Texto aleatorio

HOLA, VAGO, ¿tienes material? Necesito fumar urgentemente. Eh, estar contigo otra vez es mejor que un trabajo fijo.

¿Que qué ha sido de mi vida? ¿Y que dónde he mangado esta ropa tan buena? Pues fue de la siguiente forma. La suerte me dio la espalda. Me dejó tirado. Sin un centavo. Toqué tanto fondo que ya no podía caer más bajo y mi suerte cambió. Ni me habrías reconocido.

Y abracadabra, así fue como pasó. Paré en una ciudad de mala muerte de la ruta del ferrocarril del Medio Oeste y me gafaron. Llamé a una casa para pedir algo de desayuno y me encontré con una pelirroja. ¡Me quedé tan desconcertado que olvidé robar el jabón! En la siguiente casa a la que llamé había un tuerto y me olvidé de escupir en el sombrero. Eso acabó conmigo. Imposible estar más gafado.

Después de eso no podía ponerme manos a la obra con nada sin que me echaran. Todo me salía mal. En una de estas, mientras recoma la pista como alma en pena, le pedí limosna a un tipo que resultó ser un poli de paisano y me cayeron treinta días. Eso me remató. Tenía muy mala fama. Nadie quería saber de mí. Me había quedado fuera del circuito.

Cuando cumplí la condena pensaba largarme pitando del agujero aquel, pero no lo hice y así fue cómo me recuperé. Hasta la noche no iba a pasar por allí ningún mercancías, así que decidí ir a darme un baño. Birlé el sedal de un niño y me fui a pescar. No picaban. Ni se acercaban. No pillé nada, hasta que un viejo paleto que se había caído más arriba apareció arrastrado por la corriente y con tanta sed que se tragaba el río entero. Le lancé el sedal y lo cacé al vuelo. Cuando lo saqué a tierra me dijo:

—Eres mi salvador.

—Y usted que lo diga —contesté.

—Eres un ángel.

—Nos ha fastidiado, pues claro que lo soy.

—Te recompensaré.

—Ahora sí que empezamos a entendernos.

El viejo me llevó a su casa y después de darle a la lengua con la parienta…, puede que te parezca un cuento chino, pero que no vuelva a ganar una apuesta si miento…, decidieron adoptarme.

Les conté mis miserias. ¿Que qué les dije? Les hablé de como mi viejo le zurraba a mi vieja cuando iba cargado y les conté lo piadosa que era ella y que siempre me decía que fuese honrado y noble, y cómo estiró la pata de tanto disgusto y que el viejo me echo a patadas y siguió bebiendo como un pez hasta que también estiro la pata el muy cerdo. Solo les conté desgracias porque la verdad es que a mí nadie me crio, más bien me hicieron crecer a golpes. Les dije que por eso estaba allí, porque me habían echado a patadas.

Entonces la vieja me abrazó y dijo: «Pobre criatura», el viejo se sonó la nariz y yo rematé la función poniéndome a llorar. Fue la guinda: todos lloramos como Magdalenas.

La vieja, que era muy buena, dijo que nadie más me echaría a patadas y el viejo dijo que tenían suficiente para poder cuidar de mí. Así toqué fondo y cambio mi suerte.

¿Que por qué no me quedé? ¿Qué me daban? Espera a que te cuente el rollo. No era ninguna ganga. Eran demasiado buenos para mí. Todas las mañanas el viejo me leía un capítulo de la Biblia y cada vez que me ponía a pensar en la pandilla, el hombre preguntaba cuál era el último versículo y, como no lo sabía se sentía tan herido que yo me sentía mal. Nunca prestaba atención, solo cuando leía algo de Josué. ¡Era un luchador! También me gustaba Sansón. Los barberos estaban en huelga donde vivía y era más fuerte que una locomotora. Algunas partes eran tan buenas como las aventuras de Deadwood Dick y Nick Carter, y cuando llegaba a la parte en la que un viejo vivía más de novecientos años era increíble. Pero había muchas otras que me cansaban. Cuando leía cosas de los hijos, de los hijos de los hijos, de los hijos de los hijos de los hijos y los hijos que venían después, dejaba de escuchar y me dormía.

Además no podía dejar de soltar juramentos y palabrotas, y cada vez que se me escapaba una, la vieja ponía los ojos en blanco y decía: «¡Thomas!», con gesto solemne, como si me riñera.

Y siempre me olían el aliento para ver si había fumado. Tampoco me dejaban comer con el cuchillo en lugar del tenedor ni echar el café en el platillo. No me aprendía su estilo.

Siempre metía mi propio cuchillo en la mantequilla y me olvidaba de dejar la cucharilla del azúcar en el azucarero. Además hacía ruido al masticar y eso los poma de los nervios. Y me guardaba la servilleta en el bolsillo al terminar. Me hacían n siempre erguido y con la cabeza alta y decían que movía demasiado los hombros al andan Siempre me metía en líos con los otros chicos de la manzana. ¡Es que no pasaba nada emocionante! Una vez me llevé a un grupo de ellos a la valla de atrás y los hice sentar en fila, cada uno con un puñado de tabaco de mascar. A mi orden todos debían mascar, y quien aguantase más tiempo recibiría de premio una cometa hecha por mí. ¡Tenías que haberlos visto! Cuando se acabó el tiempo no quedaba ni uno en la valla. Parecía que el cólera había llegado al pueblo, por lo enfermos que llegaron todos a casa. ¡Tenías que haber estado allí! Las madres empezaron a llegar en bandadas y pusieron a caldo a la vieja. Decían que yo corrompía a sus hijos y que era un peligro para sus vidas y propiedades.

Me metí en muchos líos como ese, pero siempre los engatusaba y arreglaba las cosas. Quisieron mandarme a la escuela pero me expulsaron el primer día. No se rendían, siempre querían mejorarme. Estaban empeñados en hacer de mí un buen chico y yo empeñado en que no lo consiguieran.

Al final empecé a echar de menos la carretera, la pandilla y los buenos tiempos. Me daba un vuelco el corazón cuando oía el silbato de una locomotora y pensaba en los mercancías, en los pasajeros y me acordaba de cómo viajaba tumbado en el techo de los vagones o escondido entre las mercancías. Y me moría por jugar a los dados y apostar Decidí que lo de la adopción no era buena idea. Un día me acordé del último guiso que había tomado con los colegas. Ya sabes, cuando Joe el de Pittsburg gorroneó las carnicerías, el Fideo de Chicago las panaderías, el Deportista de Montana las tiendas de comestibles, tú y yo afanamos pollos, el Moldeador negro se ocupó de la cerveza, Joe el Cauteloso preparó el fuego y Jack Sobrejuanete cocinó. ¡Se me hizo la boca agua! No lo soporté más, así que di esquinazo a mis padres adoptivos y me lancé al camino.

¡Pero si tienes ahí la vieja baraja, bien grasienta! No me importaría echar una, no. Solo una, para tentar la suerte. Yo corto y tú reparte, Jack el Alto.

[1895]


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