Texto aleatorio

LA ALQUIMIA fue un sueño magnífico, fascinante, imposible; pero antes de que se desvaneciera de sus entrañas salió un hijo aún más maravilloso, que no es otro que la química. Y digo que es más maravilloso porque sustituyó la fantasía por el hecho y amplió enormemente la capacidad de éxito del hombre. Ha convertido la probabilidad en posibilidad y de lo ideal ha dado forma a lo real. ¿Me sigues?

Dover buscó una cerilla, distraído, mientras me observaba con una seriedad que al instante me recordó al anciano Doc Frawley, que había sido nuestro profesor en la Universidad vanos años antes. Asentí y él, tras envolverse en una nube de humo, continuó disertando.

—La alquimia nos ha enseñado muchas cosas y en los últimos tiempos hemos hecho realidad algunas de sus visiones. El elixir de la vida era algo absurdo, la juventud perpetua no es más que la negación total del principio básico de la vida. Pero…Dover se detuvo con una solemnidad exasperante.

—Pero la prolongación de la vida ya es un incidente tan común que nadie la cuestiona. No hace mucho, una generación representaba treinta y tres años, la duración media de la existencia humana. Hoy, debido al veloz avance de la medicina, la salubridad, la distribución, etcétera, una generación supone treinta y cuatro años. Es posible que en la época de nuestros bisnietos alcance los cuarenta años. ¿Quién sabe?1 Porque incluso nosotros podríamos llegar a ver cómo se dobla esa cifra. ¡Ah! —exclamó al ver que me sobresaltaba—. ¿Comprendes a dónde quiero llegar?

—Sí —respondí—, pero…

—Déjate de peros —interrumpió despóticamente—. Los conservadores anquilosados siempre habéis querido impedir el avance de la ciencia…

—Evitando que se rompiera el cuello por correr demasiado —contraataqué.

— Para el carro y déjame continuar. ¿Qué es la vida? Schopenhauer la ha definido como la afirmación de la voluntad de vivir, lo que por cierto constituye un absurdo filosófico, pero que no nos incumbe. ¿Y qué es la muerte? Sencillamente, el desgaste, el agotamiento, la descomposición de las células, tejidos, nervios, huesos y músculos del organismo humano. A los médicos les cuesta mucho soldar los huesos de los ancianos. ¿Por qué? Porque el hueso debilitado, próximo a la etapa de disolución, ya no es capaz de librarse de los depósitos minerales que le imponen las funciones naturales del cuerpo. ¡Y con qué facilidad se rompe un hueso así! Sin embargo, si fuese posible retirar los grandes depósitos de fosfato, carbonato de sodio, etcétera, el hueso recuperaría la elasticidad y flexibilidad que poseía en la juventud.

»Basta con aplicar este proceso, en distintas medidas, al resto de la anatomía y ¿qué tenemos? El retraso de la desintegración del sistema, la evasión de la vejez, el destierro de la senilidad y la recuperación del frenesí juvenil. Si la ciencia ha prolongado en un año la vida de la generación, ¿no resulta también posible que prolongue muchos más la del individuo?

Atrasar el reloj de la vida, invertir la ampolleta del tiempo y lograr que su arena dorada corriese otra vez… Me fascinaba la audacia de aquella idea. ¿Qué lo impedía? Si se podía retrasar un año, ¿por qué no veinte? ¿O cuarenta?

¡Pamplinas! Empezaba a sonreír ante mi credulidad cuando Dover abrió el cajón de su lado y sacó un vial con la tapa metalizada. Confieso que me sentí decepcionado al ver el líquido normal y corriente que contenía, un fluido denso y casi incoloro, sin la brillante iridiscencia que parecería lógica en un compuesto tan mágico. Lo agitó con cuidado, casi con mimo, pero sus propiedades ocultas no se manifestaron de forma alguna. Luego abrió un estuche de cuero negro y señaló la jeringa hipodérmica que descansaba entre el terciopelo rojo del interior. Recordé el elixir de Brown-Séquard y los experimentos de Koch. Le dediqué una sonrisa indecisa, pero él adivinó mis pensamientos y se apresuró a decir:

—No. Ellos iban por buen camino, aunque se desviaron. —Luego abrió una de las puertas del laboratorio y llamó—: ¡Hector! ¡Ven aquí, anda!

