Texto aleatorio

QUÉ ES ESTO? Pero ¿qué es? ¿Acaso desea matarlo? Semejante tratamiento resulta excesivo. ¡Bah! Un emético de ipecacuana, quince granos1 de cloruro mercurioso en polvo, la misma cantidad de quinina y luego aceite de ricino. Mi querida señora, ¡usted no sabe absolutamente nada de medicina!

Quien así hablaba se quedó mirando indignado a la mujer. Ella se sonrojó, entre herida y enfadada, pero se contuvo y respondió:

—¿Qué es lo que tenemos delante, según usted? ¿Un caso de tifus?

—No. Se trata de una simple fiebre biliosa, agudizada por este maldito… discúlpeme, por este condenado clima.

—¡Fiebre biliosa! ¡Ja, ja, ja!

Se habían alejado del enfermo y la mujer estalló en alegres carcajadas.

—Sí, señora, lo repito. Fiebre biliosa. ¡Fiebre biliosa! ¿Me oye? ¡Biliosa! ¡Biliosa! ¡Fiebre biliosa!

—Mi querido caballero, aunque no tengo el placer de conocerlo, voy a llamarle doctor debido a la impresionante cantidad de conocimientos que demuestra. Así que, doctor, permita que le pregunte si ha oído hablar del vómito negro o, por si ese nombre no se encuentra entre su nomenclatura técnica, de la fiebre amarilla.

—¿Qué síntomas presenta el hombre, señora sabelotodo?

—Señorita Sabelotodo, si no le importa. Languidez, frío, dolores musculares, dolor de cabeza, ros…

—Precursores de cualquier ataque de fiebre. Evidentemente usted ha…

—Rostro sonrojado, ojos primero acuosos y luego congestionados, nariz y labios rojos, lengua escarlata, temperatura de 40o C, pérdida…

—Pérdida de apetito, piel caliente, sed, náuseas, agitación y delirios, complementos habituales de toda fiebre elevada. Continúe, señorita…

—Señorita Sabelotodo. Pero todos esos síntomas agresivos se han interrumpido y ahora se encuentra en un estado de postración y colapso. Como sabrá, ese estado constituye la característica principal de la fiebre amarilla.’ ¡Colapso! ¡Bah! Convalecencia. El hombre se recupera aunque está débil y resulta que usted le ha dado ipecacuana, cloruro mercurioso, quinina y aceite de ricino. ¿Dónde está el médico de a bordo? ¡Haré que la echen de aquí!

—El médico de a bordo también está enfermo, con fiebre biliosa supongo. En cuanto a usted, ¿sería tan amable de decirme quién es? No se deje llevar por la alucinación de que se encuentra en su hospital, dondequiera que esté. Soy tan competente como usted. No, mejor dicho, poseo el mismo título que usted y, en lo relativo a este caso, tengo demasiada experiencia como para equivocarme.

—Señora, ah, señorita… creo que… iré de inmediato a ver al capitán. Es usted una… ¡No sabe de lo que está hablando!

Dominado por la ira, se alejó de ella en busca del oficial al mando.

EL VAPOR CASPAR había zarpado de la Costa Oeste hacia San Francisco en perfecto estado de salud y sin problemas, pero la suerte le dio la espalda y su travesía se convirtió en un suplicio. Iba sobrecargado, tanto en número de pasajeros como de bultos y se hundía de tal forma en el agua que parecía un tronco y como tal se comportaba. Había perdido la flotabilidad y era como un objeto muerto que se sumergía en las grandes olas con las que se tropezaba, en lugar de remontarlas. En ese estado se vio inmerso en un temporal, rompió el eje de transmisión y el viento lo apartó de su curso cientos de millas, internándolo en el Pacífico. Los maquinistas habían trabajado día y noche, pero no lograban repararlo de forma permanente. Conseguían que el motor funcionara varias horas, al cabo de las cuales sus parches fallaban y se veían obligados a detenerse el doble de tiempo para volver a efectuar unas reparaciones que de nada iban a servir. Aún se encontraban muy alejados de su curso y ni siquiera el capitán sabía cuándo volverían a él. Para empeorar las cosas, el viento los había empujado hacia una parte del océano muy poco frecuentada y alejada del tráfico marino, por lo que no podían esperar ayuda externa.

