Texto aleatorio

EN LA ALDEA había motivo de queja. Las mujeres charlaban con voces agudas y estridentes. Los hombres parecían abatidos e indecisos, y hasta los perros vagaban recelosos, alarmados por la inquietud que reinaba en el campamento y dispuestos a echarse a los bosques tan pronto comenzasen los problemas. Se respiraba la sospecha. Nadie confiaba en su vecino y todos eran conscientes de despertar inseguridad en el prójimo. Incluso los niños se sentían oprimidos y se mostraban serios, mientras que el pequeño Di Ya, la causa de todo, había recibido una buena paliza, primero de Hooniah, su madre, y luego de su padre, Bawn, y ahora se encontraba lloriqueando y mirando al mundo con pesimismo desde el refugio que le ofrecía la gran canoa dada la vuelta sobre la playa.

Para empeorar las cosas, Scundoo, el chamán, había caído en desgracia y no podían recurrir a su magia para ir en busca del malhechor. Y es que, un mes atrás, había prometido que soplaría el viento del sur para que la tribu pudiese acudir al potlatch de Tonkin, donde Taku Jim iba a repartir los ahorros de veinte años; pero cuando llegó el día sopló un fuerte viento del norte y, de las tres canoas que se atrevieron a zarpar, a una se la tragaron las olas y las otras dos se estrellaron contra las rocas, y un niño murió ahogado. Les explicó que había cometido un error. Pero el pueblo se negó a escuchar, las ofrendas de carne, pescado y pieles dejaron de llegar a su puerta, y él permaneció dentro enfurruñado —o eso creían—, ayunando como penitencia. En realidad, comía en abundancia gracias a su despensa bien surtida y meditaba sobre la inconstancia de la gente corriente.

Las mantas de Hooniah habían desaparecido. Eras mantas muy buenas, de un espesor increíble y de mucho abrigo, y el hecho de haberlas logrado a un precio muy bajo hacía que su dueña se sintiera aún más orgullosa de poseerlas. Ty-Kwan, que vivía a dos tirado de la cuerda de la bolsa equivocada, que había aldeas de distancia, había sido un necio al deshacerse de ellas. Pero claro, ella no sabía que eran las mantas del inglés asesinado, debido a cuya desaparición un guardacostas de Estados Unidos había husmeado por la zona durante un tiempo mientras sus lanchas echaban humo y resoplaban entre las ensenadas secretas. Al no saber que Ty-Kwan las había vendido con prisa para que su pueblo no tuviese que rendir cuentas ante el Gobierno, el orgullo de Hooniah permanecía inalterable. Y como las demás mujeres la envidiaban, ese orgullo se volvió infinito e ilimitado, hasta inundar la aldea y derramarse a lo largo de la costa de Alaska, desde Dutch Harbor hasta St. Mary’s. Su tótem se celebraba merecidamente y su nombre se pronunciaba dondequiera que los hombres se reuniesen para cazar y festejar, porque era dueña de unas mantas de espesor sorprendente y de mucho abrigo. La forma en que desaparecieron fue un suceso de lo más misterioso.

—Yo me limité a extenderlas al sol en el lateral de la casa —explicó Hooniah por enésima vez a sus hermanas thlinget—. Las extendí y me di la vuelta porque Di Ya, gran ladrón de masa y comedor de harina cruda, había metido la cabeza en la gran cacerola de hierro, se había quedado atrapado y agitaba las piernas como ramas al viento. Solo me entretuve en sacarlo, golpearle la cabeza dos veces contra la puerta como escarmiento, ¡y las mantas ya no estaban!

—¡Las mantas ya no estaban! —repetían las mujeres en susurros, sobrecogidas.

—Qué gran pérdida —añadió una.

Y una segunda:

—Nunca ha habido mantas como esas.

Y una tercera:

—Sentimos mucho tu pérdida, Hooniah.

Pero en el fondo todas se alegraban de que aquellas mantas odiosas, caldo de cultivo de la discordia, hubiesen desaparecido.

—Yo solo las extendí al sol —empezó Hooniah de nuevo, por enésima vez más una.

—Sí, sí —intervino Bawn, aburrido de oírla—. Pero en la aldea no había gente de otros lugares. Así que está claro que uno de los nuestros se ha quedado con unas mantas que no le pertenecen.

—¿Cómo es posible, Bawn? —comentaron a coro las mujeres, indignadas—. ¿Quién podría hacer una cosa así?

—O será brujería —continuó Bawn, imperturbable, pero mirándolas con malicia.

