EL BUEN DIOS, en Su inescrutable sabiduría, había decidido incluir dos almas de mujer en dos cuerpos muy hermosos y hacer que se amaran profundamente la una a la otra. Además consideró prudente crearlas hermanas para que dicho afecto pudiese florecer al máximo sin caer presa de los gérmenes letales que suelen sembrarse en el curso de la existencia femenina. Tras hacer todo eso, resulta evidente que descansó de Sus tareas y dejó a las dos criaturas al antojo del azar.
El azar se portó con sensatez durante mucho tiempo, pero, tras permitirles llegar a la edad adulta una en compañía de la otra, las separó por la mitad del ancho de uno de los estados del Oeste y las obligó a vivir en lugares diferentes: una en una metrópolis llena de humo de la costa y la otra en un gran valle donde se veían tantas estrellas como guijarros en una gravera. El azar también provocó situaciones extrañas en sus vidas y les envió un hombre. Ese hombre llegó bien recomendado por su decencia moral, integridad profesional, cuentas bancarias boyantes, cartas de crédito y de presentación incondicionales y su buen aspecto. Se hizo muy amigo de Ernestine, que vivía en la ciudad de la costa, y creyó que pensaba mucho en ella. Cuando ya se conocían bien, Lute —a quien un antepasado imbécil había clasificado como Luella y que vivía en el valle— fue a visitar a su hermana Ernestine. Así fue como el hombre, llamado Loren Ellery, la conoció también a ella.
—¿Qué le parece Lute? —preguntó un día Ernestine, que era la mayor, después de que la visita de su hermana llegase a su fin en un cúmulo de amor fraternal, besos, advertencias y promesas.
—Mire, Erna —respondió Ellery, que desde hacía tiempo ejercía la prerrogativa de llamarla así—, sinceramente, Lute es una buena chica. No cabe duda. Es inteligente, hermosa, llena de vitalidad y tiene muy buen color. Pero su inteligencia es diferente a la de usted, al igual que su belleza, su vivacidad y su tez. Compréndame, es una jovencita muy mona, sí, pero… —Al llegar a este punto, asomó a sus ojos la expresión adecuada y observó a su interlocutora el número correcto de segundos para que hiciese efecto, luego continuó diciendo—: Pero nunca podrá ser para mí lo que es usted. Me gusta, pero de una forma diferente a como me gusta usted. La admiro, pero no igual que a usted. Puedo respetarla e incluso podría haberla amado si usted y yo no nos hubiésemos conocido. Pero, tal y como son las cosas…
Ernestine exclamó: «¡Oh!», y ambos se sintieron muy satisfechos de sí mismos, del otro y de las cosas en general y en particular.
Al cabo de un tiempo el azar, con su manipulación traviesa y acostumbrada de los dados humanos, hizo que un hombre con una mina se cruzase en el camino de Loren Ellery. Según la afinidad existente entre los hombres que poseen capital económico y capital industrial, estos dos se reunieron para explotar los recursos de manera conjunta y beneficiarse mutuamente. Debido a ello Loren Ellery, que no deseaba verse estafado por el gentil del oeste, contrató a un experto en minas y fue a investigar el alcance del pozo practicado en la tierra. Resultó que la mina se encontraba entre las estribaciones de los montes que rodeaban al valle en el que Lute vivía y se movía.
Como la vida social era limitada y los viajeros escaseaban, la joven y Ellery se encontraron y se vieron muchas veces. La compañía de Lute le parecía tan agradable que día a día se demoraba e iba retrasando la fecha de su regreso. Con el tiempo se tomó sus libertades —y su lengua con él—, hasta que le dijo a Lute cosas que no debía haberle dicho y que ya había dicho antes.
—Sinceramente, Lute —confeso un día mientras tomaban té con hielo en el porche alargado y sombreado de ella, buscando adaptarse más cómodamente al ambiente tórrido que los rodeaba—, el asunto es que su hermana es una buena chica, muy lista y todo eso. No cabe la menor duda. Es hermosa, está llena de vitalidad, tiene una tez perfecta y todo lo demás, ya me entiende, es de esas jóvenes que encandilan a los hombres y consiguen que se enamoren de ellas a la primera, pero… —A ese «pero» le dio una entonación suave y más efectiva aún por la práctica, y luego continuó diciendo—: Pero nunca podrá ser para mí lo que es usted. Es guapa, pero usted también y además de una forma diferente. Puede atraer a la mayoría de los hombres, pero a mí no me atrae como lo hace usted. Resumiendo, que su hermana me gusta pero no existe similitud alguna entre eso y mi afecto por usted. Puedo admirarla y respetarla e incluso podría haberla amado si no la hubiese conocido a usted. Tal y como son las cosas… Querida Lute, dígame que me comprende.
Debido a que esta repetición de cumplidos estereotipados es una debilidad de la que sufre el género masculino en mayor o menor medida y que, de igual forma, agrada a todo el género femenino, no debemos considerarla un mal mayor. Y de ella no se habría derivado mal alguno si el buen Dios no hubiese adjudicado a Lute una personalidad dada a las confidencias y el azar la hubiese hecho visitar de nuevo la ciudad costera.