Había 158 pasajeros de primera clase y literas para solo 95. Muchas de las damas se veían obligadas a dormir en los salones y sofás, mientras que los caballeros literalmente ocupaban los suelos y las paredes del salón de fumar cuando llegaba la hora de irse a la cama. Y aunque la situación resultaba complicada para los pasajeros de primera, para los de segunda era mucho peor y en tercera daba miedo. Algunas de las literas de segunda clase quedaban justo encima de la hélice y tan cerca del alojamiento de los chinos que el humo del opio y otros hedores abominables las volvían casi inhabitables. La cubierta inferior de popa parecía la de un buque de transporte de ganado. En ese agujero se apiñaban ochenta chinos, una decena de negros y cuatro veces más blancos, la mayoría de los cuales estaban mareados. Se encontraba tan abajo que no recibía más ventilación que la de los ojos de buey, aunque casi todos aparecían atornillados.

Para colmo de tanto suplicio, en medio del abrasador calor tropical del verano había estallado una epidemia de fiebres. Aunque muchos se apresuraron en afirmar que se trataba de la fiebre amarilla, los más lúcidos —conscientes de su trágica situación—, lógicamente la atribuyeron a dicha enfermedad. El médico de a bordo, un hombre demasiado eficiente y demasiado mal pagado, había sido el primero en caer, dejando que los pasajeros y tripulantes se las apañaran por sí mismos. Sus esfuerzos habían resultado intermitentes e irregulares. Una quinta parte de la tripulación había enfermado y el resto se encontraba a punto de amotinarse y amenazaba con apoderarse de los botes. La situación entre los fogoneros era igual de mala y ya no se subordinaban a sus oficiales. Aunque los chinos no enfermaban, continuaban fumando opio y haciendo oídos sordos a las quejas de los pasajeros y a las órdenes del capitán, que nadie era capaz de hacerles cumplir. El primer oficial, desesperado, se había dado al whisky y habían tenido que encerrarlo bajo llave hasta que se le pasaran los desvaríos, mientras que los demás oficiales se habían vuelto casi locos de impotencia. Los pasajeros empezaban a percatarse del peligro que corrían pero de momento, a excepción de la pareja que discutía sobre el diagnóstico, no habían hecho nada.

El doctor Chandler, quien afirmaba que era fiebre biliosa, aún no había cumplido los treinta. Regresaba de una expedición a Perú que lo había mantenido un año ausente. Y lo cierto era que, más allá de las prácticas realizadas en el hospital, nunca había ejercido su profesión puesto que la misma mano que lo educara, al fallecer, lo había dotado de una gran fortuna. Obsesionado por su veneración científica de la buena higiene —era su afición—, a su ausencia atribuía, dándole nombres diferentes, la enfermedad que los acosaba.

La señorita Appleton, aunque poseía un diploma, no tenía demasiada experiencia en hospitales pero, al ser de origen sureño, había vivido una epidemia de fiebre amarilla en Nueva Orleans y estaba familiarizada con todos sus síntomas. No pasaba de los veinticinco y era hermosa, aunque más debido a su personalidad agradable y muy atrayente que a sus encantos físicos. Viajaba con su tía pero, tan pronto la enfermedad se hizo patente, la dejó en manos de su doncella y se lanzó a llenar el vacío. Se enfrentaba a su primer caso cuando tropezó con el doctor Chandler, que también había tomado conciencia de la situación en la que se encontraban e iba en busca de su primer paciente.

HABÍAN TRANSCURRIDO varios días y las cosas iban de mal en peor. Al final todo el mundo se había visto obligado a reconocer que la enfermedad era la fiebre amarilla, incluso el doctor Chandler, que se mostraba arrepentido y solía disculparse ante la señorita Appleton cada vez que se encontraban. A pesar de su precipitación y tozudez era un buen hombre y enseguida los dos empezaron a llevarse bien. Él derrochaba generosidad y sacrificio por lo que luchaba contra la enfermedad noche y día. Maud Appleton traspasó con facilidad su brusquedad exterior y acabó por comprenderlo y apreciarlo. Aun así de vez en cuando discutían debido a los métodos de tratamiento, si bien debemos confesar que no siempre tenía ella razón.

