Rendimos culto en altares extraños; inclinamos la cabeza con delicia;
nuestra ley, el poder es lo más grandioso; nuestro credo, la impía codicia;
respetamos nuestra ley y nuestro credo y, aunque nos parezca incierto,
nuestra ley y nuestro credo nos llevaron a lo más profundo del infierno.
LOS DEVOTOS DE MAMMÓN
LO SÉ NO SOLO por haber encontrado el manuscrito, sino porque también ayudé a enterrar al Hombre que vino del este, conocí a los otros antes de que desaparecieran en dirección al este y también sé que nunca regresaron. Ocurrió en los viejos tiempos, antes de los grandes descubrimientos de Bonanza y Eldorado, cuando al Klondike lo llamábamos río Reindeer. Habría alrededor de cien hombres blancos dispersos por aquella enorme tierra virgen y quizás una veintena de ellos, debido a la gran fe que teníamos en las regiones altas, permanecíamos en nuestros cuarteles de invierno donde el río Stuart desemboca en el Yukón.
En abril, cuando escaseaba la comida, le seguí el rastro a un alce herido y tras él crucé muchos arroyos y líneas divisorias, acampando sin perder el rastro por las noches y pasando hambre a la espera de matarlo. Aquel día puso rumbo al noreste y luego se desvió hacia el río Stuart, para cruzarlo a unos ochenta kilómetros de su desembocadura. Encontré a una india muerta sobre el hielo, una mestiza que, a pesar de lo mucho que debió de haber sufrido, conservaba su belleza. Murió de hambre porque había arrancado tira tras tira de su parka de piel de ardilla y la parte superior de sus mocasines también evidenciaba la manera india de aplacar el hambre. La saqueé y continué tras el alce —sufría horrores por la falta de comida—, dejando que el hielo al romperse arrastrase el cuerpo con la fuerza del río. En su morral encontré un pedazo de cuero mordisqueado, algo más de dos kilos de pepitas grandes y el manuscrito sobre corteza de abedul que copiaré a continuación. Oculto a propósito la situación del lugar porque algún día iré por allí y volveré siendo muy rico.
(AQUÍ EMPIEZA LA VERDADERA HISTORIA)
TODO RESULTA TAN EXTRAÑO y tan horrible que casi no soy consciente… no soy consciente de que me muero. Y lo peor es morir en posesión de una riqueza sin límites, morir en la cámara del tesoro del mundo. Pero la extraña fatalidad, ¿será tan solo una peculiar serie de acontecimientos o se tratará de una maldición impuesta por el Primer Hombre que vino del otro lado de las montañas? ¿Qué sentido tiene esta mezcla de derramamiento de sangre, asesinato y muerte? ¿Nadie puede escapar a la…? Será mejor que me calme y empiece por el principio. Esta india vivió en una de las misiones de la costa y escribe lo que yo le dicto. Quizás, tras mi muerte, ella sea capaz de alcanzar la civilización y entregarle mi relato al mundo.
Al principio éramos siete, ocho, contando a la india, instalados en la tercera isla por debajo de la desembocadura del Stuart. Éramos soldados de fortuna a los que el azar había unido y poco sabíamos los unos de los antecedentes de los otros. Todos llevábamos varios años en la cuenca del Yukón y nuestro cabecilla, Inuit Kid, llevaba no menos de siete y conocía el país como pocos hombres lo conocieron o lo conocerán jamás. Lucy, la mestiza, era su mujer, a la que había traído desde la misión de Haines, en la costa. También estaban los hermanos Randolf, que eran dos y afirmaban pertenecer a la famosa familia de Kentucky poseedora de su mismo apellido, dos marineros que habían recorrido juntos el mundo entero y un joven graduado universitario (de Yale, si no recuerdo mal) llamado Charley. Nunca supimos su apellido porque evidentemente había salido de casa huyendo de algún lío y deseaba ocultarlo. En lo que a mí concierne, cuanto menos cuente mejor. Baste decir que había perdido a mi compañero en una presa de hielo el otoño anterior y así terminé en compañía de este grupo.