Hector era un terranova muy viejo que desde hacía años solo servía para tumbarse y entorpecer el paso de la gente. En eso era un experto. Imaginen mi asombro cuando vi aparecer un animal pesado y corpulento que se movía a la velocidad de un torbellino y lo revolvió todo hasta que su amo consiguió calmarlo. Dover me miró de manera elocuente, sin hablar.

—¡Pero ese… ése no es Hector! —exclamé sin poder creérmelo.

Levantó una de las orejas del animal y vi dos cortes cicatrizados, reminiscencia de sus días de peleas juveniles, cuando su dueño y yo también éramos unos críos. Recordaba a la perfección aquellas heridas.

—Tiene dieciséis años y es tan juguetón como un cachorro. —Dover sonreía con orgullo—. Llevo dos meses experimentando con él. Aún no lo sabe nadie, pero ¡imagina cómo abrirán los ojos cuando Hector vuelva a correr por ahí! El hecho es que le he insuflado una nueva vida con la inyección linfática, la misma linfa que utilizaron otros investigadores antes que yo, pero ellos fracasaron al clarificar sus compuestos y yo lo he conseguido. ¿Qué es? Un derivado animal que suspende y elimina los efectos de la senectud, actuando sobre las células estancadas de cualquier organismo animal. Analicemos los cambios anatómicos de Hector, producidos por la infusión del compuesto linfático: en general se caracterizan por la expulsión de los depósitos minerales presentes en los huesos y la infiltración de los tejidos musculares. Por supuesto que hay otros factores menores, pero también los he superado, aunque no sin el triste fallecimiento de varios animales con los que experimenté al principio. No fui capaz de utilizar a Hector hasta que logré despejar el fracaso de la ecuación. Y ahora… —Se puso de pie y empezó a caminar de un lado a otro con pasos nerviosos, por lo que tardó un rato en completar la frase—: Y ahora estoy preparado para administrar el rejuvenecedor a los humanos. Tengo la intención de trabajar primero con alguien que me resulta muy querido…

—¿No… no con…? —tartamudeé.

—Sí, con el tío Max. Por eso necesito tu ayuda. He ido realizando un descubrimiento tías otro, hasta que ahora el proceso de rejuvenecimiento se ha acelerado de tal forma que me temo a mí mismo. Y el tío Max es tan viejo que necesitamos manejarlo con la mayor de las discreciones. Las cruciales transformaciones en todo el organismo de un cuerpo tan avejentado solo podrán producirse utilizando los métodos más drásticos y debemos ser muy cuidadosos. Como ya he dicho, me temo a mí mismo y necesito que alguien me ponga freno y me controle. ¿Comprendes? ¿Me ayudarás?

HE INCLUIDO ESTA CONVERSACIÓN mantenida con mi amigo, Dover Wallingford, para mostrar cómo me involucré en uno de los experimentos científicos más extraños de mi vida. Nuestra villa aún no ha dejado de hablar con asombro de los insólitos acontecimientos que tuvieron lugar después. Y como sus habitantes no conocen los hechos reales del caso, lo sucedido los ha conmovido hasta lo más profundo de su ser. El revuelo provocado fue tremendo; se organizaron tres campamentos espirituales al mismo tiempo y todos tuvieron éxito; se ha hablado mucho de señales y portentos, y no pocos de los miembros considerados normales de la comunidad han proclamado el advenimiento de tos milagros modernos, aunque siguen pendientes de oír las trompetas del Juicio Final y elevan los ojos para ver plegarse los cielos como un pergamino. En cuanto al comandante Rathbone —el tío Max de Dover—, cierta parte de la villa lo considera un segundo Lázaro, resucitado de entre los muertos, alguien que casi ha visto a Dios, mientras que la otra parte está convencida de que se ha compinchado con Lucifer y un día desaparecerá en medio de un remolino de azufre y fuego del infierno.