Mientras tanto el médico de a bordo, varios camareros y cocineros y un buen número de pasajeros y tripulantes fueron sucumbiendo y enseguida recibieron entierro en el mar. El capitán se había contagiado y yacía incapacitado en su camarote por lo que solo quedaban el segundo de a bordo y el tercer oficial para manejar a unos hombres que cada día se mostraban más rebeldes y alborotadores. Excepto los dos médicos y la docena larga de ayudantes voluntarios, todos los pasajeros habían caído en un estado de espanto aletargado. Al principio se dejaron llevar por el pánic0, pero remitió y se volvieron imperturbablemente indiferentes al curso de los acontecimientos. No reconocían más lazos que los de la sangre y luchaban con egoísmo por los pequeños placeres individuales de la vida, aunque obtenían muy pocos, pues a cada hora que pasaba la disciplina se relajaba más y sin una propina generosa en exceso no eran capaces de obtener nada de los camareros y ayudantes. Resumiendo: el barco infestado se había convertido en un infierno flotante en el que las bestias luchaban con los salvajes por sobrevivir.

Mareada y aturdida, la señorita Appleton había emergido del ambiente fétido que se respiraba en las cubiertas inferiores y se apoyaba en la barandilla, esforzándose en vano por recibir un soplo de brisa refrescante. El Caspar encontraba en el seno de la ola y se balanceaba indolente al ritmo que esta le marcaba y no respondía al gobierno. El piloto había abandonado el timón, los maquinistas se habían dado por vencidos y la desesperación reinaba en el barco. El calor resultaba sofocante y mientras Maud intentaba recuperar el aliento se le acercó el infatigable doctor Chandler, que tenía un nuevo motivo para discutir en relación al tratamiento de sus pacientes. Pero ahora discutían en tono amistoso y más bien se trataba de un intercambio de comentarios ingeniosos y divertido. Entre tanto sufrimiento, sus discusiones se habían convertido una fuente de placer, en una competición de perspicacia y agudeza en la que la personalidad se perdía en la intensidad del celo profesional. Aunque sus métodos eran muy distintos, él había perdido tantos pacientes como ella, pero en el número de recuperados la joven lo aventajaba por uno, y el paciente que los había llevado a discutir por primera vez se encontraba ya en la última fase de la convalecencia. Desde el punto de vista profesional, eso exasperaba al médico, sin disminuir en lo más mínimo su fe en sus tratamientos, por lo que atribuía el éxito de la joven a una racha de suerte fuera de lo normal que le asignaba a ella los pacientes que se habrían recuperado de cualquier forma.

Pero mientras ellos disfrutaban de sus debates, los acontecimientos se acercaban a su punto crítico. Hacía tiempo que la tripulación abandonó su sofocante castillo de proa para acampar en la cubierta, bajo las velas extendidas como toldos. Luego se les unieron los fogoneros y engrasadores, con sus mantas y petates. Allí, a plena vista de los aterrorizados pasajeros, jugaban a las cartas, peleaban, maldecían a Dios y al hombre y se negaban a cumplir con sus deberes. Demasiado poderosos para domarlos, los oficiales se veían obligados a enviarles alimentos y a rezar para que no huyeran en los botes. Sin embargo, a pesar del desgobierno, mantenían una tosca organización y hacían cumplir sus normas aplicando terribles castigos. Cuando uno caía enfermo lo llevaban al castillo de proa y lo atendían por turnos fijados con ese fin. Esa misma mañana el resto de los cocineros, camareros y ayudantes había desertado para unirse a ellos. Al ver al grupo que cruzaba la cubierta cargado con la parafernalia necesaria para improvisar un campamento lo recibieron con bastante frialdad.

—Eh, muchachos, ¿qué demonios vamos a hacer sin cocineros, sin ayudantes y sin manduca? —preguntó uno de los marineros.

Un instante bastó para que los amotinados fuesen conscientes de la situación. Con cabillas de amarre y cuchillos de monte consiguieron que los aspirantes a desertor, cargados con todo su equipaje, volvieran a cumplir con su deber, rompiendo de pasada algunas cabezas y sembrando un caos momentáneo. El incidente dio la entrada a los evasivos segundo y tercer oficial, con consecuencias desastrosas.