La primera de las muchas cosas que ocurrieron tuvo lugar en los días coitos de diciembre. Acababa de anochecer y estábamos fumando, contando historias y cosiendo mocasines cuando los perros empezaron a armar jaleo. Luego oímos que alguien maldecía y la intensa cuchillada de un látigo, seguida de un golpe en la puerta. Antes de que nos diese tiempo a abrirla, entró el Hombre que vino del Este. Sus primeras palabras fueron: «¡Por el amor de Dios, necesito fumar!». Charley le puso una pipa encendida en la mano y él se concentró en darle caladas entre largos suspiros de satisfacción. Alto, de ojos oscuros y bigote negro, con la delgadez muscular habitual en quien sigue el camino largo, no podía existir hombre más elegante y apuesto a ojos de una mujer. A menudo he pensado que esa fue la causa del problema que tuvo después. En respuesta a nuestras preguntas relativas a su procedencia, señaló al Este y continuó fumando y suspirando. Olfateamos el rastro del misterio. Nunca antes habíamos oído hablar de un hombre que llegase del este y ni en sueños se nos ocurriría pensar que pudiese hacerlo en invierno. Sin embargo, nos ocupamos de que estuviese cómodo y, como se quedó varios días a fin de comprar perros para llegar hasta Dyea, conseguimos hacemos una vaga idea de su historia.
En primer lugar, seguimos las huellas que había dejado al llegar y descubrimos que se alejaban siguiendo el río Stuart y, en segundo lugar, había traído en su trineo más de cuarenta y cinco kilos de oro, todo en pepitas grandes cuya pureza superaba los dieciocho quilates. Esos son los hechos, el resto salió de su boca y nosotros fuimos componiendo la historia. Dos años antes, durante el verano y en compañía de dos mestizos francocanadienses, viajó en canoa y por tierra desde el lago Athabasca hasta el Gran lago de los Esclavos y luego continuó por el río Mackenzie hasta los 65° de latitud norte y el Gran Lago del Oso. Allí esperaron a que cayeran las primeras nieves para abandonar el río y poner rumbo al oeste, hacia las Rocosas. Tras vagabundear un año por esa región desconocida, siempre en dirección oeste, había encontrado la cabecera del río Stuart y bajado hasta el Yukón. Mencionó de pasada la pérdida de sus dos compañeros y nunca se mostró tímido a la hora de enseñar su oro, además de decirnos con total sinceridad que solo era una pequeña muestra de lo que había descubierto. No conseguimos sacarle nada más, pues mantenía la boca sellada en lo relativo a su vida anterior. Pero, por mucho que lo ocultase, en él había cierto regusto a hombre de mundo que yo no podía dejar de percibir.
A pesar de nuestros ruegos, se preparó para partir el día de Navidad. Acababa de enganchar los perros y estaba a punto de salir cuando aparecieron varias traíllas recién llegadas de la costa. De inmediato nos sorprendió el parecido existente entre él y el cabecilla de los nuevos visitantes. La crisis se produjo incluso antes de que pudiésemos intercambiar saludos. El que acababa de llegar se sobresaltó y apuntó a nuestro invitado con su rifle. Este demostró una sang froid increíble, porque sonrió con una mueca de burla en los labios y dijo: «Ah, querido hermano». Solo eso. No intercambiaron ni una palabra más. Se entendían demasiado bien y no les hacía falta.
La escena siguiente resultaría muy improbable entre gente normal, pero todo es posible para los hombres que se enfrentan a los peligros de la inhóspita región septentrional. Parecía una cita, acordada mucho tiempo atrás, a la que debían acudir en aquel momento y lugar. Rifle en mano y dándose la espalda, cada uno de ellos caminó cincuenta metros y se giró, mientras nosotros nos alejábamos de la línea de fuego.
