PERO NO ACEPTARÁN EXCUSAS. Hemos cruzado la línea y eso basta. Nos detendrán. Nos enviarán a Siberia, a las minas de sal. En cuanto al Tío Sam, ¿de qué se va a enterar? A Estados Unidos no llegará ni palabra. Los periódicos dirán: «La Mary Thomas se ha perdido con toda su tripulación. Probablemente debido a un tifón en aguas japonesas». Eso es lo que dirán los periódicos, y también lo dirá la gente. Nos llevarán a Siberia, a las minas de sal. Estaremos muertos para el mundo, nuestros amigos y nuestras familias, aunque vivamos cincuenta años.
Así, sin más trámite, resumió el asunto John Lewis, por todos conocido como el Leguleyo.
En el castillo de proa de la Mary Thomas se vivía un momento crítico. En cuanto la guardia de la cubierta inferior empezó a hablar del problema, los de la guardia de arriba bajaron y se unieron a ellos. Como no había viento, nadie hacía falta, excepto el hombre que iba al timón, que se quedó por el bien de la disciplina. Incluso Chico Russell, el grumete, se había acercado para oír lo que decían.
La situación era crítica, como atestiguaban los rostros serios de los marineros. Durante los tres meses anteriores, la goleta Mary Thomas se había dedicado a cazar focas a lo largo de la costa japonesa, hacia el norte y el Mar de Bering. Allí, en el lado asiático de dicho mar, se vio obligada a abandonar la caza o, mejor dicho, a no seguir adelante. Porque más allá, los patrulleros rusos vigilaban la zona prohibida, donde las focas podían criar en paz.
Una semana antes se había adentrado en un denso banco de niebla acompañada de calma. Desde entonces, la niebla no se había levantado y solo había soplado alguna que otra brisa ligera y ventolina. Eso, en sí mismo, no era malo, porque las goletas dedicadas a la caza de focas nunca tienen prisa mientras se encuentren en medio de alguna manada, pero el problema radicaba en el hecho de que las corrientes de la zona los arrastraban con fuerza hacia el norte. De esa manera, la Mary Thomas había cruzado la línea sin querer y cada hora que pasaba la adentraba más en las peligrosas aguas vigiladas por los rusos.
Nadie sabía hasta dónde había llegado ya. Hacía una semana que no veían el sol ni las estrellas y el capitán no conseguía determinar su posición. En cualquier momento podía aparecer un patrullero y llevarse a toda la tripulación a rastras hasta Siberia. Los hombres de la Mary Thomas conocían bien el destino de otros cazadores de focas furtivos, por eso estaban tan serios.
—Amigos —dijo un timonel de bote alemán—, mal asunto que, con la bodega llena de forma honrada, los rusos nos pillen, se queden con nuestras pieles y nuestra goleta, y nos envíen con los anarquistas a Siberia. ¡Sí, muy mal asunto!
—Sí, ahí le duele —intervino el Leguleyo—. Mil quinientas pieles en los saladeros, obtenidas respetando la ley, una buena paga pendiente para cada uno de nosotros, ¡y que nos capturen y lo perdamos todo! Sería distinto si las hubiésemos cazado furtivamente, pero ha sido de forma legal y en aguas permitidas.
—Pero si no hemos hecho nada malo, no podrán hacernos nada, ¿no es así? —preguntó Chico.
—Me parece que no está bien que un muchacho de tu edad interrumpa cuando hablan los mayores —protestó un marinero inglés desde su litera.
—Déjalo, Jack —respondió el Leguleyo—. Tiene derecho. ¿Acaso no corre el mismo peligro de perder su paga que nosotros?
—¡Y a mí eso qué me importa! —dijo Jack con un gesto de desprecio. Había pensado volver a casa, a Chelsea, en cuanto cobrase, para ver a su familia y ahora estaba enfadado debido a la muy posible pérdida no solo de su paga, sino también de su libertad.
—¿Cómo van a saberlo ellos? —contestó el Leguleyo en respuesta a la pregunta de Chico—. Ahora nos encontramos en aguas prohibidas. ¿Cómo saben que no hemos venido a propósito? Aquí estamos, con mil quinientas pieles en la bodega. ¿Cómo van a saber si las cazamos en aguas permitidas o en las prohibidas? ¿No lo ves, Chico? Las pruebas hablan en nuestra contra. Si pillas a un hombre con los bolsillos llenos de manzanas como las que crecen en tu árbol y si, además, lo pillas en tu árbol, ¿qué pensarías si te dice que no pudo editarlo, que el viento lo había llevado hasta allí y que, por si fuera poco, las manzanas son de otro árbol? ¿Qué pensarías? ¿Eh?