Los amotinados dejaron muy claro cuál iba a ser su siguiente paso: se apoderaron de los botes, comprobaron que estaban en condiciones de navegar y, tras saquear la bodega, los abastecieron. Los pasajeros abarrotaban las cubiertas de popa formando una masa aterrorizada, aunque unos pocos, los más lúcidos, se agruparon junto a los oficiales y se pusieron a su servicio. Según fue avanzando el día, aumentó el pánico: vieron caer en cubierta a varios de los amotinados, vencidos por el calor y la temida fiebre amarilla. Se los llevaron enseguida al hospital improvisado mientras sus camaradas se daban prisa en completar sus preparativos.

Pero no era ese el único problema. Sesenta chinos entre cubiertas —que hasta entonces no habían manifestado su descontento— se encontraban a punto de rebelarse. El proyecto de deserción de los cocineros y camareros los había dejado sin comer durante veinticuatro lloras y los oficiales se habían visto obligados a encerrarlos bajo llave. Abandonados a su suerte, sus alaridos y maldiciones se extendían por todo el barco y se esperaba que se liberasen en cualquier momento. Para ahondar en el miedo, los enfermos y moribundos, empujados por algún impulso sutil, habían empezado a gemir y gritar con todas sus fuerzas.

En ese momento los oficiales decidieron llevar a cabo el plan que habían concebido. ¿Por qué no hacer que esas dos fuerzas que los amenazaban se volviesen la una contra la otra? Los marineros tenían ganas de pelea y, como no apreciaban demasiado a sus hermanos asiáticos, no costaría mucho provocar una. El segundo oficial adujo que si abandonaban el barco los que se quedasen estarían a merced de los chinos y, ya que resultaba evidente que se llevarían los botes, sería mucho mejor y más seguro permanecer en el buque tras haber hecho una limpieza de chinos. Además, si el conflicto era lo bastante grave, las filas de los amotinados quedarían tan diezmadas que él podría conquistarlas con la ayuda de los pasajeros, los maquinistas, cocineros y camareros.

Maud y el doctor Chandler habían puesto fin a su discusión con la acostumbrada promesa de buena camaradería y un acuerdo: cada uno elegiría aun paciente de los que acababan de enfermar y lo controlaría en exclusiva, sin consentir interferencias y aplicando su método a fondo. Totalmente al azar escogieron a una pareja recién contagiada: un joven de California y su hermana, que volvían de visitar a su padre, propietario de una gran extensión de minas en Perú. Ella seleccionó al joven y él a la hermana. Al abandonar la cubierta se abrieron camino entre los pasajeros a los que el segundo de a bordo había enviado abajo. En medio de la confusión ya existente se armó un lío impresionante en el momento justo en el que entraban en el salón.

La algarabía que los chinos habían mantenido de forma continua cesó un momento para resurgir con el doble de fuerza entre el estruendo provocado por los cuerpos pesados al caer y la madera al astillarse. Oyeron los disparos de los revólveres con los que habían armado a los dos maquinistas encargados de protegerlos, seguidos de terribles juramentos y gritos de agonía. Los pasajeros se apelotonaron y los diablos amarillos, exacerbados por la sangre, se les echaron encima. En esa coyuntura, se abrió de par en par la puerta del camarote del primer oficial y él salió de un salto, con un aspecto horrible. Evidentemente sufría la tortura del delirium tremens: tenía la mirada fija y la pupila dilatada, su cuerpo gigantesco convulsionaba con espasmos nerviosos y la boca era una masa de espuma y sangre. arrojó hacia la entrada armado con una enorme hacha de batalla (una de tantas curiosidades que coleccionaba) y mantuvo a raya a los diablos. Los pasajeros que huían bloqueaban la otra salida y los que se quedaron presenciaron una lucha impresionante. Entre los chinos se encontraban algunos de los más temibles rufianes y sicarios de la costa: mercenarios y luchadores bien entrenados a favor de las sociedades o bandas a las que debían lealtad. A diferencia del chino medio, no eran cobardes: el asesinato y el derramamiento de sangre constituían su profesión.