Jamás se vio escena tan poco adecuada en Navidad. Era mediodía y el borde superior del sol, que a duras penas asomaba por encima del horizonte del sur, proyectaba un rayo rojo sangre a través del cielo. A cada lado brillaba un parhelio y el aire estaba lleno de centelleantes partículas de escarcha. Se imponía el silencio. La enorme extensión de nieve parecía un Sáhara de un blanco monótono solo interrumpido por las oscuras siluetas de los hermanos. Permanecieron mirándose un minuto y luego, cuando el recién llegado terminó de contar «un, dos, tres», se llevaron los rifles al hombro y los dejaron hablar. Nuestro invitado disparaba a tal velocidad que efectuó seis tiros de corrido y luego cayó al suelo con los pulmones perforados. Su oponente era más reflexivo y solo disparó tres veces. Pero no había salido ileso porque una bala le cortó el cordón de las manoplas, otra le machacó un par de costillas y el brazo derecho le colgaba inservible a causa de un tercer impacto.
Avanzó tambaleante sobre la nieve hacia su hermano y lo miró con gran satisfacción. Levantamos al caído hasta sentarlo y, como mostraba deseos de hablar, su hermano se inclinó sobre él. Nunca supimos lo que le susurró, pero su gesto de burla mientras entregaba el alma dio paso a la ira repentina del desconocido. Desenvainó su cuchillo de caza y habría apuñalado al moribundo si Inuit Kid no le hubiese dado un puñetazo en la cara que lo hizo caer de espaldas en la nieve. Los recién llegados se quitaron los guantes y amartillaron los rifles, y la pelea se habría generalizado de no ser porque el desconocido se levantó y se interpuso. En respuesta a sus órdenes, se desamarraron los trineos, se movieron las cargas y se vendaron sus heridas. Luego lo envolvieron en ropa y lo ataron a un trineo. Todo se hizo en menos de cinco minutos: el desconocido había llegado, matado a nuestro invitado y desaparecido. En las tierras del norte los hombres piensan y actúan con rapidez.
Subimos el cuerpo al tejado de la cabaña para que los perros no lo alcanzasen, entramos y celebramos una reunión de emergencia. Los marineros vaciaron sobre la mesa los dos sacos de veintidós kilos y medio llenos de pepitas y desde ese momento la Locura empezó a crecer. Incluso Lucy, a pesar de su carácter impasible propio de los indios, se dejó fascinar de tal modo por el montón de metal resplandeciente que le costó preparar la cena. Tras unos minutos de conversación y conjeturas, Inuit Kid regresó para informarnos de que los desconocidos se habían adentrado en el río Stuart. Se impuso la confusión. Hasta la mujer comprendió lo que aquello significaba. Charley agradeció a todos los dioses paganos que el hombre no pudiese ocultar su rastro en el Ártico, e Inuit Kid dio un puñetazo en la mesa y juró que él pensaba estar presente en el momento culminante.
Luego vino la planificación y la cuestión de quién debía quedarse en la cabaña. En ese momento se desató la Locura. Hombre tras hombre juró rotundamente que él no se quedaría, mientras que el temblor de las aletas de la nariz de Lucy y el hecho de que siempre seguía a su amo y señor dejaban clara su situación. Todos mirábamos el montón amarillo, pensando las cosas raras y soñando los sueños extraños que el hombre piensa y sueña cuando la fiebre de las fiebres se apodera de él.
Pronto lo solucionamos decidiendo que iríamos todos y nos pusimos manos a la obra para preparamos. Reforzamos los trineos, hicimos y reparamos arneses y mocasines y reunimos todos los perros y la comida para perros que habíamos conseguido debido al agradecimiento o al dinero de los blancos y los indios que habían pasado por allí. Tan mal estábamos que cuando nos fuimos a la mañana siguiente dejamos una nota para que el próximo en llegar enterrase al hombre del tejado. La Locura siguió creciendo, porque cuando alguien no entierra al muerto que yace en su umbral, sin duda merece la destrucción.
