Texto aleatorio

JACOB KENT HABÍA SUFRIDO de codicia todos los días de su vida. Eso a su vez engendraba una desconfianza crónica y su mente y forma de ser se habían vuelto tan retorcidas que resultaba muy desagradable tratar con él. También tenía cierta propensión al sonambulismo y era de ideas fijas. Había sido tejedor desde la cuna hasta que la fiebre del Klondike se apoderó de él y lo apartó de su telar. Su cabaña se encontraba a medio camino entre la factoría de Sixty Mile y el río Stuart, y los hombres que tenían por costumbre recorrer el camino a Dawson lo comparaban con un señor feudal de los que asaltaban a los viajeros que cruzaban sus dominios, encaramado en su fortaleza y exigiendo peaje a toda cuanta caravana utilizaba sus caminos mal conservados. Como para construir semejante figura resultaba necesario saber de historia, los caminantes menos cultos que salían del río Stuart solían describirlo de una forma mucho más primitiva, caracterizada por el uso de adjetivos fuertes.

Por cierto: la cabaña no era de él. La habían construido varios años antes dos mineros que habían logrado llevar una balsa de troncos hasta ese punto a cambio de una participación en sus ganancias. Siempre eran de lo más hospitalarios y, cuando la abandonaron, los viajeros que conocían la ruta procuraban pasar allí la noche. Les resultaba muy cómodo porque se ahorraban el tiempo y el trabajo de montar el campamento. Una regla no escrita decía que él último en usarla debía dejar un buen montón de leña listo para el siguiente. Rara era la noche que no la ocupaban entre media docena y veinte hombres. Jacob Kent se fijó en esas cosas, ejerció la soberanía del ocupante ilegal y se quedó a vivir allí. Desde ese momento, los agotados viajeros debían pagar una multa de un dólar por cabeza a cambio del privilegio de dormir en el suelo. Jacob Kent se ocupaba de pesar el polvo de oro y siempre robaba algo. Además, obligaba a sus invitados transitorios a cortar la leña para él y a llevarle el agua. Eso era pura piratería, pero sus víctimas eran buenas gentes que, aunque lo detestaban, le permitían desarrollar sus pecados.

Una tarde de abril estaba sentado junto a su puerta —igualito que una araña depredadora—, asombrado por el calor del sol que regresaba, con un ojo siempre en el camino por si aparecía alguna posible mosca. El Yukón se extendía a sus pies, un mar de hielo, y desaparecía tras dos curvas enormes, una al norte y la otra al sur, alcanzando un ancho de dos kilómetros y medio entre orilla y orilla. Sobre su accidentado repecho corría la senda de trineos, una línea delgada y hundida que medía cuarenta y cinco centímetros de ancho por tres mil doscientos kilómetros de largo, y que provocaba más maldiciones por metro lineal que cualquier otro camino o ruta de la cristiandad o fuera de ella.

Aquella tarde Jacob Kent se sentía particularmente a gusto. La noche anterior había superado su propio récord y vendido su hospitalidad a no menos de veintiocho visitantes. Cierto, había resultado terriblemente incómodo y cuatro de ellos se pasaron la noche roncando bajo su catre, pero había aumentado considerablemente el peso del saco en el que guardaba su oro en polvo. Ese saco, con su tesoro amarillo y resplandeciente, constituía a la vez el mayor placer y la peor cruz de su existencia. En su interior guardaba tanto el cielo como el infierno. Lógicamente, al no existir privacidad alguna en su domicilio de una sola habitación, lo torturaba el miedo constante a sufrir un robo. A esos desconocidos barbudos y de aspecto desesperado les resultaría muy sencillo largarse con su oro. Soñaba muchas veces con eso y se despertaba en medio de la pesadilla. En sueños se cernía sobre él un buen número de ladrones y llegó a conocerlos bien, sobre todo al líder bronceado que tenía un buen tajo en la mejilla derecha. Ese era el que más lo visitaba en sueños y por su culpa, en las horas que pasaba despierto, había construido varias decenas de escondites por todos los rincones de la cabaña. Tras ocultar el saco en un sitio nuevo respiraba tranquilo durante varias noches, pero enseguida volvía a pescar al hombre de la cara cortada en el momento justo de hacerse con el saco. Entonces, tras despertarse en medio de la pelea, se levantaba apresurado y trasladaba el saco a un refugio nuevo y más ingenioso. No es que fuese víctima directa de esos fantasmas, pero creía en los presagios y en la transmisión de pensamientos, por lo que consideraba que esos ladrones de sus sueños eran proyecciones astrales de personajes verdaderos que en esos momentos, sin importar donde pudieran encontrarse, se dedicaban en espíritu a hacer planes relativos a su riqueza. Así que continuaba sangrando a los desgraciados que cruzaban su umbral y al mismo tiempo, con cada onza de oro que añadía al saco, hacía aumentar sus problemas.

