Texto aleatorio

Y EL JOVEN atildado era…

—No otro que la mujer con velo.

—¡Oh, no! —exclamé—. Eso está bien para un relato de los que publican los domingos en la prensa, pero en la vida real no resulta tan sencillo engañar a la gente.

—Pues hay muchos ejemplos auténticos: mujeres que sirven como soldados, marineros, exploradores…

—¡Tonterías!

—Te aseguro que Bob, mi hermano pequeño, es un imitador tan bueno que…

—¡Tonterías!

—Todos los días se engaña a alguien y…

—¡Bobadas! —insistí—. Cualquiera que no sea tonto se daría cuenta a la primera ojeada. Un tipo incapaz de distinguir a un hombre de una mujer no me ofrece muchas garantías. A mí en eso nunca me pillarían desprevenido.

—Yo te pillaré —exclamó Jack.

—Ya me gustaría verlo —respondí yo.

—Apuesto a que te engaño en el plazo de seis meses.

—¡Hecho! ¿Cuánto?

—Quien pierda pagará una cena y quien gane escogerá el lugar donde celebrarla, el contenido y los invitados.

—¡Acepto!

Nos dimos la mano y los demás nos rodearon repartiendo toda clase de consejos y bromas. Así se plantó la semilla de la que iba a surgir el inolvidable «romance del apuesto grumete».

Quince días después me encontraba disfrutando en solitario a bordo de mi goleta, Falcon, con rumbo a Honolulú. Acabábamos de dejar atrás el faro de Farralone cuando empecé a sospechar. Desde el cocinero hasta el capitán comenzaron a quejarse del nuevo grumete. Afirmaban que tenía voluntad pero no valía para nada. Billy, el anterior grumete, nos había dejado en la estacada y mi agente, a quien confiaba todos esos asuntos, enseguida nos consiguió al que ahora lo sustituía.

Tal y como me habían dicho, tenía voluntad, pero… en resumidas cuentas, no conocía sus deberes y no estaba capacitado para ocupar el puesto. Sin embargo, se esforzaba tanto que todos se sentían atraídos por él. Además, era un muchacho muy apuesto. Tenía los ojos negros, las mejillas sonrosadas, la tez levemente aceitunada y un óvalo facial exquisito, por lo que no es de extrañar que me recordase la apuesta hecha con Jack Haliday. Por si fuera poco, teniendo en cuenta que se trataba de un muchacho delgado de quince o dieciséis años, en su figura había una tenue insinuación de plenitud que no hacía más que corroborar mis sospechas.

Pero guardé silencio y esperé a confirmarlas, lo que ocurrió antes de lo que esperaba. Un mediodía me encontraba con el capitán en la toldilla, concentrados en tomar la altura del sol con los sextantes, cuando el chico subió por la escalerilla con un recipiente lleno de hollín y cenizas: acababa de limpiar la estufa del camarote. En lugar de dirigirse a sotavento, se acercó a la barandilla y allí vació la basura, que echo a volar, pero hacia nosotros, por supuesto.

Tras limpiarse los ojos, el capitán agarró al jovencito por un brazo. Nelson era un lobo de mar hecho y derecho, con un dominio absoluto de la jerga callejera que caracteriza a los hombres como él. Lo zarandeó de un lado al otro y lo maldijo con una mezcla de juramentos ingleses y escandinavos que yo nunca había tenido la suerte de oír hasta entonces.

El chico perdió la cabeza y se echó a llorar. Recogió el recipiente y se dirigió hacia el camarote, pero al llegar a mi altura se tambaleó y se vino abajo. Lo cogí antes de que se cayese y… bueno, mi brazo había rozado antes demasiados lugares prohibidos como para que me quedasen dudas al respecto.

—¡Pero si eres una chica! —grité.

El timonel empezó a reírse y me la llevé abajo enseguida para evitar avergonzada delante de los hombres. Allí lloró y sollozó cuanto quiso, mientras yo me esforzaba por consolarla. Por fin se tranquilizó.

—Oh, señor —empezó a decir—, espero que no se enfade conmigo. Yo… él… el señor…

—Ha sido cosa de Jack Haliday, ¿verdad? —interrumpí.

—Sí, señor.

—Entonces ya sabe lo de la apuesta y tendrá que testificar que descubrí su identidad.