Componíamos una imagen impresionante, con nuestros ocho trineos y cien perros. Mientras que la traílla normal se compone de entre cinco y siete perros, nosotros llevábamos doce por cada trineo. Pero a pesar de que no teníamos que ir delante, abriendo camino para los perros, tardamos tres días en alcanzarlos. Quedaba claro que viajaban con prisa. Sin embargo y en contra de nuestras expectativas, no pusieron pegas cuando descubrieron que los perseguíamos. No, no mostraron sorpresa alguna cuando los alcanzamos. Eso no nos gustó y esa noche, y muchas noches más, montamos guardia. No fuimos los únicos porque, al realizar un reconocimiento de la zona donde habían acampado, Abe Randolph descubrió que ellos habían tomado las mismas precauciones.
Aunque sabíamos que conocían la ubicación del tesoro, ellos no sabían que nosotros la ignorábamos. Cada grupo era consciente de que no podría darle esquinazo al otro, porque en una persecución ártica el perseguido siempre abre camino al perseguidor. Parecíamos dos corredores que avanzaban con comodidad a la espera del sprint final que resolvería la situación. A un espectador casual nuestra carrera sin duda le parecería ridícula porque cada día nos alternábamos para ir delante y abrir camino. Aunque ese era el único acuerdo, porque ambos grupos manteníamos un estricto silencio.
Semejante competición resultaría soportable en circunstancias normales, pero la comida era demasiado valiosa como para entretenernos en el camino. Cómo sufrían los perros: nos veíamos obligados a escatimarles el alimento y a la vez exigirles el máximo esfuerzo. Cuando llevábamos casi quinientos kilómetros recorridos, algunos empezaron a mostrarse exhaustos. A esos les pegábamos un tiro y los usábamos como alimento de los que aún se mantenían en pie. Los días de enero eran muy cortos y, como mucho, lográbamos avanzar treinta kilómetros, incluso a veces no llegábamos ni a quince. Pero el esfuerzo y lo duro del trabajo nos afectaban, y por la noche nos dejábamos caer sobre la nieve y dormíamos como muertos. No logro imaginar cómo lo soportaba el cabecilla del otro grupo. A menudo lo oíamos maldecir debido al dolor, cuando el trineo al que iba atado daba sacudidas en los tramos más accidentados. Pero se trataba de un ser indómito. No solo lo soportaba, sino que sus costillas se soldaron y se curaron hasta el punto de que, cuando llegó la época del frío intenso, empezó a dejar el trineo y caminar. Aunque no le quedaba otra, porque de lo contrario se habría congelado.
Todos estábamos agotados y uno de nuestro grupo empezó a dar síntomas de no soportar el esfuerzo. No era la mujer, bendita sea, porque ella había nacido en el camino y había sido criada para estar siempre en marcha, sino el hombre de Yale. Al final se debilitó tanto que no podía hacer nada. Entonces lo obligábamos a echarse al camino en cuanto desayunaba, mientras nosotros levantábamos el campamento, amarrábamos los trineos y enganchábamos a los perros. Siempre lo alcanzábamos y lo adelantábamos en un par de horas, y mucho después de que hubiésemos montado el campamento y cenado, llegaba él tambaleándose, casi muerto. Aunque también estaban muy cansados, los miembros del otro grupo aguantaban mejor y, al comprender la difícil situación en la que nos encontrábamos, decidieron sacarle ventaja, algo cruel pero justo. Aumentaron las horas de viaje y, aunque nosotros lo sobrellevamos, fue demasiado para Charley. Ya no esperaban a que nos llegase el turno de abrir camino y poco a poco empezaron a alejarse de nosotros. ¿Qué podíamos hacer? Habíamos perdido tantos perros que nos vimos obligados a abandonar cuatro de los trineos y cualquier artículo excedente que llevásemos. Incluso ahora cada uno cargaba con sus rifles y sus municiones, cuando antes habían ido en los trineos.