Así explicado, Chico lo entendió enseguida y negó con la cabeza, desanimado.
—Es mejor morir que ir a Siberia —dijo uno de los remeros—. Te mandan a las minas de sal y allí trabajas hasta que te mueres. No vuelves a ver la luz del día. He oído la historia de un tipo al que encadenaron a su colega y el colega murió. ¡Encadenados juntos! Y si te mandan a las minas de mercurio, salivas. Yo prefiero que me cuelguen a salivar.
—¿Qué es eso de salivar? —preguntó Jack, sentándose de repente en la litera al presentir nuevas desgracias.
—El mercurio se te mete en la sangre, creo que pasa por eso. Se te hinchan las encías como con el escorbuto, pero peor, y los dientes se te aflojan en la mandíbula. Se forman grandes úlceras y luego te mueres de una forma horrible. Ni el hombre más fuerte dura demasiado en las minas de mercurio.
—Mal asunto —repitió el timonel de bote, con pena, en el silencio que se produjo—. Mal asunto. Ojalá estuviese en Yokohama. ¿Eh? ¿Qué ha sido eso?
El navío se había escorado de repente. Las cubiertas estaban en posición oblicua. Una cacerola pequeña de hojalata rodó por el plano inclinado, entre tintineos y golpes. Desde arriba les llegó el ruido seco de las velas y el tembloroso golpeteo del grátil suelto del trinquete. Luego la voz del segundo de a bordo cantó en la escotilla:
—¡Todos a cubierta! ¡Desplegad velas!
Nunca nadie respondió a esas órdenes con mayor entusiasmo. La calma había terminado. Por fin llegaba el viento que los llevaría al sur y los pondría a salvo. En medio de una ovación clamorosa todos subieron a cubierta. Trabajando a velocidad desenfrenada, desplegaron las gavias, los petifoques y los estays. Mientras trajinaban, la niebla se disipó y la negra bóveda celeste, salpicada de las estrellas que todos conocían, quedó a la vista. Cuando todo estuvo en perfecto orden, la Mary Thomas se inclinaba ligera y elegantemente con viento derrotero y avanzaba rumbo al sur.
—¡Luces de un vapor al frente, a babor, señor! —gritó el vigía desde su puesto en el extremo del castillo de proa. En la voz del hombre había nerviosismo.
El capitán ordenó a Chico que bajara a buscar sus prismáticos de visión nocturna. Todos se apiñaron en la barandilla de sotavento para ver al sospechoso desconocido, cuya silueta se acercaba imprecisa. En esas aguas poco transitadas tenían una posibilidad entre mil de que no se tratase de un patrullero ruso. El capitán continuaba mirando preocupado con sus prismáticos, cuando surgió una llamarada del flanco del desconocido, seguida del estruendo de un cañón. Sus peores miedos se confirmaban: era un patrullero ruso que disparaba a la Mary Thomas con la intención de detenerla.
—¡Todo a sotavento! —ordenó el capitán al timonel, sin energía en la voz. Y a la tripulación—: ¡Atrás el foque y el trinquete! ¡Arriad el petifoque! ¡Cargad la monterilla! ¡Moved a popa la escota de la mayor!
La Mary Thomas se encontró en el ojo del viento, perdió empuje y se inclinó hacia las olas que llegaban del oeste.
El patrullero se acercó un poco más y echó un bote al agua. Los cazadores de focas observaban en medio de un silencio abatido. Vieron el casco blanco del bote descender despacio y a sus tripulantes subir a bordo. Oyeron el chirrido de los pescantes y las órdenes de los oficiales. Luego el bote comenzó la marcha, impulsado por los remos, y puso rumbo hacia la goleta. El viento soplaba cada vez más fuerte y el mar estaba demasiado picado para permitir que la frágil embarcación se arrimara al costado de la Mary Thomas, que no paraba de dar bandazos, pero, tras aguardar una oportunidad y aprovechando los cabos de abordaje que les echaron, un oficial y un par de hombres consiguieron trepar a la cubierta. Luego el bote se desvió hacia lugar seguro y se puso a la capa, al mando de un joven guardiamarina que se sentaba a popa y sujetaba los cabos.