Mientras disfrutaba del sol, a Jacob Kent se le ocurrió una idea que lo llevó a ponerse de pie de un salto. Para él no había mayor placer en la vida que pesar y volver a pesar su oro en polvo, pero tan agradable pasatiempo se había visto empañado por una sombra que aún no había logrado despejar. Su balanza para pesar el oro era demasiado pequeña. Como máximo pesaba una libra y media —dieciocho onzas—, mientras que su reserva sumaba el triple y un tercio más, según calculaba él. Nunca había podido pesarlo todo en una sola operación y le parecía que eso le impedía disfrutar de una perspectiva nueva y más edificante. Al verse privado de ello perdía la mitad del placer de la posesión. Más aún, le parecía que un obstáculo tan lamentable llegaba a minimizar el hecho, al igual que la solidez de la posesión. Lo que lo llevaba a levantarse de un salto era la solución a ese problema. Escudriñó el camino en ambas direcciones y como no vio a nadie entró en la cabaña.

En unos segundos había despejado la mesa y preparado la balanza. A un lado situó los discos con el sello oficial que equivalían a quince onzas y la equilibró con el mismo peso en oro en polvo. Al sustituir las pesas con oro, fue capaz de pesar con precisión treinta onzas que apartó y volvió a equilibrar la balanza con otra tanda de oro. Para entonces ya no le quedaba oro en polvo sin pesar y él sudaba en abundancia. Temblaba de emoción y se sentía deslumbrado. Nunca antes había podido pesar el saco por completo, hasta el último grano, sin que la balanza se viera superada y uno de los platillos acabara inclinado sobre la mesa. Sin embargo, restablecía el equilibrio añadiendo veintinueve granos al platillo opuesto. Ahora permanecía paralizado, con la cabeza echada hacia atrás. El saco estaba vacío, pero el potencial de la balanza se había vuelto inconmensurable. Con ella podía medir cualquier cantidad, desde el grano más pequeño a libra tras libra de oro. La avaricia se apoderó con fuerza de su corazón. El sol continuó avanzando hacia el oeste hasta que asomó por la puerta abierta e iluminó los platillos llenos de oro. Los valiosos montones, como los senos dorados de una Cleopatra de bronce, reflejaron la luz en un amarillo tenue. El tiempo y el espacio dejaron de existir.

—¡Por Dios bendito! Pero si ahí tienes unas cuantas libras en oro, ¿no?

Jacob Kent se dio la vuelta a la vez que se apoderaba de su arma de fuego de dos cañones, que siempre estaba a mano. Pero cuando sus ojos se centraron en el rostro del intruso, retrocedió mareado. ¡Aquél era el hombre de la cara cortada!

El recién llegado lo miró con curiosidad.

—No te preocupes —le dijo mientras hacía un gesto despectivo con la mano—. No pienses que podría hacerte daño para quitarte el oro. Mira que eres raro —añadió al ver el sudor que bañaba el rostro de Kent y cómo le temblaban las piernas—. ¿Por qué no dices algo? —insistió mientras el otro intentaba recuperarse—. ¿Qué te pasa?