Poco a poco la cuestión fue tomando forma, aunque no hablábamos de ella ni la insinuábamos. ¿Debíamos abandonar a Charley o al tesoro? Durante tres días más lo obligamos a mantener el paso, pero el último día dejó de sufrir. A pesar de que continuaba a trompicones sobre sus raquetas de nieve, había perdido la cabeza y se reía, floraba y parloteaba sobre los suyos, su casa y su niñez. En una ocasión recuperó la razón el tiempo suficiente para darse cuenta de lo cerca que se encontraba de la muerte y pedirnos que le pegásemos un tiro. Esa noche el otro grupo viajó cuatro horas después de oscurecer y Abe y John Randolph se agotaron arrastrándolo hasta el campamento. No fue capaz de comer y durmió como un tronco en el mismo lugar donde había caído, con los mocasines chamuscándose en la hoguera. A la mañana siguiente los otros levantaron el campamento dos horas antes de lo normal y a nosotros nos resultó imposible levantar a Charley. Su cerebro se despertaba, pero su cuerpo no respondía. No estaba enfermo, solo exhausto. El único remedio que necesitaba era el descanso y nosotros no podíamos dárselo. Descubrimos que cuatro perros más no se encontraban en condiciones de continuar viaje y tuvimos que rematarlos, si no lo habríamos atado a un trineo.
Con los trineos cargados y los perros enganchados esperamos y lo intentamos una y otra vez, en vano. Cuando el sol marcó el mediodía en el horizonte nos pusimos de pie. Había llegado el momento. Nos miramos a los ojos fríamente y sin emoción. El rostro de Lucy expresaba una súplica de lo más elocuente, aunque su garganta guardaba silencio. La Locura se apoderó de nosotros; no podíamos rendirnos. El ruido de los látigos y las quejas de los perros lo despertaron y, por la expresión de su rostro, supimos que había comprendido. Era una expresión de pena, como la de una cierva herida o la de una foca en el momento de matarla. Lo dejamos atrás por culpa de la Locura y no resulta extraño que nuestros dioses nos traicionaran como nosotros traicionamos a nuestro compañero.
Continuamos camino en silencio y la primera en romperlo fue Lucy, que ocupó la retaguardia al lado de Inuit Kid y le suplicó en voz baja. El de mala gana consintió que ella retrocediese. A los pocos minutos había vuelto, pero nos fijamos en que la pistolera que llevaba sobre la cadera estaba vacía. Luego se oyó un disparo y supimos que Charley se había librado del esfuerzo de los campamentos y el camino.
Estaban tan dispuestos a dejarnos atrás que viajaron hasta bien entrada la noche y adelantaron tanto que no logramos alcanzarlos. El día siguiente terminó de forma parecida y no llegamos a su campamento hasta el anochecer del tercer día. Como antes, no mostraron sorpresa alguna, aunque nos observaron detenidamente y notaron la ausencia de Charley. Nosotros también la notábamos y sentíamos vergüenza, pero no lo dejamos entrever ni con gestos ni con palabras.
El trabajo nos ponía a prueba de una forma terrible, junto al mañana inexorable que constantemente parecía huir de nosotros entre la nieve. Por muy duro que resultase seguir adelante, aun lo era más resistirse al deseo de descansar. Lo que yo hubiera dado por no hacer nada durante todo un día. Cómo envidiaba los días prosaicos de mi niñez… sí, incluso envidiaba a Charley. A menudo pensé en volarme la tapa de los sesos para lograr la paz que tanto ansiaba. Por primera vez comprendí el terrible significado de los versos de Longfellow:
El mar profundo está en calma,
todo duerme en su seno;
un solo paso y todo habrá acabado;
una zambullida, un borboteo y adiós.
Y no me los quité de la cabeza durante las largas horas de esfuerzo, con el monótono chirriar del acero de los trineos y el movimiento perpetuo de levantar las raquetas de nieve. Pero la gran fiebre, la Locura, me mantenía en pie y evitó que utilizara el revólver. Además no sufría solo: todos perdíamos la cabeza, farfullábamos y nos tambaleábamos como si estuviésemos borrachos. Todos excepto Inuit Kid y Lucy: su valor era sobrehumano. No solo aguantaban el dolor sin una queja, sino que hacían doble turno de cocina y al montar y levantar el campamento.