Pero en cualquier caso, yo expondré los hechos tal y como son, aunque no pretendo explicar los detalles del caso, excepto en lo relativo a los resultados que conciernen al comandante Rathbone. Han surgido varias contingencias que debemos solucionar antes de entusiasmar al viejo mundo con la fórmula exacta de nuestro maravilloso descubrimiento.

Entonces convocaremos un sínodo de naciones y el rejuvenecimiento de la humanidad pasará a manos de comisiones de expertos competentes nombradas por los distintos gobiernos. Y desde ahora mismo prometemos que será tan gratis como el aire que respiramos o el agua que bebemos. Además, en vista de nuestros motivos puramente altruistas, solicitamos que nuestra confidencialidad actual sea respetada y no se convierta en objeto de reflexiones envidiosas por parte del mundo al que tenemos intención de beneficiar.

Y ahora, al grano. De inmediato ordené que me trajeran mis cosas y me establecí en una de las suites que lindaban con el laboratorio de Dover. El comandante Rathbone, deslumbrado por la rutilante promesa de la juventud, se prestó encantado a nuestros requerimientos: Para el resto del mundo yacía enfermo, a punto de morir, pero en realidad cada día que empleábamos en él le reportaba salud y fuerzas renovadas. Durante ti es meses nos dedicamos por entero a la tarea, una tarea plagada de peligros pero tan absorbente que no éramos conscientes del paso del tiempo. La pálida piel del comandante recuperó el color, los músculos se llenaron y una parte de las arrugas desapareció. En su juventud había sido muy deportista y, al no tener defectos orgánicos, recuperó fuerzas de una manera casi milagrosa. El brío y la energía que mostraba resultaban sorprendentes y, hacia el final, el vigor de la juventud dominaba su sangre de tal forma que nos costaba contenerlo. Habíamos empezado esforzándonos por resucitar a un anciano débil y ahora nos las veíamos con un gigante joven e impetuoso. Lo más sorprendente era que conservaba el cabello y la barba tan blancos como al principio. Por más que lo intentamos, se resistieron a todos nuestros esfuerzos. Tampoco desapareció la irascibilidad que había ido dominándolo con el paso de los años. Eso, junto con la testarudez y la agresividad propias de su carácter, se convirtió en una carga muy pesada para nosotros.

A principios de abril tanto Dover como yo nos vimos obligados a ausentarnos debido a un problema burocrático en relación con un cargamento de productos químicos. Habíamos dado a Michael, el hombre de confianza de Dover, las instrucciones necesarias y no esperábamos que surgieran problemas. Pero cuando regresamos, nos recibió avergonzado en la entrada de la propiedad.

—¡Se ha ido! —exclamó—. ¡Se ha ido! —repetía una y otra vez, muy preocupado. U brazo derecho le colgaba sin fuerza y nos hizo falta una buena dosis de paciencia para entender lo que había ocurrido—. Le dije que tenía órdenes de que no saliera. Pero se puso como un toro de lidia y quiso saber quién había dado las órdenes. Cuando se lo dije me contestó que ya iba siendo hora de que supiera que él no aceptaba órdenes de nadie. Quise impedirle el paso, me agarró del brazo y me lo retorció con fuerza. Me temo que está roto, señor. Luego llamó a Hector y se fueron campo a través en dirección a la villa.

—Por suerte el brazo no está roto —le dijo Dover tras examinarlo—. El bíceps está un tanto afectado y no podrá moverlo demasiado durante un par de días. Le dolerá, pero nada más. —Luego se dirigió a mí—: Vamos, tenemos que encontrarlo.

