Texto aleatorio

WALT MASTERS no es un chico muy grande, pero en su comportamiento hay hombría y, aunque no tiene ni idea de muchas de las cosas que saben los otros niños, conoce muchas más que el resto no domina. En su vida nunca ha visto un tren ni un ascensor, ni un maizal, un arado, una vaca o siquiera una gallina. Jamás se ha calzado unos zapatos ni ha ido de excusión o a una fiesta, ni ha hablado con una chica. Pero ha visto el sol a medianoche, las barreras de hielo en uno de los ríos más imponentes y ha jugado bajo la aurora boreal; el único niño blanco en miles de kilómetros cuadrados de desierto helado.

Durante los catorce años de su vida, Walt ha caminado siempre protegido por mocasines de piel de alce curtida al sol y puede ir a los campamentos indios, alardear ante los hombres y darles percal y abalorios a cambio de sus valiosas pieles. Sabe hacer pan sin bicarbonato, levadura o lúpulo, matar a un alce a trescientos metros de distancia y lograr que los perros lobo recorran ochenta kilómetros al día de camino apisonado.

Además, tiene buen corazón y no teme a la oscuridad ni a la soledad, ni a hombre, bestia o cosa alguna. Su padre es un buen hombre, fuerte y valiente, y Walt se parece a él.

Walt nació a más de mil quinientos kilómetros Yukón abajo, en una factoría situada pasados los montes Rampart. Cuando su madre murió, su padre y él empezaron a viajar río arriba, etapa a etapa, de campamento en campamento, y ahora están asentados en el arroyo Mazy May, en la región del Klondike. El año pasado, ellos y algunos más le dedicaron mucho esfuerzo y tiempo al Mazy May y soportaron grandes penurias. El arroyo, a cambio, empezaba ahora a mostrarles sus riquezas y a recompensarles tanto trabajo. Pero la noticia de sus descubrimientos atrajo a hombres desconocidos que se dedicaron a ir y venir en los días cortos y las noches largas y cometieron grandes injusticias con quienes llevaban tanto tiempo trabajando en el arroyo.

Si Hartman salió a cazar alces y al regresar se encontró con que alguien había marcado su concesión con estacas nuevas y se había apoderado de ella. George Lukens y su hermano perdieron sus concesiones de una forma parecida, al tardar demasiado en llegar a Dawson para registrarlas. Resumiendo, la historia de siempre. Un buen número de buscadores formales y muy trabajadores sufrieron pérdidas similares.

Pero el padre de Walt Masters había registrado su concesión al principio, de manera que Walt no tenía nada que temer aunque su padre hubiese partido en un breve viaje río White arriba en busca de cuarzo. Walt era muy capaz de quedarse solo en la cabaña, cocinarse tres comidas diarias y cuidar de todo. No solo se ocupaba de la concesión de su padre, sino que también había aceptado echarle un ojo a la de al lado, la de Loren Hall, que había salido camino de Dawson para registrarla.

Loren Hall era un hombre mayor y no tenía perros, por lo que viajaba muy despacio. Cuando ya había pasado cierto tiempo desde su partida llegó la noticia de que se había hundido en el hielo del arroyo Rosebud y los pies se le congelaron hasta el punto de no poder viajar en un par de semanas. Luego Walt Masters recibió la noticia de que Loren ya casi estaba bien y a punto de volver a salir hacia Dawson, a pie y tan rápido como le era posible a un hombre debilitado y mayor.

Sin embargo, Walt estaba preocupado. Cualquiera podría apropiarse de su concesión en cualquier momento, debido al retraso en registrarla, y en el Mazy May se había producido una nueva estampida. Al chico no le gustaba el aspecto de los recién llegados. Un día, cuando cinco de ellos se acercaron equipados con traíllas de perros de primera y el mínimo equipo de campamento posible, se dio cuenta de que estaban preparados para ser más veloces que nadie y decidió no perderlos de vista. Cerró con llave su cabaña y los siguió con cuidado de que no lo vieran.

No llevaba mucho tiempo vigilándolos y ya estaba seguro de que eran corredores de estampidas profesionales, decididos a apropiarse de toda cuanta concesión encontrasen. Walt se arrastró sobre la nieve que bordeaba el arroyo y los vio cambiar muchas estacas, destruir las viejas y colocar las nuevas.

Por la tarde, con Walt siempre pisándoles los talones, reemprendieron el camino de vuelta arroyo abajo, desataron a los perros y montaron el campamento a dos concesiones de su cabaña. Cuando vio que se disponían a cocinar, corrió a su casa para comer algo él también y luego volvió junto a ellos. Estaba tan cerca que los oía hablar y, cuando apartaba un poco la maleza, también podía verlos. Habían terminado de cenar y fumaban junto a la hoguera.