El intenso frío empeoraba la situación. Durante dos semanas los termómetros habían registrado -45 °C; durante ocho días, -51 °C y ahora pasaban de -58 °C. A esa temperatura, nuestro «quitapenas» (nuestro único botiquín) se había congelado por completo. No sabemos cuánto más bajaron las temperaturas. Se nos congeló el rostro —se volvió de un color entre morado y negro y se cubrió de costras— y los pies nos causaban una agonía continua. El uso constante de las raquetas de nieve nos había provocado unas enormes llagas supurantes en las plantas. Los perros caían sin parar. Ya solo quedaban veinte de los cien con los que habíamos salido. Pero aquello no podía durar eternamente y una mañana nuestra presa salió del río, siguiendo un pequeño afluente que se abría a la izquierda. La caza llegaba a su fin.
Tras viajar un día entero cauce arriba llegamos a un punto en el que se bifurcaba y allí acampamos, sin dejar de vigilar para que no nos diesen esquinazo durante la noche. Al alba ya estábamos de camino. Nos habíamos internado en las Rocosas y el arroyo ahora era un desfiladero. Tuvimos la seguridad de que ya faltaba poco, comprobamos nuestras armas y nos preparamos para el sprint final. Durante todo el día luchamos por abrirnos camino entre el frío y la nieve, y cuando llegaron la noche y el final del desfiladero, nos sentimos terriblemente decepcionados. Pero imaginen nuestro asombro cuando la presa se lanzó en grupo hacia la divisoria y con las hachas empezaron a tallar escalones en la nieve endurecida para ellos y sus perros. No mostraban intención de montar el campamento, así que imaginamos que nuestra meta debía quedar muy cerca.
Alcanzamos la cima a la vez que la luna naciente bañaba de plata la nieve, y nos encontramos sobre una gran meseta, rodeada de cumbres elevadas cuyo blanco esplendor las volvía lúgubres y desagradables. Hasta entonces el rumbo había estado claro, pero cuando el otro grupo comenzó a utilizar la brújula, sacamos la nuestra y fingimos dedicarle todo nuestro interés. Tan bien lo hicimos que nuestros contrincantes nunca se enteraron de que ignorábamos por completo la localización del tesoro. La noche era hermosa y el silencio fantasmagórico del Ártico nos envolvía como un sudario. Hacía un frío cortante, cada inspiración nos hería los pulmones como cuchillos y el hielo se nos acumulaba en el rostro. Mientras sufríamos de esa manera, las estrellas nos observaban sin compasión, mejor dicho exultantes, a la vez que bailaban y brincaban como siempre hacen en el Frío Profundo.
De repente, en pleno centro de la meseta, obligaron a sus perros a salir al galope. Se produjo un movimiento general para desenfundar cuchillos y pistolas mientras luchábamos por mantenernos a la misma altura que ellos. Aquella última etapa de tan impresionante carrera estaba resultando muy extraña: dos grupos de hombres, ávidos de oro, a más de mil quinientos kilómetros de los últimos confines de la civilización, en el corazón de las vastas extensiones de terreno nevado del Norte, corriendo a la par sin saber hacia dónde. Sin previo aviso, los perros frenaron. Nos encontrábamos en el borde de un agujero gigantesco que parecía prolongarse hasta el núcleo de la meseta. Redondo, de unos noventa metros de diámetro, la caída hasta el fondo sería de trescientos. Las paredes eran perpendiculares por todas partes, excepto en un punto del extremo opuesto, donde la erosión y los sucesivos desprendimientos habían deshecho la empinada formación. Parecía un cubilete gigantesco y, para completar la ilusión, en el fondo descansaban cinco enormes dados de piedra.
Entre maldiciones, latigazos y gritos de ánimo a los perros, rodeamos al galope el vertiginoso borde y, sin detenernos, tomamos el camino de descenso como locos. Al frente iban Inuit Kid y el cabecilla desconocido, uno al lado del otro, seguidos de los suyos, hombres y perros, mezclados de cualquier manera. Los trineos volcaron y cayeron de lado, hacia atrás y del revés, arrastrando con ellos a los perros, que arremetían unos contra otros. Intentamos escapar del lío, pero perdimos pie y salimos volando con ellos. Fue una auténtica avalancha de vida. En nuestro desordenado avance desplazamos grandes cantidades de nieve, en cuyo seno nos llevaba como a un bañista en la cresta de una ola. Alcanzamos a los dos cabecillas y los envolvimos en la ruina común; no se oía nada por encima del estruendo de nuestro paso, excepto una mezcla confusa de gruñidos y juramentos.