El oficial, cuyo uniforme lo distinguía como subteniente de navío de la Armada rusa, acompañó al capitán de la Mary Thomas a fin de examinar la documentación de la goleta. Salió a los pocos minutos y, después de que sus marineros abriesen las escotillas, bajó a la bodega con una linterna para inspeccionar los saladeros. Se tropezó con un montón considerable: mil quinientas pieles sin curtir, la captura de toda la temporada. Y, dadas las circunstancias, solo pudo llegar a una conclusión.
—Lo siento mucho —chapurreó en inglés, dirigiéndose al capitán, ya de vuelta en cubierta—, pero tengo el deber, en nombre del zar, de incautarme de su navío bajo el cargo de caza furtiva, al haber sido detenido en la zona prohibida con la bodega llena de pieles sin curtir. Como ya sabrá, esto se castiga con la confiscación y la cárcel.
El capitán de la Mary Thomas se encogió de hombros con aparente indiferencia y le dio la espalda. Aunque deben reprimir toda manifestación externa de sus sentimientos, a veces los hombres fuertes, cuando los golpea una desgracia inmerecida, tienen ganas de llorar. En ese momento, lo asaltó el recuerdo de su hogar en California, de su esposa y sus dos hijos, y la extraña sensación de ahogo que notó en la garganta lo llevó a temer que, si intentaba hablar, acabaría sollozando.
Además, tenía un deber que cumplir para con sus hombres. Ante ellos no debía mostrar señal de debilidad alguna, pues su fuerza les serviría de apoyo en medio de su infortunio. Ya le había explicado la situación al subteniente de navío y era consciente de que no tenía nada que hacer. Como había dicho el Leguleyo, las pruebas hablaban en su contra. Así que puso rumbo a popa y se dedicó a recorrer de un extremo al otro la toldilla de aquel navío que ya no estaba a sus órdenes.
El oficial ruso tomó el mando de forma temporal. Llamó a bordo a un buen número de sus hombres y ordenó cargar y recoger todas las velas. Mientras lo hacían, el bote navegó de un navío al otro para pasar entre ellos una gruesa estacha, que se aseguró a las bitas de remolque situadas en el extremo del castillo de proa de la goleta. Durante todas esas maniobras, los cazadores de focas se mantuvieron apartados en grupos, con gesto huraño. Pensar en resistirse era una locura, con los cañones de un buque de guerra a tiro de piedra, pero se negaban a ayudar y preferían mantener un silencio cargado de tristeza.
Tras completar su tarea, el subteniente ordenó que todos sus hombres, salvo cuatro, regresaran al bote. Luego el guardiamarina —un muchacho de dieciséis años y aspecto curiosamente maduro y digno, que le aportaban el uniforme y el sable— subió a bordo para tomar el mando de la goleta capturada. Cuando el subteniente se disponía a partir, se fijó en Chico. Sin una palabra de advertencia, lo agarró del brazo y lo lanzó por encima de la barandilla, al bote que aguardaba. Luego se despidió con un movimiento de la mano y se fue tras él.
Era lógico que Chico sintiera miedo ante aquel suceso inesperado. Recordó de repente las terribles historias que había oído contar sobre los rusos y se dejó invadir por el terror. Ser detenido por ellos ya le parecía grave, pero que se lo llevaran y lo separaran de sus compañeros, era un destino con el que ni se había atrevido a soñar.
—Pórtate bien, Chico —le gritó el capitán mientras el bote abandonaba el costado de la Mary Thomas— y cuenta la verdad.
—¡Sí, señor! —respondió el muchacho, en apariencia conservando el valor. Sentía cierto orgullo de raza y le daba vergüenza portarse como un cobarde ante aquellos enemigos desconocidos, aquellos rusos como osos salvajes.
—¡Y sé amable! —añadió el timonel de bote alemán. Su vozarrón surcó las aguas como una sirena de niebla.
Chico se despidió con un gesto de la mano y sus compañeros se apiñaron en la barandilla para responderle con un grito de ánimo. Se acomodó en el hueco de popa, desde donde se concentró en observar al subteniente. Chico llegó a la conclusión de que no parecía un oso, ni un salvaje, más bien se trataba de un hombre normal; y los marineros eran como los tripulantes de cualquier otro buque de guerra. Sin embargo, cuando pisó la cubierta metálica del patrullero, sintió que cruzaba las puertas de una prisión.
Durante unos minutos nadie le hizo caso. Los marineros izaron el bote y lo sujetaron a los pescantes. A continuación, las chimeneas escupieron un humo negro y pusieron rumbo… a Siberia. Eso fue lo que pensó Chico. Vio a la Mary Thomas balancearse bajo la presión de la estacha y sus luces de posición, una roja y otra verde, cabecear mientras la remolcaban.