Según lo hasta la villa no resultó complicado. Al llegar a la calle principal, llamó nuestra atención un grupo de gente que se agolpaba frente a la oficina de Correos y, aunque llegamos en el momento culminante, no nos costó adivinar lo que había ocurrido antes. Un bulldog que pertenecía a tres obreros se había peleado con Hector y, como había sido imposible equilibrar la segunda juventud de Hector con una dentadura nueva, el pobre perro se encontró en franca desventaja. Quedaba claro que el comandante Rathbone había intervenido en un esfuerzo por separar a los animales y que a los otros tres nos les había hecho gracia. Además, parecía un anciano tan inofensivo, con su cabello y su barba blancos y su aspecto de patriarca, que debieron imaginar que iban a poder divertirse un rato con él.

—¡Vamos, largo! —oímos decir a uno de los matones, al tiempo que empujaba al comandante como si fuese un niño pequeño.

Él protestó con educación diciendo que el perro era suyo, pero ellos se lo tomaron a broma y se negaron a hacerle caso. El grupo estaba compuesto por hombres de baja estofa y se apretujaban de tal forma para ver el espectáculo que nos costó abrirnos camino.

—Oye, señorito —intervino el obrero que había empujado al comandante Rathbone—, ¿no crees que deberías volver a casa con tu mamá? Éste no es lugar para los niños como tú.

No hacía falta mucho para que el comandante se lanzase a pelear. No se lo pensó. Y antes de que nos diésemos cuenta, la pelea había terminado. Un golpe bajo la oreja del primer rufián, un buen puñetazo en la barbilla del segundo y un rápido gancho a la yugular del tercero hicieron morder el polvo de la calle a los tres brutos. La gente retrocedió asombrada ante aquel prodigio y más de uno juró no creer lo que habían visto sus ojos.

Tras separar a los perros, el comandante Rathbone se incorporó y en su mirada había un brillo alegre que nos dejó preocupados. Nos habíamos acercado a él con la actitud de dos cuidadores que van a rescatar a su paciente, pero su sensatez y perfecta compostura nos dejaron de piedra.

—Oíd —nos dijo en tono jovial—, a la vuelta de la esquina hay un sitio donde sirven el mejor whisky de centeno.

Nos guiñó el ojo al cogernos del brazo como camaradas. Así pasamos entre los demás, que aún no habían reaccionado.

Desde ese momento ya no pudimos controlarlo. Siempre había sido un hombre imponente y entonces decidió demostrarnos que era capaz de cuidarse solo. Su misterioso rejuvenecimiento se convirtió en un prodigio que nunca dejó de serlo, porque iba aumentando de día en día. Todas las mañanas se le veía volver a casa para desayunar, con un morral bien lleno y la escopeta de Dover. De joven había sido buen jinete y una tarde, al volver de un viaje a la ciudad, nos encontramos media villa colgada de la valla del potrero. Nos paramos a mirar y descubrimos al comandante Rathbone domando uno de los potros que hasta ese momento había desafiado a los mozos de cuadra. Era un espectáculo edificante el que componían aquel cabello canoso y la barba venerable agitados por el viento mientras él pasaba de un lado a otro como una flecha, sobre el lomo del animal. Pero consiguió domarlo. Al final uno de los mozos de cuadra se lo llevó tembloroso y sumiso como un gatito. En otra ocasión, mientras daba su paseo a caballo de primera hora de la tarde, que ya se había convertido en costumbre, su espíritu indómito se vio avivado por un grupo de jóvenes con buenas monturas, se lanzó al galope con su enorme semental y los dejó atrás durante todo el camino hasta la calle principal de la villa amodorrada.

Resumiendo, que volvió a tomar las riendas de su vida donde las había dejado muchos años antes. En política era un conservador convencido y el estado de cosas peculiarmente deplorable que entonces prevalecía lo animó a salir de nuevo al ruedo. Se presentía una crisis entre los dueños de las fábricas y los obreros, por lo que entre nosotros había surgido una turbulenta clase de agitadores. El comandante no solo se oponía a ellos abiertamente, sino que vapuleó a varios de sus cabecillas más ofensivos, acabó con la huelga casi antes de que empezara y, tras una campaña de lo más emocionante, se hizo con la alcaldía. Lo ajustado del recuento resalta lo encarnizada que había sido la lucha. Al mismo tiempo presidía mítines en los que se mostraba indignado y consiguió que toda la comunidad gritase «¡Cuba libre!» y se mostrase casi dispuesta a marchar para liberarla.