¡Brujería! Al oír la temida palabra bajaron el tono y empezaron a mirarse con miedo entre ellas.

—Sí —afirmó Hooniah y la maldad latente en su naturaleza asomó, jubilosa, un instante—. Han mandado aviso a Klok-No-Ton con los mejores remeros. Sin duda llegará con la marea de la tarde.

Los pequeños grupos se dispersaron y el miedo se apoderó de la aldea. De todas las desgracias la brujería era la más espantosa. Solo los chamanes podían hacer frente a las cosas intangibles e invisibles y, hasta el momento de la ordalía, ningún hombre, mujer o niño podía saber si algún demonio poseía su alma o no. Y de todos los chamanes Klok-No-Ton, que vivía en la aldea vecina, era el más terrible. Nadie encontraba más espíritus malignos que él, nadie infligía a sus víctimas peores torturas. Incluso en una ocasión había descubierto a un demonio que habitaba el cuerpo de un bebé de tres meses; un demonio obstinado que solo logró expulsar después de que el bebé hubiese yacido durante una semana sobre espinas y zarzas. Luego arrojaron el cuerpo al mar, pero las olas lo devolvían una y otra vez como una maldición sobre la aldea y no se marchó hasta que estacaron a dos hombres fuertes en marea baja y dejaron que se ahogaran.

Y Hooniah había llamado a Klok-No-Ton. Mejor hubiese sido que Scundoo, su propio chamán, no hubiera caído en desgracia, porque siempre era más amable y había expulsado dos demonios del cuerpo de un hombre que después tuvo siete hijos sanos. ¡Pero Klok-No-Ton! Temblaban de desasosiego con solo pensar en él y todos se sentían el centro de las miradas delatadoras y miraban acusadoramente a los demás, a todos y cada uno de ellos, excepto Sime, pero Sime era un burlón que iba a acabar mal por mucho éxito que lograse; de eso estaban todos seguros.

—¡Jo, jo! —se rio—. ¡Demonios y Klok-No-Ton! Él es el mayor demonio que puede encontrarse en la tierra de los thlinket.

—¡Necio! Vendrá con sus hechizos y su magia, así que ten cuidado con lo que dices, no vaya a ser que el mal caiga sobre ti y tus días en la tierra se acorten.

Eso dijo La-Lah, también conocido como el Tramposo, y Sime se rio con desprecio.

—Yo soy Sime, no acostumbrado a temer, sin miedo a la oscuridad. Soy un hombre fuerte, como antes lo fue mi padre, y tengo las ideas claras. Ni tú ni yo hemos visto con nuestros propios ojos las cosas malas invisibles…

—Pero Scundoo sí —respondió La-Lah—. Y también Klok-No-Ton. Eso lo sabemos.

—¿Cómo lo sabes, hijo de necio? —atronó Sime, con su cuello ancho de toro oscurecido por la cólera.

—Por lo que ellos han dicho, por eso.

Sime bufó.

—Un chamán no es más que un hombre. ¿Acaso sus palabras no pueden ser deshonestas, como las tuyas o las mías? ¡Bah, bah y bah! ¡Esto para tus chamanes y los demonios de tus chamanes! ¡Y esto! ¡Y esto!

Mientras chasqueaba los dedos a derecha e izquierda, Sime cruzó entre los curiosos, que le dejaron pasar asustados y sin oponer resistencia.

—Buen pescador y cazador valiente, pero mal hombre —dijo uno.

—Aunque le va muy bien —comentó otro.

—Pues sé malo para que te vaya bien —replicó Sime por encima del hombro—. Si todos fuésemos malos no necesitaríamos chamanes. ¡Bah! ¡Sois como niños que temen la oscuridad!

Cuando Klok-No-Ton llegó con la marea de la tarde, la risa desafiante de Sime no disminuyó; tampoco se abstuvo de hacer un chiste cuando el chamán tropezó en la arena al desembarcar. Klok-No-Ton le dedicó una mirada agria y, sin saludar, caminó muy erguido entre la gente en dirección a la casa de Scundoo.

De lo ocurrido en su encuentro con Scundoo ningún miembro de la tribu se enteró, porque se apiñaron con respeto en la distancia y hablaron en susurros mientras los maestros del misterio permanecieron reunidos.

—¡Saludos, Scundoo! —rugió Klok-No-Ton, sensiblemente titubeante porque dudaba de cómo iba a ser recibido.

Era un gigante, mucho más alto que el pequeño Scundoo, cuya voz apagada ascendió como el chirrido áspero y lejano de un grillo.