—¿Cómo te la hiciste? —consiguió preguntar Kent por fin, señalando con un índice tembloroso la horrible cicatriz que cruzaba la cara del otro.

—Un compañero de tripulación me hizo bajar del palo mayor con el pico de un marlín. Y ahora que por fin has empezado a hablar me gustaría saber qué más te da eso. Dime, ¿qué más te da? ¡Demonios! ¿Te molesta? ¿Te parece poca cosa? ¡Eso me gustaría saber a mí!

—No, no —respondió Kent mientras se dejaba caer en una banqueta y sonreía de forma enfermiza—. Solo era curiosidad.

—¿Has visto otra igual? —continuó el otro en tono agresivo.

—No.

—¿A que es una maravilla?

—Sí.

Kent asintió con la cabeza, deseando contentar a aquel extraño visitante pero sin esperar el estallido que provocó su intento por ser amable.

—¡Serás condenado, maldito hijo de un lampazo! ¿Cómo se te ocurre decir que la cosa más espantosa que Dios Todopoderoso ha puesto jamás en la cara de un hombre es una maravilla? ¿Qué pretendes? Serás…

Y aquel fiero hijo del mar empezó a soltar una serie de blasfemias orientales en las que mezclaba dioses y demonios, linajes y hombres, metáforas y monstruos con un énfasis tan salvaje que Jacob Kent se quedó paralizado. Retrocedió con los brazos en alto como si quisiera evitar ser víctima de violencia física. Tan desconcertado se mostraba que el otro se detuvo en plena perorata y lanzó una carcajada atronadora.

—El sol ha reventado el fondo del camino —dijo el hombre de la cara cortada entre ataques de risa—. Espero que valores la oportunidad de relacionarte con un hombre con mi cara. Échale leña a esa cocina. Voy a desatar a los perros y darles de comer. Y no seas tímido con la leña, amigo, que hay más donde cogiste esta y tú tienes tiempo para echarte el hacha a la espalda. Ya de paso, tráete un cubo de agua. ¡Date prisa! 0 iré yo a buscarte, te lo aseguro.

Semejante cosa era inconcebible. Jacob Kent preparando el fuego, cortando leña y llevando agua, ¡haciendo esas tareas ingratas para contentar a un huésped! Cuando Jim Cardegee salió de Dawson lo hizo con la cabeza llena de las iniquidades de aquel Shylock del camino y durante el viaje sus numerosas víctimas fueron aumentando la lista de sus faltas. Jim Cardegee, con el gusto por las bromas propio de un marinero, había decidido al entrar en la cabaña que le bajaría un tanto los humos a su ocupante. Reconocía haber tenido mucho más éxito del que esperaba, aunque no tenía ni idea del importante papel que había jugado la cicatriz de la mejilla. Pero a pesar de no comprenderlo, veía el terror que provocaba y decidió explotarlo con tan poco remordimiento como un comerciante moderno se aprovecha de la calidad de algunas mercancías.

—Pero si eres un trabajador incansable —le dijo lleno de admiración, con la cabeza inclinada hacia un lado mientras su anfitrión trajinaba—. No sé cómo se te ocurrió probar suerte en el Klondike. Tú has nacido para llevar un pub. Mira que he oído a los muchachos hablar de ti río abajo, pero no tenía ni idea de que fueses tan amable.

Jacob Kent sintió una necesidad imperiosa de dispararle con su arma, pero el tajo de la cara ejercía sobre él una fascinación demasiado fuerte. Aquél era el auténtico hombre de la cara cortada, el hombre que tantas veces le había robado en espíritu. Por lo tanto, aquella era la entidad encarnada del ser cuyo cuerpo astral se había proyectado en sus sueños, el hombre que con tanta frecuencia albergaba planes para hacerse con su tesoro. Por eso —no podía alcanzar otra conclusión— aquel hombre de la cara cortada había llegado en carne y hueso a robarle. ¡Esa cicatriz! No podía apartar los ojos de ella, como no podía evitar que le latiese el corazón. Por más que lo intentaba, su mirada volvía a ella una y otra vez, igual que la brújula vuelve siempre al Norte.

—¿Te molesta? —atronó Jim Cardegee de repente, al levantar la vista de las mantas que estaba estirando y encontrarse con la mirada fija del otro—. Me parece que deberías cerrar la boca, soplar la vela e irte a dormir, viendo lo mucho que te molesta. Limítate a eso, lampazo, o conseguirás que me quede con tu tesoro.

Kent se puso tan nervioso que tuvo que soplar tres veces para apagar la lámpara de grasa y se metió entre las mantas sin siquiera quitarse los mocasines. El marinero enseguida empezó a roncar con fuerza desde su dura cama en el suelo, pero Kent permaneció con la vista fija en la oscuridad y una mano en la escopeta, decidido a no cerrar los ojos en toda la noche. No había tenido oportunidad de ocultar sus cinco libras de oro, que permanecían en la caja de la munición, en la cabecera de su catre. Pero, por más que quiso evitarlo, al final se durmió, con el peso de su oro aplastándole el alma. De no haberse dormido sin darse cuenta y en semejante estado mental, el demonio del sonambulismo no se habría despertado y al día siguiente Jim Cardegee no habría recogido oro con una batea.

El fuego luchó una batalla perdida y acabó por apagarse mientras el hielo se colaba por las grietas cubiertas de musgo entre los troncos y enfriaba la temperatura del interior. Afuera los perros dejaron de aullar y se acurrucaron en la nieve para soñar con un paraíso lleno de salmones donde no había ni guías de perros ni dueños igual de exigentes. Dentro, el marinero dormía como un tronco mientras su anfitrión daba vueltas inquieto, víctima de extrañas fantasías. Ya cerca de la medianoche se despojó de repente de las mantas y se puso de pie. Resultaba increíble que pudiese hacer lo que entonces hizo sin siquiera encender una cerilla. Tal vez mantenía los ojos cerrados debido a la oscuridad o puede que fuese por miedo a ver la horrible cicatriz en la mejilla de su visitante, pero en cualquier caso lo cierto es que, sin ver, abrió la caja de la munición, introdujo una carga muy pesada en la boca del arma sin derramar ni una sola partícula y la compactó con papel, después lo guardó todo y volvió a la cama.

Jacob Kent se despertó cuando el alba posó sus dedos grises como el acero en la ventana de pergamino. Se puso de lado, abrió la tapa y miró en la caja de la munición. Lo que vio —o lo que no vio— provocó en él un efecto muy peculiar, teniendo en cuenta su temperamento neurótico. Miró al hombre que dormía en el suelo, cerró la tapa despacio y se puso boca arriba. Su rostro reflejaba una calma inusitada. Ni un solo músculo temblaba. No existía el menor rastro de emoción o inquietud. Permaneció tumbado mucho tiempo, pensando, y cuando se levantó y empezó a moverse de un lado a otro lo hizo con frialdad y serenidad, sin ruido y sin prisa.

Había un colgador de madera, muy resistente, en la cumbrera de la cabaña, sobre la cabeza de Jim Cardegee. Jacob Kent, trabajando despacio, pasó un pedazo de manila de un centímetro y medio de grosor y dejó que ambos extremos llegasen al suelo. Uno lo ató a su cintura y en el otro hizo un nudo corredizo. Luego amartilló el arma y la dejó a mano, junto a varias tiras de piel de alce. Logró soportar la visión de la cicatriz haciendo un esfuerzo sobrehumano, colocó la soga alrededor del cuello del durmiente y la apretó con su propio peso al retroceder mientras cogía de nuevo el arma y apuntaba.

Jim Cardegee se despertó ahogándose, desconcertado, y con los pozos de acero gemelos ante su rostro.

—¿Dónde está? —preguntó Kent mientras relajaba un poco la cuerda.

—¡Maldito…! Ag…

Kent se limitó a desplazar su propio peso hacia atrás y dejó al otro sin aire.

—¡Qué demonios…! Ah…

—¿Dónde está? —repitió Kent.

—¿El qué? —preguntó Cardegee en cuanto recuperó el aliento.

—El oro en polvo.

—¿Qué oro en polvo? —quiso saber el marinero, perplejo.

—Lo sabes de sobra. El mío.

—No lo he visto. ¿Qué te crees que soy? ¿Una caja fuerte? ¿Qué tengo yo que ver con eso?

—Puede que lo sepas o puede que no, pero te dejaré sin aire hasta que lo sepas. Y si mueves una sola mano, te vuelo la cabeza.

—¡Alto, no leves anclas! —atronó Cardegee mientras la cuerda se tensaba.

Kent disminuyó un poco la tensión y el marinero, meneando el cuello como si fuese debido a la presión, consiguió aflojar un poco el nudo y desplazarlo hasta lograr que el punto de contacto quedase bajo la barbilla.

—¿Y bien? —preguntó Kent, a la espera de una confesión.

Pero Cardegee sonrió.

—¡A ver si puedes colgarme, mesonero de baja estofa!

Entonces, tal y como el marinero esperaba, la tragedia se convirtió en una farsa. Cardegee pesaba más y Kent, aunque tiraba hacia atrás de su cuerpo, no conseguía levantar al otro del suelo por completo. Estirándose y esforzándose al máximo, los pies del marinero aún tocaban el suelo y sostenían parte de su peso. El resto lo soportaba el punto de contacto bajo la barbilla. A pesar de no lograr que se balanceara en el aire, Kent continuó tirando, dispuesto a estrangularlo lentamente u obligarlo a decir qué había hecho con su tesoro. Pero el hombre de la cara cortada no se ahogaba. Pasaron cinco, diez minutos y al cabo de ese tiempo, desesperado, Kent permitió que el cuerpo del prisionero descendiera.

—Bueno —dijo mientras se secaba el sudor—, si no puedo colgarte, te pegaré un tiro. Hay quien no nace para morir ahorcado

—Pues vas a dejar la cabaña hecha un asco —respondió Cardegee, en un intento por ganar tiempo—. Escucha, esto es lo que haremos: vamos a intentar razonar. Tú has perdido oro en polvo y dices que yo sé dónde está, pero te aseguro que no lo sé. Podemos buscarlo y establecer un rumbo…

—¡Levo anclas! —exclamó Kent, imitando con malicia el lenguaje náutico del otro—. Aquí los rumbos los establezco yo y nadie más. Tú te limitas a observar. Y si haces otra cosa que no sea eso, te pego un tiro como hay Dios.

—Por el bien de mi madre…

—De la que Dios se apiade, si te quiere. ¡Ah, para ya! —Impidió un movimiento hostil por parte del otro al apretarle el frío cañón del arma contra la frente—. ¡Quédate quieto! Si mueves un solo pelo, te mato.

Fue una tarea complicada, manteniendo el gatillo del arma siempre a la distancia mínima para poder disparar, pero Kent era tejedor y en pocos minutos había conseguido atar de pies y manos al marinero. Luego lo arrastró al exterior y lo dejó junto a la cabaña, desde donde podía divisar el río y observar el ascenso del sol hacia el meridiano.

—Te doy hasta el mediodía. Después…

—¿Qué?

—Tomarás el camino del infierno. Pero si hablas, te mantendré con vida hasta que pase por aquí la Policía Montada.

—¡Que me parta un rayo si esto no es el colmo! Aquí estoy yo, inocente como un corderillo, y ahí estás tú, que has perdido la cabeza y el control, me has engañado y pretendes mandarme al infierno. ¡Serás pirata! ¡Eres…!

Jim Cardegee se entregó a decir blasfemias y groserías y se superó a sí mismo. Jacob Kent sacó una banqueta para disfrutar de la situación con comodidad. Tras agotar todas las combinaciones posibles de su vocabulario, el marinero se calmó y se concentró en pensar, pendiente del avance del sol, que ascendía la ladera Oeste de los cielos con una prisa innecesaria. Sus perros, sorprendidos porque no los hubiese enganchado al trineo hacía ya rato, lo rodeaban. Los animales percibían su impotencia. Se daban cuenta de que algo iba mal, aunque no sabían qué era, y permanecían a su lado, aullando como muestra de su compasión.

—¡Silencio! ¡Que os calléis! —gritó.

Empezó a moverse como un gusano en su intento por darles patadas y descubrió que se tambaleaba en el borde de un declive. En cuanto los animales se dispersaron, se concentró en encontrar el significado de aquel declive, que sentía pero no podía ver. No tardó en llegar a la conclusión acertada. Pensó que el hombre es vago por naturaleza y que no hace más de lo necesario. Cuando construye una cabaña debe poner tierra sobre el tejado. Partiendo de esas premisas, lo lógico era suponer que recogería la tierra lo más cerca posible. Por lo tanto, yacía sobre el borde del agujero del que habían sacado la tierra para cubrir el tejado de la cabaña de Jacob Kent. Pensó que ese conocimiento, bien utilizado, podría prolongar las cosas y luego centró su atención en las tiras de piel de alce que lo sujetaban. Tenía las manos atadas a la espalda, sobre la nieve, y estaban húmedas debido al contacto con ella. Sabía que la piel sin curtir al humedecerse tendía a estirarse y, sin realizar ningún esfuerzo aparente, se las arregló para conseguir que fuese cediendo cada vez más.

Miraba hacia el camino con hambre y cuando, en la dirección de Sixty Mile, un punto oscuro se recortó durante un momento contra el fondo blanco de una presa de hielo, le echó una mirada ansiosa al sol. Casi había llegado al cénit. De vez en cuando distinguía el punto negro atravesando las colinas de hielo y desapareciendo temporalmente en las depresiones intermedias, pero no se permitía dedicarle más que algunas miradas superficiales por miedo a despertar las sospechas de su enemigo. En una ocasión, cuando Jacob Kent se puso de pie y observó con atención el camino, Cardegee tuvo miedo, pero el trineo se encontraba en una parte de la senda que discurría paralela a una de las presas y permaneció oculto a la vista hasta que pasó el peligro.

—Haré que pagues por esto —amenazó Cardegee para llamar la atención del otro—. Te pudrirás en la cárcel. Sí, ya lo verás.

—Oye —exclamó tras otra pausa—, ¿crees en los fantasmas? —El respingo de Kent le indicó que iba por buen camino y continuó—: Un fantasma tiene derecho a aparecérsele a quien no cumpla su palabra. Y no puedes deshacerte de mí antes de las ocho campanadas, me refiero a las doce, ¿verdad que no? Porque si lo haces, no te dejaré en paz y me apareceré ante ti. ¿Me oyes? Un minuto, un segundo antes de tiempo y te perseguiré.

Jacob Kent no parecía muy convencido pero no dijo nada.

—¿Qué tal funciona tu cronómetro? ¿Cuál es tu longitud? ¿Cómo sabes que tienes bien la hora? —Cardegee insistió, con la esperanza de robarle unos minutos a su verdugo—. ¿La hora que sigues es la del acuartelamiento o la de la compañía? Porque si lo haces antes de tiempo, no te daré descanso. Te lo advierto, regresaré. Y si no tienes bien la hora, ¿cómo podrás estar seguro de que no te adelantas? Eso es lo que quiero saber, ¿cómo estarás seguro?

—Te despacharé sin problemas —contestó Kent—. Tengo un reloj de sol.

—No sirve. La variación de la aguja es de treinta y dos grados.

—Lo he delimitado con estacas.

—¿Y cómo hiciste los cálculos? ¿Con la brújula?

—No. Las alineé con la estrella polar.

—¿Seguro?

—Seguro.

Cardegee gruñó y luego echó una ojeada al camino. El trineo acababa de superar una cuesta, a un kilómetro y medio de distancia como mucho, y los perros corrían y avanzaban a buen ritmo.

—¿A qué distancia está la sombra de la línea?

Kent se acercó al primitivo reloj y lo observó.

—A siete centímetros —contestó después de estudiarlo con atención.

—Oye, antes de apretar el gatillo, di en alto: «Ocho campanadas», por favor.

Kent aceptó y ambos guardaron silencio. La tira de piel que rodeaba las muñecas de Cardegee iba cediendo y había empezado a arrastrarla por encima de las manos.

—¿A cuánto está la sombra?

—A poco más de dos centímetros.

El marinero se retorció ligeramente para asegurarse de que iba a poder lanzarse al agujero en el momento adecuado y se libró de la primera vuelta de la tira de piel.

—¿A cuánto?

—A un centímetro.

En ese momento Kent oyó el ruido estridente de los patines y dirigió la vista al camino. El guía iba tumbado en el trineo y los perros recorrían ya el tramo recto que llevaba a la cabaña. Kent retrocedió y se llevó el arma al hombro.

—¡Aún no son las ocho campanadas! —argumentó Cardegee—. ¡Te perseguiré sin descanso!

Jacob Kent vaciló. Estaba de pie junto al reloj de sol, a unos diez pasos de su víctima. Seguramente el hombre del trineo se había dado cuenta de que ocurría algo raro porque se puso de rodillas y castigaba sin descanso a los perros con el látigo.

La sombra llegó a la línea. Kent acercó el ojo al punto de mira.

—¡Prepárate! —ordenó con voz solemne—. Ocho c…

Pero Cardegee se dejó caer hacia atrás en el agujero una fracción de segundo antes de tiempo. Kent contuvo el disparo y corrió hacia el borde. ¡Bang! Disparó en pleno rostro del marinero en el momento en que se levantaba. Pero de la boca del arma no salió humo, sino que, cerca de la culata, de un lado del cañón, se produjo una llamarada y Jacob Kent cayó al suelo. Los perros subieron corriendo el terraplén y arrastraron el trineo por encima de su cuerpo. El guía saltó en el momento justo en que Jim Cardegee conseguía liberar las manos por completo y salía del agujero.

—¡Jim! —El recién llegado lo reconoció—. ¿Qué pasa?

—¿Qué pasa? Oh, nada de nada. Estas cosas las hago porque son buenas para la salud. ¿Que qué pasa, condenado idiota? ¿Qué pasa? Desátame los pies o te enteras de lo que pasa por las malas. ¡Date prisa o te utilizaré para pulir las cubiertas! Sí, hombre —continuó mientras el otro cortaba las ataduras de los pies con su cuchillo de monte—, ¿qué pasa? Ya me gustaría a mí saberlo. Dímelo tú, anda, ¿tú qué crees que pasa?

Kent estaba muerto cuando le dieron la vuelta. El arma, un modelo antiguo de los que se cargan por la boca y muy pesado, yacía junto a él. El metal y la madera se habían separado. Cerca de la culata del cañón derecho se abría hacia fuera una fisura de varios centímetros de longitud. El marinero sintió curiosidad y cogió el arma. Una nube de polvo dorado fluyó a través de la grieta. Jim Cardegee se dio cuenta de lo que había ocurrido.

—¡Mal rayo me parta! —rugió—. ¡Aquí está! ¡Aquí está el maldito oro en polvo! Que Dios me castigue, y a ti también, Charley, si no corres a coger la batea.

[1899]


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