El hacha de batalla describía llameantes círculos de acero al volar de aquí para allá por todas partes, en su misión letal. Al principio los merodeadores se lanzaron hacia la muerte segura, pero enseguida se retiraron, dejando a varios de los suyos a los pies del hombretón. Sabían que no se adentraría en la estrechez del pasillo debido a la falta de espacio para blandir su enorme arma. Dirigiéndose a proa, el líder de los chinos se dispuso a finalizar la batalla. Parecía David enfrentándose a Goliat. Su aspecto enmascaraba la reputación del fabuloso Ah Sen, el más feroz de los sicarios: esbelto y de silueta afeminada, su rostro delicado más parecía el de un joven lampiño o una mujer que el de un famoso forajido. Se apoderó de los cuchillos que sus hombres le ofrecían y lanzó tres de ellos hacia su oponente. Salieron de su mano como rayos de luz sesgada, describieron medio giro en el aire y se enterraron en el pecho del primer oficial. Sin embargo, él pareció no darse cuenta. Volvió a intentarlo el chino, pero esta vez apuntó al cuello, y el cuchillo pasó zumbando de largo y se hundió entre los hombros de una de las damas que se apelotonaba en la otra puerta. El rufián, sin mostrar la más mínima irritación por haber fallado, cambió el método de ataque y cogió una hacha pequeña, que siguió el camino de sus predecesores a la velocidad del rayo. Alcanzó en plena frente al gigante, que se balanceó, tambaleó y cayó de rodillas. Como un gato, Ah Sen fue tras su anua al encuentro de su destino. Durante un segundo el gigante recuperó todo el vigor de su fuerza y en ese segundo Ah Sen se enfrentó a él. No hubo lucha. Poniéndose de pie, sin tener en cuenta el cuchillo que el otro le había clavado en el costado, le agarró con ambas manos del celestial cuello fino por la cabeza, y una, dos veces hizo girar su cuerpo vertiginosamente alrededor de sí mismo. Se oyó el ruido de los huesos al romperse y de la carne al desgarrarse, y Ah Sen cayó al suelo con el pescuezo retorcido como un pollo. De inmediato se le unió su contrincante, que se hundió a su lado, descuartizado literalmente por una veintena de cuchillos y hachas pequeñas.

Mientras tanto, los oficiales se esforzaban por persuadir a los amotinados para que se mostrasen indulgentes antes de abandonar el barco. La celeridad con la que se propagaba la enfermedad y su malignidad los tenía tan asustados que costaba creerlo en hombres tan fuertes y arrojados. No querían hacer caso y proseguían tenazmente con el trabajo de echar al agua los botes, empeñados en partir, pero cuando el ruido del combate los alcanzó y comprendieron que los chinos estaban arriba, abandonaron sus tareas, se armaron apresurados con los alfanjes que había distribuido el primer oficial y se lanzaron al rescate.

Se dividieron en dos grupos y, tras matar a unos pocos rezagados a los que habían pillado asesinando y robando a los pasajeros, cercaron al resto en el gran salón. Allí, con la ayuda de las armas de fuego de los oficiales, se produjo un conflicto breve pero sanguinario que terminó con la completa aniquilación de los asiáticos.

Enardecidos por el éxito, sus pasiones más violentas despertadas por la pelea y la sangre, la brutalidad del hombre primitivo se apoderó de los marineros, capaces de cualquier salvajada. Manchados de sangre y jadeando, se agruparon alrededor del cabecilla, que reunía todos los atributos del marinero conflictivo y del demagogo popular y que se dirigió a ellos con un discurso breve pero muy manido:

—¡Oíd, muchachos! Hemos aplastado a los paganos y salvado la nave. Nunca hay quedarse por vencido, es lo que yo digo siempre. También hemos salvado a los pasajeros, ¿o no? (Interrupciones de: «Sí, sí, los hemos salvado»). Y al salvarles el maldito cuello, hemos salvado también sus tesoros, ¿qué opináis? («¿Y a quién le pedimos el rescate?». «Sí, ¡eso es!»). Cierra el pico, Jack Gunderson, a eso mismo voy ahora. Sí, ¿a quién le cobramos el rescate? ¿A la compañía? («¡Ja, ja, ja! ¡Esos tacaños! ¡Antes de pagamos preferirían enviarnos al fondo del mar con Davy Jones!»). Sí, muchachos, aunque eso no es cierto del todo porque preferirían enviamos al infierno para que nos asemos como chuletas de cerdo a la parrilla. Pero esto es lo que yo os propongo: que los malditos pasajeros se queden con sus condenadas vidas y nosotros con sus tesoros. ¿Qué me decís, muchachos?

Una salva de aplausos y gritos de: «¡Al botín!, ¡al botín!», indicaron que la respuesta era afirmativa.