—Saludos, Klok-No-Ton —respondió—. El día mejora con tu llegada.

—Pero parece… —Klok-No-Ton dudó.

—Sí, sí —intervino impaciente el pequeño chamán—, que son malos tiempos para mí, o no te agradecería que hagas mi trabajo.

—Me aflige, amigo Scundoo…

—No, yo me alegro, Klok-No-Ton.

—-Pero te daré la mitad de lo que me den a mí.

—No es necesario, buen Klok-No-Ton —murmuró Scundoo, gesticulando con la mano para quitarle importancia al asunto—. Soy tu esclavo y siempre desearé ser tu amigo.

—Como yo…

—Como tú deseas ser mi amigo.

—Siendo así, ¿es un asunto grave, el de las mantas de Hooniah?

El chamán grande cometió el error de titubear al preguntar por el caso y Scundoo le dedicó una sonrisa lánguida y desmayada, porque estaba acostumbrado a adivinar los pensamientos de los demás y todos los hombres le parecían muy pequeños.

—Tú sabes tratar con hechizos graves —respondió—. Sin duda muy pronto descubrirás al malhechor.

—Sí, lo descubriré en cuanto lo vea. —Klok-No-Ton volvió a dudar—. ¿Ha venido gente de otros lugares? —preguntó.

Scundoo negó con la cabeza.

—¡Mira! ¿No te parece un mucluc excelente?

Levantó un pie cubierto de piel de foca y cuero de morsa y su visitante lo examinó con gran interés.

—Llegó a mí por un asunto llevado en secreto.

Klok-No-Ton asintió, muy atento.

—Me lo dio La-Lah. Es un hombre extraordinario y a menudo he pensado…

—¿Qué? —preguntó Klok-No-Ton, impaciente.

—A menudo he pensado —concluyó Scundoo, bajando el tono hasta hacer una pausa—. Hoy es un buen día y tu magia tendrá fuerza, Klok-No-Ton.

El rostro de Klok-No-Ton se iluminó.

—Eres un gran hombre, Scundoo, chamán de chamanes. Ahora me voy. Siempre te recordaré. Y La-Lah, como tú dices, es un hombre extraordinario.

Scundoo le dedicó una sonrisa aún más lánguida y desmayada que la anterior, cerró la puerta nada más salir su visita y la atrancó con todo cuanto encontró a mano.

Cuando Klok-No-Ton bajó a la playa, Sime se encontraba reparando su canoa. Al verlo, dejó el trabajo el tiempo suficiente para cargar su rifle con ostentación y colocarlo cerca de él.

El chamán se dio cuenta del gesto y gritó:

—¡Que todo el pueblo se reúna en este lugar! ¡Es la palabra de Klok-No-Ton, buscador de malhechores y quien expulsa a los demonios!

Había pensado reunirlos en casa de Hooniah. Sin embargo, era necesario que todos estuviesen presentes, pero dudaba de la obediencia de Sime y no quería problemas. Le parecía que a Sime era mejor dejarlo en paz porque podía resultar perjudicial para la salud de cualquier chamán.

—Que traigan a Hooniah —ordenó Klok-No-Ton, lanzando una mirada de furia a los reunidos y logrando que todos sintieran escalofríos.

Hooniah se adelantó con paso torpe, la cabeza gacha y la mirada desviada.

—¿Dónde están tus mantas?

—¡Me limité a extenderlas al sol y desaparecieron! —se quejó ella.

—¿Y?

—Fue por culpa de Di Ya.

—¿Y?

—Ha recibido una paliza y recibirá más, por habernos causado problemas, siendo pobres como somos.

—¡Las mantas! —vociferó Klok-No-Ton con la voz ronca, previendo que la mujer deseaba rebajar el precio que debía pagarle—. ¡Las mantas, mujer! Tu riqueza es bien conocida.

—Yo solo las extendí al sol —gimoteó ella—, y somos pobres y no tenemos nada.

El chamán se puso rígido de repente, el rostro horriblemente distorsionado, y Hooniah retrocedió. Pero él saltó hacia delante con tal rapidez, con los globos oculares hacia dentro y la mandíbula floja, que ella tropezó y cayó, servil, a sus pies. Él movió las manos, flagelando el aire sin control, mientras su cuerpo se retorcía y se encogía como si lo torturasen. Parecía sufrir un ataque de epilepsia. Una espuma blanca le salpicó los labios y su cuerpo se convulsionó entre temblores y escalofríos.