Lo cierto es que se movía por toda la región como un Nemrod joven y administraba los asuntos de la villa con la sabiduría de un Solón. Ante la oposición resoplaba como un viejo caballo de guerra y ¡pobre de quien osase contradecirlo! El éxito lo estimulaba a llevar una actividad mayor pero, si bien esa actividad resultaría recomendable en un joven, en alguien de su edad parecía tan incongruente e inapropiada que sus amigos y parientes se mostraban terriblemente sorprendidos. Dover y yo no podíamos más que cruzar los dedos y observar las excentricidades de nuestra maravilla con canas.

Su fama o, como nosotros preferíamos llamarla, su notoriedad se extendió hasta que en la región se empezó a hablar de presentarlo al Congreso en las siguientes elecciones. La prensa sensacionalista llenó las columnas de sus ediciones dominicales con el relato tergiversado de sus hazañas y su tremenda vitalidad. Esos entrevistadores de la prensa amarilla nos habrían sacado de quicio con sus insistentes demandas si el propio comandante no se hubiese ocupado del asunto. Se acostumbró a echar al menos a uno de ellos de la casa antes de desayunar y siempre, al volver por la tarde, atendía de la misma manera a tres o cuatro más. Una plaga de curiosos y eruditos cayó sobre nuestra tranquila vecindad. Caballeros con gafas, generalmente calvos y siempre muy bien educados, llegaban solos, en parejas, en comités y delegaciones para tomar nota de los hechos y prodigios de aquel asombroso caso. Entusiastas de lo místico, de pelo largo y ojos alocados, y los devotos de innumerables sistemas ocultos se cernían sobre nuestras puertas principal y trasera, pisoteando las flores hasta el punto de que nuestro jardinero, desesperado, amenazó con abandonar su puesto. Estoy convencido de que podríamos haber ahorrado un diez por ciento en la factura del carbón solo con quemar la correspondencia no solicitada.

Y para colmo, cuando los Estados Unidos declararon la guerra a España, el comandante Rathbone dimitió de la alcaldía y solicitó un nombramiento en el Ministerio de Defensa. En vista de su historial en la Guerra de Secesión y su magnífica salud, parecía muy probable que su petición fuese escuchada.

—Creo que antes de que podamos endosarle este rejuvenecedor al mundo, vamos a tener que encontrar un antídoto, una especie de debilitador que reduzca la vivacidad que conlleva la vuelta a la juventud.

Nos habíamos sentado, abatidos y desesperados, para discutir el problema y buscar una solución.

—Verás —continuó Dover—, tras revivificar a una persona anciana, esa persona se escapa a nuestro control. No podemos frenarla ni moderar cualquier exceso de espontaneidad juvenil que le hayamos provocado. Ahora comprendo que debemos administrar nuestra linfa con el mayor de los cuidados si queremos evitar que la conducta del paciente se vuelva disparatada. Aunque ahora no se trata de eso. ¿Qué hacemos con el tío Max? Confieso que no se me ocurre nada más que intentar retrasar la respuesta del Ministerio.

Vi a Dover tan perdido que me sentí eufórico al desvelarle el plan que llevaba tiempo madurando.

—Has hablado de un antídoto —empecé a decir con precaución—. Como sabemos, hay antídotos de muchos tipos que sirven para remediar un mal u otro. Si un niño pequeño se bebiera medio litro de queroseno, ¿qué antídoto sugerirías? —Dover negó con la cabeza—. Y ya que no existe antídoto alguno para semejante caso, ¿debemos dejar que el niño se muera? Por supuesto que no. Le administramos un emético. Claro que en el caso que nos ocupa el emético no sirve de nada. Pero, a quien sufre de un excesivo sometimiento a su esposa, o a un hipocondríaco, ¿qué remedio debemos aplicarle? Desde luego que ninguno de los dos que ya he mencionado. ¿Qué le prescribirías a un deprimido?