Los ojos de Chico se llenaron de lágrimas al contemplar aquella imagen melancólica, pero en ese momento se le acercó el subteniente para llevarlo ante el capitán de fragata, por lo que se enderezó y apretó los dientes con fuerza, como si aquella situación le resultase normal y estuviera acostumbrado a que lo enviasen a Siberia. El camarote en el que se sentaba el capitán parecía un palacio, comparado con las humildes estancias de la Mary Thomas, y el capitán, muy digno y lleno de dorados, resultaba un personaje augusto, muy distinto a los hombres sencillos que navegaban en su goleta siguiendo las manadas de focas.
Chico comprendió para qué lo habían llevado a bordo y, durante el prolongado interrogatorio al que lo sometieron, no dijo nada más que la verdad. La verdad era inofensiva, solo la mentira podría perjudicarlo. No sabía gran cosa, excepto que habían estado cazando focas mucho más al sur, en aguas permitidas, y que cuando la niebla y la calma se cernieron sobre ellos habían cruzado la línea sin querer, a la deriva, porque se encontraban cerca de ella. Una y otra vez insistió en que no habían echado ni un solo bote al agua, como tampoco habían cazado foca alguna, durante la semana que fueron a la deriva por las aguas prohibidas; pero el comandante prefirió creer que todo lo que decía era mentira y adoptó un tono intimidatorio para intentar asustar al muchacho. Pasaba de amenazarlo a engatusarlo y viceversa, pero no consiguió que Chico cambiara su declaración. Al final ordenó que se lo llevaran de allí.
Por descuido, no lo pusieron al cuidado de nadie y Chico pudo pasear por la cubierta a su aire. A veces los marineros le lanzaban miradas curiosas, pero lo dejaban tranquilo. Además, no llamaba demasiado la atención, porque era menudo, la noche estaba oscura y los hombres que hacían la guardia en cubierta se ocupaban de sus asuntos. Tras tropezar varias veces en aquellas cubiertas desconocidas, consiguió llegar a popa, desde donde podía ver las luces de posición de la Mary Thomas, que los seguía a ritmo constante.
La observó durante un buen rato y luego se tumbó en la oscuridad, cerca del lugar donde la estacha cruzaba la popa hacia la goleta capturada. En un momento dado, un oficial se acercó para comprobar la tensión del cabo y evitar rozaduras, pero Chico se encogió al amparo de las sombras y no lo descubrió. Sin embargo, aquello le dio una idea que afectaba a las vidas y libertades de veintidós hombres, y que impediría que una pena devastadora se adueñase de más de un hogar feliz, a muchos miles de millas de distancia.
En primer lugar —razonó—, la tripulación era inocente de cualquier delito y, sin embargo, los arrastraban a todos al encierro en Siberia, a sufrir una muerte en vida, según había oído contar, y no tenía motivos para dudar de aquellas historias. En segundo lugar, a él lo habían apresado, sin posibilidad alguna de escapar. Y tercero, los veintidós hombres de la Mary Thomas sí podían huir. Lo único que lo impedía era una estacha de diez centímetros de grosor. Ellos no podrían cortarla desde su extremo, porque sin duda los captores rusos la mantendrían vigilada; pero desde aquel extremo, desde donde él se encontraba…
Chico no se lo pensó dos veces. Se acercó con cuidado a la estacha, abrió su navaja y se puso manos a la obra. La hoja no estaba bien afilada y tuvo que serrar hilaza tras hilaza, mientras, con cada movimiento, la espantosa visión de su exilio solitario en Siberia se adueñaba de su mente. Ya era bastante duro soportar ese destino rodeado de compañeros, pero enfrentarse a él en solitario le parecía aterrador. Además, el acto que estaba a punto de cometer sin duda le acarrearía un castigo peor.
Inmerso en tan sombríos pensamientos, oyó unas pisadas que se acercaban. Se ocultó entre las sombras. Un oficial se detuvo donde él había estado trabajando, empezó a inclinarse para comprobar el estado de la estacha, pero cambió de idea y se incorporó. Permaneció allí unos minutos, observando las luces de la goleta capturada, y luego se marchó.
¡Tenía que aprovechar el momento! Chico se apartó de las sombras y continuó serrando. Ya había cortado dos hilazas de la estacha. Ahora eran tres. Pero aún faltaba una. La tensión que soportaba era tanta que cedió enseguida. ¡Zas! El extremo libre saltó por la borda. Se quedó inmóvil, con el corazón en un puño, escuchando. Nadie lo había oído, solo él.
