Texto aleatorio

¡CARAMBA! Así que el diácono va a intentar meter al amigo Baldy en cintura. —Jim Wheeler se rio de la noticia mientras se frotaba las manos—. Bueno, a lo mejor lo consigue y a lo mejor no, pero a mí no me sorprendería que el amigo Baldy saliese ganando.

—El diácono tiene una fuerza de voluntad impresionante — intervino Sim Grimes sin tenerlas todas consigo—. Baldy también. Tiene la mayor fuerza de voluntad de la región. Pero un bicho es un bicho y… —Grimes se preparaba para explayarse en ciertas ideas relacionadas con la primacía del hombre en el mundo físico cuando el otro lo interrumpió.

—¡Óyeme bien, Sim Grimes! ¿Has oído hablar alguna vez de algún hombre capaz de hacer que el amigo Baldy se mueva cuando él no quiere moverse? Ahí están Tucker, Smith, Johnson, Olsen, Ordway y Wellman, ¿acaso no intentaron todos ellos domar a Baldy y acabaron por rendirse? Dime una cosa, Sim Grimes, ¿en los días de tu vida has conocido a un hombre, o grupo de hombres, capaz de hacer levantar al amigo Baldy si él se empeña en quedarse acostado?

—Puede que tengas razón —asintió Sim Grimes, aunque enseguida recuperó su fe en el diácono Barnes—. Pero el diácono tiene mucha fuerza de voluntad.

—El diácono Barnes pertenece a una de esas sociedades protectoras de animales, ¿no? —Grimes asintió—. Y no cree adecuado usar el látigo con las bestias.

—No.

—Entonces, ¿cómo rayos va a conseguir que el amigo Baldy se levante si no le da la gana?

—Eso no lo sé —respondió Grimes mientras hacía arrancar a sus caballos. Sin embargo, antes de alejarse demasiado se giró y gritó—: Pero el diácono Barnes tiene mucha fuerza de voluntad.

Los granjeros de Selbyville no sabían qué hacer con el amigo Baldy y poco les importaba, aunque era uno de los mejores bueyes de la región y quizás el más grande del estado. Buen trabajador y magnífico animal de tiro, cualquier forastero se asombraría ante la celeridad con la que sus distintos propietarios se libraban de él tras haberse dejado engatusar para comprarlo. El mismo forastero intentaría trabajar con él una semana antes de descubrir el motivo, aunque con una sola hora podría bastar para destapar el secreto. El amigo Baldy tenía un único fallo: era terco. Y manifestaba su terquedad de una sola manera. Cuando algo no le convenía, se tumbaba allí donde estuviese, sin tener en cuenta su propia conveniencia o la de su amo. Y allí se quedaba. Nada lo movía. La fuerza no servía, ni la persuasión. Ya podía el cielo plegarse como un pergamino o las estrellas caer desde las alturas que el amigo Baldy seguía en sus trece hasta que él decidiese moverse. Nunca, desde la primera vez que le pusieron el yugo, había el hombre logrado que hiciera algo contra su voluntad. Se decía que los granjeros de Selbyville tenían más canas por su culpa que por todas las hipotecas de las tres últimas generaciones. Siempre se vendía a un precio absurdamente barato y hombre tras hombre lo habían comprado con la esperanza de vencerlo y lograr así no solo la aprobación de sus colegas sino también un negocio redondo. Y hombre tras hombre lo habían vendido por muy poco o casi nada, locos de alegría al verse libres de semejante molestia.

«Tan terco como el amigo Baldy», se convirtió en una frase hecha que utilizaba toda la comunidad. Los padres la usaban para conminar a sus hijos a la obediencia, el maestro la empleaba con sus pupilos más tenaces e incluso el pastor, al pedir el arrepentimiento de los pecadores, la aprovechaba para poner colorados a los más incorregibles. El único que no se servía de ella era el diácono Barnes. Acostumbraba a sonreír, e incluso se reía entre dientes, siempre que alguien la decía, hasta que la gente empezó a comentar que no le vendría mal enfrentarse al buey por una vez. Y ahora que el amigo Baldy se mantenía más firme que nunca en su comportamiento, el diácono se lo había comprado, casi regalado, a Joe Westfield. Todo Selbyville esperaba el enfrentamiento con gran interés y cada vez que alguien mencionaba el asunto provocaba sonrisas maliciosas y el escepticismo general. Sabían que el diácono tenía una voluntad de hierro, pero también conocían al amigo Baldy y opinaban que el diácono, como todos los que lo habían intentado antes, saldría perdiendo.

El diácono Barnes y el amigo Baldy casi habían terminado el último surco de la parcela de diez acres situada a un extremo de los pastos. Cinco varas más y quedaría lista para empezar a gradarla. Baldy se había portado de maravilla y el diácono estaba encantado. Además, Bob, su prometedor primogénito, acababa de gritarle desde el centro del pastizal que la cena estaba lista y lo esperaban.

—¡Ya voy! —exclamó, imaginando tan imposible la idea de no terminar el surco como que la llamada a cenar pudiese anunciar la llegada del Juicio Final. En ese momento el amigo Baldy se tumbó. El diácono lo miró asombrado. Baldy suspiró satisfecho—. ¡Levántate! —gritó el hombre y Baldy, con expresión herida en su semblante bovino, continuó sin moverse.

El diácono Barnes se situó frente a él, para verle la cara, y le habló de buenas maneras, mezclando persuasión y tristeza, porque le preocupaba mucho el bienestar del amigo Baldy. No pretendía utilizar el látigo ni nada parecido, pero… bueno, él era el diácono Barnes y su voluntad aunaba las de los Barnes que lo habían precedido, por lo que no albergaba la más mínima intención de permitir que un buey terco pudiese con él. Así que se miraron a los ojos, él hablando con suavidad y Baldy escuchando con interés autocomplaciente, hasta que Bob volvió a gritar desde el pastizal que ya estaba lista la cena.

