HABLANDO DE OSOS…
El rey del Klondike se detuvo, pensativo, y el grupo que ocupaba el porche del hotel acercó aún más las sillas.
—Hablando de osos —continuó—, en la región septentrional existen varias clases. Por ejemplo, al Little Pelly bajan tantos en verano para alimentarse de los salmones que es imposible que un indio o un hombre blanco se acerquen a menos de un día de distancia. Y en los montes Rampart existe un tipo muy curioso al que llaman grizzly de la ladera porque vive y se mueve por las laderas desde la época del Diluvio y las dos patas de fuera son el doble de largas que las de dentro. Cuando se empeña es capaz de correr más que una liebre. ¿Peligroso? ¿Si puede atraparte? Pues claro que no. Basta con cambiar de dirección y echar a correr. Eso lo dejaría con las patas largas en el interior y las cortas hacia fuera. Sí, se trata de una criatura muy peculiar, pero no era eso lo que pretendía contaros.
»En el curso alto del Yukón existe otra clase de oso de patas normales. Se llama grizzly osado y es tan grande como malo. Solo al hombre blanco, en su necedad, se le ocurre cazarlo. El indio es demasiado sensato. Pero hay una cosa que todo hombre debe aprender acerca del grizzly osado: jamás cede el paso a ninguna criatura mortal. Si lo veis venir y valoráis en algo la vida, sacaos del medio. Si no lo hacéis, tendréis problemas. Aunque el osado se encontrase con el mismísimo Jehová, no cedería ni un centímetro. Es el peor de los egoístas, creedme. Yo tuve que aprenderlo por las malas. Cuando me adentré en la región no sabía nada sobre los osos, excepto que de joven había visto unos cuantos osos negros, mucho más pequeños, y algunos de pelaje canela. Pero a esos no había por qué temerlos.
»Pues después de establecernos en la concesión, me adentré colina arriba en busca de un buen pedazo de abedul con el que fabricar el mango de un hacha. Pero me costaba encontrar el más adecuado y continué avanzando sin parar durante cerca de dos horas. No tenía prisa en elegir porque me dirigía hacia Grand Forks, donde el bueno de Joe Gee me iba a prestar algunas herramientas. Al salir había metido en el bolsillo un par de galletas de masa fermentada y un pedazo de cerdo salado por si tenía hambre. Os aseguro que aquel almuerzo me vino mucho mejor de lo que imaginaba.
»Por fin me tropecé con un abedul joven y de lo más apropiado, en medio de un grupo de pinos. En el momento en que levantaba el hacha de mano, miré por casualidad colina abajo. Un oso enorme venía subiendo, a toda velocidad y a cuatro patas, directo hacia mí. Era un grizzly osado, pero entonces yo no sabía nada de esa raza de osos.
»“Bueno, pues lo asusto y listo”, me dije a mí mismo y me oculté entre los árboles.
»Aguardé hasta que estaba a unos cien metros de distancia y entonces salí de repente a campo abierto.
»“¡Fuera! ¡Fuera!”, le grité, convencido de que se daría la vuelta a la velocidad del rayo.
»¿Darse la vuelta? Levantó un poco la cabeza para ver mejor y continuó avanzando.
»“¡Fuera! ¡Fuera!”, grité mucho más alto. Pero él siguió acercándose.
»“¡Condenado bicho!”, me dije a mí mismo, muy enfadado. «Ya verás cómo hago que te esfumes».
»Me quité el gorro y me lancé camino abajo, agitándolo y chillando como un loco. Un vendaval había derribado un enorme pino de azúcar que me llegaba a la altura del pecho. Me detuve tras él, pero el grizzly osado no dejó de correr. Entonces sentí miedo. Aullé como un indio comanche cuando lo vi erguirse para pasar por encima del tronco y le lancé el gorro a la cara. Salí por patas.
»Rodeé el tronco por un extremo y corrí colina abajo como alma que lleva el diablo, mientras el osado se acercaba cada vez más a mí. En el fondo había unos cuatrocientos metros de terreno abierto y ancho hasta alcanzar el refugio de los árboles que, por si fuera poco, estaba plagado de pedruscos. Sabía que con que resbalase una sola vez estaría perdido, pero conseguí pisar siempre en los que más sobresalían, sin perder el equilibrio ni disminuir la velocidad. Y el condenado continuaba persiguiéndome sin descanso. En la mitad del claro alargó la zarpa para agarrarme y me rozó el talón del mocasín. Yo no dejaba de pensar en busca de alguna solución. Sabía que a resistencia no podía ganarle, así que saqué el almuerzo del bolsillo y se lo lancé.
»No miré atrás hasta que llegué al bosque y entonces vi que masticaba las galletas de una forma muy desagradable, teniendo en cuenta lo cerca que había estado de ser yo. No bajé el ritmo. ¡No, señor! Continué corriendo como un loco. Pero al tomar una curva a la velocidad del rayo, ¿qué es lo que veo en medio del camino, frente a mí y avanzando en mi dirección? ¡Otro grizzly osado!
»—¡Grr! —exclamó al verme y se lanzó a la carrera.
»Al instante me di la vuelta y empecé a correr en la dirección opuesta el doble de rápido que antes. La forma en que aquel me perseguía había logrado que me olvidase del primer grizzly osado. Enseguida lo vi dando un paseo con calma, sin duda preguntándose dónde me habría metido y si estaría tan sabroso como mi almuerzo. ¡Cuando me vio se puso muy contento! Y echó a correr hacia mí.
»—¡Grr! —dijo.
»—¡Grr! —dijo el que venía detrás de mí.
»En ese momento me desvíe hacia un lado y abandoné el camino, internándome en la maleza como un loco. Para entonces había perdido la cabeza y pensaba que toda la región estaba plagada de osados. Cuando me quise dar cuenta me tropecé con algo en una maraña de moras silvestres. Ese algo me lanzó un zarpazo y me cercó. ¡Otro grizzly osado! Supe que había llegado mi hora, pero decidí que vendería caro el pellejo y me concentré en destrozar, gritar, desgarrar y rasgar.
»—¡Por Dios! ¡Mi pobre esposa! —dijo. Lo miré bien y aquello a lo que yo golpeaba con toda mi alma era un hombre.
»—Creí que eras un oso —le dije.
»Él contuvo la respiración y me miró. Luego me dijo:
»—Lo mismo pensé yo de ti.
»Al parecer a él también le había perseguido un osado, por eso se ocultó entre las moras. Y así fue cómo ambos nos equivocamos.
»Pero para entonces, el jaleo que se oía en el camino era algo terrible y no perdimos el tiempo en explicaciones. Esa tarde fuimos a buscar a Joe Gee, cogimos unos rifles y volvimos a la zona, con munición adecuada para cazar osos. Tal vez no me creáis, pero al llegar hallamos a los dos osados muertos en el camino. Cuando me desvié, ellos dos se encontraron y ninguno quiso cederle el paso al otro. Así que lucharon hasta ver quién ganaba.
»Y hablando de osos. Como iba diciendo…
[1899]

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