Las mujeres entonaron un cántico lastimero, balanceándose hacia delante y hacia atrás, desvalidas, y los hombres fueron sucumbiendo uno a uno a la emoción hasta que solo quedó Sime. Éste, subido a su canoa, observaba con gesto de burla; sin embargo, la sangre de sus antepasados acabó por vencer y pronunció los juramentos más fuertes para demostrar su valor. Era horrible contemplar a Klok-No-Ton. Se había quitado la manta y arrancado la ropa, de manera que estaba desnudo a excepción de un cinto de garras de águila en los muslos. Entre gritos y alaridos, con el cabello largo y negro al vuelo como un fragmento de noche, saltaba frenéticamente de un lado al otro del círculo. Cierto ritmo rudimentario caracterizaba su frenesí y, cuando todos estuvieron bajo su yugo, balanceando sus cuerpos de acuerdo con el suyo y gritando al unísono, se sentó muy derecho, con un brazo estirado y un dedo largo, como una garra, extendido. El gesto iba acompañado por un lamento triste y la gente se encogía con las rodillas temblorosas a medida que el dedo sobrecogedor iba pasando lentamente y los dejaba atrás. Porque con él iba la muerte y la vida permanecía en aquellos que lo veían alejarse. Tras verse libres, observaban con mayor interés.

Por fin, y con un grito escalofriante, el dedo acusador se detuvo en La-Lah. El hombre se estremeció como un álamo temblón, porque ya se veía muerto, sus bienes repartidos y su viuda casada con su hermano. Quiso hablar, negar, pero la lengua se le pegaba a la boca, la garganta parecía llena de arena y sentía una sed intolerable. Ahora que había hecho su trabajo, daba la impresión de que Klok-No-Ton estaba medio desmayado, pero aguardó con los ojos cerrados, a la espera de oír el grito en demanda de sangre, el gran grito vengador que su oído conocía de otros mil conjuros, cuando los de la tribu se arrojan como lobos sobre la víctima temblorosa. Pero solo había silencio. Luego se oyó una risita nerviosa que no procedía de ningún sitio concreto y que se fue extendiendo hasta acabar en una carcajada general que ascendió hasta el cielo

—¿Por qué? —gritó.

—¡No! ¡No! —La gente se reía—. Tu magia está mal, Klok-No-Ton.

—Todos saben —balbuceó La-Lah— que he pasado ocho meses agotadores entre los cazadores de focas siwashs, muy lejos de aquí, y que he vuelto hoy mismo, cuando las mantas de Hooniah ya habían desaparecido.

—¡Es verdad! —gritaron todos a coro—. ¡Las mantas de Hooniah ya habían desaparecido cuando él llegó!

—Y no recibirás nada a cambio de tu magia, que no sirve —anunció Hooniah, otra vez de pie y resentida por haber hecho el ridículo.

Pero Klok-No-Ton solo veía el rostro de Scundoo y su sonrisa lánguida y desmayada, y únicamente oía el chirrido áspero y lejano del grillo decir: «Me lo dio La-Lah y a menudo he pensado…» y «hoy es un buen día y tu magia tendrá fuerza».

Pasó raudo junto a Hooniah y el círculo se abrió para dejarle camino. Sime lo abucheó desde lo alto de la canoa, las mujeres se reían en su cara y al pasar todos se burlaban de él, pero no hizo caso y continuó hacia casa de Scundoo. Aporreó la puerta, le dio patadas, la golpeó con los puños y lanzó violentas imprecaciones. Pero no obtuvo respuesta, aunque en los períodos de calma la voz de Scundoo se oía sobrecogedora, pronunciando conjuros. Klok-No-Ton, hecho una furia, se movía de un lado a otro como un loco, pero cuando intentó derribar la puerta con una piedra enorme, los hombres y las mujeres empezaron a murmurar. Y él, Klok-No-Ton, supo que le habían arrebatado su fuerza y autoridad ante una tribu que no era la suya. Vio que uno de los hombres se agachaba para coger una piedra, seguido de otro más, y el miedo se apoderó de él.

—¡No le hagas daño a Scundoo, que es un maestro! —gritó una mujer.

—Es mejor que regreses a tu aldea —aconsejó un hombre en tono amenazador.