Vio cómo se atenuaban las luces de la Mary Thomas. Oyó a lo lejos el aviso de los tripulantes rusos, desde la goleta, pero nadie más se enteró. Las chimeneas del patrullero continuaron escupiendo humo y las hélices zumbaban con la misma potencia de antes.
¿Qué ocurría en la Mary Thomas? Chico solo podía hacer conjeturas, pero de una cosa estaba seguro: sus compañeros se impondrían, doblegando a los cuatro marineros y al guardiamarina. Unos minutos después percibió un tenue destello y, haciendo un esfuerzo, oyó el disparo, apenas perceptible, de una pistola. Entonces, ¡qué alegría!, las luces —roja y verde— se apagaron de repente. ¡Habían recuperado el mando de la Mary Thomas!
En ese momento oyó que un oficial se acercaba a popa. Chico retrocedió sin hacer ruido y se escondió en uno de los botes. Justo a tiempo. Dieron la alarma. Se gritaron las órdenes. El patrullero cambió su rumbo. Un reflector eléctrico lanzó su haz de luz blanca sobre la superficie del mar, aquí, allá, por todas partes; pero en su trayectoria no descubrió goleta alguna.
Poco después Chico se quedó dormido y no se despertó hasta que rayó la luz gris del amanecer. Los motores vibraban a un ritmo monótono y las ruidosas salpicaduras del agua le indicaron que estaban limpiando las cubiertas. Echó un vistazo a su alrededor y vio que se encontraban solos en la inmensidad del mar. La Mary Thomas había escapado. Al levantar la cabeza fue recibido por las carcajadas de los marineros. Ni siquiera el oficial, quien ordenó que lo llevasen abajo y lo encerraran, pudo ocultar su mirada risueña. En los días de confinamiento posteriores, Chico pensó muchas veces que no estaban demasiado enfadados con él por lo que había hecho.
No iba muy desencaminado. Existe cierta nobleza innata oculta en los corazones de todos los hombres que los lleva a admirar cualquier acto valeroso, aunque sea el enemigo quien lo realice. Los rusos no eran distintos a los demás. Cierto, un muchacho los había burlado, pero comprendían su decisión y se rompían la cabeza pensando qué hacer con él. No podían entregar a semejante criaturita en representación del furtivo que habían perdido.
Y así, dos semanas después, un patrullero ruso hizo señales a un buque de guerra de los Estados Unidos que zarpaba del puerto de Vladivostok. Un bote cruzó de un navío al otro y un muchacho subió a bordo de la embarcación norteamericana. Una semana más tarde lo dejaron en Hakodate y, tras el envío de un telegrama, pudo pagarse el billete de tren a Yokohama.
Desde la estación cruzó corriendo las pintorescas calles japonesas que daban al puerto y contrató un sampán para que lo llevase a bordo de un navío, la familiaridad de cuyos aparejos enseguida había llamado su atención. Tenía los tomadores sueltos y las velas desplegadas, a punto de regresar a Estados Unidos. Mientras se acercaba, un grupo de marineros se abalanzó hacia el extremo del castillo de proa y la palanca del molinete empezó a subir y bajar, arrancando el ancla del lecho lleno de fango.
—«Un barco yanqui viene río abajo…» —se oyó la voz del Leguleyo entonar el viejo himno de los marineros para levar anclas.
—«¡Tirad, muchachos, tirad!» —respondió el conocido coro, mientras los cuerpos de los hombres se inclinaban y se incorporaban al ritmo de la canción.
Chico Russell pagó al barquero y subió a bordo. Todos se olvidaron del ancla. Los hombres le dedicaron una entusiasta ovación y, casi antes de que pudiera recobrar el aliento, el capitán lo llevaba a hombros y todos sus compañeros lo rodeaban, pidiéndole que contestara veinte preguntas por segundo.
Al día siguiente una goleta se puso al pairo frente a una aldea de pescadores japonesa, envió a tierra a cuatro marineros y un joven guardiamarina, y zarpó. Aquellos hombres no hablaban inglés, sin embargo tenían dinero y pronto llegaron a Yokohama. Los habitantes de la aldea japonesa no volvieron a saber de ellos, pero aún siguen hablando de aquel misterio. Como el gobierno ruso nunca comentó el incidente, Estados Unidos todavía ignora el paradero del furtivo al que perdieron, tampoco tiene noticias —oficialmente— de la forma en que algunos de sus ciudadanos «secuestraron» a cinco súbditos del zar. A veces, incluso las naciones guardan secretos.
[1900]

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