Caribdis había salvado a los pasajeros de Escila para acabar devorándolos el mismo. Sin embargo, no los destruyeron porque, tras vencer rápidamente a los oficiales y a quienes los ayudaban, convencieron a los pasajeros de sus buenas intenciones y su deseo de recibir la recompensa merecida, de la que no tardaron mucho en apropiarse.

Los marineros se dedicaron a lo suyo con ganas y en los momentos que siguieron lo ridículo se mezcló con lo trágico. Saquearon los camarotes, revolvieron los equipajes de todo tipo, se apropiaron de muchas prendas de vestir y no dudaron en expoliar personalmente a los pasajeros. La tía de Maud, una anciana aún vigorosa en cuerpo, mente e improperios, obligó a dos de los marineros, empeñados en quedarse con sus magníficos pendientes, a perseguirla sin descanso. Al final buscó refugio en el camarote del señor Morella, un patriota hondureño de aspecto marcial y con una pierna de madera, recuerdo de su última insurrección. Yacía moribundo en su litera con la extremidad artificial suelta pero cerca de él. La señora se hizo con un anua tan temible y la emprendió a golpes con tantas ganas y energía que derribó a los ladrones en cuanto asomaron la cabeza. Un buen número de ellos dejó de saquear para disfrutar del momento. Pero la Vieja Diablesa, como la llamaron encantados, defendía su terreno y no dejaba entrar a nadie más.

Como era de esperar, los hombres accedieron al pañol de los licores y mientras unos se mostraban alegres y amables? otros se volvieron aún más violentos. Temiendo que su tía resultase herida, Maud acudió veloz para intentar convencerla de que entregase sus joyas, por supuesto acompañada de Chandler, que la protegía. Enseguida lo dejaron sin su reloj de oro y sus gemelos de diamantes, incidentes menores de los que hizo caso omiso, tan volcado estaba en proteger a Maud. Sin embargo, ella no fue capaz de cumplir con su misión y estuvo a punto de acabar descalabrada a manos de su pariente, be 1gerante y algo confusa. A pesar de su fracaso como pacificadora, sí consiguió causar más problemas a su protector y a sí misma. Uno de los marineros, un salvaje enorme y descomunal, cuyo abuso de cierto licor lo había vuelto apasionado, rodeó la cintura de la joven con sus brazos y la atrajo hacia él. Rápidamente le dio un buen beso en la boca.

En ese momento el doctor tuvo conocimiento de una sensación nueva, una sensación que era muy diferente —él lo sabía bien— a la que habría sentido de haberse tratado de otra mujer. Un rápido golpe con el hombro y el marinero se desplomó, aunque se puso en pie de inmediato, maldiciendo y mirando con furia al doctor, quien, en pleno ataque de ira parecía dispuesto a repetir la jugada. Para Maud los acontecimientos se sucedieron en un abrir y cenar de ojos: el alfanje del hombretón silbó al rasgar el aire, un camarada interpuso el suyo y amortiguó el golpe, pero aun así cayó sobre la cabeza de Chandler y, cuando la joven vio manar la sangre, sintió una preocupación extrañamente intensa y solícita por él.

«¡La brisa! ¡El viento! ¡Mis valientes! ¡Sopla el viento en dirección a México!», se oyó gritar desde arriba. En un segundo los amotinados se encontraron en cubierta y saltaron a los botes situados al costado del barco. El Caspar quedó desierto.

En el camarote manchado de sangre, entre los llantos y lamentos de las mujeres, los gemidos de los enfermos y las maldiciones y quejas de los combatientes que agonizaban, Chandler, en su bautizo de sangre, y Maud, ruborizada y a punto de desmayarse por lo ocurrido, se arrojaron o más bien se tambalearon y cayeron uno en los brazos del otro. Allí, en aquel momento de espanto, con lo atroz de su presente y el miedo al futuro que les aguardaba, se confesaron un amor mutuo y recién descubierto.