—Este arroyo es bueno; muchachos —dijo un tipo grande, de barba oscura, que parecía el cabecilla—. Creo que lo mejor sería salir esta noche. Los perros podrán seguir el camino. Además, hoy saldrá la luna. ¿Qué decís?

—Pero va a hacer un frío bestial —objetó otro—. Ahora ya hay 40 °C bajo cero.

—¿No puedes conservar el calor saltando del trineo y corriendo detrás de los perros? —preguntó un irlandés—. ¿Cómo negarse? Este arroyo vale un dineral, pero de los buenos. Ya sé que no resulta muy elegante correr para ganar dinero, pero es que si no corremos a lo mejor nos quedamos sin nada.

—Es verdad —dijo el cabecilla—. Si conseguimos llegar a Dawson y registrar las concesiones, seremos ricos. Sabe Dios cuántos nos han seguido la pista, nos han vigilado y quizás ya hayan salido a dar la voz de alarma. Lo que tenemos que hacer es dejar descansar un poco a los perros y luego lanzarnos al camino con todas nuestras fuerzas. ¿Qué os parece?

Sin duda los hombres estaban de acuerdo con su cabecilla porque Walt Masters no oyó más que el tintineo de los platos de hojalata al lavarlos. Se asomó a mirar con cuidado y vio al líder estudiando un pedazo de papel. Walt supo enseguida de qué se trataba. Era una lista de las concesiones sin registrar del Mazy May. Cualquiera podía conseguirlas: bastaba con solicitarlas en la oficina del comisario del oro en Dawson.

—Treinta y dos —dijo el cabecilla, levantando la cabeza para mirar a sus hombres—. Hay treinta y dos sin registrar. Y esta es la treinta y tres. Venga, vamos a verla. Esta mañana al pasar me fijé en que alguien había estado trabajando en ella.

Lo acompañaron tres de los hombres y el otro se quedó en el campamento. Walt los siguió con mucho cuidado hasta que llegaron al pozo de Loren Hall. Uno bajó y encendió una hoguera en el fondo para derretir la grava congelada, mientras los otros encendían un segundo fuego en el depósito y derretían agua en un par de bateas que luego vertieron sobre un pedazo de lona extendido entre dos troncos y que Loren Hall utilizaba para lavar su oro.

El hombre del pozo enseguida les envió un par de cubos de tierra y Walt vio a los otros acercarse ansiosos a su líder mientras él se dedicaba a lavarla. Cuando terminó se quedaron mirando fijamente la ancha franja de arena negra y granos de oro depositados en el fondo de la batea y uno de ellos llamó, muy nervioso, al hombre que se había quedado en el campamento. Loren Hall había encontrado un yacimiento millonario y su concesión permanecía sin registrar. Estaba claro que pensaban apoderarse de ella.

Walt permaneció tumbado en la nieve, reflexionando con rapidez. No era más que un crío, pero en vista de la terrible injusticia que amenazaba a Loren Hall, un hombre mayor y cojo, pensó que debía hacer algo. Aguardó y los observó, con la decisión ya tomada, hasta que vio que empezaban a alinear nuevas estacas. Luego se alejó de allí arrastrándose y, cuando estuvo seguro de que ya no podían oírle, se dirigió veloz hacia el campamento de los corredores de estampidas. El padre de Walt se había llevado sus perros en su viaje de exploración y el chico sabía que, sin la ayuda de los perros, sería incapaz de cubrir los más de ciento diez kilómetros que lo separaban de Dawson.

Al llegar al campamento, con ojo experto escogió el trineo más ligero y empezó a enganchar a los perros de los corredores de estampidas. Había tres traíllas de seis perros cada una y de entre todos eligió a los diez mejores. Conocedor de lo importante que era contar con un buen perro guía, se esforzó por descubrir cuál podía ser el líder, pero tenía poco tiempo porque ya empezaba a oír las voces de los hombres que regresaban. Para cuando tuvo el equipo listo y estaba dispuesto a partir, los corredores de estampidas aparecieron en un espacio abierto a menos de cien metros del camino, que discurría por el lecho del arroyo. Le gritaron, pero no hizo caso, cogió una de las mantas para dormir que estaba tirada sobre la nieve y saltó al trineo.

—¡Corred! ¡Vamos! ¡En marcha! —gritó a los animales mientras hacía restallar el látigo entre ellos.

Los perros arrancaron con tanta fuerza que el chico estuvo a punto de caerse. Al tomar la curva para adentrarse en el arroyo, el trineo perdió el equilibrio y se balanceó sobre un solo patín. Walt aguantó la respiración, nervioso, pero el trineo recuperó la estabilidad y se lanzó camino adelante. La orilla del arroyo era alta y no le permitía ver aunque oía los gritos de los hombres y supo que corrían para intentar cortarle el paso.

