazos.

Aunque rezó para encontrarse con un alce, un solo alce, la caza parecía haber abandonado por completo aquella zona y la noche sorprendió al hombre regresando exhausto al campamento, con las manos vacías y el corazón lleno de penas. Se apresuró al oír el alboroto de los perros y los gritos de Ruth.

Al irrumpir en el campamento vio a la joven en medio de la camada que no paraba de gruñir, intentando defenderse con un hacha. Los perros habían roto la disciplina férrea de sus amos y atacaban la comida. Se unió a la defensa con la culata del rifle y el viejo juego de la selección natural se jugó con toda la crueldad de su entorno primigenio. El rifle y el hacha subieron y bajaron, acertando o fallando el golpe, con monótona regularidad; los ágiles cuerpos se movían a la velocidad del rayo, con los colmillos goteando baba y los ojos de animal salvaje; hombre y bestia lucharon por la supremacía hasta el más cruento final. Luego los animales derrotados se arrastraron hasta el punto más alejado al que llegaba la luz de la hoguera para lamerse las heridas y compartir sus sufrimientos con las estrellas.

Habían devorado todas las provisiones de salmón desecado y solo quedaban poco más de dos kilos de harina para cubrir más de trescientos kilómetros de tierras salvajes. Ruth volvió junto a su marido mientras Malamute Kid troceaba el cuerpo caliente de uno de los perros, cuyo cráneo había quedado aplastado por un golpe de hacha. Guardó con gran cuidado hasta el último pedazo, excepto la piel y las vísceras, que lanzó a los que habían sido sus compañeros hasta unos minutos antes.

El alba trajo consigo nuevos problemas. Los animales se volvían unos contra otros. Carmen, que aún se agarraba a la poca vida que le quedaba, sufrió el ataque de la manada. El látigo cayó sobre ellos sin efecto alguno: se encogían y lloraban bajo sus golpes, pero se negaron a dispersarse hasta que no quedó ni un solo resto; ni huesos, ni piel, ni nada de nada.

Malamute Kid se concentró en su trabajo mientras escuchaba a Mason, que había regresado a Tennessee y pronunciaba enmarañados discursos y exhortaciones descabelladas a sus hermanos de otros tiempos.

Aprovechando la cercanía de los pinos, trabajaba con rapidez y Ruth lo vio construir una despensa similar a las que usan a veces los cazadores para proteger la carne de los glotones y los perros. Dobló las copas de dos pinos pequeños, uno en dirección al otro y casi hasta el suelo, y los sujetó firmemente con correas hechas de piel de alce. Luego golpeó a los perros hasta dominarlos y los enganchó a dos de los trineos, que cargó con todo excepto las pieles que envolvían a Mason. Después lo arropó bien, ató con fuerza las mantas alrededor de su cuerpo y sujetó cada extremo del paquete humano a los pinos doblados. Un simple movimiento de su cuchillo de cazador bastaría para cortar las correas y dejar el cuerpo en alto.

Ruth había escuchado las últimas voluntades de su esposo y no opuso resistencia. Pobrecilla, había aprendido bien la lección de la obediencia. Desde niña inclinaba la cabeza —y había visto hacer lo mismo a todas las mujeres— ante los señores de la creación y no encajaba en la naturaleza de las cosas que una mujer se resistiera. Malamute Kid le permitió dar rienda suelta a su dolor mientras besaba a su esposo —su propia gente no tenía esa costumbre—, luego la guio hasta el trineo que iba delante y la ayudó a ponerse las raquetas de nieve. Sin ver, por puro instinto, ella cogió el látigo y la vara para impulsar el trineo y ponerlo en marcha, y ordenó a los perros que saliesen al camino. Malamute Kid regresó junto a Mason, que había entrado en coma, y mucho después de que ella se hubiese perdido de vista, se agachó junto a la hoguera, esperando, anhelando, rezando para que su compañero muriera.

No resulta agradable quedarse solo con pensamientos dolorosos en el Silencio Blanco. El silencio de la tristeza es como una liberación y nos envuelve para protegernos, exhalando mil pésames intangibles, pero el luminoso Silencio Blanco, despejado y frío bajo un cielo duro como el acero, resulta despiadado.

Transcurrió una hora, dos, pero el hombre no se murió. Al mediodía el sol, sin superar el horizonte del Sur, sugirió que un incendio se extendía en el cielo, pero enseguida lo apagó. Malamute Kid se levantó y se acercó a su amigo. Lo miró. El Silencio Blanco parecía burlarse y el miedo se apoderó del hombre. Se oyó un disparo, Mason se balanceó hasta ocupar su sepulcro aéreo y Malamute Kid obligó a los perros a galopar desaforados, en su huida entre la nieve.

[1898]


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar