EL HOMBRE pocas veces valora como es debido a la mujer, al menos no hasta que se ve privado de ella. No es consciente de la sutil atmósfera que espira el sexo femenino mientras se empapa de ella, pero en cuanto se la retiran, en su existencia empieza a manifestarse un vacío cada vez mayor y siente ansias de algo tan indefinido que no es capaz de describirlo. Si sus amigos no tienen más experiencia que él, moverán la cabeza preocupados y dudosos y le recetarán una dosis de un medicamento fuerte. Pero el ansia perdurará y será cada vez más resistente, perderá el interés en lo cotidiano y se volverá apático, hasta que un día, cuando el vacío resulte ya insoportable, verá la luz y comprenderá.
En la región del Yukón, cuando esto ocurre, el hombre suele aprovisionar una chalana si es verano y si es invierno engancha sus perros al trineo y pone rumbo al Sur. Unos meses después, siempre y cuando posea una gran fe en la región, volverá con una esposa con la que compartir su fe y de paso sus penalidades. Lo cual nos sirve para ilustrar el egoísmo innato del hombre. También nos acerca al problema de Mackenzie el Zarrapastroso, que ocurrió en los viejos tiempos, antes de que la región sufriera las estampidas de una avalancha de chechaquos y acabara delimitada con estacas, cuando el Klondike solo era conocido por los salmones que se pescaban en él.
Mackenzie el Zarrapastroso llevaba las marcas de quien ha nacido en la frontera y ha vivido siempre allí. Tenía grabados en el rostro sus veinticinco años de lucha incesante con la naturaleza en sus peores momentos, los dos últimos, que fueron los más duros y peores, los pasó buscando a tientas el oro que se oculta bajo las sombras del Círculo Ártico. Cuando la enfermedad del ansia se apoderó de él no se sorprendió, porque era un hombre práctico y había visto a otros sufrir sus efectos. Pero no dio señales de lo que le ocurría, salvo que trabajó aún más. Durante todo el verano luchó contra los mosquitos y lavó los bancos de arena del río Stuart —sabiendo que eran una apuesta segura— hasta sacarles un buen rendimiento. Luego hizo que le enviasen una balsa de troncos Yukón abajo hasta Forty Mile y con ellos levantó una cabaña tan cómoda como cualquiera de las que allí había. En realidad, parecía tan acogedora que unos cuantos hombres decidieron convertirse en sus socios e irse a vivir con él. Pero echó por tierra sus aspiraciones con un discurso tosco, caracterizado por su fuerza y su brevedad, y adquirió doble provisión de alimentos en la factoría.
Como ya se habrá deducido, Mackenzie el Zarrapastroso era un hombre práctico. Si quería algo solía conseguirlo, aunque para ello no se apartaba de su camino más de lo necesario. A pesar de que era hijo del esfuerzo y las privaciones, se mostraba reacio a viajar casi mil kilómetros sobre el hielo, luego otras dos mil millas por mar y después mil quinientos kilómetros más por tierra hasta su último territorio, y todo eso solo para buscar esposa. La vida era demasiado corta. De manera que reunió a sus perros, ató una carga muy curiosa a su trineo y se dispuso a cruzar la divisoria cuyas pendientes del oeste desembocaban en la cabecera del río Tanana.
Era un viajero resistente y sus perros podían trabajar más y llegar más lejos con menos comida que cualquier otra traílla del Yukón. Tres semanas después entraba en un campamento de caza de los indios stick que habitan el Alto Tanana. Se maravillaron de su temeridad porque tenían mala fama y se sabía que mataban al hombre blanco por algo tan insignificante como un hacha afilada o un rifle estropeado. Pero él se adentró entre ellos en solitario, comportándose con una mezcla de humildad, familiaridad, sang froid e insolencia. Manejar con eficacia armas tan distintas requería gran habilidad y un profundo conocimiento de la mente salvaje, pero él era un maestro de semejante arte y sabía cuándo debía mostrarse conciliador y cuándo convenía amenazar con la ira de Júpiter.
Primero mostró respeto al jefe Thling-Tinneh, regalándole un kilo de té negro y tabaco, con lo que se ganó su más cordial admiración. Luego se mezcló con los hombres y las mujeres jóvenes, y esa noche celebró un potlatch1. Pisotearon un tramo rectangular de nieve de más—.o menos treinta metros de largo por unos siete de ancho. En el centro se levantó una hoguera alargada y los laterales se cubrieron con ramas de pícea. Se abandonaron las tiendas y la centena de miembros de la tribu interpretó sus cánticos en honor de su invitado.
Durante los dos años anteriores Mackenzie el Zarrapastroso había aprendido los pocos cientos de palabras que componían el vocabulario de aquellos indios, además de dominar sus sonidos guturales, sus construcciones y modismos japoneses, y sus partículas singulares y aglutinantes. Así que oró a la manera de ellos, satisfaciendo su instintivo amor por la poesía con primitivos arrebatos de elocuencia y contorsiones metafóricas. Después de que Thling-Tinneh y el chamán hubiesen respondido en consecuencia, empezó a repartir regalos sin importancia entre los hombres, los acompañó en sus cánticos y demostró ser un experto en el juego de los cincuenta y dos palitos.
Fumaron su tabaco y se sintieron complacidos. Pero entre los hombres más jóvenes reinaba una actitud desafiante, un ánimo jactancioso que se comprendía fácilmente debido a las insinuaciones evidentes de las indias desdentadas y las risitas de las doncellas. Habían conocido a pocos hombres blancos —«Hijos del Lobo»— pero de ellos habían recibido lecciones muy curiosas.
A pesar de su aparente despreocupación, Mackenzie el Zarrapastroso se había fijado en el fenómeno. Envuelto en sus pieles para dormir, meditó a fondo en todo aquello, le dio vueltas y vació muchas pipas mientras planeaba su campaña. Solo una doncella había llamado su atención, pero se trataba de Zarinska, la hija del jefe. Por sus rasgos, silueta y compostura se acercaba más al tipo de belleza del hombre blanco y resultaba casi una anomalía entre sus hermanas de la tribu. La poseería, la haría su esposa y la llamaría… ¡La llamaría Gertrude! Tras decidirlo así, se puso de lado y se quedó dormido, como digno hijo de su raza siempre victoriosa.
Fue un trabajo lento y complicado, pero Mackenzie maniobró con astucia y con una tranquilidad que tenía desconcertados a los indios. Se molestó en convencer a los hombres de lo bien que disparaba y lo buen cazador que era, y el campamento se deshizo en alabanzas cuando abatió un alce a seiscientos metros de distancia. Por la noche visitaba al jefe Thling-Tinneh en su tienda de pieles de alce y caribú, alardeando y repartiendo tabaco con generosidad. No olvidó honrar al chamán de la misma forma, porque se dio cuenta de la influencia que el hechicero tenía sobre su gente y estaba ansioso por convertirlo en su aliado. Pero el personaje se mostraba poco accesible y se negaba a dejarse ganar, por lo que acabó siendo considerado un enemigo en potencia.
Aunque no se le había presentado la oportunidad de hablar con Zarinska, Mackenzie le dedicaba muchas miradas furtivas para advertirla de sus intenciones. Ella sabía de sobra lo que había, pero mostraba la coquetería de rodearse de mujeres siempre que los hombres se alejaban y él podía aprovechar para hablarle. Sin embargo, Mackenzie no tenía prisa; además, sabía que ella no podía evitar pensar en él y unos días así resultarían beneficiosos para su cortejo.
Por fin una noche, cuando consideró que había llegado el momento, abandonó de repente la tienda llena de humo del jefe y se apresuró hacia una de las tiendas vecinas. Como siempre, ella estaba sentada entre otras indias mayores y doncellas que se ocupaban en coser mocasines y bordar con abalorios. Se rieron al verlo entrar y empezaron a bromear sobre su relación con Zarinska. Pero él las echó fuera a empujones, una a una, y ellas corrieron a propagar lo ocurrido por todo el campamento.
Expuso bien su causa, en la lengua de ella porque ella no sabía la de él, y al cabo de dos horas se levantó para irse.
—Entonces, ¿Zarinska vendrá a la tienda del hombre blanco? Bien. Ahora voy a hablar con su padre, por si él no está de acuerdo. Y le daré muchos regalos como muestra de respeto, pero que no me pida demasiado. ¿Y si dice que no? ¡Bien! Zarinska vendrá igual a la tienda del hombre blanco.
Ya se había arropado con la piel de su atuendo para salir cuando una exclamación en voz baja lo hizo volver junto a la chica. Ella, con el rostro encendido, se puso de rodillas sobre la alfombra de piel de oso y con gran timidez desabrochó el pesado cinturón de él. Mackenzie bajó la mirada, perplejo, receloso y alerta ante cualquier sonido que pudiese producirse en el exterior. Pero lo que ella hizo a continuación despejó sus dudas y lo llevó a sonreír encantado: la joven buscó en su bolsa de la costura y sacó una funda de piel de alce, maravillosamente bordada con abalorios de colores. Desenfundó el enorme cuchillo de caza del hombre, miró con respeto el cortante filo, casi tentada a probarlo con el pulgar, y lo guardó en su nueva funda. Después añadió la funda al cinturón y la situó en el lugar que solía ocupar, encima de la cadera.
Parecía una escena antigua protagonizada por una dama y su caballero. Mackenzie la ayudó a levantarse y rozó los labios rojos de ella con su bigote, en lo que para ella era la caricia extranjera del Lobo. Así se encontraron la edad de piedra y la de acero.
El aire se estremeció cuando Mackenzie el Zarrapastroso, con un voluminoso paquete bajo el brazo, abrió la puerta de la tienda de Thling-Tinneh. Los niños corrían de un lado a otro, acarreando madera seca al escenario del potlatch, la intensidad del parloteo de las mujeres iba en aumento, los hombres jóvenes se reunían en grupos huraños y desde la tienda del chamán llegaban los sobrecogedores sonidos de un conjuro.
El jefe se encontraba a solas con su esposa, que tenía ojos de sueño, pero una sola mirada bastó para que Mackenzie supiera que ya conocía la noticia. Así que fue directo al grano, empujando hacia delante para que se viera bien la funda bordada del cuchillo, como anuncio de su compromiso.
—Oh, Thling-Tinneh, poderoso jefe de los stick y de la tierra del Tanana, señor del salmón y el oso, del alce y el caribú. El hombre blanco acude a ti con un gran propósito. Muchas lunas lleva vacía su tienda y él está solo. Su corazón se ha consumido en silencio y anhela que una mujer se siente a su lado en su tienda, que lo reciba con un buen fuego y un buen plato de comida cuando regrese de cazar. Ha oído cosas extrañas: el correteo de unos mocasines de niño y el sonido de voces infantiles. Y una noche tuvo una visión en la que contempló al Cuervo, que es tu padre, el gran Cuervo, que es el padre de todos los stick. El Cuervo habló al hombre blanco solitario y le dijo: «Ata tus mocasines, ponte las raquetas de nieve y carga tu trineo con comida para muchos sueños y buenos regalos para el jefe Thling-Tinneh. Porque te dirigirás hacia donde el sol de mediados de primavera acostumbra hundirse en la tierra y viajarás hasta los terrenos de caza de ese gran jefe. Allí harás grandes regalos y Thling-Tinneh, que es mi hijo, será un padre para ti. En su tienda hay una doncella a la que he dado el aliento de la vida para ti. A esa doncella tomarás por esposa». Oh, jefe, así habló el gran Cuervo. Por eso pongo muchos regalos a tus pies. Por eso vengo para llevarme a tu hija.
El anciano se rodeó de sus pieles, consciente de su calidad de rey, pero evitó responder mientras un joven entraba, le entregaba un rápido mensaje según el que debía presentarse ante el consejo, y se marchaba.
—Hombre blanco al que llamamos Matador de Alces, también conocido como Lobo e Hijo del Lobo, sabemos que perteneces a una raza poderosa y nos enorgullecemos de invitarte a nuestro potlatch, pero el salmón rey no se aparea con el salmón perro, ni el Cuervo se aparea con el Lobo.
—¡No es así! —exclamó Mackenzie—. He visto varias hijas del Cuervo en los campamentos del Lobo. La india de Mortimer, la de Tregidgo, la de Barnaby, que llegaron hace dos deshielos. Y he oído hablar de otras indias, aunque no las he visto con mis propios ojos.
—Hijo, tus palabras son verdad, pero sería una unión mala, como la del agua con la arena, o la del copo de nieve con el sol. ¿Conoces a un tal Mason y a su india? ¿No? Vino hace diez deshielos, fue el primero de los Lobos. Y con él vino un hombre grande, erguido como un vástago de sauce y muy alto; fuerte como un oso y un corazón como la luna llena del verano y…
—¡Oh! —interrumpió al reconocer al famoso personaje de las tierras del Norte—. ¡Malamute Kid!
—El mismo. Un hombre poderoso. Pero ¿viste a la india? Era hermana de Zarinska.
—No, jefe, aunque sé de ellos. Mason… muy al Norte, muy lejos… una pícea muy vieja lo aplastó y lo dejó sin vida al caer. Pero él la amaba mucho y tenía mucho oro. Con el oro y su hijo, ella viajó muchas noches hacia el sol de mediodía del invierno y allí vive aún, sin hielo, nieve, sol de medianoche ni noche perpetua de invierno.
Un segundo mensajero los interrumpió con la llamada acuciante del consejo. Mackenzie lo empujó a la nieve y al hacerlo vio las siluetas que oscilaban frente a la hoguera del consejo, oyó los tonos graves y rítmicos de los cánticos y supo que el chamán avivaba la ira de su gente. Tenía poco tiempo. Se volvió hacia el jefe.
—¡Vamos! Quiero a tu hija y la quiero ya. ¡Mira! Aquí hay tabaco, té, muchas tazas de azúcar, mantas de calidad, pañuelos buenos y grandes. Y aquí hay un rifle de verdad con muchas balas y mucha pólvora.
—No —respondió el anciano, luchando contra las grandes riquezas extendidas frente a él—. Mi gente se ha puesto de acuerdo. No aceptarán este matrimonio.
—Pero tú eres el jefe.
—Sin embargo, mis hombres jóvenes se enfadan porque los Lobos se han llevado a sus doncellas y ya no pueden casarse.
—¡Escucha, Thling-Tinneh! Antes de que la noche se convierta en día, el Lobo dirigirá sus perros hacia las montañas del este y viajará hacia el país del Yukón. Y Zarinska abrirá camino a sus perros.
—Y antes de que la noche llegué a la mitad, puede que mis jóvenes echen la carne del Lobo a sus perros y esparzan sus huesos entre la nieve, hasta que la primavera los deje al descubierto.
Era amenaza contra amenaza. El rostro bronceado de Mackenzie se oscureció al sonrojarse. Alzó la voz. La anciana india, que hasta entonces había permanecido sentada como un espectador impasible, se dirigió hacia la puerta intentando pasar inadvertida. Los cánticos se interrumpieron de inmediato, pero enseguida se oyó un griterío de voces, cuando él obligó de malas maneras a la mujer a ocupar su sitio sobre las pieles.
—¡Vuelvo a gritar para que me escuches, Thling-Tinneh! El Lobo muere matando y con él dormirán diez de tus mejores hombres, hombres a los que necesitas porque la caza acaba de empezar y no faltan muchas lunas para la pesca. Además, ¿qué ganas si muero? Conozco las costumbres de tu gente. Tu parte de mi riqueza será muy pequeña. Dame a tu hija y todo será tuyo. Piensa también que vendrán mis hermanos, que son muchos y sus fauces nunca se llenan. Las hijas del Cuervo parirán hijos en las tiendas del Lobo. Mi pueblo es más grande que el tuyo. Es el destino. Reconócelo y toda esta riqueza es tuya.
Afuera la nieve crujía bajo los mocasines. Mackenzie amartilló el rifle y desató los Colt gemelos del cinto.
—Acepta, jefe.
—Aunque lo haga, mi gente dirá que no.
—Acepta, y la riqueza es tuya. Después yo me ocuparé de tu gente.
—El Lobo tendrá lo que quiere. Yo acepto sus ofrendas, pero lo he avisado.
Mackenzie le entregó los bienes tras bloquear el expulsor del rifle y añadió al total un pañuelo de seda tornasolada. Entraron el chamán y media docena de jóvenes guerreros, pero él se abrió camino con audacia entre ellos y salió de la tienda.
—¡Recoge!
Fue el lacónico saludo que dirigió a Zarinska al pasar junto a su tienda, camino de su trineo y sus perros para engancharlos sin perder tiempo. Unos minutos después se acercó al consejo con la mujer a su lado y al frente de su traílla. Ocupó su lugar en una de las cabeceras del rectángulo, al lado del jefe. A su izquierda, un paso atrás, situó a Zarinska, en el lugar que le correspondía. Además, alguien podría intentar crearle problemas y necesitaba guardarse las espaldas.
A cada lado, los hombres se agachaban junto al fuego mientras se entregaban a sus cánticos de un pasado ya olvidado. Estaban llenos de cadencias extrañas y vacilantes, de repeticiones que hechizaban. No eran bonitos. Tampoco resultaba apropiado decir que daban miedo. En la otra cabecera, bajo la atenta mirada del chamán, bailaba una decena de mujeres. El hechicero reprobaba con severidad a quienes no se abandonaban por completo al éxtasis del rito. Medio ocultas entre sus tupidas cabelleras negras como ala de cuervo que les llegaban a la cintura, se balanceaban despacio hacia delante y hacia atrás y el movimiento de sus siluetas formaba un ritmo en constante cambio.
La escena resultaba rara, parecía un anacronismo. Al sur, el siglo XIX soltaba de un tirón los pocos años que quedaban de su última década; aquí prosperaba el hombre primitivo, la sombra de los cavernícolas prehistóricos, fragmento olvidado del mundo antiguo. Los perros lobo de color leonado se sentaban entre sus amos cubiertos de pieles o luchaban por hacerse un hueco, mientras la luz del fuego iluminaba sus ojos rojos y sus colmillos babeantes. El bosque, envuelto en su fantasmal sudario, continuaba durmiendo sin hacer caso. El Silencio Blanco, de momento reducido a los límites del bosque, parecía agazaparse a la espera en su interior; las estrellas bailaban dando grandes saltos, como tienen por costumbre en la época del Frío Profundo; los espíritus del Polo arrastraban sus esplendorosos mantos a través del cielo.
Mackenzie el Zarrapastroso reconoció la grandeza salvaje de aquella escena mientras sus ojos recorrían los laterales bordeados de pieles para comprobar si faltaba algún rostro. Se detuvieron un momento en un bebé recién nacido que mamaba del pecho desnudo de su madre. Había 40o C bajo cero. Pensó en las delicadas mujeres de su propia raza y sonrió decidido. Aunque de las entrañas de una de esas mujeres delicadas había salido él con una herencia propia de un rey, una herencia que garantizaba su preponderancia en tierra y mar, sobre los animales y las gentes de cualquier zona. Solo ante cien guerreros, rodeado por el viento del Ártico, lejos de los suyos, sintió la llamada de su herencia, el deseo de poseer, el salvaje amor al peligro, la emoción de la batalla, el poder de conquistar o morir.
Cesaron los cánticos y los bailes y el chamán estalló en una elocuencia rudimentaria. Aprovechando las sinuosidades de su vasta mitología, manipuló con astucia la credulidad de su gente. Tenía buenos argumentos a favor. Contrapuso los principios creativos que representaban la Corneja y el Cuervo para estigmatizar a Mackenzie en su calidad de Lobo, el principio de la lucha y la destrucción. El combate de dichas fuerzas no era solo espiritual, sino que también luchaban los hombres, cada uno por su tótem. Ellos eran los hijos de Jelchs, el Cuervo, el portador del fuego prometeano; Mackenzie era el hijo del Lobo o, en otras palabras, del demonio. Para ellos, facilitar una tregua a esa guerra perpetua y casar a sus hijas con su archienemigo constituía una traición y una blasfemia de primer orden. Ninguna frase parecía lo bastante dura ni lo bastante vil cada comparación para tildar a Mackenzie de intruso furtivo y emisario de Satán. De lo más profundo de las gargantas de quienes lo escuchaban surgió un clamor salvaje y contenido a la vez cuando llegó al punto álgido de su perorata.
—Sí, hermanos, ¡Jelchs es todopoderoso! ¿Acaso no nos trajo el fuego que nace en el cielo para que nos calentásemos? ¿No hizo salir al sol, la luna y las estrellas de sus agujeros para que pudiésemos ver? ¿No nos enseñó que podíamos luchar contra los espíritus del Hambre y el Frío? Pero ahora Jelchs está enfadado con sus hijos, que ya son pocos, y no los ayuda. Porque se han olvidado de él y han hecho cosas malas, han seguido el mal camino y dejado entrar a sus enemigos en sus tiendas, para que se sienten a su lado junto al fuego. El Cuervo está apenado por la maldad de sus hijos, pero cuando se levanten y demuestren que vuelven a ser los de antes, él saldrá de la oscuridad para ayudarlos. ¡Hermanos! El portador del fuego ha hablado con vuestro chamán y este es el mensaje que os envía: Que los hombres jóvenes lleven a las mujeres jóvenes a sus tiendas, que se lancen luego al cuello del Lobo y nunca permitan que su enemistad muera. Entonces sus mujeres serán fructíferas y se multiplicarán hasta crear un pueblo poderoso. El Cuervo guiará a las grandes tribus de sus padres y de los padres de sus padres más allá del Norte para vencer a los Lobos hasta dejarlos tan extinguidos como las hogueras de los campamentos del año pasado; así volverán a gobernar en toda la tierra. Este es el mensaje de Jelchs, el Cuervo.
Ese anuncio de la llegada del Mesías arrancó un ronco aullido a los indios y los llevó a ponerse en pie de un salto. Mackenzie sacó los pulgares de las manoplas y esperó. El clamor que exigía la presencia del Zorro no se acalló hasta que uno de los jóvenes dio un paso adelante para hablar.
—¡Hermanos! El chamán ha hablado con sensatez. Los Lobos se han llevado a nuestras mujeres y nuestros hombres no tienen hijos. Somos pocos. Los Lobos se han llevado nuestras pieles y nos han dado a cambio esos espíritus malignos que viven en las botellas y ropas que no vienen del castor o el lince, sino que se hacen con hierbas y no dan calor. Nuestros hombres mueren de enfermedades extrañas. Yo, el Zorro, no he tomado mujer alguna como esposa. ¿Por qué? Dos veces las doncellas que me agradaban se fueron a los campamentos del Lobo. Incluso ahora he reservado pieles de castor, de alce y de caribú para ganarme el favor de Thling-Tinneh y poder casarme con Zarinska, su hija. Pero ella se ha calzado las raquetas de nieve, dispuesta a abrir camino para los perros del Lobo. Y no hablo solo por mí. Lo mismo que hice yo lo ha hecho también el Oso. También él sería de buen grado el padre de sus hijos y con ese fin ha curtido muchas pieles. Hablo por todos los jóvenes que están sin esposa. Los Lobos siempre tienen hambre. Siempre se llevan la mejor carne de cada pieza y a los Cuervos nos dejan las sobras. ¡Ahí tenéis a Gugkla! —exclamó mientras señalaba con crueldad a una de las mujeres, que estaba lisiada—. Tiene las piernas arqueadas como las cuadernas de una canoa de abedul. No puede recoger madera ni acarrear la carne de los cazadores. ¿La han elegido a ella los Lobos?
—¡Eso es! ¡Es verdad! —vociferaron sus iguales.
—Y Moyri, a quien el espíritu del mal quiso que se le cruzasen los ojos. Incluso los recién nacidos tienen miedo cuando los mira y se dice que el oso más fiero se aparta de su camino si la ve acercarse. ¿La han elegido a ella?
Otra vez resonó la cruel respuesta.
—Allí se sienta Pischet. No puede oír mis palabras. Nunca ha oído las chácharas de los demás, la voz de su marido o el balbuceo de su hijo. Vive en medio del Silencio Blanco. ¿Se han preocupado por ella los Lobos? ¡No! Ellos eligen lo mejor. A nosotros nos dejan las sobras. ¡Hermanos, no puede ser! Los Lobos no pueden seguir entrando y saliendo de nuestros campamentos con sus andares provocativos. Ha llegado el momento.
Una enorme serpentina de fuego, la aurora boreal —morada, verde y amarilla—, cruzó el cénit, uniendo un horizonte con el otro. Con la cabeza echada hacia atrás y los brazos abiertos, el indio empezó a balancearse y luego exclamó:
—¡Mirad! ¡Los espíritus de nuestros padres se han levantado y esta noche será testigo de grandes hazañas!
Retrocedió y otro joven, ligeramente retraído, dio un paso al frente, empujado por sus camaradas. Les superaba en altura por una cabeza y llevaba el pecho, más ancho de lo normal, desnudo a pesar del frío. Pasaba el peso del cuerpo de un pie al otro, como si titubease. No le salían las palabras y estaba incómodo. Daba miedo mirarle a la cara porque, en algún momento del pasado, un golpe terrible le había arrancado la mitad. Por fin se golpeó el pecho con el puño cerrado, arrancándole el mismo ruido que a un tambor, y su voz retumbó como el oleaje en una caverna costera.
—Yo soy el Oso, Punta de Plata e hijo de Punta de Plata. Cuando mi voz aún era la de una niña maté al lince, al alce y al caribú. Cuando silbaba como la de los glotones bajo una despensa escondida, crucé las montañas del Sur y di muerte a tres de los del río White. Cuando se convirtió en el rugido del viento chinook, me encontré con el peor de los osos, el grizzly osado, y le hice frente. —En ese momento se detuvo y pasó la mano por sus espantosas cicatrices—. No soy como el Zorro. Mi lengua está helada como el río. No sé hacer grandes discursos. Mis palabras son pocas. El Zorro dice que esta noche será testigo de grandes hazañas. ¡Bien! Las palabras fluyen de su boca como los torrentes en la primavera, pero es reacio a los hechos. Esta noche yo lucharé con el Lobo. Le daré muerte y Zarinska se sentará junto a mi hoguera. El Oso ha hablado.
Aunque a su alrededor de desató la locura, Mackenzie el Zarrapastroso se mantuvo firme. Consciente de la poca utilidad del rifle en distancias cortas, llevó hacia delante las dos pistoleras del cinturón, preparado para usarlas, y retiró las manoplas hasta que las manos quedaron apenas protegidas por los guanteletes de cuero interiores que llegaban al codo. Sabía que si lo atacaban en masa no tenía esperanzas pero, tal y como había alardeado, estaba dispuesto a morir matando. Sin embargo, el Oso contuvo a sus camaradas e hizo uso de su tremendo puño para obligar a retroceder a los más impetuosos. Cuando el tumulto empezó a remitir, Mackenzie echó una ojeada en dirección a Zarinska. Qué imagen tan soberbia: aguardaba con el cuerpo echado hacia delante sobre las raquetas de nieve, los labios ligeramente separados y las aletas de la nariz temblorosas, como una tigresa a punto de saltar. Sus enormes ojos negros observaban a los hombres de su tribu con miedo y desafío a la vez. Tanta era la tensión que había olvidado respirar. Con una mano presionando el pecho y la otra agarrando con fuerza el látigo parecía haberse vuelto de piedra. En el momento en que él la miró, la joven se sintió aliviada: relajó los músculos, dejó escapar un suspiro, se echó hacía atrás y le dedicó una mirada que trascendía el amor.
Thling-Tinneh intentaba hablar, pero su gente ahogaba su voz. Mackenzie dio un paso hacia delante. El Zorro abrió la boca para lanzar un grito penetrante, sin embargo Mackenzie se abalanzó sobre él tan rápidamente que retrocedió, con la laringe borboteando sonidos reprimidos. Su desconcierto fue recibido a carcajadas y sirvió para que sus compañeros se tranquilizaran y fuesen capaces de escuchar.
—¡Hermanos! El hombre blanco al que habéis decidido llamar el Lobo ha llegado a vosotros con buenas palabras. No hizo como el inuit, no contó mentiras. Tino como amigo, como quien quiere ser hermano. Pero vuestros hombres han hablado y el tiempo de las palabras bonitas ha pasado ya. Primero os diré que el chamán tiene una lengua malvada y es un falso profeta porque los mensajes que os dio no son los del portador del fuego. Sus oídos están sordos a la voz del Cuervo y en su cabeza teje ingeniosas fantasías con las que os engaña. No tiene poder. Cuando matasteis a los perros para coméroslos y os dolía el estómago por culpa de tanta piel sin curtir y tiras de mocasines; cuando murieron los ancianos y los bebés, al secarse la leche de sus madres; cuando la tierra estaba a oscuras y perecisteis como el salmón en otoño; sí, cuando la hambruna os dominó, ¿proporcionó el chamán alguna recompensa a vuestros cazadores? ¿Os llenó el chamán la barriga de carne? Os lo repito, el chamán no tiene poder, ¡por eso yo le escupo a la cara!
Aunque el sacrilegio los desconcertó, no se produjo un griterío. Algunas de las mujeres incluso se asustaron, pero entre los hombres se propagó una sensación edificante, como si se prepararan para el milagro o lo anticiparan. Todas las miradas confluían en las dos figuras centrales. El sacerdote comprendió la importancia de aquel momento, se dio cuenta de que su poder se tambaleaba, abrió la boca para condenar, pero retrocedió apresurado ante el avance agresivo de Mackenzie, con el puño en alto y echando chispas por los ojos, quien, al verlo, hizo una mueca desdeñosa y continuó diciendo:
—¿He caído fulminado? ¿Me ha quemado el rayo? ¿Han caído las estrellas del cielo para aplastarme? ¡No! Ya he terminado con este perro. Ahora os hablaré de mi pueblo, que es el más poderoso de todos los pueblos y gobierna en todas las tierras. Al principio cazamos como cazo yo: en solitario. Después cazamos en grupos. Y por último, como cuando el caribú huye en desbandada, barremos toda la tierra. Aquellos a quienes dejamos entrar en nuestras tiendas viven; los que no quieren entrar mueren. Zarinska es una joven hermosa, fuerte y resistente, adecuada para ser madre de Lobos. Aunque yo muera, eso es lo que ella será, porque mis hermanos son muchos y seguirán el rastro de mis perros. Escuchad la ley del Lobo: «Aquel que arrebate la vida de un Lobo, pagará con diez de los suyos como castigo». En muchas tierras han pagado ese precio y en muchas otras aún habrá de pagarse.
»Ahora me ocuparé del Zorro y el Oso. Parece que se han fijado en la joven, ¿y qué? ¡Mirad! Yo la he comprado. Thling-Tinneh se apoya en el rifle y el resto de los bienes descansan junto a su hoguera. Sin embargo, quiero ser justo con ellos. Al Zorro, cuya lengua se seca con tantas palabras, daré cinco rollos largos de tabaco de mascar, así tendrá la boca húmeda y podrá armar jaleo en los consejos. Al Oso, del que me enorgullezco, le daré dos mantas, veinte tazas de harina y doble cantidad de tabaco que al Zorro. Y si viaja conmigo más allá de las montañas del Este, le daré un rifle como el de Thling-Tinneh. ¿Y si no? No importa. El Lobo está cansado de hablar. Sin embargo, una vez más repetirá su ley: «Aquel que arrebate la vida de un Lobo, pagará con diez de los suyos como castigo».
Mackenzie sonrió al dar un paso atrás y recuperar su posición, pero en el fondo se sentía muy preocupado. La noche seguía siendo oscura. La joven se acercó más y él le prestó atención mientras le explicaba los trucos del Oso con el cuchillo cuando luchaba.
Se decidió ir a la guerra. En un santiamén, decenas de mocasines ampliaban el espacio de nieve pisada junto a la hoguera. Todos hablaban de la aparente derrota del chamán: algunos aseveraban que se había limitado a contener su poder, mientras que otros recordaban acontecimientos del pasado y estaban de acuerdo con el Lobo. El Oso se situó en el centro del campo de batalla con un cuchillo ruso y largo en la mano. El Zorro llamó la atención hacia los revólveres de Mackenzie, así que este se quitó el cinto y se lo puso a Zarinska en la cintura, en cuyas manos depositó también su rifle. Ella hizo un gesto con la cabeza para indicarle que no sabía disparar; pocas veces una mujer tenía la oportunidad de manipular un objeto tan valioso.
—Entonces, si me acecha el peligro por la espalda, grita en alto: «¡Esposo!». No, así: «¡Esposo!».
Se rio al oír como lo repetía ella, le pellizcó la mejilla y volvió al interior del círculo. El Oso no solo lo aventajaba en alcance y estatura, sino que la hoja de su cuchillo era cinco centímetros más larga que la suya. Mackenzie el Zarrapastroso sabía mirar a los ojos de sus oponentes y fue consciente de que iba a enfrentarse a un hombre de verdad, sin embargo se sintió estimulado por el destello de la luz en el acero y se dejó llevar por el impulso dominante de su raza.
Una vez tras otra se vio empujado al borde del fuego o a la nieve sin pisar y una vez tras otra, con el movimiento de pies del púgil, regresó al centro. Ni una sola voz se alzó para animarlo, mientras que a su antagonista lo arropaban con aplausos, sugerencias y advertencias. Pero apretaba cada vez más los dientes cuando los cuchillos entrechocaban y atacaba o eludía el ataque con una frialdad nacida de una fuerza consciente. Al principio sintió compasión por su enemigo, pero el sentimiento desapareció ante el instinto primigenio de la vida, que a su vez dio paso al ansia de matar. Sus diez mil años de cultura lo abandonaron y se convirtió en un cavernícola que luchaba por su hembra.
En dos ocasiones pinchó al Oso y salió indemne, pero la tercera vez lo atrapó y, para salvarse, tuvo que luchar mano a mano, cuerpo a cuerpo. Entonces comprendió la tremenda fuerza de su oponente. Sentía los músculos agarrotados y doloridos, mientras los tendones amenazaban con romperse debido a la tensión y, sin embargo, el acero ruso estaba cada vez más cerca. Intentó apartarse de él pero solo consiguió debilitarse. El círculo de hombres cubiertos de pieles se cerró más, seguros de que se acercaba el golpe final y ansiosos por verlo. Pero usando un truco de luchador, se giró en parte hacia un lado y golpeó a su adversario con la cabeza. Sin quererlo, el Oso se echó hacia atrás y perturbó su centro de gravedad. Al mismo tiempo Mackenzie afianzó el paso e impulsó todo su peso hacia delante, con lo que arrojó al otro a la nieve blanda. El Oso salió de allí como pudo y volvió al círculo a toda velocidad.
—¡Esposo! —se oyó la voz de Zarinska, llena de peligro.
La vibración de la cuerda de un arco hizo que Mackenzie se echara al suelo y que una flecha de hueso muy afilada cruzara por encima de él y se clavase en el pecho del Oso, cuyo impulso lo llevó a pasar sobre su enemigo agachado. Al instante siguiente Mackenzie estaba de nuevo en pie. El Oso yacía inmóvil, pero al otro lado de la hoguera se encontraba el chamán, sacando una segunda flecha.
El cuchillo de Mackenzie dio un salto en el aire. Agarró la pesada hoja por la punta. Se produjo un destello de luz cuando el arma atravesó el fuego. Luego el chamán, con el cuchillo —del que solo se veía el mango— clavado en la garganta, se balanceó un momento y cayó hacia delante, entre las brasas de la hoguera.
¡Clic! ¡Clic! El Zorro se había apropiado del rifle de Thling-Tinneh y en vano intentaba cargarlo. Pero lo soltó al oír la risa de Mackenzie.
—Así que el Zorro no ha aprendido cómo se usa el juguete. Aún es una mujer. ¡Vamos! ¡Tráelo aquí, que te enseño!
El Zorro dudó.
—¡Te he dicho que vengas!
Se acercó encorvado como un chucho al que le han dado una paliza.
—Así y así. Así es cómo se hace.
La bala ocupó su posición y el gatillo quedó amartillado mientras Mackenzie se llevaba el rifle al hombro.
—El Zorro dijo que esta noche sería testigo de grandes hazañas y dijo la verdad. Se han visto grandes hazañas, aunque las más pequeñas han sido las del Zorro. ¿Aún pretende llevar a Zarinska a su tienda? ¿Tiene intención de seguir el camino que ya han abandonado el chamán y el Oso? ¿No? ¡Mejor!
Mackenzie se dio la vuelta con desprecio y arrancó el cuchillo del cuello del chamán.
—¿Alguno de los jóvenes quiere probar? Porque el Lobo se enfrentará a ellos en grupos de dos o tres hasta que no quede ninguno. ¿No? ¡Mejor! Thling-Tinneh, te entrego este rifle por segunda vez. Si en los días por venir viajas al país del Yukón, siempre habrá un lugar y mucha comida para ti junto al fuego del Lobo. La noche empieza a hacerse día. Me voy, pero podría volver. Por última vez os digo que no olvidéis la ley del Lobo.
Cuando volvió al lado de Zarinska, todos lo miraban como a un ser sobrenatural. Ella ocupó su puesto a la cabeza de la traílla y los perros echaron a andar. Unos minutos después el bosque fantasmal se los había tragado. Mackenzie aguardó hasta ese momento. Entonces se puso las raquetas de nieve para ir tras ellos.
—¿Ha olvidado el Lobo los cinco rollos largos de tabaco?
Mackenzie se giró enfadado hacia el Zorro. En ese momento comprendió lo cómico de la situación.
—Te daré un rollo corto.
—Como el Lobo prefiera —respondió el Zorro dócilmente, mientras estiraba la mano.
[1899]
- Se trata de una fiesta ceremonial indígena durante la que se distribuyen propiedades y regalos a fin de reforzar las relaciones jerárquicas. El anfitrión regala sus posesiones para demostrar su importancia y su riqueza, ya que tiene tanto que puede permitirse regalarlo. ↩︎

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