—Sí, señor. Y él se enfadará porque perdí —dijo y rompió a llorar otra vez.

—Pues lo hizo usted muy bien.

—Me pareció que debía animarla un poco—. El cocinero jamás lo habría descubierto. Pero, ¡qué caramba!, tendrá usted que cambiarse de…

La situación resultaba violenta para los dos. ¡Y el torpe del cocinero sin enterarse! Lo convoqué al camarote.

—Dígale al grumete de cubierta alemán que pase a ser su ayudante —ordené—. Y vaya a su camarote y recoja el equipaje de la señorita…

—Eastman —sollozó la desconsolada joven.

Recoja el equipaje de la señorita Eastman. Llévelo al camarote de invitados y prepárelo para ella. Cobrará usted una paga extra por este viaje. ¡Venga, váyase no se quede ahí todo el día!

No pude evitar reírme al ver su cara de sorpresa.

—No sé cómo proporcionarle la ropa adecuada —le dije a la joven cuando entró en su nuevo camarote tras su pequeño baúl de marinero.

—No se preocupe, señor —me contestó hecha un mar de lágrimas—. He traído algunos vestidos.

—¡Mal rayo me parta! —exclamó el cocinero al cerrarse la puerta—. Le pido disculpas, señor, pero ¿pretende decirme que el chico es una chica? ¡Quién lo iba a pensar! ¡Y yo compartiendo camarote con ella, un hombre casado! ¿Qué dirá mi mujer?

Aunque intenté explicarle que no era necesario que su mujer se enterase, se marchó hacia la cocina más desconsolado, si cabe, que la pobre criatura que había provocado su aflicción. Sin embargo, lo comprendía bien porque mi situación tampoco era la más adecuada y sabía que los marineros estarían bromeando entre ellos.

Le enviamos la cena al camarote y no salió de él hasta el día siguiente. Quien hizo acto de presencia entonces fue una jovencita recatada, vestida de mujer. Una jovencita muy hermosa, a pesar de lo corto que llevaba el cabello. Me pareció una pena que se lo hubieran cortado para ganar una miserable apuesta.

—¿Qué dirá su familia? —pregunté mientras le pedía explicaciones—. ¿Lo saben?

—Mi hermano, sí. He venido con su permiso.

Su hermano es un canalla y merece que lo azoten. Es una vergüenza, y me quedo corto.

—¿Por qué?

¡Qué pregunta tan difícil! ¿Por qué? Empecé a comprender el lío en el que me había metido Jack Haliday. ¿Por qué? ¡Cuánta inocencia!

—Ni que la hubieran criado a usted en un convento —respondí sin delicadeza alguna.

—Sí, señor. Estuve en el Sagrado Corazón hasta hace un año.

Aquello empeoraba. Vaya responsabilidad me había caído encima. Por fin logré arrancarle toda la historia. Había perdido a su madre durante la infancia y su padre, tendel o, la había enviado al convento del Sagrado Corazón para que la educaran. Las cosas le habían ido de mal en peor y, al morir, su hermano y ella quedaron en la ruina. Por esas vueltas que da la vida acabaron siendo protegidos de Haliday. Ella había mostrado aptitudes para el teatro y Haliday la animó, diciéndole que algún día el vodevil metropolitano recibiría con los brazos abiertos a una soubrette con una voz como la suya.

—Y cuando me pidió este favor —concluyó la joven—, ¿qué podía hacer? ¿Negarme, con todo lo que había hecho por mí?

El caso es que el ambiente del velero cambió por completo. ¡Con qué facilidad aquella chica, aquella jovencita de dieciséis años nos llenaba de alegría! Se convirtió en la heroína de todos e incluso Nelson le pidió disculpas. Doy fe de que esa era la primera vez que aquel cabezota hacía algo así. Tocaba el piano bastante bien y, aunque su voz aún no tenía demasiada fuerza y carecía de registro, cantaba con mucha dulzura.

Cuando llegamos a Honolulú, yo quise enviarla de vuelta en un vapor, pero la cándida criatura se negó en redondo y se mostraba tan triste cada vez que yo insistía que al final me rendí. La pobre no tenía ni la menor idea de que aquello pudiese ser perjudicial y, por más que lo intenté, no fui capaz de desengañarla. Le proporcioné fondos y pronto se hizo con un asombroso surtido de vestidos y demás fruslerías femeninas. Asistimos a los conciertos de varios grupos hawaianos, realizamos largas excursiones al interior de la isla y visitamos muchos lugares de interés y esparcimiento. Disfrutamos muchísimo, pero todo lo bueno se acaba y un mes más tarde nos encontrábamos ya cerca del estrecho Golden Gate. Al día siguiente entraríamos en San Francisco.