Klok-No-Ton se dio la vuelta y bajó a la playa, entre ellos, con el corazón dominado por una ira amarga y la cabeza, por la aprensión que le producía su indefensión al darles la espalda. Sin embargo, no le tiraron piedras. Los niños lo rodeaban burlándose y por todas partes se oían risas y bromas, pero nada más. Aunque no respiró tranquilo hasta que la canoa se alejó bastante de la playa; entonces se puso en pie y lanzó una maldición inútil sobre la aldea y sus habitantes, sin olvidar referirse a Scundoo, que se había burlado de él.

En la orilla todos llamaban a Scundoo y acudieron en tropel a su puerta, suplicando e implorando en confusa algarabía hasta que salió y levantó la mano.

—Porque sois mis hijos os perdono libremente —dijo—. Pero nunca más. Es la última vez que vuestra necedad queda sin castigo. Os concederé lo que deseáis porque sabré la respuesta. Esta noche, cuando la luna se haya ocultado tras el mundo para mirar a los poderosos muertos, todos nos reuniremos en la oscuridad frente a la casa de Hooniah. Entonces el malhechor dará un paso al frente y recibirá lo que merece. He dicho.

—¡Será la muerte! —vociferó Bawn—. Porque ha hecho que la preocupación nos domine y caiga la deshonra sobre todos.

—Sea —respondió Scundoo y cerró la puerta.

—Ahora todo se aclarará y volveremos a estar satisfechos —declamó La-Lah como un oráculo.

—Gracias a Scundoo, el hombre pequeño —se burló Sime.

—Gracias a la magia de Scundoo, el hombre pequeño —le corrigió La-Lah.

—¡Estos thlinket son hijos de la necedad! —Sime se dio una sonora palmada en el muslo—. No hay quien entienda que las mujeres adultas y los hombres fuertes se rebajen de esa forma ante los sueños y las historias fantásticas.

—Yo he viajado —respondió La-Lah—. He viajado sobre los mares profundos y visto señales y maravillas y sé que esas cosas son así. Yo soy La-Lah…

—El Tramposo.

—Así llamado, pero también conocido, más adecuadamente, como el Que Viaja Lejos.

—Yo no he viajado tanto… —empezó Sime.

—Entonces cierra la boca —interrumpió Bawn y se separaron enfadados.

Cuando la última luz plateada de la luna desapareció más allá del mundo, Scundoo se unió a la gente agrupada frente a la casa de Hooniah. Caminaba con paso rápido y alerta y, quienes lo vieron a la luz de la lámpara de grasa de Hooniah, observaron que no llevaba nada en las manos —ni matracas, ni máscaras ni otra parafernalia propia del chamán—, excepto un cuervo grande y adormilado bajo el brazo.

—¿Tenéis leña para encender una hoguera de forma que todos podáis ver el resultado de mi trabajo? —preguntó.

—Sí —respondió Bawn—. Hay leña de sobra.

—Entonces oíd, porque hablaré poco. He traído conmigo a Jelchs, el Cuervo, adivinador de misterios y vidente. A él, que es totalmente negro, lo situaré bajo la cacerola grande y negra de Hooniah, en el rincón más oscuro de la casa. La lámpara de grasa dejará de iluminar y las tinieblas lo dominarán todo. Es muy sencillo. Entraréis en la casa de uno en uno, posaréis la mano sobre la cacerola durante el tiempo que os lleve inspirar profundamente y luego la retiraréis. Jelchs gritará cuando la mano del malhechor esté cerca de él. Aunque podría manifestar su sabiduría de alguna otra forma. ¿Estáis preparados?

—Sí —respondieron a coro.

—Entonces os iré llamando por vuestros nombres, de uno en uno, hasta llegar al final.

La-Lah fue el primer elegido y entró enseguida. Todos escuchaban con atención y en medio del silencio oyeron el crujir de sus pasos sobre el suelo desvencijado. Pero nada más. Jelchs no gritó, ni dio señal alguna. Bawn fue el siguiente, porque bien podía ser que un hombre robase sus propias mantas con la intención de deshonrar a sus propios vecinos. Luego fue Hooniah y otras mujeres y niños, pero sin resultado.

—¡Sime! —llamó Scundoo.

—¡Sime! —repitió.

Pero Sime permaneció inmóvil.

—¿Te da miedo la oscuridad? —preguntó furioso La-Lah, ahora que su integridad había quedado demostrada.

Sime se rio.

—Me rio de todo porque es una estupidez. Sin embargo, entraré, pero no porque crea en estas cosas, sino para demostrar que no tengo miedo.

Entró con descaro y salió burlándose.

—Un día morirás de repente —susurró La-Lah, muy indignado.