No quería ni pensar lo que ocurriría si lo lograban: se agarró con fuerza al trineo mientras el corazón latía desbocado y observó el borde de nieve de la orilla, que quedaba por encima de su cabeza.

De repente, sobre ese borde vio volar el cuerpo del irlandés, que había saltado hacia el trineo en un desesperado intento por capturarlo, aunque lo hizo un segundo tarde. Aterrizó sobre la cola, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás sobre la nieve, pero, con la rapidez de un felino, se agarró al trineo con una mano, se dio la vuelta y se dejó arrastrar por el hielo sobre el pecho, mientras maldecía al muchacho y lo amenazaba con cosas espantosas si no detenía a los perros. Pero Walt le golpeó con fuerza los nudillos con el mango del látigo hasta que se soltó.

Desde la concesión de Walt hasta el Yukón había doce kilómetros; doce kilómetros muy tortuosos porque el arroyo zigzagueaba como una serpiente, «haciéndose nudos a sí mismo», como decía George Lukens. Debido a lo sinuoso del camino, los perros no podían alcanzar su velocidad máxima y el trineo se atascaba en cada curva, unas veces a la derecha y otras a la izquierda.

Los viajeros que subían y bajaban por el cauce del Mazy May a pie, con mochilas a la espalda, se negaban a tomar todas las curvas y acortaban, abriendo atajos que cruzaban las estrechas franjas de tierra entre meandros. Dos de sus perseguidores habían retrocedido para enganchar al resto de los perros, pero los otros aprovecharon esos atajos, corriendo a pie, y cuando quiso darse cuenta casi lo habían alcanzado.

—¡Alto! —le gritaron—. ¡Detente o disparamos!

Pero Walt azuzó más a loé perros y tomó la curva con un par de balas de revolver silbando tras él. En la siguiente curva habían acortado aún más la distancia que los separaba y las balas cayeron incómodamente cerca, pero en ese punto el Mazy May se enderezó y durante casi un kilómetro discurrió como vuela el cuervo. Los perros pudieron correr con su zancada larga de lobo y los hombres, agotados, bajaron el ritmo y esperaron a que llegase su trineo.

Walt miró por encima del hombro y dedujo que no habían renunciado a perseguirlo que no tardarían en volver a acosarlo, así que se envolvió bien con la manta de pieles para protegerse del mordisco del aire y se tumbó sobre el trineo vacío, sin dejar de animar a los perros como bien sabía hacer.

Por fin, de repente y entre dos islas, llegó al impresionante Yukón, que se extendía grandioso hacia el Norte. Desde una orilla no alcanzaba a ver la otra y, a la luz del crepúsculo, parecía un mar gigantesco de quietud congelada. No se oía sonido alguno, excepto la respiración de los perros y el ruido de los patines del trineo al rozar el hielo.

Hacía varias semanas que no nevaba y el tráfico había apisonado la ruta del río hasta dejarla dura y cristalina como el hielo reflectante: el trineo volaba y los perros mantenían bien la dirección, aunque Walt enseguida descubrió que había cometido un error al elegir al guía. Como avanzaban en fila india, sin riendas, debía guiarlos con la voz y resultaba evidente que el perro que iba en cabeza no diferenciaba entre «¡arre!» e «¡izquierda!». Se cerraba demasiado en las curvas y a veces obligaba a sus compañeros a pisar la nieve blanda, por lo que hizo volcar el trineo en varias ocasiones.

No soplaba el viento, pero la velocidad a la que viajaba provocaba ráfagas cortantes que, con el termómetro a 40 °C bajo cero, traspasaban pieles y carne y llegaban hasta los huesos. Consciente de que si permanecía siempre sobre el trineo moriría congelado y conocedor de las costumbres de quienes viajan por el Ártico, Walt acortó una de las correas que llevan los trineos para atar el equipo y, cuando sentía que se congelaba, se agarraba a ella, saltaba del trineo y corría tras él hasta que recuperaba el calor. Luego se subía otra vez y descansaba hasta que se veía en la necesidad de repetir el proceso.

Si miraba atrás veía el trineo de sus perseguidores tirado por ocho perros que subía y bajaba los montículos de hielo como un barco en una ruta marina. Con él iban el irlandés y el de la barba negra, turnándose a correr y a dirigirlo.

Cayó la noche y en la oscuridad de la primera hora Walt, desesperado, se esforzó por gobernar a sus perros. Debido a la falta de un buen perro guía, los demás se hundían constantemente en la nieve en polvo y el trineo también se desviaba del camino. La tensión y el trabajo de más para enderezarlo y ganar terreno lo agotaban. Si no tuviese tanta prisa, los habría dejado a su aire, pero temía que los corredores de estampidas se acercasen demasiado en la oscuridad y lograsen alcanzarlo. Sin embargo, de vez en cuando los oía gritar a sus perros y por los ruidos sabía que se aproximaban muy despacio.