Yo pensaba en ese día y suspiraba mientras encendía un cigarrillo y miraba la puerta de su camarote. Me preguntaba cuáles serían sus sueños. Luego pensé en mis largas travesías, siempre en solitario. ¡Con lo alegre que esta había resultado! La vida me ofrecía nuevas posibilidades porque empezaba a reconocer algunos de sus encantos, hasta la fecha desconocidos para mí y sobre los que mis amigos no dejaban de explayarse. ¡Cómo había cambiado las cosas para mí aquella joven! Un tobillo perfectamente torneado en la escalerilla, el paso rápido de un zapatito sobre la cubierta, una risa juvenil, una canción al atardecer… En resumen, ese algo indescriptible de una presencia femenina. Me sobresalté al pensarlo. A ver: dieciséis, veintiséis; diecinueve, veintinueve. No, eso sería mucho esperar. Dieciocho, veintiocho. Eso sí. No era tanta la diferencia. ¡Dos años de espera! ¿Qué pasaría en esos dos años? Ella cambiaría, desarrollaría sus opiniones, sí, y su cuerpo, que tanto prometía. Dos años y entonces…

—¡Ocho campanadas!

El jaleo del cambio de guardia se llevó por delante mi cuento de hadas, así que tiré el cigarrillo y me fui a la cama.

Jack Haliday y toda la pandilla nos esperaban en el muelle del club náutico. Evidentemente, el vigía del Merchants’ Exchange había telegrafiado la noche anterior anunciando nuestra proximidad. Subieron a bordo todos juntos y yo temblé de miedo polla señorita Eastman. Sin embargo, Clara, como había empezado a llamarla, se enfrentó al calvario con valor. La disimulada expectación y las risas ahogadas me hicieron enfadar. Jack Haliday se ocupó de abrir el baile enseguida.

—Oye, por cierto, lo de la cena…

—¿Qué pasa? —pregunté en tono seco.

—Pues que ya lo tengo todo planeado, pero creo que es mejor comentártelo antes. Por si quieres hacer alguna sugerencia.

—¿Que ya lo has planeado todo? —grité—. A mí me parece que la planificación de esa cena me corresponde a mí.

—¡Ja, ja, ja! —empezaron a reírse todos.

—Espero que haya disfrutado de la travesía, señorita Eastman —dijo Jack, dirigiéndose a ella.

—Oh, sí —le respondió la joven, aunque me di cuenta de que le temblaban los labios.

—¿Cómo lo descubriste? —me preguntó a mí.

—Se desmayó en mis brazos y…

—¡Jo, jo, jo! ¡Je, je, je! —Las carcajadas aumentaron y yo le dediqué una sonrisa triunfal a mi desconcertado oponente.

—¿Se enfadó? —continuó preguntando Haliday, imperturbable.

—No —respondió Clara—. Fue muy amable. Cuando llegamos a Honolulú quiso enviarme de vuelta a casa en el vapor, pero yo no se lo permití. Luego nos lo pasamos de maravilla. Me compró bombones y guantes, me llevó a pasear en coche y…

Al oírlo, el grupo se volvió loco. Empezaron a darle golpecitos a Jack en el hombro y en las costillas y luego se abrazaron los unos a los otros sin poder parar de reírse.

—¡Mira que eres tonto! —exclamó Jack—. ¡Si es mi hermano Bob!

—Imposible —respondí—. Pero si cuando se desmayó en mis brazos, yo…

En ese momento me quedé sin habla porque la recatada señorita Eastman dio un par de volteretas hacia atrás, luego se acercó sonriendo, metió una mano en su seno de doncella y sacó, ¡cielo santo!, un par de almohadillas hinchables como las que usan los jugadores de fútbol americano.

No es necesario que cuente cómo salí pitando en dirección a la casa club, cómo se desarrolló la cena, con Bob Haliday presidiendo la mesa y cómo, hasta la fecha, la simple mención del «apuesto grumete» me provoca cierto enfado que jamás podré superar por completo.

[1898]


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