Mientras, Ellery poco pocha hacer para cambiar el curso de los acontecimientos porque se había dejado contagiar por la fiebre de la minería y se encontraba en las estribaciones de los montes próximos al valle con el fin de explorar más pozos hallados en la zona.
Por muy ligera y cuidadosamente que algunas mujeres abran sus corazones en confianza, como la caja de Pandora, su contenido acaba por salir al completo. Lute era una de esas criaturas y Ernestine había adquirido últimamente cierta habilidad necesaria para arrancarle sus secretos de jovencita.
La noche que se quedaron de charla hasta muy tarde, Lute tenía intención de contar una parte mínima del caso, pero poco a poco y sin darse cuenta, fue explayándose y revelando más y más hasta que los oídos de Ernestine reconocieron la concatenación de frases familiares y su «¿cómo has dicho?» precipitó los acontecimientos. Entonces, a esas confidencias añadieron, cada una el suyo, un relato más completo, y sopesaron y calcularon sus méritos y deméritos respectivos según los interpretaba el proteico Loren Ellery. Después, tras superar la sensación inmediata de disgusto y ofensa personal, se rieron y se durmieron la una en brazos de la otra, como hacen las hermanas.
Mientras, Loren Ellery, sin inquietarse, se organizaba y escalaba montañas, descendía al interior de pozos profundos y se arrastraba por túneles maquiavélicamente excavados por el hombre, aprendía las costumbres de los hombres del Oeste, se adaptaba a su hábitat y añadía a su vocabulario la nomenclatura de las minas y el idioma de la frontera. En otoño, cuando regresó a la ciudad y se presentó en determinada residencia, se había vuelto como ellos y se sentía orgulloso de sus logros y sus propiedades mineras. Había solicitado ver a Ernestine, pero resultó que su hermana Lute también se encontraba allí para recibirlo.
La conversación se centró en las empalagosas naderías e inanidades corteses de la charla impersonal, mientras Ellery se las arreglaba de forma sutil para transmitir a cada una de ellas que su interés no había disminuido. Todo iba bien. Las palabras fluían con facilidad, sin que nada desentonase o presagiase discordancias.
—¡Ah, qué joven tan impresionante! —murmuró Ellery en medio de una pausa, mientras miraba con admiración hacia un retrato que colgaba en la pared, frente a él—. ¿Puedo preguntar quién es?
—Mi primo George—respondió Ernestine—. El que está en la Armada. Creo que ya le hablé de él.
—¿No le parece un tipo atractivo? —continuó Ellery.
—No cabe duda —estuvo de acuerdo Ernestine.
—No.
—Pero no como su hermano Herman —intervino Lute.
—Un joven bueno y encantador —continuó diciendo Ernestine—, lleno de vitalidad, energía y virilidad.
—Sí, eso parece —respondió Ellery, perplejo ante la leve familiaridad de las frases.
—Pero es tan distinto a su hermano —afirmó la parte del dueto que correspondía a Lute.
—Sinceramente —ahora hablaba Ernestine—, es de esos jóvenes que encandilan a las chicas, pero…
—Nunca podría amarlo como a Herman —interpoló Lute, asumiendo su papel.
«¡Qué raro!», pensó Ellery, que empezaba a sospechar.
—Es un joven estimable…
—Que podría gustarme…
—Pero no como su hermano…
—Al que podría admirar…
—Pero no como a Herman…
Ellery comprendió que estaban haciendo escarnio de él y sonrió como un idiota.
—A quien podría respetar…
—Y podría haber amado…
—De no haber conocido…
—A su hermano Herman…
—Y al que… Pero, señor Ellery —se interrumpió Ernestine con tanta inocencia como premura—, ¿no pensará irse? ¿Tan pronto?
—He disfrutado muchísimo, se lo aseguro. —Ellery se había puesto en pie tras mirar el reloj, con cierto rubor en las mejillas, pero sin perder el dominio de sí mismo—. Me alegro mucho de haberlas vuelto a ver, desde luego, pero ahora he de irme.
—¿Y no se queda un ratito más para tomar el té? —dijo Ernestine e hizo ademán de llamar al servicio.
—Me encantaría, sinceramente. —Mientras hablaba se iba acercando a la puerta—. No tenía ni idea de que fuese tan tarde. El tiempo ha pasado volando. Pero debo ver a un hombre para hablar de un proyecto. La mina me roba tanto tiempo.
—Entonces adiós, señor Ellery. —La laringe de Ernestine vibraba delicadamente debido a la decepción, cuando le tendió la mano—. Espero que vuelva pronto…
—Para ver a nuestro primo George…
—Y a su hermano Herman…
—Es igual que en el retrato y sé que le gustará…
—Aunque de una forma diferente a cómo le gustará su hermano Herm…
Pero Loren Ellery, temeroso de sufrir un ataque de pasión primigenia, se había lanzado escaleras abajo sin poder contenerse.
[1899]

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