Cuando salió la luna ya había pasado Sixty Mile y Dawson quedaba a ochenta kilómetros. Estaba casi exhausto y dejó escapar un suspiro de alivio al subirse de nuevo al trineo. Miró atrás y vio que sus enemigos se habían acercado hasta encontrarse a menos de cuatrocientos metros, distancia a la que permanecían como un punto negro en movimiento sobre el blanco lecho del río. Por más que se esforzaban no conseguían acortar ese espacio y, por más que se esforzaba él, no lograba ampliarlo.

Ya había descubierto cuál era el perro más apropiado para hacer de guía y sabía que podría dejarlos atrás si lograba cambiar un perro por el otro. Pero eso resultaba imposible porque un solo minuto de retraso a la velocidad que llevaban permitiría que se le echaran encima.

Cuando dejó atrás la desembocadura del arroyo Rosebud y llegaba a la cima de un montículo, el sonido metálico de una bala al clavarse en el hielo a su lado y el ruido del disparo le indicaron que en esa ocasión utilizaban un rifle. A partir de entonces, cada vez que alcanzaba la cima de una barrera de hielo, se tumbaba sobre el trineo que no paraba de dar saltos hasta que el ruido de los disparos le indicaba que estaba seguro mientras no llegase a la barrera siguiente.

Resulta muy difícil permanecer tumbado en un trineo que no para de moverse, dando saltos, cayendo en picado y haciendo guiñadas como un barco con viento a favor y disparar a la engañosa luz de la luna a un objeto que se encuentra a cuatrocientos metros de distancia sobre otro trineo en movimiento que realiza las mismas excentricidades. Por eso no es de extrañar que el cabecilla de la barba morena no diese en el blanco.

Tras varias horas de lo mismo durante las que quizás unas veinte balas cayeron cerca de él, empezaron a quedarse sin munición y a disparar a un ritmo inferior. Tenían más cuidado y solo tiraban para aprovechar las mejores oportunidades. Además, empezaba a dejarlos atrás porque la distancia entre ellos ya era de seiscientos metros.

Al llegar a la cima de una barrera de hielo enorme, pasado el río Indian, Walt Masters sufrió el primer accidente. Una de las balas pasó muy cerca de él y le dio al perro guía.

El pobre animal cayó de repente, con el resto de la traílla apelotonada encima de él.

Como un rayo, Walt llegó junto al guía, cortó los tirantes con su cuchillo de caza, apartó del camino al animal moribundo y empezó a ordenar al resto.

Miró hacia atrás. El otro trineo se acercaba como un tren expreso. Con la mitad de los perros aún sin organizar gritó: «¡En marcha!», y saltó al trineo en el momento en el que el otro se situaba a su altura.

El irlandés se preparaba para lanzarse sobre él —estaban tan seguros de que ya lo tenían que no dispararon— cuando Walt los atacó con el látigo y todas sus fuerzas.

Los golpeó en la cara y el hombre debe utilizar las manos para protegerse el rostro, por eso tampoco dispararon entonces. Antes de que pudiesen recuperarse del chaparrón de golpes, Walt extendió los brazos desde su trineo, agarró al perro guía de ellos por las patas delanteras en la mitad de un salto y tiró de él con fuerza. Eso provocó que la traílla entera se enredase, hiciera volcar el trineo y dejase a sus enemigos metidos en un buen lío.

Walt se alejó volando mientras los patines de su trineo chirriaban sobre la superficie congelada. Lo que había parecido un accidente al final resultaba una bendición. Ahora llevaba delante al perro guía adecuado, que se ceñía sin problemas al camino y aullaba de placer al hacer avanzar a sus compañeros.

Para cuando alcanzó el arroyo de Ainslie, a veintisiete kilómetros de Dawson, Walt había dejado muy atrás a sus perseguidores, que no eran más que un punto diminuto en la lejanía. En la isla Monte Cristo dejó de verlos. Y en el arroyo Swede, cuando el alba plateaba los pinos, se tropezó con el campamento del pobre Loren Hall.

Casi en el mismo tiempo que lleva contarlo, Loren enrolló sus pieles para dormir y se subió al trineo de Walt. Permitieron que los perros viajasen más despacio ya que no había ni rastro de sus perseguidores y, en el momento justo en que se detuvieron a la puerta de la oficina del comisario del oro, en Dawson, Walt, que había mantenido los ojos abiertos hasta el último instante, se quedó dormido.

Debido a lo que Walt Masters hizo aquella noche, los hombres del Yukón se sienten muy orgullosos de él y desde entonces lo llaman el rey del Mazy May.

[1899]


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