Ni siquiera ahora comprendo cómo escapamos a la destrucción total, pero lo hicimos y fuimos a parar entre los grandes dados de piedra del fondo. Quejándonos por las heridas, nos ayudamos unos a otros a salir de aquel lío, desenredamos a los perros e hicimos recuento de las bajas. Dos de sus hombres quedaron aplastados, en muy mal estado, uno de nuestros marineros se rompió las dos piernas y media docena de perros se destrozaron entre ellos durante la pelea.
La luna había avanzado y dejado atrás el borde del pozo por lo que nos rodeaba la oscuridad. Nos tropezamos con una cabaña pequeña de una sola habitación en la que ambos grupos nos metimos como pudimos. Tras esperar un poco a que se derritiera la grasa, encendimos una lámpara que quemaba grasa de beicon y miramos a nuestro alrededor. Se trataba de una cabaña normal que tenía una chimenea de piedra con musgo en las grietas. Pero sobre una tosca mesa alguien había apilado un montón de pepitas valorado en unos cuarenta o cincuenta mil dólares. Como no era más que un anticipo, no le hicimos mucho caso. Bajo la mesa había fragmentos de un esqueleto humano, quizás el del primer descubridor. Sobre el oro encontramos varios pedazos de corteza de abedul cubiertos de palabras escritas en francés. Uno de los del otro grupo lo tradujo en voz alta.
Así nos enteramos de que más de veinte años antes el escritor, «enfermo de muerte y abandonado por su compañero», se había tumbado para morir. Había llegado hasta allí desde las factorías que la Compañía de la Bahía de Hudson tenía por encima de Athabasca y descubierto el tesoro. Contaba su teoría sobre cómo se habría formado el depósito y se explayaba hablando sobre la cobardía y la traición de su socio, para terminar invocando una maldición sobre el oro en nombre de todo lo más sagrado y diabólico. (Aún me estremezco ahora, cuando pienso en esas palabras terribles, y si ha habido una maldición eficaz, sin duda ha sido esa). Bajo sus palabras, alguien con letra distinta había fechado diez años después lo siguiente:
¡Ja, ja! Aunque su socio murió, yo estoy aquí y por todos los santos que conmigo no va a funcionar.
DONALD ROSS.
Otra persona recuperaba el hilo de la historia, sin duda nuestro desafortunado huésped de diciembre, ya que su texto estaba fechado tres meses atrás. Decía:
¡Pobre infeliz! Se rio antes de lograr salir del bosque. Pero quien ríe el último ríe mejor. ¡Ja, ja, ja!
GRIFFITH BENSON.
Todos nos reímos cuando terminó la lectura. Admito que en parte era una risa histérica, pero con un matiz de burla, satisfacción y egoísmo ciego. Claro que los otros habían sucumbido a la fuerza de la maldición del Primer Hombre, pero sabíamos que con nosotros todo sería diferente. Estábamos locos.
La chimenea enseguida empezó a crepitar, hicimos la cena y nos la comimos, acomodamos a los heridos y los demás nos fuimos a dormir. Habíamos dividido la cabaña entre los dos grupos y cada uno estableció una guardia por miedo a verse traicionado.
La mañana trajo consigo el descubrimiento de la mina, porque todo el fondo de aquel pozo era la mina. Se habían hecho catas en el lecho rocoso en intervenciones anteriores y todas eran abundantes, mucho más de lo que cualquiera de nosotros podría haber soñado. Oro fino, oro grueso y pepitas: bastaba con sacarlo a paladas. No era necesario cribar ni lavar, solo había que recogerlo. Evidentemente, durante los ciclos de un pasado lejano, una enorme veta de cuarzo se había levantado cientos de metros por encima del actual agujero y, debido a la erosión, la acción del hielo durante la glaciación o algún otro fenómeno de la naturaleza, se había desintegrado y depositado su escombro de oro. Ninguno fue capaz de imaginar cómo se formó el pozo o qué había pasado con los detritos, aunque estábamos seguros de que existiría alguna salida subterránea, de lo contrario se habría llenado de agua.