—No lo dudo —respondió a la ligera el bromista—. Pocos de nosotros morimos en la cama, por culpa de los chamanes y del mar profundo.

Cuando la mitad de los habitantes de la aldea había superado la ordalía, el nerviosismo reprimido era ya muy elevado. Cuando ya habían pasado dos tercios, una mujer joven a punto de parir su primer hijo se derrumbó y rompió a reír a carcajadas, empujada por el terror que sentía.

Por fin le tocó entrar al último, sin que nada hubiese ocurrido. El último era Di Ya. Sin duda, él era el malhechor. Hooniah lanzó su lamento a las estrellas mientras los demás se apartaban del desdichado niño. Casi no oía debido al miedo, le temblaban las piernas, tropezó en el umbral y estuvo a punto de caer. Scundoo lo empujó adentro y cerró la puerta. Pasó un buen rato, durante el que solo se oyó el llanto del niño. Después, muy despacio, sonaron sus pasos en dirección al rincón más apartado, se produjo una pausa y se oyeron los pasos de vuelta. Se abrió la puerta y salió. Nada había ocurrido y él era el último.

—Encended la hoguera —ordenó Scundoo.

Las llamas radiantes se alzaron y dejaron a la vista unos rostros en los que aún se percibía el miedo, pero también la duda.

—Esto ha sido un fracaso —susurró Hooniah con la voz ronca.

—Sí —respondió Bawn, contento—. Scundoo se ha hecho mayor y necesitamos un nuevo chamán.

—¿Dónde está ahora la sabiduría de Jelchs? —se rio Sime al oído de La-Lah.

La-Lah frunció el ceño, desconcertado, y no respondió.

Sime sacó pecho con arrogancia y se pavoneó ante el pequeño chamán.

—¡Jo, jo! Tal y como dije, no ha servido de nada.

—Eso parece, eso parece —contestó Scundoo, muy dócil—. Lo que podría resultar extraño para quienes no saben de misterios.

—¿Como tú? —se atrevió a preguntar Sime.

—Puede ser —Scundoo hablaba con voz suave, mientras los párpados se le iban cerrando poco a poco, hasta ocultar los ojos casi por completo—. Por eso debo hacer otra prueba. Que cada hombre, mujer y niño, ahora mismo y a la vez, levante las manos por encima de la cabeza.

Tan inesperada fue la orden y tan categórica que la obedecieron sin cuestionarla. Todas las manos quedaron alzadas.

—Mirad primero las manos de los demás y luego las vuestras —ordenó Scundoo—, para que…

Pero una carcajada, que más bien era de cólera, ahogó sus palabras. Todas las miradas se centraron en Sime. Todas las manos, excepto la suya, estaban negras de hollín: la suya no había sido mancillada por la cacerola de Hooniah.

Una piedra cruzó el aire y le dio en la mejilla.

—¡Es mentira! —gritó—. ¡Mentira! ¡Yo no sé nada de las mantas de Hooniah!

Una segunda piedra le abrió una brecha en la frente, la tercera pasó silbando junto a su cabeza, se oyó el grito de venganza que exigía sangre y todos se agacharon en busca de misiles. Él se tambaleó y estuvo a punto de desplomarse.

—¡Fue una broma! ¡Solo fue una broma! —chilló—. ¡Las cogí para gastaros una broma!

—¿Dónde las has escondido? —la voz aguda y chirriante de Scundoo atravesó el tumulto como un cuchillo.

—Entre el fardo de pieles grandes que tengo en casa, el que cuelga junto a la cumbrera —fue la respuesta—. Pero solo era una broma, yo solo…

Scundoo asintió con la cabeza y el aire se llenó de piedras. La mujer de Sime lloraba en silencio con la cabeza inclinada sobre las rodillas, pero su hijito, entre carcajadas, lanzaba piedras como los demás.

Hooniah regresó con las valiosas mantas. Scundoo la detuvo.

—Somos pobres y tenemos pocas cosas —lloriqueó la mujer—. No seas duro con nosotros, Scundoo.

Los demás dejaron de lanzar piedras al montón tembloroso que se había acumulado y observaron lo que ocurría.

—No, nunca he sido así, buena Hooniah —respondió Scundoo, echando mano a las mantas—. Para que veas que no soy duro, solo me quedaré con las mantas.

—Hijos míos, ¿no os parece prudente? —preguntó luego a los demás.

—Eres prudente y sabio, Scundoo —contestaron al unísono.

Scundoo se internó en la oscuridad, cubierto con las mantas y con Jelchs dormitando bajo el brazo.

[1901]


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