—Un cambio respondió al instante—. Algo que lo aparte de sí mismo y de sus pensamientos enfermizos, algo que le dé un nuevo interés en la vida, que le aporte un motivo para existir.

—Muy bien —continué encantado—. Convendrás conmigo en que le has administrado un antídoto, cierto, pero que en lugar de ser algo físico o medicinal es intangible y abstracto. ¿Podrías darme un remedio similar para el exceso de ánimo o de fuerzas?

Dover me miró perplejo y esperó a que siguiese hablando.

—¿Recuerdas a un hombre muy fuerte que se llamaba Sansón? ¿Y a Dalila, la hermosa filistea? ¿Te has parado a pensar en el significado de La bella y la bestia? ¿Sabes que hasta el más fuerte ha flaqueado, se han creado o derribado dinastías e incontables naciones han sido dominadas o rescatadas de conflictos civiles y todo por el amor de alguna mujer? Pues ahí tienes tu antídoto —añadí con modestia, como si se me hubiese ocurrido en ese momento.

—¡Sí! —Se le iluminó la mirada un instante, aunque enseguida negó con la cabeza, triste y consternado, y dijo—: Pero ¿y las candidatas? No hay ninguna.

—¿Recuerdas una novia que tuvo el comandante cuando era joven, antes de la guerra?

—¿Te refieres a la señorita Deborah Furbush, tu tía Debby?

—Sí, mi tía Debby. Ya sabes que se pelearon y nunca hicieron las paces.

—Ni se han vuelto a hablar.

—Sí que se hablan. Desde su rejuvenecimiento, él la visita con regularidad para interesarse por su salud. Alardea ante ella. La tía Debby lleva un año postrada en la cama. No sube ni baja sola las escaleras. Y lo único que tiene es un exceso de años.

—Si es lo bastante fuerte… —aventuró Dover.

—¡Pues claro que sí! —exclamé—. Te aseguro que lo suyo es pura senilidad. No hay nada que pueda preocuparnos, excepto una leve, muy leve, insuficiencia cardiaca. ¿Qué me dices? Podemos retrasar un par de meses el nombramiento del Ministerio y empezar de inmediato a tratar a la tía Debby. ¿Qué me dices, amigo? ¡Dime algo!

Estaba emocionado con la solución a nuestro problema y conseguí emocionarlo a él también. Conscientes de que debíamos darnos prisa, fuimos al laboratorio, reunimos todo cuanto necesitábamos y nos establecimos en mi casa, que quedaba frente a la de la tía Debby.

Para entonces manejábamos con soltura todo el procedimiento, así que empezamos a trabajar sin desviarnos de nuestro fin. Lo hacíamos a hurtadillas y el comandante Rathbone no se enteró de a qué nos dedicábamos. Una semana después, el hogar de los Furbush se asombró al ver que la tía Debby abandonaba sola el lecho para estrechar la mano del comandante cuando fue a visitarla. A los quince días, desde una esquina de la casa que nos permitía ver sin ser vistos, los observamos pasear por el jardín y percibimos cierta galantería en el comportamiento del comandante. La rapidez con la que la tía Debby arrostraba los cambios resultaba vertiginosa. Visiblemente rejuvenecida, sus mejillas recuperaron el color y su tez se iluminó.

Unos diez días más tarde, el comandante fue a buscarla en un automóvil, que él mismo conducía, y se la llevó de excursión. ¡Cómo hablaron en la villa! Aunque fue mucho más lo que dijeron cuando, un mes después, el interés del comandante por la guerra remitió hasta el punto de rechazar el nombramiento. Pero cuando los ancianos recorrieron el camino hasta el altar y luego se fueron de luna de miel, las lenguas se desataron de tal forma que parecía imposible hacerlas callar.

Ya he dicho que esta linfa es un descubrimiento maravilloso.

[1899]

  1. En español en el original. ↩︎

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