—Óyeme, Baldy —dijo el diácono mientras se ponía de pie—, si tantas ganas tienes de quedarte ahí, yo no te lo impediré. Pero te lo advierto, la vida dulce empalaga y puedes llegar a cansarte de ella. El surco no está hecho para tumbarse en él y te vas a hartar antes de que acabemos con esto.

Baldy lo miró imperturbable, insolente, como si le dijera: «¿Y qué piensas hacer al respecto?». Pero el diácono no perdió la calma.

—Me voy a comer algo —continuó diciendo mientras se alejaba—, y cuando vuelva te daré otra oportunidad. Pero tenlo en cuenta, Baldy, será la última.

En la mesa, en lugar de mostrarse irritado, el diácono Barnes estuvo más cordial que nunca, a pesar de que la señora Barnes se había enfadado debido a la espera. Después, al salir al porche, vio que Jim Wheeler había acercado sus caballos a la valla para observar mejor al buey victorioso. Cuando pasó por delante de la casa, saludó con la mano, le dedicó al diácono una sonrisa cómplice, y siguió camino para dar la noticia de que el diácono y el amigo Baldy estaban «en ello».

Pero en el rostro y los movimientos del diácono se advertía una euforia poco común cuando se dirigió al establo acompañado de Bob. Allí entregó a su primogénito varias estacas de hierro y madera y distintas medidas de cadenas viejas y cuerdas. Luego, con el hacha en la mano, cruzó los pastos hacia el escenario del motín.

—¡Vamos! ¡Arriba, Baldy! —ordenó—. Ya es hora de terminar este surco.

Baldy lo miró pasivamente, con ojos perezosos y medio velados por el sueño.

—Crees que estarás mejor ahí, ¿eh? Prefieres tomártelo con calma, ¿no? Muy bien. Pues no podrás decir que el diácono Barnes es un mal amo. —Mientras hablaba iba clavando las estacas alrededor del terco animal. Después sujetó a ellas las cuerdas y las cadenas y las pasó por encima de Baldy hasta que el buey quedó anclado a la tierra. Tanto, que habría hecho falta una grúa para ponerlo en pie—. Disfruta, Baldy —dijo el diácono, dispuesto a irse—. Mañana, después del desayuno, vendré a ver cómo estás.

Tal y como había prometido, el diácono volvió por la mañana. Pero Baldy se mantenía firme en sus trece y se mostró huraño, como bien saben hacer los animales. Incluso intentó hacerle creer que estaba feliz allí tumbado sin hacer nada y que el diácono lo molestaba con su charla, por lo que sería mejor que se marchase. Pero el diácono Barnes se quedó durante un cuarto de hora, hablando encantado, con un timbre animado y sincero en la voz que molestó mucho a Baldy.

Al anochecer, después de cenar, le hizo otra visita y vio que el amigo Baldy se sentía agarrotado y dolorido por haber permanecido todo el día bajo el sol en la misma postura. Incluso demostró ansiedad e interés cuando oyó acercarse las pisadas de su amo y a sus ojos asomó cierta moderación y una leve súplica. Pero el diácono hizo como que no se daba cuenta y, tras charlar con él amablemente unos minutos, regresó a su casa. Por la mañana Baldy recibió otra visita. Para entonces no solo se sentía dolorido, sino que también tenía hambre y sed. Ya no se mostraba indiferente a la presencia de su dueño y lo miraba de manera tan elocuente e implorante que el diácono se conmovió, pero endureció su corazón y regresó a casa. Estaba decidido a lograr aquello en lo que todo Selbyville había fracasado y, ya que había puesto en marcha su plan, pensaba llevarlo hasta el fin.

Cuando volvió a salir después de la cena, la humildad de Baldy rozaba la sumisión más extrema. Sus ojos suplicantes seguían a su amo de un lado al otro, constantemente, y en el momento en que el diácono se dio la vuelta para marcharse, Baldy dejó escapar un gemido.

—La vida dulce empalaga, ¿verdad? —dijo el diácono Barnes, volviendo a su lado—. Incluso yacer tumbado en el surco es vanidad y aflicción de espíritu1, ¿no? Bueno, yo creo que ahora deberíamos terminar este surco, ¿qué opinas tú, Baldy? Luego te daré algo de comer y un par de cubos de agua, ¿qué te parece?

Jamás podremos saber con seguridad si Baldy entendió o no las palabras de su amo, pero, después de que el diácono aflojara y retirara las cadenas y las cuerdas, con sus actos demostró que así había sido.

—Estarás acalambrado, ¿no? —comentó el diácono mientras lo ayudaba a ponerse en pie—. Bueno, venga, vamos a terminar el surco.

Baldy terminó aquel surco y después de aquello jamás volvió a dejar un surco a medias. En cuanto a lo de tumbarse… mostró un nuevo tipo de terquedad. No había forma de persuadirlo u obligarlo a tumbarse. No, señor, por ahí no pasaba. Antes terminaba el surco y todos los surcos del día. Se volvió muy terco en lo referente a tumbarse. Aunque eso al diácono le daba igual. Todo Selbyville se quedó maravillado y un año después más de un granjero, incluido Jim Wheeler, ofrecía por el amigo Baldy al diácono mucho más de lo que había pagado. Pero el diácono Barnes sabía cuándo había hecho un buen negocio y mostró tanta terquedad a la hora de negarse a vender como el amigo Baldy a la de negarse a tumbarse.

[1899]

  1. Referencia al Eclesiastés ↩︎

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