Había oro y a montones para todos, y creo que enseguida habríamos alcanzado un reparto amistoso si el destino no jugase en nuestra contra. Los dos grupos estaban casi sin comida. Fuimos matando a nuestros perros uno a uno, redujimos las raciones y registramos en busca de caza todo el territorio que nos rodeaba. Un alce o un caribú habría solucionado el problema, pero los grupos de caza solo conseguían matar alguna que otra perdiz o liebre. Aquella zona parecía totalmente yerma e incluso esos pocos ejemplares de caza menor también acabaron por desaparecer.
Ya solo contábamos con los perros, pero estaban delgados y los hombres tenían hambre, así que no duraron mucho. A nosotros aún nos quedaban cuatro cuando el otro grupo acabó los suyos. Durante dos días sus cazadores regresaron con las manos vacías y no pudieron comer. Por supuesto, nosotros no podíamos compartir y ellos no podían morirse de hambre sin más. La perspectiva era muy negra y, aunque nadie habló, intercambiamos muchas miradas asesinas.
La situación llegó a su punto crítico la noche del tercer día. Tras un buen rato de consultas en un rincón, su cabecilla abandonó la cabaña. Se oyó gruñir a los perros que quedaban y al momento siguiente el hombre entró tambaleándose y arrastrando a uno de ellos por el cogote. Todo ocurrió a la velocidad del rayo. Lucy se levantó de un salto para apoderarse del perro, pero Inuit Kid la agarró del brazo y la envió al rincón. Al mismo tiempo el francés lanzó su cuchillo de caza. Mientras Inuit Kid le soltaba un puñetazo al desconocido, el cuchillo silbó en el aire y fue a enterrarse en el hombro de nuestro hombre. No había espacio para utilizar los rifles, pero los revólveres y los cuchillos entraron en juego. La mesa del oro y la lámpara de grasa se hicieron pedazos, así que luchamos como demonios a la luz engañosa de la lumbre. Era un toma y daca sin compasión ni cuartel. Si la oportunidad lo permitía, se remataba al adversario herido. Incluso los caídos y pisoteados apuñalaban hacia arriba a los que seguían de pie, o se liquidaban entre ellos. Dos hombres se enzarzaron y rodaron hasta la chimenea, desde donde se elevó un repugnante olor a carne quemada. Yo tampoco me crucé de brazos, hasta que caí y se apoderó de mí la oscuridad.
He oído hablar de las luchas más encarnizadas, a muerte, pero nunca creí que participaría en una. Ha pasado una semana desde la pelea y solo quedo yo. De hecho, solo yo seguía con vida cuando Lucy empezó a rebuscar en aquel caos. Qué dura es la ironía del destino: al poco de la pelea, Lucy mató dos alces, por lo que no corre peligro de morirse de hambre, pero está preparando reservas de carne y sé que se marchará de aquí en cuanto yo muera. Que el cielo la ayude, pues se enfrentará a lo que pocos hombres osan enfrentarse. Si lo logra, pido a quienquiera que lea esto que la trate bien y que, si de alguna forma consigue recuperar el tesoro, le proporcione a ella una parte justa. Sin embargo, mi consejo es que evite este lugar, porque sin ninguna duda se trata de la boca del infierno, si bien sé que no servirá de nada. ¿Quién podrá pedirle que se detenga si la fiebre de las fiebres lo posee?
Llega mi hora. Aunque desvaríe, veo las señales. A menudo oigo el retumbar de los dados y veo jugar a mis camaradas. Pronto me uniré a ellos en la partida. Firmaré con mi nombre porque si esto llegase a manos de los míos, así sabrán de mi muerte y que me entrego a ella arrepentido del mal que les hice.
James Ralington
[1898]

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