TRANSCURRIERON MUCHOS DÍAS. Indefenso, el Caspar continuaba a la deriva con su cargamento de sufrimiento y muerte. No habían recibido ayuda alguna, aunque tampoco se esperaba porque solo podría llegarles si los desertores alcanzaban las costas de México y daban la voz de alarma, lo cual parecía bastante imposible. En ausencia de los indisciplinados, los supervivientes llevaban una vida metódica, tras sistematizarlo todo y aislar a los enfermos, y se las arreglaban mejor de lo que podría esperarse dada su situación. Tal y como quien viaja por Yosemite pierde la capacidad de apreciar la altura y la distancia, ellos habían dejado de percibir lo horrible de su realidad. De tanto enfrentarse a la muerte, ya no les daba miedo, y para sacarlos de su placidez iba a hacer falta un suceso muy especial. La tensión no los había destrozado, sino que se habían habituado a ella. En realidad se apañaban muy bien, aunque los dos médicos, a pesar de amarse, continuaban discutiendo por los métodos empleados.

Maud y Chandler, sin abandonar los demás casos, se entregaban día y noche a cuidar de los hermanos. Ambos habían estado muy enfermos pero jamás, ni aun en las peores crisis, cuando casi nada separaba la vida de la muerte, había soñado alguno de los doctores con consultar al otro. Los dos habían puesto en práctica sus métodos favoritos y su rivalidad profesional era tan fuerte que esperaban los resultados con mucha más ansiedad de la que ningún paciente solía provocar en su médico. De hecho, habían llevado su contienda a tales extremos que dedicaban todo su tiempo libre al cuidado de esos pacientes y casi no se veían más que para discutir sobre los méritos de sus respectivas escuelas o para tomarse el pelo en caso de que surgiera algún indicio negativo. Pero parecía imposible ilustrar de esa forma la superioridad de ninguno de los dos porque los pacientes no habían muerto y ambos convalecían sin problemas. Aun así, cada uno de ellos se había sorprendido al comprobar el celo demostrado por el otro y ahora, superado el peligro y desaparecidas las dudas, la sorpresa resultaba incluso mayor al ver que dicho celo no decaía.

Los días siguieron su curso, transcurriendo en silencio e imperceptibles, ya que no surgía incidente o suceso alguno que variase la monotonía de su existencia. En verdad, los dioses les sonreían a pesar de la situación en la que se hallaban. El Gaspar no se tropezaba con ningún temporal y la intensidad de la epidemia comenzaba a remitir. Tal vez porque casi todo el mundo, con la milagrosa excepción de los dos médicos, había muerto o se había curado. Todo iba mejorando, lo único que temían era el mal tiempo y aun cuando llegaba el Caspar conseguía mantenerse a flote. Habían preparado velas pequeñas con las que ponerse al pairo y capear las tormentas que pudiesen sorprenderlos. Al haberse reducido el pasaje y gracias a sus enormes calderas, los maquinistas no tenían problemas para mantener la provisión de agua dulce y, como una parte de a carga que transportaban estaba compuesta por alimentos, no corrían peligro de pasar hambre. El verano se alargaba pero la lista de enfermos se fue reduciendo hasta que, en medio de una gran alegría y regocijo, se anuló por completo y se fumigó el barco.

Sin embargo, en medio de tanta felicidad, unos extraños pensamientos atormentaban a Maud, que descubrió una incongruencia en su carácter con la que nunca había soñado. Una y otra vez intentaba juzgarse a sí misma, pero en vano porque, desesperada, casi siempre acababa por desestimar el caso. A veces recuperaba la cordura y se horrorizaba ante los pensamientos que se le ocurrían, ante las visiones que contemplaba sin querer. Su vida se convirtió en una maraña de cornos y porqués introspectivos, de peros y necesidades, de pros y contras. Cuanto más se esforzaba por razonar consigo misma, más confusa y liada se sentía. Los recuerdos de algún posible error pasado le provocaban escalofríos y la llevaban a evitar el presente y temer un futuro que quedaría moldeado por la huella de esa posible maldad. Con todo, no encontraba fuerzas para echarse la culpa: lo único que lograba hacer era no comprender nada.

Chandler corría la misma suerte. Él también se encontraba a la deriva en un mar de contradicciones, aunque se comportaba de forma distinta a Maud: ella era mujer, pero el carácter colérico y la masculinidad de él se imponían, por lo que no solo veía con claridad el error cometido en el pasado, sino que se enfurecía y se indignaba cada vez más contra sí mismo y a menudo maldecía al hijo de su padre con una abstracción tan sublime de sí mismo que resultaba asombrosa. Sin embargo, en la oscuridad de su visión mental era capaz de ver hasta ese punto pero no más allá. De haber podido ver más lejos, no se habría flagelado figurativamente tan a menudo ni su vida se habría teñido de la melancolía salvaje que ahora roía sin cesar su fibra sensible.

Atormentados por esos males secretos, el trato entre los dos no era el propio de un par de enamorados y la percepción de esa realidad incrementaba su desgracia. Tras sus muchos encuentros insatisfactorios se recriminaban a sí mismos por ser la causa, lo que no implicaba que resultasen menos severos, ya que cada uno, con generosidad e ignorante de la verdad, se echaba la culpa y consideraba que el otro era la víctima. En semejante situación él se mostraba irritable y decaído, mientras ella ocultaba su estado bajo una máscara de alegría y entusiasmo en todos los eventos sociales sin importancia celebrados a bordo. Naturalmente, esa diversidad de humores los separó aún más.

Así, mientras las perspectivas colectivas de la pequeña comunidad mejoraban, sus asuntos individuales iban de mal en peor. Por lógica, esa tensión tenía que llegar a su fin en algún momento y los dos, que se daban cuenta por pura intuición, aguardaban expectantes el resultado. Para empeorar las cosas, ya ni siquiera discutían y mantenían esa nueva situación con la incomodidad que les provocaba la vergüenza que ambos sentían sin sospechar que el otro se encontraba en el mismo dilema. De esa forma alcanzaron un punto crítico y una noche, cuando la situación les resultó ya casi insoportable, el reflector eléctrico de un buque de guerra que había zarpado en su busca les anunció que había llegado el final de sus problemas.

Los pasajeros se apelotonaron en la barandilla del Gaspar para devorar con los ojos las luces del navío ya próximo a ellos y disfrutar de la imagen de su voluminosa silueta. Entre tanto alboroto y regocijo, Maud se sintió extrañamente fuera de lugar. Esa masa gregaria que se apiñaba como abejas le ponía los nervios de punta. Comprendió que deseaba estar a solas, cedió a ese deseo, se alejó de allí y subió al puente, que se encontraba desierto.

Similar había sido la sensación de Chandler y similar su reacción. Subió por un lado mientras ella lo hacía por el otro. Se encontraron cara a cara en medio del puente, con la luz del reflector iluminándolos de lleno. Al momento siguiente estaban a oscuras. Él cogió la mano de ella pero no hablaron mientras observaban las luces en movimiento, oían el alegre chirrido del silbato del contramaestre a bordo del buque de guerra y distinguían el contorno del bote que se aproximaba al ritmo de los remos. Cada vez estaba más cerca, pero lo miraban con una extraña apatía. Un minuto más y atracaría al costado. Al parecer los dos se decidieron al mismo tiempo y hablaron a la vez. Lo que cada uno dijo dejó asombrado al otro. En sus rostros se dibujaron por turno sorpresa, duda, seguridad, satisfacción y felicidad. Solo ellos supieron lo que habían dicho, pero regresaron junto a sus compañeros del barco infestado con paso ligero y gesto alegre, derrochando sonrisas.

Extracto de la noticia aparecida seis semanas después en el San Francisco Daily Herald:

En el Hotel Palace está a punto de hacerse realidad la consumación de un feliz romance extrañamente relacionado con el desafortunado Caspar. La señorita Maud Appleton —que, por cierto, es licenciada en medicina—, de Nueva Orleans, y el doctor Chandler, de Boston, los dos que tan eficaz servicio prestaron a la hora de superar la plaga del Caspar, se casarán respectivamente con don Charles Waldworth, Stanford 93, Y su hermana, la encantadora señorita Waldworth, muy conocida en la vida social de la ciudad. Se rumorea que el señor y la señorita Waldworth se convirtieron durante su enfermedad en los casos centrales de una competición profesional existente entre los dos médicos y que tan intensos fueron sus esfuerzos y tanto éxito tuvieron que dieron como resultado el feliz doble matrimonio que se celebrará en breve. Pronto ampliaremos la información.

[1897]

  1. Unidad de masa perteneciente al sistema inglés, que se utiliza para medir fracciones muy pequeñas y precisas, por ejemplo de medicamentos, pólvora, oro, etc. Se basa en el peso de un grano de cereal. ↩︎

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